Ray Chen y Xian Zhang se adentran en el mundo de la ficción

Ray Chen y Xian Zhang se adentran en el mundo de la ficción

A un día de la gala de los Oscars de este año, el 23 de febrero tuvimos el placer de disfrutar en la sala 1 de L’Auditori de un concierto ambientado en las bandas sonoras, puesto que dos de los compositores programados fueron premiados en su dia con una estatuilla. La OBC, dirigida por la reconocida directora Xian Zhang, interpretó en la primera parte del concierto la Internet Symphony núm. 1 de Tan Dun y el concierto de violín de E. W. Korngold, protagonizado por el violinista Ray Chen, y en la segunda parte la suite sinfónica Shéhérazade, de Rimski-Kórsakov.

La obra de Tan Dun, compuesta para que pudiera ser retransmitida y colgada en Youtube –y por lo tanto de poca extensión si la comparamos con una sinfonía clásica-, nos recuerda al mundo de las bandas sonoras, por ser una obra efectista, con gran cantidad de contrastes, y donde se utiliza mucho la percusión, algunas técnicas de instrumentos como los pizzicatos de la cuerda y glissandi de los vientos con y sin sordina, así como trémolos en el arpa etc. Un instrumento que llamó mucho la atención y a primera vista se podría indentificar erróneamente como percusión oriental serían los frenos de disco, colgados como si fueran un gong entre la percusión, y que introducen una sonoridad particular al conjunto, igual que lo hacen el sonido de las llantas y en general efectos acústicos relacionados con automóviles, que ambientan la obra en la sociedad contemporánea. La OBC supo interpretarla de manera muy resolutiva y dinámica, funcionando muy bien como pieza introductoria del concierto.

Inmediatamente después llegó el turno del Concierto de violín de Korngold con la entrada de Ray Chen al escenario, violinista internacional de gran acogida mediática -también en plataformas como Youtube o Instagramhaciendo su segunda aparición en el Auditori (la primera en 2017 con la Serenade de Bernstein, artículo aquí), y quien con su habitual energía, simpatía y gran presencia en el escenario, cautivó al público desde el primer momento.

La imagen de Ray Chen en el Auditori, comentada con gran sentido del humor por el solista, se ha convertido en un meme que se ha expandido rápidamente por las redes sociales incluso al día de hoy, dando lugar a imágenes muy creativas.

Comentario del violinista: “Al principio estaba feliz de haberme convertido en un meme. Ahora no estoy seguro. Pero yeah, como mínimo impresionado”. Más adelante incluso explica cómo editar la fotografía original.

El Concierto de violín de Korngold, de gran delicadeza y lirismo, reutiliza temas de las bandas sonoras del mismo compositor como Juárez y El príncipe y el mendigo, que nos remite al sonido de las primeras películas de Hollywood románticas y de acción, con pasajes muy melódicos de la cuerda tocando al unísono en los temas románticos y pasajes brillantes con una escritura tipo fanfarria en los temas de acción. Ray Chen optó por iniciar el tema de Another Dawn en el primer movimiento con un sonido y vibrato muy amplios (tal vez para imitar la sonoridad del violinista que estrenó el concierto en el año 1947 -Jascha Heifetz-, para proyectar mejor en la sala -relativamente seca-, o ya bien por preferencia de estilo), sonido que reguló gradualmente en los siguientes movimentos. El violinista sobresalió por su gran control del arco y de los matices. En tan sólo cuestión de momentos, y de una forma muy pulcra, pasaba de tocar con una gran densidad sonora, peso y velocidad de arco a cambiar una sonoridad muy sutil en pianissimo con un arco ligero y poquísima cantidad de arco, contribuyendo a una interpretación con una gran cantidad de registros y sensaciones. El tercer movimiento destacó especialmente por la gran soltura e ímpetu con que tocó los pasajes virtuosos a toda velocidad y la sensación que transmitía al público de estar disfrutando a cada momento.

Después de unos entusiastas aplausos del público, interpretó de bis su “capricho preferido” de Paganini, el número 21 y una especie de fantasía para violín solo con el tema de Waltzing Matilda, el himno no oficial de Australia, de donde es originario el intérprete, y que según él lo interpreta en todos los auditorios donde toca para llevarse un trocito de su tierra natal consigo. Ambos bises fueron ejecutados con una gran destreza y sensiblidad. Un momento muy memorable del Waltzing Matilda, fue cuando salió el tema australiano tocado sólo con harmónicos después de la melodía del Dies Irae. En ese instante, tanta era la emoción contenida en la interpretación y la transparencia e ingenuidad de la melodía, que no se oyó ni un sonido de parte del público; todo el mundo contuvo la respiración para no perderse ni un detalle. Esta última pieza, arreglada para cuarteto de cuerda, la podemos escuchar en su disco The Golden Age con arreglos de Kreisler y Heifetz y en su canal de Youtube. Recomiendo mucho su escucha.

La directora Xian Zhang, por su parte, realizó un trabajo excepcional -exhaustivo y detallista- con la orquesta. La OBC, seguramente en parte motivada por su liderazgo, presentó muy buenos resultados; el sonido de las secciones fue unánime y con carácter, y los solos de los diferentes instrumentistas de una gran calidad. En cada una de sus intervenciones despertaban interés, sin que se hiciera pesada su escucha en ningún momento. En Shéhérazade el concertino –Vlad Stanculeasa- se distinguió en sus solos, con una interpretación muy elegante, cuidada y expresiva, que encajaba muy bien con las sonoridades de la orquesta.

Después del resultado del concierto, espero que tanto la directora como Ray Chen sean invitados de nuevo y vuelvan pronto a L’Auditori o a otra sala de conciertos de Barcelona para que podamos disfrutarlos una vez más.

Violinista y gran amante de la cultura inglesa y japonesa.

Los “Espejos sonoros” del Cuarteto Quiroga

Los “Espejos sonoros” del Cuarteto Quiroga

El Cuarteto Quiroga presentó el pasado día 12 en el Palau de la Música de Barcelona un repertorio muy singular y muy contrastante de compositores de épocas distintas, Haydn, Arriaga, Bartók y Ginastera, cada uno con un estilo diferente pero todos con intención común: reflejar los ritmos y el espíritu de la música popular.

Desde la primera nota del concierto, el Cuarteto destacó por su gran equilibrio entre todas las voces, mostrando una sonoridad única enriquecida por la textura de la formación. Las respiraciones entre las frases y cambios de tempo eran tan naturales y estaban tan integradas en cada músico, que no hacía falta ningún contacto visual entre los músicos para comunicarse. Ejemplos de este sentimiento colectivo lo tuvimos en el Andante del cuarteto de Joseph Haydn núm. 1 en Do Mayor, donde al sonido inicial del chelo se le fueron añadiendo todas las voces de forma progresiva, como si de una continuación del sonido se tratara, sin que nada pudiera perturbar la frase, ni siquiera el registro particular de los propios intérpretes. Al mismo tiempo los contrastes de matices y el vibrato contenido encajaban perfectamente con el estilo -vivo y diáfano- del movimiento. El carácter ternario del Minuet se reflejó en su articulación corta y el peso en el talón del arco al inicio del compás y en sus momentos dinámicos y expresivos fácilmente bailables. En el Finale-Vivace se oían claramente percutir los dedos de la mano izquierda del primer violín en sus semicorcheras volátiles, ligeras y con gran velocidad de arco en un momento fugado, y por el contrario el sonido rústico y pesado de la danza popular vienesa del mismo movimiento se dejaba entrever por todo el cuarteto con gran énfasis en los acentos y articulaciones.

Con la introducción del quarteto de Béla Bartok núm. 2 se produjo un cambio bastante radical de estilo, donde tuvimos un vibrato más intenso, momentos sul tasto con glissandos y sordina tan sutiles que los integrantes apenas tocaban con un par de cerdas (o pelos) del arco en el Moderato; contrastes bruscos, spicattos y pizzicatos “Bartok” en el Allegro molto capriccioso; y sonoridades disonantes a dos violines que se intercambiaban con su contrapartida en el registro grave -de la viola y el chelo- en largos crescendos en el LentoTodo esto sin perder la conexión interna del cuarteto en ningún momento.

En la segunda parte interpretaron el Cuarteto núm. 1 en Re menor de Juan Crisóstomo de Arriaga, compositor geográficamente más cercano que los dos anteriores, del País Vasco, que con un estilo bastante cercano al de Mozart y Haydn con la incorporación de elementos del folclore de su tierra. El cuarteto optó, sin embargo, por una interpretación romántica de este repertorio. Destacable fue la melodía en tiempo ternario del útimo movimiento por su sencillez y elocuencia.

El útimo cuarteto, interpretado con una entrada muy enérgica, presión del arco, y vibrato amplísimo, casi distorsionado en cuerda sol del violín primero -que bien podría parecernos al sonido de una guitarra eléctrica- fue muy diferente al resto del concierto. En el Cuarteto núm. 1 op 20 del compositor argentino Alberto Ginastera, el más contemporáneo de los cuatro, encontramos una gran variedad de efectos; momentos “sul ponticello”, glissandos de notas reales y  de armónicos, bariolajes minimalistas, pizzicatos de mano izquierda, patrones rítmicos de dos contra tres, escalas modales y momentos de armónicos o sonoridades disonantes de notas largas que bien nos podrían recordar de momentos a la música de Shostakovich como por ejemplo en el destacable tercer movimiento Calmo e poético.

Para complementar el concierto, y en la misma sintonía de canciones popularon tocaron de encore un arreglo para cuarteto de una canción tradicional gallega, que amenizó la velada con un espíritu alegremente festivo.

Violinista y gran amante de la cultura inglesa y japonesa.

Uchida y Kožená contra el ruido del Palau

Uchida y Kožená contra el ruido del Palau

Magdalena Kožená Mitsuko Uchida se reunieron en el Palau de la Música de Barcelona -dentro de una gira que las llevó, además, a Bilbao y Praga- para interpretar una selección de canciones de Schumann, Wolf, Dvořák y Schönberg. El resultado fue un concierto fascinante, en el que ambas artistas mostraron una gran compenetración.

Mitsuko Uchida es una extraordinaria pianista que se desenvuelve igual de bien como solista que como acompañante. Su dominio de la pulsación fue clave en un repertorio que exige gran control del sonido, como por ejemplo en las expresivas harmonías de “Auf in altes Bild” de Wolf, o en las sutiles “Nixe Binsefuss” de Wolf y “Ó duše drahá, jedinká” de Dvořák. Brilló también en los fragmentos más humorísticos, como el final de “Abschied” de Wolf, o en los Brettl-Lieder de Schönberg.

Hace casi veinte años que una jovencísima Magdalena Kožená (la pronunciación seria algo así como Kózhenaa, alargando la “a” final) gravó el álbum Love Songs, con canciones de Dvořák, Janáček y Martinů. Ese disco, que habré escuchado miles de veces desde entonces, supuso mi primer contacto con la música y la lengua checa, y nunca he encontrado otras versiones de este repertorio que se le puedan comparar. Precisamente con el ciclo de ocho canciones de Dvořák (Pisně milostné, op. 83) que daba título al disco empezó la segunda parte del recital, y si esa grabación con Graham Johnson al piano era de referencia, su versión con Uchida, resultó incluso superior. La pianista japonesa imprime mayor delicadeza a las melancólicas canciones, y la voz de Kožená no ha perdido ni un ápice de belleza ni expresividad. La mezzo checa estuvo igual de inspirada en la selección de Hugo Wolf, pero sobretodo deslumbró con los Brettl-Lieder de Schönberg, con un fraseo seductor adecuado a las canciones de cabaret. Se permitió incluso sorprender al público en la divertida “Arie aus dem Spiegel von Arcadia“, cantando la segunda estrofa sin impostar la voz, como una cantante de cabaret.

Globalmente, el recital no podría haber salido mejor. Sin embargo, se echo de menos esa sensación de comunión entre público y artistas que distingue a las veladas memorables. Y la culpa fue precisamente del público – o, para ser justos, parte de él. Ya es habitual en el Palau encontrar un ambiente ruidoso durante los conciertos, especialmente en los más económicos, que suelen llenar-se de turistas que quieren visitar la sala, y por algo más de lo que les cuesta la visita guiada tienen un concierto. Pero la situación se está volviendo insostenible, hasta el punto de que las propias artistas mostraron en varias ocasiones su malestar. No detuvieron el concierto para reprender al público, como si hizo Barenboim un año atrás en la misma sala, pero sus miradas y sus gestos dejaban claro que no les parecía normal lo que ocurría, y no es para menos: sonidos de teléfonos (tres llamadas y numerosos mensajes), alarmas de reloj (¡¡quien necesita todavía el molesto pitido de la hora en punto!!), monedas cayendo por el suelo, perros ladrando cerca de los cristales pobremente insonorizados de la sala, un par de personas sonándose ruidosamente durante todo el concierto y, por supuesto, tos, mucha tos. ¡Ah, la tos! En una decena de canciones una tos ostentosa interrumpió la última nota o el último acorde de la pieza, destrozando el efecto de la música. No hace falta tener un oido muy entrenado para distinguir entre una tos inevitable, fruto de un acto reflejo que sorprende al propio individuo, y esa tos controlada, provocada por uno mismo. Y era esto último lo que sonó incesantemente en el Palau, junto a un constante y totalmente evitable carraspeo que era un insulto para los músicos y el resto del público. ¡Ni qué se prepararan para dar un discurso! Por suerte, Uchida y Kožená son grandes profesionales, y la calidad de su interpretación no se vio afectada, pero era ya imposible para el público conseguir ese estado de concentración completa.

Científico y músico aficionado. Me encanta descubrir nuevas cosas, aprender sobre ellas y compartirlo.

Vino, vio y conquistó

Vino, vio y conquistó

La historia de la Noruega moderna nace oficialmente en 1814 con la firma del tratado de Kiel, acuerdo que oficialmente posibilitó la separación de lo que hoy conocemos como Noruega, del antiguo reino de Dinamarca-Noruega. Digo oficialmente, porque las cosas fueron mucho más complejas como todo en la realidad. Pero ya se sabe, hay que ponerle fecha al nacimiento de un nuevo estado y el siglo XIX, con su romanticismo, gustaba de grandes gestas fundacionales y de, sobre todo, lejanos y míticos orígenes que cimentaran las esencias de ese nuevo ente llamado patria. Lo que pocos toman en cuenta es la importancia que siempre ha tenido en el imaginario colectivo noruego su tradición musical; en concreto, cuando en 1879 E. Grieg junto a otros destacados músicos, funda la Kristiania Musikerforening, lo hace porque en varios países del continente se estaban organizando asociaciones musicales que buscaban articular a la población entorno al canto coral o la organización de conciertos públicos. La música, cumple en esos momentos, con un papel de aglutinante social: los noruegos, así como los alemanes en sus tierras y los catalanes en las suyas, se sentían íntimamente unidos a sus raíces y a su tierra, gracias a estas manifestaciones artísticas. 

Para 1919, se fundará la que ahora conocemos como la Orquesta Filarmónica de Oslo, que siempre ha sido uno de los grandes orgullos de su población, por representar parte de lo más granado de su cultura, y de ello, da muestra en el enorme nivel artístico que siempre ha mantenido. 

En 1979, un jovencísimo Mariss Jansons, fue nombrado su director titular iniciando el periodo de mayor brillo internacional de la orquesta. Muchos recuerdan aquellos años como los años dorados de la orquesta. Sin que el nivel de la orquesta decayera a su partida en 2002, lo cierto es que la sensación de estar ante un grande de la dirección al frente, se había perdido. En 2013, tal sensación se recuperó, el nombramiento en esta ocasión recayó en el ruso Vasily Petrenko que, hasta la fecha, la lidera con mano maestra y que, de nueva cuenta, ha logrado hechizar con su trabajo tanto a sus músicos, como al público que asiste a sus conciertos. Estamos hablando de un absoluto maestro que no ha dejado de crecer y que promete dar lo mejor de si en los próximos años. 

El pasado martes 28 de enero en el Palau de la Música los barceloneses tuvimos la oportunidad de disfrutar de un concierto realmente brillantísimo, donde la Filarmónica de Oslo, dio cabal muestra de su enorme estatura artística. El programa del concierto estaba integrado por el Concierto para piano Núm. 2, en Si bemol mayor, op.83 de J. Brahms, cuya parte solista fue interpretada por el maestro S. Trpčeski. Completándose este, tras una media parte, con la interpretación de una de las grandes obras del romanticismo ruso: Shéhérezade, op.35 de N. Rimski-Kórsakov.

La sensación de una naturalidad absoluta invadió el concierto de principio a fin. La orquesta cuenta con una personalidad sonora indiscutible, trabajada por décadas y revela a una agrupación de primer nivel. Estamos hablando de cuidar que cada elemento que ingrese en la organización tenga un altísimo nivel artístico y que, además, podrá fundirse con el grupo como uno más. Para ello se cuida incluso la marca de los instrumentos que sus músicos utilizan, así, por ejemplo, en algún momento se decidió que las maderas todas han de utilizar un mismo sistema de ejecución, que el caso de nuestra orquesta es muy probable que sea el alemán. Con ello, te garantizas un sonido uniforme y bien empastado en todas las secciones. Lo mismo en todas las secciones, porque de lo que se trata es de formar un organismo perfectamente bien ensamblando, y justamente, lo que el pasado martes pudimos disfrutar fue de una orquesta impresionante, con un maestro de primer nivel al frente. 

Trpčeski es un pianista que no solo muestra una solida preparación técnica y musical, si no que es realmente un músico de enormes proposiciones, logrando una lectura espléndida del concierto de Brahms, que si bien tuvo algunas notas falsas, ello no impidió que la música fluyera por todas partes, hasta los más grandes dan notas falsas, pero solo muy pocos logran emocionar como lo hizo Trpčeski. 

Shéhérezade, es ese tipo de obra que o te roba el corazón desde la primera nota, o pasas los más terribles 45 minutos de tu vida. En este caso, ya solo el primer acorde, demostró que Petrenko es un maestro con mayúsculas, dando vida y lustres a una obra que ha sido tan mal tocada por tantos años. En sus manos, una obra tan de repertorio volvió a sonar con una frescura y una intensidad sobrecogedora. El control total de la orquesta, es administrada con una técnica parca pero muy efectiva y nada se escapa a su control, todo está en la medida justa y con el color necesario, es como si a una vieja “Matrioshka” que siempre hemos querido mucho y que llevara años juntando polvo, le hubiéramos pasado un paño con esmero y de súbito, ese objeto tan querido, recobrara sus colores y sus formas tan propias, en manos de Petrenko, la Shéhérezade recobró toda la luz y la magia que le son propios.

Generoso fue incluso al dar al público congregado, dos propinas tras una enorme ovación. La primera de ellas fue la mañana de Peer Gynt, no se me ocurre nada más noruego que esta maravillosa música, que sonó de manera tan delicada y elegante que confirmó lo que había demostrado a lo largo de todo el concierto: estamos ante una orquesta de primer nivel y ante un maestro que dará mucho que hablar en los próximos años. Seguimos 

Fausto Murillo

Fausto Murillo (Querétaro, México) 1977: licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro (2001). Ha realizado, estudios de Dirección Orquestal con maestros como Enrique Batiz, Sergio Cárdenas, Antoni Ros-Marbà y Salvador Mas, desarrollando actividad dentro de la Dirección tanto en México como el estado español. Durante 6 años condujo programas radiofónicos de difusión musical en México, publicando con regularidad en diferentes espacios, además de impartir desde hace 20 años charlas y conferencias en los más diversos foros. Convencido de la necesidad de renovar desde sus cimientos la actividad musical, además de impartir clases en los Cursos Oberts del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (CMMB) estudia el grado en Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

Sinfonía sin limite, sin tiempo, sin fin

Sinfonía sin limite, sin tiempo, sin fin

Hay ocasiones en la historia en que un artista percibe el signo del tiempo en el que vive.  Su alta sensibilidad permite a este ser, de manera totalmente personal, atisbar y manifestar al mundo mediante su obra, una imagen nítida de lo que se encuentra flotando en el ambiente en que cada día los seres comunes vivimos. Las obras así creadas, se encuentran rodeadas de un aura especial, y tal consideración no estriba solo en su alta factura artística, que suele ser altísima, si no en lo que estas creaciones trasmiten a quienes se aproximan a ellas. 

La Sinfonía Número 9 en Re menor de G. Mahler es sin duda una obra creada bajo este signo. Los primeros esbozos están fechados en 1908, pero no es hasta abril de 1910 que Mahler finaliza su composición. Terribles sucesos en la vida del maestro acompañaron su escritura: el verano anterior al inicio de la obra, la muerte de su hija mayor María lo devastó interiormente; a ello se sumó, la detección de una cardiopatía que finalmente lo mataría tres años después y el descubrimiento tras el glorioso estreno de su octava sinfonía en Múnich de que su esposa Alma, mantenía una relación amorosa con el arquitecto Walter Gropius. 

En medio de este estado, Mahler cansado de luchar ya 10 años al frente de la Ópera Imperial en Viena, aceptó un jugoso contrato en Nueva York debutando en el Metropolitan Opera House el 1 de enero de 1908, dirigiendo Tristán e Isolda. Pese a que en un primer momento el maestro se encontró feliz tanto con la ciudad como sobre todo con el abultado sueldo que percibía, la verdad es que las últimas tres temporadas de conciertos de su vida, las pasó lleno de disputas e incomprensión por parte de los miembros de la junta directiva de la Filarmónica de Nueva York, que no ponían en duda su alto nivel artístico (aunque alguna buena señora le dio consejos sobre cómo debía dirigir correctamente Beethoven), si no su gusto por programar obras de nueva creación, para el público de la época, autores como A. Bruckner,R. Strauss, E. Chabrier, C.Debussy, G. Enesco, eran demasiado modernos y ello llevó consigo, que la crítica maltratara ferozmente a Mahler con demasiada frecuencia. Mahler, acostumbrado a imponer su voluntad, nunca se amilanó ni ante la junta directiva que cada vez dudaba más de seguir contando con sus servicios, ni ante una crítica que jamás supo comprender el enorme artista que tenían enfrente. 

En medio de toda esta convulsión, Malher escribió la que sería su última sinfonía concluida. Él mismo lo percibía y siendo tan supersticioso, se negó mucho tiempo a numerar la obra: las figuras de Beethoven y Brukcner que no compusieron más que 9 sinfonías, pesaban demasiado en su inconsciente; era como si al numerar la obra firmara su sentencia de muerte. 

Finalmente, el primero de abril de 1910 la concluyó y numeró, sabía que era la última obra que podría concluir, y de ello deja numerosas muestras a lo largo de la partitura, que es sin duda, un adiós a la vida, el adiós de también una época que estaba a punto de romperse en mil pedazos, ante el estallido de la Primera Guerra Mundial que iniciaría en julio de 1914 y destruiría el mundo en el que vivió y trabajó el maestro. Pese a que el mismo Mahler decía que a Viena todo llega más tarde, con lo cual había que esperar el fin del mundo ahí, el fin de ese mundo llegó y nada quedó en pie de él, concluida la contienda. La inminencia de lo trágico se percibe en cada uno de los 4 movimientos de la obra que concluyen con conmovedor y extenso Adagio que es como un hondo suspiro del maestro, como si en el fuera ese último aliento de vida. 

La obra está reservada solo para las grandes orquestas y los grandes directores, y fue el caso del pasado jueves 17 de enero en el Auditori de la capital catalana, la Sinfónica de Düsseldorf dirigida por su titular el maestro Ádám Fischer presentó una espléndida lectura de la obra mahleriana. De principio a fin, Fischer demostró porqué es considerado uno de los referentes en la interpretación del maestro austriaco. El grado de mimetización que ha tenido con la obra a través de los años que lleva trabajando en ella, es tal, que cuando la dirige, la transición de sus intenciones es nítida y fluida. Es imposible no sentirse abrumado ante algo tan hondo y tan bien trabajado, verlo en el pódium trabajar, es ver a un absoluto maestro en contacto íntimo con una obra que en ese momento es la expresión del mismo Fischer. 

La orquesta de Düsseldorf es de esas orquestas que cuentan con un largo y glorioso pasado artístico; entre los maestros que han dirigido su destino, están nombres como R. Schumann o F. Mendelssohn. A lo largo de estos años, han sabido mantener una calidad altísima y sobre todo una personalidad que la hacen mantener un sonido muy particular. La tradición musical Renana, vive en esta centenaria orquesta, dirigida en estos momentos por un Ádám Fischer maduro y en un momento artístico maravilloso. Todos los elementos confluyeron para que la noche del pasado 17 de enero, el público que llenó la sala Pau Casal del Auditori, viviera una interpretación maravillosa, de una obra que expresa cosas realmente profundas, una lectura de esas que dejan huella en el alma, del que tiene la fortuna de presenciarlas. Al salir del concierto, uno quiere mantener el silencio creado dentro de sí, pues dentro están depositados grandes mensajes que han de ser paladeados con calma. La novena sinfonía de G. Mahler es de esas obras, que después de sonar, resuenan en el alma de cada uno de nosotros. Seguimos 

Fausto Murillo

Fausto Murillo (Querétaro, México) 1977: licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro (2001). Ha realizado, estudios de Dirección Orquestal con maestros como Enrique Batiz, Sergio Cárdenas, Antoni Ros-Marbà y Salvador Mas, desarrollando actividad dentro de la Dirección tanto en México como el estado español. Durante 6 años condujo programas radiofónicos de difusión musical en México, publicando con regularidad en diferentes espacios, además de impartir desde hace 20 años charlas y conferencias en los más diversos foros. Convencido de la necesidad de renovar desde sus cimientos la actividad musical, además de impartir clases en los Cursos Oberts del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (CMMB) estudia el grado en Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).