Decir que las series de televisión son hoy en día el formato artístico en el que se expresa la esencia del clima intelectual de nuestra época (ese formato privilegiado que hasta ahora era el cine) no debería sorprender a nadie a estas alturas. Podría decirse que las razones para ello son meramente formales: episodios cortos, adaptables a un ritmo de vida menos estático; longitud a priori indefinida, que permite una mayor explotación de personajes y tramas determinados; accesibilidad a través de internet, etc. Pero en cualquier caso, la existencia de productos de calidad en dicho formato sigue siendo condición. El número se ha multiplicado en los últimos años hasta alcanzar límites insospechados (me cuento entre los que considera que el parteaguas fue la explosión del fenómeno Lost, que proporcionó sobre todo el contexto, y en muchos sentidos también el lenguaje, en que se moverían la mayoría de series posteriores). Un ejemplo paradigmático de esta idea es House of Cards (2013-, Beau Willimon, Netflix). Introducirla apelando al hecho de que es un remake de una serie británica homónonima de los noventa es tan adecuado como innecesario, pues la superproducción de Netflix no solo supera en prácticamente cualquier aspecto técnico a aquella, sino que la nueva serie se juega en una atmósfera tan diferente y propia que hace que las asociaciones caigan por su propio peso. La razón por la que esto es así tiene mucho que ver con el lugar social que el formato «serie de TV» ocupa hoy, totalmente distinto del de la original en su época.

House of Cards nos cuenta la historia de Frank Underwood (un magnífico Kevin Spacey), quien al principio de la serie es congresista del Partido Demócrata estadounidense; y al final, no. A lo largo de las tres temporadas que hasta ahora están disponibles, el espectador es testigo de todo tipo de corruptelas, delitos, sobornos, asesinatos, complots, trampas políticas, etc. en el camino de Frank Underwood hacia el poder y, sobre todo en esta última temporada, su lucha por mantenerlo. En más de una ocasión, Underwood denomina su propia actitud (podríamos decir, su postura ética) como «ruthless pragmatism»: eliminar todo tipo de obstáculo en su carrera hacia la cima, invertir toda derrota y hacer de ella una victoria muy superior, despreciar cualquier principio de validez ética universal, jugar con las expectativas de su oponente, explotar a sus aliados, etc. Las reflexiones del protagonista acerca de su propia acción a lo largo del argumento son una de las genialidades que nos ofrece la serie. Estas se introducen a través de la recuperación de los apartes: pequeños monólogos dirigidos al espectador, de no más de uno o dos minutos, en los que Underwood revela in fraganti las máximas que sigue. Frases como «No puedo respetar a la gente que prefiere el dinero al poder» (tras haber tratado un pacto millonario) o «Cuando eres carne fresca, mata y échales algo más fresco» reducen al espectador al papel del cómplice, que incluso disfruta desenmarañando la lógica inhumana de este antihéroe. Unas veces se trata de meros clichés de personaje inmoral totalmente clásico («Solo hay una regla: caza o sé cazado»); otras, basta una mirada a la cámara para que el espectador reciba la confirmación que sus enrevesados planes están dando frutos. Estas interjecciones ganan significado por producirse en el mismo momento en que acaece lo descrito y son tan fundamentales para la serie como la trama misma. Sin ellas, la figura de Underwood sería demasiado inalcanzable para la mayoría de nosotros, que no podríamos identificarnos con alguien de tal calibre. Estas interjecciones nos permiten comprenderlo, aunque nunca podamos justificarlo. En ellas nos fiamos de él, porque sabemos que todo lo demás es teatro milimétricamente calculado.

A diferencia de lo que ocurre en Breaking Bad, donde la esposa del antihéroe aporta un contrapunto de moralidad y sentido común que permite perfilar ex negativo al protagonista; en House of Cards, Claire Underwood (soberbia Robin Wright) cumple el papel de ofrecer a Francis apoyos estratégicos y necesarios en su ascenso: es una aliada comprometida con su causa y, en general, con sus métodos. No obstante, Francis es por ello absolutamente dependiente de Claire: sus mayores problemas siempre tienen en su origen un malentendido con su esposa. Dicha dependencia va cobrando un protagonismo mayor a medida que avanza la serie. La evolución de Claire como personaje es la de quien saca pecho ante el peligro constante de ser ninguneada por el pragmatismo sin límites de su marido, que aspira a ser «el hombre más poderoso del mundo libre» a cualquier coste. Curiosamente, y sobre todo en la tercera temporada, Claire acaba marcando su espacio asumiendo posiciones de honestidad y humanidad que el espectador no puede sino recibir como sorpresa, dado su historial. Una sorpresa que la mayor parte de nosotros recibe con alivio: cuando por ejemplo planta cara al presidente de Rusia en relación con la discriminación de los homosexuales, la serie pone los pies en la tierra y nos recuerda que sus personajes son humanos y que, como tales, a veces no pueden evitar ser buenos (aunque sea solo «a veces» y casi como una recaída). Claire introduce así una manera particular de dignificar el acto moral en una serie en que toda moralidad, por lo demás, es un mero medio: la de quien consigue que el espectador se identifique con dicho acto por pura impotencia. Nos muestra la trágica conclusión de que, en un contexto de egoísmo sistematizado, ser bueno no es la meta a la que aspiramos, sino el signo de una intolerable debilidad.

Estos personajes, cuyas imbricaciones y dependencias requerirían un análisis más profundo, contribuyen a crear una trama sólida de indudable carga realista. Tal realismo consiste en la capacidad de House of Cards de materializar una sospecha universal en forma de narrativa seriada. A través del relato de las peripecias de los Underwood, nos dice: sí, todos vuestros temores acerca de la clase política están fundados. En definitiva, nos da lo que queremos, a nosotros, consumidores de periodismo digital y responsables por voto (o abstención) de aquello que, de todas formas, no podemos cambiar. La figura de Frank Underwood está, por lo demás, tan bien articulada y justificada (a través de, entre otros, los mencionados apartes), que nos obliga a preguntarnos si su ruthless pragmatism es una mera opción o un imperativo para quien quiere llegar al poder. Muchos análisis se quedan superficialmente en la apreciación de que Francis Underwood es un cliché exagerado del político de profesión, que es pura ficción edulcorada para el entretenimiento. Es cierto, pero quedarse ahí nos hace incapaces de entender el atractivo de esta serie, que no es «mero entretenimiento». Tal atractivo no se explica solo analizando los personajes o las estructuras narrativas (que desde luego tienen una importancia central). Si una serie como esta nos dice algo, la razón ha de estar más bien en la enorme exposición de las estructuras internas de los órganos de poder de la que llevamos siendo testigos ya varios años. Si una serie como esta nos dice algo, debe ser por los efectos que siete años de crisis financiera han tenido sobre la conciencia política de los occidentales. Si una serie como esta nos dice algo, es porque sabemos demasiado bien que mañana podríamos despertarnos con una historia parecida, pero en un formato no tan narrativo. Si una serie como esta nos dice algo, es porque su mundo y el nuestro no son tan diferentes.

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