Dando esplendor al capital

Dando esplendor al capital

Título: Curling

Autor: Yaiza Berrocal

Editorial: Hurtado y Ortega

227 pgs.

Que la cita que sirve como frontispicio de un texto se reserve para unas declaraciones de Margaret Thatcher en las que la mujer que no veía grupos sociales sino, simplemente, familias y, en todo caso, individuos dice: «Economics are the method: the object is to change the soul» constituye una buena anticipación de aquello que vamos a encontrar en la primera novela de Yaiza Berrocal, una disección tan afilada e implacable como satírica e ingeniosa de las transformaciones que la precariedad laboral y el clima de atomización social instaurado tras el triunfo del neoliberalismo han causado en la subjetividad de los trabajadores, en este caso, en los trabajadores de la industria cultural. Editada por Hurtado & Ortega, Curling (2022) se constituye a partir de los materiales escritos, sonoros o visuales que producen los trabajadores del Gran Teatro Walhall, de modo tal que la voz narradora desaparece para que un narrador en sombra asuma la función de recopilador de fragmentos de habla —secciones del diario de Eusebio Morcillo, barridos automáticos de las grabaciones de los walkie-talkies de los acomodadores presentaciones en Power Point realizadas por un coach empresarial, correos electrónicos del coordinador de acomodadores del teatro, etcétera—. En este sentido, Curling se inserta dentro de la tradición de la novela experimental, aquella que asumía que la novela es un género que se forma a partir de la mezcla y acumulación de discursos textuales diversos y radicalmente heterogéneos. Sin embargo, nada hay en esta decisión radical de juego formalista o de reto narrativo pues la acumulación de géneros textuales de tipo administrativo-empresarial-motivacional se conjuga con los fragmentos del diario de Eusebio Morcillo para establecer una fuerte conexión causal entre los discursos en favor de hacerse un empresario de uno mismo y la subjetividad de los trabajadores del Gran Teatro Walhall, reducidos a una identidad vacía y abúlica.

De entre la diversidad de fuentes textuales emana un argumento que podría resumirse como el frustrado motín de un sindicato clandestino de acomodadores del Gran Teatro Walhall contra unas condiciones laborales de extrema explotación. Frustrado por los desgraciados problemas estructurales del edificio del teatro Walhall que ve inundadas sus salas por las aguas freáticas que circulan bajo los cimientos del edificio, causando múltiples daños y heridos y propiciando el suicidio del coordinador de los acomodadores Ajenjo Wünder. La desgracia de la inundación del teatro adquiere proporciones míticas si atendemos a la inicial descripción de las tragedias que ha vivido el teatro a lo largo de su historia, entre las que se cuentan dos incendios y un atentado bomba. Esta historia de infortunios es aprovechada por los directores de la empresa que gestiona el teatro como un efecto especial más en el espectáculo que allí se ofrece y, en este sentido, esta decisión de Yaiza Berrocal es una ingeniosa forma de presentar el insaciable proceso de espectacularización de nuestra vida cotidiana que también define las sociedades posteriores a los 80. Sin embargo, a pesar de las menciones en la novela a referentes reales —detrás del Walhall asoma la sombra del Liceu—, su cronología, aunque inespecífica, parece ser otra que la del presente. En Curling parecemos hallarnos en un futuro —distópico— donde ciertas tendencias de vigilancia, explotación y precariedad propias de la sociedad actual se han radicalizado hasta el punto de que la neolengua coach se ha impuesto: no existen trabajadores, solo «colaboradores voluntarios», no existen salarios solo «acuerdos de colaboración». Curiosamente, este proceso de deformación discursiva de la realidad laboral, que aspira a erradicar cualquier resto de la alienación y la subordinación que definen los trabajos por cuenta ajena, se proyecta también a la esfera del mundo del arte, de modo que los acomodadores del teatro son «facilitadores de la experiencia del espectador», los espectadores son clientes en busca de un buen servicio y la obra es una experiencia total de satisfacción de sí.

En su forma de representar un futuro distópico que presenta inquietantes y estremecedoras similitudes con el presente, Curling se parece a otra novela publicada este año. Me refiero a Lugar seguro de Isaac Rosa, que se ubica en un tiempo donde el mito de la meritocracia, así como los sueños de ascenso social que llevaba aparejados, han desaparecido por completo para dejar paso a una realidad donde conviven las utilizaciones ventajistas y cínicas de una inseguridad alimentada con la construcción utópica de comunidades cooperativas. No solo radica la similitud entre Curling y Lugar seguro en su realismo distópico sino también en la particularidad de que dicha distopia se articula en torno al mundo del trabajo. En este sentido, Curling se suma a una serie de novelas que han hecho de la precariedad laboral tema de elaboración literaria, como podrían ser Supersaurio de Meryem El Mehdati, Los sueños asequibles de Josefina Jarama de Manuel Guedán o Simón de Miqui Otero. La particularidad de la novela de Yaiza Berrocal quizá descanse en que dicha precariedad se da en el campo de la industria cultural y en hacer a los trabajadores precarios que hacen posible la función los protagonistas de la novela, quedando las grandilocuentes y extáticas ensoñaciones sobre un arte total y autónomo severamente burladas en el personaje de Teodoro Bravo, un caricaturesco defensor de la pureza del arte operístico.

«Veré las cosas de otra forma»

«Veré las cosas de otra forma»

Supersaurio

Meryem El Mehdati

Blackie Books (2022)

316 pgs.

«Hija de inmigrantes, el discurso de la meritocracia y el trabajo duro está en mi ADN, por mucho que la meritocracia sea una falacia o que el trabajo duro solo beneficie al que no ha dado un palo al agua.»

Si tecleas en Twitter «Supersaurio Meryem» en busca de reacciones sobre la última novela de Meryem El Mehdati encontrarás una larga ristra de perfiles manifestando cuán identificados se sienten con el relato de autoficción que la autora canaria ha construido. El arco argumental se construye en torno al ascenso laboral de la antiheroína por la jerarquía empresarial de la cadena de supermercados Supersaurio y los conflictos la enfrentan a su némesis—Yolanda, pasivo-agresividad y displicencia sobre unos tacones rojos— como a un decepcionante amor de oficina —Omar, una especie de Jano con una cara sensible y atenta y otra cara desaprensiva y cínica—. Pese a que, aparentemente, el relato parece constituirse a base de unos elementos básicos y mundanos que únicamente nos informarían sobre las peripecias de unos personajes concretos, Supersaurio constituye una crónica valiente y honesta del carácter alienante del trabajo asalariado, pero, sobre todo, constituye una descripción tan irónica como llena de ira de la precariedad que asola nuestro futuro. Que las reacciones a la novela se basen, primordialmente, en la identificación con la voz de la protagonista no hace sino reforzar el valor descriptivo del texto y saca a la luz la base sociológica sobre la cual se construye la narración —un grupo mayoritario de la población que se ve forzado a aceptar trabajos temporales mal pagados que únicamente les sirven para cubrir penosamente sus necesidades más inmediatas—. Si a la hora de trabar la acción, el texto es sencillo, dicha sencillez sirve para narrar con un ritmo tan frenético como hilarante la precariedad laboral en la era de las desigualdades más sangrantes —y no las dificultades del escritor para enfrentarse a su propio infierno literario, como tendía a ocurrir en otros relatos de autoficción célebres. En este sentido Supersaurio no constituye un caso aislado en campo literario español, sino que dialoga con un número creciente de novelas que hacen de la precariedad en el trabajo el centro en torno al cual se tejen las historias; es el caso de Los sueños asequibles de Josefina Jarama de Manuel Guedán, Existiríamos el mar de Belén Gopegui, Curling de Yaiza Berrocal, Lugar seguro de Isaac Rosa, Simón de Miqui Otero o Facendera de Óscar García Sierra, todas ellas publicadas entre 2020 y 2022 y otras tantas que si me olvide ruego me dén un toquecito. Pese a las diferencias tanto formales como temáticas entre ellas, todas tratan de identificar las causas estructurales que subyacen al fenómeno de la precariedad y, en este sentido, constituyen buenas guías para hacer de dicha situación de desposesión una cuestión política.

Quien esto escribe, yo, Diego Zorita, no es sino otro de los que componen ese gran grupo de jóvenes precarios y que, por tanto, no puede evitar la identificación con las realidades que Meryem El Mehdati narra en Supersaurio, pero podría ser divertido imaginarse, en un ejercicio de reseña ficción, cómo leerían esta novela personajes como Arturo Pérez Reverte o Estefanía Molina para quienes la reacción más inmediata no sería, creo, la identificación. ¿Qué dirían si llegaran a leer novela? ¿Cuál sería su reacción si no es la identificación? Imaginémoslo:

«La novela de Mariam [sic] es la última lamentación de una generación frágil que, enfrentada a la necesidad del esfuerzo, recién llegada a la edad adulta, decide dar la espalda a la virtuosa asociación entre trabajo y mérito y mendigar la asistencia del Estado. Con este gemido de víctima que pretende estigmatizar los valores del esfuerzo y que acicatea el odio entre géneros, Meryem se encadena a una voz lastimera que dudo mucho que no desemboque en otro libelo identitario que repetirá los mismos errores».

Estefanía Molina sería meridiana:

«Mi personaje preferido es, sin lugar a duda, Yolanda, una mujer que ha llegado a la cima de la fortuna con su esfuerzo y que es vilipendiada en el texto. No entiendo por qué se ofrece un retrato tan esperpéntico de su comportamiento cuando se trata, a las claras, de una mujer exitosa que representa las victorias de todas nosotras. Creo que el libro hubiera sido mucho más meritorio si no se hubieran disociado los intereses del feminismo entre las mujeres que triunfan con su trabajo y las mujeres que, pese a terminar triunfando, no dejan de señalar la desigualdad».

¿Qué nos dicen estas reacciones ficticias sobre la novela? Creo que por parte de este tipo de personalidades, baluartes de la cultura del esfuerzo y del mito de la meritocracia, la novela no desataría identificación, sino que sería entendida más bien como un intento de presentar a una minoría como víctima, como si las críticas a la naturaleza alienante del trabajo asalariado, a la imposibilidad de vivir una vida digna mediante empleos precarios encadenados o los comportamientos machistas en el trabajo fueran problemáticas psicológicas fruto de la hipersensibilidad de una generación de cristal. Sin embargo, de la novela de Meryem y de su recepción se pueden extraer dos conclusiones significativas: que la ira y la rabia a la que el texto da forma y sentido conectan con un sentimiento de injusticia generalizado ante el mundo del trabajo asalariado y el mito de la meritocracia y que dicha ira y dicha rabia arraigan en un relato del ascenso social que el libro consigue burlar y criticar. Bis: otra conclusión de la que el libro es un buen testimonio es que no hay una incompatibilidad entre las identidades minoritarias y una supuesta clase obrera olvidada, sino que las injusticias de clase confluyen, se solapan y se refuerzan con injusticias culturales. Pero esa es ya otra cuestión.

No quería dejar de abordar una de las contradicciones principales que vive la protagonista, de la que es consciente y sobre la que reflexiona en uno de los pasajes del libro, tras haber conseguido un contrato fijo en la empresa. Mezclado con el júbilo por haber logrado un contrato indefinido y un sueldo digno que le permite llevar una vida más allá de un mes vista, la protagonista experimenta un conflicto de identidad. Merece la pena citarlo: «Tenía claro quién era mi enemigo. Ahora ya no sé quién soy. Odio estar aquí pero no me voy. Mis preocupaciones ya no son las que tenía cuando entré, ahora se parecen a las de ellos. Mis ¿enemigos? Los otros, los que no son yo» (pg. 220). La seguridad que le reporta empezar a formar parte del equipo de la empresa no deja de ser agridulce porque la experiencia del trabajo le sigue resultando igualmente alienante y teme participar de los mecanismos de abuso de poder que ella misma padeció al entrar en la empresa. Si, como Pérez Reverte, alguien pudiera pensar que el último libro de Meryem constituye un panfleto ideológico plano y unidireccional es que no ha llegado al final de sus páginas donde encontramos a la protagonista dirigiéndole a la nueva becaria que ahora está a su cargo las mismas palabras que a ella le espetaba Yolanda cuando accedió a la empresa: «Date vida y sígueme, por favor, que no tengo todo el día» (pg. 316). Las palabras de la protagonista, que ocupa ahora una posición consolidada en la empresa, tiñen de complejidad al personaje y cuestionan su identidad. ¿Ha dejado de llevar Meryem una antorcha a Supersaurio para ejercer sencilla e implacablemente su función en la estructura de trabajo? ¿Cuál es la responsabilidad individual cuando uno empieza a formar parte de una forma de organización social del trabajo que se rige por injusticias estructurales?

 

P.S: Otra cuestión final que merece ser aquí señalada: la edición de Blackie Books es bellísima.

México en Feria de Arte Independiente de Madrid (FAIM ART)

México en Feria de Arte Independiente de Madrid (FAIM ART)

Entre al 10 y el 12 de junio se celebra la 18ª edición de la Feria de Arte Independiente de Madrid (FAIM ART) en la Fundación Pons. La premisa de la que parten es que «el artista se represente a sí mismo dando al espectador una visión más fresca y real de sus creaciones», ya que estos autores están durante estos días allí con sus obras para explicar, compartir y hablar acerca de arte y de sus creaciones.

Dentro de esta exposición en la que se da cabida a diversos creadores con técnicas y estilos diferentes cabe destacar al artista mexicano Manuel Miguel (Oaxaca). En sus trabajos se pueden vislumbrar las tradiciones mexicanas interiorizadas a través de sus propias vivencias en su tierra. De esta forma podemos apreciar diferentes texturas en sus composiciones con fondos trabajados y cuidados que resultan ser una base idónea para cada una de sus obras. Así podemos observar cuadros que representan emociones muy íntimas del ser humano, como el miedo o la desesperación, en tipos de retratos en los que la naturaleza tiene un papel importante en esa representación psíquica dramática. Como el propio artista explicó en la exposición, él suele explorar una idea, un pensamiento o un sentimiento en varios trabajos a través de series en las que lo va desarrollando.

Asimismo, en otras de sus obras podemos notar esa herencia cultural mexicana en la que aparecen animales míticos que ayudan a los hombres en su vida y les confieren sus cualidades para afrontarla. En ellas se puede ver a los humanos disfrutando de manera colorida y muy viva entre ellos y también de manera individual dentro de la misma composición. Estos animales además también aparecen representados en las esculturas de Manuel Miguel, siendo especialmente llamativos el jaguar y el colibrí, el cual tiene un significado especial en la vida y la obra de este artista y se ha convertido en un motivo representado en numerosas ocasiones.

Tras experimentar esta concepción de exposición con esa premisa a la que anteriormente hice referencia, la idea de la que parte FAIM ART resulta ser una visión muy atractiva para los espectadores que asistan porque pueden interactuar con estos artistas y establecer un vínculo con ellos a través de sus obras de manera directa. En el caso de Manuel Miguel esta conexión nos transporta hasta Oaxaca, sus costumbres y modo de vida, así como la visión que tiene este artista de todo ello a través de una obra igualmente reflexiva y contemplativa.

Resumen de la Berlinale 2022

Resumen de la Berlinale 2022

De izquierda a derecha: Carla Simón (Oso de Oro a mejor película), Claire Denis (Oso de plata a mejor dirección), Hong Sang-soo (Oso de plata a Gran Premio del Jurado), Natalia López (Oso de plata a Premio del Jurado) y Ryusuke Hamaguchi (miembro del jurado).

La foto de los grandes premiados de la 72 edición de la Berlinale representa la buena salud del panorama internacional: veteranos como Denis y Hong junto a nuevos talentos como Carla y Natalia. De los ocho Osos (uno de oro y siete de plata) seis fueron a parar a mujeres y dos a hombres. Llegará un día en que ya no se comenten estadísticas de género, pero aún no hemos llegado ahí y sigue siendo noticia. De entre todas las películas del festival un 41% estuvieron dirigidas por mujeres, mientras que un 52% por hombres. El porcentaje restante pertenece a personas no binarias, que son tenidas en cuenta por primera vez por un gran festival. La Berlinale es como siempre la primera en tomar el pulso a la realidad, mientras que en las antípodas – ejemplo de lo polarizado que está el mundo- tenemos a Cannes y sus arcaísmos. El estricto código de vestimenta del festival francés exige que las mujeres porten tacones y vestido de noche en la alfombra roja, mientras que los hombres deben llevar esmoquin y pajarita.

Carla Simón hizo historia con Alcarrás al convertirse en la primera directora española en alzarse con el Oso de Oro. Los escasos precedentes fueron todos hombres, siendo el ultimo el cántabro Mario Camus con La Colmena en 1983. Alcarrás habla de la, por desgracia, imposible coexistencia entre lo viejo y lo nuevo. Y es que los cultivos de melocotones de una familia numerosa de agricultores están en peligro ante la inminente suplantación por paneles solares. Como ya demostró con su ópera prima Verano 1993, la directora barcelonesa tiene un don para hacer de la presencia de niños jugando un aliciente magnético. La clave del éxito de la película radica en la armonía de todos sus elementos, donde guion, montaje y trabajo con los actores (no profesionales) fluyen en sintonía y convierten una historia local en universal, lo que convenció al jurado para otorgarle el Oso de Oro.

Que el segundo mayor galardón, el Gran Premio del Jurado, fuera para Hong Sang-soo deja de ser noticia y sigue siendo noticia. The Novelist´s Film es otra de esas pequeñas películas del inagotable director coreano donde los personajes hablan, se pasean, beben y hacen reír al espectador. Con su habitual y elegante blanco y negro, atendemos aquí a la particularidad de que casi todos los personajes (una novelista, un poeta, una actriz de cine y otra de teatro) se toman una pausa o se replantean abandonar su profesión, ante la falta de motivación y búsqueda de nuevos estímulos. Es el tercer Oso de Plata para Hong en las tres últimas ediciones de la Berlinale, un hito en la historia del festival. El tercer premio fue para la excelente Manto de Gemas (leer critica aquí) de la mexicana Natalia López. Su debut en el largometraje se trata de una revolución a las manidas historias del narcotráfico, pues la directora lo afronta desde lo abstracto y desde una potencia descomunal en el uso del sonido y de la imagen. Ello, unido a una narración desfragmentada y poco convencional, dota a la película de un toque de cine de autor muy personal. Terminando con la foto de portada, el premio a la mejor dirección fue para Claire Denis por su fantástica labor en Both Sides of the Blade (leer reseña aquí) La dirección actoral del trío de protagonistas, en especial de Juliette Binoche y Vincent Lindon, es muestra de una gran intuición y veteranía en una historia que se va oscureciendo a medida que el triángulo amoroso cae en la obsesión y en las pulsiones inherentes al ser humano.

El papel de Laura Basuki en Before, now & then es de una alta sensibilidad y le valió El Oso de Plata a la mejor actuación de reparto. La joven indonesia interpreta a Ino, una mujer de una aura enigmática y llena de amor que ayuda a Nana, la protagonista, a emanciparse y a ser feliz. Si indudable es el mérito de la actriz por una interpretación donde todo emana desde el mundo interior, con muy breves diálogos, también lo es el de la directora de la película. Kamila Andini, en su tercera participación en el festival, cuenta en Before, now & then la historia real de Nana a través de la poesía, el onirismo y la delicadeza.

El Oso de Plata a la mejor actuación principal fue para Meltem Kaptan, una fuerza de la naturaleza. Nacida en Alemania y de raíces turcas, esta profesional del stand up comedy, moderadora y one woman show debuta en la actuación como un torbellino. La película Rabiye Kurnaz vs. George Bush cuenta la historia real de Rabiye, una madre (interpretada por Meltem) que trata de sacar a su hijo de Guantánamo, encarcelado sin pruebas tras los atentados del 11-S. Su magnetismo, humor y vitalidad suponen un descubrimiento para el cine en una película que también se alzó con el premio a mejor guion. La Berlinale es clara y abiertamente un festival de un gran carácter político.

Algunas grandes películas como Un été comme ça o Un año, una noche se fueron de vacío tras la ceremonia de entrega de premios, algo que lógicamente no resta calidad ninguna a dos títulos tan distintos como excepcionales. Por sus marcadas características, a la primera el tiempo la convertirá en película de culto, mientras que la segunda será muy bien acogida por un público amplio.

En la sección Panorama destaco dos películas que retratan realidades universales y actuales. La española Cinco Lobitos está protagonizada por Laia Costa (Victoria) y Susi Sánchez (La Enfermedad del Domingo) y es un veraz retrato familiar en torno a las adversidades de una madre primeriza. Amaia – Laia Costa- vuelve a la casa del pueblo de sus padres buscando ayuda para cuidar de su bebe, ya que su pareja debe ausentarse una temporada por trabajo. La directora debutante Alauda Ruiz consigue una de las películas mejor dialogadas de los últimos años, con conversaciones sinceras en torno a la maternidad, la pareja, la educación y el entorno familiar. Y como apunte, ayuda a normalizar en el cine algo tan natural como dar de pecho (como ya lo hizo Alanis en 2017) sin que la cámara se desvíe o evite mostrar el proceso de manera explícita. Curiosamente, lo mismo ocurre y por partida doble en La Ligne, otra película de esta Berlinale, donde una madre amamanta a la vez a sus gemelos recién nacidos. También se viene normalizando en el cine algo tan común como la menstruación, como vimos hace dos ediciones en varias películas de la sección Generación, centrada en los adolescentes.

Por su parte, la alemana Talking about the weather (Todos hablan sobre el tiempo) cuenta la historia de Clara, profesora y doctoranda en filosofía cercana a los cuarenta, separada, con una hija adolescente y un día a día con el que no da abasto. Desde la misma escena inicial vemos a una mujer decidida y segura, para inmediatamente advertir gestos que indican que no le queda otra que forzar esa seguridad para no colapsar ante la multitud de frentes que tiene abiertos, tanto personales como profesionales. No comulga con la élite intelectual de Berlín con la que se junta ni con la vida del pueblo que dejó tras marcharse a la ciudad, porque allí “todos hablan solo sobre el tiempo o la comida”. El trabajo de contención de la actriz Anne Schäfer es espléndido, donde todo emana desde su mundo interior a través de su semblante y vemos que ha heredado los problemas de comunicación de su madre, como iremos descubriendo. Talking about the weather es un gran debut de Annika Pinske (ayudante de dirección en Toni Erdmann) y es otro más junto a las mencionadas Cinco Lobitos o Manto de Gemas. Estamos atendiendo a una espectacular nueva generación de directoras con potentes primeras o segundas obras. El año pasado lo cerramos con Julia Docurnau ganando con Titane La Palma de Oro en Cannes, Audrey Diwan el León de Oro en Venecia por L´Evenement y Chloe Zhao el Oscar a mejor película con Nomadland. El 2022 empieza con Carla Simón ganando el Oso de Oro con Alcarrás.  Han tenido que pasar 120 años desde la invención del cine para poder atender a este momento histórico.

Y por último Generación, la sección cuyo protagonistas son adolescentes y niños. Resalto la argentina Sublime, debut en el largometraje de Mariano Biasin, donde atendemos a una sincera coming of age donde la cuestión de género está absolutamente normalizada. Porque Manu, que tiene novia, se enamora de su amigo y compañero de banda Felipe y empieza a soñar cada noche con él y a sufrir, porque no sabe como decírselo. Tener sentimientos es normal hijo, habla con él, que estás hecho un saco de angustia, le dice su padre en la cocina. Y así atendemos a la evolución de una historia en la que en ningún momento ni se menciona la homosexualidad. Es una persona joven enamorada de otra. Un ejemplo, otro más, de como el cine refleja con normalidad algo absolutamente común en la sociedad y que forma parte del día a día. Sublime tiene el atractivo añadido de su banda sonora, compuesta por enérgicos pasajes musicales cuando el grupo ensaya o toca en eventos del pueblo. The Quiet Girl cuenta la historia de Cáit, una niña de 9 años de una familia numerosa, deprimida y sin apenas recursos. Sus padres la envían a pasar un verano junto a unos familiares y allí la pequeña experimenta por primera vez una cama seca, mudas de ropa, muestras de cariño y toda una experiencia transformadora. Una película triste y bonita y la primera en la historia del festival en lengua irlandesa, idioma en peligro de extinción y desbancado por el inglés en su propio país. Una lengua llamativa y curiosa – no hay más que atender al título original (An Cailín Ciúin) – que el director Colm Bairéad pone en valor y proclama la importancia de la diversidad lingüística.

La Berlinale tuvo lugar de manera presencial pese a todo tipo de voces contrarias y agoreras. Tuvimos que hacernos tests diarios (incluso teniendo la vacuna de refuerzo), los cines estaban el 50% de su capacidad y se redujo considerablemente la presencia de medios internacionales. Y pese a todo, valió mucho la pena. Y suscribo las palabras del director Denis Côté: Creo que la Berlinale está mandando un mensaje potente a todos los festivales del mundo, y ese mensaje es “dejad ya de cancelar”, ahora los cines están abiertos y la Berlinale está marcando un camino. Con todo lo que hemos vivido, experimentado, aprendido e implementado en estos dos últimos años ya va siendo hora de dirigirnos por ese camino, el de la vuelta – cuidadosa pero firme – a la normalidad. El cine se lo merece.

Berlinale 2022: “Un été comme ça“, de Denis Côté (Sección Oficial)

Berlinale 2022: “Un été comme ça“, de Denis Côté (Sección Oficial)

Soy un hombre y estoy haciendo una película sobre la sexualidad femenina, algo de lo que no se nada, así que me atrevo a decir que no se de lo que estoy hablando. Pero el cine a veces es caminar y explorar en la oscuridad, no sobre tener las respuestas a todo.

A mitad de escritura del guion de Un été comme ça (Ese tipo de verano), el alma libre que es Denis Côté paró de escribir y lo podemos imaginar reclinándose en la silla y alejarse de la pantalla del ordenador. Mujeres hipersexuales conviviendo durante veintiséis días en una mansión. Se dijo que siendo un hombre blanco heterosexual en tiempos del metoo y tratando un tema como este, tenía que ser responsable, delicado y no tener una mirada masculina. Contrató como mano derecha a una terapeuta sexual de la que ya no se separó y empezó a reescribir el guion.

Tres mujeres hipersexuales de veinte, treinta y cuarenta años junto a dos “profesionales”, un trabajador social llamado Sami y una terapeuta de nombre Octavia, quien se dedica a tomar notas (una alemana pelirroja a quien el director conoció de casualidad en una cena). Las únicas reglas son los horarios de las comidas, la prohibición de drogas y un uso del teléfono no mayor a noventa minutos al día. Seguramente sea este el proyecto más arriesgado al que el director canadiense se haya embarcado. La cámara no juzga el comportamiento y los pensamientos que comparten estas tres mujeres sino, mas bien al contrario, se convierte en una especie de documento ficcionalizado en el que se dedica a observar, como lo hacen Sami y Octavia, quienes rara vez intervienen. Como es habitual en el cine de Côté, la historia sucede en un lugar aislado y con un elenco pequeño, esto le ayuda a centrarnos en los personajes de la historia sin distracciones de por medio. La más joven, Geisha, se diría que se autorrealiza al tener sexo con la mayor cantidad de personas posible, no tanto así que tuviera un problema real. Respecto a Léonie, alrededor de los treinta, trata más sobre el trauma, con problemas de incesto y fantasías extremas. Y en cuanto a la mayor, Eugénie, gira en torno a problemas mentales, maníacos y con recurrentes pensamientos intrusivos.

A este “viaje” o “proyecto” se invita cada verano a tres mujeres con diversas condiciones sexuales, es decir, están allí por su propia voluntad. Y así es como todo sucede, cuando quieren compartir algo lo hacen y cuando intentan extralimitarse en algún comportamiento, Sami esta allí para, con delicadeza pero firmeza, derivarlo hacia otro sitio. Porque la primerísima noche de su estancia Geisha pone a prueba a Sami, intentando seducirlo y proponiéndole una felación. El trabajador social rebaja el ambiente con su gesto y su lenguaje corporal y desvía la atención hacia otro tema. No parece claro que Un été comme ça tenga un mensaje o que intente transmitirnos algo en concreto, hablamos de un director cuyo cine radica más en las vibraciones, en las sensaciones, presentando escenarios que devengan en preguntas, las que se haga el espectador. Una película sobre seres humanos donde, en palabras del canadiense, quizás la manera de vivir la intimidad y sexualidad de estas mujeres pueda ser bella. Pese algunos testimonios oscuros que comparten, se diría que se trata de normalizar y aceptar las imperfecciones del ser humano. Queremos que tengáis una estancia agradable, alejada de tentaciones, de la gente que os marginaliza y de situaciones que os provoquen ansiedad. Tratamos de inducir un cambio en vuestras obsesiones, necesitáis encontrar una manera de ser más allá que a través del sexo y brillar distinto, despertar otros tipos de estimulación. Se les comunica a su bienvenida a la mansión.

Côté actúa como lo suele hacer, de una manera distinta pero equiparable, Asghar Farhadi en su cine: pone a sus personajes en determinadas situaciones y luego se dedica a observar cómo se comportan al respecto. Sin presentar buenos o malos, victimas o verdugos, débiles o fuertes. Todos sabemos que la vida rara vez se reduce al blanco y negro. Y a estas mujeres se les otorga un día libre, donde pueden salir, pernoctar fuera y hacer lo que les venga en gana sin tener que dar luego explicaciones. Un día que indudablemente aprovechan. En el caso de Geisha y su “participación“ en un partido de futbol masculino, atendimos a uno de los grandes momentos de la Berlinale.

Un été comme ça es una película que ciertamente desconcierta porque, seguramente, veamos la sexualidad y sus diversas variantes en base a ciertos códigos predefinidos muchos de los cuales ni siquiera tengamos consciencia, yacen a un nivel vegetativo. Decía en rueda de prensa Larissa Corriveau, que interpreta a Léonie, que esta era una película sobre una intimidad que muestra una cierta realidad. La intimidad encierra algo misterioso dentro de nosotros, hermoso, así que creo que es más una película poética que anti-porno. Y de hecho las bellas imágenes del lago junto a la mansión así como diversas escenas de naturaleza vendrían, quizás, a simbolizar esa belleza. Como es obvio, el incesto, los trastornos mentales o los pensamientos extremos intrusivos no son elementos que nadie se atreviera a calificar de bellos. Pero la perspectiva observacional de Un été comme ça trata de evitar caer en la lástima, la victimización o la estigmatización. Sea como fuere, es un cine que explora en la oscuridad con una naturalidad sorprendente que no dejará a nadie indiferente.

Berlinale 2022: El año de las historias de amor

Berlinale 2022: El año de las historias de amor

En pocas ediciones de la Berlinale hemos tenido tantas historias de amor como en esta. Si bien muy distintas entre sí, las siguientes tres películas de la Sección Oficial giran en torno al amor en algunas de sus infinitas variables, pero todas ellas contadas desde una perspectiva muy humana. Esto es de agradecer como contrapunto a algunos años plagados de dramas intensos y profundos donde, con el paso de los días, uno terminaba con un gran cansancio emocional tras tanta tragedia. Decía Andrei Tarkovsky en su película Solaris que el amor es un sentimiento que podemos experimentar, pero nunca explicar. Ejemplo de ello son estas tres variopintas historias de amor.

Peter von Kant, de François Ozon

El prolífico director francés volvió una vez más a Berlín presentando en esta ocasión una adaptación de Rainer Werner Fassbinder. La curiosidad aquí es que mientras la película original (Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de 1972) estaba protagonizada por una mujer, en el film de Ozon el papel se lo otorga a un hombre. Y no un hombre menudo. El corpulento Denis Menochet (En la casa, Custodia compartida, Gloriosos Bastardos) interpreta a un célebre director de cine endiosado, impulsivo y para quien el mundo gira en torno a él. Un volcán de personalidad que se derrama por la pantalla esparciendo sentimientos y obsesiones cuando conoce al joven y atractivo Amir, cuya relación traerá más lágrimas que sonrisas. Las películas inaugurales rara vez suelen ser grandes obras y esto es algo que muchas veces descoloca al espectador, por las expectativas que crea la película de apertura de un festival. El gran aliciente de Peter von Kant es ver por fin a Menochet en un rol principal, EL rol principal en este caso, pues no hay una sola escena que desvíe la atención de él, un claro simbolismo de una personalidad narcisista que no esconde otra cosa que un hombre altamente inseguro y sensible. Las personas más cercanas a Peter son su ayudante Karl, a quien gusta maltratar y humillar, y su amiga Sidonie (interpretada por Isabelle Adjani) una gran actriz y antigua musa del director. Ella le presenta al joven de clase baja Amir de quien inmediatamente se enamora y apadrina hasta convertirlo en una estrella. A través de diálogos plagados de un humor muy satírico, Peter von Kant es la historia del descenso hasta la locura, las lágrimas y la tortura del desamor narrada con ese elegante y cómico melodramatismo tan marca de la casa del cine de François Ozon. Una historia que es, sin embargo, bastante previsible pero aun así disfrutable.

Both sides of the Blade (Los dos lados de la cuchilla), de Claire Denis

Nunca tantos Je t’´aime sonaron tan forzados, tan vacíos. Both sides of the blade gira en torno al amor, a la obsesión y a la manipulación. Del amor inocente, del que deviene en obsesión, de la obsesión disfrazada de amor y de los juegos tóxicos cuando la sinceridad se deja de lado. Claire Denis realiza una película que atrapa y que profundiza en estos temas a través del triángulo amoroso que forman Jean, Sara y François. Los dos primeros, interpretados por Vincent Lindon y Juliette Binoche, llevan nueve años juntos y protagonizan la escena inicial más bella de esta Berlinale: es verano y el sol se proyecta sobre las leves olas de un mar donde ambos se entregan como enamorados adolescentes. Finalmente, una cámara acuática muestra sus manos entrelazadas caminando bajo el agua cristalina.

Desde aquí la atmosfera en su casa se siente extrañamente cargada así como la química en la cama, pese a las continuas muestras de amor mutuas. Es un sutil presagio de lo que ha de venir, la reaparición en sus vidas de François, antiguo mejor amigo de Jean y exmarido de Sara. Una vez que amas a alguien nunca dejas de amarle del todo, le dice Sara a Jean, sigo sintiendo algo especial por él pero tranquilo, lo que hubo entre él y yo terminó. Porque el destino es caprichoso y, tras tantos años, Sara ve a François por la calle y una potente sensación la subyuga, él no la ve, pero casualmente, pocos días después contacta a Jean para ofrecerle un trabajo. Both sides of the Blade es pura y dura dirección de personajes y gestión del arco narrativo, donde Claire Denis saca de ellos unas magníficas actuaciones. La realizadora francesa se alzó con el Oso de Plata a la mejor dirección. Es sencillo sentir el papel de Juliette Binoche como el de manipuladora, a Jean el de víctima y a François el de elemento detonador. Sin embargo, Claire Denis apuntó en rueda de prensa que quizás esa relación no tenía un buen balance y que Sara también era una víctima, al aceptarse, ser de alguna manera consecuente con sentir aún deseo por otra persona. Y lo que ello le conlleva. Y a todos.

A E I O U, el rápido alfabeto del amor, de Nicolette Krebitz

La directora berlinesa Nicolette Krebitz se presentaba en la Sección Oficial con la historia de amor entre una veterana actriz de sesenta años y un inadaptado joven de diecisiete. De amplio y curioso título, A E I O U -sirva como apócope- relata una particular relación que nace, como nace el infortunio en la película de Claire Denis, de una improbable y enorme casualidad. O el destino abriendo una vía por algún motivo caprichoso. La excelente actriz de cine, teatro y televisión Sophie Rois da vida a Anna, una otrora célebre actriz de excelente dicción, pero caída a menos y que acepta un pequeño trabajo de logopeda. Su alumno, un joven muy introvertido llamado Adrian, resulta ser el mismo que hace un par de noches le robó el bolso en plena calle. Siendo una película ligera y entretenida, no trata de disfrazarse de una profundidad pretenciosa y Krebitz consigue sacar de esta historia más de lo esperado: sortea el cajón de feel-good happy ending movie gracias a una estética estilizada y a un tipo de humor sagaz. A todo ello ayuda la imponente presencia en pantalla de Udo Kier, quien interpreta en A E I O U al vecino de Anna y que otorga una elegancia muy armónica a la película. Viendo la gran selección de casting, sería difícil imaginar que la directora encontrara al personaje de Adrian en un spa. “Tras meses en busca del actor perfecto para el papel de Adrian, fui con mi pareja a un spa y nos cruzamos con un chico. Fue un flechazo, aunque un poco incómodo por la situación entre vapores y albornoces (…) finalmente le invité a un casting y resultó que tenía bastante experiencia en teatro pese a su corta edad” descubría la directora. Su nombre es Milan Herms, lo anotamos para el futuro.

Si no podemos explicar el amor, al menos podemos experimentarlo a través del cine y de algunas historias donde nos vemos reconocidos, volviendo a esos lugares comunes, esos de ilusión, pasión, ira, decepción, renacimiento y todos los rastrillos de palabras inanes posibles que solo el lenguaje mudo del corazón puede expresar.