Si hay un término que puede definir cabalmente la casi totalidad de la obra de Robert Schumman, es el término alemán de Sehnsucht. Por su imposibilidad de traducción a las lenguas romances, este término al igual que muchos otros de raíz germana, suelen prestarse a la ambivalencia, pero, en un intento de descubrir lo que nos comunica, acudamos a la valiosa propuesta que en su día hizo el crítico croata Ladislao Mittner, que sugiere traducirlo como “tormento” o “nostalgia”. Lo que nos permite a su vez afirmar con Di Benedetto, que el Sehnsucht es el «mal del deseo”, deseo que se repliega sobre sí mismo, ante la imposibilidad de jamás ver satisfechos sus anhelos.  

Esa constante búsqueda no satisfecha, ese tormento autogenerante que nunca termina, es a su vez, la más elemental de las conexiones con el misterio de la vida, la madre de todas las cosas, la manifestación más pura e íntima del misterio de la naturaleza. Con estos términos, llenos de trascendencia, autores alemanes de principios del s.XIX, definían lo que era el romanticismo, movimiento que hay que entender para poder comprender a su vez, esa fuerza misteriosa que impulsó la obra de Schumann.  

Schumann, es para todos los efectos, un autor típicamente romántico. Solo hay que escuchar algunos de sus ciclos de canciones o sus fantásticas obras de cámara, para poder vivir esa constante búsqueda de expresión de las profundidades del alma humana. Esta actitud queda de relieve a nivel musical, en su renuencia a someter su pensamiento a las normas y estructuras de técnicas compositivas del momento, pues el arte para Schumann, manifiesta lo misterioso de la naturaleza y esa energía primigenia, no puede someterse a formalismos absurdos o convenciones estéticas. Schumann, solo responde ante sí mismo y en esa búsqueda, la forma académica suele ser interpretada como concesión, como derrota ante el verdadero arte. 

Cuando Schumann abordó la forma sinfónica, tuvo que solventar dos grandes problemas. El primero de ellos, sin duda es su casi total ignorancia del arte de la orquestación, resultado de su inconstante formación musical. El segundo ya lo hemos atisbado en el párrafo anterior, Schumann mostró siempre una evidente renuencia a someter sus ideas musicales a una forma establecida y la sinfonía es una estructura formal, que tiene en la relación dialéctica de sus componentes, su razón de ser. Dentro de ella se exponen muy claramente temas perfectamente estructurados y estos, han de desarrollarse en un delicado equilibrio formal para que la obra prospere y pueda fluir, de lo contrario, el equilibrio se rompe y la pieza resulta tediosa, o simplemente aburrida. La solución que dio Schumann a estos grandes inconvenientes se puede seguir perfectamente si escuchamos las cuatro sinfonías que publicó y presentó, dejando ocultos otros trabajos que no terminaron de satisfacerle por alguna razón.

Estos son, a grandes rasgos, lo problemas que hacen complejo abordar con fortuna un ciclo de sinfonías de Schumann, pues sin duda, las cuatro son musicalmente brillantisimas, llenas de una música fantástica, llenas de un Pathos especial que enamora a quien las escucha, pero en repetidos casos, al analizar su escritura orquestal, vemos como aquella idea deliciosa, se ve saboteada por una orquestación poco conveniente, por no decir torpe, y como en aquel otro pasaje, si se ajustan algunos elementos, se puede obtener mejores resultados que los solamente sugeridos en la partitura. Esto nos lleva indudablemente a la necesidad de encargar a un buen director la conducción de semejante empresa, necesitando para tal efecto, de un músico inteligente, sensible y con mucho oficio, para poder guiar a la orquesta por terrenos llenos de riesgos que amenazan con hacer naufragar la ejecución, con lo que, cuando el Palau de la música anunció que el 12 y 13 de abril del presente año, la Mahler Chamber Orchestra presentaría la integral de las sinfonías del maestro alemán, dirigidas por Daniele Gatti, los que amamos estas fantásticas obras, nos alegramos profundamente.

Tras pasar horas bajas en su carrera, por un tema harto enojoso y que aquí no discutiremos, Gatti demostró el impresionante músico que es. Sus cómplices de empresa no le fueron a la zaga, pues la Mahler Chamber Orchestra es sin duda una orquesta de solera, con una factura artística impresionante, poseedora de un sonido muy hecho y trabajado, que hizo disfrutar enormemente al público que se congregó las dos fechas arriba mencionadas.  

Gatti, siempre de memoria, estableció nítidamente desde el primer acorde del concierto del día 12, su autoridad sobre la orquesta, dando los impulsos necesarios donde él consideraba necesaria su presencia. En un principio, y en concreto durante la ejecución de la primera sinfonía, la comunicación entre la orquesta y el maestro no siempre fue del todo efectiva y por momentos, la lectura osciló, debido a que Gatti es un director que gusta de marcar muy claramente el final de algunas frases, relajando la tensión y ralentizando el pulso. Esto ocasionó, como hemos apuntado antes, que la obra se tambaleara casi imperceptiblemente, pero tanto el instinto de Gatti, como el oficio de la orquesta, solventaron perfectamente la ocasión. Para cuando escuchamos la sinfonía “Renana”, obra que cerraba el programa de ese día, el diálogo entre orquesta y director fue simplemente modélico, firmando una memorable interpretación de la obra.

Gatti al final del espléndido concierto del día 13 y que concluía el ciclo, visiblemente emocionado se giró y pidiendo la palabra, agradeció en nombre de la orquesta y del suyo propio, la posibilidad de tocar de nuevo juntos. Y esto es fundamental que no lo perdamos de vista, pues como Gatti apuntó, los músicos, además de estar pasándolo mal económicamente como muchos de nosotros a causa de las restricciones, añoran poder hacer su trabajo, con lo que, volver a tocar juntos después de más de 6 meses de no hacerlo, fue algo realmente significativo para cada uno de ellos. Gatti, al final simplemente dijo: “Thank you, really, thank you”.

Creo que la mezcla de aquel emotivo momento y de la espléndida música que habíamos escuchado dos días seguidos, nos permitió a algunos entender aquel término alemán que arriba les mencionaba, porque al salir de la sala de conciertos, realmente teníamos dibujado en la mirada aquel Sehnsucht. Seguimos. 

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