MusikFest 2018: Schönberg y Benjamin, un encuentro entre épocas

MusikFest 2018: Schönberg y Benjamin, un encuentro entre épocas

El concierto de ayer, 12 de septiembre, era como dos conciertos en uno. Por un lado, Isabelle Faust «y amigos», según rezaba la descripción del cartel, interpretó la Noche tansfigurada, de Schönberg. La segunda parte estuvo protagonizada por la Mahler Chamber Orchestra, monopolizada  por la obra Into the Little Hill, de George Benjamin, dirigida por él mismo.

El comienzo de Noche Transfigurada fue desde un pianísimo prácticamente inaudible pero sin perder calidad de sonido. una «nada sonora» que crecía muy lentamente, paladeando cada sonido, dándole su justa importancia. Ese trabajo del pianissimo tan preciosista ya creó un marco de tensión que se mantuvo durante toda la pieza. Lo interesante de esta propuesta fue conseguir volver a ese sonido tan pequeño, pero tan cargado, al final de la obra, dándole una forma circular, como el propio poema en el que se basa sugiere en su cadencia. El trabajo de análisis de la obra era evidente, pues era muy claro la tendencia a destacar y dar prioridad a los temas y las voces protagonistas. Fue una lástima que el segundo violín (Anne Katharina Schreiber) y la segunda viola (Danusha Waskiewicz) no salieran, salvo en contadísimas ocasiones, de un segundo plano que hacía que sus voces -tan importantes como las demás para la construcción de la obra- pasaran desapercibidas. Jean-Guihen Queyras y Christian Poltéra, a los violonchelos, mantuvieron un sonido redondo y muy empático con el complejo diálogo entre el primer violín (Isabelle Faust) y la primera viola (Antoine Tamestit), que enfrentaron sus respectivas voces con elegancia y sin caer en romanticismos, que aún pueden encontrarse en una partitura que debe tanto a Brahms y a Mahler.

La segunda parte, como ya anuncié, consistió en  Into the Little Hill, de George Benjamin, de 2006. Es una obra que comienza de forma un tanto hostil, con una brutalidad poco justificada a nivel sonoro, pero que poco a poco se va encajando mejor. El trabajo compositivo se basa, fundamentalmente a nivel estético, en la creación de atmósferas emocionales (radicales) con respecto al libreto, escrito por Martin Crimp.  La claridad de las voces, que van alternando a los personajes, así como la construcción por bloques de tales atmósferas emocionales, son sus dos características principales. La utilización del cémbalo, la mandolina y el banjo crean, en combinación con el resto de instrumentos, un sonido con reminiscencias al concierto de violín «Hommage à Louis Soutter» de Heinz Holliger, metálico, árido, similar a la exigencia que le hace a las voces.Su contenido, claramente dirigido a la crítica política, permite justamente esa hostilidad inicial, que poco a poco va aproximando el oyente a sus personajes, que parecen sacados de una versión surrealista (aún más) de algún capítulo de Black Mirror. Las dos protagonistas absolutas de la obra son las dos cantantes, roles asumidos por Susanna Andersson y por Kriztina Szabó. La calidad interpretativa de Szabó eclipsó en buena parte todo el resto de la música, pues fue ruda, tierna, clara y extremadamente precisa en lo técnico: su apertura del fragmento «Mother and Child», junto a un delicadísimo trabajo de la orquesta, uno de los mejores momentos de la noche. Andersson estuvo también impecable y crearon un tandem potentísimo, especialmente en lo interpretativo.

Aunque en apariencia era un programa sin vinculación aparente -ni siquiera, como suele ser habitual, por los músicos que participaban-, había algo de la oscuridad de Noche transfigurada que se coló en la obra de Benjamin, quizá por el peso de la tradición que no se puede obviar. La soledad de los dos cuerpos que se hablan de decisiones fundamentales de la vida en una noche extraña tiene que ver con esos dos cuerpos que cantan, rugen en la obra de Benjamin. En el poema de la primera pieza, un bebé (la nueva vida)  y la confesión (la revelación) son las claves que transfigura la noche (musical) que nos propone Schönberg. En el segundo, un niño es el que ve y aun no entiende, pero el que desaparece por la mentira (la no-revelación) de su padre, el ministro, el poderoso que se encuentra con una fuerza mayor que él.

Musikfest 2018: El Ensemble Intercontemporain ante tres titanes del siglo XX

Musikfest 2018: El Ensemble Intercontemporain ante tres titanes del siglo XX

Fotografía con copyright Adam Janish

El Ensemble intercontemporain se enfrentó el pasado 10 de septiembre de 2018, en el marco del Musikfest, a un programa que resume, de alguna forma, los derroteros de la música contemporánea francoalemana, al menos si tomamos el camino de la Segunda Escuela de Viena a Darmstadt. El reto de afrontar un programa así no lo supone solo para los músicos, sino también para el público. Son tres obras que, juntas, exigen una concentración superlativa. Quizá no es un acierto de la programación: un exceso de ambición o una muestra de la capacidad titánica de enfrentarse a cualquier programa. Al final, no llegaron a dialogar como, en apariencia, proponía en abstracto el programa. Pese a todo, es una alegría ver este tipo de obras programadas juntas: el diálogo entre ellas, su lugar de procedencia y su espacio en la historia de la música es apasionante para cualquier oyente curioso.

La primera, las delicadísimas Cuatro piezas para clarinete y piano de Alban Berg, fueron uno de los grandes momentos de la noche. El fino trabajo de cámara entre el jovencísimo clarinetista Martin Adámek y el pianista Dimitri Vassilakis fue el elemento clave de su interpretación. Partieron de un sonido de la nada, intimista, pero con un sonido redondo y muy comedido. Destaca, especialmente, el paladeo de todos los sonidos hasta el final, aprovechando la sonoridad de los armónicos. La intensidad y el volumen fueron aumentando hasta llegar a su punto álgido en la última pieza, lo que nos lleva a pensar que entendieron las piezas no como cuatro piezas sueltas, sino como parte de un todo.

Lo curioso es que todas las obras fueron interpretadas siguiendo un patrón similar: de menos a más. Pero esto no funciona en todos los contextos. Especialmente se notó en el Vórtex Temporum de Gérard Grisey. Aunque todos sus movimientos están construidos en torno a una misma célula sonora, no son fácilmente parte de un todo, pues cada movimiento dialoga, pero como una mónada, con los demás. El primer movimiento, à Gèrard Zinsstag, se desinfló pronto del impulso de su comienzo. Mantuvieron una interpretación algo mecánica, que no retomó el sonido inicial sino al revivir con toda la potencia en el final, donde el piano (de nuevo Dimitri Vassilakis) dio cuenta de su buen hacer, dejándonos sin aliento antes de encarar el segundo movimiento à Sciarrino. Por agravio comparativo, este movimiento quedó pesante en exceso, y al ensemble le costó encontrar su color. El tercer movimiento, à Lachenmann, fue sin duda el más redondo de los tres, y el elemento circular que mantiene con el primer movimiento hizo que la fuerza con el que éste se cerró fuese su punto de partida. El trabajo con el color fue más detallista, buscando menos el efecto y más la construcción. En general, los planos medios quedaron descuidados, pero los volúmenes extremos estuvieron muy conseguidos, generando al final una atmósfera eléctrica.

La segunda parte estuvo protagonizada exclusivamente por Le Marteau sans maître, de Boulez, una de las piezas básicas del canon del siglo XX europeo. Estuvo muy bien trabajada la preparación de los momentos clave, potenciando aquellos sonidos o instrumentos que adquirían momentos protagonistas. Es decir, se trataba de hacer explícita la estructuración interna de la pieza. La solista, Salomé Haller, comenzó con unos fortisimo bastante descuidados que fue poco a poco mejorando hasta conseguir grandes momentos, como el fundamental -y complicadísimo- dúo con flauta L’artisan furieux y, especialmente, el segundo número, el Bourreaux de sollitude. Cabe hacer especial énfasis en el buen hacer de Gilles Durot, Samuel Favre y Othman Louati en la percusión, que no en pocos momentos sacaron a flote el mejor sonido del resto del ensemble, algo estático en su interpretación.

Gergiev frente a Zimmermann y Bruckner en el MusikFest 2018 de Berlín

Gergiev frente a Zimmermann y Bruckner en el MusikFest 2018 de Berlín

Fotografía bajo copyright de Kai Bienert

La presente edición del Berlin Musikfest, una de las citas fundamentales de la ciudad, comenzó el pasado 31 de agosto. Se trata de una programación que intenta visitar algunos autores y obras de música contemporánea devenidos clásicos en diálogo con obras del repetorio habitual. El pasado 7 de septiembre fue el turno de Valery Gergiev al frente de la Orquesta filarmónica de Múnich, que se enfrentó a la escasamente interpretada Ich wandte mich und sah an alles Unrecht, das geschah unter der Sonne, de Bernd Alois Zimmermann y la Novena Sinfonía de Bruckner. 

Dos cosas me intrigaban: por un lado, el resultado de tal diálogo, pues no parece que encajen muy bien ambas propuestas y, por otro, el rol de Gergiev, pues ya son varios críticos que observan que su capacidad de dirección es, por decirlo de alguna manera, voluble, y no siempre consigue los resultados esperados de alguien de su nombre por una cierta dejadez. Esperaba que la primera parte fuese un trámite para llegar a la segunda, donde podría lucir una obra del repertorio que conoce bien. Me equivoqué.

Ich wandte mich und sah an alles Unrecht, das geschah unter der Sonne es una obra escrita el mismo año de suicidio de Zimmermann, cinco después de su conocida Die Soldaten. Es aterradora, algo que promete desde las primeras palabras, tomadas de las prédicas de Salomón del libro del Eclesiastés del Antiguo Testamento: «Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele; y la fuerza estaba en la mano de sus opresores, y para ellos no había consolador». El texto bíblico queda enmarcado, además, por fragmentos de Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky, un clásico sobre la difícil relación entre el ser humano y un Dios que ha dejado de tener un lugar central en la explicación del mundo.  Josef Bierbichler y Michael Rotschopf asumieron el rol de narradores (¿se puede llamar narración a un texto que ya no narra nada?), con una excelente interpretación. Su comienzo intimista, en diálogo con el exigido tímido comienzo del solo del cantante, Georg Nigl, no auguraba el desarrollo dinámico y de intensidad que después alcanzaría la interpretación. El grito de los narradores del terrible texto de la obra, en momentos como  «Du musst wissen, dass auch ich in der Wüste gewesen bin, dass auch ich mich von Heuschrecken und Wurzeln ernährt habe, dass auch ich die Freiheit gesegnet habe, mit der Du die Menschheit gesegnet hast. Auch ich hatte vor, einer von Deinen Auserwählten zu werden … einer von Deinen Auserwählten»o «Seine Mundwinkel zucken; er geht zur Tür, öffnet sie und sagt zu Ihm: „Geh und komm nicht wieder … Komme nie, nie mehr wieder … niemals, niemals!“ fue inmesicordioso, completamente imbuido en la fuerza del texto. Nigl comenzó, tras el «niemals, niemals!» (nunca, nunca), el fragmento más complicado de la obra, un lamento que interpretó de forma impecable. La orquesta mantuvo todo el tiempo el sonido eléctrico que exigen los trombones repartidos por la sala, que hacen una suerte de guiño a las fanfarrias iniciales de muchas obras religiosas. El mayor logro de la dirección: no romantizar la pieza, sino explorar su fragilidad y su desnudez, tomando como punto central el canto de «Weh, weh, weh» (dolor, dolor, dolor) que llega casi al final de la obra. Es una pieza que no tiene miedo a nombrar tal dolor por su nombre y conjurarlo, algo que no deja indiferente a ningún espectador. El logro de esta interpretación fue el tratamiento de la voz como material sonoro -y no solo como portadora de contenido semántico- y un fino trabajo entre canto y narradores. La orquesta no adquirió un mero segundo plano, pero supo entender su rol de acompañar a la oscuridad radical de la palabra.

Es un misterio para mí por qué esta obra, tan potente, no es interpretada más usualmente. Los aplausos dieron cuenta de que el argumento de que esta música no le gusta a nadie no es real. Hasta cuatro veces tuvieron que salir a saludor. Normalmente estos detalles protocolarios me dan igual, pero esta vez el aplauso entusiasmado da cuenta de una injusta exclusión.

La segunda parte, dedicada a la versión de 1894 de la Novena Sinfonía de Bruckner -la interpretación de la versión que no incluye reconstrucción del último movimiento, sino solo los tres únicos que dejó completos Bruckner- dio la clave de la conexión entre obras: Gergiev mantuvo el sonido metálico y, de algun forma, no humano, que se había quedado en el oído tras el Zimmermann: fue un acierto. De este modo, la fanfarria inicial del Primer movimiento fueron un encuentro centenario entre los dos compositores ante la preocupación de la muerte y la dificultad de expresarla -ni siquiera con medios sonoros-. Fue comedido con los tempos -especialmente en el tendente a machacón tema a tutti del Segundo movimiento– y generoso con las pausas generales. El trabajo sonoro no fue por planos o por color, sino que buscó un sonido compacto y en bloque, conectando los diferentes grupos instrumentales con nexos comunes escondidos en la partitura. Solo un pero: este trabajo en bloque le hizo renunciar a un piano pianissimo más convincente. Los grandes volúmenes sonoros -fáciles de alcanzar con una orquesta como la de Múnich- no tenían su respuesta en los piano. El largo silencio final, respectado ceremoniosamente por el público, dio cuenta de la necesidad de ese aire para la intensidad de la que se había cargado la Philharmonie de Berlín.

 

Rocío Márquez y Fahmi Alqhai en el FIS: la música sin fronteras

Rocío Márquez y Fahmi Alqhai en el FIS: la música sin fronteras

Diálogos de viejos y nuevos sones es el nombre del proyecto ad hoc creado por Rocío Márquez y Fahmi Alqhai hace dos años para la Bienal de Flamenco y que el pasado 17 de agosto presentaron en el Festival Internacional de Santander, en uno de sus “Marcos históricos”, el Palacio del Albaicín de Noja. Ambos, acompañados de Rami Alqhai, a la viola de gamba y Agustín Diassera, a la percusión, hicieron algo más que música: contar una historia alternativa de la recepción del flamenco.

Hay un debate abierto en la “opinión pública” (lo pongo entre comillas porque si bien esto de la opinión pública se refería a la prensa, ahora hace más bien alusión a las redes sociales) sobre el apropiacionismo cultural con respecto al flamenco. Se ha hablado muchísimo del purismo, de respetar una tradición, de encontrar sus raíces. El proyecto de Márquez y Alqhai lo tiene todo de heterodoxo y no es apto para aquellos que busquen ese purismo. Y ahí está lo fabuloso. Desprenden amor por el flamenco por todos los poros, pero también por lo que el flamenco implica, como lo implica toda la música: intercambio de lenguajes, de vida y de expresión de experiencias. El cruce que proponen es el que poco a poco se ha ido camuflando pero que existe desde siempre, a saber, el que se da entre la música “popular” y la música “académica”. Sin las danzas populares no existiría ninguna suite de Bach, por ejemplo. Pero aquí no se trata de trazar un camino historiográfico sobre la posible influencia de la música española barroca en el flamenco, sino más bien dos cosas: cruzarla con la música “popular” de hoy, por eso tocan amplificados y resuena el jazz y el tango entre melodías barrocas y cantes flamencos; y encontrar cómo cada repertorio puede enriquecer al otro, y que surja algo fresco e irreverente.

Porque todo suena a conocido, pero nada lo es en realidad. Se desempolvan las esquinas de viejos clásicos, como “Si dolce è’l tormento” o “El cant dels ocells”, y se les da una nueva vida. Los tress momentos álgidos, que apuntan claramente a cómo debería seguir este intercambio, es la “Bambera de Santa Teresa”, “La mañana de San Juan” y la “Seguiriya”, por tres motivos diferentes y otro común. La “Bambera de Santa Teresa” es una versión de su “Destierros” de su disc(az)o Firmamento, pues fue, quizá, uno de los momentos de más intimidad del concierto y todos los detalles dieron con una mejora de la original (¡algo nada sencillo!). “La mañana de San Juan”, un dúo entre voz y percusión fue no solo uno de los mejores momentos de la noche, con una compenetración absoluta entre Diassera Márquez, sino también un hermoso homenaje a la gente normal, a su cotidianidad, y a la necesidad de llenar tal cotidianidad de canciones, algo que en el mundo flamenco es bien sabido. Un gesto sencillo que reúne ese impulso por cantar que nos hace destrozar grandes trabajos musicales incluso bajo la ducha, pero que también reúne toda la expresión de los sentires de un pueblo. “Seguiriya”, por último, porque fue -como reconoció el propio Alqhai- uno de las piezas más difíciles. No defiendo el virtuosismo que demostraron, sino el riesgo, el juego de superar constantemente los supuestos límites de su formación, técnica e incluso capacidad de diálogo. Si está la puerta abierta para seguir, es por ahí. Probando más, jugándosela más, llevando este diálogo a otros idiomas, incluso a no entenderse del todo, a comunicarse de otra manera. Que los lugares comunes sean solo las tabernas donde reposar en un viaje hacia lo desconocido, como exigía Baudelaire a la verdadera vanguardia.

Fahmi Alqhai, con su hermano Rami Alqhai, mostraron -como lo hace ya la música contemporánea- que no hay más límites en un instrumento que el que pone el intrumentista o el compositor. Con un dominio técnico excelente, sacaron a la viola de gamba del cajón sagrado de la música historicista -que tan bien hacen con su Accademia del Piacere-. Al igual que Ligeti o Falla con el clave, quizá no es mal momento de comenzar a entender la viola de gamba no como abuelo de los actuales instrumentos de cuerda, con un repertorio estrecho, acotado a unos siglos, sino como un instrumento de pleno derecho que, además, potencia el sonido de cantantes como Rocío Márquez. Es, quizá, imposible añadir más elogios a su voz. Su control absoluto y buen gusto al cantar es evidente para profanos y especialistas. Lo que destaco, ya no tanto por variar sino porque se ha dicho menos, es por dos cosas (hoy estoy sembrá con las divisiones). Haré un pequeño giro para que se entiendan mis dos puntos. Hace un tiempo que Manuel Rey o De La Puríssima vienen mostrando cómo esa música española que mucha gente de las nuevas generaciones desprecia o desconoce, como la copla, porque la asocian a sus abuelos o bisabuelos, tiene un contenido político muy comprometido, bajo la premisa de decir sin decir mucho, para que solo el buen entendedor captara el mensaje. Algo parecido, aunque desde otro lugar, hace Márquez con el flamenco. Lo lleva adonde quiere -su voz se lo permite todo- para mostrar cómo lo aparentemente sencillo del flamenco está lleno de vida y de mezcla, siendo ortodoxa en su canto y hetedoroxa hasta el límite con el contexto. Hasta ahí el primer punto. El segundo, como vimos en el concierto, es lo que sucede cuando se junta con gente que quiere la música más allá de las frías casillas de la musicología, que a veces parece que operan ajenas a lo importante. De lo que se trata es de reescribir la historia de la música hacia atrás, y no que sea la tradición la que imponga cómo hacer música en el presente. Márquez, con Alqhai, tienen un compromiso con la música fundamental: la de no aceptar fronteras, algo que aún no hemos aprendido en las sociedades contemporáneas. 

Música atonal y limpieza social en Berlín

Música atonal y limpieza social en Berlín

Hace unos días la BVG, la empresa alemana de transporte decidió lanzar un proyecto piloto que consiste en poner «música atonal» (sic) en la estanción berlinesa de Hermannstrasse para invitar a «drogadictos» y dealers a que dejen de ocupar sus instalaciones. Los argumentos que esgrimen es que es una música incómoda que hará que no quieran estar por allí mucho tiempo. Lo que se extrae de aquí es lo siguiente:

  1. un uso vago de «música atonal». Aunque esto pueda parecer una discusión meramente musicológica, los adjetivos que añadimos a la música explicitan nuestro compromiso con el concepto de música que utilizamos, su legitimidad social y el rol que ocupan en la realidad sociopolítica. Nadie se refiere a la música «clásica» o «popular» como «tonal», pues se asume que no se entiende bien a qué género(s) se hace referencia con eso de tonal. Por otro lado, lo de «tonal» o «atonal» apunta, en principio, a la aceptación o no de la organización jerárquica de los sonidos y, por tanto, no da cuenta de la complejidad de otras decisiones en la composición y lo que tales decisiones implican para el concepto de música.
  2. por ello, decir «música atonal» en este contexto simplemente repite los estereotipos sobre la «música contemporánea», que se equipara acríticamente con la «música de creación actual» o la «música experimental». Se mete dentro de ella música de Schönberg de ¡1907! (que no sé hasta qué punto podría llamarse actual para los amantes de la cronología) y las bandas sonoras tipo The killing of the secret deer.  Entre esos estereotipos se encuentran aquellos que dicen que es una «música insoportable», que «no le interesa a nadie», «que es solo ruidos» o que «no es artística». Aunque no me puedo detener aquí con esto, valga decir que tales estereotipos suelen ser anunciados por gente -¡incluso especialistas de la música!- que defienden un concepto decimonónico de música (que se sostiene en la creencia de que los fundamentos de la música occidental y blanca son «naturales» y que, por tanto, deben tener validez universal pues satisfacen un concepto absoluto de belleza sonora; siendo éste, por tanto, el objetivo de las artes sonoras), que rara vez asisten a conciertos de música «atonal» y no conocen absolutamente nada -ni creen que sea importante- del contexto de su creación-. Es decir, en el adjetivo de «atonal» hay un compromiso con el desprecio por una forma de composicióny una larga trayectoria de creacióin, investigación y, en definitiva, de cultura (que, entre otras cosas, expresa pulsos sociales).
  3. Esta música despreciada es la que se propone para expulsar, más aún, a los despreciados sociales. No se asume que hay una responsabilidad gubernamental ante el olvido de drogadictos y gente sin casa (en una ciudad, que como tantas en Europa, están aumentando sus precios por la burbuja turística a pasos agigantados, expulsando a sus ciudadanos de sus viviendas habituales). Lo ideal es que no aparezcan, que no se les vea, que no estén, aunque estén, porque «molestan». No es casualidad que se actúe así en Neukölln, uno de los barrios más cool de Berlín, y también uno de los que más ha sufrido por la gentrificación y los continuos ataques racistas neonazis, que no salen en la prensa ni local ni nacional.
  4. Igual que la música «atonal», es decir, aquella que no repite acríticamente los ideales de la burguesía, de los conciertos carísimos, en esmoquin y con gente limpia y con el salario asegurado; o que no cede fácilmente a ser producto de consumo y crear formas de vestir y actuar asociadas a ella, ha sido expulsada de los circuitos mayoritarios de acceso a la cultura, también se expulsa a los que han dejado de alimentar el sistema y le abren grietas. Ya ha habido pruebas en otras ciudades, como Hamburgo, en las que se ponía música clásica para relajar a los usuarios. Decía Alex Ross en un artículo en el que reflexiona por qué la gente rechaza la música contemporánea, lo siguiente: «Lo que debe desaparecer es la noción de que la música clásica es un conducto fiable de belleza consolatoria, una especie de tratamiento de spa para almas cansadas. Esta actitud afecta no sólo a los compositores del siglo XX, sino también a los clásicos que pretende apreciar. (…) Los oyentes que se acostumbren a Berg y Ligeti encontrarán nuevas dimensiones en Mozart y Beethoven. También lo harán los artistas. Durante demasiado tiempo, hemos colocado a los maestros clásicos en una jaula dorada. Es hora de dejarlos salir».
  5. La belleza consolatoria: la de la ciudad «limpia» de todo lo que nos molesta ver, lo que es mejor hacer como si no existiera; con una banda sonora que promete que llueve como la música de Vivaldi o que nos morimos mientras suena Fauré.
  6. Tema de otra serie de reflexiones sería incluir cómo se dirige nuestra acción por la construcción de lo sonoro en nuestro entorno: desde el techno en las tiendas de ropa hasta los villancicos en Navidad en los centros comerciales, desde la música en los aviones hasta la de los bares de copas. Nada es gratuito y, por tanto, todo obedece a unas formas de dominación sonora.
  7. Quizá mientras limpian la ciudad así, lo que en realidad quieren hacer es legitimar una ideología: la del desprecio, la ignorancia y la de la hipocresía, camuflándola con argumentos de protección y seguridad. Y, de paso, asociar al rechazo social de los sin techo de Hermannstrasse con el rechazo de un repertorio.
  8. Quizá, con estos argumentos que unen la música tonal y el colectivo expulsado del circuito de «los normales», se fortalece el secreto vinculo entre música y política, que lleva años intentando ser reprimido: no vaya a ser que la música se cree conciencia y acción crítica. Esto ya lo sabía Platón cuando finalizó el capítulo III de  La República con la reflexión de que no se pueden modificar las reglas musicales sin alterar a la vez las más grandes leyes políticas. La música «atonal» se enfrentó a valores sagrados de la cultura occidental y, con ello, puso en duda sus compromisos políticos. Así, empezó a mostrar que nada en la música es «solo» música. No nos cansaremos de tratar de demostrarlo.

Hay una llamada a la acción del colectivo Field Notes Field Notes contra estas políticas de la empresa de transporte público de Berlín

Música atonal para todos
Vie 24 Agosto 2018
Estación de Herrmannstraße S-Bahn

El S-Bahn Berlin está planeando un proyecto piloto en septiembre para expulsar a las personas sin hogar de la estación de la Hermannstraße S-Bahn poniendo en el vestíbulo de entrada música atonal.

¿La música atonal en la vida cotidiana? ¡Nos encanta!

Por lo tanto, queremos agradecer al S-Bahn por este impulso de la música atonal y le invitamos directamente al acto de inauguración el 24 de agosto a partir de las 19:00 horas en la entrada de la estación de Hermannstraße S-Bahn. Allí queremos reunirnos con comida y bebida para que los sin techo escuchen música atonal o incluso la toquemos juntxs.

El viernes por la noche nos gustaría entender la música atonal, que representa la liberación de las jerarquías (tonales) y la igualdad de todos los sonidos, como una metáfora de la igualdad social y la participación y para contrarrestar la discordia social con nuestras disonancias musicales.

Estamos abiertxs a todxs los que quieran contribuir con comida o hacer música. Para simplificar la coordinación de las acciones pueden registrarse aquí: (marketing@inm-berlin.de).

Estarán con nosotrxs:

– Sirje Aleksandra Viise: Julius Eastman «Preludio a la Santa Presencia de Juana de Arco»

– Juliana Hodkinson: «A-Tonart S-Bahn station Herrmannplatz

– Ruth Velten: Saxofón de Improvisación
Con programas innovadores, la saxofonista Ruth Velten se ha hecho un nombre internacionalmente como intérprete de obras modernas. La flexibilidad artística y la búsqueda de algo nuevo caracterizan su trabajo.

Otros enlaces:

Berliner Kurier: «S-Bahnhof Hermannstraße Berliner vom Nervmusik-Pilotprojekt» de Mike Wilms (21.08.18): https://bit.ly/2LcaBmZ

Berliner Zeitung: «S-Bahnhof Hermannstraße Schräge Musik debe distribuir a los drogadictos y bebedores» de Norbert Koch-Klaucke (20.08.18): https://bit.ly/2wecxGn / https://bit.ly/2PnqASy

Tagesspiegel: «En los oídos» de Thomas Wochnik (18.08.18): https://bit.ly/2Mo6NEG

Berliner Morgenpost: «El S-Bahn quiere asustar a los bebedores con «música atonal» de Thomas Fülling (20.08.2018): https://bit.ly/2OXMYRD

rbb 24: «With music against uninvited station guests» (18.08.18): https://bit.ly/2nYZODM