De plumajes y tradiciones

De plumajes y tradiciones

Escribe Salvador Día Mirón en su poema “Gloria”:

Los claros timbres de que estoy ufano,
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!

 

La cita vino a mi cuando supe la historia de Teodor Currentzis que tras graduarse en el prestigioso Conservatorio de San Petersburgo, habiendo sido alumno del mítico Iliá Musin (maestro de Valeri Guérguiev, Yuri Temirkánov o Semión Bychkov) decidió que no quería crear una carrera como sus famosos condiscípulos y se marchó a Siberia, en concreto a Novosibirsk, donde además de ser nombrado director del teatro de ópera, fundó el Musica Aeterna Ensemble y el New Siberian Singers Chamber Choir, agrupaciones que han sido la base donde Currentzis, ha cimentado no solo una carrera, si no todo un ecosistema desde donde está, literalmente, generando una revolución en el corazón mismo del canon establecido.

Sus lecturas son no solo desafiantes a una práctica llena de amaneramientos y poca información, que ha permitido en notables casos, la deformación de la voluntad expresa de varios compositores. Así por ejemplo, Currentzis sobre Beethoven, apunta lo siguiente “No creo que en Beethoven haya grandes tradiciones interpretativas. Quiero decir que, por ejemplo, nadie ha hecho una grabación que tome verdaderamente en consideración, las indicaciones metronómicas del compositor. Hay quizá, un par de directores que han hecho buenas grabaciones, como Roger Norrington y John Eliot Gardiner, por los que tengo un gran respeto. El resto, son interpretaciones más o menos románticas de Beethoven, que adoptan cierto espíritu revolucionario en el sonido. Pero nadie ha dejado a un lado cómo se ha tocado esta música en los últimos doscientos años y ha hablado mentalmente con este sordo loco para entender lo que quería” [1]

Semejantes declaraciones es normal que generen el rechazo de un sector del público que ha crecido precisamente bajo la visión que Currentzis combate con su manera de hacer y de presentarse ante el público. Y precisamente esta actitud rebelde, le ha granjeado el respeto y la admiración de otra nutrida parte de la audiencia.
Sería absolutamente injusto pensar que la revolución que nuestro maestro promueve, es meramente epidérmica, quedándose en la sola apariencia rompedora. Nada más alejado de la realidad, cuando uno descubre sus lecturas de obras como las tres óperas Da Ponte de Mozart, o su más reciente registro dedicado a la 6ª sinfonía de Mahler, descubres con asombro, esa música que ya conocías, pero llena de un color y de una fuerza que con el paso del tiempo habían perdido.
En Barcelona, lamentablemente no habíamos podido verle hasta el pasado 4 de marzo que debutó por fin en nuestra ciudad, al frente de Sinfónica SWR Stuttgart, orquesta de la que es titular recientemente.

El programa presentado no podía ser más idóneo para mostrar sus credenciales ante el público barcelonés. En primer lugar, “Muerte y transfiguración, op. 24” de R. Strauss y tras la media parte de G. Mahler, la Sinfonía núm. 1, en Re mayor, “Titán”.

El detalle y la precisión con que Currentzis abordó ambas piezas son muestra clara del extraordinario músico ante el que nos encontramos esa noche. Logró que la orquesta sonara no solo compacta y perfectamente balanceada, si no mejor aun, llena de una plasticidad extraordinaria, mostrando un logrado trabajo tímbrico que en ambas piezas es fundamental y que lamentablemente con el paso de los años, la inercia ha logrado que se abandone este nivel de detalle cuando se aborda este tipo de repertorio. Fraseos apuradísimos, una amplia gama de matices y sobre todo una musicalidad desbordante, son atributos que complementarían lo anteriormente dicho.

Es evidente que, ver salir a un personaje como Currentzis, en botas militares y pantalón pitillo, causó revuelo en muchos de los asistentes al concierto del 4 de marzo. Previo a este, pude escuchar de soslayo, las muchas suspicacias que tal apariencia pública provocaba en las personas congregadas esa noche en el Auditori. Muchos siguen uniendo el preceptivo Frac a la calidad musical, otros simplemente no se hacen a la idea de ver en el podio a un personaje que tiene más que ver con la imagen que tenemos de una estrella de música urbana, pero al final, tras el concierto, en sus caras, y sobre todo, en los interminables aplausos que recogió, Currentzis mostró que su plumaje, como el de Díaz Mirón en su poema, es de esos que no se manchan con el fango de la costumbre mal entendida y sobre todo, con la desidia de una tradición castrante y anti musical. La próxima temporada, tendremos la oportunidad de verle de nueva cuenta por Barcelona, yo me lo apuntaré en mi agenda, ¿y usted? Seguimos.

[1] Extracto de la entrevista publicada en el nº 343 de la revista SCHERZO, correspondiente a septiembre de 2018)

El Mendelssohn e Ysaye de James Enhes

El Mendelssohn e Ysaye de James Enhes

El violinista canadiense James Enhes visitó l’Auditori junto con la OBC el pasado 29 de febrero para ofrecer su versión del conocido concierto para violín de Mendelssohn. Juanjo Mena, por su parte, brilló con una versión fastuosa de la 6ª de Bruckner.

La interpretación de Enhes es muy característica. A través de su técnica y vibrato, proyecta un sonido redondo y equilibrado con una resonancia propia. Puede convertir cualquier espacio en una sala de conciertos. Es por eso que en su interpretación del concierto de Mendelssohn -a diferencia de otros solistas que son «engullidos» por el sonido tutti de la orquesta-, supo destacar fácilmente, incluso en los momentos más sutiles, como el bariolaje famoso de la cadencia del final del primer movimiento, con un sonido diáfano, preciso y ligero. En el segundo movimiento, de naturaleza delicada, posiblemente el hecho de enfatizar cada una de las notas, no acabó de ayudar a establecer demasiados contrastes en las frases, pero en el tercero, volvió a distinguirse. Optó por interpretar las figuraciones rápidas en staccatto -que usualmente se tocan con poquísimo arco y movimientos pequeños para asegurar precisión con la muñeca- variando la cantidad de arco para enfatizar los matices y el carácter las secciones, arriesgando el control del arco con movimientos generosos, ligeros y muy rápidos. Esta manera de tocar en un tempo rápido requiere potencialmente bastante esfuerzo físico y concentración.

Tras el aplauso caluroso del público Enhes procedió a tocar dos bises. Si bien el segundo fue el clásico movimiento de Bach de las Sonatas y Partitas, la elección del primero fue poco habitual por su duración y complejidad. Se trató ni más ni menos que de la sonata nº3 «Ballade» de E.Ysaye, obra en que todos los movimientos están unidos en uno solo, que supo defender brillantemente en toda su variedad de registros, tanto mostrando unas cuerdas dobles perfectamente afinadas con armonías introspectivas y voces independientes, como en otros momentos virtuosos y nostálgicos con escalas cromáticas, así como el atacca del final de la sonata en un accelerando furioso a la cuerda.

El director Juanjo Mena se hizo presente especialmente en la segunda parte con la sinfonía de Bruckner. Parecía conocer a fondo la estructura de la sinfonía, ya que dirigió de memoria y supo enfatizar elocuentemente los contrastes inherentes en la obra. También el sonido global de las secciones era muy bueno, limpio y equilibrado. Las cuerdas despuntaron especialmente en el segundo tema del segundo movimiento. Destacaron las trompetas, especialmente la solista, Mireia Farrés. Aunque en algunas ocasiones no se escucharan las cuerdas por la orquestación del propio compositor, Mena supo crear una versión bastante equilibrada y espectacular.

 

Música vespertina

Música vespertina

Las tardes del final de otoño suelen tener un color melancólico. Esta sensación se acentúa entre otras razones, porque el sol cae realmente pronto y ya para las 7 pm, estamos rodeados de oscuridad. Ahora bien, ese color melancólico de las tardes de finales de otoño es un marco maravilloso para según qué manifestaciones estéticas. Pienso en como tuvo que ser asistir a los famosos Abendmusik que en la ciudad de Lübeck organizó primero Franz Tunder, maestro cantor en la Marienkirche, de esta ciudad alemana y tras su fallecimiento, su sucesor: Dietrich Buxtehude

 

Aquellas “tardes de música”, que es lo que significa su título en alemán, eran verdaderos musicales, que revolucionaron el medio musical de toda Alemania. En estos conciertos, se podía escuchar música escrita por los maestros cantores de la iglesia de Santa María, que siguiendo la directriz marcada por la generación anterior de maestros alemanes como H. Schütz, producían su obra bajo innovaciones llegadas desde Italia, asombrando y conmoviendo a todo aquel que escuchaba aquella hermosa música.  

Buxtehude brilló como uno de los más grandes autores de su época, al punto que jóvenes aprendices del oficio, al iniciar el s. XVIII peregrinaban a verle, para poder escuchar sus obras y, sobre todo, para ser escuchados y aleccionados por el gran maestro. Entre estos jóvenes alevines, están nombres como el G.F Händel o el de J.S. Bach, que reconocían en el magisterio de Buxtehude, el origen de su obra posterior.

 

El pasado 1 de diciembre, pudimos disfrutar en el Auditori, de una auténtica “Abendmusik”, en este caso, a cargo de una de las más distinguidas agrupaciones vocales del momento. Me refiero al conjunto Vox Luminis, cuyo director, es el maestro Lionel Meunier y que nos presentaron un programa integrado en su totalidad por obras del mencionado D. Buxtehude.  En concreto, disfrutamos de 4 cantatas sacras y tres Tríos Sonatas, que se fueron alternando y entretejiendo en un programa que dejó un gratísimo sabor de boca. 

 

Vox Luminis llegó precedido por una merecida fama de seriedad y perfección técnica, a la hora de abordar precisamente este tipo de repertorio. Los refinamientos vocales en la afinación y el color que esta música exige, son cubiertas sobradamente por un conjunto perfectamente ensamblado, que cuida la emisión de cada nota, que ha de estar ensamblada en un todo perfectamente congruente. A esta solvencia técnica, se une una altísima exigencia en la expresión en cada uno de los textos cantados. Las aproximadas 102 cantatas que nos han llegado del maestro sueco, están impregnadas de una honda religiosidad. En sus textos, encontramos a un creyente devoto que se abandona a su salvador con la casi inocencia y candidez de un niño. Es imposible no esbozar una sonrisa cómplice, al leer algunos de estos textos que rezuman un poco de candor y al mismo tiempo hondura y tranquilidad. Es sin duda por ello, que su música nos transmite lo mismo, pues es reflejo del mundo interior de un hombre con una fe infinita. 



Lamentablemente, la parte instrumental de nuestro concierto quedó deslucida en parte. El color apagado en las cuerdas, logrado por los intérpretes de los tres Tríos Sonatas, sin llegar a ser un error como tal, no hicieron justicia a una música que, pese a no ser la parte más significativa del catálogo de Buxtehude, merecían una sonoridad más brillante y no tan apagada. Así, pasajes enteros de la parte del violín, quedaron ocultos por el bajo continuo, y al ser contentadas por la Viola da Gamba con un sonido mucho más brillante, dieron una impresión muy desfavorable del conjunto, al verse afectada su congruencia en el color y la articulación de estas obras. 

 

Un absoluto acierto iniciar esta temporada con una velada tan hermosa, integrada por tan buen repertorio y, sobre todo, tan bien interpretada. La posibilidad de escuchar cuatro de las cantatas de uno de los compositores más importantes del segundo barroco en Alemania, no es, lamentablemente, tan habitual y si a esa excepcionalidad, se aúna la brillante interpretación de un grupo como Vox Luminis, podemos decir sin temor a equivocarnos, que la experiencia fue memorable. Una experiencia estética que quizás es bueno vivirla en una tarde de finales de otoño, sobre todo, por su color melancólico, su color de otoño.  Seguimos. 



Veni, vidi,… e música

Veni, vidi,… e música

En estos tiempos de zozobra y desazón, comprobar que las entradas para los conciertos de esta semana, dentro de la temporada regular de la OBC están casi agotadas, tiene el efecto de un milagro reconciliador. Pero ¿qué o quien es el que ha logrado semejante novedad en nuestra ahora sobresaltada vida cultural?, es fácil la respuesta y se llama Rinaldo Alessandrini.  

Alessandrini es un caballero italiano de los pies a la cabeza. Inquieto y lleno de energía, nos ha visitado ya en numerosas ocasiones, tanto al frente de su grupo instrumental el Concerto italiano, como en solitario, demostrando siempre un altísimo nivel artístico en sus interpretaciones. Pese a no ser ya el jovencito que era hace 30 años, que comenzó a dejarse ver por casa nostra, ahora a sus casi 60 años, mantiene esa misma vitalidad y entusiasmo que es sello distintivo de nuestro director huésped.

 

El programa que nos presentó en esta ocasión al frente de la OBC, fue realmente atractivo y permite terminar de entender el éxito de asistencia que ha tenido nuestra orquesta esta semana. Tal programa inició con la famosa Sinfonía n.º 25 en sol menor, KV 183 (173dB) de W.A. Mozart concluyendo, tras una media parte, con el Stabat Mater de G. Rossini. En la parte vocal contamos con las brillantes actuaciones de la soprano catalana Marta Mathéu, la mezzosoprano noruega Marianne Beate Kielland, el joven tenor italiano Enea Scala, y completando a los solistas, el experimentado bajo italiano, Riccardo Zanellato. En la parte coral disfrutamos de la actuación del Cor Madrigal

La sinfonía mozartina, obra ya de repertorio, escrita por el maestro salzburgués en plena adolescencia (¡¡17 escandalosos años!!), es con mucha frecuencia, considerada una pieza de sencilla ejecución; por el contrario, los contrastes dinámicos dentro de ella son constantes y requieren del intérprete una precisión rítmica que obliga a todo el conjunto orquestal a estar muy pendientes el uno de otro, y en última instancia, es precisamente el director del conjunto, el gran generador de esa comunión musical. Como era de espera, el maestro Alessandrini logró su cometido final, aunando en un todo homogéneo a una orquesta que lució un sonido compacto y muy elegante, lleno de una ligereza y de una gracia que permitió que la obra fluyera como el agua e inundara nuestros sentidos. 

El plato fuerte de nuestro concierto, si me permite el símil culinario, era sin duda el Stabat mater del cisne de Pésaro. Obra ya tardía en el catálogo de Rossini y que obedece inicialmente a un encargo realizado en la ciudad de Madrid. Su destino era muy modesto de acuerdo con los planes originales de su autor y solo una concatenación de sucesos, obligaron a Rossini a trabajar en profundidad en lo que sin duda es una obra maestra dentro de la música litúrgica del siglo XIX. 

Rinaldo Alessandrini presentó una lectura llena de fuerza y vigor, logrando que la OBC se aplicara profundamente a lo largo de toda la obra. Su larga experiencia como director operístico, le permitió acompañar con mucha solvencia a los cuatro solistas, dando pie a que cada uno de ellos, en sus números individuales, construyeran una línea vocal perfectamente fraseada, sin el agobio de una orquesta que los hostigase, o los llevara a errores en el decurso de su interpretación. Alessandrini es un músico de pura cepa, inteligente y muy sensible, que sabe esperar cuando toca, e intensificar cuando es conveniente. 

Tanto el cuarteto vocal, como el coro, se mostraron espléndidos. Los solistas, mostraron cada uno una enorme estatura artística, y tanto en los números solistas como en los de conjunto, nos regalaron con lecturas de muy alta factura. El coro, no defraudó, mostrando un trabajo muy logrado en cada una de sus voces. La potencia y homogeneidad del sonido final, el mimo al detalle y a cada uno de los fraseos y articulaciones marcados en la partitura por el autor, son marcas distintivas de una interpretación maravillosa por parte de esta espléndida coral catalana. 

 

Sin duda alguna, Rinaldo Alessandrini puede decir como Julio Cesar: “veni, vidi, vici” y nos alegramos de que así sea.  Seguimos.



El violín, por favor, el violín.

El violín, por favor, el violín.

Aquellos que disfrutamos de la cocina, sabemos que no siempre el trabajar con los mejores ingredientes asegura un resultado de primer nivel. Se puede contar con ingredientes de inmejorable calidad, que, al momento de combinarse, por algún pequeño descuido, se malogre aquello que estábamos seguro derivaría en un plato más que afortunado. Por el contario, con humildes elementos, muchas veces se puede obtener platillos de esos que solo recordarlos, logran ese involuntario saliveo, que no es otra cosa, que la añoranza de ese mágico momento en que se probó aquel platillo que parecía estar destinado solo a mitigar el hambre del momento. Ah, nada está escrito en el buen y noble arte de la cocina. Tanto hay que se escapa y que no puede ser consignado en ningún recetario y que hace que ese toque final, dependa de una extraña alquimia que se transmite casi por ciencia infusa. Algo parecido nos pasa a los músicos y a los conciertos. Se puede tener una espléndida orquesta, un gran violinista solista de talla mundial interpretando un programa sobrio y lleno de gran música y, finalmente, no lograr ni por aproximación, aquello que se esperaba vivir en el concierto antes descrito. Un querido maestro, hace años me dijo que la mejor música no siempre se hace en las grandes orquestas, solo se espera que eso suceda y el pasado 19 de junio esto me quedó claro.

Como final de temporada, Ibercamera presentó el pasado 19 de junio en el Auditori de Barcelona, un programa sumamente atractivo; la Sinfónica de Viena, dirigida por el violinista griego Leonidas Kavakos interpretaron dos obras del romanticismo alemán: de F. Mendelssohn su Concierto para violín y orquesta en Mi menor, op. 64 y de J. Brahms la Sinfonía núm.1 en Do menor, op. 68. Todo parecía perfecto, la noche prometía y el público que estuvo a punto de abarrotar el Auditori así lo entendió, pues parece mentira, pero obras que han sido tantas veces programas y de las que existen tantas y tan buenas lecturas, en memorables grabaciones, continúan atrayendo a un público que sigue prefiriendo la magia de los conciertos en vivo.

Tras de un caluroso aplauso, Leonidas Kavakos hizo su aparición y en su doble condición de solista director, inició la ejecución de uno de los más célebres conciertos para violín del siglo XIX. La estatura artística de Kavakos es algo que está totalmente fuera de discusión, es seguramente, uno de los mejores violinistas vivos en la actualidad y en parte lo demostró la noche del 19 de junio, luciendo una amplísima gama de colores en el violín. Su control del arco, y la manera en que administra cada centímetro de este, para obtener un determinado color en un específico lugar es realmente impresionante. Como violinista, se me ocurren muy pocos nombres que logren tal nivel de control técnico, aunado a una musicalidad natural y siempre viva. Otra cosa es lo que logró como director, ya desde este concierto. La Orquesta Sinfónica de Viena es una agrupación con una solera y un prestigio indudables, y a mi parecer, tiraron de ella en la cita aquí reseñada, pues se concretaron a seguir en la medida de lo posible a un Kavakos que quizás en un afán de sorpresa, realizó una lectura del concierto llena de arbitrariedades, que en más de una ocasión trastocaron el verdadero sentido de la obra. Articulaciones que no se justificaban mucho, fraseos que no conducían a nada o que directamente era contrarios al sentido de la música, entre otras genialidades, se vieron envueltas en medio de una muestra de solvencia técnica que las disimuló y les dio carta de verdad, ante un público que premió una lectura que a muchos desconcertó, por su alto nivel de luces y sombras.

Con la Sinfonía de Brahms, las cosas solo se agudizaron. Kavakos es sin duda uno de los mejores violinistas del momento, pero sus dotes como director, pueden depreciar a la larga su estatura final como músico. Contando con una orquesta de primer nivel, la sinfonía sonó por momentos descuidada y llena de ocurrencias que bien a bien, no sabemos la justificación para llevarlas a efecto. Comenzando por un evidente descuido en los balances de las secciones de los vientos, que nunca terminaron de sonar compactos y en relación al resto de la orquesta y continuando con algo que algunos han llamado “la bailarina intrusa” y que es cuando el director en los conciertos, no guía ni mantiene bajo su control a la orquesta, si no que más bien, simplemente realiza algunos ocurrentes movimientos con los que decora el devenir de la música.

La velada muy celebrada por el público en general, en tanto que en términos totales aquello sonó con cordura, logrando exaltar algunos ánimos, concluyó con una propina más que conocida y que desconcierta en tanto que es la antítesis de una obra tan potente y “heroica” como lo es la sinfonía en Do menor de J. Brahms. Me refiero a la danza húngara Núm. 5 del mismo compositor alemán.

L. Kavakos agradeció sobradamente al público congregado en el Auditori por el caluroso aplauso que estos le brindaron, pero quizás, agradeció aun más a los músicos de la Sinfónica de Viena, y cuando ves a un director agradecer tan sobradamente a una agrupación orquestal, es imposible no pensar hasta qué punto su agradecimiento no proviene de saber que fueron ellos, los músicos, los que verdaderamente sacaron adelante ese concierto. Lo que antes hemos dicho, tener los mejores ingredientes, no siempre nos garantiza el mejor cocido. Seguimos.