Con Phil Collins me sucede como con el actor Robin Williams, con quien por cierto pudo trabajar en la película Hook (1991) de Steven Spielberg: me transmiten una gran afabilidad a través de su semblante y su mirada. Mediante su autobiografía Aún no estoy muerto (octubre de 2016), Collins se nos acerca con esa expresión y un título un tanto inquietante. Sin embargo, suelo leer las autobiografías de cualquier personaje con una trayectoria pública con escepticismo, no en vano en más de una ocasión me encontré con el mero ensalzamiento de dicha persona y poco más.

Personalmente tengo una serie de imágenes, o más bien músicas, asociadas a este polifacético intérprete. La primera corresponde a la banda sonora de la canción principal de Tarzán (1999), con cuyo tema You’ll Be in My Heart ganó un Oscar, y de ahí en adelante toda una serie de canciones que me acompañaron a través de diversas emisoras como la MTV cuando todavía era una cadena de vídeos musicales. Mi sorpresa fue mayúscula cuando siendo más mayor descubrí a ese señor que cantaba con una voz cálida y que se acompañaba del piano, tocando en un concierto la batería como un auténtico virtuoso. Y es con este gran instrumento con el que su vida estuvo relacionada con la música y así nos lo cuenta, desde su más tierna infancia a sus primeras experiencias con baterías creadas con diferentes materiales, su necesidad de tocar, cómo descubrió que además era capaz de componer y que después de una mala experiencia en el musical Oliver! en Londres por su cambio de voz, descubrió que -citando al autor- «no cantaba mal». Pero su relato no se basa solo en la cara amable y no escatima en contar los acontecimientos como sucedieron, que tal y como él mismo puntualiza, no tuvieron que ser exactamente así ni como los vivieron los demás, sino que es como él los recuerda. Por lo que conocemos su historia familiar y la relación con su padre que tanto le marcó y que hasta la fecha le supone motivos de reflexión como hijo y como padre.

Además, nos encontramos con un texto que es la radiografía de varias décadas de música y comenzamos conociendo las vicisitudes de un músico muy joven que está empezando, «el chico del final de la línea [de metro]», tiene talento, es un gran admirador de The Beatles y especialmente de George Harrison, y tiene que dedicarle muchas horas a su instrumento para mejorar y poder vivir de ello, ya que no todo fueron éxitos desde el principio, vivió grandes decepciones y una vez que consiguió entrar en el grupo de rock Genesis, aun congeniando muy bien con los miembros del grupo, deja claro las tensiones internas que hubo desde ese comienzo -donde la personalidad de Peter Gabriel les ayudó a darse más a conocer gracias a su voz y sus ideas, como la del disfraz de la señora Zorra (esto es, vestido de mujer y máscara de zorro) en un concierto en Dublín en la canción The Musical Box (1971) sin que los demás miembros supiesen que iba a aparecer así, lo que les supuso un gran éxito- y cuando los conciertos fueron un fracaso. La marcha de un artista como Peter Gabriel les llevó a una encrucijada y por aquella misma época Collins empezó a colaborar con el grupo Brand X, lo que conllevó que la prensa diera a Genesis por acabado. Sin embargo, consiguieron un nuevo cantante -a pesar de sus inseguridades- que dejó la batería para pasar a estar con el micrófono. De hecho, su inseguridad y su (casi) obsesión por el trabajo es una de las tónicas que al parecer le han acompañado toda su vida, dentro y fuera del escenario porque ha colaborado con muchos grupos y artistas como los anteriormente mencionados y otros como Eric Clapton, Robert Plant,… Porque además es productor y nos cuenta los entresijos de la producción de discos propios y ajenos, sus fallos y sus aciertos, lo cual es aplicable a su vida profesional y también la personal. Se trata de un hombre muy consciente de las críticas que se le hicieron a lo largo de toda su carrera en diferentes medios y por motivos de diversa índole pero un ejemplo de que él puede llegar a ser su peor crítico lo tenemos con el mega concierto Live Aid realizado en el estadio Wembley de Londres (mítico por acoger conciertos muy importantes de grandes bandas como Queen), y en Filadelfia el 13 de julio de 1985, ya que ese día tocó en ambos continentes con todo lo que eso conlleva y supuso una gran hazaña que tuvo sus consecuencias en la calidad de las interpretaciones -y un reaparecer con Led Zeppelin gracias al parecer a un malentendido- aunque huelga decir que no fue el único y los demás artistas no hicieron aquel viaje.

Durante décadas vivió en una espiral de ocupación constante -dentro de la que volvió a actuar, produjo, compuso, cantó y tocó- en la que se entremezcla la pasión, la devoción y la obligación rozando la adicción al trabajo. Es más, en ocasiones leyéndole tuve la sensación de que se ha juzgado con severidad en multitud de ocasiones y que se exigió a sí mismo el 200%, lo que le ocasionó no pocos problemas con sus (ex) esposas y el poder cuadrar su abarrotada agenda con las estancias/visitas de sus hijos quienes vivieron en diferentes países y continentes durante bastantes años. Pero hubo un punto de inflexión en su vida cuando teniendo algo más de cuarenta años conoció a una mujer bastante más joven que él en Suiza y se enamoró. Sopesó durante mucho tiempo lo que esto podía suponerle a nivel personal (estaba casado con su segunda mujer con quien tenía una hija) y profesional porque llevaba tiempo pensando en abandonar el estilo de vida de las grandes giras mundiales con Genesis y también el grupo. No es difícil imaginar la lluvia de críticas de aquella época. Hubo un gran escándalo en diferentes sectores por todo ello pero al fin pudo alcanzar la paz en un nuevo país con su nueva mujer. «Libertad», dice. Lo que sucede es que a estas alturas de su historia, el lector ya conoce un poco a este músico y sabe que libertad no es sinónimo de ociosidad, ya que creó una big band de jazz donde pudo colaborar con Tony Bennett (permítanme un inciso: por si no le conocen, les recomiendo sus sublimes discos Duets I y Duets II) y descubrió que tras décadas en el rock, las relaciones en este nuevo mundo musical eran un tanto más complicadas. Por si esto fuera poco, le surgió la oportunidad de trabajar con Disney primero en la banda sonora de la mencionada Tarzán -con su posterior musical en Broadway también compuesto por él- y más tarde en Hermano oso (2003), realizando ambos proyectos entre Suiza y Estados Unidos.

¿Se imaginan estar trabajando prácticamente sin descanso durante más de tres décadas a caballo entre varios continentes mientras desarrolla su carrera con su grupo y su carrera individual, con sus consiguientes giras además de compaginarlo con colaboraciones de diversa índole? Debe ser emocionante a la par que muy exigente y es precisamente ese ritmo el que le llevó a su cuerpo a decir basta. Creo que como músicos una de las peores cosas que nos pueden suceder es perder la audición -una de las muchas razones por las que admiro a Ludwig van Beethoven es que compuso su Novena sinfonía estando completamente sordo- y a él le sucedió perder de pronto la audición de uno de sus oídos, al igual que la sensibilidad en uno de sus brazos, cuya consecuencia fue que no pueda volver a tocar la batería. Estamos hablando de alguien que ante todo profesionalmente se considera batería. Esta es sin duda la parte más humana de todo su relato porque se desnuda aún más delante de millones de lectores -lo que no tiene que ser nada fácil- para mostrarnos a un hombre que de repente se encuentra con los huesos debilitados, diversas operaciones, con sus hijos muy lejos y un grandísimo problema con el alcoholismo que a punto estuvo de costarle la vida. Porque cuenta cómo fue su cruda realidad sin adornos y entiendo que no haya querido obviar ni un solo nombre de todas las personas que tanto le ayudaron durante aquellos años.

Este extenso texto es como tener una conversación mientras te tomas un café -bien cargado- con un amigo de toda la vida, solo que dicho «amigo» en este caso es Phil Collins. Tal es su proximidad y en realidad es ahí donde reside su éxito como transmisor de su mensaje. Saboreando este gran café pasé de estar muy interesada en cómo fue construyendo su faceta profesional a cómo consiguió mantener varias carreras a la vez -y por qué no admitirlo, con algún pasaje con demasiados nombres y otros en los que me hizo reír- para acabar quedándome con esa humanidad que desarrolló todavía más en la última parte de su relato.

Irene Cueto

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja. Compagina la docencia con la investigación, la interpretación y la divulgación.

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