Homenaje a Chester Bennington, cantante de Linkin Park

Homenaje a Chester Bennington, cantante de Linkin Park

(Foto: https://linkinpark.com)

El 20 de julio por la tarde me quedé estupefacta al enterarme de la muerte de Chester Bennington, cantante del grupo Linkin Park. Muchísima gente está mostrando sus condolencias con diferentes tipos de homenajes, lo que demuestra el cariño que le tiene el público. Sin embargo, parece que en determinados medios se intenta ahondar en los motivos de su inesperada muerte. Esto me recuerda otros casos de artistas a los que se escudriña post mortem, en ocasiones cual aves carroñeras. Desde mi punto de vista, lo realmente importante es que un gran cantante nos ha dejado y vamos a rendirle un pequeño homenaje con algunos de sus mejores trabajos.

Linkin Park forma parte de mi banda sonora desde hace muchos años, prácticamente desde sus inicios en 1996 aunque para mí su despegue comenzó con la incorporación de Chester Bennington en 1998. Es un grupo que abarca una diversidad de estilos y consiguen un sonido muy particular que les identifica, quedando patente ya en su primer álbum Hybrid Theory en 2000 y en Meteroa en 2002, en los que mezclan sintetizadores, rock y hip hop (gracias además al otro vocalista y MC, maestro de ceremonias, Mike Shinoda). Esta banda tiene carácter y personalidad, cualidades que no son tan fáciles de encontrar en el mundo musical. Además, la voz de Bennington es inconfundible e inigualable con esa potencia y expresividad desgarradora. No me resulta sencillo pensar en algún/a cantante que pudiera hacer un gran dúo con él pero voy a destacar algunas canciones, como con el también fallecido cantautor Chris Cornell (en, por ejemplo, Hunger Strike) o la colaboración con Evanescence en Brig me to life (2003) y ese duelo vocal con Amy Lee que pone el vello de punta.

Otra de sus colaboraciones más memorables y conocidas es la que hicieron con el rapero, empresario y productor todopoderoso Jay Z. Consiguieron hacer un magnífico bastard pop (combinación de dos canciones), también conocido como mash up aunque este término suele aplicarse cuando se combinan más de tres canciones. El resultado fue el mítico Numb/Encore en 2004 con su tan famoso comienzo con solo unas notas. Para mí es uno de los mejores bastard pop que se han hecho, junto con Wonderwall de Oasis y Boulevard of Broken Dreams de Green Day. He aquí una de sus actuaciones en directo donde se puede apreciar el resultado:

Chester Bennington también creó su propia banda: Dead By Sunrise. Desde 2013 a 2015 además recorrió un nuevo camino como vocalista del grupo Stone Temple Pilots. Diferentes proyectos con varios grupos en los que aportó su música y su voz interpretando desde temas tradicionales hasta synthrock o rock electrónico y grunge.  

A lo largo de su carrera, Linkin Park ha abordado una gran variedad de temas que abarcan desde lo personal a lo social, como en el álbum Minutes to Midnight (2007) donde abordaron la guerra de Irak y las consecuencias del huracán Katrina. Cabe plantearse qué harán en un futuro y si alguien intentará cubrir el enorme vacío que ha dejado Chester Bennington, tal y como intentó hacer Queen cuando murió el gran Freddie Mercury. En cualquier caso, siempre nos quedará su música y su talento para que podamos seguir disfrutando con él.

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Historia en la Universidad de La Rioja.
Veinte marchas militares y una canción desenfadada

Veinte marchas militares y una canción desenfadada

Como cada año desde 1880, el pasado día 14 de julio se llevó a cabo en Francia la celebración de su Día Nacional. A pesar de que popularmente se lo conoce como el Día de la Bastilla por coincidir en fecha con el inicio de la Revolución de 1789, lo que ese día se conmemora es la celebración que el año siguiente se realizó en París con el nombre Fiesta de la Federación. Este tipo de eventos no se caracteriza, precisamente, por la innovación y suele reducirse a un desfile de las Fuerzas Armadas por las avenidas emblemáticas de las distintas capitales de los países en los que tales conmemoraciones siguen celebrándose, como un reducto irreductible del pensamiento decimonónico que aún hoy impera en la vieja Europa. Sin embargo, este año las celebraciones del Día Nacional han tenido en París dos importantes focos de atención personificados en los protagonistas que ocupaban el palco institucional: por un lado, el recién estrenado Presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, y, por otro, el también novato en su puesto de Presidente de los EEUU, Donald Trump. La visita de este segundo polémico personaje estaba justificada por la conmemoración del centenario de la intervención de EEUU en la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, hubo una pequeña anécdota en el cierre del desfile que ha eclipsado, en parte, semejante pompa y circunstancia, y ha captado gran parte de la atención mediática. Atención que quizá habría sido más interesante enfocar a un análisis serio sobre el buen rollo que estos dos dirigentes han querido visibilizar puede que hasta de manera un tanto exagerada -basta con leer el tuit que Macron le dedicó a su amigo Trump-. Algunos ya habréis alcanzado a adivinar que la pequeña anécdota no es otra que la escenificación musical y coreográfica que la banda del ejército realizó sobre un popurrí de temas del grupo discotequero francés Daft Punk. La decisión de incluir esta innovación en el tradicional desfile militar ha sido aplaudida por la mayor parte de la opinión pública y se ha entendido como un pequeño triunfo del sonriente Macron frente a un desconcertado Trump. Sería conveniente, no obstante, dejar de mirar el dedo y enfocar la mirada en la luna.

Lo primero que hay que analizar es el mensaje que se quiere enviar con esta canción en cuestión. Soy muy dada a pensar que en asuntos políticos no hay detalle azaroso, y, por tanto, no creo que la decisión de tocar la música de Daft Punk -y no otra- pueda considerarse tal. ¿Qué tiene esta música que no tienen otras y la opinión pública acepta de tan buen grado en un desfile nacional militar? Pues que es, precisamente, una música sin importantes implicaciones políticas. Las letras de Daft Punk hablan, repetitivamente, de pasarlo bien, de bailar toda la noche y de ligar, y sus recursos musicales son igualmente simples. Nos encontramos así ante una decisión que difícilmente se puede rechazar porque no dice nada. El mensaje de Macron es, por tanto, vacuo y banal, y podría querer decir que con él se inaugura una nueva política despreocupada y superficial. No sé yo si son éstas las mejores características para una política en los tiempos que corren. Macron parece querer retratarse también como un líder moderno, fresco y atrevido, que es capaz de saltarse el protocolo, que se divierte y que quiere que nos divirtamos. En este sentido, la música de Daft Punk funciona exactamente igual que un vals en el siglo XIX, es decir, como una música de puro entretenimiento de las clases acomodadas, una especie de Marcha Radetzky del siglo XXI, en la que las instituciones tradicionales se permiten el lujo de soltarse la melena y aplaudir más o menos acompasadamente al son de la música y mostrarse así más humanos y en contacto con la sociedad en la que viven. Una estrategia de marketing que, hasta ahora, parece haberle funcionado al líder francés.

Nos encontraríamos, pues, ante un simple guiño que hay quienes han querido ver como un acto heroico, como una demostración de la resistencia francesa frente al líder estadounidense. Nada más lejos. Pretender “americanizarse” en estas cuestiones de atrezzo apolítico y venderlo como un intento de modernización pone, más bien, en evidencia lo perdidos que andamos. Una no puede evitar acordarse de ese “Americanos, os recibimos con alegría” de la película Bienvenido Mr. Marshall de Berlanga al ver bailar torpemente a los músicos de la banda militar francesa como cheerleaders, y empatizar con el rostro desconcertado de Trump mientras su indomable flequillo se deja llevar por la emoción del momento. Se trata, sin duda, de una escena fascinante, pero más por lo esperpéntico que por lo épico. También sería fascinante ver sonreír a Rajoy un 12 de octubre al son de la Macarena de Los del Río, aunque, en este caso, poco tendría de irreverente.

La música en este tipo de eventos no tiene un papel meramente ornamental y quedarse en esa lectura supone siempre una simplificación de sus implicaciones. La de Daft Punk puede que no sea una música especialmente política, pero, precisamente por ello, el hecho de que haya sido elegida para un evento de estas características es lo que la convierte en un hecho político. Entender la música house como algo irreverente y moderno es un grandísimo error y una muestra de que las viejas fórmulas funcionan aún muy bien. Así, lo único que se consigue es que la política quede alumbrada por una bola de luces de discoteca y se convierta en una política de filtros en la que la modificación de las formas se venda como un cambio de fondo. Un desfile militar en la celebración de la Fiesta Nacional es lo que es. Pretender modernizarlo a base de la inclusión de música pop es la mejor prueba de no querer modernizar nada. El 14 de julio de 1789 se tomó la Bastilla, pero dudo que se hiciera al ritmo de Daft Punk.

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.
La música como quiebra de la ironía

La música como quiebra de la ironía

El gran arte moderno es siempre irónico, al igual que el antiguo era religioso. Del mismo modo que el sentido de lo sagrado enraizaba las imágenes al margen del mundo de la realidad, dándoles fondos y antecedentes preñados de significado, la ironía descubre bajo las imágenes y en su interior un vasto campo de juego intelectual, una vibrante atmósfera de hábitos fantásticos y raciocinantes que convierte a las cosas representadas en otros tantos símbolos de una más significativa realidad.

                                                                                                                                            (Cesare Pavese. El oficio de vivir)

A pesar de la teórica vuelta de la New Sincerity, en la actualidad —época del frameo, el meme y Yung Beef en el Sónar— somos, a la manera de Kierkegaard, sujetos irónicos. Entendida como distancia y gesto autoconsciente, la ironía es hoy la clave para interpretar muchas actitudes y la lingua franca de lugares como Twitter, Reddit o 4chan. Pero no basta con tuitear u opinar irónicamente, sino que hay quien viste irónicamente, come irónicamente y, por supuesto, hace o escucha música también de manera irónica. Aunque en la producción de música académica hay una serie de tipos formales asociados a la ironía —registros muy agudos, alteraciones radicales de la textura, elipsis o yuxtaposiciones modales— algunos de los cuales desglosa Benet Casablancas en El humor en la música. Broma, parodia e ironía (2014), es en los ámbitos tradicional y popular donde lo irónico, desde las letrillas satíricas con música del siglo XVII a Die Antwoord o Las Bistecs, es en muchas ocasiones un motivo central.

Más profunda y de límites más ambiguos es la recepción irónica de la música, muy variada y que comprende vertientes como la práctica institucionalizada de bailar música considerada kitsch en bodas, verbenas y otras celebraciones, diversos fenómenos de Youtube (La Tigresa del Oriente, Delfín o Wendy Sulca) y la recuperación de viejas glorias en festivales teóricamente alternativos, algo que quizá se inició con la participación de Kiko Veneno en el FIB de 2007 y que, desde entonces, es relativamente habitual (Raphael y el Dúo Dinámico en los Sonoramas de 2014 y 2016 o Los Chichos en el Primavera Sound de 2016). Evidentemente, la línea entre lo irónico y lo «serio» es ciertamente difusa y algunos de estos fenómenos (Camela en el Sonorama de este año o Lionel Ritchie en el Glastonbury pasado) pueden leerse como parte del discurso de recuperación de lo otro popular defendido por críticos como Víctor Lenore.

Wendy Sulca, de broma de Internet a MTV.

Pero es posible que la condición estética de la música, por varios motivos que trataré de explicar, tenga tendencia a disminuir o romper cualquier tipo de distancia irónica impuesta por el receptor, indistintamente de si su producción tiene o no una intención irónica. Cuando Heidegger señala en El origen de la obra de arte que, a diferencia de un cuadro colgado en una pared, los cuartetos de Beethoven yacen en los sótanos de las editoriales como las patatas en las bodegas, apunta una diferencia fundamental en el régimen estético de la música respecto a otras artes. La música, más que existir como objeto (una partitura, un disco, un archivo informático), sucede. Su ser-obra se realiza con su interpretación, o cuanto menos con su re-producción, algo que la diferencia de un cuadro, una escultura o una instalación y la acerca a regímenes representativos como el teatro o un recital de poesía.

Pero antes de hablar de esta acentuación de la temporalidad del ser —en términos heideggerianos— propia de la música, hemos de entender una característica común a la experiencia estética que Schiller condensó en el término Spiel (juego) y que más tarde sería sistematizado en el análisis de Kant y recuperado en la estética de Gadamer. Lo que define la esencia del juego es que no tiene otro fin que él mismo y que somete al sujeto a sus propias reglas, ajenas a las del existir cotidiano y que, por tanto, suponen la suspensión temporal de este y la imposición de una esfera de experiencia distinta. Como hizo notar Gadamer en Verdad y método, la experiencia estética comparte esta forma de ser del juego. Pero además, tienen otra cosa en común. Tanto en el juego como en la experiencia estética no hay una contraposición clara entre sujeto y objeto. Cuando jugamos formamos parte del juego, este es jugado por nosotros pero nosotros a su vez somos jugados por el juego. Lo estético es, en esto, idéntico al juego, solo existe como experiencia cuando es jugada, cuando el espectador, oyente, receptor, se abstrae de la cotidianidad, deja de considerar lo percibido un simple objeto y se abre a ser transformado por ello. Esto, en el caso de la música, puede implicar desde la escucha activa de Verklärte Nacht (Noche transfigurada) de Schoenberg a bailar un tema de minimal techno o cantar una nana. Aunque, por supuesto, cualquiera de estas prácticas puede realizarse desde la distancia, la música reclama el juego (la participación, el dejarse-llevar-con o sentirse parte) de lo que se escucha, baila o canta. Frente a esto, entendemos la ironía frente a la música como la oposición o negación parcial a que el receptor pueda dejar de ser sujeto-espectador para ser parte-participante en el juego. Por supuesto, de igual manera que uno puede ver un partido de rugby sin necesidad de jugarlo, también es posible establecer frente a la música la misma distancia en forma de ironía o análisis frío, aunque, como veremos, es mucho más difícil conservar este espacio como cesura. En absoluto se trata de entender la música como algo universal y todopoderoso a la manera de cierta estética romántica, sino más bien todo lo contrario. La música es tanto una práctica cultural como una experiencia subjetiva y la mejor forma de interpretar cómo nos afecta de forma diferente tiene más que ver con la semiótica cognitiva o el discurso fenomenológico de Merleau-Ponty que con la estética de Schopenhauer.

No es casual que en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012 dos de los iconos británicos que participaron en las ceremonias de apertura y clausura fueran, respectivamente, James Bond (interpretado por Daniel Craig) y las Spice Girls, que llegaron en cabs con luces de colores y finalizaron su actuación en unos podiums instalados sobre ellos. Dado que es un grupo en decadencia —sus mayores éxitos fueron entre 1996 y 1998 con el repunte de su gira en 2007-2008— y seguido sobre todo por adolescentes bailar un tema suyo puede suponer una especie de guilty pleasure que se disimula a través de una falsa ironía quebradiza. Algo parecido sucede con ciertos hombres heterosexuales que bailan Y.M.C.A. o I will survive —himnos gays clásicos—  con la ironía impostada que sirve, sobre todo, para exculparlos (¿?) simbólicamente por hacerlo. En la misma línea puede verse, por ejemplo, la aparición de los Backstreet Boys en la última escena de This is the End que además sucede en Cielo, en el cual por supuesto rigen unas reglas diferentes a las terrenales. ¿Y qué sucede con la música que se ha hecho expresamente con una intención irónica? Excluyendo la música que se ha concebido como burla o antimúsica —de Vexations de Satie a algún disco del sello Warp— el efecto sobre la ironía, ya sea la canción del verano o un éxito eurovisivo, es esencialmente el mismo. Tomemos, por ejemplo, cierto trap y rap, conocido a veces —despectivamente— como meme rap, cuyos exponentes más conocidos son Lil B, Yung Lean o Tyler, The Creator y que tiene sus réplicas aquí en Bejo, Cecilio G o Pimp Flaco. Aunque pueden señalarse como precedentes los Beastie Boys o Goldie Lookin Chain, estos planteamientos solo han podido crecer al calor de la ironía de Internet y discursos como el vaporwave, que son siempre susceptibles de ser des-ironizados por el oyente. La ironía sería en este caso, a la manera del Schlegel de Fragmentos críticos, una dialéctica contradictoria entre creación y destrucción que hace a los autores plantearse su propia posición y papel sobre lo que crean y que sitúa al espectador, obligado a reconstruir este planteamiento, en una posición parecida que muchas veces se salva tomándose en serio la obra.

https://www.youtube.com/watch?v=PArTdhNda7k

Las Spice Girls, guilty pleasure de la edad adulta.

El asedio estético que la música realiza sobre la ironía del receptor y que tiende a forzar en última instancia su participación en el juego gadameriano es posible, en parte, por aquello que distingue la música de otras formas artísticas y a lo que antes nos hemos referido como la acentuación de su ser, puesto que la música sucede, es puesta es marcha. Esta dimensión temporal, su ritmo, está asociada directamente al cuerpo en forma obviamente de baile y movimiento (la producción motora derivada de la música) pero también, como señala Rubén López-Cano (Los cuerpos de la música: Introducción al dossier Música, cuerpo y cognición), a la proyección metafórica de esquemas cognitivos corporales o la semiotización corporal de la música. Aunque quizá este es el elemento más importante, también tienen incidencia la dimensión armónica (a través de la alternancia entre tensión y relajación en el sistema tonal, por ejemplo) y la dimensión emocional que evoca recuerdos asociados lo que se escucha.

Por decirlo con un ejemplo concreto, You Never Can Tell, de Chuck Berry, depende de igual manera para implicar al oyente de su backbeat rítmico, su tensiones armónicas entre dominante y tónica y la escena de Pulp Fiction que le dio una segunda juventud a partir de la década de 1990. Puede decirse que Vincent Vega (John Travolta) encarna perfectamente la quiebra de la ironía de la que hablamos, pues pasa de ser reacio a participar en el concurso de baile a entrar en casa de Marselus Wallace y Mia (Uma Thurman) bailando un tango con ella. ¿Es irónica la forma en la que Mia y Vincent bailan en el Jack Rabbit Slim’s? Es posible que sea una pregunta poco relevante pues, como simboliza el trofeo que consiguen, la música acaba rompiendo cualquier barrera irónica y llevando a ambos a ser partícipes del juego. Por supuesto, lo que pasa a continuación no es más que una forma, tan sarcástica argumentalmente como efectiva, de romper este juego y devolver a sus participantes a la esfera ordinaria de la experiencia —Eros-Thanatos-Eros— desde la sangre, la desesperación y, por último, la adrenalina.

Jean Arp (y Kaspar) en el MAM de la CDMX

Jean Arp (y Kaspar) en el MAM de la CDMX

Era 1916 cuando en Zúrich, en el mítico Cabaret Voltaire, se reunió un grupo de artistas para crear un nuevo movimiento cultural y artístico al que llamaron Dadaísmo. Este movimiento, encabezado por el escritor Tristan Tzara, y que surge en el contexto de la Primera Guerra Mundial, se rebela frente a los cánones artísticos tradicionales y aporta formas, materiales y estilos muy diferentes a los utilizados convencionalmente en las artes.

Uno de los fundadores del Dadaísmo que estaba reunido en el Cabaret Voltaire la tarde-noche del 5 de febrero de 1916 –fecha en la que dio comienzo oficial el movimiento Dadaísta– era el artista Jean Arp.

Por primera vez en México y en toda América Latina, se ha exhibido una exposición dedicada íntegramente a este polifacético escultor germano-francés. La exposición, inaugurada el pasado 8 de abril del presente año y que está por clausurarse el próximo 8 de julio, ha conseguido sobrepasar los exorbitantes costos de traslado de las obras escultóricas de los artistas europeos del siglo XX (hay que destacar que este último hecho ha propiciado un gran desconocimiento de estos escultores en otras latitudes del mundo).

La exposición ARP, dirigida por el connotado historiador del arte Serge Fauchereau, ha estado albergada –y lo estará aún unos días más– en el MAM (Museo de Arte Moderno) de la Ciudad de México. La exposición reúne más de 60 obras de Arp que abarcan desde esculturas y relieves, hasta pinturas, litografías, dibujos, papiers collés, tapices, y sus imprescindibles poemas, así como diferentes fotografías de Arp y sus coetáneos.

Las obras provienen de la Fundación Arp, del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo, del Centro Georges Pompidou y de la Galería Thessa Harold. La exposición ha sido organizada por el MAM en colaboración con la Fundación Arp y la embajada de Francia en México, y tiene como marco el contexto del centenario del Dadaísmo.

La gran variedad de estilos artísticos representados en esta exposición tan calculadamente cuidada, es reflejo de la propia variedad creativa de Arp y, a su vez, reflejo también de las diferentes etapas artísticas por las que atravesó tan singular personaje. Fundador, como veíamos, del movimiento Dadaísta, Arp fue también un gran exponente del surrealismo y, posteriormente, del abstraccionismo, además de su interés por el cubismo.

Perteneció en su juventud al grupo Der Blaue Reiter, formó parte del Cabaret Voltaire, y también integró el Abstraction-Creation y el Cercle et Carré (en el que conoció a su amigo el escultor mexicano Germán Cueto).

Esta peculiar diversidad en la carrera y en la producción de Arp, se ve reforzada por algunas diversidades de carácter personal. De madre francesa y padre alemán, Arp, que vivió 80 años, tuvo nacionalidad alemana durante cuarenta de ellos y nacionalidad francesa durante los otros cuarenta. Debido a esto, se llamó oficialmente Hans Arp durante la mitad de su vida y Jean Arp la otra mitad. Como quiera que sea, Arp condensó en su persona y en su obra ciertas peculiaridades que se reflejan en un arte fresco, divertido y armónico.

Ya apunté que Jean Arp también escribió poesía, labor que emprendió desde su más temprana juventud y que le ha llevado a ser considerado unos de los grandes poetas alemanes del siglo XX (a la hora de escribir poesía, Arp parecía más cómodo con el uso de la lengua germana y es en este idioma en el que escribió casi todos sus poemas, aunque también escribió en francés.)

Como digo, el artista conocido principalmente por sus esculturas, tiene una interesante faceta de poeta. Escultura y poesía se unen en una curiosa historia que desemboca en su obra más representativa y la central de esta exposición en el MAM de la CDMX: la historia de Kaspar.

Entre los años 1912 y 1914 Arp se dedicó principalmente a la poesía. En ese tiempo es que compuso su famoso poema Kaspar ist tot (Kaspar está muerto), cuya forma misteriosa cautivó a sus compañeros del Cabaret Voltaire al punto de que lo convirtieron en uno de los textos de culto del Dadaísmo.

Kaspar resultó un personaje complejo y misterioso, una especie de duende (o ávatar) “amable y travieso”, como lo han llegado a calificar algunos estudiosos como el propio Fauchereau. La naturaleza y el carácter de Kaspar suponían (y aún lo suponen) todo un misterio.

El hecho es que en 1930 Arp vuelve a dar vida a Kaspar, ahora bajo la forma de una escultura de 50 centímetros de alto, que resulta tan misteriosa y enigmática como el poema, y que se ha convertido en la escultura emblemática del Dadaísmo.

La Tête de lutin, dite Kaspar se presenta en el MAM en dos modalidades: el original de yeso en el que aún se vislumbran las huellas de los dedos de Arp, y una versión posterior de bronce.

Estas dos obras centrales en la exposición están rodeadas, además, por una variedad de esculturas de diferentes épocas y materiales, y acompañadas también por la selección de dibujos, tapices, relieves y demás materiales seleccionados para la muestra.

Llama la atención que todas las esculturas están colocadas sobre bloques de ladrillos, sin pedestales. Esto, según el curador de la exposición, se debe a que el propio Arp consideraba que las esculturas deben exponerse solas, sin estructuras ni soportes.

Asimismo, y para que la exposición armonizase también con la propia obra del artista, Fauchereau decidió orientar toda la muestra de manera circular, creando un espacio acogedor y armónico que conduce al visitante por la biografía y la obra de este singular artista, imprescindible de las vanguardias, que es Hans-Jean Arp.

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
Joyce en el exilio

Joyce en el exilio

El connotado escritor irlandés James Joyce (1882-1941) es conocido por su singular narrativa (la cual dio paso, según muchos estudiosos, a la literatura contemporánea) y, principalmente, por su Ulises. Pocos saben, sin embargo, que entre su producción literaria existe una peculiar obra de teatro: Exiliados.

La unicidad de esta obra teatral conlleva dos aspectos dispares. Por un lado, nos encontramos ante un autor ajeno en su práctica creativa al género teatral; esto no le quita valor ni calidad a su obra, pero es cierto que si la comparamos con la de los grandes dramaturgos de su tiempo, como Ibsen, podemos observar algunas carencias estilísticas y metodológicas propias de la inexperiencia de Joyce en el género. Por otra parte, el hecho de que el irlandés haya escrito una única obra de teatro le concede no sólo cierta exclusividad a la obra, sino además, un interés añadido a la hora de su estudio y del de los motivos que impulsaron a Joyce a incursionar en la dramaturgia.

En cuanto a este último aspecto, sabemos que Joyce fue un gran admirador del teatro ibseniano, motivo por el cual es fácil pensar que haya querido emular al maestro noruego. La obra la escribió en 1915, época en la que estaba gestando ya su Ulises. Suponemos que no habrá sido fácil compaginar la escritura de dos obras tan dispares en su forma: Exiliados es un drama en tres actos que sigue los cánones clásicos de temporalidad y diálogo, y Ulises… bueno, Ulises ya sabemos que es una afortunada suerte de experimento narrativo totalmente innovador y vanguardista.

La temática de Exiliados, por su parte, sí guarda ciertas semejanzas con Ulises. Hay mucho (o se cree que hay mucho) de biográfico en la historia que se cuenta en esta comedia de tintes dramáticos, al igual que se suponen aspectos biográficos en la gran novela de Joyce. Además, encontramos presente en ambas obras el tema de la infidelidad, muy recurrente en la producción de Joyce y que da pie, precisamente, a todo tipo de especulaciones sobre qué tanto de biográfico hay en las truculentas historias amorosas de los personajes del autor irlandés.

Exiliados nos presenta la historia de cuatro personajes. El escritor Richard Rowan y su pareja, Bertha, han estado fuera de Irlanda, en el exilio, y acaban de regresar a su país y a su casa. El periodista Robert Hand, amigo de juventud de Richard, está enamorado de Bertha y ahora que ha regresado, le confiesa tímidamente su amor. Richard sabe de los cortejos de Robert y sabe también que Bertha alberga sentimientos hacia el periodista. Así, con un sufrimiento palpable y tragicómico, Richard decide dejar que Bertha mantenga una aventura con Robert si así lo quiere. Bajo una bandera de generosidad con la que le otorga completa libertad a Bertha, Richard parece ocultar en realidad la justificación de su propia infidelidad, pues él está enamorado desde años atrás de Beatrice, prima de Robert y con la que ha mantenido ya una aventura en el pasado.

Los escarceos amorosos de estos cuatro personajes tienen como telón de fondo el contexto del exilio. Recordemos aquí que Joyce estuvo exiliado de Irlanda por muchos años y que fue una circunstancia que le causó no poco pesar (por ello el tema del exilio es también recurrente en su obra). Joyce partió de Irlanda con Nora, su pareja, a los pocos días de conocerla, igual que Richard con Bertha en la obra. Joyce ya nunca regresó a Irlanda, pero seguro imaginó y soñó con su regreso en no pocas ocasiones y una de esas ocasiones parece ser Exiliados, que se convierte en un ejercicio imaginativo del escritor irlandés sobre el posible regreso a su patria. Sin embargo, la obra va más allá de este contexto y de lo anecdótico de las aventuras de estos cuatro personajes. Exiliados, en clave metafórica, se adentra en otro tipo de exilio, el del exilio interior, el exilio de los propios sentimientos.

Con gran agudeza e ingenio, Joyce desnuda lo más profundo de los sentimientos y las pasiones humanas y construye a cuatro personajes profundamente enamorados pero a su vez profundamente atormentados por estos amores. La duda se convertirá en la verdadera protagonista, una duda sobre la posible infidelidad, una duda que no se puede disipar porque sobrevive incluso a las confesiones más íntimas. La duda, así, torna estas relaciones en trágicas, pero a su vez es sobre ella que se construye el amor entre estos personajes. En suma, Exiliados representa una obra de gran profundidad psicológica en la que Joyce diserta con profundidad y algo de humor sobre los sentimientos, las relaciones, el amor y la duda.

Exiliados se estrenó en teatro en 1918, en Munich, con un gran fracaso de público y de aceptación. Tampoco los intentos que se hicieron en Nueva York en los años 30 o en Inglaterra en los 70 obtuvieron ningún éxito. Sin embargo, la historia de Exiliados en México es muy distinta.

México es un país con una amplia tradición de producción teatral de gran calidad. Actores, directores y escenógrafos de primer nivel surgen en este país en el que Joyce sí ha triunfado sobre el escenario. En 1980 Marta Luna dirigió una primera puesta en escena de Exiliados que se representó con gran éxito en el Poliforum Cultural Siqueiros, alcanzó más de quinientas representaciones y cosechó grandes críticas.

Ahora, Martín Acosta se pone al frente de un nuevo y actual montaje de la obra de Joyce que se está representando en el teatro El Granero del Centro Cultural del Bosque de la Ciudad de México. Acosta, además de dirigir la puesta en escena, es el responsable de la traducción y la versión del texto utilizado para esta ocasión y, también, del diseño de la escenografía, que combina de forma magistral el minimalismo, la practicidad escénica y un curioso estilo kitsch.

El nuevo elenco se ha ganado desde la primera representación al público y a la crítica. La obra cuenta con las magníficas actuaciones de Carmen Mastache –en el tímido personaje de Beatrice–, Verónica Merchant –espléndida en su representación de Bertha–, Pedro de Tavira Egurrola –hijo del connotado director Luis de Tavira y de la actriz Julieta Egurrola y que encarna a Richard– y Tenoch Huerta –quien toma un descanso de la pantalla grande para regresar al teatro en la piel de Robert Hans–.

La maestría de los cuatro actores, combinada con la fuerza narrativa de la historia, da como resultado un poderoso montaje en el que el director se toma libertades tan inusuales como mantener un primer plano con el actor de espaldas al público principal; y si de algo adolece esta puesta en escena es de más funciones. La corta temporada termina el próximo 9 de julio, así que si nos lees desde la Ciudad de México, no dudes en disfrutar de este magnífico espectáculo joyciano, y para los asentados en otras latitudes, aprovechad que los derechos de autor de la obra quedaron liberados en 2012 y conseguid este magnífico texto que no dejará a nadie indiferente.

 

 

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
La eternidad en una fotografía

La eternidad en una fotografía

Le dije, cariño ponte esta falda y salgamos al jardín. Cogí la cámara de fotos y puse música. Mi hija empezó a bailar de manera tan natural que tuve que empezar a fotografiarla. Y éste es el resultado. Bonito, ¿verdad?

Iratxe Álvarez nació en Valencia pero podría decirse que su casa está en distintas ciudades. Ahora reside junto a su marido y sus tres hijos en Bélgica. Y es allí, rodeada de naturaleza, donde ha comenzado su último proyecto fotográfico: Little Islands Photography. El pasado 16 de junio se expusieron algunas de sus obras más recientes en la muestra conjunta As we see it, mezcla de pintura, grabado y fotografía, que reunió el trabajo de Astrid Van Drie y Vieta Bons.

«En mis fotografías siempre busco captar la fuerza de las miradas, la eternidad y el poder de ese instante preciso», responde a modo de carta de presentación para aquellos que le preguntan sobre su estilo fotográfico. La maternidad y su experiencia como monitora en Amamanta -un grupo de apoyo a la lactancia materna- explican su fascinación por la fotografía infantil. La facilidad con que los niños se pierden en sus propios juegos, en sus fantasías, alejándose así de esa realidad que no les conviene para luego trasmitir al espectador la maravilla de esas emociones. Así define Álvarez su trabajo. «No hay nada como descubrir el mundo a través de los ojos de un niño», confiesa.

Tras un año de aventura por Australia, que plasmó fotográficamente aquí para deleite de sus seguidores, la estabilidad ha vuelto de nuevo a su día a día, que dedica en gran parte a proyectos como el Lens op de Mens, el Festival Internacional de Fotografía de Overpelt. «Fue casi una casualidad que presentase tres de mis fotografías de la serie Explorers a este concurso», comenta el día de la entrega de premios. Pese a no haber sido galardonada, Álvarez está contenta de su participación ya que considera que es «imprescindible» ir abriéndose un hueco entre los fotógrafos de la zona, «sobre todo para que te conozcan y conozcan tu trabajo», añade. Hasta el próximo 31 de agosto, pueden visitarse las más de 500 fotografías expuestas por las calles de Overpelt, una apuesta municipal para acercar la fotografía y el arte al gran público.

«Mis hijos son mi gran inspiración pero también ellos crecerán y acabarán por irse», comenta de regreso a su casa, que es provisional, en el mejor sentido de la palabra. «Volver a Australia sería maravilloso», reconoce. Hasta entonces, seguirá fotografiando la inocencia de los niños que le rodean, como si a través del objetivo de su cámara pudiese captar todo aquello que Peter Pan se negaba a abandonar al llegar a la edad adulta.

 

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.