A mí me gustan mayores y que censuren: sobre Becky G

A mí me gustan mayores y que censuren: sobre Becky G

Siempre me ha parecido muy gráfica y representativa la analogía de entender el patriarcado como un bidón de brea en el que te sumergen al nacer y por el que luego te pasas el resto de tu vida intentando limpiarte, y al final, por mucho que lo intentes, acabas con restos entre las uñas. Esto siempre lo he sentido así hasta la semana pasada cuando, debido al asunto por el que escribo esto, me di cuenta de mi error y empecé a repensar la sociedad patriarcal como un organismo vivo que se defiende a sí mismo de ataques o agentes externos que controvierten o ponen en jaque su existencia.

En julio de este 2017 la artista México-estadounidense Becky G lanzó el tema Mayores en colaboración con el puertorriqueño Bad Bunny, conocido por colaborar en temas como: Si tu novio te deja sola, Un polvo o Mala y peligrosa. O sea, alguien que te puede acompañar a un concierto Riot Grrrl. La canción entró a formar parte al momento de mi lista de spotify: “Joder qué pena que la letra sea machista porque este tema me pone muy sandunguero”. Por conversaciones con amigas y amigos sé que no soy el único que siente una pena-rabia ante este tipo de temones que por una parte te llaman a bailar y por otra a vomitar. Un sentimiento parecido debieron sentir las chicas de Law Revue Girls cuando cambiaron por completo la letra del tema de Robin Thicke, Blurred Lines, (tema que también está en la lista) por su versión feminista Defined Lines. La propia Becky G ha comentado en varias entrevistas que la idea de la canción se originó tras las reacciones de sorpresa y comentarios de rechazo cuando ésta subió a su instagram la primera foto de ella con su novio, Sebastián Francisco Lletget, un futbolista estadounidense cinco años mayor que ella.

La canción se divide de dos partes: una cantada por BeckyG y otra por Bad Bunny. Personalmente creo que en este dialogo se exponen situaciones cotidianas de la mayoría de ambientes nocturnos de la noche reguetonera (sería interesante ver hasta qué punto esta dialéctica del flirteo se circunscribe solo a ese ambiente): la mujer como sujeto pasivo que solo marca los parámetros que busca; y el hombre como parte activa y absurdamente insistente que trata de convencerla de que ella en realidad no quiere lo que está buscando, que lo que quiere, y aún no lo sabe, es a él: Como yo, ninguno / Un caballero con 21, yeah / Yo estoy puesto pa’ todas tus locura’ / Que tú quieres un viejo, ¿está segura?”, y así hasta el vomito.

Yo como hombre me siento especialmente sensible a aquellas obras que reproducen modelos de masculinidad con los que abiertamente no me siento identificado, ni creo que sean modelos deseables. Y en este caso Becky G hace una confesión directa y sin tapujos, que por una parte me encanta y por otra me da pereza, de sus gustos en cuanto a lo que ella busca en el hombre: “A mí me gustan mayores / de esos que llaman señores / de los que te abren la puerta / y te mandan flores”. Personalmente, no es hasta este momento de la canción que yo dejo de bailar y me digo: “Espera ¿qué?”. Es en esta alabanza a la caballerosidad más rancia y clasista, junto con el darle voz al flirteo más machirulo donde residen las principales almendras amargas del tema.

Pese a todo esto, y aquí se encuentra la cuestión principal, la canción de Becky G está siendo conocida por ser la de la tía a la que le gustan las pollas grandes, por ser la del: “A mí me gustan más grandes / Que no me quepa en la boca”.  Aquí es donde está la mierda. Os reto a que busquéis a Becky G en Google en cualquier noticia o entrevista posterior a julio del 2017 en la que no se mencione la dichosa frase. La propia Becky G reconoce lo obvio, es un doble sentido, sí, ¿y qué?:

         Cuando un hombre canta ‘solo en tu boca, yo quiero acabar’, eso sí está bien. El doble sentido en un hombre está bien, no importa, pero cuando una mujer dice algo… O cuando se dice: ‘Esta noche te quiero comer, te va a encantar’. Y eso no es ni con doble sentido, es al punto. Y aún así son las canciones más grandes del mundo de la música latina. Creo que es algo muy interesante ver que para algunas personas que yo cante esto es un problema. Es mi modo de empoderarme como mujer”.

Tía, Becky, estoy contigo al 100%. Reconoced que ahora os va cayendo bien. En una lectura tranquila, desde mi punto de vista, toda esta parte es con mayor o menor habilidad, un verdadero acto de empoderamiento femenino dentro de este género.

 

Y con esto en mente nos plantamos en Noviembre de 2017, una de las primeras actuaciones de Becky G en España y la primera -hasta donde he podido comprobar- actuación en directo que hace por la televisión en nuestro país, en una gala de Operación Triunfo en TVE. En dicha actuación, TVE obliga a cambiar esa frase por la alternativa Ned Flanderista: “A mí me gustan más grandes, que con un beso en la boca me haga volar en el aire y que me vuelva loca“. En un ejercicio de censura que, por otra parte, tampoco sorprende viendo la deriva de la cadena pública.

En este momento, mi sorpresa no iba tanto por la censura en sí como por la parte censurada. De toda la canción, esa frase representa el único destello realmente interesante desde la perspectiva del empoderamiento femenino: una mujer de 20 años hablando, dentro de un género musical fundamental y orgullosamente machista, de sus preferencias sexuales. Llamen a la policía, hay una bruja en el escenario. Mi pregunta tras ver esto fue: ¿Cuántas veces habrá obligado TVE a cambiar la letra de una canción? Hasta donde ha llegado mi búsqueda, ninguna. Lo plantearé de otra forma: ¿Cuántas veces ha vetado TVE una canción? Pues no tantas como esperaba:

En 1986 TVE hizo la que sería la primera censura de la “democracia” española al eliminar y no emitir la actuación de Javier Krahe cantando Cuervo Ingenuo en el directo de Joaquín Sabina. La razón no era otra que porque en este tema Krahe metía el dedo en la llaga de las nuevas políticas del PSOE, especialmente por la campaña de permanencia de España en la OTAN.

En 2003 la cadena vetó que el grupo andaluz Las Niñas interpretaran en directo su tema “Ojú” (todo tan raro como suena) por criticar la guerra de Irak . El por aquel entonces gobierno de Aznar no debió ver bien que tres sevillanas veinteañeras cantaran lo de: “Decimos no, no a la guerra que la guerra es mu perra / y si nadie nos quiere echá cuenta, que mira que la peña está que revienta”.

Este está más cogido con hilos, pero en 2008, para la participación en Eurovisión, TVE cambió la letra del Chiki Chiki por su “contenido político” y ojalá pudiese entrecomillarlo más porque la letra era:  “Lo baila Rajoy, lo baila Hugo Chávez, lo baila Zapatero, mi amol, ¡ya tú sabes!”.

Para rizar más el rizo, una semanas más tarde Becky G actúa en un programa de Telecinco y es obligada de nuevo a cambiar la letra por ser demasiado obscena. Repito: Becky G actúa en un programa de Telecinco y es obligada a cambiar la letra. Que Telecinco te diga que algo es demasiado obsceno para ellos es como si Intereconomía te censurase por ser demasiado facha, o si Kim Jong-un te dijese que eres demasiado autoritario. Estos ejercicios de censura no han hecho más que desembocar en un claro efecto Streisand y ahora el tema de Becky G está siendo más famoso si cabe por ser “el tema que ha sido censurado por TVE y Telecinco”. Al parecer en España hay dos cosas que no permitimos en la música televisada: que atenten contra el gobierno y que atenten contra el patriarcado.

Ahora cerrad los ojos e imaginad que en la actuación de Maluma en el especial de nochevieja de 2017, TVE hubiese decidido cambiar la letra de: “Te dije mami, tomáte un trago / Y cuando estés borracha pa’ mi casa nos vamos”, o que simplemente no lo hubiesen contratado por ser abiertamente machista. O imaginad que TVE se hubiese disculpado por poner a tres mujeres en bañador como azafatas en el programa de Cárdenas. O imaginad que Telecinco no emitiese Hombres y Mujeres y Viceversa. O que Pablo Motos fuese desterrado de la televisión de por vida… Todo eso bien, pero si una mujer habla de sus gustos sexuales, con el patriarcado hemos topado.

La fiesta drag. Sobre la cultura drag y RuPaul’s Drag Race.

La fiesta drag. Sobre la cultura drag y RuPaul’s Drag Race.

(Foto sacada de: https://www.pinterest.de/pin/36943659417237332/)

Maquillaje en grandes cantidades, tacones altos, peinados exuberantes, minifaldas y escotes generosos, todo un repertorio infinito de glamour, obscenidad y extravagancia que constituye lo que sería el infierno más profundo  del feminismo o bien, su campo de batalla. Sin embargo, hay que tomar un poco de distancia de esta primera impresión y darse cuenta de que el travestismo tiene un asterisco gigante encima, un asterisco que es precisamente aquello que lo diferencia radicalmente del concurso de belleza: detrás de la peluca y de los senos falsos no está una mujer sino un hombre. Ese “pero“, esa nota al pie es el corazón y el sentido del movimiento drag, su centro de pólvora, su posicionamiento político. La desaparición y la aparición del pene es en sí parte de la agenda drag, casi su esencia política: la libertad de poner y quitarse el falo. Una drag queen celebra la inautenticidad de su presencia y de todas, la apariencia engañosa y al mismo tiempo la verdad detrás de esta: el travestismo celebra el movimiento de las superficies que constituyen la diferencia entre los géneros; la performatividad del género en carne viva. Una drag queen celebra la libertad de las formas, se celebra a sí misma como individuo, resquebrajando así el imperativo impuesto por la clasificación anatómica, por el pene mismo: una drag queen celebra al sujeto como ente de autopoiesis pura.

Lo drag es fiesta, grito de libertad, orgía de formas, celebración del mal gusto, de lo obsceno y lo abyecto. Se alza un mundo alternativo pero uno brillante y hermoso.

Lo que pareciera ser un gesto misógino, la burla de lo femenino por parte del hombre, no es más que el juego de superficies que tiene un potencial altamente político: el sujeto adquiere la libertad de salirse de las casillas en las que ha sido encarcelado. El travesti muestra una y otra vez que las catalogaciones sociales responden solamente a una lógica de las superficies, y es por eso que decide trastocarlas y moverlas: el origen de estas nuevas capas del sujeto es sola y únicamente el sujeto mismo. Toda acción que parte del sujeto es (para Spinoza por ejemplo) un acto de libertad, una actividad verdadera, en contraposición a lo reactivo, a la representación pasiva, a aquello que se hace por los otros. RuPaul, la drag queen más célebre de los Estados Unidos y tal vez del mundo entero, recuerda esta importancia política al final de cada uno de los episodios de su reality show RuPaul’s Drag Race:

And remember, if you can’t love yourself, how in the hell you gonna love somebody else? Can I get an amen?

Estas palabras clausuran cada episodio, justo después de que uno de los o las concursantes fuera eliminado o eliminada de la competencia. Una de las partes más importantes del show de RuPaul es rescatar la importancia de la libertad del sujeto, la fuerza de este, y es por esto que no se recuesta en humildades falsas: el sujeto decide lo que quiere, se siente mejor que los otros y acaba de una buena vez con la autovictimización y con la autocompasión. No se trata de sujetos reactivos que compiten en cuál de todos se despoja de más fuerza; al contrario, todas son fuerzas activas en competencia, en pelea continua. Una de las virtudes más celebradas en la serie es precisamente la facultad de poder reírse de sí mismo, dominando así con maestría la burla de los otros. RuPaul defiende a capa y espada su presencia y fuerza escénica, no evita el elogiarse a sí mismo, prefiere celebrarse pero siempre con un último objetivo: revertir la arrogancia y el glamour en una carcajada. La falsa humildad tediosa que se empareja con la arrogancia es desechada por una arrogancia que tiene como objetivo el humor crítico. Si el show no hace reír, si no pone de cabeza la seriedad del concurso y las diferencias de género, si una carcajada no estalla en medio del juego de las formas, entonces no estamos hablando de lo drag.

De esta manera, RuPaul es más rey o reina que presidente o presidenta: su jurado es decorativo y antes de decir quién debe salir de la competencia, anuncia de forma jocosa: I’ve made my decision. No se trata de una decisión democrática sino de su decisión propia, y con esto barre con toda pretensión de democracia y defiende de frente lo que el show mismo es: el concurso de RuPaul.

Sin embargo, no todo funciona como uno quisiera. En el movimiento drag hay también un impulso homogenizante que destruye por completo el corazón político de esta forma de vida que es en sí la celebración de la heterogeneidad del sujeto. Lastimosamente las drag queens recaen en lo que pretende ser imitación “fidedigna” de un concepto peligroso de lo femenino y en este sentido, ya no se trata de un juego de reflejos y superficies sino de la acentuación de una idea mal entendida, de un juego mimético que colinda con la misoginia. La fiesta se vuelve aburrida cuando los únicos bienvenidos a celebrar se ven igual que todos, reproducen una idea errónea de la mujer y hacen de esto una imagen de culto. El caso de la ganadora de la séptima temporada Violet Chaski exalta lo que los reinados de belleza premiarían.

No obstante, la serie procura constantemente alejarse de un concepto fascistoide de belleza e intenta resaltar la celebración de las formas (ese es el caso de la ganadora de la octava temporada, Bob the Drag Queen, y de la novena, Sasha Velour), de lo grotesco y de lo abyecto que se convierten allí, donde el humano se despoja de sus falsas armaduras de humildad y mojigatería, en fiesta pura, fiesta de vida. Lo femenino como cliché viene a ser desmantelado como falsedad, lo femenino no termina siendo eso que el hombre espera de la mujer sino algo más: lo drag en sí, una estética independiente cuya esencia radica únicamente en la transgresión del buen gusto, de la diferenciación de los géneros y de la modestia arrogante, justo allí en medio de la carcajada.

Sin embargo, pareciera que la cultura drag necesitara de ese asterisco, de ese recordatorio de lo verdaderamente importante en ella, parece que necesitara de alguien que subraye constantemente el aspecto trans-gresor para no dejar que tanta fiesta se descarrile en su contrario, en una homogeneización de las formas. Es por eso que me hace falta en el drag de RuPaul un poco del punk de Vaginal Davis, justamente como era en sus primeros performances; pero supongo que la importante intención de insertar el travestismo y lo queer en la cultura mainstream requiere ciertos sacrificios.

(Posdata: Sasha Velour recibió hace poco, con ocasión de su victoria en la última temporada del show, un video de felicitación de nada más y nada menos que Judith Butler. A propósito de performatividad y de lo político…)

 

 

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja en su proyecto doctoral en la Universidad Libre de Berlin. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.
El chiste ha muerto, ¡larga vida al chiste!

El chiste ha muerto, ¡larga vida al chiste!

Quienes vivimos los años noventa estamos de luto. Los adolescentes de hoy, que visten pantalones de talle alto, camisetas con estampados y sudaderas extra grandes, llenan las calles recordándonos que vamos ya cumpliendo años. Las grandes cadenas textiles están recreando la estética de una época para consumidores que no la han vivido y a quienes, precisamente por eso, les resulta novedosa. Ya hay quien, en pleno siglo XXI, se viste de pin-up idealizando los años cincuenta. Los noventa son, pues, los nuevos cincuenta. Los que aún sufrimos al ver las fotos de nuestra infancia y adolescencia asistimos perplejos al entusiasmo con el que la juventud actual abraza las plataformas de ante, las camisetas por encima de la cintura y las series nostálgicas. Nuestras calles se han convertido en un decorado de Sensación de Vivir o Salvados por la Campana. Y esto no es más que una evidencia de que, como sabiamente dijeron Les Luthiers, cualquier tiempo pasado fue anterior.

Hoy ha muerto Chiquito de la Calzada. Para estos adolescentes este nombre no querrá decir nada, y a quienes sentimos su muerte nos resultará verdaderamente difícil explicarles lo que ha significado. Podremos ponerles sus vídeos en Youtube, pero dudo que entiendan algo cuando sus padres ríen al dar saltitos mientras sueltan ese “no puëdor” (la diéresis es importante) o “diodeno vaginarl”. Simplemente se avergonzarán de ellos, como lo hicimos nosotros cuando los nuestros hablaban de guateques. Porque hoy, no sólo nos ha dejado Chiquito, hoy también ha muerto definitivamente la época dorada del chiste.

Ahora tenemos el meme, el sketch o el youtuber gracioso. Hasta el monólogo está ya de capa caída. Pero ese microrrelato humorístico con final apoteósico nos ha dejado abruptamente hoy mismo. Aún rulan por las redes sociales imágenes con conversaciones chistosas, pero ya nadie los cuenta. La figura del pesado que suelta el repertorio completo de chistes en las comidas familiares es hoy una rara avis, una especie en peligro de extinción que, seguramente, mucha gente no echará en falta. Incluso habrá algunos desalmados que se alegren de esta tragedia. Quienes me conocen bien saben que yo soy una gran amante de los chistes, que los he contado en reuniones de amigos y en cenas de trabajo. Pero hoy me he dado cuenta de que hace ya mucho tiempo que no lo hago. Y es que, señoras y señores, el chiste ha muerto.

En esta era de la inmediatez y del eterno deseo de novedad en la que todo se hace viejo antes de nacer, una sueña con volver a escuchar el nombre de Jaimito, un “van un inglés, un francés y un español”, un “se levanta el telón”, un “cómo se dice en japonés” o un “cuál es el colmo de los colmos”. Esas frases hechas que te predisponen para la risa y que te dejan un buen sabor de boca, hasta cuando el chiste no tiene gracia, dejarán de escucharse en unos pocos años. Y eso es triste, muy triste.

Pero no todo es pena hoy, porque el legado de Chiquito de la Calzada trasciende del medio en el que éste se desarrolló. Por eso, sus chistes son lo de menos y su verdadera revolución fue la de ser capaz de ampliar y enriquecer los medios de expresión de toda una época. Fue inventor de fonemas y de palabras, y, a través de sus metáforas, pudo esquivar las limitaciones del horario infantil, conectando así con personas de todas las edades y condiciones a través de un lenguaje personal que todos entendíamos, aunque no supiéramos lo que quería decir.

Por eso yo te pido hoy, querido lector, que, si alguna vez reíste con Chiquito, les hables a tu hijos de lo que es un fistro, del caballo de Bonanza, que les digas jarl las veces que haga falta mientras unes tus dedos y levantas las manos en ese gesto italiano adaptado, que les hables de que hubo un señor que llenó de chiquitazos nuestras mochilas y estuches, que les enseñes ese saltito con la rodilla en alza para que el patrimonio cultural de los noventa no sea enterrado hoy. Porque los vaqueros de talle alto quedarán olvidados al fondo del altillo, pero Chiquito de la Calzada tiene que seguir formando parte de nuestro outfit diario. ¡Muy buen viaje, pecador de la pradera!

 

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.
Sobre música y resistencia política: el falso potencial político de las Pussy Riot

Sobre música y resistencia política: el falso potencial político de las Pussy Riot

Ayer comenzó uno de los eventos en los que la Haus der Kulturen der Welt (HKW) de Berlín más dinero se ha gastado en publicidad, bien pensada y muy dirigida a un público joven guay, hípster y cool: el festival No Music!, centrado en prácticas punk y DIY. En su cabeza de cartel estaban las Pussy Riot. No voy a hacer una crítica al uso, sino una reflexión al estilo de la “reguetonización de la izquierda”. Esta vez, seguimos hablando de forma y contenido, pero también sobre la falsa adscripción de potencial político a grupos declarados como comprometidos o algo por el estilo, como las Pussy Riot.

Justamente, hace unos días discutía con unos amigos la tendencia entre los filósofos a considerar análisis estéticos aquellos que no rebasan los sociológico. Por ejemplo, el análisis del punk en términos de impacto social o político o de organización colectiva. En pocas ocasiones, se considera un elemento fundamental la articulación formal o la técnica artística. Eso, claro, debe ser campo de los musicólogos o los historiadores del arte. Así que los filósofos, tan críticos ellos consigo mismos siempre -¡e incluso con el concepto de filosofía, sobre el que se ha discutido tanto y desde el propio origen de la disciplina!-, han claudicado y han caído en la separación disciplinaria. Claro, no se puede saber de todo. Y menos ahora, donde Wikipedia ha preformado las formas de aproximación a la información, travestida de conocimiento.

El colectivo Pussy Riot llegó a todas las redes sociales y periódicos en 2012, por un vídeo en el que se burlaban de Putin y de la iglesia ortodoxa. Tres (Maria Aliójina, Yekaterina Samutsévich y Nadezhda Tolokónnikova) de sus supuestos miembros (¡o miembras!) fueron condenadas a dos años de prisión lo que provocó una ola de condena a la política rusa, especialmente de Amnistía Internacional. Este hecho, para un filósofo de bien, sería suficiente para considerar a las Pussy Riot revolucionarias, o como música verdaderamente implicada políticamente o algo por el estilo.

Quizá es que desde 2012 a 2017 las cosas se han calmado o es que es difícil mantenerse o que la lucha nunca se llevó a la práctica artística. Pero lo de ayer en la HKW fue una burda banalización del arte comprometido. Lleno de clichés y supuestos tabúes sociales que se saltaban a la torera, el concierto de las Pussy Riot fue más una especie de montaje escolar bastante caro más que un espacio de protesta serio dentro de las herramientas de la música y la performance. Coreografías dignas de las Spice Girls (las cuales, al menos, no tenían más pretensiones que las que mostraban fríamente en sus vídeos y explotaban su caricaturización como la del tertuliano de los programas del corazón), letras que se podían resumir en “somos super malas y antisistema, míranos, ¡qué provocación!” y una estética dudosamente feminista definieron su espectáculo. Su música, fácilmente bailable, tenía a gran parte del público haciendo lo que tenía que hacer, bailar, mientras veían su conciencia política dirigirse a la estratosfera. En resumen: la simplicidad fetichizada. Incluso, pensaba yo en mi butaca, suponiendo que todo fuese adrede, que se mostrase sin tapujos las herramientas más básicas de la industria cultural (rítmicas dignas de los coches más bakalas del barrio, la dicotomía simple entre el policía y las presas -totalmente inesperado, claro-, bailecitos casi de para-para -para no sudar mucho, antes muerta que sensilla-, símbolos fácilmente politizados -bandera anarquista, por ejemplo- o la cosificación de la mujer con un acompañamiento basado en gemidos -tan moderno y rompedor que se nos borraba el verdaderamente erótico “Je j’aime ma non plus” de Brigitte Bardot y Serge Gainsbourg-), la puesta en escena era de una ingenuidad -en el grupo y presupuesta al público- casi insultante. Me enoja, no sé si se nota, que no se asuma un oyente inteligente, capaz de comprender estructuras complejas, de entender lo implícito. Me enoja, mucho más, la reducción de lo político al contenido (véase, en este caso, las letras) y se pase por alto la repetición de modelos de consumo en lo formal. La selección de rítmicas radicalmente comerciales o la puesta en escena adolescente (a là Britney Spears) disuelven de un plumazo las pretensiones políticas del texto, pues firman la paz con aquello que denuncian. Las situaciones límite, como la tendencia al ruido y a lo in-formal, el cuestionamiento del espacio ocupado por el artista y el oyente, la puesta entre paréntesis de las formas alienadas de cultura trascienden ese supuesto contenido y nos hacen ver que la forma es ya contenido. Qué tipo de ficción se abre cada vez que se articula una propuesta artística, qué tipo de colaboración (o negación de ella) se abre con el oyente, qué relación con la tradición de la que se viene (sí, también formal) son las claves, a mi juicio, para entender el compromiso con el posicionamiento político desde el que se “hace arte”. Se suele pensar  -peligrosamente- que la forma en que se articula un contenido es indiferente a él: si queremos denunciar a Rajoy, dará igual que sea en un soneto o en una canción. Error. No da igual. Porque mientras creemos que denunciamos a Rajoy en una canción de reguetón, por ejemplo, repetimos estructuras de poder que refrendan las políticas neoliberales de Rajoy. Se simplifica o, incluso, se obvia, lo que redunda en una igualación en el conocer, convirtiéndola en la mera confirmación de aquello que ya queríamos encontrar en el producto cultural. Si quier refrendar mi posición política, debo escuchar x o b, ver a o h películas, vestir de una forma y no otra y todas esas cosas. Las Pussy Riot colaboran en su conversión en producto en el que el oyente supuestamente comprometido se encuentra y se reafirma, y entiende inmediatamente la rebeldía en el irónico “I love Russia. I am a patriot”. A ver si vamos a empezar a reflexionar y se nos cae el chiringuito. Dice Rancière: “La política y el arte, como los saberes, construyen “ficciones”, es decir, reordenamientos materiales de signos e imágenes, de las relaciones entre lo
que se ve y lo que se dice, entre lo que se hace y lo que se puede hacer”.  El problema es, como en el caso de las Pussy Riot, cuando la “ficción” no abre otra ficción de lo posible, sino que confirma acríticamente lo existente. No hay una reordenamiento, sino que “se ve y se dice” lo que se espera que se vea y se diga. Es la obediencia radical. Obediencia, por cierto, viene de “audire”, de escuchar: literalmente se refiere al que escucha y hace lo mandado. No habla, no opina. Repite. Hace lo que le toca. Que esto no se enfatice es lo que ha llevado a que haya camisetas en el H&M que rezan “I am a feminist”. La capacidad de absorción de formas preestablecidas de articulación de “contenidos”, como formas petrificadas de salsa -que unifican un fenómeno muy complejo- o el uso del compás 4 por 4 o de la estructura armónica I-V-VI (si queremos dramatismo)-IV-I, son las que reducen la multiplicidad posible de la expresión cultural. Me explico: si siempre utilizamos las mismas formas, y éstas han venido articulándose por cierta adscripción a modelos de expresión (por ejemplo, las escalas menores son “tristes”, las mayores son “alegres”) no habrá forma de crear otras expresiones. Ya no solo de lo aún no expresado, sino también de lo que aún es invisible, inverbalizable, de lo que no tiene presencia porque queda fuera de las formas preestablecidas, cómodas, de creación. Eso por expresar, eso que aún no ha adquirido su forma, así como la búsqueda de formas no petrificadas, es la resistencia política desde el arte. Todo lo demás es, me parece, una tranquilidad falsa (e ideológica) de conciencia.

Marina Hervás Muñoz
Doctora en Filosofía, pero con tendencias melómanas y musicológicas. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos. Te invito a mi web: www.marinahervas.com
Las chicas son guerreras: superheroínas de película

Las chicas son guerreras: superheroínas de película

De un tiempo a esta parte estamos viviendo una evolución en los medios de comunicación y entretenimiento porque proliferan los personajes que tienen un perfil muy distinto al del prototipo de mujer que sigue siendo mayoritario en series, películas y libros. Esto es, lo que podríamos denominar «mujeres princesas» porque viven por y para ser rescatadas por un hombre y así supuestamente alcanzar la felicidad. Sin embargo, algo está cambiando, las chicas son guerreras, y nos podríamos plantear ¿por qué ahora hay esta explosión de superheroínas/personajes femeninos tan activos con un carácter tan marcado?


El tipo de protagonistas dependientes tienen una connotación histórica y cultural muy arraigada en la sociedad desde hace siglos y este estereotipo se repite constantemente ya adentrados en el siglo XXI y a veces nos llega disfrazado con dosis de (supuesto) humor. Sirva como ejemplo la serie La que se avecina. Aquí tenemos todo un elenco de personajes femeninos que, en su inmensa mayoría, están desesperadas por encontrar un hombre -pasada determinada edad nos transmiten que ya da igual el que sea porque lo importante es estar con uno- y hacen todo tipo de disparates para conseguirlo, incluyendo someterse a cirugía y mentir sobre si tienen o no hijos dependiendo de lo que esté buscando el hombre en cuestión.

Otro ejemplo lo constituyen las arquetípicas películas románticas en las que las mujeres suspiran y ponen ojitos (nada que ver con las miradas de la gran Marlene Dietrich) y todo tipo de mohines para enamorar a su objeto de deseo en situaciones en las que, de una o varias maneras, las protagonistas dependen del amado.

No obstante, algo está cambiando y cada vez podemos ver más mujeres de otro tipo tanto en las series como en la gran pantalla. Son inteligentes, independientes, seguras, fuertes, decididas y bellas. Luchan por lo que quieren en la vida, hasta de manera literal. Con el universo de los cómics Marvel y DC, se han hecho aún más populares las superheroínas como Viuda Negra de The Avengers (Los vengadores) y la película Wonder Woman (2017) fue un éxito en taquilla. En este último trabajo se nos muestra el lado humano de la supuesta hija de Zeus en esta versión y su capacidad de lucha a todos los niveles. Hay que resaltar el dato de que al contrario que sus compañeros masculinos cuyas películas podemos disfrutar desde hace años, Wonder Woman ha tenido una película propia en 2017 y que incluso se vaticinó que sería un fracaso. Cabe plantearse si es por el antecedente de la película Elektra (2005), por ser la protagonista encarnada por Gal Gadot una superheroína y/o si tuvo que ver en la formulación de esa hipótesis que la dirección estuviera a cargo de una mujer, Patty Jenkins.

Otro caso es el de la evolucionada Alice Abernathy, interpretada por Milla Jovovich en la saga de seis películas de Resident Evil (2002-2017), dirigida mayoritariamente por Paul W. S. Anderson y que está basada en una colección de videojuegos. Esta mujer se enfrenta a su amnesia, sus temores, malvados seres humanos sobrevivientes y un desolado mundo infestado de zombis y monstruos. Para ello cuenta con sus increíbles habilidades y su inteligencia.

Una de las actrices a quien más se ha criticado por cómo vive su vida es Charlize Theron, quien juega a placer en su papel de ¿heroína o antiheroína? durante todo el largometraje de Atomic Blonde (2017). Este personaje está sacado de la novela gráfica The Coldest City (2012) de Antony Johnston y Sam Hart. En esta película vemos a una mujer con lesiones por todo el cuerpo tras haber realizado su trabajo como espía más que eficaz, luchando en la época de la caída del muro de Berlín en 1989 y además podemos escuchar una banda sonora representativa de esa década. Ella es preciosa, inteligente, eficaz y letal. 

 

Tal vez el ejemplo más notorio de los últimos años de que las chicas son guerreras, lo tenemos en Game of Thrones (Juego de tronos). Hace un tiempo escribí sobre cuatro de las mujeres que son reinas de hielo y fuego en esta serie (las que encabezarían este elenco serían las reinas Cersei Lannister y Daenerys Targaryen) pero podría incluir a muchas más por diferentes razones. Aquí nos volvemos a encontrar con superheroínas y antiheroínas, con y sin poderes, que luchan por ellas y por lo que quieren. Son inteligentes, astutas y casi todas son letales con estilos muy dispares.

Esta evolución que podemos contemplar en la pequeña y en la gran pantalla, en general, está sacada del mundo de la literatura, de los videojuegos y del cómic, donde las protagonistas no están tan limitadas como estamos acostumbrados a ver. Dejando a un lado la importancia que supone la industria en todo esto, lo que planteo es ¿por qué no seguimos con esta re-evolución y que se extienda a otros/todos los campos?

(Foto: fotograma de Wonder Woman)

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.
Claves para entender el Nobel de Química 2017

Claves para entender el Nobel de Química 2017

¿Pensáis que la ciudadanía tendría que estar más enterada de los progresos de la ciencia? ¿Pontificáis ante vuestros familiares y amigos que el gobierno tendría que meter más pasta en investigación? ¿Sois profesores de secundaria y les habláis a los alumnos de la importancia de los avances científicos? ¿Os pasa todo esto pero luego os dais cuenta de que no tenéis ni idea de avances como, por ejemplo, el Nobel de química de este año? No os preocupéis, yo tampoco tengo ni idea, pero os propongo un itinerario más o menos llano y asequible a través del cual podamos entender un poco de qué va el tema (y si no quedáis satisfechos, en la propia web de la Academia se encuentra información más divulgativa y más avanzada del premio). (más…)

Marc Nadal Ferret (Tarragona, 1986)
Físico, máster en química teórica y computacional y doctor en química por la Universitat Autònoma de Barcelona. Tiene un gato en casa, rompedor (el gato), con ideas propias (el gato) y, según la última medición, 100% vivo (tanto él como el gato). Aficionado a la lingüística, a las humanidades, a la cerveza y a los viajes.