Sobre música y resistencia política: el falso potencial político de las Pussy Riot

Sobre música y resistencia política: el falso potencial político de las Pussy Riot

Ayer comenzó uno de los eventos en los que la Haus der Kulturen der Welt (HKW) de Berlín más dinero se ha gastado en publicidad, bien pensada y muy dirigida a un público joven guay, hípster y cool: el festival No Music!, centrado en prácticas punk y DIY. En su cabeza de cartel estaban las Pussy Riot. No voy a hacer una crítica al uso, sino una reflexión al estilo de la “reguetonización de la izquierda”. Esta vez, seguimos hablando de forma y contenido, pero también sobre la falsa adscripción de potencial político a grupos declarados como comprometidos o algo por el estilo, como las Pussy Riot.

Justamente, hace unos días discutía con unos amigos la tendencia entre los filósofos a considerar análisis estéticos aquellos que no rebasan los sociológico. Por ejemplo, el análisis del punk en términos de impacto social o político o de organización colectiva. En pocas ocasiones, se considera un elemento fundamental la articulación formal o la técnica artística. Eso, claro, debe ser campo de los musicólogos o los historiadores del arte. Así que los filósofos, tan críticos ellos consigo mismos siempre -¡e incluso con el concepto de filosofía, sobre el que se ha discutido tanto y desde el propio origen de la disciplina!-, han claudicado y han caído en la separación disciplinaria. Claro, no se puede saber de todo. Y menos ahora, donde Wikipedia ha preformado las formas de aproximación a la información, travestida de conocimiento.

El colectivo Pussy Riot llegó a todas las redes sociales y periódicos en 2012, por un vídeo en el que se burlaban de Putin y de la iglesia ortodoxa. Tres (Maria Aliójina, Yekaterina Samutsévich y Nadezhda Tolokónnikova) de sus supuestos miembros (¡o miembras!) fueron condenadas a dos años de prisión lo que provocó una ola de condena a la política rusa, especialmente de Amnistía Internacional. Este hecho, para un filósofo de bien, sería suficiente para considerar a las Pussy Riot revolucionarias, o como música verdaderamente implicada políticamente o algo por el estilo.

Quizá es que desde 2012 a 2017 las cosas se han calmado o es que es difícil mantenerse o que la lucha nunca se llevó a la práctica artística. Pero lo de ayer en la HKW fue una burda banalización del arte comprometido. Lleno de clichés y supuestos tabúes sociales que se saltaban a la torera, el concierto de las Pussy Riot fue más una especie de montaje escolar bastante caro más que un espacio de protesta serio dentro de las herramientas de la música y la performance. Coreografías dignas de las Spice Girls (las cuales, al menos, no tenían más pretensiones que las que mostraban fríamente en sus vídeos y explotaban su caricaturización como la del tertuliano de los programas del corazón), letras que se podían resumir en “somos super malas y antisistema, míranos, ¡qué provocación!” y una estética dudosamente feminista definieron su espectáculo. Su música, fácilmente bailable, tenía a gran parte del público haciendo lo que tenía que hacer, bailar, mientras veían su conciencia política dirigirse a la estratosfera. En resumen: la simplicidad fetichizada. Incluso, pensaba yo en mi butaca, suponiendo que todo fuese adrede, que se mostrase sin tapujos las herramientas más básicas de la industria cultural (rítmicas dignas de los coches más bakalas del barrio, la dicotomía simple entre el policía y las presas -totalmente inesperado, claro-, bailecitos casi de para-para -para no sudar mucho, antes muerta que sensilla-, símbolos fácilmente politizados -bandera anarquista, por ejemplo- o la cosificación de la mujer con un acompañamiento basado en gemidos -tan moderno y rompedor que se nos borraba el verdaderamente erótico “Je j’aime ma non plus” de Brigitte Bardot y Serge Gainsbourg-), la puesta en escena era de una ingenuidad -en el grupo y presupuesta al público- casi insultante. Me enoja, no sé si se nota, que no se asuma un oyente inteligente, capaz de comprender estructuras complejas, de entender lo implícito. Me enoja, mucho más, la reducción de lo político al contenido (véase, en este caso, las letras) y se pase por alto la repetición de modelos de consumo en lo formal. La selección de rítmicas radicalmente comerciales o la puesta en escena adolescente (a là Britney Spears) disuelven de un plumazo las pretensiones políticas del texto, pues firman la paz con aquello que denuncian. Las situaciones límite, como la tendencia al ruido y a lo in-formal, el cuestionamiento del espacio ocupado por el artista y el oyente, la puesta entre paréntesis de las formas alienadas de cultura trascienden ese supuesto contenido y nos hacen ver que la forma es ya contenido. Qué tipo de ficción se abre cada vez que se articula una propuesta artística, qué tipo de colaboración (o negación de ella) se abre con el oyente, qué relación con la tradición de la que se viene (sí, también formal) son las claves, a mi juicio, para entender el compromiso con el posicionamiento político desde el que se “hace arte”. Se suele pensar  -peligrosamente- que la forma en que se articula un contenido es indiferente a él: si queremos denunciar a Rajoy, dará igual que sea en un soneto o en una canción. Error. No da igual. Porque mientras creemos que denunciamos a Rajoy en una canción de reguetón, por ejemplo, repetimos estructuras de poder que refrendan las políticas neoliberales de Rajoy. Se simplifica o, incluso, se obvia, lo que redunda en una igualación en el conocer, convirtiéndola en la mera confirmación de aquello que ya queríamos encontrar en el producto cultural. Si quier refrendar mi posición política, debo escuchar x o b, ver a o h películas, vestir de una forma y no otra y todas esas cosas. Las Pussy Riot colaboran en su conversión en producto en el que el oyente supuestamente comprometido se encuentra y se reafirma, y entiende inmediatamente la rebeldía en el irónico “I love Russia. I am a patriot”. A ver si vamos a empezar a reflexionar y se nos cae el chiringuito. Dice Rancière: “La política y el arte, como los saberes, construyen “ficciones”, es decir, reordenamientos materiales de signos e imágenes, de las relaciones entre lo
que se ve y lo que se dice, entre lo que se hace y lo que se puede hacer”.  El problema es, como en el caso de las Pussy Riot, cuando la “ficción” no abre otra ficción de lo posible, sino que confirma acríticamente lo existente. No hay una reordenamiento, sino que “se ve y se dice” lo que se espera que se vea y se diga. Es la obediencia radical. Obediencia, por cierto, viene de “audire”, de escuchar: literalmente se refiere al que escucha y hace lo mandado. No habla, no opina. Repite. Hace lo que le toca. Que esto no se enfatice es lo que ha llevado a que haya camisetas en el H&M que rezan “I am a feminist”. La capacidad de absorción de formas preestablecidas de articulación de “contenidos”, como formas petrificadas de salsa -que unifican un fenómeno muy complejo- o el uso del compás 4 por 4 o de la estructura armónica I-V-VI (si queremos dramatismo)-IV-I, son las que reducen la multiplicidad posible de la expresión cultural. Me explico: si siempre utilizamos las mismas formas, y éstas han venido articulándose por cierta adscripción a modelos de expresión (por ejemplo, las escalas menores son “tristes”, las mayores son “alegres”) no habrá forma de crear otras expresiones. Ya no solo de lo aún no expresado, sino también de lo que aún es invisible, inverbalizable, de lo que no tiene presencia porque queda fuera de las formas preestablecidas, cómodas, de creación. Eso por expresar, eso que aún no ha adquirido su forma, así como la búsqueda de formas no petrificadas, es la resistencia política desde el arte. Todo lo demás es, me parece, una tranquilidad falsa (e ideológica) de conciencia.

Marina Hervás Muñoz
Doctora en Filosofía, pero con tendencias melómanas y musicológicas. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos. Te invito a mi web: www.marinahervas.com
Las chicas son guerreras: superheroínas de película

Las chicas son guerreras: superheroínas de película

De un tiempo a esta parte estamos viviendo una evolución en los medios de comunicación y entretenimiento porque proliferan los personajes que tienen un perfil muy distinto al del prototipo de mujer que sigue siendo mayoritario en series, películas y libros. Esto es, lo que podríamos denominar «mujeres princesas» porque viven por y para ser rescatadas por un hombre y así supuestamente alcanzar la felicidad. Sin embargo, algo está cambiando, las chicas son guerreras, y nos podríamos plantear ¿por qué ahora hay esta explosión de superheroínas/personajes femeninos tan activos con un carácter tan marcado?


El tipo de protagonistas dependientes tienen una connotación histórica y cultural muy arraigada en la sociedad desde hace siglos y este estereotipo se repite constantemente ya adentrados en el siglo XXI y a veces nos llega disfrazado con dosis de (supuesto) humor. Sirva como ejemplo la serie La que se avecina. Aquí tenemos todo un elenco de personajes femeninos que, en su inmensa mayoría, están desesperadas por encontrar un hombre -pasada determinada edad nos transmiten que ya da igual el que sea porque lo importante es estar con uno- y hacen todo tipo de disparates para conseguirlo, incluyendo someterse a cirugía y mentir sobre si tienen o no hijos dependiendo de lo que esté buscando el hombre en cuestión.

Otro ejemplo lo constituyen las arquetípicas películas románticas en las que las mujeres suspiran y ponen ojitos (nada que ver con las miradas de la gran Marlene Dietrich) y todo tipo de mohines para enamorar a su objeto de deseo en situaciones en las que, de una o varias maneras, las protagonistas dependen del amado.

No obstante, algo está cambiando y cada vez podemos ver más mujeres de otro tipo tanto en las series como en la gran pantalla. Son inteligentes, independientes, seguras, fuertes, decididas y bellas. Luchan por lo que quieren en la vida, hasta de manera literal. Con el universo de los cómics Marvel y DC, se han hecho aún más populares las superheroínas como Viuda Negra de The Avengers (Los vengadores) y la película Wonder Woman (2017) fue un éxito en taquilla. En este último trabajo se nos muestra el lado humano de la supuesta hija de Zeus en esta versión y su capacidad de lucha a todos los niveles. Hay que resaltar el dato de que al contrario que sus compañeros masculinos cuyas películas podemos disfrutar desde hace años, Wonder Woman ha tenido una película propia en 2017 y que incluso se vaticinó que sería un fracaso. Cabe plantearse si es por el antecedente de la película Elektra (2005), por ser la protagonista encarnada por Gal Gadot una superheroína y/o si tuvo que ver en la formulación de esa hipótesis que la dirección estuviera a cargo de una mujer, Patty Jenkins.

Otro caso es el de la evolucionada Alice Abernathy, interpretada por Milla Jovovich en la saga de seis películas de Resident Evil (2002-2017), dirigida mayoritariamente por Paul W. S. Anderson y que está basada en una colección de videojuegos. Esta mujer se enfrenta a su amnesia, sus temores, malvados seres humanos sobrevivientes y un desolado mundo infestado de zombis y monstruos. Para ello cuenta con sus increíbles habilidades y su inteligencia.

Una de las actrices a quien más se ha criticado por cómo vive su vida es Charlize Theron, quien juega a placer en su papel de ¿heroína o antiheroína? durante todo el largometraje de Atomic Blonde (2017). Este personaje está sacado de la novela gráfica The Coldest City (2012) de Antony Johnston y Sam Hart. En esta película vemos a una mujer con lesiones por todo el cuerpo tras haber realizado su trabajo como espía más que eficaz, luchando en la época de la caída del muro de Berlín en 1989 y además podemos escuchar una banda sonora representativa de esa década. Ella es preciosa, inteligente, eficaz y letal. 

 

Tal vez el ejemplo más notorio de los últimos años de que las chicas son guerreras, lo tenemos en Game of Thrones (Juego de tronos). Hace un tiempo escribí sobre cuatro de las mujeres que son reinas de hielo y fuego en esta serie (las que encabezarían este elenco serían las reinas Cersei Lannister y Daenerys Targaryen) pero podría incluir a muchas más por diferentes razones. Aquí nos volvemos a encontrar con superheroínas y antiheroínas, con y sin poderes, que luchan por ellas y por lo que quieren. Son inteligentes, astutas y casi todas son letales con estilos muy dispares.

Esta evolución que podemos contemplar en la pequeña y en la gran pantalla, en general, está sacada del mundo de la literatura, de los videojuegos y del cómic, donde las protagonistas no están tan limitadas como estamos acostumbrados a ver. Dejando a un lado la importancia que supone la industria en todo esto, lo que planteo es ¿por qué no seguimos con esta re-evolución y que se extienda a otros/todos los campos?

(Foto: fotograma de Wonder Woman)

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.
Game of Thrones. Reinas de hielo y fuego

Game of Thrones. Reinas de hielo y fuego

Una de las muchas características de la gran serie Game of Thrones (Juego de tronos) es estar ambientada en una edad antigua con similitudes con la Edad Media. En ella, los personajes se debaten en una lucha constante con el entorno, los seres de su alrededor y también con contiendas internas entre lo que les dicta la razón y lo opuesto que dictaminan sus sentimientos. Entre estas deblaques, el escritor George R. R. Martin y los creadores de la serie David Benioff y D. B. Weiss, nos hablan sobre temas tabús como la locura, el incesto, toda clase de tendencias sexuales, el asesinar a familiares, las torturas o el fanatismo.

Por si todo esto fuera poco, en esta era las mujeres no tenían derechos y estaban sometidas al destino y el libre albedrío de su padre, de su marido o del hermano primogénito. Sin embargo, en Game of Thrones nos encontramos ante un elenco de buenas actrices que encarnan a mujeres que se saltan todo tipo de convencionalismos. He seleccionado algunos de estos grandes personajes que son reinas de hielo y fuego por distintas razones.

Comenzamos con Daenerys Targaryen. También conocida como Mhysa (madre), Khaalesi o madre de dragones, entre otros nombres. Emilia Clarke le da vida a esta chica tímida y temerosa sometida a las amenazas de su hermano Viserys Targaryen mientras viven en el exilio. Sin embargo, consigue ir convirtiéndose en una mujer espléndida ante quienes todos se rinden. Posee un gran carácter a la par que compasión pero si bien tiene buen corazón, se muestra implacable con sus enemigos y quienes la traicionan. La mujer que se repuso a la pérdida de su amado marido Khal Drogo (interpretado por Jason Momoa) y de su hijo, renace cual ave fénix de las cenizas con sus tres hijos, bebés dragones con los que está conectada y a los que ama: el gran Drogo (en la foto), Rhaegal y Viserion. El primero se llama así en memoria de su marido y los otros dos por los hermanos fallecidos de esta reina. Con el tiempo esta peculiar familia se irá haciendo cada vez más fuerte y poderosa y ella conseguirá ser reina de un vasto imperio por sus propios medios. En este mundo todos temen que Daenerys Targaryen reclame todo aquello de lo que es dueña por legítimo derecho y por méritos propios. Como dijo en un capítulo a Tyrion Lannister (interpretado por el fantástico Peter Dinklage): «No voy a detener la Rueda, voy a romper la Rueda».

Toda heroína necesita una antiheroína y esta es la reina Cersei Lannister (a cargo de la interpretación de Lena Headey), quien es la hermana mayor de Tyrion y a quien desea la muerte desde que nació porque su madre murió en el parto de este. Es la hermana melliza de Jaime Lannister a quien ama de todas las formas posibles. Si algo nos dejan claro sobre la reina Cersei, es que los convencionalismos no pueden pararla. Es muy consciente de los horrores que le aguardan a cualquier niña en ese mundo porque ella lo vivió cuando su padre Tywin Lannister le obligó a casarse siendo muy joven con el rey Robert Baratheon. También odiaba a su marido y consiguió asesinarle para ser la reina regente, después la reina madre en dos ocasiones y, por último, se convirtió en la primera reina de Poniente. Por ser mujer es subestimada en muchas ocasiones pero con Cersei hay que tener mucho cuidado porque detrás de su belleza, hay una gran inteligencia maquiavélica que hará todo lo que sea necesario por su familia, especialmente por sus hijos (fruto del incesto con su hermano: Joffrey, Myrcella y Tommen). El verdadero fuego de este personaje es su inmenso amor como madre. Pueden amenazarla directamente, no inmutarse y crear un plan para vengarse pero en lo concerniente a sus hijos, estaría dispuesta a arrasar ciudades hasta convertir los cimientos en ceniza. O aprovechar que sus enemigos están en el mismo lugar para volarlos por los aires.

Olenna Tyrell es la matriarca de la casa de Altojardín y la apodan «la reina de las espinas». Tras un aspecto de abuela adorable a cargo de Diana Rigg, nos encontramos ante una mujer con una gran inteligencia y astucia, muy superiores a las de la mayoría de los personajes. Tiene el don de ser muy clara y directa, incluso con las reinas Cersei o Daenerys. Es capaz de tener un comportamiento entrañable mientras ejecuta el asesinato del psicópata rey Joffrey sin provocar la mínima sospecha. Todo lo que hace es por proteger a sus amados nietos, Margaery y Loras Tyrell, y es una auténtica leona que defiende a sus cachorros y les venga a cualquier precio. Es tan buen personaje que mantiene su agudeza, «sus espinas» y grandiosidad hasta el final.

Arya Stark (interpretada por Maisie Williams) es de las pocas féminas de la casa Stark, a cuyo frente está su padre Ned Stark, señor de Invernalia y guardián del Norte. Desde pequeña, Arya muestra que no está conforme con dedicarse a labores consideradas apropiadas para las mujeres (de hecho, es el polo opuesto a su hermana Sansa). Quiere aprender a luchar, algo que le confía a su hermano Jon Snow (criado como el hijo bastardo de Ned Stark) y él le regala una espada a la que apoda «Aguja». Ante la ejecución de su padre y más tarde los asesinatos de su madre y su hermano mayor Rob, decide que se vengará de todos los que le hicieron daño a su familia, por lo que crea una lista de personas a las que matará y que repite cada noche antes de dormirse. Aun siendo muy joven, recorre el mundo para llegar a la ciudad de Braavos, donde le enseñan a convertirse en una asesina muy eficaz, lo que conlleva un duro y curioso entrenamiento. ¿Cumplirá toda su venganza? Desde luego está en buen camino.

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.
¡Bailad lo que yo digo, malditos!

¡Bailad lo que yo digo, malditos!

¿Se habrán enterado ya Las Vulpes, el grupo punk de los años ochenta, de que una institución gubernamental ha incluido su canción Me gusta ser una zorra en una lista de reproducción de canciones “adecuadas” para las fiestas de verano de las ciudades y los pueblos de Euskadi? ¿Tomarán como un triunfo el hecho de que su subversivo mensaje haya conquistado el terreno de lo políticamente correcto o, por el contrario, lo vivirán como la derrota definitiva del punk y de lo que quisieron representar? Más aún, ¿estaría la canción original de Iggy Pop I wanna be your dog en esta lista?

¿Qué opinará Shakira, si es que le importa, de que su canción Me enamoré, en la que narra su profunda historia de amor con el futbolista Piqué, haya sido considerada peligrosa por estas mismas instancias gubernamentales por avivar el sexismo que tantas formas toma en nuestra sociedad actual? ¿Sentirán ella y Luis Fonsi -cuya canción Despacito también ha sido excluida de la lista de canciones adecuadas- angustia al pensar en el prematuro y amargo final de sus carreras porque, al estar en la lista negra, ya nadie más bailará sus canciones?

¿Estará Calle 13 brindando con piña colada en alguna playa de Puerto Rico para celebrar que esta misma institución pública no haya considerado sexistas versos como “súbete la minifalda hasta la espalda” o “yo también quiero consumir de tu perejil” de su canción Atrévete-Te-Te, sino que haya tenido el privilegio de verlos incluidos en la playlist de canciones empoderadoras y decentes?

Sirvan estos ejemplos para retratar la aleatoriedad con la que Emakunde-Instituto Vasco de la Mujer, a través de su plataforma Beldur Barik (Sin Miedo), ha seleccionado una lista de reproducción en Spotify de unas doscientas canciones “libres de sexismo” con la intención de concienciar y evitar ataques machistas durante las fiestas. El hecho de que una institución pública pretenda decidir, con un criterio absolutamente sesgado y casi azaroso, lo que debemos o no bailar en estas fiestas populares debería, antes de a abrazar la decisión con entusiasmo por el discurso buenista bajo el que se escuda, incitarnos a la reflexión.

Dicen en la página web de Beldur Barik que “la música no es machista. Ahora, otro cantar es la utilización que hacemos [de ella].” Y añade más adelante que “(…) si quieres bailar twerk… ¡hazlo! Pero que tengan clarito que lo haces por ti, porque tú quieres. Y si quiero bailar para seducir a alguien, para entrarle, porque quiero que me miren… ¡ya te vas a enterar!… y lo haré porque yo quiero”. El problema no parecería estar, por tanto, en la música, sino en el uso que hacemos de ella. Pero, por otro lado, no parece haber inconveniente en que las mujeres hagamos el uso que nos dé la gana de esa música. Si esto es así, el problema no estaría ni en Despacito ni en cómo la bailo, sino en que no tengo por qué ser acosada ni por mi gusto ni por el modo de bailarla. Entender, pues, ciertas canciones como las causantes del machismo y de la desigualdad entre sexos, más que una denuncia del problema, es un planteamiento reduccionista y simplista. Pretender, además, con su veto, que este gravísimo problema desaparezca y dar a entender que, al ritmo de Paquito el Chocolatero o Pajaritos -que sorprende que no están en la lista-, o al de Las Vulpes o Calle 13, el problema de la violencia sexista en las fiestas va a verse disminuido es, además de muy ingenuo, bastante peligroso.

Por un lado, se criminaliza a las personas que disfrutan con un cierto tipo de consumo cultural, llegando así a la simplificación más absoluta del problema al reducirlo al absurdo silogismo de “si te gusta Despacito, eres un acosador en potencia”. En la misma lógica, se premia a las personas que encajan en lo que la institución vasca ha declarado ser el consumo musical que fomenta la cultura igualitaria y democrática, llegando al mismo reduccionismo de que “si te gusta Skalariak, eres mejor persona”. Y se olvida, de este modo, que el problema del machismo es transversal y que, al englobar a personas de todas las clases sociales y gustos culturales, se revela como un fenómeno hondamente arraigado y enquistado en la sociedad.

Por otro lado, nos encontramos con el peligro que suponen los vetos y las censuras. Y es que, cuando las instituciones públicas se toman la licencia de hablar desde un púlpito y asumir un papel cuasi-religioso, enviando mensajes morales sobre lo que está bien y lo que está mal en cuanto al consumo cultural, se plantea un problema de mayor calado. Si Despacito es la canción más reproducida de la historia, habrá que analizar por qué sucede, pero optar por la vía del veto y la censura no parece ser la mejor idea. La solución, más compleja y de más a largo plazo, parecería, más bien, consistir en educar el pensamiento crítico de los jóvenes, en tratar de que desarrollen las herramientas necesarias para desenvolverse en el mundo de manera libre y hacerse conscientes de lo que consumen y cómo lo consumen. Otras maneras de querer atajar el problema podrían derivar en otro mayor. Porque, tal y como puede comprobarse aquí, la playlist de Emakunde es un batiburrillo de canciones que ciertas personas consideran adecuadas para la construcción de un Zeitgeist a su medida. Y este es el gran problema: el hecho de que la institución se atribuya, de un lado, la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, arrogándose una función moralista que no le corresponde, y, de otro, abuse de su poder, imponiendo el consumo cultural que considera adecuado. Cuando, según están las cosas, la cuestión es, creo yo, que las mujeres podamos bailar lo que queramos y como queramos, sin miedo a que nadie nos acose. Si no, que se lo pregunten a Las Vulpes, que, como dicen en esta entrevista, hubo quienes “entendieron mal” el mensaje de su canción y, entre otras lindezas, las llamaban zorras. No se trata, pues, de que la música sea o no machista, sino de que son los machistas los que utilizan hasta la música -y todo tipo de músicas- para comportarse como tales. Y esto ni se arregla ni se reduce recomendando arbitrariamente canciones.

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.
Palabra de blogger. El (pseudo)feminismo influencer

Palabra de blogger. El (pseudo)feminismo influencer

Nos hemos acostumbrado a vivir con los anglicismos blogger e influencer y parece que estar asociado a uno de esos términos (o a ambos) permite decir todo lo que se nos ocurra al amparo de las redes sociales, sobre todo cuando estos nuevos gurús escriben sus ideas basándose en un blog de humor. Pero ¿a qué le estamos dando a me gusta, qué estamos compartiendo realmente?

Desde hace tiempo me llegan algunas publicaciones de una serie de blogueras que en principio reivindican el feminismo y cuyo mensaje viene a ser, grosso modo, que las mujeres puedan hacer lo que quieran. Hasta ahí me parece bien y es algo por lo que se lleva luchando desde hace siglos. No obstante, en cada escrito veo que ese feminismo no es tal y que se basa en estereotipos, lo cual es una auténtica paradoja. ¿Por qué? Para empezar, los colores que utilizan en sus publicaciones suelen ser tonos pasteles donde el rosa habitualmente predomina sobre los demás. Asocian sus blogs -y por extensión los productos que venden- con estas tonalidades, algunas de las cuales tienen, por ejemplo, los siguientes significados según el marketing:

  • El rosa está asociado a lo femenino y al romanticismo. En tonalidades más claras se vincula con la inocencia y la niñez.

  • El morado/violeta va de la mano del lujo, el poder y la creatividad.

Lo que sucede a menudo cuando una bloguera tiene éxito, es que las empresas se interesan en ellas para asociar su merchandising y aquí aparecen toda una serie de artículos de papelería plagados de color rosa, purpurina, unicornios, citas vacías y absurdas, piruletas, corazones, imágenes de ropa y zapatos de tacón, arcoíris y plátanos a medio pelar (¿sabrán lo que nos quiso decir Andy Warhol?). Parece que son productos pensados para nosotras y que en el siglo XXI seguimos con el rosa, las tonalidades suaves y una serie de imágenes asociadas con las mujeres.

En mi acercamiento a estos blogs, me encontré con algunos casos en los que el referente para ser «divinas y fabulosas» -uno de los mantras que repiten hasta la saciedad- es ni más ni menos que la serie Sex and the City (Sexo en Nueva York), la cual empezó en 1998 y acabó en 2004. Además, tuvo sus secuelas en la gran pantalla en 2008 y en 2010, las cuales fueron dirigidas por Michael Patrick King. A través de diferentes posts se nos pone como modelo a cuatro personajes que en aquella época abrieron un campo no tan trillado sobre relaciones de todo tipo partiendo de su amistad. Y el lujo, los locales de moda y las compras (como afición -un tanto- compulsiva y para llenar vacíos existenciales). Y el monotema por no poder ni querer vivir sin un hombre, sobre todo en el caso de la protagonista, quien en cierto momento prefiere gastarse el dinero del alquiler para comprarse un vestido para estar -cómo no- fabulosa para darle envidia a la nueva pareja de su ex. ¿De verdad este es el referente ideal?

Quise ponerle banda sonora a este texto y elegí la canción Barbie Girl (1997) del grupo danés Aqua

Porque proliferan las cuentas y los blogs que incitan a estar estupenda y/o luchar contra el machismo con la imagen de Barbie. Sí, de nuevo parece que eligieron la ironía (o mejor entenderlo así). ¿Por qué digo esto? Pues porque la muñeca Barbie se creó en 1959 y durante décadas ha servido para poner en el mercado a través de los juegos toda una serie de estereotipos sexistas. En ellos, esta muñeca simbolizaba la perfecta ama de casa en un mundo coloreado de rosa en el que esperaba a su pareja arreglada y a la moda. «Divina y fabulosa», qué casualidad… Otra de las controversias son sus proporciones corporales, que eran tan irreales que durante los últimos años la empresa Mattel las ha ido modificando para tratar de ajustarse a un modelo más real. Sucedió lo mismo con los colores de pelo, ojos y tonos de piel y además se fueron añadiendo cada vez más profesiones para ir acercándose a una mujer competente e independiente. Esta empresa dio un paso más cuando en 1992 creó una Barbie que hablaba y decía cosas que en la serie The Simpsons plasmaron en una gran crítica de un juguete con muchísimas similitudes llamado Stacy Malibú.

Esto nos puede llevar a plantearnos, ¿la imagen de esta muñeca es la más idónea para hablar sobre feminismo y combatir el machismo a través de diversas cuentas y blogs en redes sociales en las que -de manera no tan paradójica- predominan los clichés sobre las mujeres?

También hay que destacar el vocabulario que utilizan determinadas blogueras, con términos tan prolijos como «amigui», «foti» o «guapi». Esos diminutivos no existen -de momento- en nuestro idioma y resultan ser una infantilización o/e idiotización del léxico con el que se relacionan con sus seguidores. En contraposición, otra de las expresiones (pseudo)feministas que suele aparecer es «loca del coño». Obviando lo soez que puede resultar, lo que me parece más peligroso es autodenominarse loca de algo. Este es un término con una gran variedad de acepciones y que se utiliza con demasiada ligereza aunque entiendo el (supuesto) humor y la ironía con el que lo aplican en los blogs. Sin embargo, habría que plantearse que además es una palabra que se ha utilizado desde hace demasiado tiempo para ridiculizar y menospreciar a las mujeres. Así que no es que seamos unas «locas del coño», es que no somos unas locas de nada. Seamos libres de ser y comportarnos como queramos sin utilizar este término con connotaciones negativas.

En definitiva, nos llegan mensajes de algunas blogueras que cada vez tienen más proyección en las redes sociales y que pretenden ser feministas pero a menudo solo se basan en ideas más bien vacías y en demasiados estereotipos sobre las mujeres. Porque está muy bien que te encante el rosa, los corazones, ir de compras y la sensiblería que nos venden pero todo eso no debería representarnos. De hecho, habría que ir muchísimo más allá para dar visibilidad a estilos de vida de mujeres de diversa índole que no se identifican con todo lo aquí visto y que realmente sí rompen barreras. 

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.
Juzgada y condenada por ser mujer. Sabias, la cara oculta de la ciencia (y la sociedad)

Juzgada y condenada por ser mujer. Sabias, la cara oculta de la ciencia (y la sociedad)

A lo largo de la historia se fue obviando el papel fundamental de las mujeres en el desarrollo de la misma. Sin embargo, desde hace unas décadas, se está tratando de recuperar su importancia a nivel general y también con su estudio en diferentes campos, tanto a nivel científico como divulgativo. Sobre este último, me encontré con otra novedad editorial este año: Sabias. La cara oculta de la ciencia, de la catedrática de Química Inorgánica Adela Muñoz Páez. Este es un libro ambicioso porque trata de poner en la palestra para el gran público a científicas de todas las épocas, es decir, que abarca miles de años con sus diferentes características históricas, sociales y culturales. Se centra en determinadas investigadoras de bastantes épocas y el estilo utilizado en la narración es asequible y entretenido. Por lo que con este amplio planteamiento me acerqué a diferentes especialistas. Voy a destacar algunas científicas de las que más me gustaron.

Comenzamos este gran recorrido con la gran Enheduanna, la suma sacerdotisa acadia que escribió su nombre, uno los primeros de los que tenemos constancia. Su cargo acarreaba una gran autoridad religiosa y política y también ser astrológa, lo que por aquel entonces estaba unido a la astronomía. Por si esto fuera poco, se trata del autor y poeta más antiguo conocido hasta la fecha. Imagínense el poder que pudo alcanzar esta mujer hace más de cuatro mil años.

Otro caso de la antigüedad es el de Hipatia de Alejandría (370-415 d.C.). Tal vez de las más conocidas en parte gracias a la película Ágora (2009) de Alejandro Amenábar. De nuevo nos encontramos con una mujer que adquirió un gran poder por su sabiduría e inusitada independencia en aquella época. Era hija y discípula del astrónomo Teón. Fue filósofa, astrónoma y matemática. Tuvo como alumnos a hombres que llegaron a ostentar importantes cargos, como Orestes. No obstante, debido a intereses políticos y religiosos, sufrió una cruel muerte y su cuerpo fue tratado con absoluto desprecio por todo lo que ella encarnó: mujer, independiente, sabia, científica, pagana. En el libro la autora afirma que fue asesinada como víctima colateral de la enemistad entre Orestes, prefecto imperial en Alejandría, y Cirilo, patriarca eclesiástico de esa ciudad. Sin embargo, en otros escritos no está claro el motivo por el que fue asesinada.

Dando un gran salto histórico conocemos a Gabrielle Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet, en la Francia del siglo XVIII. La sociedad se burló de ella cuando decidió dedicarse al estudio de las matemáticas y la física, para lo cual estudió las teorías de Isaac Newton y tradujo sus obras al francés. Debido a la larga tradición que asociaba la inteligencia a los hombres, Immanuel Kant, que la admiraba como pensadora, le dedicó las siguientes palabras: «Una mujer que es capaz de realizar complejas disertaciones sobre mecánica como la marquesa de Châtelet podría igualmente tener barba». Era una trabajadora incansable y tuvo como gran compañero en el estudio y en la vida al filósofo, poeta y dramaturgo Voltaire. Fue otro escándalo que convivieran y tal vez aún más que trabajaran juntos. De hecho, comenzaron estudiando la naturaleza del fuego y Breteuil escribió así su primera obra en 1739: Dissertation sur la nature et la propagation du feu (Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego).

En este libro hay un capítulo que me resultó controvertido: el dedicado a la española Oliva Sabuco. En su supuesta obra Nueva filosofía* (1587) se afirma que el conocimiento se adquiere por la experiencia, lo que fue una osadía al contradecir a Aristóteles, la gran figura en este campo durante siglos. O que el corazón no albergaba las emociones, sino el cerebro. Unas ideas revolucionarias. Al final de este capítulo aparece: «Una vez expuestos todos estos argumentos, consideramos que el mejor argumento a favor de la autoría de Oliva es la obra misma: su lectura no deja margen a la duda sobre la autoría femenina de la obra». Después de leerlo y no haber leído dicha obra, no me queda claro por qué es la autora y me abre algunos interrogantes. Por ejemplo, ¿al leer cualquier trabajo sabemos solo por el estilo que se trata de una escritora? Porque a lo largo de la historia hubo mujeres que utilizaron un seudónimo masculino para que su obra fuese publicada, como Amandine Aurore Lucile Dupin, quien firmaba como George Sand. En este caso, las afirmaciones de Muñoz Páez le conceden la autoría a la hija y no a su padre, Miguel Sabuco, como aparece en los catálogos:

Oliva fue considerada durante más de trescientos años como la única autora de la Nueva filosofía. Sin embargo, el descubrimiento en 1903 de unos documentos del bachiller Sabuco, en los que se declaraba único autor de la Nueva filosofía, fue suficiente para que los responsables de la Biblioteca Nacional consideraran probado que la obra había sido escrita por él. 

Esto me llamó tanto la atención que me puse en contacto con la Biblioteca Nacional y amablemente me explicaron toda la documentación que se ha utilizado y revisado para mantener como autor a Miguel Sabuco**. Sin embargo, podría modificarse en función de las investigaciones que se realicen.

Cambiando de campo, si nos preguntaran por una científica, probablemente nombraríamos a Marie Sklodowska-Curie. Veamos: era mujer, muy pocas universidades las admitían, era pobre, judía y una extranjera que quería investigar en París. Con estas circunstancias ganó el Premio Nobel de Física en 1903 (junto con Henri Becquerel y su marido Pierre Curie) y el Nobel de Química en 1911. Fue la primera mujer en obtener este galardón. En 116 años de historia se han entregado 809 premios y se les ha concedido a 35 mujeres. Es decir, que tan solo el 4,32% de los premiados han sido mujeres. Son unos datos escalofriantes. ¿De verdad hay tan pocas mujeres ilustres que no merecen esta gran distinción? Aunque no hace falta irse tan lejos, basta con mirar los datos de la Real Academia Española: en tres siglos solo ha habido 11 mujeres que hayan sido académicas.

En definitiva, nos encontramos ante una serie de figuras que nos muestran que hubo mujeres que lograron avances en la ciencia y que en pleno siglo XXI la mayoría siguen siendo grandes desconocidas. Conocemos una serie de tópicos históricos sobre la imposibilidad de las mujeres de ser inteligentes, la consiguiente mofa a nivel social y académico cuando intentaron estudiar e incluso la incompatibilidad de ser bella e inteligente. ¿Todo esto está obsoleto? Ojalá. Hace pocos días me sorprendió un artículo publicado en El País con el provocador título Pornografía y vigorexia donde, entre otros temas, el autor habla de la estética de la pianista Yuja Wang de la siguiente manera:

Menciono el caso de Yuja Wang por su minifaldas y por sus otras indumentarias atrevidas (la foto superior, en plan sesión sadomasoquista). Y no desde la mojigatería, sino desde el embarazo que proporciona la colisión entre las cualidades artísticas -las tiene la pianista china de serie, y las ha perfeccionado aún más en su promiscuidad musical con Radu Lupu y Kavakos– y la necesidad de construir un personaje.

Bien, llevar algo de cuero o látex no te hace pertenecer a la estética sadomaso. Desde luego sí me parece que la mojigatería está demasiado presente en ese artículo y que el meter la palabra promiscuidad para referirse al talento de esta pianista y su capacidad para tocar con intérpretes masculinos está totalmente fuera de lugar y tiene un doble sentido de muy mal gusto, algo que -dado el recorrido histórico realizado- parece seguir siendo habitual. Lo que me planteo es ¿se les analizaría de la misma manera si fuesen hombres? 

* El título completo es Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana.

** http://catalogo.bne.es/uhtbin/authoritybrowse.cgi?action=display&authority_id=XX2168643&index=LCNAME&lang=es

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.