El pasado 13 de octubre en la Sala 2 de l’Auditori de Barcelona la banda británica GoGo Penguin realizó una doble inauguración: la decimoquinta edición del festival In-Edit y la primera de la programación Sit Back, el nuevo ciclo de música amplificada de L’Auditori. Para ello presentaron su nuevo proyecto, la interpretación en directo de su nueva banda sonora para el documental Koyaanisqatsi, una obra de culto dirigida por Godfrey Reggio el 1982.

El nombre del documental proviene del hopi, una lengua hablada por los nativos del noroeste de Arizona. Se suele traducir como “vida fuera de equilibrio” y literalmente significa “existencia corrupta o caótica”. La cinta está construida a partir de la yuxtaposición de secuencias de paisajes naturales y ciudades, con un ritmo marcado por el uso de la cámara lenta y rápida. Según Reggio, el film no trata “de los efectos de la tecnología, de la industria en la gente“, sino “sobre como todos y todo: política, educación, estructura financiera, la estructura del estado, el lenguaje, la cultura, la religión, todo ello existe dentro de la tecnología. Así que no se trata del efecto de esta, sino de todo lo que existe dentro de ella. No es que usemos tecnología, es que vivimos la tecnología.

Koyaanisqatsi se convirtió en una obra de culto no solo por el trabajo de Reggio (con la inestimable aportación de Ron Fricke en la fotografía y montaje), sino también por la banda sonora de Phillip Glass, escrita en plena etapa de desarrollo del compositor minimalista. Con una música insistentemente repetitiva, la música original parece discurrir en paralelo a las imágenes, sin ninguna conexión aparente entre las largas secciones de la música y las secuencias de imágenes, más cortas y variadas. Sin embargo, a parte del efecto absorbente e hipnótico de la partitura original, que convierte el visionado del documental en una especie de trance, la música e imágenes comparten un mismo espíritu. Como decía el compositor Petr Kotík, colaborador y amigo de Glass, el minimalismo consiste en “mantenerse estático mientras se avanza”, y precisamente esta es la idea tras el montaje de Koyaanisqatsi. Por mucho que cambien las imágenes en la pantalla, su temática permanece constante durante largo tiempo. Y cuando nos damos cuenta de que esta ha evolucionado, resulta difícil recordar en que punto cambió. En las imágenes de áridos paisajes se introducen progresivamente elementos humanos (tecnología), y sin darnos cuenta nos encontramos en un entorno urbano totalmente industrializado.

La nueva banda sonora propuesta por la banda británica GoGo Penguin mantiene la estética minimalista en tanto que se basa en células sencillas y repetitivas. La diferencia fundamental está en que su música se ajusta milimétricamente a las imágenes, subrayando el ritmo interno del montaje, en lugar del ritmo más externo o global de la película. Se trata de una banda sonora que ni mejora ni empeora la de Glass, sino que la complementa. Tómese el primer minuto del siguiente vídeo como ejemplo:

La música cambia de ritmo cuando empiezan las explosiones, mostrando un carácter más dinámico y casi onomatopéyico, para detenerse con la aparición de la vista aérea de Nueva York antes de que la batería inicie una sección casi pop que encaja muy bien con del paisaje urbano que sigue. En cambio, Phillip Glass lo concibe como sigue:

Al inicio la música se mantiene obstinada, ajena al cambio de ritmo que las explosiones imponen a la imagen. Hay cambios, pero tienen lugar en una escala temporal más amplia que la de las imágenes. El nivel de detalle que propone GoGo Penguin representa casi una traducción sonora de lo que vemos en pantalla, mientras que la aproximación de Glass tiene un punto de fría, distante. Es más un comentario que una descripción detallada. Ambas opciones són válidas y enriquecen la parte visual ofreciendo perspectivas diferentes del mismo metraje.

Al minucioso trabajo realizado por GoGo Penguin al componer esta nueva banda sonora hay que añadirle la hazaña de interpretarla en directo, lo que para una banda de tres músicos (Chris Illingworth al piano, Nick Blacka al contrabajo y
Rob Turner a la percusión) supone no tener ni un respiro durante los 90 minutos que dura.

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