Y el concierto público fue creado. ¿Perdón…?

Y el concierto público fue creado. ¿Perdón…?

Fue en el s.XIX cuando se consolidó una práctica que hasta ese momento era más bien minoritaria dentro de la vida musical de Europa y que nosotros hemos asumido como algo absolutamente normal: los conciertos públicos. La consolidación de la burguesía como clase dominante, permitió que este tipo de eventos tuviera cada vez más un mayor auge del que hasta ese momento había tenido. Así, por todo el continente, se construyeron espacios públicos en los que se efectuaban conciertos a los que la gente con el dinero suficiente para ello, mediante el pago de una entrada, podía disfrutar de unas cuantas horas de música en vivo. Y digo unas cuantas horas, porque las jornadas, muchas veces podían llegar a ser maratonianas.
La organización de conciertos abiertos al público era una práctica que desde siglo XVI aproximadamente se venia dando. Primero en Francia e Italia y después en el Reino Unido, este tipo de empresas fueron probando suerte. Así, por ejemplo, en Inglaterra, Johann Christian Bach el último de los hijos de Johann Sebastian Bach, se asoció con un antiguo alumno de su padre, el violista Karl Friedrich Abelt para fundar una empresa en la ciudad de Londres, que organizó conciertos públicos donde ellos mismos actuaban, además de presentar obras de, por ejemplo, Franz Josep Haydn entre otros destacados autores del momento. La Bach-Abel Concerts, se mantuvo en el gusto del público británico por más de diez años, lamentablemente, poco a poco, el favor del público dejó de favorecerlos y terminaron cerrando tal empresa.

Es en el paso del s.XVIII al s.XIX cuando el concierto público logra su consolidación como forma privilegiada de difusión musical en todo Occidente. Evidentemente, que el concierto público tiene en el mundo de la ópera su gran referente, con sus empresarios que lo mismo podían enriquecerse con el éxito de una temporada venturosa, como perderlo todo por una noche tonta o poco inspirada del castrato o de la diva de turno.
Estos empresarios, debían estar siempre atentos a lo que el público pedía, finalmente, la ópera en esa época en lugares como Venecia, París o Londres -con sus muchos asegunes por parte de un púbico que desconfiaba por sistema de todo lo que no fuera inglés- era un espectáculo, una manera de distraerse para el público, que llenaba los teatros de ópera y un negocio con el que muchos empresarios siempre en la cuerda floja intentaban hacer fortuna.

Este modelo de consumo musical ya en el s. XIX con una burguesía en plena expansión, permitió pasar de los salones privados de la alta nobleza y de algún acaudalado burgués, donde se podía escuchar a lo más granado de la música del momento, a los teatros públicos, donde, como apunté anteriormente, tras pagar una entrada, se podía disfrutar de un buen rato de música. Los que a estos primeros conciertos públicos asistieron, seguramente no sabían que estaban viviendo un cambio histórico que perduraría hasta nuestros días.
La posibilidad de hacer conciertos públicos en espacios como un hermoso teatro recién construido para tal efecto, permitió que, en las ciudades, la burguesía e incluso gremios como el de los pañeros en la ciudad de Leipzig, por poner un ejemplo, crearan orquestas como la Gewandhausorchester, que podían organizar temporadas de conciertos para el público de aquellas ciudades. Muchas de estas agrupaciones, eran herederas de las antiguas capillas musicales que habían servido a la nobleza o al clero siglos antes y que ahora eran sostenidas por la burguesía, que era la nueva patrocinadora del arte y la cultura.
Muchas de nuestras actuales orquestas tanto en Europa como en Estados Unidos, nacieron de un modo parecido y el medio permitió que estas agrupaciones se desarrollaran. Había una amplia demanda por parte de la población en general, pero sobre todo, los grandes capitales del momento, las grandes familias burguesas, dueñas de los medios de producción, veían como viable en muchos sentidos, su apoyo a orquestas que no solo traían consigo algunas ganancias económicas, si no también, y esto era fundamental, un prestigio social que a la larga les permitía relacionase entre ellas, lo que traía nuevos negocios, además de mantener una alta honorabilidad ante la sociedad e imponer a toda la población su visión de lo que era la alta cultura, en este caso, musical. El canon que actualmente aun escuchamos en nuestros conciertos, es casi el mismo que esa coyuntura social generó, siendo nuestra actual realidad muy diferente, continuamos escuchando casi lo mismo que hace más de 100 años y esto creo yo, nos debería dar pistas.

Nada hay de malo en sí mismo en esto, finalmente, ese canon está integrado en su mayoría, por obras de una calidad artística innegable – alguna excepción hay- pero también es innegable que, con el paso de los años, esta manera de consumir la música se ha ido desgastando. Llevamos ya varias décadas en que se ha anunciado una “crisis de la música clásica”, a este fenómeno, muchos han reaccionado de manera displicente, apoyándose en una supuesta superioridad moral de esta música sobre el resto y zanjando el tema con frases como: “la buena música siempre existirá” o “la música clásica nunca morirá”, que denotan un franco etnocentrismo trasnochado de quien lo enuncia.
Pasando por alto la aberración de pensar que hay “buenas” y “malas” músicas, esta postura no ve el problema de fondo. Su petulancia intelectual no le deja ver que la actual crisis dentro de la “música clásica” tiene que ver no con la música en sí misma, si no con un modelo de consumo y difusión, que se muestra en la actualidad francamente agotado. Así, por ejemplo, mantener una orquesta estable en cualquier ciudad y organizar una temporada de conciertos, es un gasto tremendamente elevado que, en tiempos como los nuestros, muchos comienzan a no tener claro si vale la pena hacer, y la solución, créanme, no es cerrar la orquesta si no replantear su funcionamiento.

Nuestro mundo necesita desesperadamente de la música, de toda, no solo de la música “clásica”, pero para poder seguir haciendo esta música, los que formamos parte de esta maravillosa tradición, tenemos que pensar nuevas formas de generarla, de presentarla al público. Repito, el problema, por llamarlo de algún modo, no es la música en sí, es la manera en que la hemos venido presentando y organizando desde hace ya siglos. La realidad de la pandemia que actualmente vivimos, simplemente nos ha dado un par de bofetadas muy dolorosas, para que nos sentemos a pensar qué vamos ha hacer para que esta tradición continúe de la mejor manera posible.

En nuestra próxima entrega hablaré de las muchas propuestas que ya se empiezan a dar, algunas brillantes, otras, no tanto, pero al menos la discusión se está dando. Seguimos.

Estéticas del fracaso, sin más: una “operación triunfo” histórica

Estéticas del fracaso, sin más: una “operación triunfo” histórica

Maialen, con su traje de Chica Sobresalto. Video still del canal de OT en YouTube.

“[…] podemos reconocer el fracaso como una forma de negarse a aceptar las formas de poder dominantes y la disciplina, y como una forma de crítica. Como práctica, el fracaso reconoce que las alternativas ya están integradas en el sistema dominante, y que el poder nunca es total o coherente; de hecho, el fracaso puede explotar lo impredecible de la ideología y sus cualidades indeterminadas”.

Jack Haberstam, El arte queer del fracaso, 2011

 

Tras un mes ya de la gran final del OT en el que Nia se proclamó absoluta ganadora, estamos en condiciones de hacer un balance reposado sobre la edición menos vista de la historia del sempiterno concurso televisivo. Pese a ser la más larga a causa del parón obligado del Coronavirus y gozar de gran popularidad en Internet (principalmente el canal 24 horas de YouTube) así como la acertadísima publicación de los singles de los concursantes durante el desarrollo mismo del programa (con millones de reproducciones), sus índices de audiencia en TV han sido incluso peores que los de la abandonada (por parte de los productores) edición de 2003 y el intento fallido del caótico OT 2011

Como fan de aquella fantasía de Generación OT Juntos o el disco de Vivimos la selección y, en fin, espectador de toda la historia del concurso lo cual permite un análisis comparativo, considero que esta generación, no obstante, ha sido una de las que más historias entretenidas ha reportado (véase aquel despistado “nos hemos enrollado todos” que Samantha susurró al oído de Nia) más allá de lo estrictamente musical. Pero no porque las actuaciones hayan sido malas, de hecho tenían un gran nivel desde el inicio. Nivel que no daba lugar a la discriminación de aquellos que, entre los que me cuento, no tenemos una formación musical que nos permita distinguir cuánto se ha desafinado, sino que ante un panorama de corrección ejecutiva generalizada, solo nos parece todo bien y nos queda guiarnos por sutiles diferencias (o por cómo nos caigan los concursantes) para emitir un juicio sobre quien podría ser el mejor. Pues al final ese es nuestro télos en cuestiones de telerrealidad.

Momento en que Samantha repara: “Somos seis chicos y seis chicas, y nos hemos enrollado todos”. Video still del canal 24 horas de OT en YouTube.

Y ese ha sido el principal problema. Partimos con una gala 0 en la que el jurado comentó que esta era la “madre de todas las ediciones”. Semejante osadía no obstante tenía parte de razón con números tan completos como los de Eva, la propia Nia, y Anajú (con una faceta suya, más flamenca, que apenas han querido explotar los profesores posteriormente). Lejos queda ya aquella pipiola Aitana que olvidó parte de la letra de la canción en su puesta de largo… y qué decir del “me he equivocao, olé”, de Rosa de España…

Tras la sorpresa inicial –y aquí miro subrepticiamente a Flavio, ya fichado en el OT Fest del verano–, poco más nos hemos removido con los chicos durante las galas, al presenciar poca tensión, pocos retos o desajustes a nivel vocal al menos destacables (sin llegar al extremo de Esther Aranda) que nos permitieran atinar una progresión. Pero lo peor han sido unas valoraciones por parte del jurado que adolecían de un halago paternalista… tanto que nos tentaba a apagar (o mejor aún, tirar) el televisor ya rondando la una de la madrugada. Por mucho que podamos reprocharle a Risto (que podemos y debemos), sus valoraciones en OT 2006 (especialmente estas) fueron acertadísimas, críticas, rigurosas: el único que trataba de mostrar a los concursantes la crudeza del mercado discográfico antes de caer en su propio embrujo (aunque él dice que simplemente ha “actualizado sus sueños”).

Por otro lado, es destacable esa falta de tensión y pique pues al final se trata de un concurso: parecía como si no hubiera un premio de 100.000 euros esperándoles al final. Solo los salseos como los de Eli o Jesús al principio contaminaron las primeras semanas de la academia y consiguieron mantenernos atentos a Twitter, más para mal que para bien, pues llevaron el concurso a lo peor de aquellas trifulcas del casi olvidable OT 2008. Y recalco el “casi” por Virginia, pues Pablo López, por muy bien que componga y por mucho que lo admiremos ahora, revisando sus actuaciones, lejos quedan de la intensidad interpretativa que hoy le caracteriza en una corrección simplemente academicista (además del hecho de entretenerse más de la cuenta en aquellas trifulcas).

A esta relajación que parecía contaminarse a los concursantes con su “yo ya he ganado” como mantra cada vez que los despedían, por lo menos la invitada Lola Índigo, sincera y ambiciosa, cuando Roberto Leal le preguntó: “¿Tú soñabas con esto?”, respondió: “Yo sí”. Pero el escaso brío de los concursantes además se ha opacado en una realización en directo o muy pobre o por el contrario saturada de elementos que nos entorpecían llegar a la mirada de los concursantes. Si durante toda la semana el emotivista Iván Labanda trataba de arrancar las vísceras de los chicos que se veían perfectamente en los pases de micros, en las galas –con todos los visuales, las luces, los props y el cuerpo de baile así como la falta de primeros planos– la magia se diluía perdiéndonos los rostros de los concursantes. Menos mal aquella cámara que nos mostró a la mejor Anajú sobre la cama, si no aquel número habría perdido toda la intimidad requerida. Porque es ahí, en la interpretación donde realmente está la clave y donde ha habido el mayor de los avances.

Ya que hablamos de relajación, nada como la actuación en la cama de Anajú, una de las más memorables del concurso. Video still del canal de OT en YouTube.

Ni tras la lección aprendida por parte de Natalia Jiménez luego de la magistral sustituta Ruth Lorenzo la tensión volvería a las nominaciones. Pese a todo, al menos Natalia nos ha proporcionado alguien sobre quien depositar alguna emoción en este concurso… ira, aversión e incluso cariño, lo cual tratándose de espectáculo es más que significativo y valorable… pues la severidad que tanto distinguía a la Nina directora de OT 2001 y 2002 se ha desplomado en unos halagos desmesurados –casi rozando el couching, aunque ya apuntaba maneras– que por mucha afectación se quedan en palabras vagas. Las batallitas de Portu o Javier Llano poco más han hecho sino motivarnos a ir al baño o volver a Twitter. Desde luego, el jurado rotativo de años anteriores, para aportar algo de dinamismo a la gala, incluso aquella aparición totalmente aleatoria del incomprendido y encantador Alejandro Parreño, resultaba más dinámica. Pero la pregunta de todo fanOTico sigue siendo la misma: ¿Dónde estás que no estás aquí, Ruth Lorenzo? Vuelve, como sea.

El clima de extrema relajación se ha visto también en la academia, sobre todo en los pases de micro. Si bien la frescura de Noemí Galera es un rasgo a alabar, en este caso su actitud ha rozado demasiado el colegueo y esto parecía, más que una academia, unas “colonias” (como tan acertadamente una vez la fabulosa Coco Comín dijo en una de las valoraciones del 2006). Es por ello que las pocas veces en que les ha echado la bronca a los chicos las visitas al canal de Youtube han emergido, pues eso es lo que esperamos: algo de emoción (que procede de movere, mover). Se trata de imagen en movimiento, y de que algo pase, que algo se mueva en nosotros. Y con OT estamos muy hartos de todo, queremos transportarnos, queremos soñar.

Para colmo, las visitas de cantantes de más bien ya poco fuelle (manque me pese en el alma, incluso La Oreja de Van Gogh) tanto a la academia como a la gala nos han provocado alguna que otra cabezadita (como las de la tierna Anne Lukin). Eso sí, si por algo ha hecho historia este OT ha sido por llevar a la estupenda sor Lucía Caram a la academia: la primera monja en visitar el concurso (desatando muchas lágrimas). Por otro lado, de las predecibles bromas del chat con el tan afectado Ricky Merino (¿qué es eso de “chatines”?) ni me detendré, pues hasta nos lleva a extrañar aquellos primeros chats en OT 2001 Y OT 2002 donde pasaba de todo, desde terapias de grupo a stripteases (y a veces incluso aparecía la psicóloga).

Anne Lukin en una de las clases. Video still del canal 24 horas de OT en YouTube.

Esta ha sido una de las finales más variadas y equilibradas. No obstante, sorprende el enorme fandom de última hora hacia Nia (su actuación fue buena, pero no mucho más que la de Flavio, especialmente cuando volvió a interpretar Calma), victoriosa con una clara diferencia en votos al resto de sus contrincantes. Nia, alguien que aparentemente no tenía mucho a su favor en un concurso como este, donde suele gustar más bien el joven espontáneo y gracioso, incluso bromista como David Bisbal y aquellas imitaciones de Chiquito (las de Naím no eran para tanto), Joan Tena (que merece mucho la pena ser recordado), la ingenuidad de Jorge González y por supuesto aquello del “sapoconcho” de Roi. Otro perfil destacable es el del concursante novato en esto de los escenarios pero que se supera a pasos de gigante, como ejemplos paradigmáticos son Bustamante y Soraya, pero también la infatigable Idaira, y Aitana o Ana Guerra si tenemos en cuenta el nivel de aquella gala 0. O el concursante tímido, incluso “freak” o no normativo, pero carismático, que se lleva al público de calle por su fragilidad (fórmula de éxito que se sabe cada vez más en este tipo de formatos, pues inspira humanidad), como Rosa, Manuel Carrasco, Sergio Rivero, Virginia, –dejadme que incluya a Mario Jefferson porque lo merece–, Amaia, Alfred, Famous.

A pesar de no radicar en ninguna de esas categorías, y quedar relegada a una Chenoa o una Miriam de la vida (una perfeccionista), ha conseguido llevarse el ansiado puesto. Y eso que el galardón de Favorito semanal ya no estuvo tan monopolizado como en las primeras ediciones, lo que daba cierto juego a la hora de pensar en la victoria. Indiscutiblemente Nia es una cantante de ejecución eficaz, ganas y poderío, pero que poca vulnerabilidad o magia ha expresado en el escenario, haciendo perfectamente todo lo que se le ha pedido. Sin salir de ahí, como si cantar fuera un encargo. Pero un artista debe ser algo más, ya lo decía Longino, quien prefería la “grandeza con errores” a la “pulcra mediocridad”: “¿No merece la pena preguntarse en general qué es preferible, en poesía como en prosa, si la grandeza con errores, o la mediocridad en la ejecución, pero pulcra en su conjunto y sin fallos?”

Los temblores de Hugo cantando La leyenda del tiempo, obra basada en el poema de Lorca Así que pasen cinco años, son destacables en este sentido. La cuestión del «tiempo» (algo tan apremiado en TV, por otro lado) era el concepto de la canción, así como el fabuloso descubrimiento de su inexistencia. En la clase de Labanda Hugo quedó fascinado con la lección del profesor, que le definió el tiempo como unidad de medida y por tanto una invención: “me ha cambiado la vida ese hombre”, dirá. La clase, que parecía más bien una tertulia metafísica –además, sorprendentemente el concursante no conocía a Lorca– toma un curso de lo más terrenal cuando Labanda pregunta: “A ti te hablan de una columna y ¿adónde se te va la cabeza?”. Hugo responde: “Al parking del Mercadona”.

La afectada, temblorosa y rompedora actuación de Hugo. Video still del canal de OT en YouTube.

También destacamos otros momentos torpes, azarosos, espontáneos como el patinazo de Eva  en el Twist Again a pesar de sus zapatillas, y vestida con el traje de su abuelo (así como el estilo que ha ido forjando gala tras gala), las caras titubeantes de Flavio (y sus movimientos de tanto en tanto patosos, como en Shotgun) o las asfixias de una Anajú enredada en la coreografía de Tusa. Aunque nunca han llegado a tener errores graves, todo ello aportaba un punto de frescura, incluso estilo, a actuaciones que te “pellizcan” el alma (otro tropo muy de jurado de OT, véase Portu o Manuel Martos) y te llevan con ellos. Como lo hizo Bisbal cantando en inglés aquel “Ifsisbet”. Nia, sin embargo, en el escenario parece sobrehumana. No una de nosotras. Es una diosa. Pero una diosa que se nos parece (o quieren que se parezca) a otra. Casi siempre la visten como Beyoncé. Y lo peor, ¿qué estilo le espera?

Otro punto esencial de esta edición ha sido que produjeran sus singles durante el concurso, favoreciendo así la composición, las canciones, que es de lo que están hechos los artistas y el mayor reproche a todos los OT anteriores… En este sentido, tristemente a Nia le han endosado un estilo musical que “parece” venirle de serie (digo parece porque han querido asociar su color de piel a un sospechoso esencialismo) pero que recae en clichés tan esperables como los de “8 maravillas”. En su letra dice “Chacho, viaja, vive, compara esto con el Caribe”, se refiere al “mojo picón”, la “sabrosura” y por supuesto desenfunda un “que ríííco”. El tema aspirará a formar parte de la campaña turística de las Islas Canarias, pero si queremos a esta artista, sabemos que realmente merece mucho más (más que aquel Cantabria que cantó Bustamante o Las calles de Granada de Rosa). Si pensábamos que el estilo Kike Santander era solo cosa de Bulería, bulería, Oye el boom y las latinadas de los 2003-2004… pues bien, está de regreso.

Los temas de Flavio, Eva, Samantha o Anajú quedan, sin embargo, muy a la altura de ellos. Pero sobre todo el de Maialen, que además lo sabe bien: o te pones un nombre artístico singular y memorable, véase Chenoa, Lola Índigo, Nena Daconte, o todo tu proyecto quedará en generalidades (tristemente la potencia de “Miriam Rodríguez” no es la misma que “Malú”, cuando la primera nada tiene que envidiarle). Muy bien, Chica Sobresalto. Adoramos además tu traje de súper heroína, y eso era a lo que Risto se refería cuando hablaba de “producto”, en su acepción más positiva. Otros concursantes parecen perderse en la precipitación de intentar aprovechar el hype que a nivel mediático queda de este concurso. Y probablemente no sea culpa de ellos.

No obstante, pese a su poca promesa inicial, pase lo que pase Rafa con su Díselo a la vida, y Javy con su Qué sabrá Neruda han sido ya los grandes triunfadores de OT 2020. Aunque más el segundo que el primero. Esto nos lleva a pensar porqué esta reivindicativa balada que aun conserva lo mejor de finales de los 90 y los primeros 00 y con casi 4 M de reproducciones en YouTube aún no ha llegado, por lo menos, a la lista de los 40… Inexplicable. Mención aparte requiere el más extraño himno grupal compuesto por los alumnos. Sal de mi tiene una letra muy sofisticada pero no apropiada para el tono optimista y apresurado que este tipo de canciones han tenido y requerido. Y una composición incluso demasiado buena para OT.

Nia es la cantante más experimentada de esta edición, y la mayor de todos, aunque tampoco gran cosa: 26 años. Esta probablemente es otra de las claves de este relativo fracaso. Si bien es cierto que la juventud del 2001 es radicalmente distinta a la de hoy (además los vestían como señores y señoras cuando solo tenían 20 años, acordaos de esos vestidos-rebeca de Rosa…), creemos que ampliar el rango de edad de los concursantes ampliaría a su vez su público en una realidad laboral muy distinta a la de hace dos décadas… Si bien en las ediciones celebradas en Tele 5 había concursantes que rondaban o superaban los 30, el target de este programa se ha reducido casi a la adolescencia, cuando antes este concurso era visto por personas de todas las edades.

Y diría incluso más, personas de todos los signos, pensemos en las pancartas de los alcaldes del PP alabando a Nuria Fergó y Bustamante. Y es que el aplaudido sesgo feminista de los últimos OT puede haber alejado a un público más conservador, así como la polémica acerca de la tauromaquia despertada por Maialen y replicada por Estrella Morente. Otro punto a destacar es que si bien en las primeras ediciones la palabra “mariquita” era frecuente y se daba por sentado una heterosexualidad obligatoria en los chicos (lo que contribuía una tajante división de género), en la final de esta última edición, por ejemplo, los exconcursantes acudieron con una pulsera de la bandera LGTBI+. En cuanto a los sesgos políticos o ideológicos, son siempre inevitables (Carlos Lozano tenía sus perlitas, también: “Cuidado con Rosa cuando vea el comedor, porque si quiere perder peso…”). Pero está claro que el programa no es muy popular en las derechas.

En 2002 los alcaldes del PP de San Vicente de la Barquera (Bustamante) y Nerja (Nuria Fergó), haciendo campaña de los concursantes tras la nominación. Video still de la Gala 13 OT 2001.

Otro de los posibles fallos del formato está relacionado con el tema de lo amateur. La narrativa Bustamante o Soraya, ajenos al ámbito laboral musical (uno cantando en el andamio, la otra desde la ducha), construida semanalmente desde aquellos banquillos del plató, nos hacía dirigirnos a sus actuaciones con muchas expectativas, o al menos, cierto morbo. Su superación semana a semana así como su procedencia rural nos hacía soñar con que tú o yo, que jamás hemos tenido oportunidad de recibir clases de canto, ni vivimos en una capital con posibilidades, con esfuerzo y tesón podemos llegar a lo más alto (entiéndanme, a llenar estadios, vender discos, ser querido por el público). Cuando la mayoría ya lo hacen muy bien desde el principio poco más nos podemos identificar con ellos.

A pesar del ingente esfuerzo de Roberto Leal, en esta histórica edición de Operación Triunfo ha faltado tensión y magia en las galas, rigor en los jurados, ganas de superarse y quedarse en la academia incluso… (a veces el mal perder nos representa, y Anne Lukin, es fabuloso que así te mostraras en aquel chat: jamás debiste salir tan pronto). Apenas hemos visto fallar a los concursantes, las realizaciones han sido muy poco atractivas y más que acercarnos a los cantantes, nos los han alejado entre tanta tramoya (de hecho, curiosamente una de las galas más vistas ha sido la celebrada en la academia, el #OTYoMeQuedoEnCasa). Pero, y esto es esencial, la organización ha conseguido dar salida a los 16 concursantes, puede que solo con un aislado single, pero al menos ha sido la “operación triunfo” más coherente con su propósito inicial, con la industria musical, seleccionando a artistas con personalidad que han dado a conocer.

A la forja de este estilo ha contribuido la selección de los temas para las galas. A pesar del despropósito de las puestas en escena, se han puesto sobre la mesa, en prime time, temas procedentes del indie, desde La Bien Querida a Vetusta Morla o La Casa Azul, a incluso el trap con C. Tangana (a pesar de aquel sonado desplante). O, más fuerte aún para los puristas, se ha cantado a Extremoduro, Camarón o María Jiménez. Jamás en su historia este concurso había apostado por tal diversidad y de ella se han hecho eco los concursantes (recordemos que en los primeros OT Chayanne, Ricky Martin, Luis Miguel, Whitney Houston y hasta Diego Torres se repitieron una y otra vez en las galas).

El formato quedará agotado (está claro que va a necesitar un descanso), pero han ganado ellos, los concursantes. Y eso a la larga, será lo mejor. Para lo más mainstream este OT es un fracaso. Y bendito fracaso. De hecho, el concepto clave de “cruzar la pasarela” en tanto tránsito a un “espacio otro” (mejor), un espacio simbólico de aprobación, que quedó irremediablemente marcado por su recorrido en silla de ruedas por parte de la inestimable Samantha. Todo un icono de esta edición. Como en su single canta: «Yo, la verdad, es que sin más». Esa es la actitud.

El mejor de los momentos. Samantha cruza la pasarela en una silla de ruedas customizada. A la semana siguiente ya se recuperaría de su lesión. Fotografía: José Irún.

Que la poca audiencia de este OT no haya impedido su cancelación pese –incluso- al Coronavirus, lo hace doblemente fracaso, fracaso de las lógicas de marketing (porque lo de OT 2011 fue un desplante a la organización, una auténtica faena). Lo hace más queer, más digno y auténtico incluso, menos vendido. Nos hemos sorprendido menos pero nos llevamos unos tenaces cantantes y compositores (por fin han salido beneficiados todos ellos), así como el diamante en bruto multimedial como es Samantha, que a la vuelta del confinamiento dijo en pleno directo que echaba de menos a Fernando Simón… Sin titubeos. Para concluir, como escribe el teórico Jack Haberstam, el fracaso es posible de ser entendido “como una forma de crítica”, crítica, en este caso, a las lógicas televisivas actuales. Y en la cadena pública. Por todo ello, larga vida a OT.

 

De salud y república, y también de corona

De salud y república, y también de corona

14 de abril, Día de la República en España. Se conmemora la proclamación de la II República española en 1931. Cinco años más tarde estallaría la Guerra Civil española, que se llevaría por delante, al menos, a medio millón personas [1], aunque otras fuentes suben esta cifra a 2 millones[2].

5 de mayo, Día de la Liberación en los Países Bajos. Se conmemora el fin de la ocupación Nazi en los Países Bajos en 1945. El total de muertos a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial en el país de los tulipanes: 240 000. Un 2.1% de la población[3].

Ambos países tienen a día de hoy dos coronas: una vírica y otra política. Creo que todos estaremos de acuerdo, independientemente de nuestros colores políticos, que la microscópica es la que más le pesa a ambos países en este momento.

Hoy me permito reflexionar. No soy historiador ni analista, soy físico (afortunadamente vuelvo a estar convencido de esto). Mis referencias son la Muy Interesante, la Wikipedia, y Google. Pero pienso en velocidades, cambios, intervalos y eventos. Supongamos un intervalo de tiempo, y un caudal que cruza ese intervalo. Los diferentes eventos a considerar serán a) la Guerra Civil en España, b) la Segunda Guerra Mundial en los Países Bajos, o c) el COVID-19 en España o los Países Bajos. Y el caudal, el número de fallecidos [4]. Caronte, sácate la calculadora y compruébame la tabla, porque me cuesta digerirla.

Evento

Comienzo

Fin

Días (approx.)

Total fallecidos

Fallecidos/día

Guerra Civil Española

17 de Julio de 1936 

1 April 1939

620

500 000

508

COVID-19, España

31 de enero de 2020

93

24 543

264

Segunda Guerra Mundial en los Países Bajos

10 de mayo de 1940

5 May 1945

1820

240 000

132

COVID-19,

Países Bajos

27 de febrero de 2020

65

4 893

75

La conclusión es clara. El número de fallecidos por día debido al COVID-19, aunque muy por debajo de los números de la cruenta Guerra Civil Española, apunta dimensiones bélicas. La humanidad está en guerra contra un enemigo común e invisible. Lamentablemente, no estamos tan unidos como deberíamos, ni entre países ni entre personas. Siento la división entre la Europa del norte y del Sur ensancharse día a día, partiendo de la falta de medidas comunes contra la crisis a nivel Europeo. Cuando pase lo peor de esta crisis, la diferencia entre países podría ser abismal. 

Como en toda guerra, el adormecido instinto de supervivencia se despierta: todos pensamos en nosotros mismos y nuestro futuro. Sin embargo, en esta guerra no habrá fotos de Capa, sino de personal sanitario exhausto. Son ellos, y los investigadores que trabajan contra reloj buscando una cura, contra el maldito virus. No me atrevo a plantearme qué bando tiene ventaja ahora mismo. Solo sé que esta guerra solo se gana siendo racionales, y tomando las precauciones necesarias para evitar en lo posible la propagación del virus. 

Me gustaría acabar con una nota optimista: las cosas irán a mejor. La Tierra se ha recuperado. Y la debilidad del sistema social-económico actual ha sido puesta en evidencia.  Honestamente, prefiero una guerra de la humanidad contra un virus que una guerra en la que no atomizamos entre nosotros. Confío en que, como especie, saldremos mejor de esta crisis.

Me despido desde la comodidad de mi encierro moderado, con la tristeza natural nacida de saber que nada volverá a ser igual. Espero que me perdonen el posible macabrismo que algunos puedan leer entre estas líneas. Sólo son números; la forma de lidiar con esta crisis está, en gran medida, en nuestras cabezas. Es allí donde podemos, y debemos, ganarle el pulso al virus.

Salud y absencia de corona para tod@s.

Referencias:

[1]https://www.scientificamerican.com/espanol/noticias/recopilando-el-testimonio-genetico-de-los-muertos-de-la-guerra-civil-espanola/

[2] https://en.wikipedia.org/wiki/Spanish_Civil_War#Death_toll

[3] https://en.wikipedia.org/wiki/World_War_II_casualties

[4] https://gisanddata.maps.arcgis.com/apps/opsdashboard/index.html#/bda7594740fd40299423467b48e9ecf6

El amor en tiempos del corona: canciones para un crisis

El amor en tiempos del corona: canciones para un crisis

El realismo mágico, del cual García Márquez es uno de sus máximos exponentes, juguetea con nuestras cabecitas y nos intenta mostrar lo irreal como algo cotidiano o común. ¿Puede alguien confirmarme, pues, que no estamos viviendo en una novela de García Márquez en este momento? Y lo que es más importante: ¿Cómo construimos defensa ante semejante ataque a la cordura? 

La tercera ley de Newton estable que por toda acción hay una reacción en sentido opuesto y de la misma magnitud. Mi temor estos días es que la reacción puede tener, de hecho, dos direcciones: unirnos como seres humanos, o separarnos aún más. La guerra en la que estamos sumergidos tiene como campo de batalla y soldados no sólo a nuestros hospitales y a nuestro personal sanitario, tan necesitado de algo más que aplausos. Esta guerra la ganamos también cada uno de nosotros en nuestras propias mentes, y nuestro deber cívico es mantenerlas lo más despiertas y activas que podamos. Por esto, creo que más que nunca necesitamos el amor y la música, inevitablemente unidos.

Venga, vale. Llámenme tonto, cursi, idealista, romántico, o sean españolitos casposos con cero inteligencia emocional que necesitan usar la sexualidad como insulto y llámenme gay. Les escupiré a la cara que “gay” significa literalmente “feliz”, así que todos “gay-up”: ¡sonrían carajo! Tengo las armas afiladas en esta guerra contra el virus, y como tantos otros sigo al pie de la letra la canción del Dúo Dinámico y “Resistiré” porque “soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. Mi himno personal, mi canción para soltar las lágrimas de rabia, ha sido “Time Fate Love” (Tiempo Destino Amor) del legendario Luca Prodán (líder de la banda de post-funk Sumo):

«A girl called time took a long long trip and never, never came back.

A boy called fate made up his mind. 

And I did it when it was too late.

But a girl called love flew to me from the air around.


She filtered in, to my skin. She didn’t make a sound.

And every time I breath I hear her sounds.

And every time I look or see I feel her presence strong and near.»

“Una chica llamada tiempo hizo un largo viaje y nunca regresó.

Un chico llamado destino tomó una decisión. 

Pero yo lo hice cuando fue demasiado tarde.

Pero una chica llamada amor voló hacia mi desde el aire alrededor.

Se infiltró bajo mi piel. No hizo ni un ruido.

Y cada vez que respiro escucho sus sonidos.

Ya cada vez que la mire siento su presencia cercana y fuerte.”

Para llorar, vamos. Pero no todo es sentimentalismo y amor, también tenemos que pedir cuentas a muchos jefes de estado que parece solo quieren prologar esta situación. Propongo ir encargando más de un “ataúd para un jefe de estado”. El hidalgo nigeriano del afrobeat Fela Kuty nos impregna en su canción “coffin for a head of state” de una fuerza impresionante ante los poderos fácticos. Después de que el gobierno literalmente tirara a su madre por la ventana, el respondió con música. Y una música con la que es imposible no moverse. Fela predica la resistencia a través de la música y el baile. Tomemos nota, resistamos bailando.

“Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver”, así que “a las barricadas” mentales y a unirnos todos contra el maldito virus (versión de un brigadero internacional, aparentemente). Como dice la Billos Caracas Boys “sigan bailando” lo que más les guste, “bolero o disco, o cumbia o salsa, merengue, o rock n’ roll”. 

Salud y falta de corona para tod@s.

¿Por qué morimos antes?

¿Por qué morimos antes?

Buena pregunta, ¿no? Me refiero a los hombres, la esperanza de vida de los cuales es siempre inferior a la de las mujeres, sin importar el país que consideremos. En algunos casos la diferencia es anecdótica, como en Baréin (80 a 79) o en el Pakistán (67 a 66). Ahora bien, también hay casos donde la diferencia es muy notable: en Letonia una mujer vive de media diez años más que un hombre (80 a 70) y en Armenia, 7 (78 a 71). En situaciones intermedias encontramos estados tan variados como España (86 a 80), Libia (75 a 69), EE.UU. (81 a 76), Ecuador (79 a 74), Singapur (85 a 81), Cuba (81 a 77)…

Así pues, parece que podemos establecer con bastante tranquilidad un hecho: los hombres morimos antes. ¿Cómo puede ser? Dada la aparente universalidad del fenómeno, es tentador recurrir a explicaciones biológicas: debe de ser por alguna hormona que tenemos nosotros que ellas no tienen, o al revés. O porque la próstata da más problemas que el útero. O por lo que sea, la cuestión es que es un hecho natural que los hombres morimos antes y, por lo tanto, poca cosa se puede hacer. Simplemente, es así.

Aun así, ¿y si el fenómeno fuese universal sin ser natural? ¿Y si fuera social? No es ninguna majadería, esto. Es muy conocido que el nivel socioeconómico es un factor de riesgo de nuestra salud: los más pobres mueren antes que los ricos. Es un hecho universal y social: nos costaría entender que alguien intentara dar una respuesta a esto en base a genes, hormonas u otros sustratos físicos. No hay un gen de la pobreza con una muerte prematura programada, sencillamente, el hecho de ser pobre lleva asociado toda una serie de elementos (peor alimentación, peor acceso a la sanidad, precariedad, estrés…) que te hacen morir antes. En el caso que nos ocupa, no se trata de afirmar que la biología no tiene ningún papel, que quizá sí, sino de poner el foco en otra cuestión: ¿es posible que el hecho de socializarnos como hombres nos lleve a morir antes?

Y todo apunta en la misma dirección. Parece que las mujeres siguen estilos de vida más saludables que los hombres. Determinadas conductas de riesgo están más presentes en el género masculino, como fumar, conducir sin el cinturón de seguridad o directamente bebido (“¿y quién te ha dicho a ti que quiero que conduzcas pormí?”, nos decía un entrañable ex presidente amante del buen vino).

Acabamos de descubrir que el género es otro factor de riesgo para la salud: si eres hombre estás en el bando perdedor (paradojas del patriarcado). Ahora bien, igual que la pobreza se cura tomando los medios de producción, la masculinidad hegemónica también puede ser analizada y deconstruida. ¡Manos a la obra!

Al parecer, muchas de las maneras que los hombres tienen para demostrar que son hombres son más bien poco saludables: resistirse a ir al médico, porque ir al médico quiere decir reconocer una debilidad, y esto no puede ser; conducir temerariamente, cosa que muestra como controlo mi coche y a mí mismo, porque el “yo controlo” en el fondo va de dominación, que es una cosa muy masculina; saltar un barranco con monopatín como Bart Simpson en un famoso episodio, porque así muestro que nada me da miedo y soy muy valiente; no ponerse protección solar, porque esto de las cremas para la piel es cosa de mujeres, etc. Y después pasa lo que pasa: en los EE.UU. la tasa de muertes por cáncer de piel es el doble entre los hombres que entre las mujeres. No morimos antes por ser hombres (sexo biológico), sino por querer serlo (género).

Así pues, parece que ser hombre implica tener que demostrar que se es un “tipo duro”. Ahora bien, esto se puede demostrar de muchas maneras diferentes: desde practicar escalada hasta meterse en bandas callejeras. Optar por unas opciones u otras dependerá fundamentalmente del nivel económico y entorno social de la persona en cuestión. Los grupos de hombres más marginalizados, que no pueden construir su masculinidad en base a, por ejemplo, tener un buen trabajo, optarán por actividades más arriesgadas. Incluso entre hombres que pensaríamos que no se dejarían influir por estas cuestiones de “machos”, por el hecho de representar masculinidades no hegemónicas, también encontramos conductas de riesgo para reafirmar su masculinidad. Nos referimos, por ejemplo, a gays que se negaban a usar protección contra el sida porque ellos eran muy hombres. Datos recogidos en los años 90 en los EE.UU. indican que los hombres no heterosexuales y los afroamericanos tenían ideas más tradicionales sobre la masculinidad que los otros. En particular, los jóvenes sin trabajo tenían ideas más conservadoras que los adultos ya incorporados al mundo laboral. De alguna manera, todos estos grupos tienden a compensar su marginación o masculinidad no hegemónica con una hipermasculinidad más destructiva.

Riqueza, fuerza física y drogadicción: un tipo duro canónico.

 

Hemos comentado hace un momento que tener un buen trabajo puede ser un recurso para construir nuestra masculinidad que nos hace prescindir otros mecanismos más peligrosos. Ahora bien, si esto es así, no es solo porque el trabajo nos proporciona un salario que nos hace sentir muy bien como proveedores de riqueza a la familia: hay trabajos que también son propios de tipos duros. Y en ellos no escapamos del riesgo. Bomberos, mineros, pescadores, trabajadores de la construcción… Los sectores más masculinizados son también los más peligrosos, con las consiguientes elevadas tasas de mortalidad en el puesto de trabajo.

Ya vemos que nos están apareciendo un montón de factores no biológicos que explican la menor esperanza de vida de los hombres. Hay que huir de los reduccionismos que tienden a naturalizarlo todo: “de acuerdo, sí, todo esto que dices es cierto, pero es así porque los hombres, con la testosterona, somos más violentos, nos gusta el riesgo…”. Esto no hay testosterona que lo explique. Ni supuestos (me atrevería a decir descartados) cerebros masculinos que nos hacen ser de determinadas maneras. Hombres de diferentes grupos sociales construyen sus masculinidades de diferentes formas. Una explicación puramente naturalista siempre quedará coja.

Para acabar, me gustaría destacar que la idea del hombre como fuerte y la mujer como “sexo débil” nos la ha jugado también a los hombres. Nos ha hecho no prestar atención a nuestra salud. Y que no nos la presten. Se ha documentado que los hombres somos despachados más rápidamente de la consulta del médico, o que se nos informa muy poco de cómo hacernos exámenes testiculares, en comparación con la normalidad con que se explica a las mujeres como hacerse exámenes de las mamas. También se nos diagnostican menos depresiones, a pesar de que nos suicidamos más. Todo el rato juega el doble factor: mi machismo me hace no ir al médico porque soy un hombretón; el machismo del médico hará que este no me vea deprimido porque, al fin y al cabo, soy un hombretón.

Es interesante comentar algunos indicadores médicos que han legitimado con “datos objetivos” esta construcción de la mujer como sexo más enfermizo: la utilización de índices como el tiempo de reposo en cama o el uso de atención médica han tendido a patologizara la mujer. No obstante, estos índices más bien explican cómo hombres y mujeres afrontan una enfermedad, y no si están más o menos enfermos. Si partimos del hombre como medida de todas las cosas, es natural concluir que las mujeres son más débiles porque necesitan más tiempo de descanso y van más al médico. Ahora bien, puesto que sabemos que las mujeres viven más (curioso sexo débil, aquel más longevo), quizá las podemos tomar a ellas como referentes de salud. Entonces podríamos concluir que los hombres no descansamos lo suficiente y vamos demasiado poco al médico, motivos que ciertamente ayudan a entender por qué morimos antes. De hecho, en muchos hogares es la mujer la que concierta citas con el médico cuando considera que su marido debe ir. Y quizás estaría bien que empezáramos a cuidarnos a nosotros mismos. Tomemos nota: descansemos y pidamos ayuda cuando la necesitemos. Porque ya se sabe que hombre precavido vale por dos.

 

Este artículo es una traducción al castellano del original publicado en la Revista Maig (en catalán).

Bibliografía

Courtenay, Will H. (2000). “Constructions of masculinity and their influence on men’s well-being: a theory of gender and health”. Social Science & Medicine, 50: 1385-1401.

Criado, Miguel Á. (2015). “No hay un cerebro masculino y otro femenino”. El País. https://elpais.com/elpais/2015/11/30/ciencia/1448904392_009014.html

Global Health Observatory data repository: Life expectancy and Healthy life expectancy. Data by country. http://apps.who.int/gho/data/view.main.SDG2016LEXv?lang=en

Lo que La Oreja de Van Gogh “nos contó” hace diez años sobre pandemia y nacionalidad

Lo que La Oreja de Van Gogh “nos contó” hace diez años sobre pandemia y nacionalidad

No, este guiño al “nos contó” no hace referencia a aquel disco emblemático del pop español de los 2000. Y sí, Lo que te conté mientras te hacías la dormida fue el más memorable de los retos a la longitud adecuada en títulos de discos comerciales (después del clásico Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, de El último de la fila, claro).

Pero este guiño, que puede leerse más bien como una profecía, nos lleva al inicio de otra gran crisis. 2008 fue el año en que Leire Martínez se estrenó como la nueva vocalista de la aclamada banda donostiarra con un prudente pero significativo “último” vals. Y es que aquel “primer” single estaba trufado de referencias ambiguas al nuevo comienzo sin Amaia con un “siempre serás bienvenido a este lugar” en el estribillo y un videoclip donde la cantante vagaba taciturna por la calle hasta encontrar un anuncio de “se busca cantante”. Pero en aquel disco, A las cinco en el Astoria, había otro gran tema digno de ser rescatado hoy.

Se trataba de Europa VII, una canción de un elenco de madurez lírica solvente y arreglos sofisticados: probablemente su álbum más “comprometido” tanto política como musicalmente, con composiciones como Jueves o Cumplir un año menos. El tema relata una historia desoladora aunque tamizada de una melodía suave y envolvente que hoy, en plena pandemia global, parece cobrar especial significación (Y sí, estamos al tanto de que el nuevo single del grupo se titula esperadamente Abrázame).

Para empezar, eso de Europa VII no resulta muy aclaratorio. Si bien la canción es una crítica al desarrollismo occidental (por tanto, aceptamos lo de “Europa”) ¿por qué “VII”? Bien, analicemos la letra, que arranca así: “Comienza la desconexión, se acaba el aire y la energía, no queda nadie en el control, la nave flota a la deriva”. Como vemos, esta primera frase dibuja un paisaje nada halagüeño, y aunque distopía y belicismo no son conceptos nuevos en el grupo, aquí parecen decididos a ir al centro del asunto. No hay “deriva” que en el pop nos lleve a buen puerto.

El entorno que parecen esbozar contiene astronautas y naves espaciales (como vemos en el videoclip), y un cierto momento de iluminación personal: “repaso ciencia y religión”, así como de nostalgia: “allí vivía yo”. Ah, Europa VII es el nombre de la nave espacial… lo cual quiere sonarnos a rarezas de Mecano como Viaje espacial o, por qué no, El fin del mundo. Este panorama parece asemejarse a la situación apocalíptica que vivimos hoy (especialmente las imágenes de equipos de protección tan comparables a los trajes espaciales) y a la oportunidad a la reflexión que esta, no obstante, incita: “muerta de miedo en un rincón, pienso en mi civilización (…) allí vivía yo”, añade.

Si las estrofas junto a unos arreglos que insertan sonidos del código morse y de radio nos van llevando en un medio tiempo que va en crescendo; el estribillo, esperablemente más rápido y efectista, aunque no tan pegadizo como de costumbre, guarda un claro mensaje político: “me quito la bandera de mi traje espacial”. Este gesto tan decisivo no nos parece muy alejado de la realidad: nos lleva a esas mascarillas bordadas con la bandera de España que ciertos dirigentes políticos portan y ahora son tan populares, recubriéndose el protegerse de tintes patrios y heroicos. Leire concluye: “y escribo en el reverso que soy de la humanidad”.

Si ya en Geografía el grupo lanzó en 2003 un alegato al multiculturalismo en pleno debate sobre la guerra de Irak y la inmigración masiva a España, aquí advertimos una crítica al nacionalismo ante una situación de catástrofe. Catástrofe como la que estamos viviendo ahora y a la que los partidos políticos aluden con ingeniosos alegatos como “anticuerpos españoles” o caceroladas “abanderadas” desoyendo el confinamiento, así como gobiernos independentistas que parecen no colaboran en el cómputo de decesos de la pandemia.

Si en un hilo de Twitter encontramos un profundo análisis de aquel “Lo que te conté…” en clave marxista, en Europa VII ahora nos topamos con un aspecto profético que resulta sobrecogedor: “Y yo escucho esta retransmisión para que suene en el futuro y sirva de lección”. Recalquemos: “sirva de lección”. Además, hablan de “gotitas” que violan la gravedad, de “sufrir la colisión”, y muchas referencias que sin duda, escuchadas desde la experiencia del COVID-19 no son pasteladas (como tanto se le ha reprochado al grupo) pues aluden a una cuestión delicada en nuestro tiempo: el contacto corporal.

Por último, y como el inteligentísimo letrista Xabi San Martín hace siempre con sus temas (cerrándolos con un broche de oro muy cercano al lenguaje publicitario), en el último estribillo modifica ligeramente la letra: “La frágil existencia milagrosa y casual, la vida más pequeña vale mil veces más que la nación más grande que se invente jamás”. Palabras que podían ser aplicadas a las noticas, más centradas hoy en crispaciones políticas y en el dilema de terrazas y playas que en el número de muertos diarios (pues aunque afortunadamente ha descendido mucho, siguen muriendo personas).

En estos momentos de reflexión, ya que se están revisando los ideales estoicos sobremanera, tal vez sería congruente hacernos eco del mensaje de La Oreja de Van Gogh (y de paso redescubrir un disco rico en significados) para seguir la lección cosmopolita de los primeros estoicos griegos y romanos para entender “nuestra radical interdependencia”, como dice la filósofa Mónica Cavallé, puesto que, a fin de cuentas, “el hombre no está para servir a la política sino la política para servir al hombre”.