Y el rey iba desnudo…

Y el rey iba desnudo…

Navegar a favor de la corriente es una tarea harto cómoda. Confieso que muchas veces me gustaría preguntarme menos sobre las cosas, mi vida sería mucho mas plácida, me metería en muchos menos entuertos e incluso mucha más gente me sonreiría. Pero como dicen, “la cabra tira al monte” y el cuerpo me pide vidilla, así que, lamentándolo mucho, un servidor, no puede unirse al coro que desde hace unos días alaba la “alta calidad” de las dos actuaciones que V. Gergiev al frente de la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski. El que escribe, solo estuvo en la segunda presentación del 10 de marzo en el Palau de Música Catalana y me pareció un concierto profundamente mediocre, considerando la fama que precede a los artistas que esa noche actuaron.

Un Palau lleno y absolutamente entregado a Gergiev, fue el escenario del mencionado concierto. Las cosas ya comenzaron mal cuando el programa fue modificado, y se pasó de iniciar el concierto con Nocturnos de C. Debussy a una lectura muy mediocre y por momentos caótica del Bolero de M. Ravel; eso sí, festejada hasta casi el delirio por el público ahí congregado. La sensación de “acaso solo soy yo el único que ve que el rey está desnudo” se instaló en mi.

El programa continuó con el Concierto para piano, en Fa sostenido menor, op.20 de A. Scriabin, que interpretó en su parte solista el pianista ruso Daniil Trifonov. Aquí, los enteros del concierto subieron como la espuma, ya que Trifonov es ya un pianista de proporciones geniales, que no deja de impresionar por sus interpretaciones allá donde se presente. El concierto en cuestión, obra compleja donde la haya, exige del solista ya desde el comienzo, una implicación absoluta en todos los sentidos. Toda clase de complejidades técnicas, conforman esta maravillosa pieza, que, lamentablemente, se programa poco, entre otras razones, por lo anteriormente dicho. Al ser poco escuchada, el público suele mantenerse a una prudente distancia de ella y origina perlas escuchadas esa noche como: “imagínate a Trifonov tocando algo mejor” o “Con Rajmáninov luciría más este pianista”. Trifonov realizó una lectura realmente brillantísima del concierto, resolviendo con absoluta maestría todas las complejidades técnicas y entregando una interpretación trascendental y profunda de este verdadero “canto del cisne” de los conciertos de concepción romántica.

El programa continuó con la interpretación de la cantata “Alexander Nevsky”, op. 78de S. Prokofiev, donde tuvimos la oportunidad de escuchar a un Orfeó Català en plena forma. Previo a la ejecución de la obra de Prokofiev, el Orfeó interpretó bajo la dirección de Pablo Larraz el motete “O vos Omnes”escrito por el maestro Pau Casals y cuya interpretación se hizoen memoria de Lluís Millet i Mora recientemente fallecido.

Sin temor a equivocarme, la participación del Orfeó Català junto a la de la maravillosa mezzosoprano Julia Matochkina fue de lo más remarcable de una lectura plana y sin demasiados vuelos de esta impresionante partitura. Gergiev fiel a lo que nos tiene ya acostumbrados, en conjunto dio uno de esos conciertos que es preferible olvidar; y digo que nos tiene acostumbrados, porque cuando uno asiste a sus conciertos tiene dos indubitables posibilidades: o son algo realmente excelsos, por el alto nivel artístico logrado, propio de un gran director como él, o son, como lo fue el que nos ocupa, una experiencia digna de olvidarse.

Confieso, que cuando terminó el concierto, después de escuchar una orquesta absolutamente exhausta y sobreexplotada, razón por la que aquello no pasó de ser una lectura con todas las notas en su lugar, la sensación de estafa me invadió. A ello se sumó, la sorpresa al ver a una mayoría feliz y extasiada con los espejos que de exóticas regiones nos habían regalado a cambio del oro de nuestras ilusiones, y encontré ahí la razón de porque personajes como Gergiev, se atreven a presentarse en una gira con obras  de un complejidad inmensa y mal preparadas. Sabe que nuestro público no lo castigará y además, pagará una entrada muy cara, aderezada con lisonjas y aplausos entusiastas.

Nunca me atrevería a decir ni por asomo que Gergiev no es un estupendo director. A diferencia de algunos nombres muy célebres en la actualidad, el maestro ruso es un músico profundamente conocedor de su trabajo, y precisamente por eso, indigna aun mas verlo presentarse con algo que dista muchísimo del nivel que sabemos puede entregar. Mientras el público no censure claramente la organización de giras que son claramente un bolo elegante, esto continuara así, por que los empresarios se llenarán los bolsillos y unos artistas geniales darán conciertos profundamente mediocres. Pero por ahora, hagamos como que el rey va vestido… pero va desnudo. Seguimos

Fausto Murillo

Fausto Murillo (Querétaro, México) 1977: licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro (2001). Ha realizado, estudios de Dirección Orquestal con maestros como Enrique Batiz, Sergio Cárdenas, Antoni Ros-Marbà y Salvador Mas, desarrollando actividad dentro de la Dirección tanto en México como el estado español. Durante 6 años condujo programas radiofónicos de difusión musical en México, publicando con regularidad en diferentes espacios, además de impartir desde hace 20 años charlas y conferencias en los más diversos foros. Convencido de la necesidad de renovar desde sus cimientos la actividad musical, además de impartir clases en los Cursos Oberts del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (CMMB) estudia el grado en Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

Ray Chen y Xian Zhang se adentran en el mundo de la ficción

Ray Chen y Xian Zhang se adentran en el mundo de la ficción

A un día de la gala de los Oscars de este año, el 23 de febrero tuvimos el placer de disfrutar en la sala 1 de L’Auditori de un concierto ambientado en las bandas sonoras, puesto que dos de los compositores programados fueron premiados en su dia con una estatuilla. La OBC, dirigida por la reconocida directora Xian Zhang, interpretó en la primera parte del concierto la Internet Symphony núm. 1 de Tan Dun y el concierto de violín de E. W. Korngold, protagonizado por el violinista Ray Chen, y en la segunda parte la suite sinfónica Shéhérazade, de Rimski-Kórsakov.

La obra de Tan Dun, compuesta para que pudiera ser retransmitida y colgada en Youtube –y por lo tanto de poca extensión si la comparamos con una sinfonía clásica-, nos recuerda al mundo de las bandas sonoras, por ser una obra efectista, con gran cantidad de contrastes, y donde se utiliza mucho la percusión, algunas técnicas de instrumentos como los pizzicatos de la cuerda y glissandi de los vientos con y sin sordina, así como trémolos en el arpa etc. Un instrumento que llamó mucho la atención y a primera vista se podría indentificar erróneamente como percusión oriental serían los frenos de disco, colgados como si fueran un gong entre la percusión, y que introducen una sonoridad particular al conjunto, igual que lo hacen el sonido de las llantas y en general efectos acústicos relacionados con automóviles, que ambientan la obra en la sociedad contemporánea. La OBC supo interpretarla de manera muy resolutiva y dinámica, funcionando muy bien como pieza introductoria del concierto.

Inmediatamente después llegó el turno del Concierto de violín de Korngold con la entrada de Ray Chen al escenario, violinista internacional de gran acogida mediática -también en plataformas como Youtube o Instagramhaciendo su segunda aparición en el Auditori (la primera en 2017 con la Serenade de Bernstein, artículo aquí), y quien con su habitual energía, simpatía y gran presencia en el escenario, cautivó al público desde el primer momento.

La imagen de Ray Chen en el Auditori, comentada con gran sentido del humor por el solista, se ha convertido en un meme que se ha expandido rápidamente por las redes sociales incluso al día de hoy, dando lugar a imágenes muy creativas.

Comentario del violinista: “Al principio estaba feliz de haberme convertido en un meme. Ahora no estoy seguro. Pero yeah, como mínimo impresionado”. Más adelante incluso explica cómo editar la fotografía original.

El Concierto de violín de Korngold, de gran delicadeza y lirismo, reutiliza temas de las bandas sonoras del mismo compositor como Juárez y El príncipe y el mendigo, que nos remite al sonido de las primeras películas de Hollywood románticas y de acción, con pasajes muy melódicos de la cuerda tocando al unísono en los temas románticos y pasajes brillantes con una escritura tipo fanfarria en los temas de acción. Ray Chen optó por iniciar el tema de Another Dawn en el primer movimiento con un sonido y vibrato muy amplios (tal vez para imitar la sonoridad del violinista que estrenó el concierto en el año 1947 -Jascha Heifetz-, para proyectar mejor en la sala -relativamente seca-, o ya bien por preferencia de estilo), sonido que reguló gradualmente en los siguientes movimentos. El violinista sobresalió por su gran control del arco y de los matices. En tan sólo cuestión de momentos, y de una forma muy pulcra, pasaba de tocar con una gran densidad sonora, peso y velocidad de arco a cambiar una sonoridad muy sutil en pianissimo con un arco ligero y poquísima cantidad de arco, contribuyendo a una interpretación con una gran cantidad de registros y sensaciones. El tercer movimiento destacó especialmente por la gran soltura e ímpetu con que tocó los pasajes virtuosos a toda velocidad y la sensación que transmitía al público de estar disfrutando a cada momento.

Después de unos entusiastas aplausos del público, interpretó de bis su “capricho preferido” de Paganini, el número 21 y una especie de fantasía para violín solo con el tema de Waltzing Matilda, el himno no oficial de Australia, de donde es originario el intérprete, y que según él lo interpreta en todos los auditorios donde toca para llevarse un trocito de su tierra natal consigo. Ambos bises fueron ejecutados con una gran destreza y sensiblidad. Un momento muy memorable del Waltzing Matilda, fue cuando salió el tema australiano tocado sólo con harmónicos después de la melodía del Dies Irae. En ese instante, tanta era la emoción contenida en la interpretación y la transparencia e ingenuidad de la melodía, que no se oyó ni un sonido de parte del público; todo el mundo contuvo la respiración para no perderse ni un detalle. Esta última pieza, arreglada para cuarteto de cuerda, la podemos escuchar en su disco The Golden Age con arreglos de Kreisler y Heifetz y en su canal de Youtube. Recomiendo mucho su escucha.

La directora Xian Zhang, por su parte, realizó un trabajo excepcional -exhaustivo y detallista- con la orquesta. La OBC, seguramente en parte motivada por su liderazgo, presentó muy buenos resultados; el sonido de las secciones fue unánime y con carácter, y los solos de los diferentes instrumentistas de una gran calidad. En cada una de sus intervenciones despertaban interés, sin que se hiciera pesada su escucha en ningún momento. En Shéhérazade el concertino –Vlad Stanculeasa- se distinguió en sus solos, con una interpretación muy elegante, cuidada y expresiva, que encajaba muy bien con las sonoridades de la orquesta.

Después del resultado del concierto, espero que tanto la directora como Ray Chen sean invitados de nuevo y vuelvan pronto a L’Auditori o a otra sala de conciertos de Barcelona para que podamos disfrutarlos una vez más.

Violinista y gran amante de la cultura inglesa y japonesa.

La fascinación de la repetición

La fascinación de la repetición

Es irónico que sea la Orquestra Simfònica del Vallès (OSV) la que ofrezca un programa centrado en la idea de repetición musical, siendo precisamente la formación catalana que más lucha por ofrecer temporadas variadas y originales. En particular, el concierto que ofrecieron el pasado 17 de marzo en el Palau de la Música de Barcelona debería ser un ejemplo a seguir por todos los programadores culturales. Lo tenía todo: coherencia temática (la idea de repetición), obras contemporáneas (Adams y Nyman), una obra popular como gancho para el gran público (Bolero de Ravel), interacción con el público (una divertida e instructiva explicación del director) e implicación y complicidad por parte de la orquesta.

El concierto empezó con el atractivo Concierto para piano en sol mayor de Ravel, una obra que con sus ritmos atrevidos ya apuntaba a las tendencias modernas del programa y que, además, sirvió para descubrir al joven pianista valenciano Enrique Lapaz. El reciente ganador del Concurso Ricard Viñes lució un impecable dominio técnico, con un sólido legato y un control de la pulsación que le permitía ofrecer una gran paleta de matices. Destacamos el bellísimo segundo movimiento, en el que se recreó en el lirismo de la melodía, servida con una continuidad y flexibilidad sorprendentes para un instrumento percutido como el piano. Lapaz también actuó como solista en la segunda pieza, la suite que el propio Michael Nyman compuso a partir de la banda sonora de El Piano. El director James Ross, nuevo titular de la OSV, fue capaz de dar la relevancia adecuada a la orquesta en una primera parte configurada por obras con solista, complementando la labor de Lapaz.

La segunda parte empezó con Clapping Music de Steve Reich, a cargo de cuatro percusionistas de la orquesta, a lo que siguió la explicación de Ross que, con divertidos ejemplos, consiguió transmitir al público, de forma pedagógica, el papel de la repetición en la música y, sobretodo, en las obras que formaban el programa. La idea crucial es que cuando alguno de los elementos de la obra (melodía, ritmo, estructura…) se repite indefinidamente, eso nos obliga a buscar la variedad en otro lado, permitiéndonos apreciar otros aspectos de la música que suelen pasar desapercibidos (la orquestación en el caso del Bolero, o la superposición en Clapping Music). Más complejo es el uso de la repetición en The Chairman Dances (“el Presidente baila”), un foxtrot para orquesta que John Adams compuso como preparación al tercer acto de su ópera Nixon in China. La Simfònica del Vallès evidenció un gran trabajo de preparación en esta difícil pieza, que ejecutó con notable precisión.

El gran final era el Bolero de Ravel, una pieza de exhibición para la orquesta en la que la misma melodía se repite invariable, pasando de un instrumento a otro en un crescendo contínuo. El primer tramo es el más difícil, ya que el crescendo debe ser muy sutil y la variedad proviene exclusivamente del cambio de timbre. Aquí los solistas tuvieron intervenciones algo irregulares, resultando en una repetición algo monótona. En cambio, Ross gestionó especialmente bien el tramo final, rematando la pieza con un interesante golpe de efecto: todos los músicos, director incluido, interpretaron la última repetición del tema en pie y mirando al público. Estos gestos de complicidad son una de las señas identitarias de la OSV, una de las pocas orquestas del país que ha entendido que el formato de concierto clásico ha caducado y que trabaja para adaptarlo a los nuevos tiempos. Pero fue la propina la que reflejó mejor la esencia de esta orquesta: abandonando por un momento sus respectivos instrumentos, repitieron todos juntos Clapping Music. Implicación, frescura y ganas de renovarse; eso es la Simfònica del Vallès.

Científico y músico aficionado. Me encanta descubrir nuevas cosas, aprender sobre ellas y compartirlo.

Siempre al frente

Siempre al frente

«¡Ahora solo… va a obedecer a su ambición, elevarse más alto que los demás, convertirse en un tirano!”  Esta frase, tradicionalmente se ha atribuido a Beethoven, como reacción al llegar la noticia de que, Napoleón Bonaparte, se acababa de coronar Emperador de los franceses hacía unos días en la catedral de Notre Dame en París. Toda una generación de hombres y mujeres que habían creído en el, hasta ese momento, primer cónsul de Francia, como símbolo viviente de los ideales de la revolución francesa, se sintieron traicionados. La mítica escena de un Beethoven encolerizado arrancando la portada de su recién terminada sinfonía, dedicada al mítico general, al margen de su dudosa veracidad, lo que nos trasmite es una imagen muy clara de lo que, en el fuero interno de miles de personas en la Europa de principios de siglo XIX, sucedió: el general Bonaparte, encarnación de los ideales de libertad de la primera revolución de la era moderna, que había sido retratado por David, sobre un  caballo blanco cruzando los Alpes cual Aníbal, portador de la antorcha de la libertad, había traicionado a los suyos.

Cuando he estado en París, procuro visitar la tumba del corso, y siempre termino pensando lo mismo, ¡qué tremenda oportunidad histórica se perdió con su traición! La esperanza de ver realizados la libertad, la igualdad y la fraternidad, es lo que impulsó a Beethoven cuando escribió esa maravillosa sinfonía escrita en “memoria de un gran hombre” dijo después el maestro. Y es maravilloso que justamente esta obra fuera la corona con la que la Philarmonia Orchestra concluyera su concierto el pasado lunes 12 de marzo en el Auditori de nuestra ciudad, de Barcelona.

 

La sintonía entre la sinfonía de Beethoven y la heroica historia de esta orquesta inglesa, hace que cobre aún más sentido escuchar la obra justamente con esta agrupación, que tanto ha luchado por continuar existiendo después que su fundador Walter Legge decidiera en 1964, disolverla por motivos económicos. Aún recuerdo siendo un niño, los discos de la “New Philharmonia Orchestra” que es como tuvieron que llamarse por el litigio que se entabló entre su antiguo director general, el señor Legge y los músicos. La defensa de su orquesta fue heroica. Tuvieron el apoyo de su entonces director musical, el mítico director alemán Otto Kleperer, que se convirtió en el presidente honorario, cargo que mantuvo hasta su muerte en 1973. La Philharmonia Orchestra representa un cambio de paradigma en el mundo de las orquestas sinfónicas de todo el mundo, no solo es que se auto gestionen, siendo sus integrantes los que deciden sobre el destino de la orquesta, sino que, desde hace mucho tiempo, tiene directores principales, no titulares. Parecerá una veleidad léxica, pero marca una diferencia tremenda, porque la relación que se establece entre los músicos y el director, es total y absolutamente de igual a igual, ambas partes salen beneficiadas de colaborar la una con la otra.

El concierto que disfrutamos el pasado 12 de marzo mostró a una orquesta en plena forma, con un sonido compacto, y perfectamente bien trabajado, donde los balances sonoros eran muy precisos y permitían el decurso orgánico de las tres obras programadas. Iniciando con la obertura Las Hébridas, op.26 de F. Mendelssohn que nos permitió entrar en contacto con ese sonido tan característico de las orquestas británicas, lleno de elegancia y discreción, todo ello sin menosprecio de la fuerza y el dramatismo que las obras requerían. Al frente de la orquesta, estaba el maestro Karl-Heinz Steffens, maravilloso músico, con una dilatada carrera como clarinetista de primera fila y que desde hace ya años, ha abordado la dirección de orquesta con mucha fortuna. Su manera de trabajar no es la de un director tal y como tradicionalmente aun concebimos esta figura: especie de profeta, por cuyas manos fluye la inspiración insuflada por la divinidad. Steffens, es un músico más, un compañero de los músicos que cada concierto se reúnen para conformar un grupo orquestal. Su prestigio como interprete a nivel internacional, le aporta esa autoridad moral, para que esos mismos compañeros, hagan música bajo sus discretas indicaciones. El no impone, el solamente impulsa, conduce, direcciona, y los músicos libres de presiones externas, tocan y resuenan en total libertad.

Continuamos el programa con una estupenda lectura del concierto para piano y orquesta núm.1, en mi menor, op 11 de F. Chopin a cargo del maestro Sergei Redkin, que pese a su juventud, mostró no solo una deslumbrante técnica pianística, sino además, una madurez musical asombrosa. Ante un Auditori casi lleno, Redkin interpretó con profundidad y hondura uno de los conciertos más emblemáticos del repertorio pianístico del siglo XIX. La escuela rusa sigue aportando frutos maduros, que encuentran en repertorio como este su medio de expresión natural.

Tras la media parte, pudimos disfrutar de una estupenda interpretación de la Sinfonía núm.3, en mi bemol mayor op.55, “Heroica” de L.V. Beethoven. Steffens mostró, sobre todo en esta sinfonía, el oficio adquirido tras muchos años como músico de alto nivel. Moldeando y conduciendo la energía que la orquesta generaba, a través del decurso de la obra, hasta llegar al glorioso final que concluye la partitura. El público congregado premió con numerosos aplausos el trabajo realizado y logró una hermosa propina: El vals triste de J. Sibelius. Hermosa manera de concluir un concierto que inició navegado rumbo a las islas británicas, y que tuvo su momento de clímax con una sinfonía Heroica que había hecho resonar en nosotros, ese espíritu revolucionario tan necesario en estas épocas inciertas. Al salir del concierto, flotaba en el ambiente la sensación de que, dentro de nosotros, vive ese mismo espíritu que el corso traicionó y que impulsó a Beethoven a escribir esta obra, por eso, hay que seguir siempre al frente, siempre.

 

 

Fausto Murillo

Fausto Murillo (Querétaro, México) 1977: licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro (2001). Ha realizado, estudios de Dirección Orquestal con maestros como Enrique Batiz, Sergio Cárdenas, Antoni Ros-Marbà y Salvador Mas, desarrollando actividad dentro de la Dirección tanto en México como el estado español. Durante 6 años condujo programas radiofónicos de difusión musical en México, publicando con regularidad en diferentes espacios, además de impartir desde hace 20 años charlas y conferencias en los más diversos foros. Convencido de la necesidad de renovar desde sus cimientos la actividad musical, además de impartir clases en los Cursos Oberts del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (CMMB) estudia el grado en Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

¿Esto es mi regalo……?

¿Esto es mi regalo……?

Seguramente estimado lector, alguna vez has recibido un regalo de esos que prometen. La sola vista sobre el paquete perfectamente envuelto anuncia que el regalo será de esos que atolondran los sentidos. Te dispones a abrir el obsequio y sientes palpitar tu corazón lleno de emoción, y tras penetrar en el secreto oculto por tanto adorno, tu alma directamente se va por el sumidero al ver que aquel tan espléndidamente anunciado regalo no es otra cosa más que… un objeto, cosa u articulo más y que además, sinceramente, no sabes dónde vas a colocarlo en tu casa.

Al que escribe, se le quedó cara de ¿de verdad esto es mí regalo? El pasado sábado 9 de febrero al salir del concierto dado por la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Saber que Maria João Pires vendría a tocar Mozart era causa suficiente para llenar, como de hecho sucedió, l’Auditori. Su dilatada carrera la avala como una exquisita intérprete del genio de Salzburgo. Aún recuerdo las tardes que pasé en mis juveniles años de formación en el conservatorio, escuchando sus maravillosas lecturas de las sonatas de Mozart. Esto hacía que el regalo estuviera asegurado, y si además agregamos, que en reciente fecha su agente en Londres anunciará que tras casi 70 años de carrera se retira de los escenarios, la cita era ineludible. Quedan muy pocos mitos vivos para dejar pasar la oportunidad de disfrutar de ellos.

El programa era potente, primero una obra de estreno del maestro Ferran Cruixent  comisionada por la FUNDACIÓN SGAE, AEOS y la misma OBC. Deus ex machina es una obra interesante, con un lenguaje atractivo al público, aunque necesitada de más desarrollo en todas sus potencialidades. Nos plantea una serie de reflexiones interesantes sobre lo que el mismo autor denomina “la fascinación por la dependencia humana de la tecnología“. La expresión fue acuñada por Aristóteles, refiriéndose a que dentro de las tragedias griegas, era una maquina quien traía a escena a los actores que, haciendo los papeles de dioses, resolvían el entuerto planteado en la trama de la tragedia. La máquina entonces, se constituía en la portadora de una ayuda resolutiva, externa y divina, en este punto  Cruixent se pregunta y nos confronta ante ese constante depender de las máquinas y en concreto, de nuestros móviles, para resolver casi todo en nuestra vida. Utilizando entre otras técnicas el Cyber Singing, los músicos utilizaban durante la ejecución de la obra sus teléfonos móviles donde previamente se habían descargado un archivo MP3 enviado por Cruixent y que es un elemento más de la obra.

Llegó el plato fuerte, el concierto para dos pianos y orquesta núm.10 en Mi bemol mayor KV 365 de W.A.Mozart y junto a Maria João Pires apareció Ignasi Cambra, estupendo pianista catalán que desde hace años trabaja con la maestra Pires en el proyecto “Partitura”. Kazushi Ono inició la ejecución de la obra y ya desde los primeros compases la sensación de “¿es esto mi regalo?” lo impregnó todo. Por un lado la OBC se tomó literalmente como un bolo más la obra de Mozart, cosa nada extraña por cierto (se ve que el Salzburgués  es demasiado clásico para el ecléctico paladar de muchos músicos) en una lectura plana y fría  del acompañamiento orquestal. Ciertamente, en el plan original de Mozart, el peso de la obra recae sobre los solistas, restando mucho de su habitual papel a la orquesta. Pero lo que se  escuchó en la sala Pau Casals esa noche fue algo absolutamente rutinario y casi burocrático. Se creó sobre el escenario algo realmente sorprendente, en una interpretación, dijéramos a tres niveles: en un nivel muy alto, Maria João Pires, mostró por qué es quien es, leyó la obra dándole una musicalidad y una elegancia maravillosas. A una buena distancia de ella Ignasi Cambra, que pese a todos sus esfuerzos nunca logró hacer un todo con la maestra Pires. Se le notaba nervioso, por momentos apresurado y esto, influyó y mucho en su calidad musical. El resultado fue que el dúo de pianos nunca logró cuajar cabalmente y la obra, en su parte solista, quedó muy deslucida, al ser escrita por Mozart para dos intérpretes en igualdad de condiciones. En un último nivel, la OBC que, como ya apunté, trató a la obra de Mozart como requisito más para dar continuidad al concierto, cosa que preocupa y mucho, porque demuestra que cuando el programa gusta a los músicos, logran interpretaciones de primer nivel, cuando por las razones más peregrinas, el programa o alguna obra no les interesa, el esfuerzo es mínimo y la calidad de la misma orquesta, antes maravillosa, es francamente muy deficiente.

La última obra del programa fue la Primera sinfonía en Do menor, Op. 68 de Johanes Brahms. Obra maravillosa, llena de la energía y el vigor de un Johanes Brahms que se sabe poseedor de una maestría absoluta a la hora de trabajar. Todo está perfectamente meditado y contrastado en esta partitura que su autor trabajó durante casi catorce años. De hecho, la obra sinfónica de Brahms en su conjunto es fruto ya de un compositor muy maduro y con muchas obras a sus espaldas, lo que hace harto difícil poder decantarse  por alguna de ellas como la mejor. Todas son perfectas en su escritura y todas son un universo perfectamente bien concatenado en sí mismas. La lectura de Kazushi Ono siguió la tónica del concierto, no logramos escuchar la mejor versión de nuestra orquesta, quizás para hacerlo tengamos que esperar un nuevo programa, dijéramos, más inspirador que saque lo mejor de todos.  De cualquier manera, pese a que regresé con cara de “vaya, esto fue mi regalo” la oportunidad de haber escuchado a  Maria João Pires en su última gira de conciertos, es un hecho a guardar en la memoria, y muchos lo haremos. Muchos le debemos grandes momentos, de esos que no se olvidan.

Fausto Murillo

Fausto Murillo (Querétaro, México) 1977: licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro (2001). Ha realizado, estudios de Dirección Orquestal con maestros como Enrique Batiz, Sergio Cárdenas, Antoni Ros-Marbà y Salvador Mas, desarrollando actividad dentro de la Dirección tanto en México como el estado español. Durante 6 años condujo programas radiofónicos de difusión musical en México, publicando con regularidad en diferentes espacios, además de impartir desde hace 20 años charlas y conferencias en los más diversos foros. Convencido de la necesidad de renovar desde sus cimientos la actividad musical, además de impartir clases en los Cursos Oberts del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (CMMB) estudia el grado en Musicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).