Entrevista a los directores de «BARACOA»

Entrevista a los directores de «BARACOA»

Baracoa es una película rodada en Cuba que participó en la Berlinale dentro de la sección Generación. De esta sección surgió, por ejemplo, Verano 1993 (Estiu 1993) de Carla Simón hace dos años. Generación, sin hacer ruido, ha ido destapándose en las últimas ediciones como referencia para los berlinaleros. En ella se exploran la vida y los mundos de los niños y adolescentes desde una perspectiva diferente a la que el cine comercial nos ha acostumbrado. Baracoa es en parte película en parte documental al tener tres directores – dos documentalistas afincados en Estados Unidos y un argentino que vive en Suiza- que ofrecen singularidad a la historia de Antuán y Leonel, dos jóvenes de 13 y 9 años que viven en un pequeño pueblo a las afueras de La Habana.

Antuán y Leonel viven en Pueblo Textil, un puñado de bloques de apartamentos construidos a mediados de los setenta. Para proporcionar alojamiento a los trabajadores de la Textilería Ariguanabo – construida en los años treinta y por entonces el centro industrial más grande de toda América Latina- Fidel Castro ordenó deforestar una loma cercana de frondosa vegetación (la loma “Negrín”) y alzar allí los edificios. La fábrica cerró en los noventa y los trabajadores se marcharon. En Pueblo Textil solo se quedaron los ancianos y los niños, como Antuán y Leonel, quienes viven y juegan felices entre las ruinas de la textilería y sus alrededores.

La palabra Baracoa significa “existencia de agua” y da nombre a una pequeña playa a 15 kilómetros de Pueblo Textil. En 2016 Pablo Briones había escrito un guion de 30 páginas y decidió asistir a una escuela de cine en Cuba que distaba unos cientos de metros de un poblado: allí encontró al protagonista de su historia. “Después de un par de horas paseando por el pueblo tenía diez niños a mi alrededor; dos de ellos se me acercaron y me preguntaron qué hacía allí. Tengo un guion y busco un niño para mi película, respondí, a lo que el más pequeño respondió sí bueno pero mejor tener a dos, ¿verdad? Yo me llamo Leonel y él es Antuán. Me gustaron al instante y decidí reescribir el guion, convirtiéndolo en una historia real de amistad entre dos niños

Fue una entrevista a cuatro bandas, dos directores y dos entrevistadores:

Pablo Briones, director argentino afincado en Ginebra.

Jace Freeman, codirector estadounidense y junto a Sean Clark los Moving Picture Boys.

Neil Fox, periodista inglés y productor de cine en Reino Unido.

Carlos Ibarra Grau, crítico de cine con alma de poeta.

Mi primera pregunta es vuestra impresión de Cuba. Se dice que los cubanos son gente muy feliz pese a que su vida es muy humilde. ¿Realmente pensáis que viven tan felices? En la película por ejemplo nunca vemos a los niños darse una ducha, simplemente se cambian de camiseta cuando se despiertan por la mañana.

Jace Freeman: Yo vengo de Estados Unidos y cuando llegué a Cuba uno se siente como atrapado en 1955: coches antiguos desvencijados y piezas desparramadas, pero ellos lo reparan todo con lo que tienen. Y cuando se rompe lo vuelven a reparar. Son una gente maravillosa con un gran sentido de comunidad, de compañerismo, algo que se aprecia en la película. En el pueblo todo el mundo cuida de todo el mundo y tienen libertad para moverse porque es un lugar seguro. Y es un lugar seguro para que los niños crezcan. Qué oportunidades tendrán una vez sean adultos es algo que no podemos saber, pero sin duda es algo que harán juntos.

Pablo Briones: Sientes algo extraño cuando estas en la isla, como un tipo de seguridad, algo que no puedes sentir en cualquier lado, no en la mayoría de las ciudades de Sudamérica. El hecho de que en Cuba tengan restricciones y límites tanto de fuera como desde dentro ha generado una situación cómoda (comfortable) que ellos tienen asumida. Tienen claro que su situación política es diferente. Me sorprende lo simpáticos y lo inteligentes que son, simplemente gente feliz. En otras sociedades tenemos otro tipo de límites como yo que llevo diez años viviendo en Suiza y lo tenemos todo, incluso demasiado, pero pese a ello la gente no es super feliz.

Investigué acerca de Pueblo Textil, una zona de vegetación deshabitada donde Fidel Castro decidió construir casas y crear una comunidad. Durante la película se ven muchos esqueletos de viviendas…

J.F: Eran alojamientos para trabajadores de la fábrica textil que había al lado. La fábrica cerró y los trabajadores abandonaron el pueblo. Lo que quedó fueron gente mayor y niños. Baracoa no es tanto una historia sobre el desequilibrio entre los muy ricos y los muy pobres en Cuba, sino una sobre una comunidad que vive sin necesidad de muchas cosas que otras ciudades sí tienen.

P.B: Pueblo Textil me recuerda a uno de esos proyectos europeos sobre cómo vivir en armonía: construir en el área rural -como vivir en el campo con gallinas- un nuevo modelo de sociedad en una atmósfera de comunidad y más ecológica. El pueblo parece uno de esos proyectos pero creado de manera involuntaria.

(Neil Fox) Sobre el estilo de la película, la estética es como en una coming of age, pero en este caso de dos niños pequeños que realmente viven allí, una historia real. ¿Como fue el proceso de trabajar en el estilo mientras documentabais la vida de estos jóvenes?

J.F: Los personajes y el entorno dictaron el ritmo y estilo de la historia. En cuanto al método de trabajo, decir que de los tres directores Pablo era el que trabajaba con los niños, mientras que Sean y yo nos encargamos de la imagen y del sonido; nuestra única directriz fue que no miraran a la cámara (risas). Pablo fue el que le dio esa perspectiva única, su estilo de filmar tipo documental y esa manera increíble en la que juega con la realidad, creando algo que va más allá, donde ya no puedes distinguir un estilo de otro. Algo muy interesante.

P.B: Es gracioso porque yo escribí una historia para un solo niño y apareció Leonel con otro bajo el brazo. Es lo mismo que hizo Jace con Sean. Cuando hablé con Jace acerca de hacer una película me dijo “genial, pero sabes, siempre trabajo con Sean, somos los Moving Picture Boys, nunca hacemos nada en solitario” Trabajamos en ello y al final encontramos un balance entre todas las partes.

¿Cuánto hay de improvisación en los diálogos? ¿Les distes a los niños por ejemplo un tema del que hablar y ellos lo iban desarrollando?

P.B: Exacto. Teníamos un guion pero el proceso fue ir encontrando el momento y escena perfecta para cada tema. La escena de la piscina, por ejemplo. Cuando nos pareció correcto les dijimos que con calma podían ir hablando de La Habana y de la playa; íbamos introduciendo los temas poco a poco, cuando el momento y lugar ideal se presentaba. Aunque estábamos improvisando, siempre nos mantuvimos cerca de la historia original. Teníamos en mente que en algún momento Antuán abandonaría el pueblo y se iría a La Habana, esa era la amenaza en la historia. Cuando estás viendo la película sabes que llegado el momento él se va a ir, eres consciente de que ocurrirá. Queríamos mantener esa expectación en la audiencia.

(Neil Fox) Es hermoso ver cómo la película se centra en ellos y en su entorno. Otros directores cuando salen al extranjero filman la vida de gente pobre, pero vosotros es como “mirar este sitio tan bonito” ¿Quisisteis hacer justicia a estos chicos y no caer en esa trampa en la que caen otros?

J.F: Creo que el cine es más que nada observación. Pero esta es una película subjetiva, desde la perspectiva de Leonel y de cómo es su vida, así que fue una decisión consciente el no mostrar la historia de una manera tradicional, sino desde esta observación al estilo documental. Eso nos lleva a entrar rápidamente en la vida real de estos niños.

P.B: Al filmar nos manteníamos muy cerca de los personajes, así es como trabajan los Moving Picture Boys, que siguen de cerca a los personajes de sus documentales. Ellos ponían la cámara a la altura de los niños, así que lo ves todo desde su perspectiva, todo parece más grande. Teníamos muchos paisajes e imágenes bellas donde no aparecían los niños, pero durante el montaje decidimos que la historia se mantuviera siempre con nuestros protagonistas, de una manera natural. No se trata del paisaje al que el niño está mirando, sino que se trata de el niño mirando el paisaje.

Terminada la entrevista, seguimos los cuatro departiendo informalmente. Neil agradeció una vez más a los directores por la película que habían hecho. Yo hice una reflexión en voz alta que quería compartir: En la Berlinale hay 400 películas y uno hace un puñado de entrevistas, pero los motivos por los que uno entrevista a unos cineastas y no a otros no es siempre clara. Hoy mismo me pregunté porque elegí vuestra película de entre otras, porqué os quería entrevistar. Creo que capturasteis algo muy especial, algo más allá de la película, de la historia y del guion, capturasteis el alma. Cada película tiene un alma y eso es lo que me capturó a mí. Esto es algo que no se puede tocar ni ver, solo sentirlo. Y eso es un gran trabajo. Gracias.

La radicalidad del amor.  Sobre Skin (2018) de Guy Nattiv en la Berlinale 2019.

La radicalidad del amor. Sobre Skin (2018) de Guy Nattiv en la Berlinale 2019.

[Foto sacada de: https://www.hollywoodreporter.com/review/skin-review-1142180]

El dicho de “árbol torcido jamás se endereza” o bien, repitiendo la famosa canción de salsa, “palo que nace dobla’o, jamás su tronco endereza”, parece ser aquello que con un gesto optimista Guy Nattiv trata de refutar con su última película “Skin” (2019), estrenada ayer en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale). La piel le sirve al director de metáfora para pensar los cambios aparentemente permanentes que dejan ciertos actos en el carácter, o bien, en la esencia de una persona, si es que algo como tal exista. La película parece plantear sin embargo, que la piel no deja de ser superficie y se enfoca en la idea de que por más cicatrices que se lleve un cuerpo, el trabajo en sí mismo y el cambio de vida son posibles. He allí tal vez el patetismo de la película – el desarrollo de sus personajes tienden a eso inevitablemente: al optimismo que deviene fatalidad.

Bryan ‘Babs’ Widner (Jamie Bell) es un neonazi estadounidense que fue adoptado desde pequeño por Fred ‘Hammer’ Krager (Bill Camp) y su esposa Shareen (Vera Farmiga) en su casa que más que casa es una fabrica de machos racistas militantes por la ‘supremacía blanca’. Sin embargo, las similitudes a un hogar común y corriente terminan siendo el cimiento de su comunidad: la lealtad a su supremo jefe, el compañerismo y el apoyo mutuo se entienden como principios esenciales de la convivencia en ese orfanato neonazi, y los cuales se ven amenazados por las propias premisas de odio del hogar. Aquí parece jugar un gran papel el proverbio de “cría cuervos que te sacarán los ojos”. Los machos son creados como asideros exclusivos de odio, un odio que se vierte en contra de todos, sin embargo la mayor traición viene a ser la del amor mismo con su radicalidad subversiva: la decisión del mismo Bryan de optar por abandonar el camino de la militancia nazi, motivado por el encuentro con el amor de su vida Julie Price (Danielle Macdonald) y sus tres hijas, desencadena la tragedia de la película. La radicalidad del amor, que parece ejercer una violencia más extrema que la de la ‘supremacía nazi’, lleva a Bryan a la huida pesadillesca de su pasado.

La piel de la cara de Bryan está totalmente tapizada de tatuajes, lo que complica la huida como si el racismo se invirtiera en el cuerpo del personaje de un momento a otro: la piel es ahora la que le impide llevar una vida tranquila. Bryan trata de dejar de ser el “bad guy” que ven las hijas de Julie en él, haciéndose a un trabajo sobre su cuerpo mismo – borrar las marcas de lo que se quiere dejar de ser. En comparación con el retrato desalentador de Bustamante en la Berlinale con su película Temblores (comentada por mí para este medio), Skin parece gritar (un poco a la Hollywood) que el amor sí puede liberar a un sujeto de las garras de un sistema moral opresivo.

Las maravillosas actuaciones de Danielle Macdonald y de Jamie Bell, como también de Bill Camp y Vera Farmiga, hacen de esta película con paupérrimo desarrollo de la trama, un filme para no perderse. El suspenso, que es intensificado con una habilidad sorprendente, hará de esta película seguramente una memorable. El romanticismo como clave para desenvolver el odio nihilista que se vive en los EEUU de Trump, o bien, el amor como antídoto, pero el amor en su radicalidad política, parece ser la propuesta de Navitt para cambiar el rumbo de las cosas.

(Véase Srećko Horvat «The Radicality of Love«)

Terremotos del deseo y la familia tradicional. Sobre Temblores (2019) de Jayro Bustamente en la Berlinale 2019.

Terremotos del deseo y la familia tradicional. Sobre Temblores (2019) de Jayro Bustamente en la Berlinale 2019.

[Foto sacada de: https://variety.com/2018/film/festivals/berlinale-2018-jayro-bustamante-readies-tremors-1202701988/]

Tiembla dos veces, o más bien, tiembla constantemente en la nueva película Temblores (2019) del director Jayro Bustamante estrenada en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale). Después de su maravillosa película Ixcanul (2015) estrenada en el mismo festival alemán, Bustamante ofrece de nuevo una imagen poderosa a las salas, esta vez ya no el volcán sino otra alegoría geográfica, los temblores. Se trata de una alegoría de lo inevitable, aquello que como el deseo irrumpe sin avisar en la vida del individuo, ese temblor en medio del cual tratamos de buscar refugio, un asidero hecho de normas, lo predecible, el hogar, los compromisos maritales, la familia tradicional. La película de Bustamante trata de explorar el desajuste de un hombre casado, pasado de los cuarenta y con dos hijos, al ver que su deseo homosexual amenaza la estabilidad de su familia. La presión de una tradición de generaciones y unos sueños heredados, que pesan más que una cruz de acero, lo llevan a destruirse a sí mismo y a renunciar a su vida, encandelillado por una maquinaria sucia de manipulación moral – ese artefacto familiar a toda máquina, el de la homofobia.

El terremoto se siente más fuerte entre más rígidas estén construidas las paredes de la casa. Ese es el caso de la de Pablo (Juan Pablo Olyslager), hijo de una familia burguesa activa en una iglesia evangélica (o bien “iglesia cristiana”) en Guatemala. La noticia de su romance con Francisco (Mauricio Armas) solamente podía significar lo que el título anuncia: un temblor, un sacudón tremendo de las rígidas vigas de su hogar. La película trata entonces de mostrar hasta dónde llegará la familia para defender los cimientos de su casa, de su moral y aunque esto signifique pasar por encima de la felicidad de sus miembros. El amor erótico viene a ser despreciado como «placer» en medio de una ideología de la “felicidad” trascendental que ofrece la moral cristiana: la unión entre marido y mujer, el matrimonio, los hijos, la seguridad de la ley.

El filme de Bustamante es un viaje terrorífico al centro más cálido del volcán de la homofobia, siempre amenazante – se trata también de una familia que grita constantemente la palabra amor como un mantra, pero que paradójicamente demuestra la falta absoluta de lo que predica. Se trata entonces de la denuncia directa de un cristianismo mal entendido, una denuncia en forma de ese trágico retrato de un hombre homosexual que es obligado a dejarse tratar con los métodos más desesperados de la heteronormatividad: castración química, terapias de “masculinización”, auto-maltrato emocional y muchas otras torturas por las que tienen que pasar lastimosamente muchos hombres en estas comunidades cristianas en Latinoamérica.

La película, que hasta ahora solamente se ha mostrado en el contexto liberal berlinés, quiere ser justamente lo que el título anuncia: un terremoto en Guatemala y, por consiguiente, en toda América Latina. La denuncia es clara: la homofobia y el trauma que causa son culpa no solamente de la iglesia y su moral inquisitiva, sino de una familia mal entendida y fundada en el desconocimiento de lo otro y del otro, y en la negación de la naturaleza del deseo humano.

Al final de su estreno mundial el domingo pasado en Alexanderplatz, en el centro de Berlín, parte del equipo se prestó para una ronda de preguntas y respuestas. El director y dos de sus actores hicieron hincapié en la necesidad de la película, en su cualidad denunciatoria. Sin embargo, cuando la actriz Diane Bathen que asumió el papel más negativo en la película –el de la mujer de Pablo, Isa, que trata de imponer de forma egoísta y ciega su ideal de familia y de ‘amor’– dejó escapar una apología innecesaria de su personaje. Todo el público, sumergido en una conmoción absoluta después de haber visto la película, solamente pudo recibir este comentario como un balde de agua fría: la falta de empatía de una persona que con pretextos de entender las razones de la maternidad y de sentirse sola como mujer de familia, se atrevió a defender una posición ultrajante e ignorante. Su comentario inoportuno fue recibido con desagrado por parte de un público que se podía sentir identificado plenamente con el sufrimiento bajo la homofobia. Este hecho dejó ver qué tan importante, o bien, qué tan urgente es esta película en un contexto latinoamericano donde hasta los mismos participantes de la denuncia desconocen la profundidad de las raíces de la homofobia institucionalizada.

La homofobia y la moral familiar calan fuerte en la psiquis de todos nosotros, sin embargo, el deseo parece poner en jaque constantemente esta dolorosa idea de familia. ¡Qué vengan más temblores, sacudones, terremotos!

Gracias a Dios

Gracias a Dios

Gracias a Dios (Grâce à Dieu, de François Ozon) es una película basada en hechos y en tiempo real que denuncia casos de pederastia en la Iglesia francesa. Entre 1986 y 1991 el Padre Preynat abusó de casi cien niños de entre nueve y diez años, quienes tres décadas después se han atrevido a hablar. A cargo del arzobispado de Lyon, el Cardenal Barbarin encubrió todos los hechos. Decía que en tiempo real porque es ahora: el pasado lunes siete de febrero se inició en Lyon un juicio contra Barbarin, acusado de no informar de estos abusos. El siete de marzo se dictará la sentencia. Por desgracia el Padre Preynat ha sido previamente absuelto, pues según la ley de prescripción francesa sobre la violación de menores, se establece un plazo máximo de 20 años para emprender acciones legales desde que la víctima haya alcanzado la mayoría de edad. Las víctimas ya habían sobrepasado los cuarenta años.

Con un ritmo prodigioso, la película empieza directa y sin miramientos con la correspondencia entre Alexander, un buen cristiano en sus cuarenta y pocos padre de cinco hijos, y el Cardenal Barbarin en el año 2014. Tras descubrir Alex que el cura que abusó de él seguía ejerciendo y con menores a su cargo, exige en estos emails la renuncia del Padre Preynat por pederastia, quien sorprendentemente acepta reunirse en persona con Alexander: “Siempre sentí atracción por los niños, es una enfermedad, lo sé, pero no tiene tratamiento (…) algunos padres me atacaron y causaron desperfectos en mi casa pero que yo abusara de los niños no es razón para que los padres fueran violentos conmigo” La respuesta de Alexander hiela la piel porque conocemos la ceguera que causa eso que llaman fe: “Padre, estoy haciendo esto por el bien de la Iglesia, no quiero destruirla, soy católico”

Así muestra el director François Ozon de manera trepidante -y sin que perdamos el hilo de los hechos- a diferentes victimas que siguen el ejemplo de Alexander y se suman a la denuncia, relatando sus propios casos y detalles de los abusos. Si bien éstos nunca son explícitos – la cámara cambia siempre a tiempo de que veamos nada- el sufrimiento de estas personas relatando por primera vez lo ocurrido en su niñez es demoledor: arrastran todo tipo de traumas y cicatrices en sus personalidades, inseguridades en su sexualidad y marcas internas muchas de ellas de por vida. De entre todas las actuaciones destacan Swann Arlaud y en especial el gran Denis Menochet, famoso por encarnar en la durísima Custodia Compartida (Jusqu’à la garde, 2017) a un violentísimo padre de familia. De abusador a abusado, la compleja profesión de un actor de cine.

En la rueda de prensa posterior al estreno de la película François Ozon hablaba de las dificultades para sacar adelante el proyecto: “Lyon es una ciudad increíblemente católica. Hemos filmado en Bélgica y Luxemburgo, pero en Lyon tan solo las primeras escenas, porque allí el catolicismo es muy grande. Fue difícil encontrar la financiación porque la Iglesia y la pedofilia es un tema que molesta a mucha gente, que no quieren verse involucrados”

Pero hay que involucrarse y “Lo privado es político” es el lema de esta Berlinale 2019. Cada año el festival alza un slogan desde cuya perspectiva leer las películas que vamos a ver. The private is political es un lema surgido durante la segunda ola del feminismo a principios de la década de los 60. La frase buscaba poner de relieve las conexiones entre la experiencia personal (lo privado) y aquello que es público (del griego polis) que es exactamente lo que movimientos actuales como el #metoo o el #speakup vienen a rescatar. Numerosas películas de esta Berlinale están abordando la avidez de la sociedad contemporánea por carraspear fuerte y gritar, sacando a la luz aquellas injusticias que durante muchos años fueron un nudo en la garganta. Que lo privado quede en casa es algo ya obsoleto en pleno 2019: vivimos en una sociedad intercomunicada que nos ofrece plataformas para denunciar todo aquello que no está bien. De esta manera, son los hombres los que en Grâcie à Dieu encuentran la valentía para denunciar los abusos que sufrieron y son sus mujeres las primeras que apoyan su lucha, conocedoras de que también es la suya. Si la Berlinale se ha venido definiendo en los últimos años como un festival político, que Gracias a Dios ganara el Oso de Oro no vendría sino a dar la razón de que estamos tomando el camino correcto. Con o sin la ayuda de Dios.

La amabilidad de los extraños

La amabilidad de los extraños

La película inaugural de esta Berlinale 2019 ha sido The Kindness of Strangers (La amabilidad de los extraños) de la directora danesa Lone Scherfig (An Education, 2009) El grueso de este artículo viene a reparar lanzas más que a romperlas, a tratar de hacer entender que el mundo es un lugar mejor de lo que nos han hecho creer y que mientras haya un vecino que salude no todo está perdido en la comunidad. En el último año del director Dieter Kosslick, una película de Lena Scherfig ha abierto la Berlinale. Hace dieciocho años en 2001, su primera vez a cargo del festival, otra película de Scherfig fue la elegida para inaugurarlo. Bonita manera de despedirse, auf Wiedersehen maestro.

The Kindness of Strangers cuenta la historia de Clara (protagonizada por la Zoe Kazan de La Gran Enfermedad del Amor) quien escapa con sus dos hijos nada más empezar la película, en vista de los malos tratos que su marido ha empezado a infringirles. Esta mujer trata de mantenerlos a flote bien con hurtos en tiendas, bien recurriendo a la ayuda de extraños. Y estos extraños acarrean asimismo sus propias losas. Esta es la moraleja de la película: uno no se deja ayudar por alguien cuya situación es envidiable sino por alguien que asimismo atraviesa dificultades. Así es la empatía, energía, karma, psicología o fuerzas del universo. Para subsistir, Alice (la dulce Andrea Riseborough) se triplica entre su trabajo en el hospital como enfermera, dando terapias de grupo en una iglesia y prestando ayuda en comedores sociales. Hasta que ya no puede más. O Marc (Tahar Rahim), quien tras cuatro años de cárcel pese a ser inocente encuentra un trabajo en un restaurante. Diversos personajes, todos ellos de ojos tristes pero llenos de amor, van encontrándose de una manera u otra. Pese a un reparto elegido con gran acierto, The Kindness of Strangers ha sido tildada por una parte importante de la prensa como “azucarada, naif o maniquea” nada más finalizar su estreno. ¿Y sabéis qué? No hagáis ni caso. Id a verla cuando llegue a los cines o la estrenen las plataformas. Más allá del mensaje, es una película de una factura excelente.

                                                                                           copyright © Per Arnesen

No se debe pretender transformar a un pesimista en un optimista si nosotros mismos no predicamos con el ejemplo y dejamos de avergonzamos de cómo somos. Un pesimista se define a sí mismo como realista. Un optimista no se define, se refugia en el miedo a la incomprensión y a ser tildado de infantil, así que no comparte su visión interior. Estos son los tiempos en los que vivimos. Es por ello que en el cine el término medio- así como la clase media en la sociedad- amenaza peligro de extinción, dejándonos dos bloques de películas bien diferenciadas: historias semi alegres – semi tristes con dosis de comedia y dramas desesperanzadores. Dado esto, es ejercicio sano -y casi obligatorio- alzar la voz o el bolígrafo cuando uno topa con una película que pertenece a ese término medio que tanto escasea. Uno que muestre las tribulaciones de sus personajes sin que terminen ahogándose en ellas, sino demostrando que a veces se sale a flote. En el cine moderno, Hollywood nos ha hecho ver tantas veces la misma historia con un predecible final feliz que los críticos de cine aborrecen una película si ésta no termina mal. Yo alzo la voz ante un cine tan realista como el de los pesimistas, uno hecho con talento que nos permita mantener la esperanza y no caer en la desconfianza al prójimo.

Pues Lone Scherfig defendió en rueda de prensa a los personajes de sus películas, a los que no considera superhéroes, y a su manera de hacer cine, cuyos finales no considera necesariamente felices. Ella es realista a su manera, a esta manera: “Yo creo en manejar grandes problemas con historias íntimas (…) El mundo es un lugar duro, pero me gusta hacer sentir a la gente que pertenecen a la comunidad”