Barenboim en los BBC Proms: Birtwistle, Elgar y el Brexit

Barenboim en los BBC Proms: Birtwistle, Elgar y el Brexit

La presente edición del mayor festival de música clásica del mundo, los BBC Proms 2017, empezó con fuerza, concentrando en el primer fin de semana algunas de las propuestas más interesantes. Nos referimos a la presencia de la Staatskapelle de Berlín, una de las mejores orquestas del mundo, que junto a su director titular, Daniel Barenboim, ofreció las dos sinfonías de Edward Elgar. A pesar de ello, el Royal Albert Hall presentaba una asistencia moderada el pasado domingo, cuando la formación alemana ofreció un programa íntegramente británico, con una nueva obra de Harrison Birtwistle complementando la segunda sinfonía de Elgar.

La obra de Birtwistle, Deep Time, es un encargo conjunto de la BBC y la Staatskapelle Berlin, estrenada por esta última el pasado 5 de junio en Berlín. El concepto de tiempo geológico o tiempo profundo refleja la inmensidad de las escalas temporales usadas en geología en comparación con la percepción humana del tiempo. Birtwistle ha dejado claro que no pretende describir ningún proceso geológico. Sin embargo su interés en el flujo del material musical y, en particular, sobre cómo reflejar en la partitura un estado de discontinuidad permanente, conecta de forma natural con la visionaria idea del padre de la geología moderna, el escocés James Hutton, que afirmó que en los procesos geológicos “no encontramos vestigio de un comienzo, ni prospecto de un final”. De modo que en Deep time no debemos buscar un discurso musical que fluya a lo largo de la pieza como en una sinfonía, sino que más bien encontramos una serie de elementos que se suceden o que suenan en diferentes capas de forma disconexa. La pieza transmite la sensación de que algo avanza inexorablemente pero sin mostrar evolución alguna, como si del mismo tiempo se tratara, y no podemos señalar ni un principio ni un fin más allá de los que marcan formalmente el comienzo y el final de la ejecución de la pieza. A pesar de que el compositor admite que no se trata de una obra descriptiva y por lo tanto queda eximido de toda exigencia de rigor científico, en mi caso debo reconocer que el título me creó una expectativa que chocó con la realidad de la obra y me desconcertó: la gran cantidad de cosas que suceden en la pieza transmite una sensación de velocidad muy superior a la que sugiere la noción de tiempo profundo. El público recibió la obra con entusiasmo y premió con largos aplausos tanto al compositor como a la orquesta, que interpretó a la perfección la exigente partitura.

La segunda parte estuvo dedicada por entero a la Segunda sinfonía, en mi bemol mayor, de Edward Elgar. Barenboim abordó con pericia la inmensa obra (casi una hora de duración) consiguiendo una interpretación vibrante e intensa, en la que destacó el voluptuoso sonido de la excelente orquesta. Juzguen ustedes mismos: el audio del concierto estará disponible para escuchar en streaming hasta mediados de agosto.

 

El discurso de Barenboim

No hay duda que Daniel Barenboim es un músico excelente, pero su ego y su inagotable ansia de protagonismo (incluso hay quien piensa que trata desesperadamente de hacer méritos para ganar el Nobel de la Paz) a menudo ensombrecen su labor. Esto mismo sucedió al final de su segundo y último concierto en los BBC Proms 2017, cuando después de la deliciosa versión de Nimrod que ofreció de propina, interrumpió los aplausos del público para pronunciar unas simpáticas palabras sobre la orquesta que derivaron en un largo sermón anti-brexit. El problema no es el contenido del discurso, con el que es casi imposible no estar de acuerdo (precisamente porque se trata de un discurso fácil, lleno de tópicos, por muy ciertos que sean, como que “el principal problema de la actualidad es que no hay suficiente educación”), sino que Barenboim se aproveche de su ventajosa posición, delante de 5000 espectadores y con micros y cámaras retransmitiendo en directo sus palabras por radio y televisión. Todos los conciertos de los Proms se retransmiten por la radio, y muchos de ellos también por televisión, ¿qué pasaría si todos los directores y solistas decidieran seguir el ejemplo de Barenboim y aleccionarnos con sus elevadas reflexiones sobre los problemas del mundo? ¿Y si el próximo discurso es pro-brexit? ¿Donde está el límite?

Es cierto que el Brexit afecta al mundo de la música de forma especial ya que, igual que pasa con la comunidad académica, la movilidad de sus miembros es crucial para la calidad de su trabajo. La diversidad cultural de una orquesta contribuye a su riqueza, y el brexit, especialmente con la actitud xenófoba que propagan algunos de sus promotores, es una amenaza directa. Pero encima del escenario hay otras maneras más elegantes y efectivas de protestar, como demostró dos días antes en la primera noche de los Proms el pianista Igor Levit sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Luciendo un pin con la bandera europea en la solapa, su significativa y emocionante interpretación como propina de la Oda a la Alegría de Beethoven (que en un arreglo de von Karajan se usa como himno europeo) fue mucho más elocuente que todo el discurso de Barenboim.

Científico y músico aficionado. Me encanta descubrir nuevas cosas, aprender sobre ellas y compartirlo.
Turandot en la Royal Opera House

Turandot en la Royal Opera House

Luciano Berio afirmó en una ocasión que Puccini había inventado la mitad del musical americano, y Andrei Serban parece querer añadir la otra mitad en su vistosa propuesta escénica para Turandot, llena de movimiento, color y acrobacias. En general, la producción es muy recomendable para aquellos que deseen ver una Turandot tradicional, de ambientación oriental y de gran impacto visual. La cuestión es si tiene sentido repetir la misma producción 16 veces en 33 años, por muy espectacular que esta sea, ya que el público habitual de la Royal Opera House difícilmente repetirá por enésima vez a no ser que el reparto sea excepcional, y este no fue el caso.

 

Primer acto de Turandot en la ROH, producción de Andrei Serban. Nótese el verdugo afilando su arma en la piedra gigante y las máscaras colgando de la estructura de madera, con tiras rojas representando la sangre que brota del cuello rebanado de los pretendientes. ©Tristram Kenton.

 

La estética es claramente oriental, con un vestuario inspirado en el tradicional hanfu y la presencia constante de máscaras que remiten a las máscaras chinas (aunque los rasgos grotescos sugieren una influencia balinesa en el diseño). Precisamente uno de los elementos estéticos más interesantes de la producción es el uso de mascaras gigantes para representar las cabezas de los pretendientes ejecutados. El primer acto es el más logrado en todos los sentidos, con un ritmo trepidante que iguala al de la partitura. Serban traduce en movimientos casi la totalidad de los ritmos que se escuchan, ya sea con las coreografías de los bailarines que llenan el escenario o con los saltitos -algo ridículos- de los ministros Ping, Pang y Pong, imitando el martilleo del xilófono y el picado de la flauta que los acompañan. De echo, estos últimos, con ropas de vistosos colores, caras pintadas a lo payaso y movimientos llenos de saltos y piruetas, se convierten en manos de Serban en unos simples bufones, a diferencia de la también tradicional pero más ingeniosa propuesta de Mario Gas que comentamos hará casi un año, en la que adoptaban un rol de observadores y comentaristas críticos. En el resto de actos coro y bailarines tienen menos presencia, dejando todo el peso escénico a una dirección de actores cumplidora sin más. Tampoco el impacto visual del primer acto tiene continuidad en el resto, con algunos elementos innecesarios y más bien risibles, como la especie de ciclorama que se despliega mientras los ministros recuerdan con nostalgia sus hogares (como si la música de Puccini no fuera lo suficientemente descriptiva), o la aparición del Emperador Altoum montado en un trono en forma de nube que desciende del cielo. Dos únicos detalles, pequeños pero importantes, dan interés a la propuesta más allá de lo visual: para golpear el gong con el que desafía a Turandot, Calaf arrebata el bastón a Timur, su anciano y ciego padre, arrojándole al suelo sin contemplaciones; por último, mientras el coro entona su canto triunfal para celebrar la victoria del amor y Calaf y Turandot se besan apasionadamente, el anciano Timur cruza lentamente el escenario arrastrando el carro con el cadaver de Liù, para recordarnos el precio del “final feliz”.

 

Acto primero. Calaf (Aleksandrs Antonenko, de azul) observa al verdugo Pun-Tin-Pao (el pitufo radioactivo en el centro) que se prepara para ejecutar al Príncipe de Persia, el último pretendiente que se sometió sin éxito a la prueba de Turandot. ©Tristram Kenton.

 

El rol de Turandot es de gran dificultad, además de ingrato. Solo canta en la segunda mitad de la obra, con pocas pero exigentes intervenciones, y el personaje no inspira precisamente simpatía, al contrario que la otra soprano en escena, la esclava Liù. Por desgracia no es extraño que más que cantada, la parte de Turandot sea gritada. Pero este no fue el caso, con una Christine Goerke tan impactante como precisa. Igual que pasa con Iréne Theorin -otra notable Turandot de la actualidad-, el repertorio natural de Goerke es el germánico, especialmente los roles de Elektra y Brünhilde.  Esto marca su interpretación, con un sonido que tiende a ser más agresivo, a diferencia de la aproximación más belcantista de grandes Turandots del pasado como Sutherland, Callas o Caballé. Su entrada en escena con In questa reggia impresionó por el volumen de su voz y la seguridad en la emisión, aunque resultó algo monótona. Más interesante resultó la escena de los enigmas, con un fraseo sugerente y una actitud que reflejaba el progresivo temor de la princesa ante los aciertos de Calaf. Pero donde Goerke se mostró más inspirada fue en el dúo final con Calaf, con gran cantidad de matices que lograron hacer creíble la rápida capitulación de Turandot.

 

Timur (In Sung Sim, en el centro) intenta disuadir a Calaf (Aleksandrs Antonenko) de su intención de someterse a los enigmas de Turandot. Liù observa preocupada (Hibla Gerzmava). ©Tristram Kenton.

 

Por su parte, Aleksandrs Antonenko fue un Calaf absolutamente insuficiente, con evidentes signos de fatiga vocal. Si el pasado diciembre contamos como logró salir relativamente airoso de una función de Manon Lescaut a pesar de encontrarse indispuesto, esta vez los problemas vocales no pueden achacarse -que sepamos- a una enfermedad. Su voz suena gastada ya desde la primera nota, con constantes oscilaciones, cambios de timbre, una afinación imprecisa y enormes problemas en la zona del pasaje (especialmente en el fa), donde invariablemente se le rompía la voz. Tampoco su interpretación pudo disimular sus carencias vocales. El tenor letón nunca ha sido un prodigio de sutileza, pero en la citada Manon Lescaut demostró una importante mejora en este aspecto. Sin embargo, el personaje de Calaf es menos agradecido en este sentido y Antonenko, posiblemente condicionado por su estado vocal y más preocupado por terminar la función sin problemas mayores, se limitó a ofrecer un príncipe intrépido y orgulloso, pero que rivalizó en frialdad con la mismísima Turandot. En la tanda de aplausos parecía más aliviado que satisfecho.

El público dejó claro que, para ellos, la gran triunfadora fue Hibla Gerzmava en el papel de Liù. Es evidente que el carácter trágico del personaje así como la bellísima música que Puccini le proporciona incita a una respuesta entusiasta, a veces en exceso. Gerzmava tiene una voz atractiva, rica y dúctil, de una dulzura ideal para Liù. El problema es que no siempre la controla adecuadamente, mostrando cambios demasiado bruscos de dinámica y timbre, especialmente cuando pasa de piano a mezzoforte. Sus primeras intervenciones, incluida la esperada aria Signore ascolta, fueron algo irregulares por culpa de estas imperfecciones. En el tercer acto y con una emisión más cuidada, Gerzmava demostró su verdadero potencial, con una conmovedora aria final cantada, esta vez si, con una elegante y sólida linea vocal. Muy correctos y ágiles Michel de Souza, Aled Hall y Pavel Petrov como Ping, Pang y Pong respectivamente, en la acrobática e histriónica versión del trio de ministros que propone Serban. Muy bien In Sung Sim como Timur y correcto Robin Leggate como Emperador.

 

Acto tercero. Los tres ministros Ping, Pang y Pong (Michel de SouzaAled Hall y Pavel Petrov) torturan a Liù (Hibla Gerzmava) para que les diga el nombre del principe desconocido. ©Tristram Kenton.

 

Impecable el coro de la Royal Opera House, en una partitura especialmente exigente. La orquesta aportó la densidad y el carácter necesarios para desplegar la suntuosa paleta de colores pucciniana (¡como se echa de menos en el insatisfactorio final de Alfano!). Dan Ettinger tuvo algunos problemas para mantener a los metales sincronizados en un par de fragmentos del primer acto. Por lo demás, su lectura fluyó con naturalidad entre la delicadeza de los momentos más íntimos y la grandiosidad de los más solemnes.

  • La función del viernes 14 de julio de Turandot estará disponible en el canal de Youtube de la Royal Opera House hasta mediados de agosto, con un reparto alternativo que contó con Roberto Alagna, Lise Lindstom y Aleksandra Kurzak.

 

Acto tercero. Turandot (Christine Goerke) cede finalmente ante Calaf (Aleksandrs Antonenko) para alegría del pueblo y del emperador (Robin Leggate) que los observan. ©Tristram Kenton.

 


Sábado 15 de julio de 2017, Royal Opera House, Londres

Turandot

Música de Giacomo Puccini (final completado por Franco Alfano) i libretto de Giuseppe Adami y Renato Simoni.

Director de escena – Andrei Serban
Decorados – Sally Jacobs
Iluminación – F. Mitchell Dana
Coreografía – Kate Flatt
Choreologist – Tatiana Novaes Coelho

Director musical – Dan Ettinger
Princesa Turandot – Christine Goerke
Calaf – Aleksandrs Antonenko
Liù – Hibla Gerzmava
Timur – In Sung Sim
Ping – Michel de Souza
Pang – Aled Hall
Pong – Pavel Petrov
Emperador Altoum – Robin Leggate
Mandarín – Yuriy Yurchuk
Royal Opera Chorus
Orchestra of the Royal Opera House

Científico y músico aficionado. Me encanta descubrir nuevas cosas, aprender sobre ellas y compartirlo.
Paula Rego: historia de la pintura. Exposición en La Virreina (Barcelona)

Paula Rego: historia de la pintura. Exposición en La Virreina (Barcelona)

Desde el 8 de julio al 8 de octubre, el Centre de la Imatge La Virreina acoge la exposición retrospectiva de Paula Rego “Léxico Familiar”.

En este tiempo nuestro del “click”, en el que el feminismo en su forma más pervertida y mainstream copa las portadas de los periódicos principales de nuestro país, hacer una exposición de Paula Rego se antoja de lo más adecuado. Cualquier motivo es bueno si el fin es disfrutar de la obra de esta maestra del dibujo que, efectivamente, lleva desde los años 50 dinamitando las formas típicas de representación de la mujer en el arte.

Se dice que solo a través de la historia del arte se puede hacer historia del arte. Paula Rego representa claramente el paradigma de esta idea. Ya nos los indica el panfleto de la exposición, pero no hace falta: es imposible no ver a Goya en sus trabajos. La artista portuguesa mama de los grandes maestros, los utiliza para sus propios y brutales fines. Como ellos, trabaja generalmente del natural, monta complejas escenografías en su taller que luego trasladará al lienzo o al papel. La modelo se coloca en algún lugar dentro de estas composiciones barrocas, acompañada de grotescos muñecos creados por la propia la artista. Una vez dibujados, se borran las barreras entre lo natural y lo artificial, lo real y lo ficticio: las figuras humanas parecen marionetas y los muñecos cobran vida. Con una línea expresiva pero precisa, los cuerpos se representan volumétricos y algo deformes, toda la superficie del papel tiene importancia, no se deja nada al azar. Tampoco faltan las referencias al imaginario católico, solo que esta vez la crucificada es una señora-vaca-calavera, las piedades muestran marionetas o monos en el lugar de Cristo, y en el Oratorio (este es, precisamente, el nombre de la única obra tridimensional que encontramos en la exposición) ya no están dibujadas imágenes de la vida de los santos, sino escenas de aborto clandestino. No hay posibilidad de redención en Rego.

“Léxico familiar” compone un buen muestrario de la obra de Rego. Piezas de distintas épocas se reparten por las salas de La Virreina, principalmente trabajos realizados entre los años 80 y la actualidad. Los grandes pasteles se imponen; entre ellos, algunas de las joyas de la corona, como Blancanieves y su madrastra o el tríptico El hombre almohada. Las arropan numerosas obras gráficas de menor tamaño, que dan buena cuenta del interés de la artista por las técnicas gráficas tradicionales –de nuevo, die alte Meister–. Entre estos grabados, litografías y dibujos a tinta, también se cuela, por suerte, alguna que otra de sus piezas de tendencia Art Brut. En total, un gran número de obras que, sin embargo, suponen solo una pequeña parte dentro de la vasta producción de esta artista tan prolífica que morirá con un clarión en la mano.

Cuentos populares, fábulas, sátira política, tradición, Balzac, Shakespeare, el subconsciente, la burguesía, la familia, Freud. Las fuentes de las que bebe Rego son inagotables, y cada pieza invita a comentarios e interpretaciones múltiples. Pero sea cual sea el tema de cada obra, todas ellas, con su salvajismo contenido y su violencia callada, son una reflexión sobre las relaciones de poder. Así, Rego juega constantemente con el tamaño de los personajes como elemento jerarquizador en sus perturbadoramente coloristas escenas, en las que la figura de la mujer interpreta, como decía, el rol principal. Vemos a la cuidadora que limpia al anciano, la joven forzada a abrirse de piernas, la hija que sujeta a la abuela moribunda en su caminar… Las hembras –con toda la animalidad de la palabra– protagonizan estos relatos de sometimiento, no desde la fragilidad, sino como fieras encadenadas obligadas a actuar en el circo, esperando un momento de despiste para comerse a su domador (la madre de Caperucita vistiendo las pieles del lobo); sus cuerpos se representan rudos, morenos, fornidos, no padecen debilidad alguna. La Venus de Boticelli se ha extinguido para siempre.

La obra de Paula Rego es absolutamente contemporánea y, a pesar de ello, no parece disfrutar aún –ni entre los amantes del arte o los historiadores– de la posición que se merece. Sí que es vieja conocida, en cambio, en las facultades de Bellas Artes, donde aparece de forma recurrente junto a Lucian Freud en los Power Points que se muestran durante las sesiones de dibujo o pintura con modelo. Este hecho, más allá de la anécdota, no carece de importancia, pues lo que tratan de decirnos estos profesores (además del “¡Lourdes, tienes que pintar la celulitis como Freud!”), es que aún en el siglo XXI hay nuevas maneras de afrontar la representación figurativa. Entre otros, fueron Rego, Hockney, Bacon, Kitaj y Freud, los valientes –o insensatos– que, desde su sede londinense, le dieron una nueva vida al retrato en la pintura cuando ésta ya había muerto. De todos ellos, Paula Rego es quizá la que más carga política ha derramado en su superficie. Esa una de las razones por las que esta exposición debe visitarse.

Jean Arp (y Kaspar) en el MAM de la CDMX

Jean Arp (y Kaspar) en el MAM de la CDMX

Era 1916 cuando en Zúrich, en el mítico Cabaret Voltaire, se reunió un grupo de artistas para crear un nuevo movimiento cultural y artístico al que llamaron Dadaísmo. Este movimiento, encabezado por el escritor Tristan Tzara, y que surge en el contexto de la Primera Guerra Mundial, se rebela frente a los cánones artísticos tradicionales y aporta formas, materiales y estilos muy diferentes a los utilizados convencionalmente en las artes.

Uno de los fundadores del Dadaísmo que estaba reunido en el Cabaret Voltaire la tarde-noche del 5 de febrero de 1916 –fecha en la que dio comienzo oficial el movimiento Dadaísta– era el artista Jean Arp.

Por primera vez en México y en toda América Latina, se ha exhibido una exposición dedicada íntegramente a este polifacético escultor germano-francés. La exposición, inaugurada el pasado 8 de abril del presente año y que está por clausurarse el próximo 8 de julio, ha conseguido sobrepasar los exorbitantes costos de traslado de las obras escultóricas de los artistas europeos del siglo XX (hay que destacar que este último hecho ha propiciado un gran desconocimiento de estos escultores en otras latitudes del mundo).

La exposición ARP, dirigida por el connotado historiador del arte Serge Fauchereau, ha estado albergada –y lo estará aún unos días más– en el MAM (Museo de Arte Moderno) de la Ciudad de México. La exposición reúne más de 60 obras de Arp que abarcan desde esculturas y relieves, hasta pinturas, litografías, dibujos, papiers collés, tapices, y sus imprescindibles poemas, así como diferentes fotografías de Arp y sus coetáneos.

Las obras provienen de la Fundación Arp, del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo, del Centro Georges Pompidou y de la Galería Thessa Harold. La exposición ha sido organizada por el MAM en colaboración con la Fundación Arp y la embajada de Francia en México, y tiene como marco el contexto del centenario del Dadaísmo.

La gran variedad de estilos artísticos representados en esta exposición tan calculadamente cuidada, es reflejo de la propia variedad creativa de Arp y, a su vez, reflejo también de las diferentes etapas artísticas por las que atravesó tan singular personaje. Fundador, como veíamos, del movimiento Dadaísta, Arp fue también un gran exponente del surrealismo y, posteriormente, del abstraccionismo, además de su interés por el cubismo.

Perteneció en su juventud al grupo Der Blaue Reiter, formó parte del Cabaret Voltaire, y también integró el Abstraction-Creation y el Cercle et Carré (en el que conoció a su amigo el escultor mexicano Germán Cueto).

Esta peculiar diversidad en la carrera y en la producción de Arp, se ve reforzada por algunas diversidades de carácter personal. De madre francesa y padre alemán, Arp, que vivió 80 años, tuvo nacionalidad alemana durante cuarenta de ellos y nacionalidad francesa durante los otros cuarenta. Debido a esto, se llamó oficialmente Hans Arp durante la mitad de su vida y Jean Arp la otra mitad. Como quiera que sea, Arp condensó en su persona y en su obra ciertas peculiaridades que se reflejan en un arte fresco, divertido y armónico.

Ya apunté que Jean Arp también escribió poesía, labor que emprendió desde su más temprana juventud y que le ha llevado a ser considerado unos de los grandes poetas alemanes del siglo XX (a la hora de escribir poesía, Arp parecía más cómodo con el uso de la lengua germana y es en este idioma en el que escribió casi todos sus poemas, aunque también escribió en francés.)

Como digo, el artista conocido principalmente por sus esculturas, tiene una interesante faceta de poeta. Escultura y poesía se unen en una curiosa historia que desemboca en su obra más representativa y la central de esta exposición en el MAM de la CDMX: la historia de Kaspar.

Entre los años 1912 y 1914 Arp se dedicó principalmente a la poesía. En ese tiempo es que compuso su famoso poema Kaspar ist tot (Kaspar está muerto), cuya forma misteriosa cautivó a sus compañeros del Cabaret Voltaire al punto de que lo convirtieron en uno de los textos de culto del Dadaísmo.

Kaspar resultó un personaje complejo y misterioso, una especie de duende (o ávatar) “amable y travieso”, como lo han llegado a calificar algunos estudiosos como el propio Fauchereau. La naturaleza y el carácter de Kaspar suponían (y aún lo suponen) todo un misterio.

El hecho es que en 1930 Arp vuelve a dar vida a Kaspar, ahora bajo la forma de una escultura de 50 centímetros de alto, que resulta tan misteriosa y enigmática como el poema, y que se ha convertido en la escultura emblemática del Dadaísmo.

La Tête de lutin, dite Kaspar se presenta en el MAM en dos modalidades: el original de yeso en el que aún se vislumbran las huellas de los dedos de Arp, y una versión posterior de bronce.

Estas dos obras centrales en la exposición están rodeadas, además, por una variedad de esculturas de diferentes épocas y materiales, y acompañadas también por la selección de dibujos, tapices, relieves y demás materiales seleccionados para la muestra.

Llama la atención que todas las esculturas están colocadas sobre bloques de ladrillos, sin pedestales. Esto, según el curador de la exposición, se debe a que el propio Arp consideraba que las esculturas deben exponerse solas, sin estructuras ni soportes.

Asimismo, y para que la exposición armonizase también con la propia obra del artista, Fauchereau decidió orientar toda la muestra de manera circular, creando un espacio acogedor y armónico que conduce al visitante por la biografía y la obra de este singular artista, imprescindible de las vanguardias, que es Hans-Jean Arp.

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
Joyce en el exilio

Joyce en el exilio

El connotado escritor irlandés James Joyce (1882-1941) es conocido por su singular narrativa (la cual dio paso, según muchos estudiosos, a la literatura contemporánea) y, principalmente, por su Ulises. Pocos saben, sin embargo, que entre su producción literaria existe una peculiar obra de teatro: Exiliados.

La unicidad de esta obra teatral conlleva dos aspectos dispares. Por un lado, nos encontramos ante un autor ajeno en su práctica creativa al género teatral; esto no le quita valor ni calidad a su obra, pero es cierto que si la comparamos con la de los grandes dramaturgos de su tiempo, como Ibsen, podemos observar algunas carencias estilísticas y metodológicas propias de la inexperiencia de Joyce en el género. Por otra parte, el hecho de que el irlandés haya escrito una única obra de teatro le concede no sólo cierta exclusividad a la obra, sino además, un interés añadido a la hora de su estudio y del de los motivos que impulsaron a Joyce a incursionar en la dramaturgia.

En cuanto a este último aspecto, sabemos que Joyce fue un gran admirador del teatro ibseniano, motivo por el cual es fácil pensar que haya querido emular al maestro noruego. La obra la escribió en 1915, época en la que estaba gestando ya su Ulises. Suponemos que no habrá sido fácil compaginar la escritura de dos obras tan dispares en su forma: Exiliados es un drama en tres actos que sigue los cánones clásicos de temporalidad y diálogo, y Ulises… bueno, Ulises ya sabemos que es una afortunada suerte de experimento narrativo totalmente innovador y vanguardista.

La temática de Exiliados, por su parte, sí guarda ciertas semejanzas con Ulises. Hay mucho (o se cree que hay mucho) de biográfico en la historia que se cuenta en esta comedia de tintes dramáticos, al igual que se suponen aspectos biográficos en la gran novela de Joyce. Además, encontramos presente en ambas obras el tema de la infidelidad, muy recurrente en la producción de Joyce y que da pie, precisamente, a todo tipo de especulaciones sobre qué tanto de biográfico hay en las truculentas historias amorosas de los personajes del autor irlandés.

Exiliados nos presenta la historia de cuatro personajes. El escritor Richard Rowan y su pareja, Bertha, han estado fuera de Irlanda, en el exilio, y acaban de regresar a su país y a su casa. El periodista Robert Hand, amigo de juventud de Richard, está enamorado de Bertha y ahora que ha regresado, le confiesa tímidamente su amor. Richard sabe de los cortejos de Robert y sabe también que Bertha alberga sentimientos hacia el periodista. Así, con un sufrimiento palpable y tragicómico, Richard decide dejar que Bertha mantenga una aventura con Robert si así lo quiere. Bajo una bandera de generosidad con la que le otorga completa libertad a Bertha, Richard parece ocultar en realidad la justificación de su propia infidelidad, pues él está enamorado desde años atrás de Beatrice, prima de Robert y con la que ha mantenido ya una aventura en el pasado.

Los escarceos amorosos de estos cuatro personajes tienen como telón de fondo el contexto del exilio. Recordemos aquí que Joyce estuvo exiliado de Irlanda por muchos años y que fue una circunstancia que le causó no poco pesar (por ello el tema del exilio es también recurrente en su obra). Joyce partió de Irlanda con Nora, su pareja, a los pocos días de conocerla, igual que Richard con Bertha en la obra. Joyce ya nunca regresó a Irlanda, pero seguro imaginó y soñó con su regreso en no pocas ocasiones y una de esas ocasiones parece ser Exiliados, que se convierte en un ejercicio imaginativo del escritor irlandés sobre el posible regreso a su patria. Sin embargo, la obra va más allá de este contexto y de lo anecdótico de las aventuras de estos cuatro personajes. Exiliados, en clave metafórica, se adentra en otro tipo de exilio, el del exilio interior, el exilio de los propios sentimientos.

Con gran agudeza e ingenio, Joyce desnuda lo más profundo de los sentimientos y las pasiones humanas y construye a cuatro personajes profundamente enamorados pero a su vez profundamente atormentados por estos amores. La duda se convertirá en la verdadera protagonista, una duda sobre la posible infidelidad, una duda que no se puede disipar porque sobrevive incluso a las confesiones más íntimas. La duda, así, torna estas relaciones en trágicas, pero a su vez es sobre ella que se construye el amor entre estos personajes. En suma, Exiliados representa una obra de gran profundidad psicológica en la que Joyce diserta con profundidad y algo de humor sobre los sentimientos, las relaciones, el amor y la duda.

Exiliados se estrenó en teatro en 1918, en Munich, con un gran fracaso de público y de aceptación. Tampoco los intentos que se hicieron en Nueva York en los años 30 o en Inglaterra en los 70 obtuvieron ningún éxito. Sin embargo, la historia de Exiliados en México es muy distinta.

México es un país con una amplia tradición de producción teatral de gran calidad. Actores, directores y escenógrafos de primer nivel surgen en este país en el que Joyce sí ha triunfado sobre el escenario. En 1980 Marta Luna dirigió una primera puesta en escena de Exiliados que se representó con gran éxito en el Poliforum Cultural Siqueiros, alcanzó más de quinientas representaciones y cosechó grandes críticas.

Ahora, Martín Acosta se pone al frente de un nuevo y actual montaje de la obra de Joyce que se está representando en el teatro El Granero del Centro Cultural del Bosque de la Ciudad de México. Acosta, además de dirigir la puesta en escena, es el responsable de la traducción y la versión del texto utilizado para esta ocasión y, también, del diseño de la escenografía, que combina de forma magistral el minimalismo, la practicidad escénica y un curioso estilo kitsch.

El nuevo elenco se ha ganado desde la primera representación al público y a la crítica. La obra cuenta con las magníficas actuaciones de Carmen Mastache –en el tímido personaje de Beatrice–, Verónica Merchant –espléndida en su representación de Bertha–, Pedro de Tavira Egurrola –hijo del connotado director Luis de Tavira y de la actriz Julieta Egurrola y que encarna a Richard– y Tenoch Huerta –quien toma un descanso de la pantalla grande para regresar al teatro en la piel de Robert Hans–.

La maestría de los cuatro actores, combinada con la fuerza narrativa de la historia, da como resultado un poderoso montaje en el que el director se toma libertades tan inusuales como mantener un primer plano con el actor de espaldas al público principal; y si de algo adolece esta puesta en escena es de más funciones. La corta temporada termina el próximo 9 de julio, así que si nos lees desde la Ciudad de México, no dudes en disfrutar de este magnífico espectáculo joyciano, y para los asentados en otras latitudes, aprovechad que los derechos de autor de la obra quedaron liberados en 2012 y conseguid este magnífico texto que no dejará a nadie indiferente.

 

 

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
La eternidad en una fotografía

La eternidad en una fotografía

Le dije, cariño ponte esta falda y salgamos al jardín. Cogí la cámara de fotos y puse música. Mi hija empezó a bailar de manera tan natural que tuve que empezar a fotografiarla. Y éste es el resultado. Bonito, ¿verdad?

Iratxe Álvarez nació en Valencia pero podría decirse que su casa está en distintas ciudades. Ahora reside junto a su marido y sus tres hijos en Bélgica. Y es allí, rodeada de naturaleza, donde ha comenzado su último proyecto fotográfico: Little Islands Photography. El pasado 16 de junio se expusieron algunas de sus obras más recientes en la muestra conjunta As we see it, mezcla de pintura, grabado y fotografía, que reunió el trabajo de Astrid Van Drie y Vieta Bons.

«En mis fotografías siempre busco captar la fuerza de las miradas, la eternidad y el poder de ese instante preciso», responde a modo de carta de presentación para aquellos que le preguntan sobre su estilo fotográfico. La maternidad y su experiencia como monitora en Amamanta -un grupo de apoyo a la lactancia materna- explican su fascinación por la fotografía infantil. La facilidad con que los niños se pierden en sus propios juegos, en sus fantasías, alejándose así de esa realidad que no les conviene para luego trasmitir al espectador la maravilla de esas emociones. Así define Álvarez su trabajo. «No hay nada como descubrir el mundo a través de los ojos de un niño», confiesa.

Tras un año de aventura por Australia, que plasmó fotográficamente aquí para deleite de sus seguidores, la estabilidad ha vuelto de nuevo a su día a día, que dedica en gran parte a proyectos como el Lens op de Mens, el Festival Internacional de Fotografía de Overpelt. «Fue casi una casualidad que presentase tres de mis fotografías de la serie Explorers a este concurso», comenta el día de la entrega de premios. Pese a no haber sido galardonada, Álvarez está contenta de su participación ya que considera que es «imprescindible» ir abriéndose un hueco entre los fotógrafos de la zona, «sobre todo para que te conozcan y conozcan tu trabajo», añade. Hasta el próximo 31 de agosto, pueden visitarse las más de 500 fotografías expuestas por las calles de Overpelt, una apuesta municipal para acercar la fotografía y el arte al gran público.

«Mis hijos son mi gran inspiración pero también ellos crecerán y acabarán por irse», comenta de regreso a su casa, que es provisional, en el mejor sentido de la palabra. «Volver a Australia sería maravilloso», reconoce. Hasta entonces, seguirá fotografiando la inocencia de los niños que le rodean, como si a través del objetivo de su cámara pudiese captar todo aquello que Peter Pan se negaba a abandonar al llegar a la edad adulta.

 

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.