Juan Carlos Aragón y el sur metafórico

Juan Carlos Aragón y el sur metafórico

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. […] Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo.

Jorge Luis Borges, Sur

El carnaval, el de Cádiz, es un fenómeno social complejo. Quienes entran en él suelen caer, envenenados, en el chovinismo más cegato. Quienes lo ven desde fuera lo viven extrañados, perplejos ante tanto fanático zombificado. Así, el fenómeno del carnaval, el de Cádiz, es complicado de explicar a la gente que está fuera de él.

La honda sacudida que ha provocado la muerte de Juan Carlos Aragón el pasado viernes a los 51 años, sin embargo, creo que es mucho más sencilla de explicar. Lo es por la también sencilla razón de que Juan Carlos Aragón no es sólo carnaval, como, ojalá, tampoco debería serlo el propio carnaval. En estas horas se ha agravado eso de hablar de él con términos elogiosos como «gran poeta» o «gran filósofo». Esto, a quien no esté familiarizado con el carnaval, como a quien sí lo esté, pero tenga una conciencia más allá del carnaval, deberá de parecerle una barbaridad, una exageración propia de fanáticos idiotizados; y en cierto sentido lo es, es algo exagerado, y casi una falta de respeto a quienes el mismo Juan Carlos respetaba. Juan Carlos Aragón no era Nietzsche (mal que a él le pesara) ni Marx, no era Machado ni Lorca. Ésos sí son grandes filósofos o poetas. Al fin y al cabo, él hacía canciones, y el género popular de la canción escupe normalmente sobre tan altos vuelos. En este sentido, hemos de pensar en cantantes, y ahí sí encontramos parangón (Sabina, Krahe, Dylan –maldito Dylan–, Cohen, Georges Brassens, Giorgio Gaber, Silvio, Caetano Veloso…), y, aunque quizá no podamos ponerlos al nivel de los grandes de la literatura, sí que podemos decir que Juan Carlos Aragón, como ellos, estaba en la senda de la literatura más allá de un carnaval localista y del simple género de la canción. Cádiz ha vivido grandes nombres de la literatura del siglo XX como Alberti, Fernando Quiñones o Carlos Edmundo de Ory, y en esa misma senda, jugando con sus mismas reglas, nos encontramos a Juan Carlos Aragón Becerra. Permítanme como muestra un botón.

Se han publicado en estas horas centenares de sus canciones (las coplas lo son), pero yo quiero rescatar una que bien podría entrar en la historia, aunque sea la pequeña, de la literatura. Vean esta canción como sintomática, como posible extrapolación de lo que hay en ella en buena parte del resto de sus letras. Se trata de un pasodoble donde habla del Sur. ¡Mira tú qué tontería!

«En el Norte los del Norte tienen una condición que en el Sur no la tenemos. En el Sur a los del Sur puede ser que nos importen las cosas un poco menos». Así arranca, y prácticamente se mantiene en ese tono. De hecho, acaba menos elegante: «cuando digo del Sur, gaditano y andaluz, miro al Norte y me lo paso por «to» los rincones». Parece que, simplemente, se trata de una provocación, casi barriobajera y chusca, que incide en esa estúpida brecha geográfica, romántica y nacionalista. ¿Pero qué significa el Sur? ¿Qué es el Sur en la literatura, en la cultura occidental? Es una metáfora que viene de lejos. Perdonen la turra, pero trato de explicar lo universal que hay en Juan Carlos Aragón.

Dice Manuel Vázquez Montalbán: «No todos los sures son iguales. El Sur cuya existencia propone Mario Benedetti no es el de Melville, aunque por extensión abarque su significación de paraíso terrestre, de plenitud de la piel en contacto con la felicidad del calor y los frutos gratuitos de la tierra. Tampoco es el Sur urdido por los tecnócratas de la ONU o de la Unesco para crear una línea imaginaria más que separe la riqueza del Norte de la sureña pobreza que hace posible esa riqueza. Pero también el Sur benedettiano implica ese Sur siempre más pobre que cualquier Norte». El Sur se convierte en metáfora de sol, de espíritu mediterráneo, de cierta Grecia clásica (la que Juan Carlos habrá admirado e idealizado tanto gracias a Nietzsche —recordemos que era profesor de filosofía), en definitiva, de una vida cargada de vitalismo inocente.

Esta imagen del Sur, para que se refuerce, tiene que acudir a su contraria, la del Norte, y ya se pueden imaginar todo lo que se podrá decir del Norte por contraposición. ¿Y qué dice Juan Carlos en ese pasodoble? «En el Norte la miseria no se ve porque va dentro del hombre. En el Sur no hay más miseria que tener en el Norte a los del Norte. […] En el Norte los del Sur pasan frío en el tren, en la ciudad y en la gente. En el Norte sale el sol escondido. El Norte es rico pero aburrido. El Sur es pobre pero caliente». Yo, más camusiano que qué, no puedo evitar acordarme de un pasaje de Camus que parece hermanado con Juan Carlos: «La pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías». Rebelde Juan Carlos.

En este sentido, se ha comentado en estas horas, en multitud de foros, la actitud libertaria y contestataria de Juan Carlos Aragón, y en su Sur también nos la encontramos. Ahora bien, si antes dije que no es uno de los grandes de las humanidades, sin embargo, hay que reivindicar su alta posición en el plano cultural en que se movía. El carnaval, a diferencia de las grandes novelas, nos lo topamos por la acera, nos tropezamos con él, le tenemos que hacer hueco para compartir el paseo marítimo o los callejones, para no chocarnos. Ése es un respeto carnal, cívico y cotidiano bien distinto a los medios de la alta literatura. O sea, el carnaval es más que un puente entre la alta conciencia de salón y academia y la conciencia de calle. Juan Carlos siempre, siempre, siempre, se sintió atrapado por esa idea, y evitaba (evitó) el sensiblerío simple y el vano efectismo como el que evita pisar una mierda por las mismas calles que compartíamos con él. La «conciencia crítica inventora de la metáfora del Sur sólo estará en condiciones de ser energía histórica, movimiento social, si se encarna en las masas y las articula hacia objetivos de supervivencia, solidaridad, libertad», sigue diciendo Montalbán. He ahí el lugar de Juan Carlos Aragón, y he ahí, de paso, el lugar del carnaval. Sigue Montalbán: «Tal vez valdría la pena intentar robar la metáfora del Sur a Melville, a Benedetti, a Eliot, a Quasimodo, a Erice, a mí mismo, y entregarla a las masas, como una materia plástica espiritual, para que hagan con ella lo que quieran; especulen lúdica, gravemente, y obtengan la forma de un objetivo histórico». Perdón por la aparente exageración que voy a escribir. Rebájenla si quieren hasta lo más pedestre. No habrá problemas. De hecho, desde ese nivel es desde el que parte su grandeza: Prometeico Juan Carlos Aragón. Ladrón silencioso de los sures de Melville, Benedetti y tantos otros, que nos entregó su Sur, nuestro Sur.

Aunque lo pida a gritos, trataré de resistirme a cerrar este elogio, esta elegía (maldita sea) a Juan Carlos Aragón como se suelen cerrar muchos pasodobles. Creo que está todo dicho. Si usted no conoce el carnaval de Cádiz o si a usted no le gusta, si le parece una bobada (que claro que puede parecérselo, ¡qué se le va a hacer!), pero si, sin embargo, tiene usted cierta conciencia social o cierta inquietud cultural, espero haberle ayudado a entender la pérdida que acaba de caérsenos implacablemente sobre la nuca.

Otro día podré hablar de lo que significaban los aedos en la antigua Grecia, donde no había credo ni religión. Escuchen el pasodoble sobre el Sur, si no lo han hecho ya. Ánimo, porque ha muerto un genio.

Ω

Fuente: Ignorancia Calculada

Abbott, Meier y la fotografía en Nueva York

Abbott, Meier y la fotografía en Nueva York

A la fotógrafa neoyorquina Vivian Meier alguien la salvó del olvido al encontrar los 120.000 negativos que, sin revelar, se habían abandonado en un sótano oscuro de la ciudad. Foto Colectania se hizo eco de la fotógrafa “misteriosa” y expuso su obra en Barcelona en 2016, en colaboración con la Fundación Canal de Madrid. Ahora, la Fundación Mapfre expone la obra de Berenice Abbott, otra mujer pionera en la fotografía y ligada irremediablemente a la ciudad que nunca duerme.

No es del todo casual que Estrella de Diego sea la comisaria de esta muestra que reúne hasta 200 imágenes de una de las fotógrafas más destacadas de la primera mitad del siglo XX. La conexión, el viaje que en 1934 emprendieron el pintor Salvador Dalí y Gala -la Gala “creadora”– a Nueva York, en plena reforma de su casa en Portlligat. Un viaje que años más tarde culminaría con en el Pabellón El sueño de Venus, construido por la pareja con motivo de la Exposición Universal de Nueva York en 1939.

Allí estaba Berenice Abbott (17 de julio de 1898, Ohio – 9 de diciembre de 1991, Maine) para capturar a través de su objetivo el desarrollo y la transformación urbanística de la ciudad, que vivió un momento de expansión y boom económico al tiempo que se esforzaba por resurgir de la gran crisis del crack de 1929.

La exposición Berenice Abbott. Retratos de la modernidad, disponible hasta el próximo 19 de mayo, se divide en tres grandes secciones. Una primera parte dedicada al arte del retrato, con grandes figuras de la época inmortalizadas por su cámara, como James Joyce, Djuna Barnes, Jean Cocteau o Edward Hopper. También una serie dedicada a Eugène Atge, fotógrafo con quien Abbott descubrió el “documentalismo artístico” y la fotografía testimonial que años más tarde desarrollaría de vuelta a Estados Unidos.

La ciudad de Nueva York, monumental, ambigua, impotente y contradictoria en su propia definición, constituye la segunda parte de la exposición, y a mí manera de ver la más interesante. Y por último, una amplia producción fotográfica relacionada con la ciencia, especialmente con la física, en colaboración con el Massachusetts Institute of Technology (MIT).

Abbott fue pionera en muchos aspectos. Por ser mujer, artista y viajera en una época en la que la libertad femenina era una excepción, pero también por lo revolucionario de su visión fotográfica, por esas imágenes de rascacielos enormes que parecen hechas con drones; de ese Autorretrato-distorsión, fechado en 1930, y que bien podría considerarse precursor del uso ahora indiscriminado de los filtros.

……

* Fotografía: Berenice Abbott  West Street, 1932 | © Getty Images/Berenice Abbott
Así fueron los OSCARS 2019

Así fueron los OSCARS 2019

Robert Gauthier, fotógrafo de Los Angeles Times, inmortalizó el momento en el que Lady Gaga besó como se hace con la realeza la mano de Olivia Colman, quien interpreta a una reina inglesa en La Favorita. Un papel de Oscar a mejor actriz principal en el premio más unánime de la noche, una actuación portentosa donde Colman otorga a su personaje más matices que colores tiene un arcoíris. Fue el único Oscar de los diez a los que optaba la película del griego Yorgos Lanthimos, una auténtica lástima.

Roma partía también con diez nominaciones y en tres veces su director Alfonso Cuarón subió al escenario: Oscars a mejor película de habla no inglesa, mejor director y mejor fotografía (incontestables esas apabullantes imágenes en blanco y negro de Roma). Y no consiguió el Oscar a mejor película, era la gran expectación de la gala, que fue a parar a Green Book, una película para mí convencional y condescendiente con el tema racial, algo que gusta a mucho público pero no a la crítica, ávida de historias duras y dramáticas que reflejen mejor la realidad. Ahí andamos.

Casos como el de la mexicana Roma ya los hubo antes. En 2012 la francesa Amour también estuvo nominada a mejor película, en 2001 la taiwanesa Tigre y Dragón o la sueca Gritos y Susurros en 1974. El caso más llamativo es la italiana La Vida es Bella, que hizo historia en Los Oscars de 1999 al permanecer en el recuerdo de todos por su Oscar a mejor película. Pero no fue así. Sí estuvo nominada pero ganó el de habla no inglesa. La ganadora a mejor película en esa edición fue Shakespeare in Love. Deseo y realidad se confunden en lo que Iker Jiménez llama el inconsciente colectivo.

A medida que pasan los años, Los Oscars se vuelven más sociales y políticos por lo que se dice en la gala. Se habló más en español que nunca: Javier Bardem en un alegato contra los muros y fronteras (en obvia referencia a Trump), un Diego Luna sonriente con ya se puede hablar español en Los Oscars, nos abrieron la puerta y ya no nos sacan de aquí o el propio Cuarón agradeciendo el apoyo a su familia y a México. Fundamental fue el discurso de Michael Keaton poniendo el valor el montaje en las películas, que define el ritmo de la historia y hace mejores a las actuaciones. Y hablando de montaje, la estatuilla fue para Bohemian Rhapsody, un premio absolutamente inexplicable frente a La Favorita, que construye su historia como ninguna otra película este año. En fin. Repitió Oscar Bohemian Rhapsody a mejor actor principal con Rami Malek, que dio vida a Freddy Mercury. Y antes Mahershala Ali recogió el Oscar a mejor actor de reparto en Green Book recordando a su abuela, que lo presionaba siempre en pensar de manera positiva, que es precisamente lo que hace esta película.

Social y político es el “Oscars so White”. Los afroamericanos aumentan su visibilidad gracias a las tres estatuillas de Black Panther, la primera película de superhéroes negros de la historia, junto a el propio Mahershala Ali que es de raza negra está Regina King, mejor actriz de reparto por If Beale Streets Could Talk y, por encima de todos me tomo la libertad, el Oscar al gran Spike Lee por su guion adaptado de Infiltrado en el KKKlan, que lleva cuarenta años dejándose la piel en el cine luchando contra el racismo.

Los ojos siempre están puestos en ellos. La polaca Cold War, la mejicana Roma y la japonesa Shoplifters, que competían a mejor película extranjera, han sido lo mejor de 2018 a nivel mundial junto a otras que quedaron fuera. Pero los ojos siempre puestos en Estados Unidos, que actúa como la primera potencia independientemente de si lo es o no. Pese a un cine venido a menos y por abajo de lo que se hace en muchos otros países, su despliegue mediático y el de todo el planeta hacen creer que allí se premia a lo mejor de la Tierra. Pero no. Igual que en España tenemos los Goya o en Alemania la Berlinale, cada país tiene sus certámenes y eventos. Pero a esos que llamamos yanquis, el marketing se les da tan bien hasta para hacer creer al resto que Green Book es la mejor película del año. Los Oscars son los premios de la Academia del Cine de Estados Unidos para el cine de Estados Unidos, que se estrena en Los Ángeles, sí, hay que estrenarlo en Los Ángeles. Y los Oscars – igual que otros festivales del país- tienen una sección en la que premian a películas en otros idiomas con “mejor película de habla extranjera” Obviamente, para ellos todo lo que no sea la lengua de Shakespeare es algo extranjero.

En 2012, el francés Leos Carax recibió por Holy Motors ese premio, a mejor película de habla extranjera. Su agradecimiento fue:

«Hola, soy Leos Carax, director de películas en idiomas extranjeros. He hecho películas en idiomas extranjeros toda mi vida. Las películas en idiomas extranjeros se hacen en todo el mundo, por supuesto, excepto en Estados Unidos. En Estados Unidos, solo hacen películas en idiomas no extranjeros. Obviamente, las películas en idiomas extranjeros son muy difíciles de hacer, porque tienes que inventar un idioma extranjero en lugar de usar el idioma habitual. Pero la verdad es que el cine es un idioma extranjero creado para aquellos que necesitan viajar al otro lado de la vida. Buenas noches «.

Introducción al concierto para violín de Korngold

Introducción al concierto para violín de Korngold

“Sentia que mi quincuagésimo año era un punto de inflexión. Miro atrás y veo tres periodos en mi vida. Primero fui un prodigio, después un exitoso compositor en Europa hasta la llegada de Hitler, y luego un compositor de películas. Cincuenta años es una edad muy avanzada para un niño prodigio. Siento que tengo que tomar una decisión ahora, si no quiero seguir siendo un compositor de Hollywood el resto de mi vida.”

 

Estas palabras que Erich Wolfgang Korngold escribió en 1946 resumen a la perfección la tragedia de su vida. Durante su infancia, en Viena, fue aclamado como niño prodigio por gigantes como Strauss, Mahler o Zemlinsky, y sus obras eran estrenadas por los mejores intérpretes del momento. El Trio para piano Op.1, escrito con tan solo 13 años, sorprendió a todo el mundo por su originalidad, y para el estreno en Munich contó con el concertino de la Filharmónica de Viena y con el ya entonces famoso director Bruno Walter al piano. La Schauspiel-Overtüre Op.4, su primera obra orquestal compuesta a los 14 años de edad, la estrenó la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, bajo la dirección del legendario Arthur Nikisch, mientras que la Sinfonietta Op.5, escrita con 15 años, fue estrenada por la Filharmónica de Viena dirigida por Felix von Weingartner. Su mayor exito llegaría a sus 23 años, con el estreno simultaneo en Hamburgo y Colonia de su tercera ópera, Die Tote Stadt (La Ciudad Muerta). Sin embargo, a partir de este momento la crítica le volvió la espalda, y sus nuevas y ambiciosas obras (especialmente la monumental ópera Das Wunder der Heliane) no eran capaces de conectar con las tendencias de su tiempo, a pesar de ser bien recibidas por el público. Al respeto es muy revelador el excelente artículo de Michael Haas, The False Myths and True Genius of Erich Wolfgang Korngold, en el que se analiza entre otras cosas el recibimiento de estas obras, y también la ambivalente influencia del padre de Erich, Julius Korngold, un influyente crítico musical de gustos muy conservadores.

Precisamente intentando liberarse de la nociva influencia de su padre, Erich se pasó a la opereta, arreglando obras de Johann Strauss II, entre otros, para una serie de montajes que le reportarían notables ingresos. A través de ellos entró en contacto con el director de cine Max Reinhardt, quien le encargó que arreglara la música incidental de Mendelssohn para su película  A midsummer night’s dream (1935). Fue su puerta de entrada a Hollywood. El estilo de Korngold -sus atractivas melodías, su sentido dramático, su dominio de la orquestación- llamó enseguida la atención de directores y productores, que vieron en su música el complemento perfecto para sus películas. Empezó una exitosa colaboración de una década con la Warner Bros que le reportó dos premios Óscar y tres nominaciones. Se trataba del primer compositor «serio» que llegaba a Hollywood y, por si fuera poco, con enormes éxitos a sus espaldas. Por ello el estudio accedió a firmar un contrato enormemente ventajoso para Korngold: solo tenía que trabajar en un par de películas al año, que además podían ser de su elección, tenía un control casi total sobre el proceso de composición y grabación, y conservaba los derechos de su música. Pero fuera de Hollywood la música de cine no era considerada música «seria», y la reputación de Korngold se resintió de ello. Con la anexión de Austria al Tercer Reich, lo que al principio era un trabajo lucrativo y voluntario se convirtió en un exilió forzado para Korngold, que era judío. Su interés inicial en la música para cine se fue desvaneciendo y para 1946 tomó la decisión de abandonar Hollywood y dedicarse de lleno a la música de concierto. El primer paso en esa dirección lo dio ya en 1945, cuando revisó un concierto de violín que compuso entre 1936 y 1939 usando temas de cuatro de sus bandas sonoras (un autoprestamo posible, recordemos, gracias a las condiciones privilegiadas de su contrato, que le reconocían derechos sobre su música). Finalmente, el Concierto en Re mayor, Op. 35 se estrenó el 15 de febrero de 1947 en Saint Louis (Missouri), con el célebre Jascha Heifetz al violín. 

 

Caricatura publicada en el Neues Wiener Tagblatt que muestra a un Erich Korngold todavía bebé al piano, rodeado por algunos de los mejores músicos de su época, que le escuchan con admiración. De izquierda a derecha encontramos a Siegfried Wagner, Max Reger, Arthur Nikisch, Richard Strauss y Eugene d’Albert.

 

El concierto está estructurado en los habituales 3 movimientos, un primero (Moderato nobile), en forma sonata, un segundo (Romance) en forma ternaria de carácter más cantable, y un tercero (Finale) rápido y virtuoso. A continuación comentamos cada uno de ellos.

 

Primer movimiento: Moderato nobile

Korngold construye el primer movimiento a partir de dos temas, uno más afirmativo y otro más lírico. El primero de ellos está sacado de la banda sonora de Another Dawn, un film de 1937 con Errol Flynn y Kay Francis que narra un triangulo amoroso entre una bella americana y dos oficiales del ejercito inglés. En un giro muy británico, el marido toma el lugar del amante (que, como no podía ser de otro modo, es su mejor amigo) un una misión suicida, para que su mujer y su amigo puedan ser felices juntos.

El tema principal de Another Dawn consiste en una melodía amplia y expresiva que nos anuncia la nobleza de los sentimientos de los protagonistas (en apenas cinco notas la melodía escala dos octavas). Se trata de un amor de tintes heroicos, como sugiere el sonido de los metales, pero también trágico, como indican las disonancias. Pero los arpegios que encabezan las frases no consiguen completar exactamente las dos octavas, quedándose medio tono por abajo o uno por arriba, reflejando los deseos y angustias de los protagonistas. Podemos escuchar el tema en el siguiente tráiler:

 

 

Para el Concierto, Korngold mantiene la melodía pero altera radicalmente la orquestación, con lo que el tema adquiere un carácter más contemplativo. Así empieza el primer movimiento:

 

El segundo tema proviene de la banda sonora de Juarez (1939). Así suena en la banda sonora el llamado «tema de amor»:

 

En el Concierto para violín, Korngold de nuevo mantiene la melodía intacta y modifica la orquestación para darle un sonido más pulido y sutil. También elimina algunas repeticiones y añade al final pasajes de lucimiento:

 

 

Segundo movimiento: Romance

Para el segundo movimiento Korngold utilizó un tema de la banda sonora de Anthony Adverse (1936), con la que ganó su primer Oscar. Lo podemos escuchar al inicio del siguiente vídeo (hasta 1:30):

 

 

Y así suena en el segundo movimiento del concierto para violín:

 

 

Tercer movimiento: Finale

El último movimiento es el más virtuosístico y está basado en el tema principal de la película El príncipe y el mendigo (1937), basada en la novela de Mark Twain y de nuevo con la presencia de Errol Flynn. Lo podemos escuchar en el tráiler de la película (del segundo 15 al 55):

 

 

Y, con mayor calidad, en el siguiente corte de audio.

El Principe y el Mendigo, tema principal:

 

Observamos que el tema de la película tiene dos partes, una primera más épica, con dominio de los metales, que dura unos 20 segundos, y una segunda parte más lírica, con predominio de los violines, que va desde el segundo 22 hasta el 32.

Korngold construye el tercer movimiento de su concierto como un tema con variaciones, y empieza así:

 

De entrada es complicado reconocer la melodía de El príncipe y el mendigo, y es que Korngold, de forma ingeniosa, no empieza con el tema, sino con una variación en forma de giga, derivada de la primera parte del tema. Podemos ver en la imagen siguiente la primera frase del violín, con los característicos grupos de tres corcheas. Se trata de una melodía muy violinística que se presta bien al tratamiento virtuosístico.

Podemos escuchar el fragmento correspondiente a la imagen, más lento para que se aprecien los saltos y los descensos encadenados de tres notas:

 

Puede que, por el momento, todavía no se aprecie la conexión con el tema original. Para esta variación, Korngold toma las notas del tema, y añade otras para completar los grupos de corcheas. En la siguiente imagen podemos ver coloreadas las notas originales del tema (en violeta encontramos una nota del tema original pero rebajada una octava):

Si tocamos la frase destacando las notas coloreadas, y volviendo el mi en violeta a su octava original, obtenemos el siguiente resultado:

 

Con un poco de imaginación para reconstruir el ritmo ya podemos reconocer el tema que aparecía en el tráiler.

A continuación Korngold nos presenta y desarrolla algunas variaciones más. Una de ellas, a cargo de la orquesta, despoja a la giga inicial de las notas añadidas, y nos permite vislumbrar el tema original, aunque todavía con un ritmo distinto:

 

No es hasta la siguiente variación que el violín nos presenta el tema original entero, con sus dos partes, y ya perfectamente reconocible a pesar de un ritmo más homogéneo y un fraseo ligado:

 

Siguen más variaciones con fragmentos de gran lucimiento para el solista y, transcurridos aproximadamente dos tercios del movimiento, aparece por fin el tema original, en una cita literal de la banda sonora:

 

La primera parte (pueden compararla con el audio correspondiente) es idéntica a la banda sonora, usando exactamente la misma orquestación. La segunda parte, en cambio, es asignada al violín solista, con lo que preserva la sonoridad de las cuerdas pero adquiere un carácter más íntimo, realzado por el uso de armónicos.

 

Recepción

Igual que pasó con algunas de las obras de su época Europea, el Concierto para violín fue bien recibido por el público, pero no por la crítica. Raymond Kendall, que reseñó el estreno con el titular «decepcionante concierto de Korngold», afirmó que faltaba «oro» (gold) entre tanto «grano» (Korn) y que se trataba de «música prácticamente carente de inventiva y desarrollo». Korngold regresó a Viena donde se programaron algunas de sus obras anteriores a la guerra y estrenó otras obras importantes, como la Sinfonía en Fa (1957). Sin embargo, los horrores vividos en Europa dejaron una herida profunda que alteró también los gustos musicales. No eran tiempos para la música de Korngold, que parecía querer retomar la estética de preguerra, y al final acabó volviendo a los Estados Unidos. Su salud empeoró y en 1956 sufrió una embolia de la que se recuperó parcialmente, pero acabó muriendo en 1957 a los 60 años, con solo 42 obras en su catálogo. Como apunta Michael Haas, «murió por el estrés de la irrelevancia. […] Murió creyendo que era un niño prodigio que nunca creció».  

 

Su Concierto para violín debía ser su pasaporte de vuelta a la élite de la música «seria», pero no fue así. Tuvieron que pasar largos años tras su muerte para que su música fuera apreciada de nuevo y, aunque hoy en día la mayoría de sus obras siguen siendo desconocidas por el gran público, el Concierto para violín -igual que La Ciudad Muerta- se ha convertido en parte del repertorio estable de los grandes violinistas. Que precisamente el concierto se base en temas de sus bandas sonoras permite además reivindicar el valor de su producción cinematográfica. Una música que para nada es «de segunda» y cuya influencia se percibe todavía en compositores actuales como John Williams. 

 

Miradocs, no sólo cine documental

Miradocs, no sólo cine documental

Ayer se inauguró en Barcelona la nueva edición del Miradocs, el ciclo de cine documental que muestra las obras realizadas por autores catalanes en el último año, con un especial interés en dar voz a jóvenes realizadores y estudiantes de cine. Y lo hizo con la película, que no documental -o no sólo-, Penélope (94min, 2017), de la guionista, directora y música Eva Vila.

La película, que se presentó en la Sección Oficial del 14º Festival de Cine Europeo de Sevilla en 2017, reescribre el relato de la Odisea, de Homero, adaptándolo a nuestra época y códigos sociales, a través de la realidad y las experiencias vitales de dos personajes reales: Carme y Ramón. Ambos se convertirán, bajo las ordenes de Vila, en Penélope y Ulises, a saber dos de los grandes personajes de la historia de la literatura universal, para hablarnos de la espera, el paso del tiempo, el retorno al hogar y la muerte. Todo ello enmarcado en un espacio físico concreto, Santa Maria d’Oló, un pequeño pueblo del interior de Cataluña, situado en la comarca del Moyanés, que hace a su vez de Ítaca.

Uno de los aspectos a destacar del ciclo es la voluntad de crear espacios de diálogo entre directores, guionistas y equipo técnico con el público asistente. Y así ocurrió ayer, Vila presentó Penélope como una obra que chupa de la “realidad” pero que al mismo tiempo se nutre de referencias mitológicas, historiográficas y de una buena dosis de actualidad y también de cierto costumbrismo.

Penélope es, sin duda, una pieza audiovisual híbrida, que transita entre distintos géneros cinematográficos, sin acabar de decantarse por ninguno en concreto, y quizás sea eso lo que deja en el espectador una sensación de agotamiento y lentitud narrativa. La delgada línea que separa los elementos ficcionales de los reales hacen pensar, en parte, en la utilización del lenguaje treatral, con cierta impostura o exageración en los movimientos de los personajes. Los escasos diálogos y la repetición de escenas casi idénticas, que bien sirven para reflejar ese sentimiento de espera, de tránsito hacia la muerte, hacen no obstante compleja la identificación con Carme y Ramón. Ella, solitaria, algo maniática y todavía jovial pese a su avanzada edad; él, reflexivo, huraño y nostálgico por lo que perdió al abandonar su pueblo natal.

A su favor, destaca una banda sonora muy cuidada y que juega un papel crucial en la ambientación poética del relato, dejando así constancia de la formación musical de la directora. Y también el toque estético de cada uno de los planos, de la luz de los atardeceres y de la combinación de espacios abiertos y cerrados, entre el paisaje montañoso y el interior de sus viviendas.

Consulta aquí la programación completa del MiraDocs, coorganizado por Barcelona Espai de Cinema (BEC) i La Casa Elizalde.

Rosalía: ¿elegancia poligonera o más que Malamente?

Rosalía: ¿elegancia poligonera o más que Malamente?

Rosalía está de moda. Su álbum El mal querer (Sony Music), basado en una relación tóxica, fue estrenado en 2018 y supuso la catapulta que sorprendió al mercado musical con su tema de presentación Malamente, con el que ganó dos Premios Grammy Latinos. La crítica también se rindió ante este trabajo catalogándolo como uno de los mejores del año pasado aunque como no todo iba a ser un camino de rosas, la polémica se desató con el dilema de si en su trabajo hay apropiación cultural o no. Sin embargo, Rosalía ¿es más que Malamente o su trabajo no está al mismo nivel de esa gran presentación mundial?

El single Malamente, el trillado primer tema que supuso la revelación de este disco, presentó referencias unidas tradicionalmente -desde hace mucho tiempo- al mundo de los gitanos pero en el álbum no se quedan solo en este tema, sino que continúa con ellas, como sucede por ejemplo en relación a los toros o la religión. Esto tiene un halo de exotismo desde hace siglos, sobre todo como herencia del XIX, pero no deja de ser un estereotipo que se repite ad infinitum. En contraposición, uno de los motivos que enriquecen sus textos son algunos guiños lorquianos que aparecen en sus letras, que hacen que esa visión «tradicional» se vea en cierta manera enriquecida.

Por su parte, la estética visual acumula símbolos relacionados con lo anteriormente mencionado pero asociado también a una estética choni poligonera adornada con el mundo del motor. Un sonido elegante que contrasta con ese resultado visual que incluye uñas a lo Black Panther. Un auténtico contraste.

Otra de las características de este álbum es que se divide en capítulos con nombre propio que tienen también una referencia religiosa en determinados casos, como Liturgia (del tema Bagdad) o Éxtasis (de la canción Di mi nombre). De hecho, en la portada del disco ella aparece representada como si fuera la Virgen María con transparencias coronada por siete estrellas y encima de ellas la representación del Espíritu Santo en forma de paloma. En cambio, en bastantes fotos de cada uno de estos capítulos Rosalía tiene una apariencia que se puede relacionar con la de una Frida Kahlo contemporánea, especialmente en el tema Que no salga la luna, con una similitud con Las dos Fridas (1939).

Las influencias del flamenco también están presentes pero redefinidas bajo un nuevo prisma. ¿Apropiación cultural? No es algo nuevo, se lleva practicando en todos los géneros musicales desde hace mucho tiempo, incluida la música clásica, de manera que se utilizan elementos bajo una (re)visión artística personal a los que se pueden añadir otros estilos similares o muy diferentes para obtener un nuevo trabajo con diversas influencias.

El flamenco está presente en la voz de esta artista, el acompañamiento de la guitarra, la percusión corporal, los ritmos y la repetición de expresiones, como en Di mi nombre. Además, está fusionado con otros estilos como el rap, el pop y el cada vez más influyente trap, lo que hace que el resultado nos suene novedoso.

Para mí uno de los estilos más expresivos del flamenco lo constituyen las nanas. A pecho descubierto se transmite lo más íntimo. O no, dependiendo de la interpretación. En su Nana (capítulo 9: Concepción), Rosalía está a la altura de ese género aunque en su solo me sobró todo el sonido tecnológico que se añadió, ya que hubiera sido un tema aún más profundo sin ese sonoridad artificial que la envuelve.

Por tanto, El mal querer es un álbum que supone todo un descubrimiento que va mucho más allá del ritmo y la letra pegadiza de ese primer tema que me hizo pensar que tal vez su escucha fuera Malamente. No obstante, con el bombardeo -un tanto excesivo- que hemos recibido en los últimos meses sobre Rosalía, me planteo: ¿se quedará en un buen trabajo (casi) inicial, tirará por su propio y particular estilo o acabará abrazando la música (aún más) comercial como ya sucedió con tantos otros artistas?

(Fotos: rosalia.com y Cultura Genial)