© Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Suele ocurrir que el magisterio artístico se mide más por la magnitud que alcanzan los discípulos que por la que se le reconoce en vida al propio maestro. Y esto suele suceder porque durante sus vidas, aquellos que son maestros o maestras andan preocupados por seguir compartiendo y ejerciendo eso que alimenta en otros la propia condición magisterial, que nunca es pretendida sino siempre adquirida, evocada y otorgada, con el paso del tiempo.
La LXXIV edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada está dedicando parte de su programación a reconocer intensa y activamente ambos lados de una moneda que andaba algo perdida en algún cajón de la historia contemporánea granaína y que se comenzó a recuperar hace unos años en La Madraza: la del ineludible organista y compositor Juan Alfonso García (Los Santos de Maimona, 4 de agosto de 1935-Granada, 17 de mayo de 2015) y su labor como maestro de lo que se ha dado en llamar escuela granadina de composición. O debería decir, de manera más precisa, escuela juanalfonsina, como bien afirma Juan Carlos Garvayo -pianista, compositor y alma del nodo artístico y cultural que es el Trío Arbós para la cultura española contemporánea- en las notas al programa del magnífico y necesario concierto que tuvo lugar el pasado domingo en el Crucero del Hospital Real de Granada. Siguiendo a Garvayo, es la “ausencia de rasgos estilísticos y estéticos comunes entre ellos [los discípulos], frente a la vigencia de los […] nexos vitales, efectivos y afectivos” lo que justifica que se convierta a Juan Alfonso García en leitmotiv de toda una escena que de hecho iba más allá de lo estrictamente musical.
Pues sí, el corazón sonoro de la Catedral de Granada entre 1958 y 2005 aglutinó en torno a sí a figuras de la creación musical como José García Román (Granada, 1945), Francisco Guerrero (Linares, 1951-1997), Manuel Hidalgo (Antequera, 1956) y José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968), autores de quienes pudimos escuchar De civitate cordis (2004), Op. 1 Manual (1974, rev. 1981), Trío esperando (1995) y Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten» (2000), respectivamente. Resulta casi tópico afirmarlo pero es que la diversidad estética y la riqueza técnica de estas piezas reafirman precisamente la capacidad magisterial de García, que supo ver y reforzar las cualidades creativas específicas de artistas tan distintos entre sí, tal y como también haría en Sevilla Manuel Castillo, a quien Canal Sur acaba de dedicar un documental tan necesario como merecido.
La sutileza tímbrica y el aura contenida en el soplo de luz y sombra de Sánchez-Verdú dio lugar a la seductora espontaneidad estilística de Manuel Hidalgo -y su siempre atractiva y escurridiza libertad creativa-; la exquisitez compositiva de García Román abrió el camino a la energía eterna en el piano solo de Guerrero. Cada una de las obras se vio antecedida y sucedida por un anecdótico Bach que en el último momento restó e incluso desactivó la potencia que tan bien supo desplegar el propio Garvayo en el Op. 1 Manual del compositor de Linares -¡único al que de hecho no pudimos aplaudir!-.

Este concierto sirvió además para mostrar que cada uno de estos autores merecería sin duda una dedicación monográfica -Sánchez-Verdú ya la obtuvo como compositor residente en 2024- que diera la posibilidad de aproximarse a universos sonoros casi -y sin casi- desconocidos en la escena musical de hoy en Andalucía.
Pero también recordó parte de la cualidad multifacética e interdisciplinar de un momento histórico para la cultura en la capital del Este andaluz: aquellos años ochenta en que se dio una escena artística ávida de creación y anhelante de libertad. Música contemporánea, teatro experimental, canción de autor, arquitectura, novela o poesía; Francisco Guerrero, Mario Maya y José Heredia Maya, Juan de Loxa, Rafael Guillén y Antonio Enrique, entre muchos otros y otras todavía por escudriñar y que no sería capaz de enumerar aquí, protagonizaron un prisma cultural tan rico y lleno de luces y planos como la propia imagen que Iván Piñerúa captó de la Catedral de Granada en su magnífico cuadro El esoterismo de las formas que abre la exposición comisariada por Reynaldo Fernández Manzano en la Casa de los Tiros; esas formas sólo comprensibles para los iniciados pero que son compartidas a través de reconocimientos como el que se le rinde al maestro Juan Alfonso y del que también es partícipe Conchita Fernández Vivas, reciente corazón sonoro de la Catedral y su discípula nunca nombrada.