Walt Whitman y el descubrimiento de Life and Adventures of Jack Engle

Walt Whitman y el descubrimiento de Life and Adventures of Jack Engle

Walt Whitman (1819-1892) es probablemente el poeta estadounidense más reconocido y uno de los nombres más consagrados de la literatura de ese país. Su obra emblemática, Leaves of Grass (Hojas de Hierba), ha quedado ya inevitablemente integrada en el catálogo de los imprescindibles de la literatura universal debido a su originalidad y a los elementos novedosos que, en su época, introdujo para la poesía (v.g. el verso libre).

A pesar del indudable mérito literario de Whitman, su nombre va ligado en algunos círculos, no tanto a su obra poética sino a la polémica que rodea a su figura. El poeta, nacido en Long Island, exalta abiertamente en su obra los placeres sensuales y el amor físico; esto, unido a su supuesto homosexualismo, ha dado pie a todo tipo de conjeturas e historias en torno a su vida y sus posibles amantes.

Lo cierto es que para todo aquél al que ni su nombre, ni su obra, ni su figura polémica le resulten familiares, puede que caigan en la cuenta de quién es este poeta si citamos los versos más famosos de su obra: “¡Oh, Capitán, mi Capitán!”. Éstos son los versos con los que comienza la elegía que Whitman dedicó a Abraham Lincoln y que se hicieron popularmente conocidos gracias a la película El club de los poetas muertos. La archiconocida escena final de esta película muestra cómo los alumnos, encabezados por Todd Anderson (Ethan Hawke), rinden homenaje al recién expulsado profesor Keating (Robin Williams), declamando estos versos de Whitman.

Ahora bien, aunque es cierto, como decía más arriba, que la obra más emblemática de Walt Whitman es Leaves of Grass (en la que está contenida, por cierto, la elegía a Lincoln), la obra de la que me voy a ocupar aquí es otra muy diferente.

Zachary Turpin, un estudiante de doctorado de la Universidad de Houston dedicado a investigar el legado de Walt Whitman, ha descubierto recientemente una nueva novela que el escritor publicó en 1852 de forma anónima en el periódico Sunday Dispatch. La novela, titulada Life and Adventures of Jack Engle: An Auto-Biography, está publicada en el reciente número 34 de Walt Whitman Quarterly Review, en una doble edición de la revista dedicada al descubrimiento de esta obra. El especial recoge también el minucioso estudio introductorio que escribe Turpin, autor del hallazgo, sobre Whitman, sobre Life and Adventures of Jack Engle y sobre la importancia de esta novela para su posterior obra poética.

Turpin detalla en su artículo cómo Whitman, antes de la publicación de Leaves of Grass en 1856, fue un exitoso escritor de ficción. Vinculado a trabajos de imprenta y en periódicos desde muy temprana edad, Whitman vivió sus mejores años como escritor de ficción en la década de 1840. En aquellos años publicó más de veinte cuentos en revistas de alto prestigio nacional como American Review o Democratic Review. Los cuentos, no muy originales y de una dudosa calidad literaria, tuvieron gran éxito entre el público de la época, éxito que le llevó a la redacción de su primera novela, Franklin Evans, or The Inebriate. De esta novela se vendieron aproximadamente veinte mil copias, cifra muy alta para la época; sin embargo, y a pesar de ello, Whitman renegó posteriormente de su obra de ficción porque consideraba, no sin cierta razón, que carecía de calidad literaria y la condenó casi al olvido cuando decidió consagrar su trabajo enteramente a la poesía, la cual rehacía una y otra vez, de forma un tanto obsesiva, con el ánimo de perfeccionarla hasta el límite (así pasó con Leaves of Grass, obra de la que Whitman publicó en vida nueve ediciones diferentes, pues hasta su muerte siempre la estuvo revisando, corrigiendo y aumentando).

Es en el contexto de esta primera época en la que Whitman se dedicó a escribir relatos de ficción en el que aparece Life and Adventures of Jack Engle, la novela por entregas que Whitman publicó de forma anónima en Sunday Dispatch. La novela, que ya ha sido catalogada de dikensiana, recoge para Turpin, además de la evidente influencia de Dickens, el estilo sentimentalista de las novelas estadounidenses de la época (como las de Fanny Fern, Maria Susanna Cummins o Lydia Sigourney).

Life and Adventures of Jack Engle no tuvo ni remotamente el mismo éxito que diez años antes tuvo la historia de Franklin Evans. Esto pudo deberse principalmente a dos motivos: el anonimato de la publicación y la poca publicidad que el propio Sunday Dispatch hizo de la novela. Como resultado del escaso éxito, o en paralelo a ello, Whitman condenó al olvido esta novela que nunca se volvió a publicar y de la que él apenas dio noticia de haber escrito. Pero ahora, 146 años después, Turpin saca a la luz esta obra que ya empieza a ser considerada por los estudiosos de Whitman como el posible mejor relato de ficción del escritor.

Como quiera que sea, la edición electrónica de esta novela de aventuras que publica Walt Whitman Quarterly Review (y que es de libre acceso) nos da ahora a nosotros la oportunidad de leer la obra para poder comentar próximamente, ya no la noticia del descubrimiento, sino la historia del joven Jack Engle propiamente dicha.

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
Suturas detectivescas. Sobre “Cementerios de neón”, la nueva novela de Andrés Felipe Solano.

Suturas detectivescas. Sobre “Cementerios de neón”, la nueva novela de Andrés Felipe Solano.

(Foto sacada de: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/andres-felipe-solano-los-vivos-son-falsos-muertos-articulo-679077)

 

Se estaban alejando a gran velocidad, como dos cuerpos celestes que se repelen.

Andrés Felipe Solano

Cementerios de neón

 

Pocos recuerdan que Colombia fue el único país latinoamericano en participar en la guerra entre las dos Coreas. Mucho menos se recuerda a los caídos colombianos en esa guerra violenta, algunos ni saben dónde están esos cementerios sobre los que se erigieron entonces dos naciones antagónicas y sobre los que hoy se levanta también la Colombia del posconflicto: entre Asia y Latinoamérica está ese locus común de la Guerra Fría, la guerra entre una izquierda y una derecha, una guerra que sigue intacta como una tumba incandescente. Nuestra propia tragedia ya estaba implícita entonces en una trinchera asiática. El escritor colombiano Andrés Felipe Solano, cuya primera novela ya ha sido discutida aquí en Cultural Resuena, ha sacado un nuevo thriller novelesco que se instaura entre estas dos naciones al parecer totalmente ajenas la una a la otra. Cementerios de neón es una novela a caballo entre Colombia y Corea del Sur, una novela policiaca que persigue lo que pareciera ser un secreto del espionaje anticomunista, pero que termina siendo una incursión al interior de sus propios personajes, esos seres opacos y escurridizos.

La novela relata la investigación de Salgado, un hombre tan miserable y perdedor como Boris Manrique —personaje de la primera novela de Solano, Sálvame, Joe Louis, tras las huellas de lo que pareciera ser el Otro, pero que no es más que él mismo. Ayuda a su tío, El Capitán, a buscar a Vladimir, un alter ego suyo que esconde un secreto con visos oficiales cuya naturaleza es más íntima de lo que se piensa. La persecución de un fugitivo que no es más que el reflejo del detective recuerda la prosa del mejor Bolaño o el mejor Piglia y se instaura en la tradición más clásica de la novela, es decir, en esa que ve el género novelesco como el retrato del individuo atrapado en su propio laberinto de soledad. Cementerios de neón no es solamente una apasionante novela policiaca, es un hermoso y poético viaje a un capítulo olvidado de la historia colombiana en el que se revela la esencia de los acontecimientos recientes. Por otro lado, la novela parece responder a impulsos vitales del mismo escritor, la necesidad de una sutura muy personal entre las dos naciones que han sido su hogar.

El estilo de Solano es simple sin dejar de ser poético, es chistoso sin ser liviano. La laboriosidad del lenguaje es innegable, corre riesgos zafándose de vez en cuando en un humor frívolo pero exitoso. La prosa de Solano tiene fuerza, es densa y electrizante.

En medio de velos y cortinas que van revelando historias ocultas, al final todo parece converger en un tema común: la novela de Solano es la historia oculta de un amor prohibido. Detrás de todo está una historia latente que aparece solamente representada, sugerida, viniendo constantemente como un recuerdo opaco. La novela es opaca y clara a la vez, da pistas para una lectura en movimiento constante, una lectura detectivesca que parece devolvernos una y otra vez a lo explícito, a la vida misma y los reflejos de un trasfondo que tal vez solamente es el vacío mismo. Es por eso que la novela se alinea con su primera predecesora, Sálvame, Joe Louis, donde el instinto detectivesco, el del lector, se ve siempre limitado por la inmediatez de la vida: detrás de todas esas historias está ese abismo, la soledad insondable, y todas ellas no son más que la vida misma hecha escritura.

Solano ha demostrado con su nueva novela que la promesa de grandeza literaria de sus libros anteriores será cumplida. La novela muy seguramente no pasará desapercibida en los próximos años y augura una producción literaria que exige ser seguida detenidamente.

 

 

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja como asistente investigativo en la Universidad de Salzburgo. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.
50 años con Mario… y con Miguel en la BNE

50 años con Mario… y con Miguel en la BNE

Fotografía con copyright de F. Heras tomada de aquí

Miguel Delibes es una de las plumas más destacadas del siglo XX español y, quizá, el gran icono literario de las tierras vallisoletanas. No se puede negar que el novelista legó importantes obras a la literatura: con El camino (1950) recorrimos la Cantabria rural junto a Daniel El Mochuelo, descubriendo el valor de la amistad y el fin de la infancia con las primeras experiencias relativas a la muerte; Quico, El príncipe destronado (1973), nos enseñó a entender los sentimientos de un niño en la vida cotidiana de una familia española de la posguerra; en El hereje (1998), Cipriano Salcedo nos hizo revivir el Valladolid de principios del siglo XVI bajo el reinado de Carlos V y en el contexto de la Reforma Protestante.

Las novelas de Delibes le merecieron casi todos los premios importantes de la literatura española, desde el Premio Nadal y el Premio Nacional de Narrativa (que ganó en dos ocasiones), hasta el Premio Miguel de Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Le faltó, para algunos inconformes, el Premio Nobel.

Con Nobel o sin él, su calidad literaria es ejemplar y, por ello, la Biblioteca Nacional de España rinde ahora homenaje a este autor y a una de sus novelas más emblemáticas, Cinco horas con Mario (1966). Del 7 de febrero al 2 de mayo de este año se podrá visitar en la sede de la BNE una exposición dedicada a dicha novela como parte de las actividades programadas desde el año pasado por el 50° aniversario de su publicación. Cinco horas son las que pasó con Mario Carmen Sotillo, su mujer, la noche de su velatorio, y cincuenta años son los que ha pasado ya Mario en la cumbre de la literatura española.

Las noticias de la efeméride y de la exposición me hacen recordar la novela, la historia de Mario, las palaras de Carmen y, por supuesto, a Lola. Porque Carmen Sotillo es y será siempre para el público español aficionado a la obra de Delibes, Lola Herrera. Nuestra querida Lola ha pasado con Mario más horas que nadie, podría ser que más horas incluso que el propio Miguel Delibes. Lola lleva interpretando el papel de Carmen desde hace más de treinta y cinco años (aunque no sea una misma puesta ininterrumpida, pocos actores en el mundo han interpretado en tantas ocasiones y durante tantos años a un mismo personaje).

Recuerdo haber visto en el teatro Cinco horas con Mario (y con Lola) hace ya varios años y recuerdo cómo Carmen, mi Carmen Sotillo, la que recreé en mi imaginación al leer la novela, tuvo un antes y un después, después de Lola. Al leer la novela Carmen me cayó mal; era para mí una mujer egoísta y frívola que reprochaba a Mario sus respetables principios (hay interpretaciones para todos los gustos sobre las virtudes –o no– de Mario y el descuido –o no– con el que se ocupaba de su vida marital); pero después de su reencarnación en Lola, después de ponerle voz y rostro, Carmen tomó otro cariz, uno más humano, más comprensible, menos reprobable. Resultó que Carmen, con todos sus defectos, era de carne y hueso, era humana, sentía, y aunque yo no compartía su visión de la vida, ya no podía censurarla sin más.

Cinco horas con Mario es una crítica social a la burguesía española de los años 60, pero más allá de esta importante y aguda crítica, la obra representa la necesidad de la reflexión personal, de una reflexión que parece que Carmen no podría haber hecho con Mario en vida. Sólo como consecuencia de la muerte de su marido, llega para Carmen el momento de enfrentarse a una necesaria meditación, visceral y de reproche al comienzo, y algo más cabal y autocrítica conforme pasan las horas.

El monólogo (monodiálogo en términos unamunianos) reflexivo en el que se enfrasca Carmen le es necesario para percatarse de los errores de la visión que sostiene sobre su matrimonio, su familia y su vida. Ese diálogo con uno mismo, esa reflexión, es la que necesitaba hacer también la sociedad burguesa española de la época y es la que necesitamos, más aún, hoy nosotros, nuestra sociedad: una reflexión seria y franca (a ser posible sin esperar a tener el cadáver de un ser querido ante nosotros) sobre nuestras aspiraciones, expectativas, frustraciones y valores, para devolverle a cada uno de estos aspectos la dimensión que le corresponde.

Por lo pronto (y en lo que nos animamos a la reflexión) queda abierta la exposición para ir a pasar, si no cinco horas, al menos sí un rato con Mario y con Delibes.

Licenciada en cosas pero sobre todo amante de la pizza. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos.
El principio del fin: sobre el documental Omega

El principio del fin: sobre el documental Omega

OMEGA

¡Las hierbas!
Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta.
¡¡Las hierbas!!

Federico García Lorca

Este documental relata el proceso de creación de uno de los discos que revolucionó el panorama musical en los años 90. Imagínense un cantaor flamenco acompañado de una  banda neo-punk cantando versos de Federico García Lorca con melodías de Leonard Cohen.

En su nacimiento el proyecto se situaba en esa fina línea entre la incomprensibilidad y la genialidad, Enrique Morente y Lagartija Nick se embarcaron en una fusión muy arriesgada para la época que les llevaría de Granada a Manhattan.

El disco fue grabado en Armilla, una pequeña localidad cerca de Granada. Allí los ritmos de bulerías tocados con batería mientras guitarras eléctricas y flamencas lo acompañaban,  podían transportar a cualquiera al mismísimo Sacromonte donde la rutina era una ruina y la única salvación tenía un sonido cuasi ditirámbico.

A lo largo del documental se puede apreciar que muchas veces ni ellos mismos eran conscientes de lo que estaba pasando en esa sala, pero aún así mantenían una fe ciega en el proyecto. La fusión que se hizo en Omega no fue bien recibida en los pequeños círculos del flamenco los cuales defendían que eso era simplemente ruido y un insulto para lo que el flamenco significaba, sin embargo tuvo una gran acogida en otros sectores de la población. En aquél momento se estaba viviendo un punto de inflexión en la ciudad de Granada y más concretamente en la cultura del flamenco, éste se había fusionado con un género audible y comprensible para la gran mayoría de la población, el rock,  acercando al pueblo lo que es del pueblo y lo que le corresponde: su espíritu

Indudablemente este movimiento ya fue iniciado por Paco de Lucía y Camarón, aunque a mi modo de ver Omega significó una ruptura con todo lo anterior tal y como había sido conocido. Dijo Camarón en una entrevista que flamenco solo hay uno: el que se siente, y partiendo de eso hay diferentes palos: alegrías, bulerías etc. Entonces, si el flamenco se caracteriza por el sentimiento podríamos ver Omega como la exaltación del mismo.

En el documental se puede disfrutar de contenido audiovisual inédito que se conserva de la época, así como testimonios actuales de los que vivieron y compartieron aquel momento: Estrella Morente, Tomatito, Alberto Manzano, Laura García Lorca (sobrina del poeta y presidenta de la fundación), Leonard Cohen, Antonio Arias y Lee Renaldo.

Tal y como su nombre vaticinaba este proyecto fue el principio del fin, hubo intentos desesperados por retomar la vereda que había sido abierta pero nada estuvo a la altura de Omega. A lo mejor su poco reconocimiento se deba a que fueron unos adelantados a su época, o  que simplemente fueron unos locos jugando como niños con los sonidos.

¡Quién sabe! Lo importante es que lo hicieron.

 

https://www.youtube.com/watch?v=TLGw54lrnKg

Marina (1992, Madrid) Graduada en Filosofía (Universidad Complutense, 2014) se trasladó a Granada a cursar el máster de Formación de Profesorado. Un poco desencantada con el sistema educativo decidió apostar por la cultura y ahora cursa un máster de Gestión y Dirección de Industrias Culturales y Creativas en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Es una gran apasionada de la música, gastronomía, deporte y cultura. Posee el título de técnico deportivo de esquí alpino y compagina sus estudios con su actividad profesional.
Música navideña para almas endurecidas

Música navideña para almas endurecidas

La navidad no sería navidad si no fuera kitsch. Por eso, en Resuena  hemos decidido aumentar tu colección de posesiones de vídeos y fotos cutres sobre chorradas navideñas con los peores (?) discos y canciones navideñas. Esto tiene que saber, inútil, pero saber. No nos detendremos en el análisis detallado de porqué son kitsch. Esperamos que hablen por ellos mismos.

Raphael siempre nos da sorpresas (y también su público, donde desde hace unos años se encuentran los más hipsters de los hipsters (sic)).. Como este disco de 2015 en el que se mete a cantar con la banda de Frank Sinatra… Lo que pasa que sin ser Frank…

Si tu plan para estas navidades es cortarte las venas, te dejamos Wishing for a Christmas Miracle with the Micah P. Hirson (nos da especialmente pena la de “Please Daddy Don’t Get Drunk in Christmas”. Pobre. Jo). Eso sí, para compensar, nos regala un remix subidón al final para la tristeza.

Tiny Tim nos regala su peculiar voz para este disco de 1994.

Y para compensar(?) tales esperpénticas sonoridades, volvemos al rock and roll…

Uno de nuestros favoritos es Christmas in the stars, donde R2D2 y C3PO de Star Wars cantan a la navidad. Es taaan mono ver a Chuwi haciendo los coros

El ganador para siempre va a ser este disco de 2005 que podría no haber salido nunca y la humanidad habría sido más feliz. “Adeste Fedeles” (sic) o “Lej nij stralen kersen in ale jersen, etc.” o algo así (y que conste que yo hablo alemán… pero esto parece danés o finés) para sus oídos…

Y ahora viene la sección de temazos:

¡Ay mamasita, ya tú sabes con Santa!

La gran canción en la que se nos cuenta que Santa Claus tiene sida… (!!!!)

Eh, eh, y se pensaban que sólo gente random hacía cosas random… ¡¡Pues no!! Los Jackson five nos cuentan su trauma de ver a su madre dándose el lote con Santa…

¡Esperamos haberte dado ideas suficientes para lo que no escuchar estas navidad! ¡O sí, depende a quién quieras eliminar de tu lista de amistades!

El Golem y nosotros. Sobre la exposición “Golem” en el Museo Judío de Berlín.

El Golem y nosotros. Sobre la exposición “Golem” en el Museo Judío de Berlín.

Foto sacada de: http://www.exponiert.berlin/expb11-juedisches-museum-berlinjuna/

¿Qué tiene de judío un robot? ¿Qué papel juega hoy en día la cábala en nuestra forma de ver el mundo? ¿Qué hay en común entre poesía, inteligencia artificial y religión? Estas preguntas están en el centro de la extraordinaria exposición del Jüdisches Museum de Berlín que lleva el lacónico título de „Golem“. La exposición no pretende solamente mostrar la historia de un tópico literario importante, más bien trata de llegar hasta el fondo de un imaginario, y sí, de una metáfora en el sentido de Blumenberg que nos revela una pregunta esencial del ser humano, una pregunta en torno a un misterio insondable: la creación de la vida. La figura del Golem, ese monstruo cabalístico que se levanta por medio de la magia del lenguaje para proteger una comunidad judía, o bien a veces para destruirla, es una figura que no se agota en el ámbito de la mística judía y que viene a echar raíces en muchísimos otros ámbitos. Ese es el propósito de la exposición del museo judío de Berlín, cartografiar la red de influencias de esta metáfora singular, desde Meyrink hasta Borges, desde Loew hasta Los Simpsons, desde Wegener y Scholem hasta Trump y el iPhone.

 El Jüdisches Museum de Berlín siempre se ha caracterizado por su esfuerzo en abrir espacios de pensamiento; sus exposiciones no se limitan a informar, más bien postulan y proponen, exponen y abren espacios para nuevas formas de pensar, para nuevas hipótesis sobre la historia y sobre la sociedad. El museo logra mostrar por medio de sus exposiciones interactivas cómo el judaísmo con toda su complejidad y profundidad, sigue estando en el centro de nuestro pensamiento occidental y cómo sus influencias en la cotidianidad europea no se agotan en el recuerdo del holocausto sino que van más allá, o bien están más cerca de lo que creíamos. El museo pierde su forma estática y se vuelve carne, cotidianidad, presencia constante en el mundo. El museo revela cómo ciertas formas del pensamiento judío poco conocidas están implícitas en nuestra cotidianidad, siguen allí latentes y revelando así una poética judía que sigue creando nuevas formas, una poética que sigue en emergencia. Por medio de la contraposición de la cultura popular europea (y sobre todo la cristiana) con la ‘otra’ cultura judía, se logra abrir un espacio de investigación contrastiva y comparativa en la que el espectador mismo crea los lazos y logra sondear el Otro en nosotros mismos. El judaísmo logra por medio de estas exposiciones retomar el puesto que tenía antes de la segunda guerra mundial, ese puesto siempre existente y esencial en nuestra cultura cristiana. La exposición del Golem es un muy buen ejemplo de esto, es decir, de cómo un objeto de estudio académico y meramente religioso viene a exponerse con su gran bagaje cultural y su presencia innegable en el día a día de la sociedad de occidente.

Para nadie es un secreto que la idea de la “inteligencia artificial” ha minado nuestro imaginario popular desde hace siglos. Podríamos pensar en la película de Steven Spielberg A. I. Artificial Intelligence (2001), que representó en la pantalla grande de Hollywood un idea que anticipaba la película de Spike Jones Her (2014) o bien el dispositivo de Apple Siri. Esta idea tiene sin embargo precursores que se encuentran mucho más atrás en la historia de lo que muchos creerían: bastaría nombrar a Frankenstein (1818) de Mary Shelley o bien Le avventure di Pinocchio (1881) de Carlo Collodi o  L’Ève future (1886) de Auguste Viliers de L’Isle-Adam. Sin embargo la idea profunda detrás de la inteligencia artificial, es decir aquella referencia a la artesanía o  creación de la vida (la cual viene a encontrar también un actualización de alto impacto en el desciframiento del genoma humano) contiene en su interior a la figura del Golem, una figura que juega un papel cultural importantísimo en la tradición de la mística judía y sobre todo en sus rituales. El mostrar el origen específico de esta figura es casi imposible (podríamos encontrarlo en el Rabbi Juddah Loew o en escritores como Gustav Meyrink o en los estudios cabalísticos de Gershom Scholem), ya que éste está implícito en el imaginario de toda nuestra cultura europea. Es por eso que el Museo Judío de Berlín trata de cartografiar el completo mapa cultural que revela la complejidad de esta metáfora que responde a una pregunta esencial del ser humano: ¿podemos crear la vida como creamos un artefacto? ¿Podemos imitar a Dios en su creación? ¿Es la creación de Dios una artesanía de tierra, como se podría encontrar el Popol Vuh? ¿Es Dios un relojero (a propósito de William Paley) o bien un escultor? ¿Si creamos vida se revelará en contra de nosotros? ¿Qué ética nos permite crear vida y qué estatus social tendría ésta? El ser humano no se ha agotado de darle forma a esta imagen que responde a un misterio que nos seguirá agujereando el cerebro hasta el fin de nuestros días. Es una imagen que remite a un problema ontológico y antropológico, cuyas repercusiones culturales y políticas son innegables. He allí el gran mérito y actualidad de esta exposición que podrá ser visitada hasta el 29 de enero en Berlín.

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja como asistente investigativo en la Universidad de Salzburgo. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.