Un Mozart simplemente incendiario. 

Un Mozart simplemente incendiario. 

Hacía mucho tiempo que Barcelona no se volcaba tan masivamente como el pasado 23 de abril. El sol brilló en lo alto y la gente ocupó las calles, no solo en busca de libros y cultura de manera ansiosa, si no en más de un sentido, salió buscando recuperar por un momento el pulso vital que siempre ha caracterizado a nuestra ciudad. Barcelona salió buscando el rostro del otro, ahora embozado en una necesaria mascarilla, salió buscando aire, ruido, animación, el roce con el semejante, salió, en definitiva, a vivir un día de San Jordi com deu mana. 
 
Tocó la agradable coincidencia que precisamente en ese día tan importante para nosotros, el galimatías en que se ha convertido la programación de conciertos en tiempos de pandemia jugó su partida a favor nuestro, pues se reprogramó en el Palau de la Música, la presentación de Teodor Currentzis al frente de su orquesta musicAeterna por primera vez en Barcelona, originalmente anunciada el 28 del mismo mes. 
 
Caso curioso fue el de este concierto, porque, por un lado, muchos aficionados estaban deseosos de escuchar al famoso grupo fundado por Currentzis en 2004, y por otro, vieron con una cierta decepción el programa propuesto. Aun recuerdo a una buena amiga, espléndida música, que me comentó con ostensible desilusión sobre este concierto: “Es Mozart, hombre, me apetece bastante poco” y, a decir verdad, siendo un servidor un enamorado irredento de la obra del genio de Salzburgo, puedo entender que muchos de mis colegas músicos, y público en general pongan cara de dolor vesicular, cuando se trata de escuchar o interpretar alguna obra del maestro. Se ha tocado tanto, pero tanto, tanto y tan rematadamente mal a Mozart, que a la que lleves unos pocos años dentro de este mundo musical, llegas a estar muy harto de escuchar una música que, desde fuera, aparentemente sorprende poco, y se asume para nuestros contemporáneos oídos como demasiado predecible, subrayando lo de aparentemente. 
 
Desde siempre he sido de los que opina que, a autores como Mozart, habría que repensarlos muy de otro modo. Vamos, habría que darles un buen meneo y cuando digo esto, me refiero a la manera en que interpretamos sus obras para comenzar este ejercicio crítico. Esto choca de frente con una práctica muy en uso aun en los conservatorios de todo el mundo y que podría ser calificada casi de ciencia infusa: elegancia, delicadeza, musicalidad, sutileza sin fin y, sobre todo, ¡¡buen gusto!!, son palabras que de inmediato aparecen cuando se trata de interpretar alguna partitura de Mozart. Lo más curioso del caso, es que, si nos detenemos en cada una de ellas, encontraremos tantas definiciones como intérpretes hay. Huelga decir que cuando a un servidor le tocó estudiar algunas de las sonatas de piano  del maestro y manoseé  algunos de sus conciertos de piano, los profesores de turno me dieron la chapa correspondiente sobre el estilo Mozart, para llegar a la conclusión  de que mi Mozart  no sonaba a Mozart – más de alguno supongo opinaría que no sonaba ni a música-, pues mis rudos modos,  mi atrevimiento al agregar alguna nota extra, además  de un cierto  apasionamiento juvenil,  hacían que aquello  careciera de delicadeza y buen gusto. “Mozart es etéreo como el aire”, me dijo uno de estos profesores y lo que yo manoseaba, se ve que no lo era. 
 
Sirva mi lacónico recuerdo, querido lector, para ubicarle a grosso modo en lo que hablamos, que se podría resumir en que, debido a unos usos muy concretos en la interpretación de la obra de un compositor determinado, en este caso Mozart, pero que se puede extender a otros muchos repertorios, algunas buenas personas, tanto músicos como público en general, suelen fruncir el ceño cuando se habla de él. Mucho “Amadeus, el niño prodigio por definición”, mucho “hay qué sorprendente talento tenía”, pero “por favor, escuchemos algo con más sangre en las venas, algo menos lindo, vamos, que no me quiero dormir”. 
 
El pasado 23 de abril fuimos testigos de que Mozart, no es ni por asomo un compositor predecible, ni acartonado, y que su música de etérea o delicada, poco, porque dentro de ella hay mundos llenos de vida, de sangre y pasión infinita y que más bien, como ha pasado en general en la música clásica,  la tradición interpretativa ha jugado muy en contra de música simplemente fantástica, sobretodo porque esta tradición es desde hace años inamovible, letra sagrada escrita en piedra,  pese a lo absurda que llega a ser.  Teodor Currentzis revisa y pone en duda esa tradición y lo hace basándose en fuentes históricas contrastadas para plantear, que la revolución que hay que generar, es precisamente en cómo abordamos muchos de nuestros repertorios, es dando más relevancia al intérprete, es desacralizando la nota impresa. Con esto no quiero decir que sus lecturas por fin revelen aquel oculto mensaje largamente esperado en las obras que aborda, y que la tiránica tradición nos los había escamoteado, en absoluto, Currentzis simplemente hace una propuesta, y aquí es donde radica lo importante del caso, pues es una nueva propuesta, una muy bien fundamentada diría yo, largamente gestada y que abre puertas y ventanas de un edificio   lleno de moho. Las interpretaciones definitivas y consagradas en mármol envejecen muy mal con el paso del tiempo. 
 
Fueron las sinfonías 40 y 41 de Mozart las que integraron el programa de esa tarde. Mire usted si es algo que hemos oído veces, pero, como escuché aquella noche al salir de la sala de un colega visiblemente afectado: “es increíble, su piano y su forte es otro concepto, de verdad, es otro concepto”, y es que verdaderamente, aquellas sinfonías tan trilladas y que la mayoría dan por absolutamente amortizadas, sonaron llenas de una fuerza y una garra que arrancaron una inmensa ovación a un público absolutamente enardecido puesto en pie. 
 
Quizás una de las conclusiones que pude sacar de aquella velada, es que la música es sin duda algo que se hace, que está en constante cambio, que está vivo, en definitiva, la música es vivencia pura.  Sirva como breve colofón a esto, lo que muchos contemporáneos de Mozart decían sobre su música, pues se afirmaba que era sin duda un brillante compositor, pero sobre todo, Mozart era el mejor a la hora de improvisar, de crear en el momento algo sorprendente que no volvía a sonar jamás, lo dicho, las interpretaciones consagradas en mármol envejecen muy mal Seguimos.

Exuberancia, color y enjundia sin fin

Exuberancia, color y enjundia sin fin

La cultura francesa goza de un buen número de estupendos compositores, que además de ser sólidos constructores de obras a nivel estructural, son espléndidos orquestadores. Como es frecuente en la vida, podemos encontrar un poco de todo en el resto de Europa, pero lo cierto es que los autores franceses destacan mucho a la hora de escribir para el aparato orquestal, y esto no siempre sucede en el resto del continente, o al menos no con la regularidad que en autores galos. En el bloque germano, por ejemplo, ciertamente existen grandes autores como un Bruckner, que además de ser un inmenso compositor, es un maestro a la hora de orquestar, pero, también encontramos a un Schumann, delicado hacedor de obras de honda inspiración, pero que, a la hora de orquestar, las cosas ya no son tan brillantes. Lo mismo podemos decir de Rusia con un Chaikovski que reúne en su obra un perfecto equilibrio en los dos campos aquí expuestos, sus obras se defienden solas, tan sólidamente escritas están, que es prácticamente imposible que una sinfonía del maestro no funcione a la que se tenga un mínimo de oficio musical. Pero si volteamos a ver a un Músorgski, nos sorprenderá la poca pericia que tenía para orquestar sus obras escritas primero para piano. Basta simplemente querido lector, recordar que su más que estimable obra “Cuadros de una exposición” está orquestada por el francés Maurice Ravel y es precisamente esta orquestación, la que hace que la pieza en su conjunto sea tan apreciada por el gran público.

Podríamos seguir revisando con mucho más detalle a lo largo de las diferentes escuelas musicales, pero al final tendríamos que rendirnos ante la evidencia de que Francia cuenta con una muy nutrida plantilla de grandes orquestadores y quizás el más grande de todos los tiempos sea Maurice Ravel. Entre su obra sin duda destaca Daphnis et Chloé por lo colosal de su concepción, lo bien concebidas de cada una de sus partes, pero sobre todo por una exuberante y provocadora orquestación que cuenta incluso con un coro, utilizado como un mero instrumento que aporta su color al entramado instrumental. La pieza fue concebida como un ballet comisionado por el mítico empresario ruso Serguéi Diáguilev, que tantas maravillas detonó, siguiendo un guion escrito por Michel Fokine, que a su vez se inspiró en un texto del autor antiguo Longo. Daphnis et Chloé tuvo un éxito indiscutible en 1912, año de su estreno en París. Las cosas se torcieron cuando Diáguilev se llevó de gira por Europa el espectáculo y por cuestiones económicas se prescindió del coro. Ravel desautorizó al empresario e incluso publicó en la prensa británica, un largo texto donde esto quedaba patente.

Todo esto es fundamental para entender de dónde sale la famosa Suite núm. 2 de Daphnis et Chloé, pues son precisamente los tres números finales del ballet, en la manera en que se presentaron en Londres y sin autorización de Ravel, en tanto que no estaba presente el coro. Tiempo después, se conformó y autorizó el uso de esta suite para conciertos y así se ha hecho en todo el mundo. Cuando por fortuna se tiene la oportunidad de escuchar esta obra tal y como fue concebida con todas sus partes originales, aquella oportunidad es digna de hacerse notar y eso es lo que el público Barcelonés que se congregó el lunes 19 de abril en las dos funciones que se programaron tuvo el gusto de disfrutar, pues François-Xavier Roth, consumado director francés, al frente de su orquesta de instrumentos históricos Les Siècles presentó en el Palau de la Música, la mencionada obra, contando con la colaboración del Orfeó Català.

Los coristas por cuestión de las medidas de distancia social fueron colocados a prudente distancia entre ellos y distribuidos por las galerías órgano y en las primeras gradas del primer y segundo piso del recinto. El efecto al iniciarse el programa fue impresionante, porque la música envolvía al público en una magia estereofónica, que solo hacía que ir a más y más en su intensidad y voluptuosidad. A ello había que sumar que la orquesta Les Siècles está formada por instrumentos de la época y aunque pensemos que la orquesta de Ravel era similar a la nuestra, ello no es así, ya que esa estandarización instrumental no se dio hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Es simplemente maravilloso escuchar el sonido áspero, menos brillante que en el de los instrumentos modernos en la sección de metales de aquella orquesta, o el de las maderas igualmente menos templadas en su afinación pero que se funden mucho mejor con los bronces. La ocasión fue sin duda casi irrepetible y la ejecución fue impecable, llena de fuerza, precisión y de una particular emotividad.

De Saint-Saëns se ha dicho toda clase de cosas, desde que fue el más célebre de los compositores sin talento, o que en su momento era el hombre que más sabía de música en toda Francia. Su periplo vital fue extenso, pues en sus 86 años de vida, pudo escuchar los estrenos de Mendelssohn en París, y asistir horrorizado a la premier de la consagración de la primavera de Stravinski en 1917. En medio, una carrera brillantísima que osciló entre la más rabiosa vanguardia de su juventud, hasta el conservadurismo más acendrado de sus últimos años. Su Sinfonía núm. 3 para órgano, obra con la que concluyó nuestro programa, fue en su momento muy atacada por su conservadurismo formal. Saint-Saëns se apegó demasiado quizás al ejemplo y los modelos beethovenianos en la composición de esta obra, y ello lo llevó a que, tras su estreno en Londres, jamás regresara a la forma sinfónica, contestando groseramente cuando era preguntado al respecto, argumentando que nada tenía ya que decir en el mundo sinfónico.
Pese a ello, la sinfonía es sin duda una obra simplemente fantástica, que, si bien no explora nuevos caminos, transita por las formas conocidas con una música llena de inspiración y belleza. A ello se une la utilización de una orquesta inmensa para finales del siglo XIX, orquesta que aporta a la música un color y una originalidad tímbrica típicamente francesas y donde no solo hay un piano a cuatro manos, si no un órgano que ya desde el segundo movimiento hace su aparición de manera discreta. Para el inicio del cuarto movimiento la monumentalidad del instrumento rey que es el que marca el arranque de este movimiento con una entrada a pleno rendimiento, dota a la música de una espectacularidad y de una emoción que suele obtener una buena cosecha de aplausos.
La tarde del 19 de abril no fue la excepción, ya que tanto la orquesta Les Siècles con su titular François-Xavier Roth al frente, como nuestro querido maestro Juan de la Rubia, encargado de la parte de órgano, lograron una lectura llena de brillo y potencia que electrizó al público congregado en el Palau de Música.

La gente que abarrotó la sala de conciertos hasta donde las limitaciones permitieron, aplaudió de pie durante varios minutos y en reciprocidad, Roth dirigió unas sentidas palabras al público. Ayudándose de algunas notas preparadas previamente, exclamó en catalán, que Barcelona era sin duda la capital actual de la música en el mundo, agradeciendo la generosidad de nuestra ciudad y concluyendo con un sentido “Visca Barcelona”.

Barcelona, es realmente muy afortunada de contar con conciertos tan especiales. Podríamos hablar de ocasión única en la historia, sobre todo en épocas tan complejas como las actuales. ¿Sabrá aprovechar esta oportunidad histórica? De esto, querido lector, ya hablé en otro artículo publicado igualmente en Cultural Resuena. Esperemos que esta vez sí aprovechemos lo que esta terrible desgracia nos ha traído en lo musical casi sin quererlo, de lo contrario, seremos doblemente damnificados por la pandemia. Seguimos

Música del deseo, de la nostalgia y del tormento

Música del deseo, de la nostalgia y del tormento

Si hay un término que puede definir cabalmente la casi totalidad de la obra de Robert Schumman, es el término alemán de Sehnsucht. Por su imposibilidad de traducción a las lenguas romances, este término al igual que muchos otros de raíz germana, suelen prestarse a la ambivalencia, pero, en un intento de descubrir lo que nos comunica, acudamos a la valiosa propuesta que en su día hizo el crítico croata Ladislao Mittner, que sugiere traducirlo como “tormento” o “nostalgia”. Lo que nos permite a su vez afirmar con Di Benedetto, que el Sehnsucht es el «mal del deseo”, deseo que se repliega sobre sí mismo, ante la imposibilidad de jamás ver satisfechos sus anhelos.  

Esa constante búsqueda no satisfecha, ese tormento autogenerante que nunca termina, es a su vez, la más elemental de las conexiones con el misterio de la vida, la madre de todas las cosas, la manifestación más pura e íntima del misterio de la naturaleza. Con estos términos, llenos de trascendencia, autores alemanes de principios del s.XIX, definían lo que era el romanticismo, movimiento que hay que entender para poder comprender a su vez, esa fuerza misteriosa que impulsó la obra de Schumann.  

Schumann, es para todos los efectos, un autor típicamente romántico. Solo hay que escuchar algunos de sus ciclos de canciones o sus fantásticas obras de cámara, para poder vivir esa constante búsqueda de expresión de las profundidades del alma humana. Esta actitud queda de relieve a nivel musical, en su renuencia a someter su pensamiento a las normas y estructuras de técnicas compositivas del momento, pues el arte para Schumann, manifiesta lo misterioso de la naturaleza y esa energía primigenia, no puede someterse a formalismos absurdos o convenciones estéticas. Schumann, solo responde ante sí mismo y en esa búsqueda, la forma académica suele ser interpretada como concesión, como derrota ante el verdadero arte. 

Cuando Schumann abordó la forma sinfónica, tuvo que solventar dos grandes problemas. El primero de ellos, sin duda es su casi total ignorancia del arte de la orquestación, resultado de su inconstante formación musical. El segundo ya lo hemos atisbado en el párrafo anterior, Schumann mostró siempre una evidente renuencia a someter sus ideas musicales a una forma establecida y la sinfonía es una estructura formal, que tiene en la relación dialéctica de sus componentes, su razón de ser. Dentro de ella se exponen muy claramente temas perfectamente estructurados y estos, han de desarrollarse en un delicado equilibrio formal para que la obra prospere y pueda fluir, de lo contrario, el equilibrio se rompe y la pieza resulta tediosa, o simplemente aburrida. La solución que dio Schumann a estos grandes inconvenientes se puede seguir perfectamente si escuchamos las cuatro sinfonías que publicó y presentó, dejando ocultos otros trabajos que no terminaron de satisfacerle por alguna razón.

Estos son, a grandes rasgos, lo problemas que hacen complejo abordar con fortuna un ciclo de sinfonías de Schumann, pues sin duda, las cuatro son musicalmente brillantisimas, llenas de una música fantástica, llenas de un Pathos especial que enamora a quien las escucha, pero en repetidos casos, al analizar su escritura orquestal, vemos como aquella idea deliciosa, se ve saboteada por una orquestación poco conveniente, por no decir torpe, y como en aquel otro pasaje, si se ajustan algunos elementos, se puede obtener mejores resultados que los solamente sugeridos en la partitura. Esto nos lleva indudablemente a la necesidad de encargar a un buen director la conducción de semejante empresa, necesitando para tal efecto, de un músico inteligente, sensible y con mucho oficio, para poder guiar a la orquesta por terrenos llenos de riesgos que amenazan con hacer naufragar la ejecución, con lo que, cuando el Palau de la música anunció que el 12 y 13 de abril del presente año, la Mahler Chamber Orchestra presentaría la integral de las sinfonías del maestro alemán, dirigidas por Daniele Gatti, los que amamos estas fantásticas obras, nos alegramos profundamente.

Tras pasar horas bajas en su carrera, por un tema harto enojoso y que aquí no discutiremos, Gatti demostró el impresionante músico que es. Sus cómplices de empresa no le fueron a la zaga, pues la Mahler Chamber Orchestra es sin duda una orquesta de solera, con una factura artística impresionante, poseedora de un sonido muy hecho y trabajado, que hizo disfrutar enormemente al público que se congregó las dos fechas arriba mencionadas.  

Gatti, siempre de memoria, estableció nítidamente desde el primer acorde del concierto del día 12, su autoridad sobre la orquesta, dando los impulsos necesarios donde él consideraba necesaria su presencia. En un principio, y en concreto durante la ejecución de la primera sinfonía, la comunicación entre la orquesta y el maestro no siempre fue del todo efectiva y por momentos, la lectura osciló, debido a que Gatti es un director que gusta de marcar muy claramente el final de algunas frases, relajando la tensión y ralentizando el pulso. Esto ocasionó, como hemos apuntado antes, que la obra se tambaleara casi imperceptiblemente, pero tanto el instinto de Gatti, como el oficio de la orquesta, solventaron perfectamente la ocasión. Para cuando escuchamos la sinfonía “Renana”, obra que cerraba el programa de ese día, el diálogo entre orquesta y director fue simplemente modélico, firmando una memorable interpretación de la obra.

Gatti al final del espléndido concierto del día 13 y que concluía el ciclo, visiblemente emocionado se giró y pidiendo la palabra, agradeció en nombre de la orquesta y del suyo propio, la posibilidad de tocar de nuevo juntos. Y esto es fundamental que no lo perdamos de vista, pues como Gatti apuntó, los músicos, además de estar pasándolo mal económicamente como muchos de nosotros a causa de las restricciones, añoran poder hacer su trabajo, con lo que, volver a tocar juntos después de más de 6 meses de no hacerlo, fue algo realmente significativo para cada uno de ellos. Gatti, al final simplemente dijo: “Thank you, really, thank you”.

Creo que la mezcla de aquel emotivo momento y de la espléndida música que habíamos escuchado dos días seguidos, nos permitió a algunos entender aquel término alemán que arriba les mencionaba, porque al salir de la sala de conciertos, realmente teníamos dibujado en la mirada aquel Sehnsucht. Seguimos. 

La Pasión según Monsieur Pichon

La Pasión según Monsieur Pichon

Parece ser, que tras el estreno el viernes santo de 1727, la Pasión según San Mateo le atrajo a J.S. Bach una serie de recriminaciones y castigos por parte de sus superiores jerárquicos, logrando que finalmente, el impulso creador de sus primeros años en la ciudad de Leipzig, al cual debemos los ciclos completos de cantatas sacras de los que ahora disfrutamos, se detuviera casi en seco.
Mucho se ha escrito sobre la ceguera artística de personajes como el Rector de la Escuela de Santo Tomas, Johann August Ernesti, que pasó de ser un partidario de la obra del maestro cuando este llegó a la ciudad, a ser un fiero detractor tanto de su obra como de su persona, intentando por todos los medios a su alcance, mermar sus atribuciones como cantor y malmetiendo entre sus compañeros para hacerle irrespirable el ambiente.
El principal problema que esto buenos caballeros tenían con la obra de Bach, además de varios problemas personales con el altanero y levantisco maestro, era que, literalmente, dejaba sin trabajo a los pastores de las principales iglesias de la ciudad, pues los fieles tras escuchar por ejemplo la Pasión según San Mateo aquel 11 de abril de 1727, encontraron innecesaria la homilía que acompañó el servicio vespertino de aquel día tan señalado. La hondura de la música y las reflexiones teológicas de las que está llena la obra, deslucieron el discurso que se da en una ceremonia como la de viernes santo.

La tradición protestante en Alemania había más o menos establecido en muchas ciudades la costumbre de ejecutar “La Pasión según San Juan” de Johan Walter, seguidor y amigo de Martín Lutero y que, precisamente basándose en la Biblia traducida por el reformador, había compuesto una muy breve obra musical acompañado de algún modesto poema, donde el mayor peso dramático recaía en la pura narración de los hechos de la pasión y muerte de Jesucristo. Se trataba de que el fiel rememorara los hechos que constituían las bases de la fe cristiana, correspondiendo al pastor la interpretación de ellos en la homilía. La música cumplía dijéramos, un puro acompañamiento y cebo que podía hacer más atractiva aquella terrible narración.

Bach ya con la pasión según San Juan de 1724, inició un camino de renovación absoluta, profundizando en el dramatismo que existe en la historia de los tormentos sufridos por Cristo y el impacto que en la conciencia de los fieles producían aquellos relatos. Así, otorga a la música el protagonismo ya no solo en la narración, si no que la constituye en la generadora de profundas y hondas reflexiones sobre la redención humana. Para la pasión de según San Mateo, el relato de la pasión de cristo es solo el andamio sobre el que soporta la pieza, y hace que el peso dramático de la obra recaiga en las reflexiones que de los hechos contados se pueden desprender. Este espacio de honda introspección se realiza en lo que en ese momento fue nombrado como “madrigales” y que son las arias y números vocales que llenan la obra; espacio en el que la mezcla del texto y la música que de ella emana aboca al escucha a pensamientos de muy profundo calado.

En la Pasión según San Mateo, mejor que en ninguna otra del maestro, se ve reflejada una visión del mundo en la que se apela a la conmiseración por el que sufre sin culpa, en la que el espectador casi sin quererlo termina siendo parte, horrorizado, de algo que lo supera con mucho. En ella se nos reclama mirar muy dentro de nosotros y reconocer que es imposible escuchar semejante narración, sin sentirnos mínimamente conmovidos al margen, incluso de nuestras creencias. En esta obra, la narración de la pasión y muerte de Cristo se llena de una potencia dramática inmensa, dotándola de carne y sangre viva, hurtándola de los altares donde la tradición la había colocado, lejos de la gente común y restituyéndola en su fuero más íntimo.

Interpretar semejante monumento artístico es sin duda un reto para todo aquel que se aproxima a ella. El año pasado en medio de la primera ola de la pandemia, fue simplemente imposible disfrutar de todos los conciertos donde las dos pasiones del maestro de Leipzig aparecían programadas. Con lo que el público Barcelonés, esperaba, si cabe, aún con más ganas la oportunidad de disfrutar de unos conciertos que son ya tradicionales en nuestra vida musical. La cancelación de la lectura que debía presentar Sir John Eliot Gardiner de la Pasión según San Juan a causa de las restricciones de la pandemia, hizo pensar que quizás nuevamente este año nos quedáramos sin poder escuchar nada de este maravilloso repertorio. Afortunadamente para nosotros, nuestra vecindad con Francia tiene ya unos meses permitiéndonos disfrutar de grandes músicos y agrupaciones galas, y el pasado 25 de marzo pudimos escuchar por fin, la espléndida lectura que Raphaël Pichon al frente de su grupo Pygmalion, realizó de la Pasión según San Mateo.

Pichon es sin lugar a ninguna duda, un músico consumado en todos los sentidos y un director con un oficio inmenso, que aúna en su persona, una técnica logradísima con la que controla cada nota de sus músicos, con un instinto y una vena dramática que sabe crear interpretaciones con un  alto impacto emocional en sus espectadores. Escuchar a Pygmalion estremece hondamente, entre otras razones porque todos los elementos musicales de las obras que interpretan están colocados en su justo lugar, para luego detonarse dentro de cada uno de nosotros de un modo tal, que acciona palancas internas que hacen imposible el no emocionarse. No se trata solo de la sola perfección técnica, que la hay y a raudales, si no que esta, está al servicio de la expresión trascendental de cada una de las piezas que abordan.

Pichon sabía muy bien a que se enfrentaba y supo construir magníficamente la obra, leyendo e interpretando cada recurso retórico, cada melodía sugerente, cada armonía significativa, todo, absolutamente todo estaba donde tenía que estar, en su justa proporción, lo que revela a un maestro de altos vuelos, a un músico que siendo aún muy joven está ya en posesión de una sabiduría musical muy especial y que promete seguir sorprendiéndonos con una brillantísima carrera.

Las partes vocales, en su conjunto, fueron simplemente deliciosas, destacándose mucho tanto por sus timbres poderosos y llenos de fuerza, como por un oficio inmenso en roles difíciles y que desgastan mucho a sus intérpretes, Julian Prégardien como el evangelista y Stéphane Degout como Jesús. Caso similar es el de Lucile Richardot, que con una voz robusta y muy bien timbrada bordó las arias a ella asignadas.

Injusto es solo nombrar a unos pocos protagonistas, cuando todos y cada uno de los participantes en la velada demostraron un altísimo nivel, realizando una interpretación que emocionó muy profundamente al público congregado esa tarde en el Palau de la Música. Aplausos que se prolongaron por más de diez minutos premiaron a los artistas que nos habían regalado semejante vivencia, y que por casi tres horas nos devolvieron a ese extraño gozo de estar en contacto con obras  tan estimadas por todos los ahí congregados. Esperemos que poco a poco la oportunidad de disfrutar de estas experiencias sea cada vez más frecuente, pues el apetito de nuestro público dista mucho de verse saciado. Seguimos.

Técnica y expresión

Técnica y expresión

El eminente musicólogo Español Adolfo Salazar, en uno de los ensayos que publicó en Ciudad de México en 1951 sobre J.S. Bach, se lamentaba sobre la “incomprensión” con que el romanticismo había tratado a Bach. En su opinión, solo había sido reconocido y admirando en el maestro de Leipzig, su consumada técnica compositiva y no la profundidad, belleza y expresividad de su obra. Evidentemente que esta es una opinión muy personal de Salazar, pero que ha venido a mi memoria, tras muchos años de haberla leído, la noche del pasado 2 de febrero, en que algunos afortunados, reunidos en el Palau de la Música, tuvimos la oportunidad de disfrutar de una espléndida lectura, del primer libro de El clave bien temperado, de J.S. Bach. 

El clave bien temperado, es una obra fundamental dentro de la música Occidental. Finalizado muy probablemente en 1722, este libro junto con el segundo que terminó el maestro, no fue publicado hasta 1744, después de su fallecimiento. Cada tomo cuenta con 24 preludios y fugas, escritos en todas las tonalidades de la escala cromática. La posibilidad de explorar la afinación temperada, siendo esta, la que se realiza afinando los sonidos de todas las teclas, manteniendo entre las que son contiguas la misma distancia, de modo que entre ellas siempre haya medio tono exacto, entusiasmó mucho a Bach desde muy joven. Nosotros hemos vivido siempre bajo esta afinación y nos parece la más natural posible, pero antes de esta posibilidad, si se quería tocar alguna pieza sobre un teclado afinado bajo la afinación pitagórica, que era la más utilizada entre otras posible, había que ajustar la afinación del teclado, porque de lo contrario, la música sonaba simplemente desafinada, lo que limitaba mucho las tonalidades en las que se podía trabajar. 

Bach se propone con este libro, mostrar las inmensas posibilidades a nivel tonal que se tenían bajo este sistema de afinación y por ello escribió un preludio y una fuga en cada uno de los 24 tonos, tanto mayores como menores, que existen en la escala cromática. El resultado es simplemente increíble, porque explora en profundidad las posibilidades técnicas para el intérprete, así como las expresivas, que esta inmensa paleta tonal le permite trabajar. El clave bien temperado, actualmente, es una obra indispensable para todos los aspirantes a pianistas, pero también es una obra que todos los músicos hemos trabajado a nivel de análisis, tanto de sus preludios, como de sus asombrosas fugas. Y este es el nivel en el que Adolfo Salazar viene a mi memoria, porque durante décadas, se ha dicho que el clave bien temperado, muestra a un Bach más bien frío y matemático, asombroso en su técnica, pero inexpresivo. Y el pasado martes 2 de febrero, mientras escuchaba el preludio en mi bemol menor BWV 853, fue simplemente imposible no conmoverme ante algo tan sincero y hermoso. 

Schaghajegh Nosrati, pianista alemana de origen israelí, que ya había debutado en nuestra ciudad el pasado agosto, realizó una interpretación de la obra simplemente fantástica. Nosrati no solo es una pianista consumada, con una técnica muy consolidada, unos dedos muy fuertes y ágiles, además de mostrar una precisión y una amplia gama de ataques que le permiten tejer y hacer cantar muy bien, las voces de una fuga. Es, además, un consumado músico, que conoce perfectamente cada uno de los preludios y fugas que integran la obra y supo muy bien cómo desplegar las partes que la conforman. Creó una lectura fiel al texto original, pero tomando decisiones que le dieron vida y empuje a su interpretación. No solo se trataba de disparar notas y mostrar el alto grado de su técnica pianística, sino de realizar una ejecución trascendental de una obra tan relevante.

Bach es para Nosrati su autor talismán y ya el pasado agosto interpretó en el Palau de la música, la Partita núm.2 en Do menor, BWV 826, obteniendo un inmenso éxito. Pero tocar El clave bien temperado es subir varios grados, pues para poder hacerle frente con éxito a semejante empresa, se requiere no solo de haber trabajado por muchos años la obra, sino de poder administrar y mantener una tensión y una concentración muy intensas durante casi dos horas ininterrumpidas. Con tan solo 32 años y un brillantísimo curriculum, la carrera de Schaghajegh Nosrati, promete y mucho. Viendo lo pronto que regreso a casa nostra, creo que podemos decir que se ha iniciado una muy buena relación entre ella y el público barcelonés. Seguimos.