El violín según Mutter

El violín según Mutter

El pasado viernes 17 de Noviembre en el Palau de la Música tuvimos la oportunidad de asistir a un concierto de esos que dejan huella. La violinista alemana Anne-Sophie Mutter, acompañada de los maestros Lambert Orkis al piano y Roman Patkoló al contrabajo, presentaron un programa donde el aroma a Mutter fue constante. (más…)

Fausto Murillo
Fausto Murillo (Querétaro, México) 1977: licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro (2001). Ha realizado, estudios de Dirección Orquestal con maestros como Enrique Batiz, Sergio Cárdenas, Antoni Ros-Marbà y Salvador Mas, desarrollando actividad dentro de la Dirección tanto en México como el estado español. Durante 6 años condujo programas radiofónicos de difusión musical en México, publicando con regularidad en diferentes espacios, además de impartir desde hace 20 años charlas y conferencias en los más diversos foros. Convencido de la necesidad de renovar desde sus cimientos la actividad musical, además de impartir clases en los Cursos Oberts del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (CMMB) estudia el grado en Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).
La fiesta drag. Sobre la cultura drag y RuPaul’s Drag Race.

La fiesta drag. Sobre la cultura drag y RuPaul’s Drag Race.

(Foto sacada de: https://www.pinterest.de/pin/36943659417237332/)

Maquillaje en grandes cantidades, tacones altos, peinados exuberantes, minifaldas y escotes generosos, todo un repertorio infinito de glamour, obscenidad y extravagancia que constituye lo que sería el infierno más profundo  del feminismo o bien, su campo de batalla. Sin embargo, hay que tomar un poco de distancia de esta primera impresión y darse cuenta de que el travestismo tiene un asterisco gigante encima, un asterisco que es precisamente aquello que lo diferencia radicalmente del concurso de belleza: detrás de la peluca y de los senos falsos no está una mujer sino un hombre. Ese “pero“, esa nota al pie es el corazón y el sentido del movimiento drag, su centro de pólvora, su posicionamiento político. La desaparición y la aparición del pene es en sí parte de la agenda drag, casi su esencia política: la libertad de poner y quitarse el falo. Una drag queen celebra la inautenticidad de su presencia y de todas, la apariencia engañosa y al mismo tiempo la verdad detrás de esta: el travestismo celebra el movimiento de las superficies que constituyen la diferencia entre los géneros; la performatividad del género en carne viva. Una drag queen celebra la libertad de las formas, se celebra a sí misma como individuo, resquebrajando así el imperativo impuesto por la clasificación anatómica, por el pene mismo: una drag queen celebra al sujeto como ente de autopoiesis pura.

Lo drag es fiesta, grito de libertad, orgía de formas, celebración del mal gusto, de lo obsceno y lo abyecto. Se alza un mundo alternativo pero uno brillante y hermoso.

Lo que pareciera ser un gesto misógino, la burla de lo femenino por parte del hombre, no es más que el juego de superficies que tiene un potencial altamente político: el sujeto adquiere la libertad de salirse de las casillas en las que ha sido encarcelado. El travesti muestra una y otra vez que las catalogaciones sociales responden solamente a una lógica de las superficies, y es por eso que decide trastocarlas y moverlas: el origen de estas nuevas capas del sujeto es sola y únicamente el sujeto mismo. Toda acción que parte del sujeto es (para Spinoza por ejemplo) un acto de libertad, una actividad verdadera, en contraposición a lo reactivo, a la representación pasiva, a aquello que se hace por los otros. RuPaul, la drag queen más célebre de los Estados Unidos y tal vez del mundo entero, recuerda esta importancia política al final de cada uno de los episodios de su reality show RuPaul’s Drag Race:

And remember, if you can’t love yourself, how in the hell you gonna love somebody else? Can I get an amen?

Estas palabras clausuran cada episodio, justo después de que uno de los o las concursantes fuera eliminado o eliminada de la competencia. Una de las partes más importantes del show de RuPaul es rescatar la importancia de la libertad del sujeto, la fuerza de este, y es por esto que no se recuesta en humildades falsas: el sujeto decide lo que quiere, se siente mejor que los otros y acaba de una buena vez con la autovictimización y con la autocompasión. No se trata de sujetos reactivos que compiten en cuál de todos se despoja de más fuerza; al contrario, todas son fuerzas activas en competencia, en pelea continua. Una de las virtudes más celebradas en la serie es precisamente la facultad de poder reírse de sí mismo, dominando así con maestría la burla de los otros. RuPaul defiende a capa y espada su presencia y fuerza escénica, no evita el elogiarse a sí mismo, prefiere celebrarse pero siempre con un último objetivo: revertir la arrogancia y el glamour en una carcajada. La falsa humildad tediosa que se empareja con la arrogancia es desechada por una arrogancia que tiene como objetivo el humor crítico. Si el show no hace reír, si no pone de cabeza la seriedad del concurso y las diferencias de género, si una carcajada no estalla en medio del juego de las formas, entonces no estamos hablando de lo drag.

De esta manera, RuPaul es más rey o reina que presidente o presidenta: su jurado es decorativo y antes de decir quién debe salir de la competencia, anuncia de forma jocosa: I’ve made my decision. No se trata de una decisión democrática sino de su decisión propia, y con esto barre con toda pretensión de democracia y defiende de frente lo que el show mismo es: el concurso de RuPaul.

Sin embargo, no todo funciona como uno quisiera. En el movimiento drag hay también un impulso homogenizante que destruye por completo el corazón político de esta forma de vida que es en sí la celebración de la heterogeneidad del sujeto. Lastimosamente las drag queens recaen en lo que pretende ser imitación “fidedigna” de un concepto peligroso de lo femenino y en este sentido, ya no se trata de un juego de reflejos y superficies sino de la acentuación de una idea mal entendida, de un juego mimético que colinda con la misoginia. La fiesta se vuelve aburrida cuando los únicos bienvenidos a celebrar se ven igual que todos, reproducen una idea errónea de la mujer y hacen de esto una imagen de culto. El caso de la ganadora de la séptima temporada Violet Chaski exalta lo que los reinados de belleza premiarían.

No obstante, la serie procura constantemente alejarse de un concepto fascistoide de belleza e intenta resaltar la celebración de las formas (ese es el caso de la ganadora de la octava temporada, Bob the Drag Queen, y de la novena, Sasha Velour), de lo grotesco y de lo abyecto que se convierten allí, donde el humano se despoja de sus falsas armaduras de humildad y mojigatería, en fiesta pura, fiesta de vida. Lo femenino como cliché viene a ser desmantelado como falsedad, lo femenino no termina siendo eso que el hombre espera de la mujer sino algo más: lo drag en sí, una estética independiente cuya esencia radica únicamente en la transgresión del buen gusto, de la diferenciación de los géneros y de la modestia arrogante, justo allí en medio de la carcajada.

Sin embargo, pareciera que la cultura drag necesitara de ese asterisco, de ese recordatorio de lo verdaderamente importante en ella, parece que necesitara de alguien que subraye constantemente el aspecto trans-gresor para no dejar que tanta fiesta se descarrile en su contrario, en una homogeneización de las formas. Es por eso que me hace falta en el drag de RuPaul un poco del punk de Vaginal Davis, justamente como era en sus primeros performances; pero supongo que la importante intención de insertar el travestismo y lo queer en la cultura mainstream requiere ciertos sacrificios.

(Posdata: Sasha Velour recibió hace poco, con ocasión de su victoria en la última temporada del show, un video de felicitación de nada más y nada menos que Judith Butler. A propósito de performatividad y de lo político…)

 

 

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja en su proyecto doctoral en la Universidad Libre de Berlin. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.
Blade Runner 2049: Replicando con honores al mito de los 80

Blade Runner 2049: Replicando con honores al mito de los 80

“- ¿Qué edad tengo?
– No lo sé.
– Nací el 10 de abril del 2017. ¿Cuánto voy a vivir?”

Ridley Scott dirigió en 1982 la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos (con permiso de la leyenda de Metrópolis de Fritz Lang): Blade Runner. Los coches voladores, el humo continuo e interminable que salía de ninguna parte, los replicantes (que término tan genial) que se preguntaban sobre la vida y sobre su propia existencia, la estética neo-noir de una ciudad distópica oscura, muy oscura, como El Infierno del Jardín de las Delicias de El Bosco y sobre todo, la inolvidable banda sonora de  Vangelis, el compositor que dibuja los sueños electrónicos del universo: treinta y cinco años después de todo esto, uno de los mayores talentos del Hollywood actual, Denis Villeneuve (Arrival, Sicario, Prisioneros) se atrevió a tocar uno de los últimos mitos del cine libre de secuelas.

Como un mito no se entiende si no se pone en contexto, todo empezó en 1968 con la célebre novela de Philip K. Dick ¿Sueñan lo androides con ovejas eléctricas? Blade Runner (ambientada en el año 2019) se basa en el libro de manera libre, tomando a personajes y centro de la historia, pero desarrollándolos a placer. Es mucho más rica en matices que la novela, algo remarcable pues esto suele suceder como sabemos a la inversa. Pese a sus innumerables virtudes, aciertos y encantos (Oh, la mirada triste de la replicante Rachael), estética y banda sonora tenían un embrujo tan mágico que si le quitáramos todos los diálogos a la película- “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo”- si siquiera se pronunciase una sola palabra, sería una película aún más fascinante. Un estilo y una música perfectos. Permitiríamos tan solo al final, quizás y eso sí, el celebérrimo epitafio del replicante Roy Batty.

Dennis Villeneuve (Quebec, 1967) es un outsider dentro de Hollywood. Otrora director de cine independiente en Canadá, realiza desde 2013 superproducciones americanas, pero conservando ese perfil bajo en sus películas, igual lo desorbitado que sea el presupuesto. Su siguiente proyecto conocido es nada menos que Dune, otro clásico ya llevado a la pantalla por un tal David Lynch en 1984. Será por osadía.

Blade Runner 2049 (a partir de ahora, simplemente 2049) imagina cual es la historia de la Tierra a treinta años vista, proyectando a futuro ese icónico universo propio que el libro inseminó y la película original parió. En este futuro hay ahora un modelo de replicante superior al anterior y, paradójicamente, estos nuevos modelos se encargan de retirar a los antiguos, por orden de la policía. Retirar, ¿una manera muy sutil de decir matar? No. Para que algo sea matado, debe previamente cumplir un requisito obligatorio: tener vida. Un replicante es un androide tremendamente evolucionado, un ser creado mediante ingeniería genética con piel humana y de apariencia casi imposible de distinguir, pero al fin y al cabo no es un ser humano. En el universo Blade Runner supura el anhelo por la vida natural, nacida, la envidia por lo auténtico en una Tierra decadente dominada ahora por lo artificial. Por vida artificial. La vida natural se puede matar, la artificial se retira. El lenguaje ha llegado a esa fase de desvirtuación, frio y calculador.

                                                                                           K

                                                               Nunca he retirado algo que haya nacido.

                                                                                       Joshi        

                                                                      ¿Y qué diferencia habría?

                                                                                          K            

                                                             Nacer significa tener alma, supongo.

Ryan Gosling interpreta a K, un replicante de última generación que ejerce de Blade Runner, esto es, un policía que busca y retira a replicantes considerados peligrosos o no deseados por el gobierno. Joshi (Robin Wright) es su jefa del departamento de policía. El film arranca, Hans Zimmer se pone el traje futurista y revive a las ondas cósmicas, empezando su homenaje particular a Vangelis. Mientras tanto Ridley Scott, ahora productor ejecutivo, sonríe. La primera misión del agente K es localizar y retirar a un replicante de modelo antiguo, uno que lleva treinta años apartado del mundo en una zona remota, es agricultor y vive de lo que cultiva. ¿Qué amenaza podría suponer para la sociedad? ¿Qué sociedad es esa? Jared Leto interpreta a Niander Wallace, el sucesor de Tyrell que ha continuado con el legado de la producción masiva de replicantes. Ejerce como Dios y creador, su personaje ve a estos individuos como el futuro de la humanidad, lo que es una perspectiva interesante y diferente, pues la mayoría percibe a los androides como simples esclavos, máquinas creadas con el fin de satisfacer a los hombres.

K posee recuerdos de su niñez -los replicantes son creados ya adultos- por lo que supone que son recuerdos implantados, algo común a la mayoría de los replicante para hacerles sentir “más humanos”. ¿Implantados? ¿Por quién o por qué?  Por la sociedad del futuro que imagina Blade Runner, más deshumanizada que nunca. K tiene una novia que es un holograma, una inteligencia artificial llamada Joi (Ana de Armas). Publicitada por toda la ciudad como objeto de deseo, es un producto creado para ser la compañía perfecta. O casi. No es palpable así que no puede satisfacer al contacto físico, pero sí mediante el resto de sentidos: Su eslogan “Todo lo que quieres ver, todo lo que quieres escuchar

2049 transmite intrascendencia. ¿Qué sentido tendría una Tierra con cada vez más androides y menos seres humanos? El vacío existencial es tan logrado que perjudica a la película durante su primera hora, cuesta entrar en la historia porque ésta así lo quiere, en su afán por percibir una sociedad gélida e inmersa en una crisis total de valores,

Efecto logrado en gran medida por la inexpresividad pasmosa de Ryan Gosling. Descoloca. Pocas veces se ha visto un ejercicio mayor de contención interpretativa. Su cara de asepsia ocupa una cantidad ingente de minutos en la pantalla, levantando incluso alguna risa del público, de extraña incomodidad. Si nos ensuciamos un poco las uñas, cavando en la arena, encontraremos lo que escondió Villeneuve. Desenterrar y hacer nuestra esa lucha interior de un ser que se siente especial pero no humano y lo desearía. Se advierten en K trazos de humanidad, cuando sus dientes gritan de rabia o sus ojos lloran, aunque el resto de su cara se mantenga impasible. Se busca que el espectador se sienta en la película como K dentro su cuerpo, atrapado. ¿De qué parte atrapada de un replicante hablo? ¿Alma?

Se juega con Ryan Gosling en 2049 igual que con Harrison Ford en Blade Runner. La eterna pregunta vuelve a salir: ¿Humano o replicante? ¿O es acaso posible un futuro con androides tan perfeccionados, capaces de desarrollar sentimientos, pero no lo suficiente como para expresarlos? Existe otra teoría intermedia, una que aventura la película y a su visionado me remito. ¿Puede Joi amar de verdad y K sentir su amor? ¿Puede si acaso algo que no sea humano sentir? Quizás sientan de una manera artificial, algo que los humanos no somos capaces de entender.

Intencionadamente, Hans Zimmer nos conduce con el crescendo de la música una y otra vez a la frustración, al no culminar sus torbellinos eléctricos en grandes giros de la historia o sucesos épicos que le den sentido. Es la frustración existencial de los replicantes. La de K cuando descubre un secreto tan potente que se lo impiden difundir, porque podría cambiar el funcionamiento del sistema y como cada sistema que se ve amenazado, se revuelve blandiendo el advenimiento del caos. Si K estaba solo ahora más que nunca, si no fuera por el amor holográfico pero abnegado de Joi, tanto que lo considera humano. Cuando llega el momento, la historia nos conduce a donde debería y ningún otro camino podría darse: a la reaparición de Harrison Ford. Gemidos en la sala. Se escuchan goteos.

“Joder, es salir en pantalla y parece el primer ser humano que vemos en una hora, bueno y al primer actor de verdad, los de antes eran como principiantes” le espeto a mi compañero de butaca, quien me mira sonriendo, dándome la razón. Rick Deckard ha vuelto. Suenan ahora Elvis y Sinatra recibiendo a la vieja gloria, cuyo carisma todavía juvenil y seductor sigue provocando resbalones en el suelo, a cada mueca de su sonrisa. El fugitivo rodará en 2018 una nueva entrega de Indiana Jones. Claro que si guapi. Porque él puede. Porque puede incluso llevar a esto.

Con su aparición la película se desdobla y el contraste con el resto del elenco es ahora abrumador. Porque Ryan Gosling es per se inexpresivo, el papel le viene como anillo al dedo, por eso le eligieron. Creo que nunca sabremos si es un actor mediocre que ha caído de pie o un genio. Porque Jared Leto lleva años haciendo de personaje excéntrico de la película y ese personaje se está comiendo a la persona. Porque a Ana de Armas una secuela de Blade Runner le queda unas tres tallas grandes y sus escasas dotes interpretativas no se disculpan por el hecho de ser un holograma. Y porque Robin Wright padece el encasillamiento de Claire Underwood en House of Cards y le queda el personaje forzado, ella siempre parece forzada.

Con estas cartas sobre la mesa, aventuro que se eligió al dedillo este variopinto reparto con el único fin de acentuar la frialdad de la película: actores que le dejan a uno frio porque no están en su mejor momento (Leto) porque son fríos ya de por sí (Gosling) porque carecen de las tablas necesarias para una superproducción (de Armas) o porque ha olvidado actuar lejos de su alter ego (Wright) Sus comportamientos de desapego frígido con la realidad permiten entender mejor el universo Blade Runner y hacen destacar para nuestro goce más todavía a Ford.

Villeneuve y Zimmer están sobrados de talento para lograr una buena secuela, pero quien destaca y sobremanera por encima de todos es Roger Deakins, el director de fotografía. El film es una exquisitez desde el punto de vista técnico, con imágenes impecables que son néctar y ambrosía para el paladar visual. Verbigracia un mundo lejano y olvidado, rescatado de la novela con gran acierto, donde todo está cubierto por una enigmática arena del desierto. Un polvo amarillento que infunde un ambiente desolador a una zona de la Tierra, donde antaño hubo vida y ahora solo van los que lo hacen para ir a morir.

La palabra que mejor define a 2049 es contención. La secuela de Blade Runner es una película contenida, porque así lo ha querido su director. Esa acción que nunca llega a estallar del todo y, cuando lo hace, continua con ese perfil bajo, casi de ultrasonido, imperceptible al oído, pero que el corazón entiende porque articula un lenguaje sin letras. Blade Runner 2049 es vivir dentro de un replicante, uno que sobrevivió a Los Ángeles 2019 y, treinta años después, sigue anhelando ser un humano. La secuela no posee grandilocuencia ni espectacularidad, como tampoco lo tiene el libro. Y esta es la manera más honesta de construir un homenaje, manteniendo un grado de fidelidad.

Voces importantes dentro de Hollywood y de los críticos norteamericanos la consideran ya una de las mejores secuelas de la historia. Imagino porque lo creen, pero yo lo hago por otra razón. Villeneuve ha creado a propósito una obra que simplemente cumpla, pudiendo aspirar a una sobresaliente, no por el riesgo personal de fracasar sino por el simple hecho de intentarlo, manchando la imagen de la película original como ha pasado con tantas y tantas secuelas. Elige dejar su impronta y su visión del universo Blade Runner, replicándole a la original pero sin permitir que interfiera su vanidad, porque el objetivo final es homenajear al mito de los 80.

Oh, esa mirada triste de la replicante Rachael…..

Quizá fuera Villeneuve y su amor por Blade Runner el director perfecto para afrontar una secuela, una combinación de fan acérrimo más un talento humilde nos ha permitido retrotraernos a una de las películas de nuestra vida, volviendo a la mirada sin fondo de Rachael, a la tenacidad incansable de Rick Deckard, a la fe en el amor y en la vida en un mundo devastado, como la fe de unos brotes verdes en un bosque donde ya no llega el sol, y sobre todo, a emocionarnos otra vez con Tears in the rain, cerrar los ojos y sentir como la naturaleza contacta con nuestros poros, flotando en el éter infinito del universo, imaginar naves ardiendo más allá de Orion, rayos C brillando en la oscuridad, la puerta de Tanhauser… con todos estos recuerdos que se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia, como aquel pobre replicante que solo quería vivir más, hasta que llegado el momento, aceptó su hora de morir.

 

 

Me diplomé en Turismo cuando era un joven imberbe. Vivo en Berlín desde 2013, encontrándome a mí mismo y alternando mi trabajo como recepcionista de hotel con devorar cines, peliculas y, cuando lo consigo, escribir críticas. Ese instante en la sala, sentado en tu butaca, segundos antes de que se apaguen las luces y comience la película…..
Beethoveniada con Kavakos y Pace (III): apoteósico final de una integral memorable

Beethoveniada con Kavakos y Pace (III): apoteósico final de una integral memorable


El pasado jueves 2 de noviembre pudimos disfrutar del último concierto de la integral de las sonatas de L.V. Beethoven por Leonidas Kavakos y Enrico Pace en el Palau de la Música Catalana. Después de escuchar las sonatas núm. 6, 3, 2, 7 en el primer concierto y 4, 5, 10 en el segundo, ya sólo nos quedaban por escuchar la primera, octava y novena sonata op. 12, 30 y 37 respectivamente. Independientemente de la razón que tuvieron los intérpretes para situar la primera y octava sonatas al final del ciclo, resulta evidente el motivo por el cual situaron la Kreutzer en el útimo lugar, ya que es la sonata más conocida junto con La Primavera (núm. 5) por su gran exigencia técnica, virtuosismo y larga duración.

A pesar de encontrarse un público un poco tenso y nervioso por la situación política actual en Cataluña, Kavakos y Pace supieron actuar elegantemente en el escenario, sin inmutarse por la atmósfera, y atacaron el Allegro de la primera sonata de forma impecable, enérgica y decidida. Igual que en sus otras actuaciones se pudo ver un gran entendimiento entre los dos músicos, que se demostraba en los ataques de las notas -claros y limpios- y en los cambios contrastantes y progresivos de los matices.

La interpretación de Leonidas Kavakos es esencialmente intelectual. Una vez que está en el escenario, la obra y ejecución le absorben completamente con una concentración absoluta, el público desaparece en la oscuridad en silencio y el intérprete da rienda suelta a un diálogo profundo y fraterno entre su instrumento y el piano. En esta conversación no hay ningún elemento que se ejecute al azar- sonido, matices, cambios, articulaciones…-a cada uno de ellos se le da una relevancia especial, y al mismo tiempo se enlazan cuidadosamente entre sí. A través de un meticuloso control de la cantidad, velocidad y peso del arco regula el sonido, prepara los cambios de posición pensando en el tipo de registro que casa en el momento y las articulaciones y matices son claros. El sonido nunca muere, se mantiene en movimiento incluso a través de los silencios.

Como ejemplo de su interpretación en el concierto, las cuerdas dobles (cuerdas que se tocan de forma simultánea) o acordes que pudimos escuchar sobre todo en las sonata núm. 1 y 9, comprendían un único sonido y  gozaban de una gran profundidad. Además, los pasajes rápidos, los tocaba con un arco muy concentrado en el centro, la zona del arco que rebota más y donde es más fácil separar las notas, con el fin de conseguir una buena articulación, en el mismo lugar donde también tocó el bariolaje 1 de la octava sonata, que por la velocidad sonaba casi como si fueran cuerdas dobles. Asimismo los trinos sonaban elegantes, cuidados y a una velocidad constante.

También fue interesante observar que Kavakos utilizaba las cuerdas al aire en numerosas ocasiones sin ningún rubor, siempre que fuera con el carácter y color del pasaje. Puntualizo esto porque en la escuela de violinistas romántica de donde parten Mistein, Elman y Heifeitz -violinistas que se consideran de referencia en Beethoven y de los que están influenciadas una gran multitud de grabaciones- es característico el uso de vibrato contínuo en todas las notas posibles y por lo tanto muchos violinistas evitan el uso de las cuerdas al aire, ya que no se pueden vibrar. Este manera de pensar -utilizar el vibrato como recurso permanente y automático-, sin embargo, puede acabar obstaculizando la verdadera función del vibrato como herramienta para enfatizar y dar color a los pasajes y notas que lo necesiten ya que no se produce un verdadero contraste en el tipo de sonido.

Acortumbrados a la típica entrada triunfal del adagio sostenuto de la sonata Kreutzer, Kavakos optó por arpegiar los acordes con un carácter dulce y sensible. De esta manera la introducción al presto se convirtió en un pequeño soliloquio íntimo y reflexivo, que contrastaba con la siguiente parte, de una racionalidad mecánica y furiosa. En medio de la tempestad del presto, al final del primer movimiento fue notable un pequeño momento de calma súbito en pianísimo que por su profundidad y delicadeza recordaba al carácter del adagio. Los pizzicatos, claros y diáfanos, eran gotas de sonido que se precipitaban en la sonoridad inquieta y envolvente del piano.

Kavakos nos demuestra que no es necesario agregar elementos fuera de la partitura – glissandos, vibrato continuo o algún truco para obtener alguna sonoridad o efecto concreto- o teatralizar la interpretación para conseguir un buen resultado, minucioso y de una gran calidad musical. Escuchando su interpretación, fácilmente nos podemos imaginar cómo el violinista tiene presente en todo momento el mapa mental de la obra y cómo la va desmenuzando y plasmando de manera escrupulosa en el escenario. Esperamos volver a tener la oportunidad de disfrutarlo nuevamente en un futuro próximo.

 


Palau de la Música Catalana, Barcelona. 2 de noviembre de 2017.

Leonidas Kavakos, violín
Enrico Pace, piano

Programa: Integral de las sonatas para violín y piano de Beethoven (III)

I
Sonata para violín y piano núm. 1, en Re mayor, op. 12/1
Allegro con brio
Andante con moto: tema con varizioni
Rondo: allegro

Sonata para violín y piano núm. 8, en Sol mayor, op. 30/3
Allegro assai
Tempo di minuetto
Allegro vivace

II
Sonata para violín y piano núm. 9, en La mayor, op. 47,“Kreutzer”
Adagio sostenuto
Andante con variazioni
Finale: presto

 

 

 

Violinista y gran amante de la cultura inglesa y japonesa.
Oro, o cuando la metáfora mata

Oro, o cuando la metáfora mata

Oro, la nueva película de Agustín Díaz Yanes, es una obra que tiene el encanto especial de agradar con lo previsible, de entretener con la repetición y de reflexionar sobre la falta de raciocinio.

Basada en un relato de Arturo Pérez Reverte, Oro nos traslada a la América, aun no marchita del todo y sin embargo tampoco virgen, de mediados del s.XVI (1538). Una expedición de unos 30 españoles intenta hallar “El Dorado” para obtener “fama y fortuna”. Obviamente, con este objetivo en el horizonte, el incremento de la violencia con el paso de los minutos de metraje era algo que se anticipaba.

 
Y, sin embargo, no todo es violencia en ese clima asfixiante que se genera alrededor del paisaje de una selva amazónica tan y tan viva. Es cierto que cuando no hay oponente externo, se busca dentro. Pero también hay en lo que creer: el poder de la letra, de aquello que, siguiendo a un célebre filósofo francés, deja huella. Pero el problema es que aquí no todos pueden llegar a detentar este poder, o eso parece. Porque el poder parece algo sólido y fijo, hasta que alguien se da cuenta de que se puede mover.

Cabe destacar la actuación de un Raúl Arévalo que parece ser uno de los hombres de moda del cine español. Todos sus personajes, hasta el momento, me resultan creíbles y bien armados. Si hubiera que poner un pero, tal vez, sería su carácter excesivamente taciturno y serio en todos sus papeles. Esto último, no obstante, debe ser consecuencia de lo que le piden, porque hasta el momento lo ha sabido ofrecer muy bien.

En definitiva, aunque Oro sea una historia de la que cualquiera puede tener un guión aproximado antes de verla, creo que es un film que merece la pena ver. La estética está muy bien trabajada, hay recursos: buenas actuaciones, sobriedad, un pequeño punto de reflexión y, sobre todo, crudeza, mucha crudeza.

 

Alex Mesa
Doctorando del Departamento de Filosofía de la UAB. Investigo “acerca del rastro del humor en la tradición occidental”. Te respondo: a menudo no hace ni pizca de gracia.
La espectacular danza percusiva de Che Malambo

La espectacular danza percusiva de Che Malambo

La compañía argentina Che Malambo está de gira y actuó por primera vez en España en el Teatro Auditorio San Lorenzo de El Escorial (Madrid) el pasado fin de semana. Se trata de una agrupación creada por el coreógrafo y bailarín Gilles Brinas que está integrada por doce hombres que expresan el arte del sur de Argentina, concretamente de La Pampa, a través del ritmo de sus bombos y sus movimientos.

Para el compositor Ígor Stravinsky, el ritmo es la base de la música y estaba en relación con el primitivismo del folklore de, en este caso Rusia, su país. Esa misma idea se puede aplicar a este espectáculo porque desde el primer segundo el ritmo penetra en el escenario y en el espectador con energía, precisión y determinación. Entra directamente sin preámbulos, lo que hace que sea una estupenda presentación de lo que va a suceder y de los artistas que intervienen.

Hay que tener en cuenta que las danzas tienen un componente de éxtasis que se establece entre la música y el bailarín, la música y esta con la conexión entre los bailarines, y todo ello con el público. A su vez, se establece un vínculo con el contexto en el que se ha creado y representado esa danza. En este caso, nos lleva al sur de Argentina, donde se originó en torno al siglo XVII el malambo, una danza folklórica interpretada exclusivamente por hombres y que está acompañada por el bombo legüero y las guitarras. El ritmo es la base de esta danza, tanto a nivel musical como en la propia danza en sí. Escuchándolo y viéndolo se pueden establecer conexiones musicales y de movimientos con el flamenco, como por ejemplo con el zapateo y la percusión corporal que aparece en ocasiones.

Una de las esencias del malambo es que en sus orígenes era un duelo competitivo en el que se ponía a prueba a sus intérpretes. Esto es recogido en el escenario y asistimos a duelos entre el bombo y el bailarín que imita los ritmos de este instrumento, entre dos bailarines que se retan y acaban bailando como si hubiera un espejo entre ellos y uno fuera el reflejo del otro, y entre diferentes agrupaciones, lo que les permite ir mostrando sus habilidades.


Los bailarines de Che Malambo utilizan las botas durante buena parte del espectáculo, lo que le confiere una sonoridad especial a los ritmos que crean y que superponen llegando a elaborar complicadas polirritmias. Un ejemplo más de su virtuosismo es mostrar de manera visual y auditiva esos movimientos y ritmos -delicados pero enérgicos en algunas ocasiones- descalzos, tanto en  los solos como con otros bailarines.

Nos sorprendieron a lo largo de toda su actuación, especialmente cuando de pronto escuchamos cantar y tocar a Gilles Brinas. De esta otra forma, también nos hicieron llegar el folklore de su país a través de las canciones de descendencia mapuche, esto es, del sur de Argentina y Chile. Por si fuera poco todo lo anterior, este gran intérprete además posee una preciosa voz.

Otro de los elementos esenciales de este espectáculo está relacionado con los diferentes elementos visuales, ya que es una puesta en escena bella por el vestuario que van utilizando a lo largo de la función y que representa las raíces sureñas argentinas de esta danza, por las figuras que crean y por la utilización tan inteligente de las luces que determinan tiempos, espacios y números. Esto se ve multiplicado en los números en los que utilizan las boleadoras. Estas eran instrumentos de caza indígenas argentinos de la Patagonia y La Pampa que más adelante fueron modificadas por los gauchos (habitantes de las zonas limítrofes de varios países de Latinoamérica). La coordinación de movimientos para manejarlas de diversas maneras mientras bailan, las ilusiones ópticas que consiguen crear con ellas y los ritmos que se añaden con estos peculiares instrumentos a los ritmos que hacen mientras bailan, hipnotizaron al público.

Esta gran danza de Che Malambo, con esta puesta en escena, nos lleva al éxtasis desde el principio hasta al final, cuando el público no pudo más que estallar en una clamorosa ovación. Espectacular.

(Foto: Che Malambo)

Irene Cueto
Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja.