Festival Internacional de Cine de Rotterdam 2019: una jornada particular

Festival Internacional de Cine de Rotterdam 2019: una jornada particular

La última edición del Festival Internacional de Cine de Rotterdam ha demostrado que el elevado volumen de filmes programados garantiza la presencia de un número suficiente de apuestas que legitiman no únicamente la vigencia de la institución, sino también su lugar prominente entre los grandes circuitos internacionales de exhibición cinematográfica. Sin embargo, la estrategia alienta inevitablemente un cuestionamiento a propósito de la mayor o menor idoneidad en la diversidad y amplitud de públicos, estilos, y, en definitiva, propuestas que congrega anualmente el certamen. Y todo ello sin entrar a considerar la relevancia del IFFR en cuanto a su igualmente  meritoria —si no más tangible— contribución como foro de producción y distribución, en el que se negocian tanto los fondos que impulsarán nuevos proyectos como su propia elaboración y   sus posibilidades de difusión. En este sentido, la pregunta por el objetivo y la impronta fundamental de un festival de cine —en esta ocasión el de Rotterdam, pero cabe extrapolar el aserto a cualquier otro— ha de acompañarse de un examen dedicado a la recepción de sus contenidos que no solo vindique una inclinación personal traducida en el catálogo de recomendaciones y críticas de turno, sino que asimismo justifique —o, cuando menos, explicite— las coordenadas desde las que se experimenta, se reflexiona y se da cuenta de dicho fenómeno.

 

A este respecto, las prácticas de visionado que imperan en esta clase de citas acaso desaconsejen un line-up excesivamente bien nutrido —atendiendo a una serie de parámetros disputables, pero frecuentemente reconocibles por un sector concreto de los asistentes habituales o potenciales, que invitan a concentrar en varios nichos los cribados finales de las distintas competiciones y focos temáticos—. En el consumo de cine al por mayor la sensibilidad puede caer en una espiral viciosa y hasta desquiciada, donde los títulos excelsos terminan evidenciando con más énfasis su carácter excepcional si el resto de la parrilla se encuentra ostensiblemente por debajo del grado de calidad que detente la película en cuestión. Naturalmente, este tipo de juicios y de prejuicios dependen directamente de los gustos de la audiencia —en cualquier caso, mayoritariamente aficionada a la bacanal—, pero no siempre la parcelación cuidadosa logra poner coto a los presumibles éxitos y fracasos de cada sección, desdibujando, así, los paradigmas e ideales que en principio rigen las sesiones de las que aquellas se componen.

Entonces, ¿qué motivos —al margen de los puramente profesionales— tendría alguien para pasar el día entero encerrado en una sala de cine, como sistemáticamente ocurre en estos eventos? Probablemente la solución se cifre en un elemento que el IFFR ha incorporado desde sus inicios como sello distintivo y que atraviesa la totalidad de su oferta, permitiendo a los espectadores menos acomodaticios la opción de cruzar resultados, de completar la agenda diaria con decisiones no algorítmicas que, a pesar de su índole aparentemente antojadiza o indeterminada, serán recompensadas con un alto índice de acierto —si esto significa descubrir películas deslumbrantes, audaces y pertinentes—: el riesgo. A continuación brindamos una configuración hipotética pero plausible, articulada mediante siete muestras del cine más destacado —según este criterio— que pudimos ver en Rotterdam, sucediéndose en dirección ascendente y dando lugar a una jornada particular, heteróclita y modélica, ante la que no parecen existir alternativas que prometan un mejor empleo del tiempo. La respuesta al interrogante que encabeza este párrafo, por tanto, radicará en la capacidad de los festivales para iterar combinaciones de jaez similar al que sigue, sin que ello implique un aumento exagerado de sus proporciones, una disminución de los interesados o una tendencia hacia el convencionalismo cobarde y mediocre.

 

12.00 h — SEA OF LOST TIME (Gurvinder Singh, 2019): Enmarcada en el Laboratory of Unseen Beauty —programado por Olaf Möller y conformado por realizaciones que, a causa de diversas razones, nunca llegaron a «completarse»—, la última película de Gurvinder Singh condensa no pocos alicientes para incluirla en la primera franja de nuestro itinerario. El director indio, asistido por un equipo de estudiantes del Instituto de Cine y Televisión de India en Pune, llevaba a cabo una versión libre del relato homónimo de Gabriel García Márquez cuando la arbitrariedad de las autoridades locales paralizó la producción del filme. Lo que ahora se proyecta es el montaje de los pecios de este largometraje arruinado, cuya circunstancia no es óbice para alcanzar el acabado de una obra maestra, perfecta en su sobriedad y estremecedora en la narración lírica del dolor y la palingenesia de sus víctimas.

16.00 h — BRING ME THE HEAD OF CARMEN M. (Felipe Bragança & Catarina Wallenstein, 2019): La paráfrasis de la célebre pieza de Sam Peckinpah no arroja demasiadas claves interpretativas a propósito de esta gema fílmica, cuyo imaginario onírico y vital desliza una radiografía tan aguda como oportuna de las aspiraciones que prefiguran la construcción de un futuro balsámico. Su planteamiento discurre a través de lo que podría denominarse realismo mágico formal —el intento de una descripción más precisa traicionaría la fuerza gravitacional de las imágenes—, en el que el protagonismo del color y la hipnótica puesta en escena catalizan el ritmo trepidante que las actuaciones de Helena Ignez, Catarina Wallenstein e Higor Campagnaro imprimen a la trama. Su inteligencia compite con su factura técnica, cristalizando en una fascinante prospección audiovisual hacia el inconsciente político del Brasil contemporáneo.

 

18.00 h — INSTRUCTIONS ON HOW TO MAKE A FILM (Nazli Dinçel, 2018); MAL-FEKATA (Hasabie Kidanu, 2019), CENIZA VERDE (Pablo Mazzolo, 2019) y E-TICKET (Simon Liu, 2019): La representación del cine experimental en el IFFR tuvo la fortuna de contar con los últimos trabajos de Dinçel, Kidanu, Mazzolo y Liu, cuyo denominador común puede sintetizarse en una concepción artesanal de la manipulación del celuloide —bien al servicio del retrato urbano o de la sátira, bien consagrada a la reflexión elegíaca sobre la historia de la Argentina indígena—. En las películas de Mazzolo, Liu y Kidanu el tiempo se contrae para explorar la huella de una realidad ausente, convocada mediante la meditativa observación de los interiores de Adís Abeba, el trágico capítulo del suicidio de los hênîa y los kâmîare en la Sierra de Córdoba o la superposición fugaz y caleidoscópica de recuerdos que transitan desde la India hasta una protesta en el Hong Kong de 2005. Por su parte, el humor y la saturación del blanco y negro son concitados en el filme de Dinçel, canalizando un discurso sobre el rodaje en analógico tan corrosivo como disimulado por la pulcritud de sus fotogramas en 16mm.

20.00 h — THE MOVIE ORGY – ULTIMATE VERSION (Joe Dante, 1968): Si la noche está reservada para la subversión de los códigos morales oficiales y la irreverencia desenfrenada, este collage de películas de serie B, cortos publicitarios y filmes educacionales ofrece un pretexto sublime para que el jolgorio se extienda durante casi cinco horas. La orgía que nos ocupa es un homenaje a las veladas de gamberrismo cinéfilo que Joe Dante y Jon Davison auspiciaron a finales de los sesenta y comienzos de los setenta. El mecanismo era sencillo: encadenar unos materiales con otros mientras el público se drogaba y se deleitaba con cada aparición en pantalla —o profería toda suerte de injurias en su contra—. Estos aquelarres no son un simple entretenimiento, sino que también permiten comprender los resortes de la represión en la Norteamérica de aquellos años. Ahora bien, independientemente de con qué ojos uno se enfrente a estos documentos pueriles e impúdicos, parece recomendable tener a mano la suficiente cantidad de cerveza fría y compañía cómplice. Cuanto más de ambas, mejor. 

La radicalidad del amor.  Sobre Skin (2018) de Guy Nattiv en la Berlinale 2019.

La radicalidad del amor. Sobre Skin (2018) de Guy Nattiv en la Berlinale 2019.

[Foto sacada de: https://www.hollywoodreporter.com/review/skin-review-1142180]

El dicho de “árbol torcido jamás se endereza” o bien, repitiendo la famosa canción de salsa, “palo que nace dobla’o, jamás su tronco endereza”, parece ser aquello que con un gesto optimista Guy Nattiv trata de refutar con su última película “Skin” (2019), estrenada ayer en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale). La piel le sirve al director de metáfora para pensar los cambios aparentemente permanentes que dejan ciertos actos en el carácter, o bien, en la esencia de una persona, si es que algo como tal exista. La película parece plantear sin embargo, que la piel no deja de ser superficie y se enfoca en la idea de que por más cicatrices que se lleve un cuerpo, el trabajo en sí mismo y el cambio de vida son posibles. He allí tal vez el patetismo de la película – el desarrollo de sus personajes tienden a eso inevitablemente: al optimismo que deviene fatalidad.

Bryan ‘Babs’ Widner (Jamie Bell) es un neonazi estadounidense que fue adoptado desde pequeño por Fred ‘Hammer’ Krager (Bill Camp) y su esposa Shareen (Vera Farmiga) en su casa que más que casa es una fabrica de machos racistas militantes por la ‘supremacía blanca’. Sin embargo, las similitudes a un hogar común y corriente terminan siendo el cimiento de su comunidad: la lealtad a su supremo jefe, el compañerismo y el apoyo mutuo se entienden como principios esenciales de la convivencia en ese orfanato neonazi, y los cuales se ven amenazados por las propias premisas de odio del hogar. Aquí parece jugar un gran papel el proverbio de “cría cuervos que te sacarán los ojos”. Los machos son creados como asideros exclusivos de odio, un odio que se vierte en contra de todos, sin embargo la mayor traición viene a ser la del amor mismo con su radicalidad subversiva: la decisión del mismo Bryan de optar por abandonar el camino de la militancia nazi, motivado por el encuentro con el amor de su vida Julie Price (Danielle Macdonald) y sus tres hijas, desencadena la tragedia de la película. La radicalidad del amor, que parece ejercer una violencia más extrema que la de la ‘supremacía nazi’, lleva a Bryan a la huida pesadillesca de su pasado.

La piel de la cara de Bryan está totalmente tapizada de tatuajes, lo que complica la huida como si el racismo se invirtiera en el cuerpo del personaje de un momento a otro: la piel es ahora la que le impide llevar una vida tranquila. Bryan trata de dejar de ser el “bad guy” que ven las hijas de Julie en él, haciéndose a un trabajo sobre su cuerpo mismo – borrar las marcas de lo que se quiere dejar de ser. En comparación con el retrato desalentador de Bustamante en la Berlinale con su película Temblores (comentada por mí para este medio), Skin parece gritar (un poco a la Hollywood) que el amor sí puede liberar a un sujeto de las garras de un sistema moral opresivo.

Las maravillosas actuaciones de Danielle Macdonald y de Jamie Bell, como también de Bill Camp y Vera Farmiga, hacen de esta película con paupérrimo desarrollo de la trama, un filme para no perderse. El suspenso, que es intensificado con una habilidad sorprendente, hará de esta película seguramente una memorable. El romanticismo como clave para desenvolver el odio nihilista que se vive en los EEUU de Trump, o bien, el amor como antídoto, pero el amor en su radicalidad política, parece ser la propuesta de Navitt para cambiar el rumbo de las cosas.

(Véase Srećko HorvatThe Radicality of Love“)

Camilo Del Valle Lattanzio

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja en su proyecto doctoral en la Universidad Libre de Berlín. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.

Terremotos del deseo y la familia tradicional. Sobre Temblores (2019) de Jayro Bustamente en la Berlinale 2019.

Terremotos del deseo y la familia tradicional. Sobre Temblores (2019) de Jayro Bustamente en la Berlinale 2019.

[Foto sacada de: https://variety.com/2018/film/festivals/berlinale-2018-jayro-bustamante-readies-tremors-1202701988/]

Tiembla dos veces, o más bien, tiembla constantemente en la nueva película Temblores (2019) del director Jayro Bustamante estrenada en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale). Después de su maravillosa película Ixcanul (2015) estrenada en el mismo festival alemán, Bustamante ofrece de nuevo una imagen poderosa a las salas, esta vez ya no el volcán sino otra alegoría geográfica, los temblores. Se trata de una alegoría de lo inevitable, aquello que como el deseo irrumpe sin avisar en la vida del individuo, ese temblor en medio del cual tratamos de buscar refugio, un asidero hecho de normas, lo predecible, el hogar, los compromisos maritales, la familia tradicional. La película de Bustamante trata de explorar el desajuste de un hombre casado, pasado de los cuarenta y con dos hijos, al ver que su deseo homosexual amenaza la estabilidad de su familia. La presión de una tradición de generaciones y unos sueños heredados, que pesan más que una cruz de acero, lo llevan a destruirse a sí mismo y a renunciar a su vida, encandelillado por una maquinaria sucia de manipulación moral – ese artefacto familiar a toda máquina, el de la homofobia.

El terremoto se siente más fuerte entre más rígidas estén construidas las paredes de la casa. Ese es el caso de la de Pablo (Juan Pablo Olyslager), hijo de una familia burguesa activa en una iglesia evangélica (o bien “iglesia cristiana”) en Guatemala. La noticia de su romance con Francisco (Mauricio Armas) solamente podía significar lo que el título anuncia: un temblor, un sacudón tremendo de las rígidas vigas de su hogar. La película trata entonces de mostrar hasta dónde llegará la familia para defender los cimientos de su casa, de su moral y aunque esto signifique pasar por encima de la felicidad de sus miembros. El amor erótico viene a ser despreciado como “placer” en medio de una ideología de la “felicidad” trascendental que ofrece la moral cristiana: la unión entre marido y mujer, el matrimonio, los hijos, la seguridad de la ley.

El filme de Bustamante es un viaje terrorífico al centro más cálido del volcán de la homofobia, siempre amenazante – se trata también de una familia que grita constantemente la palabra amor como un mantra, pero que paradójicamente demuestra la falta absoluta de lo que predica. Se trata entonces de la denuncia directa de un cristianismo mal entendido, una denuncia en forma de ese trágico retrato de un hombre homosexual que es obligado a dejarse tratar con los métodos más desesperados de la heteronormatividad: castración química, terapias de “masculinización”, auto-maltrato emocional y muchas otras torturas por las que tienen que pasar lastimosamente muchos hombres en estas comunidades cristianas en Latinoamérica.

La película, que hasta ahora solamente se ha mostrado en el contexto liberal berlinés, quiere ser justamente lo que el título anuncia: un terremoto en Guatemala y, por consiguiente, en toda América Latina. La denuncia es clara: la homofobia y el trauma que causa son culpa no solamente de la iglesia y su moral inquisitiva, sino de una familia mal entendida y fundada en el desconocimiento de lo otro y del otro, y en la negación de la naturaleza del deseo humano.

Al final de su estreno mundial el domingo pasado en Alexanderplatz, en el centro de Berlín, parte del equipo se prestó para una ronda de preguntas y respuestas. El director y dos de sus actores hicieron hincapié en la necesidad de la película, en su cualidad denunciatoria. Sin embargo, cuando la actriz Diane Bathen que asumió el papel más negativo en la película –el de la mujer de Pablo, Isa, que trata de imponer de forma egoísta y ciega su ideal de familia y de ‘amor’– dejó escapar una apología innecesaria de su personaje. Todo el público, sumergido en una conmoción absoluta después de haber visto la película, solamente pudo recibir este comentario como un balde de agua fría: la falta de empatía de una persona que con pretextos de entender las razones de la maternidad y de sentirse sola como mujer de familia, se atrevió a defender una posición ultrajante e ignorante. Su comentario inoportuno fue recibido con desagrado por parte de un público que se podía sentir identificado plenamente con el sufrimiento bajo la homofobia. Este hecho dejó ver qué tan importante, o bien, qué tan urgente es esta película en un contexto latinoamericano donde hasta los mismos participantes de la denuncia desconocen la profundidad de las raíces de la homofobia institucionalizada.

La homofobia y la moral familiar calan fuerte en la psiquis de todos nosotros, sin embargo, el deseo parece poner en jaque constantemente esta dolorosa idea de familia. ¡Qué vengan más temblores, sacudones, terremotos!

Camilo Del Valle Lattanzio

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja en su proyecto doctoral en la Universidad Libre de Berlín. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.

Gracias a Dios

Gracias a Dios

Gracias a Dios (Grâce à Dieu, de François Ozon) es una película basada en hechos y en tiempo real que denuncia casos de pederastia en la Iglesia francesa. Entre 1986 y 1991 el Padre Preynat abusó de casi cien niños de entre nueve y diez años, quienes tres décadas después se han atrevido a hablar. A cargo del arzobispado de Lyon, el Cardenal Barbarin encubrió todos los hechos. Decía que en tiempo real porque es ahora: el pasado lunes siete de febrero se inició en Lyon un juicio contra Barbarin, acusado de no informar de estos abusos. El siete de marzo se dictará la sentencia. Por desgracia el Padre Preynat ha sido previamente absuelto, pues según la ley de prescripción francesa sobre la violación de menores, se establece un plazo máximo de 20 años para emprender acciones legales desde que la víctima haya alcanzado la mayoría de edad. Las víctimas ya habían sobrepasado los cuarenta años.

Con un ritmo prodigioso, la película empieza directa y sin miramientos con la correspondencia entre Alexander, un buen cristiano en sus cuarenta y pocos padre de cinco hijos, y el Cardenal Barbarin en el año 2014. Tras descubrir Alex que el cura que abusó de él seguía ejerciendo y con menores a su cargo, exige en estos emails la renuncia del Padre Preynat por pederastia, quien sorprendentemente acepta reunirse en persona con Alexander: “Siempre sentí atracción por los niños, es una enfermedad, lo sé, pero no tiene tratamiento (…) algunos padres me atacaron y causaron desperfectos en mi casa pero que yo abusara de los niños no es razón para que los padres fueran violentos conmigo” La respuesta de Alexander hiela la piel porque conocemos la ceguera que causa eso que llaman fe: “Padre, estoy haciendo esto por el bien de la Iglesia, no quiero destruirla, soy católico”

Así muestra el director François Ozon de manera trepidante -y sin que perdamos el hilo de los hechos- a diferentes victimas que siguen el ejemplo de Alexander y se suman a la denuncia, relatando sus propios casos y detalles de los abusos. Si bien éstos nunca son explícitos – la cámara cambia siempre a tiempo de que veamos nada- el sufrimiento de estas personas relatando por primera vez lo ocurrido en su niñez es demoledor: arrastran todo tipo de traumas y cicatrices en sus personalidades, inseguridades en su sexualidad y marcas internas muchas de ellas de por vida. De entre todas las actuaciones destacan Swann Arlaud y en especial el gran Denis Menochet, famoso por encarnar en la durísima Custodia Compartida (Jusqu’à la garde, 2017) a un violentísimo padre de familia. De abusador a abusado, la compleja profesión de un actor de cine.

En la rueda de prensa posterior al estreno de la película François Ozon hablaba de las dificultades para sacar adelante el proyecto: “Lyon es una ciudad increíblemente católica. Hemos filmado en Bélgica y Luxemburgo, pero en Lyon tan solo las primeras escenas, porque allí el catolicismo es muy grande. Fue difícil encontrar la financiación porque la Iglesia y la pedofilia es un tema que molesta a mucha gente, que no quieren verse involucrados”

Pero hay que involucrarse y “Lo privado es político” es el lema de esta Berlinale 2019. Cada año el festival alza un slogan desde cuya perspectiva leer las películas que vamos a ver. The private is political es un lema surgido durante la segunda ola del feminismo a principios de la década de los 60. La frase buscaba poner de relieve las conexiones entre la experiencia personal (lo privado) y aquello que es público (del griego polis) que es exactamente lo que movimientos actuales como el #metoo o el #speakup vienen a rescatar. Numerosas películas de esta Berlinale están abordando la avidez de la sociedad contemporánea por carraspear fuerte y gritar, sacando a la luz aquellas injusticias que durante muchos años fueron un nudo en la garganta. Que lo privado quede en casa es algo ya obsoleto en pleno 2019: vivimos en una sociedad intercomunicada que nos ofrece plataformas para denunciar todo aquello que no está bien. De esta manera, son los hombres los que en Grâcie à Dieu encuentran la valentía para denunciar los abusos que sufrieron y son sus mujeres las primeras que apoyan su lucha, conocedoras de que también es la suya. Si la Berlinale se ha venido definiendo en los últimos años como un festival político, que Gracias a Dios ganara el Oso de Oro no vendría sino a dar la razón de que estamos tomando el camino correcto. Con o sin la ayuda de Dios.

Carlos Ibarra Grau

Entiendo la realidad a través del cine, al que dedico gran parte de mi tiempo y de mi vida. Me diplomé en Turismo y vivo en Berlín desde 2013, trabajo en el Deutsche Bank y asisto semanalmente a salas de cine y eventos cinematográficos. La poesía es mi segunda pasión. Puedes seguirme en twitter en @cineypoesia y en Instagram en @gato_grau

El Wagner más oscuro y crítico en el Teatro Real

El Wagner más oscuro y crítico en el Teatro Real

Richard Wagner es intenso. Su música está llena de significados y alegorías que se combinan con una revolución musical en el siglo XIX y una nueva concepción de obra de arte por su parte. En ella, El anillo del nibelungo supuso una nueva dimensión musical con una gran ópera en forma de tetralogía, en la que Das Rheingold (El oro del Rin) es la primera de estas óperas, la cual fue estrenada en 1869.

Con la producción de la Oper Köln, fue representada durante siete días en el Teatro Real contando con la dirección de Pablo Heras-Casado y la dirección de escena de Robert Carsen. El pasado 27 de enero presentaron una nueva versión de un Wagner que se debate entre las sombras en las que de vez en cuando se vislumbra la luz que da el oro.

En esta versión el preludio comienza con un espectacular efecto que da paso a un Rin absolutamente contaminado y donde las tres ninfas hijas del Rin no son esas deidades luminosas, sino consumidas por la inmundicia en la que viven y de la que se alimentan. Destacaron las actuaciones tanto vocales como interpretativas de estas ninfas descaradas, expresivas y posteriormente tristes: Woglinde (Isabella Gaudi), Wellgunde (María Miró) y Flosshilde (Claudia Huckle)

Porque en esta puesta en escena se nos presenta la visión wagneriana de la importancia de la naturaleza desde un punto de vista crítico actual: la contaminación de la naturaleza también contamina todo a su alrededor y a quien se atreva a adentrarse en ella. Sin embargo, algo bueno palpita dentro de esta naturaleza corrompida: el anillo de oro aunque poseerlo exige renunciar al amor.

Tanto Wotan (dios supremo) como Alberich (enano nibelungo) comparten el egoísmo exacerbado y la codicia por el anillo que les lleva a profanar la naturaleza y a cometer actos innobles contra sus semejantes y otros seres. Porque estas deidades son presentadas en esta producción en tres niveles sociales: los dioses son presentados como burgueses egoístas que solo buscan su salvación a costa de lo que sea; los gigantes trabajan para los dioses construyendo su castillo y reclaman lo que habían acordado con ellos y estos se niegan a entregarles; y los de nivel más bajo son los nibelungos que a su vez están esclavizados por Alberich, quien cada vez está más consumido por sus ansias de poder, al igual que todos los demás personajes. Esta representación tan cruda de una sociedad clasista e interesada incluso dentro del mismo estrato social, es otro tipo de oscuridad que va acorde con la iluminación y la austera decoración que se nos va presentando.

En cuanto a las interpretaciones, destacó la de Samuel Youn como un intenso e interesante Alberich que transmite desde la desesperación, la determinación de renunciar al amor para conseguir el poder que desea, la crueldad y el miedo a perderlo todo por su vanidad.

No obstante, lo que más destacó fue la música de Wagner magníficamente dirigida por Heras-Casado consiguiendo una sonoridad espectacular. Uno de los ejemplos a destacar fue en el final de esta obra cuando los dioses están vestidos de gala celebrando por todo lo alto su nueva etapa en el Valhalla con el cuerpo sin vida del gigante Fasolt presente con un preciosa nevada de fondo que, sin embargo, presagia que las inmoralidades de unos y de otros tendrán fatales consecuencias. Toda una lección musical.

Irene Cueto

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos) y es doctoranda en Humanidades en la Universidad de La Rioja. Compagina la docencia con la investigación, la interpretación y la divulgación.

La amabilidad de los extraños

La amabilidad de los extraños

La película inaugural de esta Berlinale 2019 ha sido The Kindness of Strangers (La amabilidad de los extraños) de la directora danesa Lone Scherfig (An Education, 2009) El grueso de este artículo viene a reparar lanzas más que a romperlas, a tratar de hacer entender que el mundo es un lugar mejor de lo que nos han hecho creer y que mientras haya un vecino que salude no todo está perdido en la comunidad. En el último año del director Dieter Kosslick, una película de Lena Scherfig ha abierto la Berlinale. Hace dieciocho años en 2001, su primera vez a cargo del festival, otra película de Scherfig fue la elegida para inaugurarlo. Bonita manera de despedirse, auf Wiedersehen maestro.

The Kindness of Strangers cuenta la historia de Clara (protagonizada por la Zoe Kazan de La Gran Enfermedad del Amor) quien escapa con sus dos hijos nada más empezar la película, en vista de los malos tratos que su marido ha empezado a infringirles. Esta mujer trata de mantenerlos a flote bien con hurtos en tiendas, bien recurriendo a la ayuda de extraños. Y estos extraños acarrean asimismo sus propias losas. Esta es la moraleja de la película: uno no se deja ayudar por alguien cuya situación es envidiable sino por alguien que asimismo atraviesa dificultades. Así es la empatía, energía, karma, psicología o fuerzas del universo. Para subsistir, Alice (la dulce Andrea Riseborough) se triplica entre su trabajo en el hospital como enfermera, dando terapias de grupo en una iglesia y prestando ayuda en comedores sociales. Hasta que ya no puede más. O Marc (Tahar Rahim), quien tras cuatro años de cárcel pese a ser inocente encuentra un trabajo en un restaurante. Diversos personajes, todos ellos de ojos tristes pero llenos de amor, van encontrándose de una manera u otra. Pese a un reparto elegido con gran acierto, The Kindness of Strangers ha sido tildada por una parte importante de la prensa como “azucarada, naif o maniquea” nada más finalizar su estreno. ¿Y sabéis qué? No hagáis ni caso. Id a verla cuando llegue a los cines o la estrenen las plataformas. Más allá del mensaje, es una película de una factura excelente.

                                                                                           copyright © Per Arnesen

No se debe pretender transformar a un pesimista en un optimista si nosotros mismos no predicamos con el ejemplo y dejamos de avergonzamos de cómo somos. Un pesimista se define a sí mismo como realista. Un optimista no se define, se refugia en el miedo a la incomprensión y a ser tildado de infantil, así que no comparte su visión interior. Estos son los tiempos en los que vivimos. Es por ello que en el cine el término medio- así como la clase media en la sociedad- amenaza peligro de extinción, dejándonos dos bloques de películas bien diferenciadas: historias semi alegres – semi tristes con dosis de comedia y dramas desesperanzadores. Dado esto, es ejercicio sano -y casi obligatorio- alzar la voz o el bolígrafo cuando uno topa con una película que pertenece a ese término medio que tanto escasea. Uno que muestre las tribulaciones de sus personajes sin que terminen ahogándose en ellas, sino demostrando que a veces se sale a flote. En el cine moderno, Hollywood nos ha hecho ver tantas veces la misma historia con un predecible final feliz que los críticos de cine aborrecen una película si ésta no termina mal. Yo alzo la voz ante un cine tan realista como el de los pesimistas, uno hecho con talento que nos permita mantener la esperanza y no caer en la desconfianza al prójimo.

Pues Lone Scherfig defendió en rueda de prensa a los personajes de sus películas, a los que no considera superhéroes, y a su manera de hacer cine, cuyos finales no considera necesariamente felices. Ella es realista a su manera, a esta manera: “Yo creo en manejar grandes problemas con historias íntimas (…) El mundo es un lugar duro, pero me gusta hacer sentir a la gente que pertenecen a la comunidad”

Carlos Ibarra Grau

Entiendo la realidad a través del cine, al que dedico gran parte de mi tiempo y de mi vida. Me diplomé en Turismo y vivo en Berlín desde 2013, trabajo en el Deutsche Bank y asisto semanalmente a salas de cine y eventos cinematográficos. La poesía es mi segunda pasión. Puedes seguirme en twitter en @cineypoesia y en Instagram en @gato_grau