Matemáticas de destrucción masiva

Matemáticas de destrucción masiva

Desde que Isaac Newton pusiera de relieve la utilidad del lenguaje matemático más allá de la geometría, y en paralelo a los siempre sorprendentes avances científicos y tecnológicos, se ha generado un halo de prestigio alrededor de este particular lenguaje.

Un lenguaje que, como tal, es parcial: no permite una comunicación amplia como si lo permiten el alemán, el francés, el árabe o el quechua. Aún así, la fascinación generada a consecuencia de su idoneidad para describir y anticipar distintos fenómenos de nuestra realidad es cada vez mayor.

Al unir estas fantásticas capacidades con la disciplina paradigmática del consumismo, el marketing y el idioma de lustrar conceptos; sucede lo propio y, sorpresa, tenemos la nueva doctrina mágica de nuestro sistema económico: los datos.

Big Data, Data Analytics, Smart Data, o el algo más castizo “basado en datos”. Día tras día llevamos tiempo escichando la misma canción. Una canción que, una vez la intentamos representar nosotros, nos sorprende con sus virtudes. Además, seguramente conozcamos a algún “experto en datos” o, en un caso rozando lo fatídico, los seamos nosotros mismos.

Este artículo no pretende negar la mayor: un buen análisis de la información disponible es imprescindible para tomar buenas decisiones. Los datos correctamente tratados son una herramienta muy adecuada y precisa para tal tarea. Aún así, es necesario conocer sus límites y, ante todo, los sesgos de todos aquellos entusiastas lanzados a “analizar datos” con un descontrol muy propio de la pubertad.

Cathy O’Neil era una de esas. Ella misma se autodenominaba científica de datos. Una persona con una carrera académica y profesional brillante a base de usar las matemáticas para identificar patrones. Hasta que un día, como San Pablo, cayó del caballo y vio la luz. Esos datos mágicos, responden a fenómenos en el mundo real, fenómenos muchas veces vinculados a individuos. A personas. A tí, querido lector, y a mí.

La sobreexcitación en el uso del dato empieza a emponzoñarse, a dejar ver los problemas existentes. Cuando se elaboran modelos automatizados, los datos empiezan a tomar decisiones que nos afectan directamente. Los modelos automatizados generan resultados que, a su vez, retroalimentan al modelo, reafirmando cualquier sesgo sufrido por los primeros resultados. Y empezamos a sufrir sus consecuencias en nuestro día a día: en nuestra economía, en nuestra educación, en nuestro trabajo e incluso en nuestro estatus jurídico y político.

A partir de una serie de casos mediáticos y bien documentados (a mi parecer, un factor común en el ensayo estadounidense) la autora empieza a hilar una serie de injusticias resultantes del uso incontrolado de estos modelos. O’Neil elabora un claro paralelismo al nombrar estos modelos Weapons of Math Destruction, cuyo acrónimo WMD se popularizó durante el mandato de George Bush Jr. debido a la acusación sobre Iraq de la tenencia ilícita de Weapons of Mass Destruction.

Según la autora, hay tres elementos clave que se deben dar para poder considerar un modelo como una Arma de Destrucción Matemática. Primero, la magnitud; ¿cuánta gente se verá afectado por ello? Segundo, la retroalimentación del modelo; ¿recibe éste información sobre qué errores comete o únicamente bebe de sus propios datos sesgados? Finalmente, la opacidad; ¿es posible entender cómo funciona el modelo para ofrecer sus resultados?

El libro va más allá del mero aviso sobre el exceso de celo en el uso de modelos computerizados: aboga por un uso más responsable. Para O’Neil la solución pasa por enseñar, junto a la programación y la estadística, ética. Si los estudiantes aprenden sobre las consecuencias de su trabajo, serán más cuidadosos en su desempeño. Su propuesta: Juramento hipocrático para la nueva economía digital.

Me parece un comienzo encomiable y un buen cierre para el libro, tal como lo ha desarrollado la autora. Por mi parte eché de menos el abordar con mayor profundidad una hipótesis: la relación entre humanidades y ciencia. Es probable que la autora no aborde con profundidad este punto ya que no llega a tratar la CIENCIA, solamente los modelos matemáticos.

Aun así, apunta al desconocimiento de muchos “científicos de datos” sobre como la inescapable telaraña de la sociedad contemporánea esta constituida por elementos y sesgos culturales.

O’Neil reconoce modelos sesgados. Hasta cierto punto, incluso lo defiende como parte del proceso de evolución del modelo hacia una herramienta mejor. Otra cosa muy distinta son los sesgos de sus creadores. Estos pueden entrar el modelo y definir una realidad prejuzgada, impidiendo así el correcto análisis de los fenómenos.

Al final de la lectura (tanto del libro como de mi crítica) es necesario recordar la importancia de este fenómeno. Mi voluntad no es negar el uso de estos modelos, ni impedir abrazar la senda del análisis. Al igual que la autora del libro, considero demasiado grandes las potenciales pérdidas si se renuncia a este tipo de herramientas.

Sin embargo, debemos ser cautos. Aprender y preguntar dos veces cuando estamos frente a éstos modelos. Lo que nos anula como ciudadanos es el desconocimiento y la falta de voluntad de explicarnos estos modelos. Nuestro deber es buscar respuestas, bien aprendiendo las herramientas o bien exigiendo explicaciones no guiadas por un Deus Ex Machina. La curiosidad es nuestro camino al empoderamiento.

 

 

(Tarragona 1987). Licenciado en Ciencias Políticas (Universitat Autònoma de Barcelona, 2010) y máster en Investigación en Ciencias Políticas (Universitat Pompeu Fabra, 2012). Ha publicado artículos de investigación en diversos temas. Es miembro y redactor de la revista de actualidad política Finestra d’Oportunitat. Interesado en las relaciones entre videojuegos y política (naturalmente, entre otras cosas).

Ciencia galante o pedante: feminidad y masculinidad en el estilo de la ciencia de los siglos XVII y XVIII

Ciencia galante o pedante: feminidad y masculinidad en el estilo de la ciencia de los siglos XVII y XVIII

¿Cómo se escribe la ciencia? Podemos tomar algún artículo de una revista científica al azar para examinarlo, o incluso una entrada de la Wikipedia. Hallaremos en todos los casos algunos aspectos en común: un lenguaje sobrio, preciso, riguroso, a poder ser sin exceso de pompa y, por supuesto, en prosa. El tema es que no siempre ha sido así.

De hecho, en el siglo XVII estaba en plena efervescencia el debate sobre cómo debía ser el lenguaje científico. Es este un siglo interesante por la confluencia (y los conflictos) de la cultura erudita (los que usan la cabeza) con la cultura técnica y artesanal (los que usan las manos). La Revolución Científica de Galileo y compañía nace, dicho deprisa y corriendo, por la unión del pensamiento teórico con la práctica experimental: es la síntesis de ambos mundos. La ciencia ya no puede ser solo contemplativa: para saber, hay que hacer, fabricar, manipular. Tanto es así, que incluso para observar hay que ser artesano: Galileo se fabricaba sus propios telescopios.

La cuestión es que estos dos mundos habían estado separados hasta entonces: los eruditos usaban las manos solo para escribir y los artesanos usaban la cabeza para seguir recetas que se sabía que funcionaban; ni a los unos les interesaba aprender oficios, ni a los otros teorizar. Un ejemplo clásico de esta separación entre mundos es el del médico que lee la lección de anatomía a los universitarios desde un atril, mientras el cirujano va mostrando las partes del cuerpo sobre el cadáver.

Es cuando los eruditos empiezan a interesarse por el mundo de los artesanos y leen sus textos (mucho más pedestres que los escritos por ellos) que se plantean cómo hay que explicar la ciencia. En la Royal Society, posiblemente el primer club de científicos (se fundó en 1662), lo tenían claro. A sus miembros se les exigía:

una manera de hablar discreta, desnuda, natural […] la claridad propia de las matemáticas; una preferencia por el lenguaje de los artesanos, de los campesinos, de los mercaderes, más que por el de los filósofos.

Un lenguaje claro y conciso, sin grandes ornamentaciones retóricas. Lo importante es el rigor, no demostrar lo muy bien que sabemos escribir. Y aquí podría terminar este artículo, y nos iríamos a dormir pensando incluso que los científicos de la Royal Society tenían razón. Pero hay más.

En el debate sobre escribir de forma seca y técnica o de forma alegórica, elaborada e incluso poética, se dejan entrever cuestiones de género también. La nueva ciencia que surge en el siglo XVII, caracterizada por este uso de instrumentos y experimentos para forzar a la naturaleza a manifestarse en determinadas situaciones concretas, es una ciencia basada en la dominación de la naturaleza, en agarrarla y “torturarla” hasta que confiese sus secretos (es activa). La de los antiguos era una ciencia basada en la observación empírica y la teorización. Por observación empírica se entiende únicamente la contemplación de lo que hay, sin modificarlo. Obviamente, si queremos estudiar la naturaleza, hay que estudiarla tal y como es, no mediante artefactos. No se puede mezclar lo artificial con lo natural. De este modo, recibiremos los conocimientos de la naturaleza tal y como es, que es lo que queremos (la ciencia antigua es contemplativa y pasiva). Estas cualidades hicieron que algunos modernos acusaran a los antiguos de ser demasiado “femeninos”: la nueva ciencia, en cambio, exigía virilidad, era una ciencia “masculina”.

Una ciencia masculina requería un estilo masculino: la galantería y la suavidad de la poesía no parecían encajar demasiado bien en ese ideal. Sobraban. Sobraban tanto como las mujeres que, lógicamente, eran femeninas.

Bajo su influencia, se quejaba Rousseau, los hombres se vuelven afeminados, por no hablar de que tienen que rebajar su discurso para que ellas les entiendan, resultando en la decadencia de las artes y las letras en Francia. Poca broma. Para Rousseau, lo importante del discurso eran las razones, no que este fuera muy pulido y educado. Los hombres no se siguen la corriente en las conversaciones, sino que se defienden con todas las armas para imponer su argumento. Esta es la forma correcta de dialogar y escribir, de forma tajante y clara, con fuerza y vigor, una fuerza y vigor que no son solo mentales, sino físicas. Y ya sabemos quién es el “sexo débil”… Rousseau, en definitiva, pensaba que los hombres debían reunirse en asociaciones similares a la Royal Society de sus colegas ingleses, para hablar de cosas de hombres, mientras las mujeres debían quedarse en casa haciendo sus cosas de mujeres.

 

Rousseau (1712-1778): revolucionario para algunas cosas, pedante para otras.

 

Tampoco vayamos a ser muy duros con Rousseau, porque el hecho de que las mujeres eran una mala influencia se “sabía” de hacía tiempo. Los grandes intelectuales de la Edad Media, los clérigos, eran célibes. Igual que los profesores de las universidades de Oxford y Cambridge, a los que les estaba prohibido casarse hasta bien entrado el siglo XIX, porque ya se sabe que (palabras del historiador inglés William Alexander):

Los doctos y estudiosos se han opuesto con frecuencia a la compañía femenina, que tanto enerva y relaja la mente y la hace tan proclive a la nimiedad, la ligereza y la disipación, ya que hace totalmente incapaz de la aplicación que es necesaria si se quiere destacar en cualquiera de las ciencias.

¿Qué pasaba en Francia, para que Rousseau se quejara tanto? Según Karl Joël, un historiador decimonónico, lo que pasaba es que en la Ilustración francesa “la mujer era filosófica y la filosofía era mujeril”. ¿Cómo es esto posible?

El estilo refinado y hasta poético que se pretendía desechar de la ciencia (y de paso a las mujeres que lo encarnaban) era el estilo de la cultura cortesana y los salones. Es evidente que en el ambiente aristocrático había mezcla de hombres y mujeres que podían charlar con la delicadeza y galantería que nos han enseñado las películas y series de televisión. Por otro lado, los salones eran eso, “salones”, literalmente estancias de una residencia regentados habitualmente por mujeres donde los invitados e invitadas iban a discutir de filosofía, arte, literatura, ciencia… Los asistentes a los salones se llamaban a sí mismo savants, sabios que combinaban conocimiento con buenas maneras. A los que solo se dedicaban a lo primero, por el contrario, les llamaban pédantsAnne-Thérèse de Marguenat de Courcelles, marquesa de Lambert, una famosa salonnière (anfitriona de su salón), en el fondo estaba de acuerdo con Rousseau: “los hombres que se apartan de las mujeres pierden la cortesía, la suavidad y esa fina delicadeza que solo se adquiere en la presencia de mujeres”. En efecto, los hombres rodeados de mujeres sí que son más afeminados, en el sentido descrito. La cuestión es que esto, lejos de ser un defecto, es una cualidad deseable.

 

Madame Lambert (1647-1733), salonnière defensora del estilo refinado.

 

Nótese que a los salones asistían felizmente hombres y mujeres que discutían en pie de igualdad en un espacio femenino, en el sentido de que la anfitriona era mujer. Esto desconcertaba a los ingleses, por ejemplo, que desconfiaban de una sociedad en la que las mujeres hablaran de “temas de hombres”. Algunos se preguntaban cómo era posible que no solo las mujeres no se retirasen de la mesa después de comer, sino que los hombres no mostrasen intención de querer echarlas. Qué locura.

Para Georges Louis Leclerc, conde de Buffon y sabio de la historia natural, en cambio, era propio de naciones refinadas que las mujeres estuvieran en igualdad de condiciones, puesto que debía ser la cortesía la guía de las relaciones entre los dos sexos, y no el uso tiránico de la fuerza para someter al (a la) débil, propio de salvajes e incivilizados.

 

Buffon (1707-1788), un inesperado “aliado” sabio entre la nobleza.

 

Es importante destacar que el estilo femenino no era por ello necesariamente el de las mujeres. Había hombres como Hume o Diderot que se sentían bien cómodos con este tipo de discurso. El ya citado Buffon redactó un panegírico de bienvenida a un nuevo miembro de la Académie Française en el que dijo que tenía treinta años en lugar de veintisiete para mantener el ritmo de la frase. Hasta ahí llegaba la poesía. Pero a este estilo se le acumulaban los problemas: con la Revolución Francesa, un estilo asociado no solo a las mujeres, sino a la aristocracia, no ganaba para disgustos.

Por supuesto, también había mujeres que defendían el uso de un estilo masculino en el sentido que hemos caracterizado aquí. La intelectual inglesa Judith Drake consideraba que escribir de forma galante era una imposición indeseada y notó que muchos criticaban su Essay in Defence of the Female Sex por estar escrito de forma masculina.

Ya sabemos quién ganó la batalla. Los defensores de las tesis de Rousseau y la Royal Society se fueron imponiendo poco a poco. A finales del siglo XVIII ya estaba claro que la literatura era una cosa y la ciencia, otra. De alguna forma, encontramos la típica división entre ciencias y letras que hoy en día se sigue estilando. Y la típica categorización de las mujeres con las letras y los hombres con las ciencias: el estilo femenino, ya desterrado de las ciencias, se había llevado consigo a las mujeres (independientemente de cómo escribieran) y marcaba a los hombres los límites que no debían cruzar en su manera de expresarse.

Francisco J. Paños

Francisco (Badalona, 1991) estudió Física y un máster en Historia de la Ciencia. Le gusta explicar lo que va descubriendo sobre la ciencia a lo largo de los tiempos, atendiendo no solo a lo que ella dice, sino también a cómo se define, practica, legitima y otros verbos interesantes.

El caso Alfie Evans y la ética médica

El caso Alfie Evans y la ética médica

En caso de Alfie Evans -el bebé que sufría una enfermedad degenerativa desconocida y que murió el pasado sábado después de ser desconectado del soporte vital- lleva muchos meses en la prensa del Reino Unido, desde que en diciembre de 2017 el desacuerdo entre la familia y el equipo médico llegara a los tribunales. En cambio, hace apenas un mes que la prensa española se ha hecho eco del caso -algunos medios con más rigor que otros-, justo a tiempo de cubrir la parte más sensacionalista, con la visita del padre de Alfie al Papa Francisco -que ha expresado públicamente su soporte a la familia-, huestes de activistas pro-vida concentrándose alrededor del hospital e incluso la curiosa injerencia del gobierno italiano, que concedió a Alfie la nacionalidad para facilitar su traslado al hospital infantil Bambino Gesù de Roma, donde sus padres deseaban que fuera tratado.

Basta leer la multitud de comentarios en las redes sociales para ver que el caso ha conmovido al mundo entero, que mayoritariamente se ha posicionado a favor de la lucha de la familia por no desconectar al bebé. Algunos medios han llegado a cuestionar que el estado (por medio de los tribunales) pueda imponer su voluntad a la de los padres. Pero lo que olvidan es que, mientras en algunos países los jueces se toman la libertad de juzgar si una víctima de violación ha disfrutado demasiado durante dicho “abuso”, en el Reino Unido los jueces han escuchado la opinión de los expertos médicos. Son, pues, los profesionales médicos los que consideraron que continuar manteniéndolo artificialmente con vida sería “cruel e inhumano”, decisión que distintos tribunales ingleses compartieron y en la que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no vio ninguna evidencia de violación de los derechos humanos.

 

Manifestantes delante del hospital Alder Hey de Liverpool, donde estaba ingresado Alfie Evans.

 

Actualmente la medicina ha logrado reducir enfermedades antes mortales a simples molestias temporales, que pueden curarse fácilmente con medicamentos o intervenciones quirúrgicas. Por ello resulta tan difícil aceptar que una enfermedad sea incurable y que ni siquiera exista un tratamiento experimental para seguir luchando. Este era el caso de Alfie Evans. Su cerebro se estaba desintegrando progresivamente por una causa desconocida, y no había modo de pararla aunque lo trasladaran a otro hospital, ya que nadie propuso en ningún momento un posible tratamiento (ni siquiera el equipo médico del hospital italiano que tanto insistía en el traslado). Los padres, como es natural, se resistían a dejarlo morir, y se podría pensar que eso era lo mejor para el bebé, ya que manteniéndolo con vida se dejaba la puerta abierta a identificar la causa de la degeneración y tal vez encontrar un tratamiento efectivo en el futuro.

Pero aquí es donde entran en juego los comités de ética de los hospitales: las decisiones de un equipo médico tiene consecuencias más allá de la vida o la muerte del paciente, y es su deber considerarlas independientemente de los deseos de los familiares, especialmente cuando el paciente no puede participar en la toma de la decisión, como era el caso. El examen médico del bebé, que se encontraba en estado semivegetativo, revelaba que el cerebro sufría daños irreversibles y que solo era capaz de generar convulsiones. La práctica totalidad del tejido cerebral estaba destruido, siendo remplazado por agua y fluido cerebroespinal. A finales de febrero, los escáneres cerebrales indicaban que las conexiones neuronales básicas para los sentidos -vista, oído, tacto y gusto- habían desaparecido, lo que significaba que Alfie jamás sería capaz de interactuar con su entorno. Incluso si se hubiera logrado encontrar una cura, el tratamiento solo pararía la degeneración de lo que para entonces quedara de cerebro, pero el tejido destruido es irrecuperable, condenando a Alfie a una vida aislada, sin poder sentir ni reaccionar a ningún estímulo. Es más, nuestra conciencia -nuestros recuerdos, nuestra personalidad, en resumen, nuestra identidad- está inevitablemente ligada al tejido cerebral y a las conexiones entre las neuronas que lo forman. Suponiendo que en el momento de tratar la enfermedad quedara suficiente tejido vivo para mantener de forma autónoma las funciones vitales, no hay ninguna garantía de que siguiera albergando algún tipo de conciencia, cosa que tampoco podría ser comprobada dado que el bebé no tendría ya capacidad alguna para comunicarse. ¿Qué médico con un mínimo de empatía con su paciente (en este caso Alfie, y no sus padres) se atrevería a condenarlo a vivir reducido a un mero contenedor de órganos sin conciencia? O incluso peor, ya que si en efecto conservara algo de conciencia, ¿que clase de infierno sería su vida? Es en base a estas evidencias, ignoradas en la mayoría de informaciones publicadas por los medios, que los médicos del hospital Alder Hey de Liverpool consideraron la desconexión del soporte vital lo mejor para su paciente, opinión que fue confirmada por médicos externos de hospitales alemanes e italianos. El juez Hayden consideró que “a nivel intelectual, el Sr Evans se mostró capaz de comprender la complejidad de la evidencia médica, pero ha sido del todo incapaz de hacerlo a nivel emocional “. Lo cual es perfectamente comprensible, y por ese motivo existen los comités de ética.

 

Antecedentes polémicos: el caso Charlie Gard

Si el caso de Alfie suponía una decisión relativamente “fácil” para los médicos, ya que no existía tratamiento posible, más complicada debió ser la decisión en el caso del también inglés Charlie Gard, que fue desconectado del soporte vital y falleció el pasado mes de julio, a los pocos días de cumplir un año de vida. La enfermedad de Gard -un raro desorden genético- pudo ser diagnosticada y, a pesar de que tampoco existe tratamiento para ella, unos cuantos médicos propusieron tratamientos experimentales. Inicialmente, el equipo médico que trataba al bebé en un hospital de Londres aceptó someterlo a un tratamiento experimental propuesto por un médico de Nueva York, Michio Hirano. Todo cambió cuando complicaciones de la enfermedad causaron a Charlie daños cerebrales irreversibles, con lo que el comité de ética descartó seguir con el tratamiento al considerarlo inútil. Hirano, que no había examinado a Charlie directamente ni había visto ninguna de las pruebas que se le habían realizado, seguía insistiendo en el tratamiento experimental, afirmando que recientes datos sugerían una probabilidad de éxito mayor que la esperada inicialmente. La familia intentó entonces el traslado a Nueva York, y ante la negativa del hospital el caso acabó en los tribunales. El impacto mediático fue enorme, con la implicación del Papa Francisco e incluso un tweet de Donald Trump, mientras desde los Estados Unidos aprovechaban para señalar a la titularidad pública del sistema de salud británico como la causa del conflicto. Expertos en genética y en ética criticaron duramente las interferencias políticas, considerándolas crueles y contraproducentes. Las reacciones en las redes sociales fueron todavía más agresivas, incluyendo amenazas de muerte a miembros del personal del hospital. Al final, siete meses más tarde, y a petición del juez, Hirano viajó a Londres para examinar personalmente a Charlie, tras lo cual reconoció que el daño cerebral era peor de lo que él imaginaba y que el tratamiento era, en efecto, inútil. Llegados a este punto, la familia aceptó voluntariamente la decisión de retirar el soporte vital a Charlie.

 

Vivir con las consecuencias

Casos como los de Alfie y Charlie seguirán provocando consternación, y es difícil no posicionarse al lado de las familias. Sin embargo, es importante comprender todas las consecuencias que hay detrás de una decisión médica, y no únicamente cuando el paciente no puede dar su opinión. Los adultos que sufren enfermedades graves se aferrarán a cualquier oportunidad de luchar por su vida. En ocasiones caerán en manos de charlatanes que con sus promesas de curación milagrosa les llevarán a una muerte segura (y, de momento, la legislación vigente no nos protege de ellos). En otras, la fuente de esperanza serán tratamientos inútiles o incluso experimentales, cuyos efectos estén todavía por probar. La cuestión es, ¿está el paciente capacitado para asumir la responsabilidad de la decisión? ¿Debemos proteger a los pacientes ante médicos ansiosos de probar tratamientos tan novedosos como potencialmente peligrosos? ¿Y a los mismos médicos que, presionados por sus pacientes, pueden tomar decisiones que los pueden atormentar de por vida?

El prestigioso neurocirujano Henry Marsh afirmaba en una entrevista que “lo difícil de mi trabajo no es operar. Lo complicado es decidir si hacerlo o no. Y vivir con las consecuencias”. Marsh plantea muy bien estas cuestiones en su precioso libro Do no harm (Ante todo, no hagas daño, en la edición española de Salamandra), en el que, por ejemplo, cuenta como a menudo se arrepintió de acceder a operar de nuevo a pacientes con tumores reincidentes e incurables, que lo presionaban con la esperanza de qué la intervención alargara su vida algunos meses más, y que al final acababan muriendo incluso antes, de forma dolorosa, a causa de complicaciones de la operación. Pero, ¿como decirle a un paciente que intentar curarlo puede ser peor? Además, se da la paradoja que nuestra sociedad exige a los médicos que mantengan con vida los pacientes a toda costa, pero si por ello su calidad de vida se ve reducida a límites insoportables, no se les permite ayudarles a morir de forma digna. Y la condición legal de la eutanasia sí que depende del estado y las leyes que promulga, y no de los profesionales médicos que tienen que sufrir y mitigar las consecuencias.

 

Entre el terror y la ciencia ficción

El neurocirujano Sergio Canavero junto a Valery Spiridonov, voluntario para someterse a un transplante de cabeza.

 

Más alarmantes son las consecuencias de la ambición del neurocirujano italiano Sergio Canavero, que anunció su intención de llevar a cabo un transplante de cabeza (es decir, transplantar la cabeza de un paciente al cuerpo sano de un donante con muerte cerebral). A pesar de que Canavero solo ha probado su técnica en cadáveres (y que, de momento, no ha presentado ninguna evidencia fiable de que funcione, evitando dar detalles siempre que se lo preguntan), ya está planeando realizar el procedimiento con pacientes vivos que se han presentado voluntarios, y lo quiere hacer en China, ya que en Europa los comités éticos se lo impedirían. Es comprensible que un paciente de 30 años con una enfermedad degenerativa incurable decida arriesgarlo todo con una operación, hasta puede que se lo plantee como una contribución al avance de la ciencia. Pero, ¿debe la comunidad médica permitirlo? Incluso si la operación tiene éxito y el paciente no muere, se desconoce por completo cual va a ser su estado posterior. Hay quien piensa que su destino puede ser mucho peor que la muerte, con dolores inimaginables, cambios profundos de personalidad y crisis de locura nunca vistas, causadas por los intentos del cerebro de reconectarse con su nuevo cuerpo. ¿El beneficio que supondría tal operación para toda la humanidad justifica el tormento de los primeros conejillos de indias? No hay una respuesta única a esta pregunta, por esa razón la decisión debe ser consensuada por los comités éticos. Lo que no impide el avance de la ciencia: Canavero es un émulo de Viktor Frankenstein, que al descubrir el secreto de la vida decide empezar a lo grande, creando él solo y en secreto una criatura de dimensiones humanas; pero la verdadera ciencia avanza paso a paso, probando cada descubrimiento para comprobar si funciona. Mientras Canavero busca voluntarios para su experimento, la comunidad médica le recrimina que, si realmente dispone de la tecnología para reconectar una médula espinal, ¿por qué no la usa primero para curar a pacientes con lesiones medulares, en lugar de empezar con el caso mucho más complejo e incierto del transplante de cabeza?

 

El paciente ante todo

Manteniéndoles artificialmente con vida, los equipos médicos de Alfie Evans y Charlie Gard podrían haber alcanzado reconocimiento (y seguramente dinero en forma de fondos para nuevas investigaciones) descubriendo nuevos tratamientos para sus dolencias, a pesar de que, con ello, ni Alfie ni Charlie habrían ganado nada en calidad de vida. Decidieron, en cambio, priorizar el beneficio del paciente por delante de intereses económicos o profesionales, y no permitir que su sufrimiento se prolongara o aumentara artificialmente. No es una decisión fácil, y por desgracia hay que tomarla diariamente en hospitales de todo el mundo y en pacientes de todo tipo, ancianos, jóvenes y bebés. Sus médicos no merecen reproches por ello, y mucho menos amenazas como las que han llegado a recibir en estos dos casos que han saltado a la palestra de la opinión pública.

 

 

Científico y músico aficionado. Me encanta descubrir nuevas cosas, aprender sobre ellas y compartirlo.

Planetary Bands, Warming World

Planetary Bands, Warming World

En el año 2013, una composición para violonchelo transformó las mediciones de 133 años de temperatura global en una melodía inquietante, pero inolvidable a la vez. Había nacido la canción al calentamiento de nuestro planeta. Nacía “A Song of Our Warming Planet”. La repercusión de esta obra, destacada por medios como The New York Times, Slate, el canal metéorologico de los Estados Unidos (The Weather Channel), la radio Pública Nacional (National Radio) y The Huffington Post, y a pesar de su repercusión, de que se hizo viral a nivel mundial, duró lo que duran las noticias sobre el cambio climático normalmente, hasta que el fin de semana hizo frío.

No obstante, caló en algunas personas, y en 2016, de la mano del estudiante de grado Daniel Crawford y del profesor de geografía Scott St. George de la Universidad de Minnesota, nacía una composición que utilizaba la música para destacar los lugares del globo donde el clima estaba (y está) cambiando más rápido.

Basada en los análisis de temperatura realizados por el Instituto Goddard para Estudios del Espacio de la NASA1, la composición que rescatamos ahora en Re-Ciencia utiliza la música para crear una visión realista, y a la vez rupturista, de más de un siglo de datos metereológicos recogidos alrededor del hemisferio norte. Os presentamos Planetary Bands, Warming World:

Tal y como se explica en el video, cada instrumento representa una parte concreta del hemisferio norte. El chelo representa la zona ecuatorial (0-24ºN), la viola, cubre las latitudes medias (24ºN-44ºN) y los dos violines han sido seleccionados para cubrir las zonas latitudinarias altas uno (44ºN-64ªN) y el Ártico otro (64ºN-90ºN). El tono de cada nota está ajustado a la temperatura anual en cada región, siendo las notas graves las encargadas de representar años fríos, y las notas agudas años cálidos (Fig. 1). La intencionalidad a la hora de centrarse en el hemisferio norte se debe solamente a la voluntad del autor de reflejar el cambio climático en el Ártico.

 

Figura 1: Distribución instrumental respecto a la latidud terrestre (Fuente de la imagen: Autoedición sobre un mapa de http://dhammamedicine.info/map-of-the-world-with-latitude.html).

 

A través de la música, la composición crea un puente entre la lógica y la emoción. En palabras del co-autor St. George: “A menudo pensamos que las ciencias y las artes están completamente separadas, casi como opuestos, pero usando la música para compartir estos datos, es tan científicamente válido como trazar líneas en un gráfico” y añade que “escuchar al violín cubrir casi todo el registro sonoro del instrumento es increíblemente efectivo a la hora de ilustrar la enormidad del cambio, particularmente en el Ártico, que es la zona con más aumento térmico del planeta”.

Los intérpretes elegidos por Crawford fueron sus compañeros del Conservatorio de la Universidad de Minnesota Julian Maddox, Jason Shu, Alastair Witherspoon y Nygel Witherspoon.

 

Nacido en Villava (al lado de Pamplona) en 1989. Licenciado en Biología Ambiental y Agrícola (Universidad de Navarra, 2012) descubre en su año de Erasmus en Plymouth (Inglaterra) que le apasiona el mar y marcha a Tromsø (Noruega) a hacer un Master en Gestión Internacional de la Pesca (The Arctic University of Norway-University of Tromsø, 2014). Al acabar, y tras un año trabajando para la Universidad como Biólogo en expediciones pesqueras, da un giro a su vida y orienta el rumbo hacia las ciencias sociales. Ahora es doctorando en el Centro Tecnológico del Mar (Fundación CETMAR) y el Campus do Mar (Universidade de Vigo) con una beca Marie Skłodowska-Curie. Músico bohemio consigue sacarse grado medio de clarinete en el Conservatorio Pablo Sarasate de Pamplona (2008) y cursa dos años de Musicología en Grado Superior sin mucho éxito pero mucho entusiasmo.”

“La evolución de la física”, una lectura clave en el pensamiento científico

“La evolución de la física”, una lectura clave en el pensamiento científico

La evolución de la física es un libro escrito por Albert Einstein y Leopold Infeld, muy pedagógico, de gran interés e innegable rigor. Yo leí la versión en catalán, publicada por Edicions 62 a cargo de David Jou y con una magnífica traducción de Humbert Padellans. La versión en español está editada por Salvat, en su colección Biblioteca científica. Originalmente se escribió en inglés: The Evolution of Physics.

La propia historia del libro es interesante. Leopold Infeld era un científico polaco, hijo de familia judía, que quería hacer un doctorado sobre las ondas electromagnéticas en relatividad general, recorriendo así el camino que había abierto Einstein: en 1936 se trasladó a Princeton para trabajar con él. A un cierto punto, Infeld se quedó sin financiación, y sus colegas y amigos polacos le recomendaron que sobre todo no volviera a Europa. Einstein, que ya era muy reputado en aquel entonces, intentó mediar para conseguirle algún proyecto, y ante la falta de recursos de la Universidad de Princeton, a Infeld se le ocurrió una solución atrevida: escribir un libro junto con Einstein, un libro de divulgación. El padre de la relatividad era muy famoso y el libro podría tener éxito. Einstein propuso un libro popular que explicara las principales ideas de la Física moderna: nada de fórmulas. “Las ideas fundamentales siempre se pueden explicar con palabras”. La evolución de la física, publicado por primera vez en 1938, tuvo un éxito inmediato y permitió a Infeld quedarse unos años más en América.

 

Figura 1: Portada de la edición en catalán, L’evolució de la física, editada por Edicions 62.

 

Los modelos científicos aparecidos a lo largo del siglo XX a raíz del derrumbe de la física clásica, esto es, la relatividad y la mecánica cuántica, han despertado gran fascinación a todo el mundo.

Es muy habitual sentir curiosidad por estas ramas de la ciencia, intrigados por películas o cómics que hacen referencia a ellas, asombrados tras haber visto algún documental, sorprendidos ante la realidad descrita por estos modelos: ¿qué es eso de que dos eventos pueden ser simultáneos o no según quién los observe? ¿cómo es posible que un electrón pase por dos rendijas a la vez? ¿qué viene a ser eso de que el tiempo y el espacio son relativos, y que la masa aumenta si un cuerpo va más rápido?

 

Figura 2: Portada de la edición en castellano, La evolución de la física, editada por Salvat.

 

Hay gente (yo en mi entorno conozco muchos casos) con nivel cultural alto, estudios superiores, doctorado… convencidos de la importancia del conocimiento científico y su difusión entre la sociedad, pero a quienes no se les ha presentado la oportunidad de adentrarse en este terreno tan pantanoso (que es un poco lo que nos proponemos en Reciencia). A este público, con una sólida formación humanista, capaces de leer textos densos pero incapaces a corto plazo de traspasar la barrera que suele suponer la formulación matemática a quien no está avezado a ella, yo recomendaría encarecidamente esta lectura.

La evolución de la física es, por tanto, un libro pensado para un público general pero no es, a mi juicio, para todos los públicos. Es relativamente denso y exhaustivo, aunque no es muy largo (alrededor de 240 páginas) y no requiere ningún conocimiento inicial de ciencia. Requiere, eso sí, una lectura atenta, una considerable capacidad de abstracción y un notable razonamiento lógico. Un libro donde se explica con palabras cuáles son las leyes de la física y cómo han ido transformándose, todo ello sin matemáticas y sin fórmulas.

La primera parte del libro se titula El nacimiento de la concepción mecánica. Ahí se explica qué es la física moderna, inaugurada por Galileo y consolidada por Newton. Se presentan conceptos como posición, velocidad, aceleración, masa, fuerza, energía… y la relación entre sí, predicha por las leyes de la mecánica. Se explica qué es la invariancia galileana, según la cual las leyes de la física deben ser las mismas en todos los sistemas de referencia inerciales, esto es, igualmente válidas para todos los cuerpos que estén quietos o se muevan a una velocidad constante. Para adaptar las mediciones de un sistema de referencia inercial a otro bastará hacer una transformación de Galileo, sumando o restando velocidades. Dicho con un ejemplo: si yo voy en coche por la autopista a 100 km/h y me adelanta un coche a 120 km/h, si yo mido la velocidad del coche que me adelanta veré que me rebasa a 20 km/h. Y la descripción no es mala, porque al cabo de una hora lo tendré 20 km más lejos. Al revés ocurre lo mismo: si yo viajo a 100 km/h y por el carril opuesto viene un coche a 100 km/h, yo lo veré alejarse a 200 km/h (y, en verdad, al cabo de una hora estaremos separados 200 km). Por lo menos, esta es la versión de los hechos en la escala de velocidades a la que los humanos estamos habituados, y en nuestra experiencia cotidiana nos parece razonable e intuitivo.

Sin embargo, en la segunda parte del libro, La decadencia de la concepción mecánica, la física evoluciona hasta dar con fenómenos que no cuadran con esta explicación. Para empezar, se descubrió la relación entre electricidad y magnetismo. Si movemos una carga eléctrica, se genera un campo magnético; si un imán se mueve, se genera una corriente eléctrica. Bien, este descubrimiento conlleva que las leyes de la física no se cumplen igual en todas partes. Si un electrón se mueve a velocidad constante, crea un campo magnético. Pero si el electrón está quieto y soy yo el que se mueve, ¿ya no? La invariancia galileana empezaba a tambalearse.

En la tercera parte, El campo y a relatividad, se abordan las mediciones de la velocidad de la luz y se sientan las bases de la relatividad. No pretendemos abundar en ello, ¡para eso está el libro! Simplemente, a modo de teaser, anticiparemos que la velocidad de la luz es la misma se mida desde el sistema de referencia que se mida. Así, si alguien viaja en tren, y desde el centro del vagón dispara un rayo de luz hacia sendos extremos del vagón (parte superior de la Figura 3) verá como la luz llega simultáneamente a cada extremo. Sin embargo, otro observador que está fuera del tren (parte inferior de la figura 3) verá que el rayo de luz llega antes a un extremo que a otro. Así, dos sucesos que para el observador de dentro del tren ocurren a la vez, para el observador externo no son simultáneos.

Si bien es cierto que estas discrepancias solo son relevantes con velocidades cercanas a las de la luz (y que, por tanto, en un tren no lo apreciaríamos) el concepto no deja de ser sorprendente. Se suele oír la frase de que Einstein dijo que todo es relativo. No es cierto, todo no, precisamente la velocidad de la luz es absoluta, siempre se observa la misma. Esto obliga a que espacio y tiempo sean relativos. Dicha conclusión no es un capricho de las ecuaciones ni de las matemáticas, sino que responde a la tozuda realidad: cuando medimos la velocidad de la luz siempre obtenemos el mismo resultado, independientemente de si nos movemos o no. El resultado empírico de esta medición, y no otra cosa, obliga a replantear los conceptos de espacio y tiempo, y a concluir que ni el uno ni el otro se miden igual ni discurren igual para quien está dentro del tren que para quien está fuera.

 

Figura 3. Arriba, visión esquemática de un observador en el centro de un vagón en marcha. Ha disparado dos rayos de luz, y estos llegarán a la vez a cada extremo del vagón. Abajo, visión esquemática de un observador fuera del tren que se mueve a una velocidad v. El observador externo verá que la luz llega primero a un extremo del vagón y después al otro. Ello exigirá cambiar los conceptos de espacio y de tiempo.

 

Finalmente, en la cuarta parte del libro, Los cuanta, se presentan los fenómenos físicos que llevaron a la mecánica cuántica. Recordemos que el premio Nobel que ganó Einstein fue por el efécto fotoeléctrico, que fue el empujón que desencadenó el desarrollo de la cuántica, y no por su teoría de la relatividad. Einstein fue escéptico con la idea de la incertidumbre que presenta la cuántica, pero nos alumbra con el state-of-the-art de aquel momento, las dificultades que se encontraron y cómo se estaban resolviendo.

Tal como lo clasifica Edicions 62, La evolución de la física es un clásico del pensamiento moderno, un libro imprescindible para entender la cultura y el conocimiento. Id preparando, si os atrevéis, una buena butaca y unas cuantas tazas de café.

 

Marc Nadal Ferret (Tarragona, 1986)
Físico, máster en química teórica y computacional y doctor en química por la Universitat Autònoma de Barcelona. Tiene un gato en casa, rompedor (el gato), con ideas propias (el gato) y, según la última medición, 100% vivo (tanto él como el gato). Aficionado a la lingüística, a las humanidades, a la cerveza y a los viajes.