‘Frágil equilibrio’ en la 30ª Semana de Cine en Medina del Campo

‘Frágil equilibrio’ en la 30ª Semana de Cine en Medina del Campo

(Fotograma de Frágil equilibrio)

Medina del Campo (Valladolid) es una población que tiene un entorno histórico y arquitectónico impresionante, con el castillo de La Mota como su máximo exponente, principalmente porque durante el reinado de los Reyes Católicos -y sobre todo por la reina de Castilla Isabel I-, se construyeron o empezaron a erigir algunos de los edificios más importantes de aquella época. En esta ocasión el motivo por el que volví a mi tierra es porque del 10 al 18 de marzo se celebró la Semana de Cine que este año cumplió su trigésima edición con este certamen de cortometrajes. En dicho entorno histórico además de muchas y diversas proyecciones nacionales e internacionales, se celebraron conciertos y hubo exposiciones relacionadas con el cine, como Platea. Los fotógrafos miran al cine que estaba en la Plaza Mayor y mostraba cuarenta obras de fotógrafos españoles relacionadas con el séptimo arte.

A lo largo de la semana también se concedieron premios honoríficos. Este año el Roel de honor fue para la actriz Ángela Molina por su extensa carrera. Rodrigo Sorogoyen fue reconocido como Director del siglo XXI, siendo Que Dios nos perdone (2016) su trabajo más reconocido con seis nominaciones en los Premios Goya. Las menciones de actores del siglo XXI fueron para Carlos Santos e Ingrid García Jonsson.

En cuanto a las películas galardonadas, Frágil equilibrio (2016) de Guillermo García López se alzó, al igual que en los Goya, con el premio al mejor documental. Esta película es de esas obras que me llaman la atención por su título y me incitó a verla. En ella nos adentramos en las vidas de personas de diferentes países con culturas, costumbres, ideas y religiones muy distintas pero con algunos componentes generalizados. Conocemos a un ejecutivo japonés; a un español que acabó siendo desahuciado y vive como ocupa en una vivienda en Madrid; a un grupo de hombres, la mayoría procedentes de Mali, que subsisten en un monte de Marruecos mientras esperan su oportunidad para escalar las vallas de Melilla y aventurarse en suelo español. Con tales diferencias geográficas y políticas, ¿de verdad estos hombres tienen algo en común?

El narrador de esta historia es José Mujica, ex presidente de Uruguay, quien comparte sus ideas y planteamientos en relación al hombre y la humanidad. A través de sus palabras, las imágenes nos van envolviendo en las diferentes realidades en estos países y en esas vidas seleccionadas. Son planos bellos, incluso cuando nos muestran las atrocidades que la humanidad está cometiendo en nuestro ecosistema contaminando el aire o el agua. Lo mismo sucede con las imágenes ralentizadas que nos revelan diferentes tipos de población que van de acá para allá realizando su vida cotidiana. En el caso japonés además es motivo de reflexión y contraste porque la vida allí es tan sumamente ajetreada que esa ralentización no disminuye esa cotidianidad, sino que la potencia.

En este trabajo se plasman las diversas luchas en las que está inmerso el ser humano: contra el trabajo y la soledad. En primer lugar, lo que nos suele llegar a través de los medios de comunicación son los graves problemas derivados de la carencia de trabajo y esto está representado por el hombre madrileño que cuenta su drama personal que le llevó a perder a su familia y su casa, hasta el punto de ser desahuciado. Tiene que subsistir como puede, por lo que se convirtió en un ocupa en un «piso patada», como lo llaman en algunos lugares que conocí.

Luego están los hombres que huyen de su país por las guerras que están arrasando con todo y tratan de llegar a Europa para tener una posibilidad de sobrevivir y así poder ayudar a sus familias. Tienen tan poco para poder vivir el día a día que lo comparten. Hay imágenes de cámaras nocturnas que captan la marcha de muchísimas personas recorriendo a pie entre 10 y 15 kilómetros para llegar a la frontera y avalanzarse sobre esas vallas dotadas de cuchillas entre Marruecos y Melilla. Esto también nos resulta muy familiar por las noticias, así como una serie de propuestas basadas en que Europa no puede albergar a la población de otros tres continentes porque no hay recursos suficientes. Sin embargo, esos países sí tienen los recursos pero no los medios ni la paz para poder desarrollarse. Lo que nos podemos preguntar viendo todo esto es ¿Europa no puede hacer nada para mejorar la situación de esos continentes? El dilema está servido, al igual que los intereses económicos de unos y otros.

Por último, nos descubren una realidad que tal vez no es tan conocida o no se expone tanto: aquellos que viven para trabajar. No tienen vida porque su trabajo es tan exigente que les impide tenerla. Y sienten ese vacío que tratan de llenar con aquellos objetos materiales que les gusta y pueden permitirse comprar sea cual sea su precio porque les ocasiona una falsa sensación de momentánea felicidad. Sin embargo, el vacío sigue ahogando su vida siendo el fiel compañero del estrés. De hecho, Japón es uno de los países donde más gente se suicida y es algo que también se refleja en un momento del documental con un suicidio en el metro. Tremendamente impactante. Todos nos estremecimos.

Frágil equilibrio es un documental que destila inteligencia de principio a fin. Nos presenta unas ideas -con las que se puede estar de acuerdo o no- y una serie de existencias sin maquillar acompañadas de planos inteligentes y bellas imágenes. Cuando una obra me hace reflexionar mientras estoy disfrutándola pero sobre todo me sugiere una serie de interrogantes y reflexiones que me hacen pensar en ello durante días, créanme que no considero esa obra solo como buena. Es brillante. Magnífica.

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler, 2002), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid, 2003), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2010), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos, 2012) y es doctoranda en Historia en la Universidad de La Rioja.
El club Monteverdi abre sus puertas

El club Monteverdi abre sus puertas

Hay una pregunta que recorre, como un fantasma, las consciencias de todos los programadores de música y, también a los gerentes orquestas y salas de música -clásica: ¿cómo hacer para atraer “nuevos públicos” -sea lo que sea eso- y cómo motivar a la gente joven a que escuche este repertorio? Muchos, en los últimos años, apuestan por la moficiación de formatos: renovarse o morir.

Y en este contexto cabría entender la atrevidísima propuesta de Vox Harmónica que presentaban el pasado 12 de marzo en el Teatro Maldá, el “Cabaret Monteverdi”. Teniendo como hilo conductor un bar de copas y cocktails, los perfiles de tinder o gayromeo como nuevas formas de ligoteo y mucho desparpajo, el sexteto nos ofreció una nueva imagen de Monteverdi. O, quizá, no es nueva en absoluto, sino que hace que el trasfondo de la música de Monteverdi de repente nos siga diciendo cosas a nuestra época. La creencia de que su música es algo “bonito”, “relajante”, etc. le hace un flaco favor a la potencia de la descripción -con sus medios- de la sensualidad, el complejísimo mundo emocional y el amor no necesariamente puro e impoluto, sino atravesado por la carne. Ariadna, Orfeo, Neptuno o Euridice eran, de repente, perfiles de redes sociales de ligoteo y exploraban sus personalidades a través de la música. Se tocaban, se seducían, exploraban su deseo. Y funcionaba maravillosamente bien. Por ejemplo, el Puor ti miro, uno de los hits de Monteverdi -donde el “sí, sí, sí” no es, precisamente, algo casto, sino con mucha probabilidad la expresión del orgasmo-, que casi siempre es cantado como una especie de balada renacentista, aquí se tomó en serio ese lado carnal de la música, a veces en exceso espiritualizada y alejada de su origen, que es lo más terrenal. Es, desde luego, un Monteverdi más fiel que algunas de las versiones más mojigatas del asunto -se nos olvida, muchas veces, que la moral tan rígida en materia amorosa es algo posterior y, especialmente, marcada por nuestro concepto de amor romántico decimonónico- pero no apto para aquellos que esperan un concierto de gente seria y vestidos con frac. Aquí, Monteverdi se canta en vaqueros y con pinta de hipster. Porque es la forma de hacer que la música -en general- no quede como algo petrificado, como algo muerto, sino que tenga algo que decir al presente. Por eso, para los más escépticos: no, no hubo una banalización de Monteverdi. Más bien todo lo contrario. Su gesto de irreverencia, quizá, de con la clave de lo que esconde su música y la protege, precisamente, de aquellos que se creen guardianes de lo que ella tiene de falsamente inmaculado.

Y todo esto, sin perder un ápice de calidad musical. Vox Harmónica lo formaban, para este proyecto, Anaïs Oliveras, soprano, Eulàlia Fantova, mezzosoprano, Mariona Llobera, alto, Carles Prat, tenor, Antonio Fajardo, bajo y Edwin García, tiorba. Destaco, especialmente, el trabajo de Anaïs Oliverdas, con un vibrato delicadísimo y una deliciosa conducción de voces; y la labor de Antonio Fajardo, que demostró grandes dotes para el teatro que, unida a su potencia vocal, hacían de sus personajes algo hipnótico

Esta propuesta es un revulsivo. No sólo revisa la música de Monteverdi, sino que hace una pregunta para todos los que estamos en el mundo de la música sobre la dirección que deben tomar los conciertos. Los músicos interactuaban con el público, invitaban a una copa de cava al empezar -para hacernos sentir dentro del ambiente del bar donde sucedía la escena-, reían, bailaban: se divertían tanto que nos lo transmitieron y tuvieron a todo el público sonriendo de principio a fin. Esto de sonreír en un concierto es algo que se nos olvida a veces en los entornos habituales de clásica, donde parece que el músico, como un funcionario de turno, va, toca y se va, tratando en la medida de lo posible de darle a aquello un hálito de seriedad suprema que siga alimentando la idea de que la música clásica es complejísima, dificilísima, y que sólo se abre para algunos agraciados -algo que no siempre coincide con los que pueden pagar la entrada-.

¡Aire fresco, eso es lo que ha traído el Club Monteverdi al abrir sus puertas! ¡Chin chin!

Licenciada en cosas pero sobre todo amante de la pizza. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos.
Un beso en medio de la catástrofe. Sobre la novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano.

Un beso en medio de la catástrofe. Sobre la novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano.

(Foto sacada de: http://www.puntoycoma.pe/bohemia/resena-un-mundo-huerfano-de-giuseppe-caputo/)

Un beso ácido es el beso que se da como un consuelo, una felicidad infinita en medio del abismo de lo terrible. Como ir a un parque de diversiones con la barriga vacía, como encontrarse sumergido en el tumulto de la fiesta sintiendo al mismo tiempo la soledad innegable, esa fiesta que se da en medio de la cruel intemperie; ese es el tema principal de la primera novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano. Pocas veces recibe un primer libro de un escritor hasta ahora desconocido tanta atención por parte de los medios, y esto con justa razón.

La novela es una tragedia entre dos fuerzas muy claras y muy distintas, tal vez las más distintas: la luz y la oscuridad, el bien y el mal, el amor y el odio, la felicidad y la desgracia, la vida y la muerte. Como una vuelta al principio de los afectos (Dios creando la luz entre la oscuridad absoluta), la novela revela los espacios grises, las fusiones y los saltos histéricos entre la luz y la oscuridad de ese individuo novelesco lanzado al mundo como un títere de fuerzas superiores, un huérfano absoluto. La misma forma de la novela (fragmentos que saltan de un lado a otro) trata de ensartar una narración entre realidades totalmente antagónicas, fiel reflejo de la ácida situación colombiana. Es decir, de esa Colombia al filo del abismo, sosteniéndose como una fiesta en medio de una balacera.

Los nombres caricaturescos de la novela (Peligroso, Los Tres Peluquines, Ramón-Ramona, entre otros) son máscaras que esconden lo que parece ser una crónica muy personal del autor, pero que en su plasticidad innegable permanece en el más claro terreno de lo ficticio. La novela narra la vida miserable de un hijo y su padre, de las acrobacias de los dos personajes para mantenerse a flote en una sociedad que los ha arrinconado en las tinieblas. Trata del amor y la tristeza de unas existencias al filo del hambre, de la podredumbre extrema. Así mismo se trata de los laberintos de la sexualidad del hijo, una sexualidad ahogada en la insensibilidad del espacio virtual, una sexualidad bañada de violencia y de anestesia, una sexualidad con carencia de comunión, la sexualidad de los solitarios.

Las descripciones homoeróticas podrían ser consideradas como las primeras desde hace muchos años en las que la narración no tiene pelos en la lengua, se aleja de la mojigatería ya clásica al momento de abordar estos temas, no le teme a la verdad, es decir, finalmente una narración no homofóbica.

Por otro lado la violencia colombiana no se escapa esta vez tampoco de jugar un papel importante en la novela. Las terroríficas descripciones de una matanza paramilitar (por sus claras motivaciones homofóbicas y su característica sevicia) vienen a converger con las imágenes sexuales. El empalado se vuelve el penetrado, la violencia se infiltra en la cotidianidad, hasta en la sexualidad. Entonces la religión aparece como puente, ese momento en el que la trascendencia, el sexo, la violencia y el sacrificio comulgan. La novela de Caputo conecta de forma extraordinaria distintísimos ámbitos en un contexto ficticio, una ciudad utópica y desagradable en la que parece reflejarse una Colombia sumida en la tristeza profunda, un mundo absolutamente huérfano.

Al final está el epitafio, la dedicatoria que abre nuevos caminos interpretativos, un vínculo parásito con la realidad que hace de la novela una mucho más enigmática de lo que de por sí es. La lectura de la novela es electrizante, su belleza es extraña, en suma se trata de una gran novela queer colombiana.

 

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja como asistente investigativo en la Universidad de Salzburgo. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.
El carnaval ya no existe

El carnaval ya no existe

Los carnavales de Gran Canaria de 2017 han terminado. Y no sin polémica. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Drag Sethlas con un espectáculo que, para algunos, representa una aberración.

En el susodicho espectáculo, Drag Sethlas se disfrazaba de monja, aparecía crucificado… Determinados colectivos religiosos (y no sólo cristianos), han manifestado su repulsa a esta gala y han tachado lo ocurrido en ella de blasfemia. Incluso, desde plataformas no-religiosas se ha tildado lo ocurrido de, cuanto menos, carecer de buen gusto.

Los defensores de la perfomance consideran que la libertad de expresión les ampara y que, además, el carnaval es  propicio para este tipo de situaciones. El carnaval es una fiesta de transgresión.

Lo cierto es que, sin ánimo de pretender ser políticamente correcto, en este caso hay una parte de razón en cada esquina.

 

Nelson Rodriguez Moreno, Drag Sethlas, atendiendo a la prensa. EFE/Elvira Urquijo

Nelson Rodriguez Moreno, Drag Sethlas, atendiendo a la prensa. EFE/Elvira Urquijo

 

De una parte, es bien cierto que la recreación llevada a cabo puede ser considerada blasfemia. La religión cristiana es fideísta y la fe se fundamenta en una convicción. La caricaturización, sea con los fines que sea, de una escena religiosa supone un cierto quebranto en la credibilidad de una fe. Aunque quién caricaturice pueda no ser creyente, esto no lo exime, desde la perspectiva religiosa, de tomar con seriedad (y la palabra no es aquí baladí) aquello que, stricto sensu, es serio. Por ende, es perfectamente comprensible el enfado que suscitó esta representación en determinadas comunidades de creyentes.

Por otra parte, el carnaval ha sido, tradicionalmente, una excepción a la regla. El carnaval significaba una válvula de escape: al igual que otras festividades europeas extintas como la Fiesta de los locos, representaba la instauración de un mundo al revés. Según dicho mundo, el poderoso obedecía al débil y viceversa. En este contexto, la blasfemia religiosa era una constante. Sin embargo, cabe recalcar que toda blasfemia entraba dentro del tiempo de una festividad PERMITIDA. En sociedades oscurantistas como lo eran, por ejemplo, las del medievo-tardío en Europa, el carnaval permitía sacar a relucir una vis cómica y profundamente transgresora de la vida que les permitía soportar el resto de año de observancia a unas reglas muy estrictas. Es decir, el carnaval significaba una algarabía que merecía la pena.

Pieter Brueghel- De strijd tussen Carnaval en Vasten (1559)

Pieter Brueghel- De strijd tussen Carnaval en Vasten (1559)

 

Si atendemos a lo escrito, se podría pensar que no cabe duda: Drag Sethlas y sus defensores tienen razón. An fin y al cabo: ¡era carnaval!

No obstante, tengo una noticia que dar: el carnaval ya no existe. Debe observarse que he escrito sobre esta fiesta en pasado. Es cierto: en infinidad de rincones del mundo se celebra cada año durante unos días una festividad denominada carnaval. Sin embargo, el espíritu de éste, hoy en día, dista mucho de su potencial transgresor original. Aún quedan recovecos de este origen en celebraciones como las Chirigotas de Cádiz, por ejemplo. En ellas se ofrece una visión cómica de diferentes asuntos de la “seria” actualidad. No obstante, el contenido principal del carnaval se puede resumir, actualmente, en ser una gran fiesta de disfraces. Y si no, ¿qué pregunta le haces cada año a tus amigos cuando llega carnaval? Casi con toda seguridad: si se va a disfrazar o no y, en caso afirmativo, en qué consistirá su disfraz.

En el carnaval de antaño también había disfraces. Pero esos disfraces eran un mero reflejo estético de una intención mucho más profunda: la inversión de su mundo. En cambio, en general, los disfraces de hoy en día no tienden a ir más allá del goce estético de “cambiar de look”.

Por ello, cuando alguien se acoge a la significación original del carnaval, como hizo Drag Sethlas, para transgredir el orden de la religión, es vilipendiado. Porque hoy ya no es el tiempo del carnaval.

¿Qué razones explican este cambio histórico? Obviamente, escribir sobre ello daría para mucho más que un artículo de magazine. No siendo tema fácil, es posible aventurar que este cambio en el fenómeno guarda relación con algún cambio en las sociedades occidentales. En concreto, con el hecho de que muchas de las reglas existentes hoy en día son más “líquidas” que antaño (utilizando la terminología de Zygmunt Bauman). En las democracias occidentales de hoy, ninguna regla guarda una observancia tan estricta como antaño. Esto que, en principio, debe ser considerado como un rasgo positivo, tiene un oscuro reverso. La difuminación de la regla ha impedido observar, también, cuando se produce una transgresión. Y lo que es más importante: ha impedido comprender la importancia social que esta transgresión puede llegar a tener.

Más allá de las razones que expliquen el porqué hoy no entendemos el significado del carnaval, lo cierto es que hoy cualquier ambiente cultural se está tornando irrespirable. Cabe recordar, según lo que he expuesto, incluso las sociedades feudales toleraban la blasfemia puntualmente. Y eso no quita que siguiera siendo blasfemia en el marco de reglas religioso. Simplemente: la presión social debía evadirse por algún lado.

Quisiera terminar este artículo abogando por la modestia. Según lo veo, la modestia intelectual se opone a la corrección política actual. Cada vez con más frecuencia, cuando se analiza una cuestión, se quiere ir mucho más allá de las evidencias. La única intención de este artículo es tratar de comprender porque se ha armado tal revuelo con Drag Sethlas. Creo que esto sólo se puede llegar a ver si se entiende que el carnaval ya no existe. Y pienso que esto es una pena: nadie nos avisó. Tal vez, este espacio pueda significar el germen de una reflexión más concienzuda sobre las ventajas e inconvenientes de una sociedad “líquida”.

 

 

 

 

Alex Mesa
Doctorando del Departamento de Filosofía de la UAB. Investigo “acerca del rastro del humor en la tradición occidental”. Te respondo: a menudo no hace ni pizca de gracia.
Noa Lur en concierto con su álbum Troublemaker

Noa Lur en concierto con su álbum Troublemaker

Este mes se están realizando numerosos eventos cuya temática se centra en las mujeres. Uno de estos lugares donde se está llevando a cabo es el Real Coliseo de Carlos III en San Lorenzo de El Escorial (Madrid), el cual acoge diversos espectáculos en su programación «Mes de la mujer». Entre ellos está el concierto del fin de semana pasado de Noa Lur: Troublemaker (Persona que se mete en problemas), que debe su nombre a su segundo disco. La combinación de un concierto de jazz en un real edificio del siglo XVIII resulta sumamente atractiva. Si a esto le sumamos que Noa Lur fue telonera de BobbyMcFerrin en el MadGarden Festival, consiguió alcanzar el número uno en iTunes jazz y tiene una críticas increíbles sobre su voz y cómo interpreta las canciones, el resultado puede ser asombroso.

Nada más comenzar a cantar Noa Lur entusiasmó al público, un impacto que no es tan sencillo conseguir. O tal vez sí, si tienes una voz interesante que atrapa desde el principio. El tema responsable de ese gran inicio fue Walk Your Talk (Haz lo que dices/Sé consecuente con tus palabras): tiene carácter, fuerza y engancha.

Otra canción que me gustaría destacar es The Dream (El sueño). Comienza introduciéndonos en ese ambiente tan onírico con el solo de piano de Moisés P. Sánchez, quien combinó diversas influencias que van del jazz a unas reminiscencias del piano romántico que me hicieron recordar algunas obras de Frédéric Chopin y, sobre todo, de Franz Liszt, por el virtuosismo requerido y la sonoridad conseguida. La sensación lograda fue de asombro y perplejidad, capturando a la audiencia en esa fantástica introducción. Una vez aferrados en los brazos de Morfeo, pudimos escuchar una perfecta sincronización entre el piano y la voz, la cual imita el sonido de este instrumento en determinados pasajes rápidos.

Sin embargo, una gran voz sin un buen acompañamiento estaría desnuda sobre el escenario y la musicalidad se perdería. No es el caso porque esta cantante está acompañada por una banda muy bien compenetrada en la que destacaron las distintas secciones instrumentales y a lo largo del concierto hubo momentos de lucimiento por parte de todos los intérpretes a través de sus solos. En algún momento no pudimos disfrutar tanto del sonido de la trompeta de Miron Rafaejlovic porque es un teatro que no se construyó pensando en un instrumento tan potente. Aun así, el amplio registro de tesituras y sonoridades que surgieron de la trompeta nos transportaron a la época de las grandes figuras del jazz del siglo XX pero con un sonido moderno. Algo similar sucedió con el trombón y el saxofón que llegaron a empastar sus timbres entre ellos y con los diferentes registros y efectos de la voz. Fue especialmente llamativo esa mimetización entre la flauta travesera -también a cargo del saxofonista Rafael Águila– y la cantante. Un gran trabajo de maestría y expresividad.

Resulta que hay cantantes que exponen todas sus cartas en una sola canción pero Noa Lur va mostrando nuevas capacidades vocales e interpretativas en cada tema, lo que hace que el público se sorprenda con cada nueva faceta vocal que va descubriendo en cada uno de ellos. Además, Noa Lur consiguió conectar con su público no solo con su interesante voz, sino con su simpatía y esa manera tan especial de introducir cada una de las canciones, que hace que te sientas identificado con esa historia. Por si fuera poco, en este concierto el público fue partícipe de una manera activa en la interpretación de algunos temas, lo cual es de agradecer. Todo esto hizo que nos sintiéramos muy a gusto mientras disfrutábamos de la interpretación de los temas de un gran disco interpretados en su mayoría en inglés, algunos en español y otros en los que aparece un término en vasco cuyo significado le da sentido al carácter de la canción, como la preciosa Errua (Culpa) o Badakit (Lo sé). En esta última cuentan con la colaboración de la violinista Maureen Choi, quien aporta nuevas sonoridades que van desde la más pura energía al más absoluto intimismo. 

Lo habitual es que te guste más lo que escuchas en el disco que en el concierto pero en este caso sucede todo lo contrario. Creo que una de las principales características de este equipo es que son grandes músicos que se unieron en un proyecto que les encanta y eso se nota cuando escuchas el disco y, sobre todo, en el directo. Es como si los artistas se sintieran aún más libres de poder expresarse, lo que hizo que el público también se entregara y disfrutara. De hecho, fue tal la ovación recibida al final que nos obsequiaron con un bis con ese primer tema con el comenzaron el concierto pero en esta ocasión el mensaje fue reivindicativo por y para las mujeres, en especial para todas las que fueron asesinadas por la violencia machista ( en lo que llevamos de año, en España ya son 16 las mujeres asesinadas).

Esta banda con Noa Lur a la cabeza tiene soul (alma) y dan toda una lección de estilo, carácter y musicalidad que te convierte en un Troublemaker que quiere escuchar más de este grupo.

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler, 2002), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid, 2003), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2010), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos, 2012) y es doctoranda en Historia en la Universidad de La Rioja.
Es el capitalismo, estúpido. Cultura de Terry Eagleton

Es el capitalismo, estúpido. Cultura de Terry Eagleton

Paso por delante del escaparate de una librería de una ciudad que no es la mía. Me detengo a ojear los libros expuestos y uno retiene mi atención. En la portada, debajo del nombre del autor, está escrita una sola palabra: cultura. El título, pienso, no deja lugar a dudas. Terry Eagleton nos quiere hablar de eso que ya sabemos qué es. Entro y le digo al librero que estoy interesada en el libro. El hombre, un profesional de los que es difícil encontrar a día de hoy, me dice que es buenísimo, que me va a encantar y que vuelva a contarle lo que me parece cuando lo lea. Tengo un viaje pendiente a Logroño, aunque puede que sea él mismo quien encuentre este artículo en la inmensidad de internet y me lo ahorre.

Al salir de la librería me siento en una cafetería cercana con esa bonita sensación de tener en mis manos un libro nuevo y con unas ganas casi infantiles de empezar a leerlo. Es entonces cuando se me quedan los ojos clavados en esa palabra tan familiar que viene impresa en la portada. Y me ocurre lo mismo que cuando me miro un rato largo las manos, que dejo de sentirlas como propias y ya no sé lo que son ni a quién pertenecen. Cultura. Cultura. Cultura. Paso de la certeza de conocer de antemano lo que iba a leer, a no tener ni idea de lo que me voy a encontrar en sus páginas.

Terry Eagleton (Salford, Inglaterra, 1943) pretende en este libro, no tanto elaborar una teoría de la cultura, sino, tal como deja patente en los primeros párrafos, acotar de alguna manera su significado o intentar comprender a qué nos referimos cuando empleamos esta trillada palabra. Me reconforta, ya que es precisamente lo que necesito en ese estado de zozobra en el que me ha sumido la sola lectura del título. Y la manera más efectiva de saber qué es la cultura en esta época en la que casi todo se considera tal, es determinar qué no es. Por eso, Eagleton, tras explicar de una manera admirablemente sencilla las diferentes acepciones del término, establece una dicotomía entre el término cultura y civilización, relacionando la civilización con ciertas cuestiones materiales que resuelven una necesidad, es decir, con un sentido de utilidad, y la cultura con su dimensión espiritual o simbólica. Sin embargo, ambos conceptos conviven en una misma realidad y, no sólo eso, sino que sus significados son contingentes, cuestiones que se encuentran en constante intercambio sin perder la esencia de lo que son.

La cultura, entendida como la creación intelectual de una sociedad determinada, necesita, por un lado, de los medios de producción físicos de la civilización. Un escritor necesita papel, tinta y toda una serie de materiales físicos concretos para poder plasmar su obra y distribuirla. Sin embargo, la imprenta, por poner un ejemplo, no es parte de la cultura, sino de la civilización, aunque, en cierta manera, la una no pueda existir plenamente sin la otra. De otro lado, sería un error reducir el concepto de cultura a la producción intelectual de un territorio. En él se incluye también el concepto de red de significados simbólicos construidos alrededor de los objetos materiales fruto del desarrollo de la civilización. La existencia, por ejemplo, de semáforos responde a una necesidad de la civilización de ordenar el tráfico y evitar accidentes. Por lo tanto, el semáforo no es algo cultural. Pero el significado de parar atribuido al color rojo sí lo es.

A partir de este punto, Eagleton, fiel a su particular ideología marxista, realiza un recorrido histórico del concepto de cultura a través de las ideas de diferentes autores como Gottfried Herder, Edmund Burke, T. S. Eliot y Oscar Wilde, entre otros, al objeto de repensarlo en sus diferentes dimensiones como la lucha de clases -cultura alta y baja-, el conflicto identitario – nacionalismo y colonialismo- o el conflicto religioso: Irlanda del Norte. Pero, antes de iniciar este viaje, el autor se detiene a hacer una crítica mordaz al posmodernismo, que rechaza todo hecho y valora únicamente las interpretaciones. Los prejuicios posmodernos, como él los llama, se desarrollan en un terreno en el que algunas cuestiones como la diversidad o la integración se asumen como buenas per se, cayendo en una especie de argumentación ad populum, es decir, dando por buenas todas las características culturales sin entrar en valoraciones para no imponer la moral propia sobre la ajena. Para Eagleton, la defensa radical del relativismo cultural representa, además de una nueva forma de fundamentalismo, una postura entre la ingenuidad y la ilusión. El buenismo construido alrededor de estos conceptos integradores tendría consecuencias nefastas, tanto que Eagleton llega a afirmar que “no hay nada elitista o jerárquico en sostener que unas opiniones son mejores o más ciertas que otras”, ya que “sólo un racista puede creer que sea correcto violar o asesinar en Borneo pero no en Brighton”.

Sería en este punto en el que el concepto de cultura se extendería de tal modo que lo abarcaría prácticamente todo. Y esto, unido a la idea de un relativismo radical que rechaza el juicio de valor, conllevaría a una especie de estetización de ese “todo cultural” que forma parte, a su vez, de un todo aún más grande que es la industria y el capitalismo. Para Eagleton se ha perdido esa tensión entre cultura e industria que resulta necesaria para que la primera pueda desenvolverse de manera independiente y crítica respecto de la segunda. Así como en siglos pasados la cultura, en su dimensión de producción intelectual, estaba tan alejada de la civilización como para permitir una verdadera tensión que facilitara la crítica a esos mismos medios industriales que la hacían posible, a día de hoy, el capitalismo ha absorbido de tal modo esa inmaterialidad de la cultura que ha acabado convirtiéndola en un medio más de producción industrial. Este hecho conlleva una ruptura en la jerarquía espiritual entre alta y baja cultura gracias a la llamada cultura de masas, que, en opinión de Eagleton, no es algo que haya que lamentar. Pero, lejos de lo que cabría haber esperado, esta democratización de la cultura no ha conducido a la abolición de las desigualdades sociales, aunque sí a una especie de totum revolutum en el que el relativismo absoluto ha traído consigo una falsa igualdad cultural.

Ese proceso de estetización del capitalismo no supone, sin embargo, la asunción por parte del sistema de los valores inmateriales de la cultura, cosa que, en cierta manera, habría podido tener su parte positiva, sino la pérdida total de su valor, que se ha reducido a mera mercancía de consumo. Son pocos los utópicos que a día de hoy creen en el valor de la cultura como crítica de la civilización, consecuencia, en parte, de la visión posmoderna de la cultura reducida al concepto de “forma de vida”. Y en ese todo que lleva el nombre de cultura es más difícil reconocer que las tensiones actuales no son tanto culturales como materiales. Nos encontramos, pues, ante la paradoja de que el concepto de cultura se ha hinchado a la vez que reducido a su dimensión material. Y esa zozobra que yo sentí al verme frente al título de este libro no ha hecho más que aumentar.

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.