50 años con Mario… y con Miguel en la BNE

50 años con Mario… y con Miguel en la BNE

Fotografía con copyright de F. Heras tomada de aquí

Miguel Delibes es una de las plumas más destacadas del siglo XX español y, quizá, el gran icono literario de las tierras vallisoletanas. No se puede negar que el novelista legó importantes obras a la literatura: con El camino (1950) recorrimos la Cantabria rural junto a Daniel El Mochuelo, descubriendo el valor de la amistad y el fin de la infancia con las primeras experiencias relativas a la muerte; Quico, El príncipe destronado (1973), nos enseñó a entender los sentimientos de un niño en la vida cotidiana de una familia española de la posguerra; en El hereje (1998), Cipriano Salcedo nos hizo revivir el Valladolid de principios del siglo XVI bajo el reinado de Carlos V y en el contexto de la Reforma Protestante.

Las novelas de Delibes le merecieron casi todos los premios importantes de la literatura española, desde el Premio Nadal y el Premio Nacional de Narrativa (que ganó en dos ocasiones), hasta el Premio Miguel de Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Le faltó, para algunos inconformes, el Premio Nobel.

Con Nobel o sin él, su calidad literaria es ejemplar y, por ello, la Biblioteca Nacional de España rinde ahora homenaje a este autor y a una de sus novelas más emblemáticas, Cinco horas con Mario (1966). Del 7 de febrero al 2 de mayo de este año se podrá visitar en la sede de la BNE una exposición dedicada a dicha novela como parte de las actividades programadas desde el año pasado por el 50° aniversario de su publicación. Cinco horas son las que pasó con Mario Carmen Sotillo, su mujer, la noche de su velatorio, y cincuenta años son los que ha pasado ya Mario en la cumbre de la literatura española.

Las noticias de la efeméride y de la exposición me hacen recordar la novela, la historia de Mario, las palaras de Carmen y, por supuesto, a Lola. Porque Carmen Sotillo es y será siempre para el público español aficionado a la obra de Delibes, Lola Herrera. Nuestra querida Lola ha pasado con Mario más horas que nadie, podría ser que más horas incluso que el propio Miguel Delibes. Lola lleva interpretando el papel de Carmen desde hace más de treinta y cinco años (aunque no sea una misma puesta ininterrumpida, pocos actores en el mundo han interpretado en tantas ocasiones y durante tantos años a un mismo personaje).

Recuerdo haber visto en el teatro Cinco horas con Mario (y con Lola) hace ya varios años y recuerdo cómo Carmen, mi Carmen Sotillo, la que recreé en mi imaginación al leer la novela, tuvo un antes y un después, después de Lola. Al leer la novela Carmen me cayó mal; era para mí una mujer egoísta y frívola que reprochaba a Mario sus respetables principios (hay interpretaciones para todos los gustos sobre las virtudes –o no– de Mario y el descuido –o no– con el que se ocupaba de su vida marital); pero después de su reencarnación en Lola, después de ponerle voz y rostro, Carmen tomó otro cariz, uno más humano, más comprensible, menos reprobable. Resultó que Carmen, con todos sus defectos, era de carne y hueso, era humana, sentía, y aunque yo no compartía su visión de la vida, ya no podía censurarla sin más.

Cinco horas con Mario es una crítica social a la burguesía española de los años 60, pero más allá de esta importante y aguda crítica, la obra representa la necesidad de la reflexión personal, de una reflexión que parece que Carmen no podría haber hecho con Mario en vida. Sólo como consecuencia de la muerte de su marido, llega para Carmen el momento de enfrentarse a una necesaria meditación, visceral y de reproche al comienzo, y algo más cabal y autocrítica conforme pasan las horas.

El monólogo (monodiálogo en términos unamunianos) reflexivo en el que se enfrasca Carmen le es necesario para percatarse de los errores de la visión que sostiene sobre su matrimonio, su familia y su vida. Ese diálogo con uno mismo, esa reflexión, es la que necesitaba hacer también la sociedad burguesa española de la época y es la que necesitamos, más aún, hoy nosotros, nuestra sociedad: una reflexión seria y franca (a ser posible sin esperar a tener el cadáver de un ser querido ante nosotros) sobre nuestras aspiraciones, expectativas, frustraciones y valores, para devolverle a cada uno de estos aspectos la dimensión que le corresponde.

Por lo pronto (y en lo que nos animamos a la reflexión) queda abierta la exposición para ir a pasar, si no cinco horas, al menos sí un rato con Mario y con Delibes.

Licenciada en cosas pero sobre todo amante de la pizza. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos.
Anti-Valentín. Escarbando en las oscuridades del amor

Anti-Valentín. Escarbando en las oscuridades del amor

Después de escuchar varios de los elogios a Eros, al Dios griego del amor, Sócrates rompe la cadena ingenua de discursos en torno al famoso Banquete, y revela lo que este entiende como la verdad misma del fenómeno amoroso: Eros y el deseo giran entorno a la ausencia, son en esencia negativos. Lo que se ama es lo que no se tiene, de lo que se carece. El amar es entonces necesariamente una unión imposible. Desde entonces una gran parte de las teorías alrededor del amor han tratado de entenderlo como algo muy distinto al amor romántico y a ese que se celebra en el Día de San Valentín, es decir el amor como unión indisoluble, como relación estable cuyo reino va mucho más allá de la muerte. El amor se muestra entonces en sus formas más trágicas: el amor de las cartas al vacío, el amor a una Laura inalcanzable, el amor suplente del deseo por una madre ausente, el amor narcisista, un amor en monólogo, solitario y mortal. En el día de San Valentín queremos entonces iluminar ese patio trasero del amor romántico, el matrimonio con sus monstruos, las nuevas formas de amor no convencional, las cuitas del amante al filo del suicidio. Defendemos entonces a Sócrates y le quitamos el velo a la fanfarronería del romanticismo y mostramos al amor con sus monstruos más horrendos.

EL MATRIMONIO Y EL INFIERNO

Nadie como León Tolstoi para retratar el infierno del matrimonio. Es por eso que La sonata a Kreutzer debería ser una lectura obligatoria para el día de San Valentín: la patología de los celos, el odio inminente en la relación amorosa, la dependencia afectiva y la muerte que parece asomarse en toda relación matrimonial. “Hasta que la muerte los separe” parece ser entonces, no una promesa unánime de amor trascendental, más bien una condena inherente a todo matrimonio. Por otro lado la película Escenas de un matrimonio de Ingmar Bergman parece complementar la novelita rusa a la perfección: en esta la presencia de un tercero no es tan importante como el laberinto neurótico implícito en el matrimonio: El odio es muchas veces el sótano del amor, su cimiento invisible del que emergen constantemente monstruos tremendos. Si celebramos al matrimonio como institucionalidad del amor, tenemos que considerar todos estos aspectos que sin duda alguna le son esenciales a la cotidianidad amorosa. El amor como lucha no deja de serlo en el marco de un contrato nupcial. Estas dos obras revelan la esencia misma del matrimonio como tragedia, la fatalidad de la institucionalidad y las acrobacias de un amor que trata de mantener su libertad en medio de las duras paredes del contrato.

Camilo del Valle Lattanzio

LAS POCIONES Y SUS MONSTRUOS

El amor sin matrimonio, otro topos de la cultura, ha pasado en muchos casos por la necesidad del envenenamiento para conquistar al ser querido, es decir, la anulación de la voluntad para poseer al amado. Es el caso de tantas historias que han estremecido a muchos públicos desde hace siglos y que siguen siendo modelo en versiones contemporáneas. Armida y Rinaldo, Tristán e Isolda, Adina y Nemorino… La cuestión de base es la polémica entre los fines y los medios. Si el amor es considerado como el gran fin, cercano a la verdad, la bellez ay la justicia (en términos platónicos), todo lo que se haga para alcanzar el amor se justifica per se. Es curioso cómo se ha  modificado el concepto de amor a lo largo de los siglos. Aún en el XVII, al pícaro Cupido se le quería “expulsar del mundo” (como en la obra de Sebastián Durón), porque era causa de locura, de perversión y de deformación de la moral. Hoy en día, sin embargo, se ha convertido en una suerte de muñeco simbólico, como Papa Noel, de ciertos valores culturales. Uno fundamental: el de la posesión. El amor, en términos de la industria cultural, se define por “ser mío” o “ser tuyo/a”. El “libre te quiero” sólo ser podría configurar verdaderamente en otro modelo social. Para pensar sobre esto, les dejo un fragmento de Minima Moralia, de Th. W. Adorno:

«Una vez convertida en posesión, a la persona amada no se la ve ya como tal. En el amor, la abstracción es el complemento de la exclusividad , que engañosamente aparece como lo contrario, como el agarrarse a este único existente. En este asimiento, el objeto se escurre de las manos en tanto es convertido en objeto, y se pierde a la persona al agotarla en su «ser mía». Si las personas dejasen de ser una posesión, dejarían también de ser objeto de intercambio . El verdadero afecto sería aquel que se dirigiese al otro de forma especificada, fijándose en los rasgos preferidos y no en el Idolo de la personalidad, reflejo de la posesión  Específico no es exclusivo: le falta la dirección hacia la totalidad. Mas en otro sentido sí es exclusivo: cuando ciertamente no prohíbe la sustitución de la experiencia indisolublemente unida a él, pero tampoco la tolera su concepto puro. La protección con que cuenta lo completamente determinado consiste en que no puede ser repetido, y por eso resiste lo otro. La relación de posesión entre los hombres, el derecho exclusivo de prioridad está en consonancia con la sabiduría que proclama: ¡Por Dios, todos son seres humanos,no importa de quién se trate! Una disposición que nada sepa de tal sabiduría no necesita temer la infidelidad, porque estará inmunizada contra la ausencia de fidelidad»

Marina Hervás Muñoz

EL CARIÑO

En el día de San Valentín se celebra el amor: fenómeno, concepto y emoción centrales en las relaciones e historia humanas, que ha sido analizado por la tradición filosófica y científica en sus muy distintas facetas y manifestaciones. Lo común a todas ellas consiste en la constatación de algún típo de tensión: el amante no alcanzado, la irreducible dualidad de los enamorados, la pertenencia a la familia y la emancipación de la misma, la estabilidad del matrimonio y el deseo de novedad, etc. No obstante, existe un fenómeno en la órbita conceptual de la idea de amor al que no se le ha dedicado la atención que merece y que tampoco tiene un día propio: el fenómeno del cariño. Se trata de una realidad mucho más cotidiana y menos solemne que la del amor, pero cuya fuerza de unión es en realidad mucho mayor, ya que el cariño es el amor liberado de tensión. Y no es una liberación que se produzca al radicalizar el amor hasta la incondicionalidad (como ocurre en el amor ágape, en el amor religioso, etc. que no vienen sino a sublimar y negar tensiones aún latentes), sino que es una liberación cuya causa es la materialidad: la suavidad de una caricia, de tales palabras cálidas, de miradas dulces o acaso de una simple sonrisa… en ocasionas es la mera asiduidad. El cariño es radicalmente material y corpóreo. No se opone al amor, sino que antes bien lo sustenta y alimenta en secreto: en ocasiones incluso se confunde con él (mucha gente quiere decir «cariño» cuando dice «amor»), pero su naturaleza es esencialmente diferente. Si la filosofía es el amor al saber, deberíamos plantearnos en qué consistiría una actitud intelectual basada no ya en amar al saber (desearlo, aspirar a él, querer ser uno con él), sino en tenerle cariño. Ese cariño que no tiene un día en el calendario, y que no lo tiene porque no nos quita el sueño ni nos obsesiona con metas lejanas, sino que es proximidad pura, es una palabra dulce o un beso tierno nunca idealizados, en un momento irrebasablemente concreto. Tiene además difícil traducción fuera del español, pero ello no le resta realidad.

Javier Santana Ramón

 

Bruce Springsteen, Born To Run

Bruce Springsteen, Born To Run

Con la nueva situación política en Estados Unidos tras la proclamación de Donald Trump como presidente se han abierto muchos interrogantes y han reaparecido manifestaciones de épocas pasadas como la canción protesta para reivindicar una serie de derechos y libertades. La música del gran personaje que nos ocupa vuelve a sonar una vez más a todo volumen. Por mi parte, después de la autobiografía de Phil Collins, Aún no estoy muerto (2016), quise leer la de Bruce Springsteen, Born To Run (también de 2016). A lo largo de más de cuatro décadas se ha ganado el apodo de The Boss (El jefe), ya que es una de las grandes figuras musicales y en los últimos días volvió a ser noticia por la situación política en su país y porque el 12 de enero tocó en un concierto de despedida para el ex presidente de los Estados Unidos Barack Obama. La banda sonora compuesta e interpretada por el músico de Nueva Jersey nos ha acompañado en diferentes medios de comunicación pero ¿quién es Bruce?

Un libro autobiográfico de este gran músico es un llamativo reclamo. Nada más abrirlo se nota que lo insufló con su manera de ser cuidando hasta el mínimo detalle, como el tipo de hojas utilizadas que tiene la acreditación de Greenpeace de ser un libro «amigo de los bosques». Toda una declaración de personalidad. Este voluminoso texto fue escrito a lo largo de siete años y está dividido en tres libros compartimentados a su vez en numerosos capítulos a los que en general les puso como título canciones tanto propias como ajenas, sobre todo de bandas y músicos de las épocas que va narrando.

El primer libro, Growin’ Up (Creciendo), tiene unos deliciosos pasajes en los que rememora su infancia, su amor incondicional hacia su familia, especialmente hacia sus abuelos, su madre y su hermana pequeña. Al hablar sobre su infancia utiliza un lenguaje más cuidadoso pero sin esconder la verdad sobre su situación familiar -especialmente la difícil relación con su padre-, y académica. Conocemos la herencia de sus raíces italianas y escocesas y cómo sus parientes ayudaron a desarrollar parte de su carácter. También nos cuenta cómo siendo un adolescente vio en la televisión a Elvis Presley, (se trata del famoso vídeo en el que la CBS tenía miedo de difundir unas imágenes en las que un hombre atractivo se movía de una manera tan lasciva, por lo que decidieron evitar los planos provocativos y solo le enfocaron de cintura para arriba) y sintió que necesitaba hacer música, así como su admiración por los músicos de aquella época y las posteriores como The Beatles y The Rolling Stones, lo que conforman lo que él denomina «advenimientos». Todos ellos tenían en común que habían dado carpetazo con su apariencia y su música a toda una época y le gritaban al mundo que había gente que necesitaba cambios y vivir de otra manera, algo que Springsteen adoptó, lo que le ocasionó no pocos problemas simplemente por dejarse el pelo largo. Llegados a este punto me gustaría hacer un paréntesis porque hay un dato llamativo y es que los usuarios de redes sociales se sorprenden cuando ven un vídeo de un concierto de The Boss en Leipzing (Alemania) en 2013 cuando coge una pancarta de alguien del público que le pedía que tocara You Never Can Tell -tal vez les suene por ser un tema importante en la película Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino– y empezó a buscar el tono para tocar con su banda esta canción de Chuck Berry. No se sorprendan, estudió todos los discos de artistas de épocas anteriores, coetáneas y posteriores para formarse como guitarrista y cantautor.

Hubo una época en la que sintió miedo: cuando recibió una carta informándole que debía presentarse para alistarse como soldado para combatir en la guerra de Vietnam. Miedo. Pánico. Ideó todo tipo de estrategias para intentar evitarlo pero no las necesitó porque no le aceptaron por haber sufrido un accidente. Otros amigos suyos no tuvieron esa suerte y murieron en combate. Porque Springsteen no olvida ni un solo nombre que haya sido más o menos importante en su vida (exceptuando sus novias cuyos nombres no menciona), especialmente el de sus amigos. En esta etapa asistimos a sus ansias por aprender; las dificultades económicas para poder comprarse guitarras; los tugurios en los que vivió; cómo creó su primera banda; cuáles eran los locales y zonas según la raza, procedencia y música y cómo fueron ampliando su abanico de locales musicales en los que ir perfeccionándose. También conoció a muchas personas que le prometieron que le ayudarían en su carrera musical para de pronto desaparecer sin dejar rastro, así como sus dos intentos fallidos de triunfar en California. Fue a la vuelta de su segundo fracaso en San Francisco donde Bob Dylan cobra relevancia en su vida como nueva fuente de inspiración y le dedica las siguientes palabras:

(…) Bob Dylan es el padre de mi país. (…) Bob había puesto su bota sobre la cortesía alienante y la rutina cotidiana que camuflaban la corrupción y la decadencia. […] Bob señaló el norte y sirvió como faro para ayudarte a encontrar tu camino en aquella tierra salvaje en la que se había convertido América. Plantó una bandera, escribió las canciones, cantó las palabras esenciales para la época, para la supervivencia emocional y espiritual de muchos jóvenes norteamericanos de ese momento.

Por lo que Bob Dylan se convirtió en uno de los pilares y modelos en los que se quiso basar para crear su obra y continuar su carrera musical con la banda que le ha acompañado durante cuarenta años: la E Street Band, una agrupación producto de su gusto por el rock y otros estilos como el soul en la que él es el jefe y dice cómo y por qué se hacen las cosas, siendo sus referentes en este sentido James Brown y Sam Moore. La formación estuvo integrada principalmente por Garry Tallent (bajo), Danny Federici (órgano), Steve Van Zandt (guitarra), Max Weinberg (batería), Roy Bittan (piano) y Clarence Clemons (saxofón). Fue con ellos con los que le dio forma a Born To Run (Nacido para correr). Con este gran disco comienza su segundo libro y fue con este trabajo con el que inició una carrera mundial que comenzó con el reconocimiento por parte de la prensa y la primera gira por Europa en 1975.

«Cada disco era una declaración de intenciones». Así que para ello empezó a indagar en su vida y los acontecimientos acontecidos en su país y le dio voz a la clase trabajadora estadounidense con influencias del country, el blues y Woody Guthrie. Conoció a dos ex soldados de la guerra de Vietnam, los problemas a los que se enfrentaban estos veteranos de guerra y organizó un concierto para ellos en 1981. Años más tarde, en 1988, recorrió el mundo con una gira organizada por Amnistía Internacional donde fue consciente de los problemas a los que tenía que hacer frente la población de cada uno de los países en los que estuvieron. Estamos ante un hombre con unas fuertes raíces que ama el espíritu y la vida de pueblo, fue crítico con el presidente Ronald Reagan y es consciente de los problemas del mundo. Es por eso que apoyó a sus conciudadanos en las grandes catástrofes que azotaron su país, como el 11-S o el huracán Katrina (2005) que asoló Nueva Orleans, de la mejor manera que sabe: creando música para la población y ofreciendo giras con por aquel entonces nuevo material que mostraba al mundo los sentimientos de una nación henchida de dolor.

Mucho trabajo y exigencia a él mismo y a su banda, problemas con los medios técnicos de aquellos años para grabar los discos tal y como los había concebido, nuevas giras, su terapia en la carretera y, de pronto, en uno de sus viajes con un amigo tocó fondo. Se dio cuenta de que estaba sumergido en un oscuro abismo y desde entonces ha luchado por salir de la tenebrosa depresión con la que ha tenido que lidiar en diferentes etapas de su vida. A finales de su segundo libro y durante el tercero, Living Proof (Prueba viviente), en su relato nos lleva a su madurez y estabilidad -a pesar de su lucha interna constante- donde la influencia de Patti Scialfa es indispensable para él. Se trata de una guitarrista, compositora y cantante que rompió el sesgo masculino de la E Street Band en 1984, infundiéndole un nuevo aire musical, y cuya presencia algo más tarde salvó a Bruce Springsteen de sí mismo, convirtiéndose en una fuente de inspiración musical y personal. De hecho, el libro está lleno de muestras de amor y admiración incondicional hacia Patti, su «revolución pelirroja».

Debido a sus ansias por recorrer nuevos caminos musicales y un desgaste después de tantos años tocando juntos, las carreras musicales de los miembros de este gran grupo se separaron. Uno de los proyectos en los que se embarcó el príncipe de Nueva Jersey, con permiso de Frank Sinatra, fue una canción para la película Philadelphia (1993) dirigida por Jonatham Demme, lo que dio lugar al tema Streets of Philadelphia (Calles de Filadelfia) con el que ganó el premio OscarSin embargo, tras 10 años recorriendo sendas distintas, sintió que nada podía igualar a la sensación de tocar con la banda con la que tanto había compartido. Así surgió la reagrupación.

Leer a Bruce Springsteen y en parte adentrarse en su mente es como recorrer una ruta larga en coche o en moto: en ocasiones placentera, en otras la travesía se torna dura por los obstáculos que hay que superar pero, aun así, no puedes dejar de adentrarte en ese viaje en el que adquirirás nuevas experiencias. Él es sabedor de su talento pero también se llega a describir de la siguiente manera: «Llevaba conmigo al trabajador que había en mí, para bien o para mal, era alguien normal y corriente, y siempre lo sería». Disculpe, señor Springsteen, pero afortunadamente para el público usted no es alguien normal y corriente.

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler, 2002), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid, 2003), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2010), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos, 2012) y es doctoranda en Historia en la Universidad de La Rioja.
I did it my way. El baile de investidura de Donald Trump

I did it my way. El baile de investidura de Donald Trump

Donald Trump eligió la canción My way para el tradicional baile con la primera dama que cierra la toma de posesión del presidente de EEUU. La decisión se ha comentado en los medios de manera, aunque superficial, acertada. Los análisis, si pueden llamarse tales, se han centrado en lo evidente del título de la canción elegida, asumida como una muestra más del personalismo del nuevo presidente, quien no ha desperdiciado ocasión de dejar claro que con él comienza una nueva manera de hacer las cosas: la suya. Teniendo en cuenta que el baile en cuestión funciona como una campaña de marketing destinada a enviar un mensaje a la población, no queda sino aceptar que la elección de My way ha sido un acierto. Hace ocho años, Obama envió otro mensaje al son de un romántico y edulcorado soul cantado por Beyoncé -artista que también actuó en la apertura de la segunda legislatura- que el matrimonio escenificó con evidentes y estudiadas manifestaciones de cariño conyugal, mostrándose al mundo como un equipo sólido y dispuesto a permanecer unido ante cualquier adversidad. El matrimonio Trump, en cambio, sustituyó el plural we de los Obama por el singular I de Donald, además de dejar en evidencia que no posee el flow de los anteriores.

Pero, como viene siendo habitual con todo lo que tiene que ver con el nuevo presidente, la elección de la canción para este baile publicitario no estuvo exenta de polémica. De nuevo -cómo no-, fue Twitter el campo de batalla. Cuando se hizo público que los Trump bailarían al ritmo de My way, Nancy Sinatra escribió en esa red social que su padre, Frank Sinatra, no habría estado de acuerdo con que su canción sonara en esa ceremonia. Ante la avalancha de críticas que recibió del sector pro-Trump, decidió borrar el tuit zanjando así la polémica. Lo primero que hay que dejar claro a este respecto es que My way no es una canción “de” Frank Sinatra, sino la adaptación al inglés que realizó Paul Anka en 1969 de una canción francesa, Comme d’habitudecompuesta por Claude Françoise y Jacques Revaux en 1967 y que el artista ítalo-americano popularizó. Frank Sinatra sólo compraría los derechos de la canción más adelante. Y es aquí donde se plantea la pregunta: ¿a quién pertenecen las canciones?

Si Nancy Sinatra considera que la canción es “de” su padre por el mero hecho de ser el dueño de sus derechos, tendríamos que pasar a considerar My Way solamente como mercancía comercial. En tal caso, quien pague los derechos pertinentes para realizar una comunicación pública de la misma, sea en una fiesta de discoteca o en otra emitida por televisión a nivel mundial, será el propietario de la canción durante el tiempo que ésta suene. Dudo mucho que a los dueños de cualquier bar se les pida el carnet ideológico para poner ciertas canciones en su local. Es decir, si el hecho de haber pagado por la canción le hace a Sinatra dueño de la misma, por la misma razón Trump lo fue durante su baile y no tiene que dar explicaciones a nadie. La cuestión es si una canción, en su dimensión, digamos, simbólica, pertenece a alguien más que a su propio autor o si, al entrar en el circuito comercial, pertenece ya “a todos”. Porque, más allá de eso que llamamos “las intenciones del compositor”, lo que ocurre con las canciones es que las hacemos nuestras y les adjudicamos significados propios, individuales y personales. Por lo tanto, habrá tantos My Ways como oyentes tenga la canción.

Al margen de esto, habría que analizar por qué Trump eligió esta canción para su baile. En este sentido digo que la superficialidad de los artículos aparecidos en prensa es acertada. Hay dos razones fundamentales por las que el nuevo presidente se decantó por ella. Por un lado, su universalidad y conexión emocional con el oyente medio. En este punto es en el que podemos sentirnos decepcionados, no ya con Trump, sino con nosotros mismos. Qué rabia da que alguien a quien detestas, alguien que consideras que reúne los peores defectos que puede tener una persona, se sienta identificado con una canción que tú has coreado con la copa en la mano, cantado en la ducha o bailado con tu pareja. Se te agolpan un sinfín de sentimientos contradictorios porque no sabes si eso te hace a ti peor persona o al monstruo, más humano. “Cómo puede llegar a ser que tenga yo algo en común con este fantoche”, te preguntas. Porque puede ocurrir, -y de hecho ocurre, como en la película de José Luis Cuerda Amanece que no es poco con los clásicos de la literatura leídos por gente no intelectual-, que, según quién las escuche, las canciones se estropeen y ya jamás vuelvan a ser las mismas. Por otro lado, Trump parece haberse fijado sólo en el título de la canción, en ese “a mi manera” que funciona tan bien como eslogan publicitario. Seguro que no tuvo en cuenta que la canción está narrada por una persona que, al final de su vida, hace un balance agridulce de su paso por el mundo y cuyo único consuelo, por encima de errores y decepciones, es el de haber hecho las cosas “a su manera”. Aunque, visto de otro modo, cabría interpretarlo como una declaración de intenciones del nuevo presidente, que quizás esté diciendo que hará las cosas a su manera y que esa es razón suficiente para que cualquier error o mala decisión esté justificado. ¡Pretenderá, con eso, que le perdonemos!

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.
Diario de expediciones pasadas: Cómo se experimenta en el Ártico (¡¡Especial Navidad!!)

Diario de expediciones pasadas: Cómo se experimenta en el Ártico (¡¡Especial Navidad!!)

En toda historia y expedición, hay momentos para celebrar. Y los científicos, sí, esos señores con bata, tubos raros y a veces, botas de monte, chaquetas para el invierno y gorro, también celebran cumpleaños, fiestas, eventos o… la alegría de que ese experimento que llevas 5 meses preparando haya salido bien. Esto es, los científicos (¡oh! ¡Sorpresa!), al igual que el resto de las personas, celebran cosas y de hecho, lo hacen bien. Sólo piensen ustedes que son las mentes más alocadas de la humanidad (que me disculpen los artistas) y que normalmente no suelen salir mucho (ya saben, muchas horas metiendo datos en el ordenador).

¡Pero bueno! Se preguntarán a que viene toda esta introducción si ustedes han venido a leer sobre unos señores de expedición en mitad del Mar de Noruega. Permítanme que les explique. Aprovechando las señaladas fechas en las que nos encontramos, Navidades, fin de año y venida del siguiente, hemos decidido dejar a nuestros navegantes en mitad de su viaje y explicar cómo se celebran las cosas cuando uno está en un barco y en mitad del mar sin ningún puerto a mano.

Lo primero, a los noruegos les gusta celebrar, todo, y mucho. Y cuando se está en el mar, en mitad del invierno (la pesca del bacalao es lo que tiene), y la oscuridad te cubre como un manto y no hay luz del sol que alegre el día, se celebra hasta la más mínima circunstancia. Corren rumores de que antaño se celebraba hasta la primera vez que el capitán bajaba a cubierta. Celebraciones que llevaban acompañadas sus buenas raciones de Akvavit (Aquavit para los amigos) o cerveza. Se celebraba tanto que los rumores hablan de barcos a la deriva en mitad del caos etílico cuando Hjalmar Andersen ganó 3 medallas de patinaje de velocidad en aquellas Olimpiadas de invierno en las que Noruega (obviamente) ganó el mayor número de premios en 1952. Pero claro, todo esto son rumores, mencionados en voz baja y con una sonrisa nostálgica en la boca. Desde más o menos finales de los 80 está terminantemente prohibido consumir bebidas alcohólicas por las tripulaciones de cualquier clase de embarcación con bandera noruega. ¿No alcohol? Así es, ni una gota cuando el barco está fuera de puerto (cuando está en puerto, y si no te toca turno de trabajo, puedes bajar al bar más cercano, pero esa es otra historia para otro capítulo). Para que se den cuenta ustedes del nivel de paranoia respecto a las bebidas espirituosas y derivados, el capitán está obligado a llevar un registro de todo el alcohol medicinal (si, ese que viene en botellitas blancas y sirve para desinfectar) que se usa no vaya a ser que alguien se lo beba (que no sería la primera vez).

Pero volvamos a las celebraciones, qué nos quedamos mirando las gavias (ya que en el mar no hay ramas). Lo más normal en los barcos son los cumpleaños. La lógica y la estadística establecen que habiendo 20-30 personas a bordo alguien cumpla años en algún momento. La celebración suele consistir normalmente en un pastel o comida especial preparada por el chef (que a veces hasta pregunta lo que uno quiere). Esto puede parecer poca cosa pero alegra la monotonía de la dieta de los barcos. Además del ágape, el afortunado (ya que a las mujeres a bordo se les respeta más) se convierte en objeto de diferentes bromas. Desde cambiarle el café por agua cuando no mira hasta meterle un pescado pequeño dentro del traje (normalmente ya muerto, que muerden). A las mujeres, que normalmente son menos e investigadoras, se las hacen bromas más suaves como echarles mucha azúcar en el café o sal en el agua durante la comida.

Imagen 1: Pastel de cumpleaños, Imagen cedida por Lisa Broekhuizen.

Imagen 1: Pastel de cumpleaños. Imagen cedida por Lisa Broekhuizen.

Además de los cumpleaños, en los barcos se suelen celebrar también eventos importantes de la vida marinera. Entre estos cabe destacar el primer y el último lance de la campaña. El primer lance tiene que ser perfecto. Y no me refiero a la cantidad pescada, sino a que todo, la técnica y el arte tiene que salir a la perfección. No hay nadie tan supersticioso como un marinero, y un mal primer lance puede poner una nube de pesadumbre a lo largo de toda la campaña. ¿Y de qué manera se hace un lance perfecto? En silencio. Sobre todo en silencio. Las órdenes son cortas y quedas y la tensión se nota en el ambiente. El último lance es todo lo contrario. El ambiente relajado, lleno de bromas y con canciones, señala el final de cualquier campaña y alegra el espíritu para la larga travesía a casa.

Imagen 2, Pinnekjøtt. Imagen por Ixai Salvo Borda.

Imagen 2, Pinnekjøtt. Imagen por Ixai Salvo Borda.

Pero no podemos olvidarnos de la Navidad. ¿Cómo se celebra la Navidad en los barcos pesqueros de noruega? En casa. Suena a broma, pero pocos (por no decir ninguno) saldrán a faenar el día de Navidad. No obstante, en el caso de las embarcaciones escandinavas (y seguro que en otras también), se celebra una falsa navidad a bordo los primeros días de Diciembre “en familia”. Para ello, se come los tradicionales Ribbe (costillas de cerdo) o el muy tradicional plato Noruego, Pinnekjøtt. Este último consiste en costillas saladas y secas (a veces ahumadas) de cordero. Se cuecen y se acompañan con patata hervida y un puré de diferentes tubérculos (el chef no nos quiso dar su receta secreta). Para los amantes del pescado, existe la muy poco recomendable (a la opinión del autor claro) opción de comer Lutefisk. Este plato consiste en pescado (normalmente bacalao o eglefino) marinado” en agua y lejía durante unos meses. Se acompaña también de patatas, bacón, guisantes y mostaza (para darle sabor, o quitárselo). Como no se puede beber alcohol, normalmente se acompaña la cena con zumo de manzana. A veces, si el chef se siente generoso, durante diferentes días de diciembre también es posible comer Multekrem (crema y arándanos) o Småkaker (galletas de navidad). Y claro, no todo se queda en comida. Los marineros son gente imaginativa, y manteniendo las normas de seguridad, decoran sus cascos con gorritos de papa Noel y a veces incluso una flor o una lucecita pequeña. El barco no se suele decorar ya que aún no es navidad (y daría mala suerte), pero aparecen pequeños platos de galletas de jengibre y tanto el t como el café se suelen especiar con canela y otros aditivos legales. Además, es muy común ver un gran número de jerséis de lana con diferentes adornos Navideños.

Imagen 3 El autor disfrutando de una cena de Navidad, basicamente, mucha patata (Imagen por Melina Dres).

Imagen 3. El autor disfrutando de una cena de Navidad, basicamente, mucha patata (Imagen por Melina Dres).

Sigan ustedes ahora disfrutando de las fiestas y sobre todo, aguarden con ganas la siguiente narración de nuestros intrépidos marineros en las aguas del Ártico.

Nacido en Villava (al lado de Pamplona) en 1989. Licenciado en Biología Ambiental y Agrícola (Universidad de Navarra, 2012) descubre en su año de Erasmus en Plymouth (Inglaterra) que le apasiona el mar y marcha a Tromsø (Noruega) a hacer un Master en Gestión Internacional de la Pesca (The Arctic University of Norway-University of Tromsø, 2014). Al acabar, y tras un año trabajando para la Universidad como Biólogo en expediciones pesqueras, da un giro a su vida y orienta el rumbo hacia las ciencias sociales. Ahora es doctorando en el Centro Tecnológico del Mar (Fundación CETMAR) y el Campus do Mar (Universidade de Vigo) con una beca Marie Skłodowska-Curie. Músico bohemio consigue sacarse grado medio de clarinete en el Conservatorio Pablo Sarasate de Pamplona (2008) y cursa dos años de Musicología en Grado Superior sin mucho éxito pero mucho entusiasmo.”
Los intocables del cine español: sobre el boicot a Trueba

Los intocables del cine español: sobre el boicot a Trueba

Parece ser que la Infanta Cristina tiene muchas ganas de que termine “esto” para no volver a pisar “este país”. La elocuencia de esta sencilla frase reside, sin embargo, más en lo que se sobreentiende de ella, que en lo que realmente dice. Por un lado, la culpa de “esto” que le está pasando la tiene para la Infanta “este país”. Por otro lado, la frase contiene una elipsis, valga el oxímoron, y es que es inevitable añadirle algún complemento al final. Se sobreentiende, pues, que a “este país” le falta un “de mierda”, “de miserables” o “de gilipollas”. Esto ha suscitado una oleada de tuits de gente que se ha sentido muy ofendida. Pero, al contrario de lo que cabría esperar, los ofendidos no han sido tanto los que ideológicamente pueden estar más cerca de la monarquía y se han sentido decepcionados con esta declaración antipatriótica, sino que las críticas han venido precisamente de quienes se sienten más alejados de la institución monárquica.

Algo parecido, salvando las distancias, ocurrió con las declaraciones que Fernando Trueba realizó cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía en septiembre de 2015. Con ese ya famoso “no me he sentido español ni cinco minutos”, el director se ganó las críticas de cierto sector que lo atacó por las redes sociales a través de, todo hay que decirlo, razonamientos tan simples como el trillado y cansino argumento de las subvenciones públicas que recibe la industria del cine o haciendo referencia a “los de la ceja”. En esta ocasión, los ofendidos también fueron los que ideológicamente se sitúan más alejados del cineasta. Por lo tanto, puede que estas reacciones no respondan tanto a una gran sensibilidad nacional, sino que, más bien, formen parte del gran deporte nacional de meterse con “el otro bando”.

Personalmente, me trae sin cuidado si la Infanta detesta el país que la ha mimado con tantos privilegios (no espero demasiado de las instituciones medievales), como tampoco me importan los sentimientos nacionales de Trueba. Lo que sí me parece digno de analizar es la (falsa) polémica que se ha creado alrededor de este discurso antipatriótico. Los premios (los que reciben los demás, se entiende) son siempre sometidos a la implacable opinión pública que se divide entre los que están a favor y los que están en contra de que el premiado sea el que es. Lo hemos visto este año con el polémico Nobel a Bob Dylan. Pero los premios sirven también para fomentar orgullos patrios, regionales y vecinales de diferente naturaleza. Ocurre especialmente en el día de hoy con la Lotería de Navidad, cuando todos los vecinos sacan el champán y los matasuegras a la calle porque a “uno de los suyos” le ha tocado el gordo. Algo así ocurrió también cuando Juanjo Mena recibió el Premio Nacional de Música 2016 y las redes sociales se llenaron de mensajes de orgullo de vitorianos y vascos que sentían el premio un poco suyo. Quizá algunos de estos aplaudieron en su día el discurso de Trueba, pero en esta ocasión no les importó que el premio recibido por el director de orquesta incluyera el mismo adjetivo “nacional”, porque, claro, esta vez nos lo llevamos para casa.

Trueba pronunció el discurso un año antes del estreno de su última película titulada La reina de España, una comedia folclórica ambientada en pleno franquismo. Se trata de una secuela de la exitosa La niña de tus ojos (1998) y se esperaba de ella que fuera uno de los grandes triunfos del año, supongo que porque el director era Trueba y el reparto incluía nombres como Penélope Cruz, Javier Cámara, Carlos Areces, Antonio Resines, Jorge Sanz, Loles León o Santiago Segura, entre otros. Sin embargo, el batacazo en taquilla ha sido monumental. Y la culpa de este fracaso parece haber sido de “este país”, en este caso, de ignorantes y vengativos. El mensaje se ha simplificado tanto, que ya nadie se ha parado a leer críticas u opiniones sobre la película en sí (que las hay, y no son demasiado halagadoras, por cierto: Filmaffinity ), sino que la opinión pública se ha dividido entre los que creen que “hay que ir” a ver la película para apoyar al cineasta de los ataques de unos fachas descerebrados (incluso se han podido leer algunos artículos en prensa como los de Jordi Évole o Juan Cruz) y los que han fomentado un boicot contra la película en twitter y creen que las declaraciones de Trueba son imperdonables. Sin embargo, cuando una se da un paseo por esta red social, se da cuenta de que el poder de convocatoria de ese boicot apenas llega a unos cientos de personas que difícilmente suman la fuerza suficiente para hundir una película.

El público ejerce su libertad al decidir si se compra o no una entrada para un espectáculo. Achacar un fracaso en taquilla a un supuesto boicot nacional es ridículo en este caso. De la misma manera que resulta algo arrogante presumir que un trabajo, por el solo hecho de ser de uno mismo, tiene que ser un éxito rotundo. He de confesar que no he visto la película y no tengo ninguna intención de verla. Y no lo haré, no porque quiera boicotear el trabajo de Trueba, sino porque no me suscita el más mínimo interés. Asumo el riesgo de perderme una obra de arte, de la misma manera que otros quizá deberían asumir que es la falta de interés del público lo que ha hecho que pierdan una millonada y no el absurdo enfrentamiento entre diferentes sensibilidades nacionales. Los medios de comunicación, por su parte, mejor harían en dedicarse a realizar un seguimiento de calidad de las cuestiones culturales de este país, en vez de invertir tiempo y dinero en elevar a categoría de noticia lo que por sí mismo habría pasado más que desapercibido.

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.