Sobre inmersiones digitales: Into Worlds. The craft of blurring boundaries en el Berliner Festspiele

Sobre inmersiones digitales: Into Worlds. The craft of blurring boundaries en el Berliner Festspiele

Richard Sennett inauguró las jornadas sobre inmersión -digital, laboral, y vital-, tituladas Into Worlds[1]. Tenía grandes expectativas en su charla, no porque me haya leído The Craftman (2008) que era el libro a partir del cual hablaría, ni porque conozca muchísimo su trabajo, sino porque él fue uno de los dos sociólogos que primero leí cuando inicié mi tesis doctoral acerca de la experiencia del tiempo en el contexto digital. Ahora que estoy en el final del proceso, me parecía un cierre bonito: oírlo en directo. Y no me defraudó. La pasión con la que contó su relación táctil con el chelo, las resistencias del instrumento, la experiencia que calificó de “auténtica” con él, y la forma en que lo comparó con otras formas de la háptica, actuales, más relacionadas con los entornos digitales en las que se produce, dijo, cierta desmaterialización del tacto, del tocar, me parecieron reveladoras. Pero sobretodo me gustó su tono, la cadencia pausada con la que habla, la facilidad con la que transmitió ideas complejas de forma sencilla y casi poética. Me pareció un acierto traerlo a él, y un privilegio tener la oportunidad de estar allí.

Otra de las actividades sobre las que tenía gran curiosidad era la mesa The New Infinity, que forma parte de un ciclo con el mismo título -de 3 años, iniciado en 2016y que en estas jornadas versaba sobre producciones fulldome, ese formato de proyección inmersiva basada en películas panorámicas en 360º dentro de una estructuras domo[2]. Me pareció interesante, aunque no fuera exactamente nuevo, el proyecto Hyperform, en el que la inmersión se inicia con geometrías simples que evolucionan hacia la abstracción, en un intento de superar nuestras capacidades de percepción, en un trabajo reflexivo en torno a la hiper-realidad, que no es realidad aumentada, sino hiperdimensionada, siguiendo modelos matemáticos complejos[3]. También la presentación por parte de uno de sus creadores, Brook Cronin, de la herramienta de mapping pensada para artistas, de código abierto, omnidome, me hizo pensar en la necesaria dinámica colaborativa y de intercambio permanente que requiere nuestro mundo inmersivo interconectado. En la misma mesa, el artista Benjamin Muzzin mostró, por último, algunos de sus proyectos, deteniéndose en Les Lendemains d’Hier, un proyecto del que sólo pudimos ver su versión bidimensional proyectada, pero en el que resultaba inquietante el juego con la geometrización del cuerpo en el entorno 360º. Como suele ocurrir en estos eventos, el tiempo para cada uno fue insuficiente para poder ahondar como merecían sus respectivos proyectos. Pero sí lograron transmitir el entusiasmo y la enorme dedicación que implican estas propuestas, hecho que yo entendí como una alusión indirecta a la otra forma de inmersión desde la cual también partían las jornadas: la que se refiere a la “regla de las 10.000 horas” (10.000-hours rule) según la cual ése es el tiempo requerido para devenir un experto en la materia/experiencia que sea. Bajo mi punto de vista, esta regla olvida la necesidad de pensar más en la calidad del tiempo, dejándose llevar por la tendencia tan propia del capitalismo de cuantificar por encima de cualificar, y que, cuando se habla en términos de inmersión, tiene más que ver con la intensidad espacio-temporal.

Andreas Reckwitz, en otra de las ponencias clave, analizó lo que denominó “sociedad de singularidades” (Gesellschaft der Singularitäten), como una lógica contrapuesta a la estandarización social propia de la sociedad de la era industrial, y que es reacción de la misma. Su discurso partía de nuestra presencia en las redes, donde detecta una tendencia a generar paisajes-identidades únicas y originales que nos singularizan, en respuesta al exceso de producción de bienes culturales inmateriales, dice, que caracteriza lo que denominó como la era post-material. Se refirió acertadamente a las artes como el tipo de prácticas donde más evidente se hace la singularización, y aunque habló también de la competición por la visibilidad en todos los ámbitos más allá de las artes, me pareció interesante la reivinidicación que hizo de la urgencia de acción individual, porque desplazaría una pasividad que venía dándose de forma preocupante, y nos resituaría hoy como sujetos activos.

Las jornadas se cerraron con reflexiones entorno a la inmersión como un surgimiento de experiencias para escapar de la realidad y sobrepasar las capacidades del cuerpo, por parte de la profesora de estudios de cultura de medios Robin Curtis; Barbara Gronau, como experta en Historia del Teatro, se refirió a la inmersión como una forma de participación, comparando las experiencias inmersivas actuales con las pretensiones de la obra total wagneriana (Gesamtkunstwerk), en la que, dijo, se borraban las fronteras entre la mente, la acción y el deseo. De las contradicciones de la inmersión habló brevemente Thomas Krüger, con un recorrido más político que teórico, y al que pareció que muchxs de lxs asistentes esperaban oir. Pero la intervención final que llamó más mi atención fue la del profesor y dramaturgo austríaco Georg Döcker, quien empezó analizando los cambios que se producen entre el teatro tradicional y el teatro inmersivo, poniendo como caso de estudio la pieza Haptic Field  de Chris Salter + TeZ. Ésta le sirvió para pensar en la libertad de acción y en como se reconfiguran los espacios y las formas de experimentarlos. De entre sus reflexiones me interesó especialmente la comparación que realizó de estas experiencias con el anarquismo, aludiendo al cuestionamiento de ciertas barreras entre lo propio y lo ajeno, ya reivindicadas por los movimientos libertarios.

El interés personal que tenía en estas jornadas guardaba relación con la reflexión en torno a la experiencia temporal en el contexto inmersivo, y en este sentido la comparación realizada por Georg Döcker redundó sobre un tipo de experiencia temporal que pienso que no ha sido suficientemente analizada en la era de la digitalización, como es la de la simultaneización de acciones y percepciones – a veces entendida como multi-tasking por la sociología-, en la que a menudo se cuestiona la jerarquización de los estímulos a través de formas de acercamiento interactivas –e inmersivas- que demandan acción colectiva, y que podrían llegar a cuestionar ciertos privilegios, integrando a todo ser humano a través de una contribución con altos grados de libertad.

[1] Organizadas en el contexto del Berliner Festspiele, y llevadas a cabo en el Gropius Bau de Berlín, los días 19, 20 y 21 de este mes de enero.

[2] Mesa presentada por Marie-Kristin Meier, antigua curadora e investigadora asociada al ZKM, y actual coordinadora del programa “Inmersión” del Berliner Fiestpiele.

[3] Presentado por Louis-Philippe St-Arnault, director del programa de inmersión de la Societé des Arts Technologiques (Montréal, Canada), que mostró también la dinámica del SAT, además de otros de los proyectos en los que trabaja la institución canadiense.

Confusiones sobre el reguetón: bailar sin entender y “Lo malo”

Confusiones sobre el reguetón: bailar sin entender y “Lo malo”

Últimamente he conocido dos confusiones en torno al reguetón que me permiten seguir mis reflexiones al respecto, que inicié aquí. Ahí va la primera:

Un amigo  compartió una foto que compartió en facebook en la que ponía “Sí al reguetón, no a la especulación”. Yo, en un momento de pequeño egocentrismo, inmediatamente le enlacé mi texto “La reguetonización de la izquierda” y le dije que no entendía la frase. Me dijo: “no hay nada que entender. ¡Baila!”. Y justo eso demuestra todo lo que queda por hacer. Tiro del hilo de aquella persona que me dijo en la fiesta que cité en el artículo sobre “La reguetonización de la izquierda” de que allí no se iba a hacer teoría, sino a bailar.

Empezaré por el principio: El cuerpo, desde la antigua Grecia, es considerado como aquello que nos recuerda nuestro “ser bestias”. Para algunos griegos, el cuerpo albergaba las pasiones, los deseos. Mal compañero para el alma, que debía aprender a dominarlo. Esto ha caracterizado la historia occidental, también del arte, donde los genitales se tapan con parras o las curvas de las mujeres se tornean para el ojo masculinizado que lo sexualiza. Pero hay otros griegos, menos leídos (Platón, de hecho, pedía la quema de sus libros, como luego harán los nazis en 1938 en la Bebelplatz de Berlín con los intelectuales), que hablan de otro tipo de deseo. Veamos: el deseo de los griegos más modositos es el deseo como falta en el doble sentido. Como algo que no está y como algo moralmente despreciable. Por eso Platón sugiere que hay que buscar un complemento, por eso complemento se lleva después a la teología y se propone que todo tenga que estar cerrado, bien atado, que encaje, que sea perfecto, como una esfera. De aquí parte la identidad, el uno, lo reconciliado, lo sin aristas. No encontrar ese único complemento se traduce en culpabilidad y enfermedad. Y así también el perdón.

La música también era modosita. Si piensan en cómo es toda la tonal, se darán cuenta de que se caracteriza con por tensión, nervio en el oyente, y luego relajarla. E, incluso, llevarnos a una historia de los temas complejísima que se resuelve en un final triunfante. Lo explica bastante bien Jacques Attali cuando dice: “la música provoca ansiedad y luego la sensación de seguridad, provoca desorden y luego propone orden, crea un problema para resolverlo”. Por eso casi toda la música tonal se construye generando tensiones y relajándolas, siguiendo así también las lógicas temporales de casi toda la prosa, en la que tiene que haber una introducción, un nudo y un desenlace. De hecho, en música se comparte nomenclatura y el nudo se llama desarrollo, nombre aceptado también en literatura. Pero sobre todo tiene que haber desenlace. Que sea redondito y eficaz, como la esfera de Platón. En la música pop se simplifica la estructura, y se combina la tensión con la relajación en estructuras más breves (las que, originalmente, permitía el microsurco de gomalaca). Bajo esa lógica funcionan los “breaks” del tecno, por ejemplo.

Los otros griegos, como Leucipo o Demócrito, hablan del deseo como exceso. Lo que les dicen a los amigos de Platón es que la falta empieza en el amor como búsqueda cuando no hay nada que encontrar (así nos lo cuenta, al menos, Michel Onfray). Y que el cuerpo no tiene nada preso, que el deseo no sabe obedecer. Sin embargo, la música, por el contrario, tiene una filiación secreta con la obediencia, como nos dice Pascal Quignard: «Oír es obedecer. En latín escuchar se dice obaudire. Obaudire derivó a la forma castellana obedecer. La audición, la audientia, es una obaudientia, es una obediencia». Oímos sin pausa. Porque oímos aprendemos un lenguaje, que se nos impone en nuestro entorno. No podemos nunca distanciarnos de ser audiencia. Cuando esto se pierde, cuando otras narrativas y temporalidades se cuelan en la música, todo se vuelve exceso. Y se atestigua eso de que “no hay nada que encontrar”. Se vuelve experimento, sin hipótesis que confirmar, y se saca de encima el peso de la culpa, de lo políticamente correcto. Tendríamos que pensar en un oír en el que ya no opere el obedecer, sino el proponer y revolver lo dado.

¿Y a qué viene todo esto? Pues que en ese “no hay nada que entender, baila” se esconde la secreta disociación entre cuerpo y alma, donde el cuerpo no debe entender lo que el alma sí, donde el cuerpo simplemente se deja llevar y todas esas cosas. No defiendo, espero que no se lea así, que no se puede bailar y disfrutar y todas esas cosas. Critico dos cosas, a saber, (i) que no se “tenga que entender el baile” y lo que él oculta y expone y (ii) la separación implícita entre cuerpo y razón (o alma, en la jerga griega), algo que responde a un dualismo tan antiguo como falaz. Bailar, de una determinada forma, puede significar oír como obedecer u oír como proponer. Quizá sería más interesante pensar en los elementos coreográficos del orden social más que en filiar el reguetón con una suerte de liberación corporal mediante el baile. Tenemos bastante claro lo de que lo personal es político hasta que se cuela el baile. ¡Qué curioso!

Y aquí la segunda:

Hace unos días hubo una polémica bastante sonada en los medios porque a dos concursantes de Operación Triunfo, que mueve a casi más seguidores que el fútbol, se les asignó una canción de reguetón como candidata para Eurovisión, “Chico malo” (Morgan y Will Simms y Brisa Fenoy), ahora “Lo malo”. Las chicas se quejaban de que no querían quedar marcadas, si iban a Eurovisión, por cantar un tema de reguetón y que no se sentían identificadas con la canción (Ana Guerra, en concreto, decía que “Yo no soy una tía que vaya dando este tipo de mensajes por la vida”). La directora del programa, Noemí Galera, les hizo ver que -al menos- desde que habían entrado en el concurso, también lo habían hecho en las lógicas de la industria musical y que, por tanto, deberían aceptar a partir de entonces lo que se les impusiera y mostrar menos sus opiniones si realmente querían triunfar. Pese a que muchos seguidores mostraron su apoyo a las concursantes, al mismo tiempo, hubo una gran ola de comentarios en los que se tildaba la canción de feminista porque es la mujer la que toma las riendas. Aquí les dejo un fragmento del texto. Y ahora seguimos:

[…] La noche es pa mí, no es de otro

Te voy a colgar

Ya no hay vuelta atrás

Si me llamas no respondo

Tira porque te toca a ti perder

Que aquí ya se perdió tu ‘game’

Tiro porque me toca a mí otra vez

Solo con perderte ya gané

Pero si me toca, toca, tócame

Yo decido el cuándo, el dónde y con quién

Que voy a darme a mí de una, y otra y otra vez

Lo que tanto me quité, que pa’ ti tan poco fue

Y yo voy, voy, voy lista pa’ bailar

Porque tu boy, boy me has hecho rabiar

Y yo voy, voy, voy lista pa’ bailar

Y tengo claro que no me voy a fijar

En un chico malo no, no, no

Pa’ fuera lo malo no, no, no, no

No quiero nada malo no, no, no

En mi vida malo no, no, no

Tú ya no estás

Dentro de mí

[…]

Yo no te miro y tú me vas a ver

Yo no te escucho y tú me vas a oír

Paso de largo, yo voy a por mí

Esta noche bailo mejor sin ti

Yo no te miro y tú me vas a ver

Yo no te escucho y tú me vas a oír.

Paso de largo y paso de ti

Esta noche bailo solo para mí

En un chico malo no, no, no

Pa’ fuera lo malo no, no, no, no

No quiero nada malo no, no, no

En mi vida malo no, no, no

En un chico malo no, no, no

Pa’ fuera lo malo no, no, no, no

No quiero nada malo no, no, no

En mi vida malo no, no, no

Pa mala yo.

[…]

No nos liemos. La letra puede parecer feminista, pero de feminista tiene poco. Por dos motivos: (i) porque parece que la chica está reaccionando a que el chico le ha hecho rabiar.  Por lo que por un lado se repiten los roles de género porque (a) la relación es chico-chica en términos heterosexuales tradicionales y (b) la acción de la mujer no es autónoma, sino que se articula por lo que le niega al hombre (“no te respondo”, “bailo sin ti”, “no te escucho”, “paso de ti”, etc.). Eliminamos, por tanto, la autonomía de la acción. Vamos: que una letra que tuviera realmente aspiraciones feministas diría algo así como “bailo porque me da la gana” o algo parecido. (ii) Y este es el punto que más me interesa: se repiten las lógicas que tildamos como machistas si fuesen pronunciadas por un hombre contra una mujer (algo que ya comentamos en esta revista a colación de Becky G): (a) “Yo no te miro y tú me vas a ver/Yo no te escucho y tú me vas a oír”, por ejemplo, nos abre un marco de acción que justamente la crítica al amor romántico quiere desarticular: que haya como principio una desigualdad de partida. Aquí hay claramente una apología a que la otra persona esté a la espera, pasivamente recibiendo su castigo auditivo y visual sin poder intervenir. La pasividad que el reguetón atribuye a las mujeres, se le otorga ahora al polo que le quiere oponer aquí, al “boy”. Y (b) porque, pese a negar mil veces “lo malo” y a los “chicos malos”, la canción termina diciendo “pa’ mala yo”, en la que claramente, por un lado, se acepta el rol del opresor -justamente se adopta aquello que se critica- y, por otro, se reproduce la lógica de estereotipos que opera en el reguetón -así como en el rap o el trap-: la marca del “malo”. Ahí se inserta tanto el que, supuestamente, “desobedece las normas sociales”, aunque con su práctica normalmente las reproduce, como el que se quiere distanciar de “lo bueno” como lo frágil, lo vulnerable, lo débil, etc. Es cierto que éstas son las categorías en las que ha entrado la mujer en el marco sexista, pero hay que hacer un esfuerzo fundamental por desmontar la construcción binómica, en la que entra tanto la división mujer-hombre como el resto de modelos que articulan nuestras formas de relación como “bueno-malo” o “verdadero-falso”. Quizá porque las cosas no son “blanco o negro”. En fin, adonde quiero llegar es que quizá la cosa no consiste precisamente en hacer una inversión de roles, sino pensar en qué se reproduce en esa inversión. No me meto, en esta ocasión, con la forma. Ya habrá ocasión.

Pero bueno: lo que me importa más de ambas cuestiones, como ya dije en mi primer artículo sobre el reguetón, es la reivindicación de este género desde Europa, que se ve como liberador de la sexualidad. De momento, me parece que hay más una especie de exotización del género, una simplificación de lo que significa el feminismo en música que se reduce de una forma fallida a lo que cuentan las letras que -como hemos visto- de feminista poco, así como una aceptación acrítica desde la izquierda se afilie con productos culturales creados pura y exclusivamente para reproducir las fórmulas de consumo que ya se sabe que funcionan (de hecho, Noemí Galera añadía en su rapapolvo a las concursantes algo así como que había que tener claro que una canción de reguetón representaría bastante bien a España en Eurovisión, pues es el género que más se consume y gusta según las estadísticas). Y eso que no entro en que, en el caso de las triunfitas, ambas cumplen perfectamente con el canon de belleza blanco, delgado y heterosexual. Si usted quiere bailar reguetón de este tipo, hágalo, pero no se escude en teorías del más variopinto calado que solo consiguen calmar su mala conciencia (signo de la culpabilidad cultural que nos rodea) pero le hacen un flaco favor a propuestas realmente emancipadoras. Es mejor que vayamos asumiendo que somos seres contradictorios y pelear por el derecho a la incoherencia. Eso también va, por cierto, en contra de Platón.

Marina Hervás Muñoz
Doctora en Filosofía, pero con tendencias melómanas y musicológicas. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos. Te invito a mi web: www.marinahervas.com
The Killing of a Sacred Deer y la justicia divina

The Killing of a Sacred Deer y la justicia divina

The Killing of a Sacred Deer (2017), la última obra del griego Yorgos Lanthimos, conocido por sus ya célebres Kynodontas (Dogtooth, 2009) o The Lobster (2015), es una cinta que, a pesar de que podría ser introducida como perteneciente al género del thriller psicológico, maximiza su inteligibilidad en cuanto se la analiza desde la perspectiva del experimento metafísico. Es decir, cuando se la entiende como uno de aquellos intentos (ensayos, juegos) de especulaciones contrafácticas, aquel terreno del «¿y si?» o del «imagina que…». Y no se trata de cualquier tipo de experimento, sino antes bien de uno muy particular que podríamos denominar un paracronismo. (más…)

Carrie Fisher y la princesa Leia

Carrie Fisher y la princesa Leia

El 27 de diciembre de 2016 se apagó una gran estrella de una galaxia muy muy lejana cuando nos dejó la actriz Carrie Fisher, quien dio vida a la inolvidable princesa Leia Organa. A lo largo de los años hemos visto cómo su personaje se desarrollaba y también la vida personal de la actriz, quien además fue guionista y escritora. Comenzamos este homenaje citando las palabras de esta artista:

¿Quién creéis que habría sido si no hubiera sido la princesa Leia? ¿Soy la princesa Leia o ella es yo? Encontrad el punto medio y os acercaréis a la verdad. Star Wars era y es mi trabajo. No puede despedirme y jamás podré dejarlo… Además, ¿por qué debería hacerlo? (Esa es una pregunta tanto retórica como real).

Carrie Fisher se dio a conocer a nivel planetario en 1977 con la primera película de la saga de la gran creación de George Lucas: Star Wars (La guerra de las galaxias), la que actualmente es el Episodio IV: Una nueva esperanza. Su personaje es uno de los que más me gustaron a lo largo de esta -cada vez más extensa- saga porque no era el prototipo de princesa en apuros necesitada del arquetípico príncipe azul que la rescatara. Es más, le paraba los pies a su amado -un Han Solo en un principio bastante chulo-, era la líder de la gran rebelión y mató ella misma a Jabba the Hut, el ser que la convirtió en esclava en el Episodio VI: El retorno del Jedi (1983). Posteriormente siguió luchando contra el lado oscuro como la general de La Resistencia. ¿Quién no se enamoró -de la manera que fuera- de aquella actriz? Parece una pregunta obvia, ¿verdad? Pues tal vez sorprenda descubrir que ella misma.

En El diario de la princesa (2016), su último libro publicado, Carrie Fisher explica su vida, lo difícil que fue ser hija de grandes estrellas (su padre era el cantante Eddie Fisher y su madre era la también actriz Debbie Reynolds, la protagonista de la película Cantando bajo la lluvia). Ya desde el principio nos plasma su pesimista y terrible visión de sí misma. Nunca había leído tantas autocríticas negativas como las que se hizo esta artista en este libro y no solo sobre sus dudas -algunas más que entendibles- sobre si estaría a la altura en determinados papeles y ante aquellos actores, sino también a nivel personal y sobre su físico. Sí, han leído bien, una auténtica sex symbol que lució como nadie aquellos trajes se veía de todo menos atractiva, segura y atrayente. No entendía qué veían en ella. Sin embargo, la manera que tiene de contarlo en su texto, no me sorprendió porque había visto algunos de sus brillantes monólogos y era una mujer que hablaba de cualquier tema -por muy personal que fuera- de manera natural, espontánea y muy divertida. Creo que una de las bases para sobrellevar una personalidad tan trágica -en el sentido de cómo se percibía y los problemas que le conllevaron- fue su gran sentido del humor. Sirva como ejemplo un fragmento de su show Wishful Drinking (Deseo de beber) de HBO, el cual comienza diciendo «Hola, soy Carrie Fisher y soy alcohólica».


Considero que hay que ser muy fuerte para admitir las propias debilidades, incluidas las adicciones, y aún más valiente para hablar sobre ello de una manera tan brillante, divertida e instructiva a la par que entretenida.

Imagínense que escriben a su yo del pasado, algo muy acorde con estas fechas de hacer balance por el año que acaba y los propósitos del año que está por comenzar. Seguramente en algún instante le dirían a ese/esa joven NO LO HAGAS. En algún momento Carrie Fisher escribió algo así porque en este libro ella hizo una (re)visión de sus experiencias desde el punto de vista que da la madurez y llega a reírse -con cariño- de su personaje (como el acento que le salió en determinadas escenas o que detestaba ese pelo enroscado cual Dama de Elche), las poquísimas mujeres que trabajaron en aquella primera trilogía e incluso cómo se comportó con su más que compañero de reparto Harrison Ford. También cuenta su experiencia con el paso del tiempo, de lo que influye eso en la carrera de una actriz, el implacable dictamen de los medios sobre los cambios físicos que se van produciendo y la decepción de algunos fans al encontrarse mucho tiempo después no con aquella jovencita que surcaba mundos, sino con la actriz que había ido cumpliendo años. Todo ello con grandes dosis de sarcasmo y humor.

El 27 de diciembre el cine perdió uno de sus iconos más importantes de las últimas décadas y me voy a remitir a sus propias palabras, con las que les planteo ¿están de acuerdo con ella?

La mayoría de las celebridades disfrutan de la fama corriente, en la que periodos prolongados de calma se alternan con breves estallidos de actividad, cuya intensidad y frecuencia disminuyen cada vez más hasta que la luz de las estrellas se extingue por completo, momento en el cual hay un último estallido de nostalgia: la muerte del icono ya perdido.

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.
La verdadera música de navidad

La verdadera música de navidad

Ya Spotify me ha llenado el recomendador de listas de navidad. Aquí os dejo una selección por si os toca hacer de DJs en las próximas comidas, cenas, meriendas y otras cosas.



O, mi favorita,

En la mayoría de las canciones de estas listas se hablan de cuatro temas: primero, del supuesto paisaje típico de la navidad, con nieve, abetos, renos y cosas así. Para los que venimos de un territorio que llueve poco y que tiene un clima más bien tropical, las navidades de esa guisa es impensable. Pero es lo que el lado del mundo que manda impone. Hay un momento en que los de la periferia nos movemos al centro, donde en algunos sitios sí nieva. En el mejor de los casos tenemos calefacción, en muchos no. Así que la nieve, el frío, la lluvia y otros asuntos invernales pierden toda su poesía. Eso, claro, si se tiene casa. Que ya ni eso se puede dar por sentado como derecho universal. Las canciones que hablan de este asunto sonarían más parecido a esto que el fum fum fum:

o esta…

o esta…

El siguiente tema clave es la supuesta felicidad que tenemos que sentir porque es navidad. Claro, si se es creyente, Jesús nace y comienza todo. Canción indie para los más creyentes hipsters:

Ojo si os da por cocinar la carne de Cristo antes de comerla…

Pero para los que no, comer, ver a amigos y familia y desearles felices fiestas por algo que nadie cree es la lógica preestablecida de estos días. Nos quejaremos de los kilos de más, del pesado del cuñado, de cocinar sin que nadie lo valore, etc. Posiblemente, nuestro villancico alimenticio debería sonar más como “The Truncated Life Of A Modern Industrialised Chicken” del disco Plat de jour, de Matthew Herbert, una revisión naïf hecha a partir de grabaciones en campos de matanza industrial de pollos.

Está muy bien, porque toda esta recarga de comida y regalos en enero (pensemos en el blue monday) se traduce en compra masiva de productos para adelgazar o para asumir el nuevo peso (es que estar gordo en estos días gordofóbicos es mal asunto), así como otras imperfecciones que la felicidad de la navidad difumina.

Hay luces por las calles y niños cantando villancicos, haciéndonos pensar que durante diez días al año que hay algo así como un amor universal. Y así llegamos al tercer supuesto de las canciones de navidad: la solidaridad. El pobre, que de repente nos da mucha pena y nos invita a aflojar el bolsillo. Las galas donde se muestras a niños con la barriga hinchada, mujeres con moscas en la cara mientras dan a duras penas el pecho a niños famélicos. El resto del año, que se busquen la vida. Pues como los refugiados. Que yo ya tengo bastante con lo mío. Pero, ¡ah! en Navidad, ¡que bien sienta!, ¿eh? Un mensaje al 01678 con la palabra “Ayuda” y como un señor.

VIETNAM

Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.
¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.
¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.
¿Desde cuándo te escondes? -No sé.
¿Por qué me mordiste el dedo corazón? -No sé.
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.
¿A favor de quién estás? -No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.
¿Existe todavía tu aldea? -No sé.
¿Éstos son tus hijos? -Sí.

Wyslawa Szymborksa

Aquí no van canciones de cantautores hablando de lo mal que va el mundo. Sino una crítica al eurocentrismo, donde nosotros, los de aquí, estamos bien, calientes, tranquilos, mientras los de allá, los de fuera, pues bueno, lo pasan mal, es que la vida es así, el azar o quién sabe, el destino y sus designios. Se trata de cambiar el eje desde el que se mira, y abrir ojos, oídos y manos durante todo el año para renunciar a ciertos de nuestros privilegios, que solo son tan porque son negados a otros y estar atentos a la diversidad de expresiones culturales, pues ellas relativizan las nuestras.

El último tema es la presencia de la mujer como buena,  virgen, madre, cuidadora, servil. Y así lo reproducen muchas mujeres en casi todas las mesas de navidad, con el tranquilo beneplácito de los hombres presentes. Así que la canción que hablaría de este asunto (¡qué incomodidad!) sería esta, o alguna parecida.

Ya me veo los comentarios: Marina, qué aguafiestas, siempre tienes que dar la puntadita, esto es innecesario. Es que la Navidad no se toca, leñe. Pero este artículo no es antinavideño, sino que, al revés, intenta poner música a lo que de hecho pasa en nuestras navidades. Lo único que quiero, fíjense que minucia, es que pensemos qué decimos y qué estructuras repetimos cuando decimos feliz navidad y luego nos vanagloriamos de nuestro ateísmo y nuestra resistencia al poder. Menos mal que, pese a todo, siempre queda la música, lo más inútil y necesario.

Tambien habra que reflexionar sobre la navidad, ¿no?

¡Felices días de vacaciones si los tenéis!

 

 

 

Marina Hervás Muñoz
Doctora en Filosofía, pero con tendencias melómanas y musicológicas. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos. Te invito a mi web: www.marinahervas.com
Un paseo por la Rue Des Pyrénées

Un paseo por la Rue Des Pyrénées

Caminar significa en gran medida emprender un viaje. No siempre nuestros pasos nos dirigen a algún lugar en concreto, pero sí nos encaminan en una dirección, atravesando el tiempo y el espacio más allá de nuestra propia corporeidad. Pasear tiene una parte de rito y también de redención, pues al dejar de controlar nuestros pasos dejamos fluir nuestra mente.

Los tableaux de Yves Bélorgey (Sens, 1960) nos proponen un paseo por la Rue des Pyrénées, situada en el extrarradio de esa ciudad enigmática que es París. Unos dibujos que parecen fotografías y que ponen de manifiesto la tensión entre ambas disciplinas artísticas, de la que ya hablamos hace tiempo en estas páginas.

Cómo abordar los paisajes deshumanizados de los barrios periféricos de las grandes ciudades sigue siendo el leitmotiv del artista. Retratos de edificios sin habitantes, sin vecindario alguno. No hay rostros en los dibujos que conforman la exposición y aún así percibimos la presencia de quienes habitan estas estancias, sumidas en un silencio cómplice.

Desde los años noventa, Bélorgey se concentra en el patrimonio modernista cartografiando el paisaje urbano y periférico. «Los edificios de viviendas modernos me parecieron bien integrados, y casan bien con lo que queda de un mundo más antiguo. Es ese vínculo con el tiempo lo que hizo de disparador», comenta en una entrevista realizada por la historiadora del arte Anne Giffon-Selle. El objetivo, deconstruir el «bulevar de un barrio del siglo XIX» como ejemplo de la ciudad nueva frente al progreso industrial y capitalista de nuestros días.

Podríamos hablar de «reportaje fotográfico» gracias a la infinidad de valores de gris presentes en las obras. Dibujar como sinónimo de fotografiar. Ambos, «descripciones de una descripción», de un espacio mucho más vasto y difícil de delimitar. La visión de amplitud que percibimos al observar los dibujos, en parte por la falta de una estructura que los encuadre, encerrándolos, hace que el espectador tenga la sensación de abrir una ventana y estar, realmente, viendo la Rue Des Pyrénées.

Hasta el próximo mes de febrero pueden asomarse y pasear por esta calle, tan melancólica y tan vacía que invita a quedarse.

 

 

Elisa Pont Tortajada
Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.