Escribir la primera novela. Sobre «Friedinger» (2018) de Stefan Kutzenberger.

Escribir la primera novela. Sobre «Friedinger» (2018) de Stefan Kutzenberger.

 

(Foto sacada de: http://www.oe24.at/kultur/Friedinger-Bestseller-mit-Hindernissen/, copyright Deuticke)

 

Die einzige Möglichkeit, gegen die fiktionalisierte Realität bestehen zu können, schien mir der Alltag.

Stefan Kutzenberger (2018): Friedinger. Viena: Deuticke, p. 126.

Me pareció que la única posibilidad de resistirme a la realidad ficcionalizada, era la cotidianidad.

En medio de un congreso de literatura comparada en la Universidad de Viena en verano de 2016, Stefan Kutzenberger me comentó al preguntarle qué opinaba del escritor argentino César Aira: „me parece valiente, su literatura asume riesgos y eso es muy valioso“. Al recomendarme un libro del escritor, que para aquel momento era totalmente desconocido para mí, me dijo: El congreso de literatura. Entonces me di cuenta de su guiño literario, nosotros hablando sobre César Aira en un congreso de literatura sobre los riesgos que se toman en ella, tal vez sobre el gran riesgo de llevar la ficción y la realidad al poroso límite que las divide. En este caso se trataba del verdadero Kutzenberger, profesor de la Universidad de Viena y antiguo profesor mío, y no del narrador de su última y primera novela Friedinger (2018); novela en la que lleva de forma arriesgada, como un juego autoficcional al estilo de sus más admirados escritores (Borges, Knaugard, Kermani, Cercas, Bolaño, entre muchos otros), a la literatura hasta su frontera más externa o bien más interna: la vida misma.

Friedinger es sobre todo una novela autoreflexiva sobre el escribir la primera novela, la obra se vuelve un ensayo sobre escribir novelas pero en ficción y dejando que la narración tome sus propios rumbos. La temática es caudalosa, desde películas de ciencia ficción, pasando por relatos eróticos, el ya legendario caso del monstruo de Amstetten, la física nuclear, escándalos políticos, tramas policiales y hasta la propia vida del autor. La autobiografía y la ficción, o bien la escritura de la vida como aquello inseparable de la fabulación, la pseudo-autobiografía o la literatura como elemento esencial de la vida, ese es pues el gran tema de la novela. Sin embargo, cada tema parece llevar al siguiente, todos ensartados en una misma corriente que es ese impulso de vida constante: si hablamos de literatura, si nos sentamos a hablar de cualquier cosa, desembocamos inevitablemente en una reflexión sobre la vida misma, este siendo pues el corazón de cualquier ensayo (Lukács). La narración de la novela es una cadena de asociaciones, digresiones y anécdotas que no aparecen de manera arbitraria; son las lecturas, los contextos y los eventos relevantes en una vida que parece estar encerrada en sí misma, generando sus propios monstruos, una máquina automática.

Lo que se convierte en una trama policial termina siendo, para el lector más atento, la combinación ficcional de las vivencias e impresiones del narrador-autor: el erotismo, el arte, Klimt, el exotismo, la midlife-crisis, Camus y muchos otros elementos que se combinan de nuevo una y otra vez hasta mostrarnos que tal vez no hayamos salido nunca de un laberinto muy personal, encerrados en la cabeza de Kutzenberger y sus desbordamientos entre la ficción y la realidad. El deseo por construir su primera obra se vuelve en la exitosa “ficcionalización” de su vida.

Aparecen entonces un sinnúmero de figuras ficcionales que traen consigo distintas historias: Clelia, el propio Friedinger, Bob Belaner (que hace pensar en el álter ego de Bolaño, Arturo Belano), Vangelis, entre muchos otros. Los personajes terminan contando las historias de los otros, sus anécdotas se entrecruzan como en la cabeza del lector Kutzenberger: referencias, vivencias verdaderas y falsas, etc. Todo termina siendo un narrar de una historia prohibida o silenciada y, al mismo tiempo, de una historia que todos conocen, lugares comunes de la historia austriaca del siglo XX. Sin embargo, todo adquiere un sentido en la reflexión metaliteraria que deambula por toda la historia como un fantasma: ¿qué es escribir? ¿a quién escribir? ¿qué es la verdad, qué es la vida? ¿a qué viene esto de desear escribir? Friedinger es un debut literario que reflexiona sobre sí mismo como debut, sobre el empezar a escribir literatura, o bien sobre volverse literatura.

El recurrir a una temática policiaca para llevar a la reflexión sobre la literatura misma, me remontó a varias lecturas ya hechas y pensé en otros textos con temática policial que echan un vistazo sobre sí mismos, sobre su naturaleza literaria: uno de ellos es Seis problemas para don Isidro Parodi de Jorge Luis Borges, uno de los autores más admirados por el mismo Kutzenberger. El personaje de Borges, de esa novela o libro de cuentos o lo que sea, se encuentra encerrado en una cárcel desde la cual, por medio de la lectura o la audiencia de los testimonios que le son confesados, desenreda de manera extraordinaria y algo mágica los casos criminales más enredados. El nombre del detective borgiano remite claramente a lo que este representa, una parodia, pero en medio de la parodia tal vez la verdad del corazón de la justicia y lo policiaco: la justicia como narración, ilación de hechos, construcción artificiosa, reorganización de la “realidad”. Curioso que justamente allí, donde la justicia supone encontrar la verdad sobre los hechos, la ficción parece minarlo todo. La justicia y la investigación de la verdad como un rodadero resbaladizo de mentiras. En el centro de Friedinger está justamente esa reflexión: el corazón ficcional de la verdad, un tema meramente literario.

La novela trata también sobre la imposibilidad de escribirse a sí misma y al mismo tiempo cómo esa imposibilidad (el autor sin obra, la vida pura, la cabeza atascada) es justamente la obra misma. Un juego literario digno de un autor que al mismo tiempo ha dedicado su vida al análisis de la literatura  – sin embargo, mucho más que un juego, se trata de la negociación de las fronteras de la literatura en general, y en medio de esa negociación aquella otra entre el yo y su existencia, una pregunta existencial y un tanto anacrónica: ¿Estamos tratando entonces tal vez con una obra que parece revivir sin proponérselo un existencialismo a los inicios del siglo XXI?

Notas a partir de algunas lecturas

Notas a partir de algunas lecturas

Alguien deja encima de la mesa, en mi ausencia, Historia de un viaje de seis semanas (Sabina, 2017), de Mary Shelley. Sonrío por el regalo inesperado, más aún al descubrir la dedicatoria de la primera página, que guardo en la memoria, y hojeo curiosa el contenido de sus apenas setenta y cinco páginas. Aquí están condensados los paisajes de Francia, Suiza, Alemania y Holanda de finales del siglo XIX. Dejo a un lado el libro y fijo la mirada en mi interlocutor.

[Salto temporal]

El libro vuelve a aparecer como por arte de magia encima de la mesa, en esta habitación falta de luz natural caída la tarde. Una breve introducción, de manos de Carmen Oliart Delgado, ayuda a entender el porqué de estos fragmentos de un diario de viajes, publicados por primera vez en 1817 y reeditados por la propia autora en 1840 y 1845. Con cierta sorpresa leo que Shelley utilizó como referente literario a su propia madre, la filósofa y escritora Mary Wollstonecraft (1759-1797), autora de A Vindication of the Rights of Men (1780), considerada una de las obras precursoras del ideario feminista. Mi sorpresa no es tanto por el desconocimiento de este hecho —que también— sino porque se afirme con todas sus letras que una mujer es «referente literario». Qué poco acostumbradas estamos, las mujeres, a ser protagonistas debido a nuestra producción creativa.

[Salto temporal, más lejano]

Hace años que Leer Lolita en Teherán (Quinteto, 2009) de Azar Nafisi, esperaba su turno de lectura. Una mudanza y unos meses de idas y venidas entre varias ciudades hicieron que su lectura se postergase. «Siempre he anhelado la seguridad de los sueños imposibles», anoté mientras intentaba entender cómo las mujeres (sobre)viven en un país como Irán, del que la autora se exilió definitivamente en 1995 cuando el régimen le obligó a usar velo en sus clases universitarias. Antes, le prohibieron enseñar literatura extranjera y por eso decidió reunir, en su propia casa, a un grupo de discípulas para contarles quién fue Vladimir Nabokov, Scott Fitzgerald y Jane Austen, entre otros. ¿Todavía hoy nos escondemos, las mujeres, para desempeñar actividades aparentemente tan banales como leer?

[Salto temporal, antes de ayer]

Paseo por Barcelona. Llueve. Busco refugio y acabo en La Virreina, en una sala con numerosas fotografías de mujeres. Es One Year Women’s Performance 2015-2016, el proyecto de la artista Raquel Friera, basado en la performance del artista taiwanés Tehching Hsieh. Ante mí, la atenta mirada de doce mujeres que constituyen una cierta figura femenina y colectiva de los problemas de la economía actual desde una perspectiva de género. Friera reflexiona acerca del trabajo doméstico y de cuidado que el sistema heteropatriarcal ha normalizado desde sus inicios, presentándolo como un «trabajo de mujeres», no remunerado, y que en muchos casos es el causante de la feminización de la pobreza.

Miro los rostros de Carol Webnberg, Claudia Murcia, Fina Aluja, Júlia Solé, Júlia Sánchez, Agustina Bassani, Gemma Molera, Aina Serra, Naia Roca, Lali Camos, Priscila de Castro y Francisca Duarte [escribe aquí tu nombre] y me pregunto si conseguiremos, las mujeres, una igualdad real, un reconocimiento, una conciliación, más respeto.

[Salto temporal, ahora]

Y me sigo preguntando, no sólo hoy 8 de marzo, Día Internacional en Defensa de los Derechos de las Mujeres, sino todos los días: ¿hasta cuándo?

 

  • Ilustración Leer el feminismo global, de la artista gráfica @veambe con motivo del Día Internacional de la Mujer.
Patria, de Fernando Aramburu

Patria, de Fernando Aramburu

Parece que hablar de la patria estos días es peligroso. Si vives en Cataluña es ya demasiado recurrente. Pero este artículo, aunque sí tratará de Patria (Tusquets), la última novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), no quiero que trate de política. O no sólo eso.

Patria cayó en mis manos por casualidad mientras esperaba el vuelo que me traería de vuelta a casa tras varios meses de estancia en Bruselas. Vi la novela en el bolso que colgaba del hombro de una amiga y mi mente de pronto viajó otros tantos meses atrás, a la fecha de su publicación, en septiembre de 2016. En ese instante recordé que había leído alguna que otra crítica acerca de la grandiosa y extensa novela de Aramburu, que de nuevo se adentraba en el conflicto vasco, ahora sí para narrar los cuarenta años de fascistización de una sociedad impenetrable y hosca, anclada en el pasado, y cuyo deterioro moral contaminó hasta las propias instituciones del Estado.

Aramburu describe a lo largo un centenar de capítulos, pequeñas píldoras o casi breves cuentos aglutinados, el mundo de la lucha armada de ETA y el encarcelamiento de sus “héroes”, el sufrimiento eterno de sus víctimas y la invisibilidad y el ninguneo por parte de la Iglesia Católica y ciertos líderes políticos. La justificación de la violencia y las amenazas se erigen como sustento de una sociedad patriarcal en la que el máximo agente socializador es la “cuadrilla” de amigos del pueblo. Y también lo es la unidad familiar, en este caso custodiada por dos mujeres, Miren y Bittori, amigas inseparables desde la adolescencia, pero separadas por el conflicto. A través de sus voces, de sus hijos y de sus maridos también, Aramburu entabla una conversación entre generaciones: aquellos que no quieren mirar atrás sino idear un futuro alejado de la violencia; y los que no pueden olvidar todo el dolor y toda la muerte, y luchan por encontrar cierto sosiego.

Algunas frases escritas en primera persona se entremezclan con pasajes en estilo indirecto libre, confundiendo un tanto al lector hasta el punto de no saber quién cuenta qué, siempre desde ese tono personal y propio de Aramburu. El resultado estético de la obra parece apremiar al lector pero también al autor, que se decanta por unos diálogos lúcidos y expresivos a través de los cuales se profundiza en los submundos psicológicos de cada personaje: la dualidad de algunas expresiones, el uso alternado del castellano y el euskera, entre otros aspectos.

Hace algunas semanas, HBO España anunció que adaptaría la novela a la pequeña pantalla, a manos del productor independiente Aitor Gabilondo. Habrá que esperar a ver si en imágenes esta historia acongoja tanto como en palabras.

 

Lo silenciado en lo real: Las Cartas Imaginarias de Bernardo Chevilly

Lo silenciado en lo real: Las Cartas Imaginarias de Bernardo Chevilly

Llego un poco tarde, según los ritmos que nos marca la modernidad, a escribir estas letras. En marzo me llegaba un ejemplar de Cartas imaginarias, el último libro del escritor canario Bernardo Chevilly. Me pilló en un momento en el que no podía dedicarle la concentración que merece, y eso que el libro se lee en un suspiro. Ahora, por fin, siento que puedo poner algunas letras con sentido a las suyas, que lo tienen tanto. Ya me ha pasado en otras ocasiones, que no me adapto a los tiempos y comento libros cuando los descubro o cuando buenamente puedo. Es, también, una forma de resistencia a la supuesta «novedad» de las obras. Algún día veremos que no hay tal cosas como «novedad» en arte, pues entonces admitiríamos que Picasso es más «nuevo» que Goya. Eso solo pasa por cronología, y a mí la cronología me importa un bledo.

Cartas imaginarias (Editorial Renacimiento, 2017) es un libro que en realidad es tres. Contiene ilustraciones de Ginés Liébana, que hablan por sí solas, pequeños poemitas en el reverso de las ilustraciones (que ¡ojo!, no son mera anotación, sino que constituyen una carta por sí misma, donde Chevilly se desnuda un poco); y luego las cartas que dan nombre al texto. Son cartas que no existieron, pero que podrían haber existido o querríamos que existiesen. Chevilly hace un ejercicio de rebeldía, poniendo en boca de grandes autores de la cultura occidental experiencias, miedos, dudas y alegrías que los acercan a este lado de los seres normales y mortales. Es difícil hacer este ejercicio, pues se nos caerían mitos (y si algo somos es tendentes a la idolatría) y perdería su fuerza la absurda y común relación -que atufa romanticismo- entre lo extraordinario de las dotes artísticas con lo supuestamente extraordinario de la personalidad de estos seres. Es un desfile de humanidad, en el mejor sentido del término, lo que emanan estas cartas. Gente como Stravinsky, brahms, Debussy o Juan Ramón Jiménez se muestran como eso, como gente. Hay dos cosas que destacan: por un lado, algo que Benjamin consiguió con cartas reales en su texto Personajes alemanes: mostrar una «Alemania secreta» (como dice Vicente Valero). Chevilly lo hace con ficticias: abre un mundo subterráneo, una herida real en la historia de estos personajes. Lo segundo, en relación a lo primero, es que no son realmente cartas, sino microrrelatos. En una carta, Jacqueline Du Pré le escribe a Pablo Casals «La muerte es para usted un tránsito. Para mí, una liberación»: se condensa en esta frase el sufrimiento que vivió la virtuosa del cello cuando aparecieron los primeros síntomas de la esclerosis múltiple, que solo se irían (eso lo sabía) con la muerte. También el gesto de un Stravinsky viejo que escribe a Steve Reich y le dice que encuentra en su Come out un lugar donde volver a depositar su interés es significativo: solo algunos autores vieron (¡y se atrevieron a decirlo!) que algo de aquellas propuestas de las vanguardias no solo había sobrevivido, sino que venía dispuesto a cambiar todas las comodidades auditivas y visuales (la zona de confort, como dicen los modernos).

Cada carta es, por tanto, una puerta a otro mundo posible, donde esas cartas realmente hubiesen existido. Chevilly se sitúa así como un mero mensajero y editor de esos mundos posibles que él abre. Nos invita a pasar a la complejidad de cada una de sus frases que, como les digo, no tienen nada de mera anécdota, sino que recogen buena parte de lo que fue constitutivo en la vida de estos personajes ilustrísimos. El libro acaba con una referencia a la Carta a una desconocida de Zweig y así nos da una pista Chevilly de su pícaro objetivo: hacer de estos desconocidos, que creemos conocer bien porque nos deleitamos con sus obras, gente de carne y hueso, como nosotros, porque necesitamos ser algo de ellos (al menos, eso es lo que parece que el fondo hacemos cuando nos sumergimos en su legado cultural). Así que, en resumen, este texto sobre cómo lo imaginario está hecho de lo silenciado en lo real.

Decía que este libro se lee en un suspiro. No me entiendan mal: el suspiro al que hago referencia es de esos de las damas tipo Bovary, que condensan eternidades, o como los de los que comunican algo inenarrable de otro modo. Un suspiro que nos deja sin aliento.

Intimidad y crítica. Sobre «Wie wir begehren» (2012) de Carolin Emcke

Intimidad y crítica. Sobre «Wie wir begehren» (2012) de Carolin Emcke

(Foto sacada de: http://carolin-emcke.de/)

Die Bilder verschieben sich.

Carolin Emcke

El ensayo expresa lo que la palabra misma dice, un ensayar, un experimento. Ensayo un momento, hago un ensayo, pienso sobre algo, lo intento, pregunto, intuyo, fallo y vuelvo a intentar. ¿Dejo la puerta abierta al fracaso de mi ensayo? Sí, necesariamente. ¿Es necesario que fracase? No, solamente se intenta, es la acción misma del ensayar lo que cuenta, una búsqueda cuyo valor está en el buscar mismo.

En el centro de cada ensayo está el sujeto que intenta, un yo como en la literatura testimonial, aquel que experimenta, ensaya. ¿Es entonces el ensayo inevitablemente una autobiografía? Yo no iría tan lejos, pero sí dejaría en claro que el ensayo es en su esencia expresión de vida, una intimidad expuesta. Georg Lukács comienza su primer libro de ensayos, El alma y las formas, con “Sobre la esencia y forma del ensayo (Carta a Leo Popper)”, una carta, un texto íntimo en el que trata justamente el tema del ensayo: la forma de este opaco género literario que siempre ha ido de lo particular a lo universal, de una experiencia personal y aparentemente insignificante a una que comprende la vida entera. Se parte de la pregunta por un objeto, por un libro o por un templo para desembocar en una sobre la muerte y la vida misma. Tal vez es justamente esto lo que lleva a su forma fragmentaria, a sus necesarias digresiones. Se experimenta con un objeto y sin pensarlo se encuentra uno con una palabra divina, quizá con un reflejo o con una escritura de Dios sobre las manchas de un leopardo.

Hay temas, sin embargo, en los cuales la experiencia de ese yo juega un rol especialmente importante, como la sexualidad. En este caso la exposición de la intimidad significa también el parámetro para su propio éxito. Para hablar sobre la sexualidad, para escribir sobre ella, se necesita un mínimo de exposición y para este propósito el ensayo se presta de manera formidable. Uno de los mejores y más grandiosos ejemplos de un ensayo íntimo de los últimos años es el libro Wie wir begehren (Nuesta forma de deseo) de la filósofa alemana Carolin Emcke, cuya traducción al español será publicada prontamente en Chile por la editorial Tajamar. Se trata de un texto que se toma en serio la esencia experimental del ensayo: la recurrencia de la palabra “vielleicht” (“tal vez”) o “vermutlich” (“al parecer”) hacen que la duda sea el faro que guía la hermosa narración de este libro.

El libro de Emcke se hace a la difícil tarea de rastrear el origen del deseo y, en especial, de aquel deseo que se presenta como el otro: la homosexualidad. “Wie ist das Begehren überhaupt zu entdecken? Gibt es einen inneren Kern der Lust, der danach drängt, sich auszudrücken, der nach einer Form sucht?” (“¿Cómo es posible descubrir el deseo en absoluto? ¿Hay un núcleo interior del deseo que obligue a expresarse, que busca una forma?”). La filósofa alemana no solamente explora los distintos códigos sociales que determinan aquel deseo, sino que se hace a la búsqueda interna de ese punto del que emerge la sexualidad. Para poder llegar hasta allí, Emcke reconoce que solamente le queda la posibilidad narrar, narrar para entender, como aparece al comienzo del libro: “Und vielleicht lässt sich nur so, erzählend, die lange Wahrheit dieser Geschichte begreifen.” (“Y tal vez solamente así, narrando, se deja entender la larga verdad de esta historia.”)

El libro está compuesto por secciones que se organizan por temas o por pensamientos, los cuales así mismo se fraccionan en otros pequeños pensamientos. El libro recuerda un poco a la estructura de párrafos de los textos tardíos de Wittgenstein, pero también a lo fragmentario de los mejores textos de Agamben. Sin embargo, a diferencia de estos dos Emcke renuncia a la complejidad casi oscura de los dos filósofos y deja que se mezcle siempre un poco de poesía en sus pensamientos sin dejar, no obstante, que en ningún momento sus apreciaciones recaigan en lo banal o artificioso. El lenguaje claro y directo, pero sumamente complejo al mismo tiempo, responde a esa necesidad de exposición completa; el libro de Emcke es ante todo un texto sincero, casi un diario íntimo.

Wie wir begehren parte de una experiencia concreta: el suicidio de un excompañero de colegio cuya muerte lleva a la autora a preguntarse por las lógicas de expulsión e inclusión en los círculos sociales. No obstante, y tal vez esta sea la fortaleza más importante del texto, Emcke no expone sus pensamientos desde afuera del círculo, sino más bien desde muy adentro, es decir, desde el interior de aquella comunidad que llevó a Daniel a su muerte temprana, por medio de una violencia sistémica y una cruel maquinaria de clasificación. En contra de una clásica teoría queer, Emcke trata de dilucidar la homofobia implícita en ella misma. La autora se expone como objeto de estudio y se plantea preguntas, es sincera consigo misma y hala al lector a un torbellino de autocrítica necesaria. La crítica del libro no es incendiaria, por el contrario, es sopesada y refinada, expuesta con un alemán tan cristalino que garantiza la calidad literaria del texto.

Emcke va más allá de lo políticamente correcto, se atreve a preguntarse acerca de lo peligroso y lo inaudito, se plantea preguntas sobre el juicio que se hace sin pensar frente a un amaneramiento, frente al color de piel, frente a lo que se presenta como lo otro; Emcke se pregunta sin miedo, se juzga y en ningún momento se pone por encima de ese otro. Sin embargo, sobre todas las autocríticas de la autora alemana el libro sirve para reevaluar, entre otras, la educación primaria y secundaria en materia de sexualidad: mi propuesta sería hacer de este libro una lectura obligatoria en todo colegio, no solamente porque su claridad lingüística y su calidad literaria se prestan para este objetivo sino porque el libro insertaría una crítica al sistema escolar necesario para prevenir todo tipo de discriminación dentro y fuera de la institución educativa. Para Emcke el colegio desconoce la naturaleza del deseo; la llamada educación sexual se limita a mostrar los riesgos de la sexualidad (la enfermedad o bien el embarazo) y desconoce, de esta manera, la naturaleza de la sexualidad adulta, haciendo de ella un tabú, una mentira, e instaurando una maquina discriminatoria llena de prejuicios e ignorancia. El colegio nunca ha ayudado a descubrir, a entender o a vivir la sexualidad:

„Niemand gab uns Begriffe, mit denen wir hätten Vorstellungen ausbilden können, Lust hätten erkunden können, mit denen wir eine erotische Sprache hätten erschließen können, niemand erklärte, dass das Begehren ein Fluss ohne Ufer ist, niemand versicherte uns, dass darin zu schwimmen sich wie freiwilliges Treibenlassen anfühlen würde, dass Sexualität nichts mit den sauberen Schablonen der Bücher zu tun hat, sondern dass es unsauber zugeht, dass alles nass wird, der Körper überzogen und durchtränkt wird von Schweiß und Blut und den Säften aus allen Öffnungen und Poren des Körpers und dass man sich auflöst darin, niemand sprach darüber […].“ (“Nadie nos dio palabras con las que nos hubiéramos podido hacer a una idea, con las que hubiéramos podido explorar el placer, con las que hubiéramos podido derivar un lenguaje erótico, nadie nos explicó que el deseo es un río sin orillas, nadie nos aseguró que podíamos bañarnos en él y que se sentiría como un dejarse ir voluntariamente, que la sexualidad no tenía nada que ver con esos prejuicios límpidos de los libros, sino que más bien funcionaba de manera sucia, que todo se moja, que los cuerpos se empapan y se llenan de sudor y de sangre y de todos los jugos de todas las cavidades y poros del cuerpo y que uno se deshace en ello, nadie hablaba sobre esto [… ]”).

En 2016 la autora recibió merecidamente el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán, uno de los premios de mayor prestigio en la cultura europea, y con esto se ha consagrado la escritora en el canon del pensamiento europeo contemporáneo. Sin embargo, Carolin Emcke sigue siendo un personaje queer cuya apariencia y cuyo pensamiento será siempre subversivo, cuya figura nunca será del todo canónica, sino siempre fluida, polémica y de una urgencia indudable. Su naturaleza es la crítica, una crítica que no se agota. Su ensayo ya es un clásico en el pensamiento queer contemporáneo y anticipó de cierta manera el boom que recibió Regreso a Reims de Didier Eribon, uno de los libros más leídos de los últimos años y cuyo parecido con el de Emcke es indudable. ¿Será que estamos viviendo los años dorados del ensayo? El último gran éxito de la autora berlinesa, del cual ya existe traducción al español, Contra el odio (Gegen den Haas) parece darle una respuesta positiva a esta pregunta.