Carlo Giuliani es un nombre y es un símbolo, contra su voluntad es un símbolo de lo peor de nuestro tiempo, un muñeco de trapo reclamado por unos y difamado por otros. Pero Ragazzo, la obra de Lali Álvarez representada estos días en el Teatro del Barrio, cuenta la historia de un joven que podría haber sido cualquiera, que era un joven cualquiera, no solo un militante, sino un chico de 23 años que llevaba el bañador debajo del pantalón porque quería ir a la playa después de pasarse por la manifestación. Carlo Giuliani fue asesinado por la policía italiana durante las manifestaciones antiglobalización en Génova que se produjeron durante la cumbre del G8 en julio de 2001. Era un chico cualquiera, no era un terrorista, no era peligroso, no era solamente un militante, era un joven anónimo que utilizaba su cuerpo como única arma para protestar contra un sistema que él consideraba injusto. El otro, el asesino, era un policía armado, blindado, que formaba parte del despliegue de treinta mil policías que “protegían” la ciudad. No aceptemos la equidistancia.

El monólogo escrito por Lali Álvarez tiene la fuerza de un canto por la libertad y contra la impunidad de la violencia cuando la genera un estado. La extraordinaria interpretación de Oriol Pla nos traslada por los diferentes escenarios de la vida de este joven: la casa donde vivía (de okupa), los conciertos de rock, las calles de su ciudad, la manifestación, etc. La energía del actor nos lleva de un lugar al otro hipnotizados, apelados por la trama que nos recuerda a la Muerte accidental de un anarquista del recién fallecido genio del teatro italiano Darío Fo. Es un montaje provocador, militante y a la vez humanizador, que promete girar por los mejores teatros: se podrá ver cada tarde de esta semana en el Teatro del Barrio y a partir de febrero estarán en el Teatre Lliure de Barcelona, lo que me lleva a la reflexión o más bien, petición, de que es necesario, enriquecedor y exigible que haya mayor diálogo entre la escena teatral de Madrid y Barcelona, puesto que en ocasiones parecen ser campos teatrales cerrados entre los que no se produce interlocución. Alguno me dirá que la mayor parte de las producciones catalanas están en lengua catalana, y así es, pero no debería ser excusa para que los programadores de Madrid se olviden del riquísimo teatro catalán, para eso existen los sobretítulos.

El primer comentario que escuché al terminar la función fue “esto pasa de verdad”, no “esto ha pasado”, “lo recuerdo…”, lo que ejemplifica el doble filo del símbolo: por un lado nos puede hacer tomar conciencia de un hecho particular que se puede extrapolar a un comportamiento habitual, pero a la vez, se pierde la memoria concreta de lo ocurrido, la memoria se convierte en estatua, en piedra, como dice el personaje de Ragazzo: “si en vez de sangre, piedra, si en vez de piel, piedra”. No olvidemos la sangre y la piel, no reconozcamos la estatua. “Esto pasa de verdad”, sí, en la Europa de los derechos humanos, en la Europa premio Nobel de la Paz (recordemos que se lo dieron en 2012, once años después de esto, ¿ya nos lo merecíamos?), en la Europa del Estado del Bienestar. El teatro de la memoria, debe transformar la piedra en sangre, en piel, recordarnos de qué estamos hechos para que no nos conviertan en estatuas.

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