Rosalía: ¿elegancia poligonera o más que Malamente?

Rosalía: ¿elegancia poligonera o más que Malamente?

Rosalía está de moda. Su álbum El mal querer (Sony Music), basado en una relación tóxica, fue estrenado en 2018 y supuso la catapulta que sorprendió al mercado musical con su tema de presentación Malamente, con el que ganó dos Premios Grammy Latinos. La crítica también se rindió ante este trabajo catalogándolo como uno de los mejores del año pasado aunque como no todo iba a ser un camino de rosas, la polémica se desató con el dilema de si en su trabajo hay apropiación cultural o no. Sin embargo, Rosalía ¿es más que Malamente o su trabajo no está al mismo nivel de esa gran presentación mundial?

El single Malamente, el trillado primer tema que supuso la revelación de este disco, presentó referencias unidas tradicionalmente -desde hace mucho tiempo- al mundo de los gitanos pero en el álbum no se quedan solo en este tema, sino que continúa con ellas, como sucede por ejemplo en relación a los toros o la religión. Esto tiene un halo de exotismo desde hace siglos, sobre todo como herencia del XIX, pero no deja de ser un estereotipo que se repite ad infinitum. En contraposición, uno de los motivos que enriquecen sus textos son algunos guiños lorquianos que aparecen en sus letras, que hacen que esa visión «tradicional» se vea en cierta manera enriquecida.

Por su parte, la estética visual acumula símbolos relacionados con lo anteriormente mencionado pero asociado también a una estética choni poligonera adornada con el mundo del motor. Un sonido elegante que contrasta con ese resultado visual que incluye uñas a lo Black Panther. Un auténtico contraste.

Otra de las características de este álbum es que se divide en capítulos con nombre propio que tienen también una referencia religiosa en determinados casos, como Liturgia (del tema Bagdad) o Éxtasis (de la canción Di mi nombre). De hecho, en la portada del disco ella aparece representada como si fuera la Virgen María con transparencias coronada por siete estrellas y encima de ellas la representación del Espíritu Santo en forma de paloma. En cambio, en bastantes fotos de cada uno de estos capítulos Rosalía tiene una apariencia que se puede relacionar con la de una Frida Kahlo contemporánea, especialmente en el tema Que no salga la luna, con una similitud con Las dos Fridas (1939).

Las influencias del flamenco también están presentes pero redefinidas bajo un nuevo prisma. ¿Apropiación cultural? No es algo nuevo, se lleva practicando en todos los géneros musicales desde hace mucho tiempo, incluida la música clásica, de manera que se utilizan elementos bajo una (re)visión artística personal a los que se pueden añadir otros estilos similares o muy diferentes para obtener un nuevo trabajo con diversas influencias.

El flamenco está presente en la voz de esta artista, el acompañamiento de la guitarra, la percusión corporal, los ritmos y la repetición de expresiones, como en Di mi nombre. Además, está fusionado con otros estilos como el rap, el pop y el cada vez más influyente trap, lo que hace que el resultado nos suene novedoso.

Para mí uno de los estilos más expresivos del flamenco lo constituyen las nanas. A pecho descubierto se transmite lo más íntimo. O no, dependiendo de la interpretación. En su Nana (capítulo 9: Concepción), Rosalía está a la altura de ese género aunque en su solo me sobró todo el sonido tecnológico que se añadió, ya que hubiera sido un tema aún más profundo sin ese sonoridad artificial que la envuelve.

Por tanto, El mal querer es un álbum que supone todo un descubrimiento que va mucho más allá del ritmo y la letra pegadiza de ese primer tema que me hizo pensar que tal vez su escucha fuera Malamente. No obstante, con el bombardeo -un tanto excesivo- que hemos recibido en los últimos meses sobre Rosalía, me planteo: ¿se quedará en un buen trabajo (casi) inicial, tirará por su propio y particular estilo o acabará abrazando la música (aún más) comercial como ya sucedió con tantos otros artistas?

(Fotos: rosalia.com y Cultura Genial)

El lobo vestido de corderito: sobre el nuevo anuncio de Gillette

El lobo vestido de corderito: sobre el nuevo anuncio de Gillette

Desconocía las reacciones celebratorias y condenatorias del anuncio de Gillette cuando lo vi. Así que, si eso es posible, mi primer acceso a él fue todo lo neutral que puede ser una (audio)visión sin “spoilers” ni prejuicios.

Al comentarlo con mis amistades -que en tiempos de posverdad piensan parecido a mí en casi todo-, no nos comprendimos. Ellxs piensan que el anuncio representa (resumo argumentos): i) que la sociedad se ha dado cuenta de que el feminismo ya no se puede pasar por alto; ii) que hay una intención evidente de cambiar las cosas por parte de hombres y mujeres; y iii) que da igual que el mensaje venga de una marca o un producto, pues lo fundamental es que llegue. Algunxs que, además, se dedican al mundo del marketing, celebran que haya i) atrevimiento y ii) buenas prácticas en la autorevisión del mensaje de Gillette (“The best a man can get” era el eslogan de su campaña de 1990, nada sospechosa de feminista). Ha habido críticas y censuras del anuncio por parte de colectivos de extrema derecha y por muchos hombres, señalando lo poco identificados que se sienten con la crítica a las masculinidades tóxicas que se encuentra en el vídeo y acudiendo al comentario que diría tu cuñado Fernando después de dos vermús en la cena de navidad: que somos unas exageradas, que el feminismo está hasta en la sopa y que no hay que sacar las cosas de quicio.

A mí el anuncio me pareció terrorífico. ¡Qué pavor el mío, al verme tan poco de un lado de unxs y de otrxs! Solucionemos cuanto antes el asunto de las opiniones de los últimos: ¡cuánto os queda por escucharnos y aguantarnos! ¡Cuántas cosas nos quedan por desquiciar! De hecho, justamente desquiciaremos lo que haga falta hasta que ya no tengamos que tener miedo ni nos sintamos amenazadas, ni nos paguen menos, nos nieguen el acceso a puestos de trabajo o nos recorten derechos. Por no hablar de la violencia simbólica e institucional (no quiere una despeinarse mucho aún). Pero, ¿cómo puedo estar tan poco contagiada del optimismo de mis compañerxs, que celebran que un anuncio así esté generando debate y piensan que, aunque sea con las peores artimañas del capital, al menos aparece el asunto en la opinión pública? El «al menos» me produce escalofríos. Vayamos por partes: el punto de partida de mi disconformidad es mi alianza con la “esperanza sin optimismo” de Terry Eagleton. El optimismo se “alimenta a sí mismo”, es una “postura primordial frente al mundo”. Se relaciona con la confianza. Sin embargo, para la esperanza -en tanto espera- se necesitan buenas razones. Y no creo que haya razones para la alegría en este anuncio. Sigo de cerca las reflexiones de Th. W. Adorno, como bien saben algunos, también en materia de soluciones cosméticas (nunca mejor dicho) del capitalismo. Al igual que las Doc Martens comenzaron siendo botas características del punk y ahora las lleva Aitana (de OT) después de haber abonado -supongo- los 120 euros de media que cuestan, las palestinas ocuparon escaparates, hace unos años, en la Primavera de El Corte Inglés, o que ahora hay concursos de belleza (solo para mujeres) “curvy”, Gillette ha detectado cuál es la presa que integrar dentro de sus lógicas. Adorno entiende así, mediante la estructura de depredadores y presas, los mecanismos capitalistas y creo que no está alejado con lo que sucede en este caso. Esta campaña es perfecta: políticamente correcta, inclusiva en con un público que nunca se había identificado con estructuras de belleza canónica y que se sentía explícitamente excluido; y, además, potencialmente -y en acto, como vemos, también- viral. Terminar con la presa es difícil hoy en día, así que la estrategia consiste en devorarla y convertirse en ella, como el lobo vestido de corderito: el sistema es vientre y, esta vez, la presa ha sido nuestra lucha. Para mí, por eso, el anuncio de Gillette es una derrota: nos han arrebatado una lucha, convirtiéndola en una suerte de vídeo viral de PlayGround para compartir y aliviar conciencias. El depredador se muestra como aliado: “es el triunfo del capital invertido”. Su estrategia consiste en “imprimir con letras de fuego su omnipotencia, como omnipotencia de sus amos, en el corazón de todos los desposeídos”.

Se utilizan unas lógicas que ya conocemos. Un vídeo corto, con un mensaje en off claro y poético, imágenes rápidas -unas pensadas para que nos enfademos (como la escena de la barbacoa), otras para que sintamos rabia y nos identifiquemos (como la escena del mansplaining), otras para que sintamos que no todo está perdido (como el papá diciéndole a su hija “I’m strong!”)- y una música… ¡ah, la música! Qué desapercibida pasa siempre. Pero qué bien hecha está. Parte de una estética minimalista, típica en películas que mezclan acción y amor, que básicamente consiste en la repetición de motivos sencillos. Escuchad cómo, sobre un colchón armónico, se construye una melodía como en loop en las cuerdas que “respira” con la voz en off. En 0:49, cuando el mensaje se posiciona, cambia y crece, hasta llegar al climax (también sube el volumen) de 1:28 y se detiene en 1:34, concluyendo armónicamente, es decir, solucionando la inestabilidad armónica en la que empieza. Emocionalmente, por su relación con el cine, el anuncio está construido como una épica. En la que nos promete que estaremos en el mismo barco. Es una tendencia en publicidad ahora. Fijaos, si no, cómo es la imagen y la música del Museo del Prado, donde se nos promete que seremos mejores personas después de ver el anuncio y aliarnos con su producto. La emocionalización musical, por cierto, traspasó los cines para llegar, por ejemplo, a los campos de concentración. Porque en el mundo espectacularizado, hace falta algo más para que lo mostrado nos afecte. Nada es gratuito en este anuncio. Tampoco el supuesto gesto de derrota frente a un movimiento imparable, como es el feminismo. Con este anuncio, nos acaban de convertir en moda. Y, en tanto moda, en algo que hay que absorber para que pase cuanto antes. Y en algo que, además, se puede convertir en producto: Stradivarius lo hizo mucho antes poniendo en sus camisetas el “I’m a feminist”. El anuncio de Gillette reconvierte su eslogan de los años 90 y nos promete que ellos configurarán al hombre del futuro. Ya lo hicieron en el pasado, así que saben cómo hacerlo. Confiemos, ellos saben lo que es bueno para nosotros. Ellos nos proponen construir el imaginario en el que identificarnos. Ellos saben lo que es mejor para el hombre y, por tanto, para las mujeres.

Conclusión: capitalismo invertido fagocitador paternalista. Si no puedes comerte a la presa, hazte pasar por una de ellas. Por eso, criticar este anuncio no es aliarse con la extrema derecha o defender la masculinidad tóxica. Es no aliarse con una empresa que está sacando mucho rédito viralizando su lavado de cara, su presentación en sociedad como corderito. Yo misma estoy colaborando en ello. Quizá porque no soy optimista y, por tanto, creo que esa nueva cara estaba prevista muy a nuestro pesar. Estamos haciendo justo lo que se esperaba. Participo del juego desde esa esperanza sin optimismo. Por dos razones: i) hasta ahora, las lógicas del capitalismo no nos ha dado razones para el optimismo. Y ii) la esperanza, como decía Benjamin, solo es dada a los desesperanzados. “La desolación… puede ser una postura radical. […] Si tenemos necesidad de la virtud es porque estamos rodeados de villanos”. Yo permanezco alerta, por si un día Gillette decide rasgarse las vestiduras de corderito y nos damos cuenta de que la reconciliación nunca sucedió.

MTV o la personificación del mal

MTV o la personificación del mal

El próximo domingo 4 de noviembre, se celebrará en el Bilbao Exhibition Centre (BEC) de Barakaldo la gala de los European Music Awards de la MTV. Además, durante toda la semana previa, se llevarán a cabo conciertos -gratuitos y de pago- en diferentes lugares de la provincia, como Durango, Getxo o Barakaldo, culminando con un macro concierto que se celebrará en San Mamés, el estadio de fútbol del Athletic de Bilbao, el sábado 3 de noviembre. Hasta aquí, todo normal. Por un lado, Bilbao continúa con su estrategia de convertirse en la ciudad de los servicios y los grandes eventos por excelencia, situando en la programación cultural mainstream la base de su proyección al mundo. Por otro, las voces disonantes y las protestas hacia el millonario gasto municipal y provincial de este acontecimiento no se han hecho esperar. En esta ocasión, sin embargo, la dimensión que ha adquirido la polémica trasciende, a mi modo de ver, el a veces demasiado simplificado debate de la desigualdad de fuerzas de las culturas locales y globales. Como no podía ser de otra manera en este siglo nuestro de las ofensas morales, a la inicial tensión que estas políticas culturales -tan habituales ya en Bilbao- están generando en ciertos sectores de la población se le han sumado una especie de pánico moral y su consiguiente caza de brujas, que, lamentablemente, forman parte ya del pan nuestro de cada día. Me refiero a la polémica que en Euskadi ha suscitado la reciente noticia de la inclusión del grupo de rock Berri Txarrak  en el cartel del concierto de San Mamés. Vayamos, pues, por partes.

Con el objetivo de visibilizar la ya mencionada protesta contra esta política de los grandes eventos, se creó una plataforma ciudadana que ha iniciado una campaña con la intención de boicotear la gala de MTV. Con el eslogan “Piztu Bilbo, itzali MTV” (“Enciende Bilbao, apaga la MTV”), la plataforma denuncia la utilización de “nuestro espacio urbano a modo de escaparate y [la venta de] las múltiples identidades y la cultura vasca como simple folclore vacío”. Y añade que “la intención (…) es (…) aprovechar el simbolismo que esta compañía estadounidense tiene para denunciar el actual modelo de
ciudad que está perdiendo su característica identidad popular, pero sobre todo para poner en valor que todavía hay otro Bilbao popular y plural” (texto completo en: https://www.lahaine.org/fK6Q). Como casi siempre, el problema no está en la campaña, sino en las vías de actuación que se eligen para defenderla. En este caso, como la cosa va de música, la campaña se ha difundido a través de una canción (que se puede escuchar aquí). Pero resulta que, tanto en la estética como en el significado de la letra, encontramos algunas contradicciones que hacen que el mensaje se diluya.

De un lado, la denuncia a lo que la MTV simboliza se realiza a través de una estética tanto musical como visual que emula demasiado al medio que pretende criticar. Con una mezcla de rap, hip-hop, reggae y ska, la reivindicación de lo local solamente se intuye en que el idioma en el que se canta la canción es el euskera. Estos estilos musicales se utilizan habitualmente como símbolo de lo popular –entendido, en este caso, como identitario y de clase-, ya que, supuestamente, se trata de tipologías musicales que surgen en estratos sociales bajos, en barrios periféricos, y que, en principio, están alejados de la llamada música comercial. Sin embargo, tal es la fuerza de la industria cultural, que, a estas alturas, no sé hasta qué punto puede entenderse de esta manera.

De otro, en cuanto a la letra de la canción, ésta consiste en un totum revolutum de reivindicaciones y estereotipos. Con todo, lo más llamativo es el tono, que, en ocasiones, resulta de un moralismo enternecedor. Sirvan de ejemplo los siguientes versos:

Laurogeita hamarreko hamarkada                               La década de los noventa
soilik musikari zuzenduta zegoena                               la que sólo estaba dirigida a la música
denborak aurrera egin ahala                                        que con el paso del tiempo
Ignorantzia piztu duena                                                ha encendido la ignorancia
sexu, droga, jaia, estereotipo denak finkatuz               sexo, droga, fiesta, fijando todos los estereotipos
Musika kendu ta iraintzen gaituena                              nos quita la música y nos insulta

Se entiende aquí que la MTV personifica todos los males de nuestra sociedad, haciéndola responsable nada más y nada menos que de “enquistar todos los estereotipos”, que no son otros que los que aparecen en el manido “sexo, drogas y rock’n’roll” y que ya no escandalizan a nadie. Esta atribución de la responsabilidad de todos los males que están acabando con nuestra forma de vida -el capitalismo, la globalización, el inglés como idioma imperialista, el sexismo, el racismo, etc.- a un enemigo concreto y único, además de tener un tufo de moralina difícil de soportar, funciona como una vía fácil de quitarse de encima toda responsabilidad personal. La realidad es, por suerte o por desgracia, mucho más compleja que esto y la estrategia de crear ese “pánico moral” entre la población deja de ser creíble en el momento en que el vídeo se difunde por Youtube, Twitter y Facebook, plataformas globales que también forman parte del monstruo capitalista. Tampoco es creíble que los autores del vídeo hablen en nombre de la “juventud vasca” como un todo homogéneo que rechaza las iniciativas de la MTV, cuando las entradas que se han puesto a la venta para estos conciertos -exclusivamente para personas residentes en Bizkaia– se acabaron en menos de una hora.

Pero la cosa no termina aquí. Como ya he mencionado, hace unos días se dio la noticia de que Berri Txarrak iba a actuar, junto con Muse y Crystal Fighters, en el macro concierto del 3 de noviembre. No creo que nos equivoquemos si sospechamos que este movimiento institucional de última hora ha venido motivado para acallar las críticas que también se le han dirigido a la organización ante la ausencia de grupos locales en la programación. Sin embargo, esta decisión ha traído otro debate a las redes sociales, y la gente se ha entretenido –y nos ha entretenido- discutiendo sobre si Berri Txarrak «debería» haberse negado a actuar en este monstruoso evento. Las redes, pues, se han dividido entre quienes creen que los integrantes del grupo se han vendido al capital y quienes creen que hacen bien en aprovechar el escaparate para llevar el euskera y la cultura vasca hasta los últimos confines de la tierra. ¿Qué opino yo? Pues que ni una cosa ni la otra.

Me llama la atención la ligereza con la que repartimos lecciones morales a los demás, sobre todo si los demás se dedican a alguna actividad artística. Exigimos que los artistas tengan una actitud ejemplarizante, no sólo con algunos valores universales, sino con los valores que nosotros mismos les imponemos. Proyectamos en los músicos que nos gustan los valores éticos que nos gustaría que tuvieran y exigimos que actúen, no ya como nosotros lo haríamos, sino como creemos que “deben” actuar ellos. Olvidamos que vivimos todos inmersos en un sistema que continuamente nos pone frente a nuestras propias contradicciones. Berri Txarrak es un grupo de rock que se ha mantenido a base de trabajo, vive de su música y lo hace cantando en euskera. Ha preferido ser cabeza de ratón que cola de león. Y tampoco hay que olvidar que ha sido el niño mimado de instituciones, radios y demás vías de difusión en Euskadi. Esto de la MTV no deja de ser una anécdota y la reproducción a escala de campo de fútbol de lo que ya venía sucediendo.

El problema fundamental de este tipo de polémicas está en que la energía se malgasta en la dirección equivocada. La simplificación de las realidades complejas nos lleva a una situación peligrosa, que, en este caso, se traduce en vanos esfuerzos para tratar de destruir lo indestructible, en vez de intentar construir lo posible, Y, al final, todo se queda como estaba. La MTV seguirá ahí, igual que lo harán el BBK Live y otro sinfín de macro eventos. Tenemos la opción de situarnos en medio de la vía del tren y pretender que éste descarrile, aunque seguramente nos lleve por delante. O dejar que el tren pase, sin poder evitar que haya gente que quiera montarse en él, y dedicar nuestros esfuerzos a crear, fomentar y apoyar, cada uno desde la posición que desee, las pequeñas salas de conciertos, las iniciativas culturales de nuestras ciudades y los artistas locales. Sin olvidarnos de que, hasta el más puro de los espíritus, se da de vez en cuando un paseo por Los 40 Principales, Operación Triunfo, Apple, Twitter y se toma una Coca-Cola.

 

Operación Triunfo y Mecano: entre mariconez y estupidez

Operación Triunfo y Mecano: entre mariconez y estupidez

Y de nuevo estalló la polémica en esta renovada andadura de Operación Triunfo. Esta vez de la mano de María Villar, al querer cantar el tema de Mecano Quédate en Madrid (1988) modificando parte de la letra porque en ella se dice «mariconez» y lo considera ofensivo, así que quería cambiarlo por «gilipollez» para más tarde proponer «estupidez». El debate fue mucho más allá de las paredes de la academia-producto y se ha podido leer de todo. Pero, en este debate, ¿quién tiene razón?

«Siempre los cariñitos me han parecido una mariconez». He ahí la oración de la discordia. A mi parecer la canción es de lo más ñoña y la letra es para analizarla entera, no solo esa parte. Pero vayamos al meollo del asunto.

Por un lado está el tener a Ana Torroja como miembro del jurado de esta edición y seleccionar una de las canciones de Mecano. Por otro, tenemos las diferentes manifestaciones de integrantes de diversos sectores de OT -cuya existencia muchos desconocíamos- que han defendido ese cambio por considerarlo ofensivo y que estos chicos nos están dando lecciones a todos. Tampoco les veo cantando algo de La Polla Records, por ejemplo, y eso sí que sería sorprendente. Bien es cierto que en OT se suelen ceñir a unos géneros musicales determinados muy comerciales y aunque se pretenda ser políticamente correcto tanto a nivel personal como producto comerciable que se es, hay que contextualizar.

Así que vayamos unos años atrás, entre 1981 y 1992, cuando Mecano vivía un auténtico boom y sonaban sin parar en todas partes por aquello de la misma industria musical. En aquel entonces ya tenían un sonido bastante característico y unas letras que en muchos casos no brillaban precisamente por su profundidad. Sin embargo, en estos días en que se les ha tildado de homófobos, hay que recordar que crearon Mujer contra mujer cuando no se luchaba tan abiertamente por los derechos del colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (LGTB). Por lo que denominarles homófobos resulta bastante paradójico.

No obstante, los tiempos han cambiado y la sociedad está en constante evolución. ¿Que ese término nos choca a bastantes más de dos décadas después? Claro. Como tantas otras cosas a las que antes no se les ponía voz o no se hablaba de ellas, como ya comenté en Alexandre Vidal Porto en Hay Festival: vida, política y cultura. Mecano en su día podría haber utilizado el término «estupidez» pero eligieron ese otro porque en aquel entonces no se le daría la dimensión de hoy en día.

Y aquí entramos de lleno en los derechos de autor, algo que de vez en cuando se olvida (a conveniencia o no). Y fue precisamente Ana Torroja quien lo explicó vía red social con varias declaraciones como la siguiente:

YO NO HE AUTORIZADO a nadie cambiar la letra de una canción que sigo cantando hoy en día. No estoy de acuerdo en cambiarla y no soy quien para hacerlo. El autor de la canción es José María Cano, él la escribió para Mecano y NADIE puede modificar una letra sin el permiso del autor

Efectivamente, no lo pudo autorizar puesto que, como ella misma dice, no es la autora, sino José María Cano, que es quien decide si autoriza cualquier cambio en la letra o no. No una intérprete, sea Ana Torroja, María Villar o cualquier otra persona. Es decir, que como autores nos podemos amparar en la libertad de expresión (o no, según el caso) y utilizar diferentes términos (tampoco veo a los de OT cantando Puto de Molotov) pero se debe contextualizar todo. ¿Que la cantante no quiere utilizar ese término? Que no lo haga. Puede hasta poner el micro como hacen tantos cantantes en sus conciertos para que coree el público. Hasta puede negarse a cantar esa canción. ¿Que el término es ofensivo? Desde mi punto de vista sí pero cogiendo toda la letra y añadiéndole la música, es evidente que es una canción más bien ñoña y hace varias décadas ese término no se veía tan denigrante como ahora.

Y ahora les planteo lo siguiente: si tanto apoyan el no utilizar ese término en la academia, ¿por qué no escogieron otra canción, de ese grupo o de cualquier otro, que no contuviera términos que se puedan interpretar como ofensivos? Tal vez ahí esté el quid de la cuestión.

Entonces, al autor se le ha pedido mediante presión mediática que acepte el cambio propuesto para esa palabra. Escribí sobre grandísimos artistas que hablaron de sexo, drogas, guerras y matanzas. Ninguno se autocensuró. Lo que sucede con la telerrealidad es que se puede caer en la trampa de creer todo lo que se está viendo cuando te están poniendo una realidad artificial diseccionada para venderla como un producto y que el espectador se sienta identificado con esos chicos. Sumémosle la publicidad y las redes sociales y el cocktail comercial está servido, sean cuales fueren las manifestaciones que hagan. Show business lo llaman. Será por algo.

(Foto: ABC)

Tanto como debo: sobre el Teatre Lliure, Lluís Pasqual y el abuso de poder

Tanto como debo: sobre el Teatre Lliure, Lluís Pasqual y el abuso de poder

Foto con copyright: Archivo Cadena SER

Digamos que todo empieza en pleno mes de julio en el Grec del Teatre Lliure. Un amigo me invita a ver ‘Kingdom’ de la Agrupación Señor Serrano. Un espectáculo que llena el Lliure de Montjuïc de bananas y critica el capitalismo, la sociedad de consumo y la virilidad. Una vez terminada la función, nos invitan a todos los espectadores a participar de un debate coordinado por ‘Dramaturgias del debate’. A priori, pienso que será un coloquio como cualquier otro, a pesar de las premisas que nos imponen los organizadores: Debéis elegir entre preguntar a los miembros de la compañía cuestiones que sólo puedan ser respondidas con un ‘sí’ o un ‘no’, o bien podéis preguntar y comentar todo lo que queráis pero insertando insultos y blasfemias entre vuestras palabras. Evidentemente, los espectadores, unánimemente si no recuerdo mal, elegimos la segunda opción.  Al principio todo resulta muy formal, la gente pregunta por preguntar y suelta un ‘joder’, ‘mierda’, etc. Pero poco después, una mujer pone en duda que se pueda criticar el sistema actual sin nombrar ni mostrar a ninguna mujer durante todo un espectáculo, y a modo de colofón, concluye: ‘caca, pedo, culo, pis’. Esto empieza a animarse, por fin. Hace tiempo que no voy a ningún debate en el que la gente puede decir lo que realmente piensa, esto es inaudito. Los componentes de la compañía argumentan sin tapujos que, precisamente, en todo el espectáculo no aparece ninguna mujer ni se la nombra (a parte de la Eva del paraíso) porque que éste es el papel que el sistema otorga a las mujeres, la invisibilización absoluta. Tras ello, otra espectadora se suma a la protesta arguyendo que ello no es un argumento de peso, y seguidamente, cuestiona la renovación del mandato de Lluís Pasqual al frente del Teatre Lliure y el funcionamiento arcaico, clasista y patriarcal de los teatros públicos.

Pocos días después, aparece en Facebook (sí, la misma plataforma que utilizó Donald Trump para ganar electores) el mensaje de una actriz que formó parte de la Kompañía del Lliure e interpretó a la Cordelia del Rey Lear, Andrea Ros: ‘Durante los dos años que he formado parte de la Kompanyia, Lluís Pasqual me ha gritado, ridiculizado, puesto en evidencia, y le he visto hacerlo impunemente porque es un genio, y los genios gritan, los genios tratan mal a la gente’. Además, la joven actriz, criticaba la poca sensibilidad feminista del Lliure y la escasa presencia de jóvenes al volante de este teatro público.

Pero no sólo la actriz se atrevió a cuestionar el sistema de ciertas instituciones públicas, también directores como, por ejemplo, Alex Rigola, proponían limitar la dirección de equipamientos públicos a mandatos de ocho años, más paridad en las programaciones y ‘verdad en la programación artística’. Desatada la polémica, la Fundación del Lliure aclaró que Pasqual solo seguiría dos años más en el mandato en lugar de los cuatro previstos y que por primera vez se garantizaría un concurso abierto con la máxima paridad posible. Pero resultó que después de las acusaciones de la joven actriz, la comisión del Lliure recibió otras quejas (por ahora, lamentablemente, anónimas)que también han llegado al colectivo ‘Dones i cultura’, que lucha contra la discriminación y los abusos de poder en el ámbito laboral. Un grupo formado por más de 800 mujeres del ámbito de la cultura, que pidió a través de un comunicado, el cese del cargo de Pasqual, asegurando haber recopilado varias acusaciones de trato despótico a los trabajadores. Pasqual, tras las vacaciones y con la polémica acechándolo, finalmente, decidió dimitir. Evidentemente, como no podía ser de otra manera, antes de la dimisión un centenar de personalidades de la escena catalana firmaron un manifiesto en favor del reconocido director: Núria Espert, Frederic Amat, Emma Vilarasau o Josep Maria Flotats, entre otros. Tiempo después, hasta la mismísima alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, le dedicó un emotivo tweet. Finalmente, el Lliure ha decidido disolver la Kompañía y, por lo tanto, el vínculo de los intérpretes con el teatro terminará en diciembre después de las funciones de ‘Ángeles en América’.

Lluís Pasqual, uno de los miembros fundadores del Teatre Lliure en el 1976 junto a Fabià Puigserber, Pere Planella y Carlota Soldevila, y considerado uno de los grandes directores de la escena internacional, declaró: «las redes sociales pueden destruir cualquier reputación», en referencia al manifiesto publicado en el grupo de Facebook ‘Dones i Cultura’, que le acusaba de maltrato, misoginia y abuso de poder. En una entrevista en La Vanguardia, Pasqual aseguró «impensable que las bases para elegir al responsable de un teatro público del tamaño del Lliure sean la edad y el sexo». «No puedo ni ser joven ni ser mujer ni trabajar con un equipo que no esté plenamente comprometido conmigo en un proyecto».

¿Cuántos genios, a lo largo de los siglos, han calumniado a sus actores e incluso a sus propias familias? Charles Chaplin (cuya obra admiro profundamente), uno de los mayores genios de la historia, rodaba centenares de veces una misma escena hasta que salía como él quería y dicen las malas lenguas que era un déspota empedernido. Woody Allen fue acusado de abusos sexuales por parte de su propia hija y sigue estrenando como si nada. Y podríamos seguir con una lista infinita de genios endiosados que ejercen o ejercieron abuso de poder. Ante tal escenario, se plantean múltiples incógnitas: ¿Debemos renunciar a ciertas ‘obras’ por el bien común, o el fin justifica los medios? ¿Es posible, hoy día, separar la obra del autor? ¿El auge de los Mass Media, a pesar de sus contrapartidas (como las Fake News o la banalización y espectacularización de la cultura, por ejemplo), ha permitido hablar a los oprimidos?

Sea como fuere, este año hemos vivido un sinfín de polémicas sobre el abuso de poder. Con el movimiento Me Too (al cual me adscribo), por ejemplo, las acusaciones de abusos y acoso sexual a Harvey Weinstein consiguieron llevar a la bancarrota a uno de los productores más famosos y reconocidos de Hollywood. En el ámbito jurídico, con abogados como Mario Díez, que está al frente del movimiento ‘Justicia Poética’, se está destapando una red de pederastia y pornografía infantil a gran escala en España mediante un canal de Youtube, y con ello se ha logrado meter en prisión a Kote Kabezudo, acusado de abusar de infinidad de niñas y cuyos vídeos testimoniales siguen colgados en la Dark Web y se pueden descargar por un módico precio de 12 euros. Diréis: antes de internet esto también pasaba. Y así es, pero parece ser que sólo la presión mediática consigue verdaderos cambios en este siglo nuestro amparado en las apariencias.

Yo, personalmente, no conozco a Lluís Pasqual, ni tampoco he podido disfrutar de la mayoría de sus espectáculos, porque desgraciadamente, hoy en día, el acceso a la cultura es un privilegio reservado a una minoría, y además, las grandes carteleras, la mayoría de veces, están dirigidas a un mismo tipo de público, a excepción de algunas salas alternativas que subsisten precariamente. Así pues, creo que el cuestionamiento real no es sobre el director Lluís Pasqual. El cuestionamiento real es el de un Estado definido como democrático y paritario, cuyos equipamientos públicos siguen siendo monopolio de unos pocos, en su mayoría hombres, y que el acceso a la cultura y la igualdad de oportunidades es tan solo un mero juego de palabras. La brecha salarial se sigue perpetuando con total impunidad y en los teatros y otros equipamientos públicos los cargos se siguen concediendo al más puro estilo aristocrático. La escena española y catalana (no tengo la suerte de poder viajar demasiado), parece haber quedado atrapada en el siglo pasado, menos ciertas excepciones que permanecen poco tiempo en cartel. Y esto es sólo la punta del iceberg de una sociedad que traspasa poderes como quien traspasa Tarjetas Black o paraísos fiscales y demás cloacas del estado. Pero sí, también hay Cordelias, hijas de reyes como el anciano Lear, rey de Bretaña, quien pregunta a sus hijas cuál de ellas lo ama más, para saber cómo repartir su reino. Valientes como Cordelia, cuando contesta que ama a su padre «tanto como debo, ni más ni menos» (according to my bond, no more, no less).

Morder la mano que te da de comer: Banksy y el sistema del arte

Morder la mano que te da de comer: Banksy y el sistema del arte

Durante las últimas 72 horas hemos visto el revuelo que ha causado la nueva acción de Banksy en Sotheby’s. La obra “Girl With a Balloon” del artista, creada el año 2006, se “semi-destruyó” después de que el martillazo de la famosa casa de subastas señalara su venta final por 1’04 millones de libras. La forma en que se auto-mutiló sorprendió enormemente a los asistentes: tras vender la obra, una alarma empezó a sonar y la obra se deslizó por el marco de la pieza, en cuyo borde había una trituradora (que, al parecer, el autor había instalado en el caso de que la pieza saliera alguna vez a subasta). En menos de diez minutos, la pieza ya era otra cosa, y Banksy publicó un post en su Instagram con la frase “going, going, gone”.

¿Por qué digo que era otra cosa? Porque en el mundo del arte, la (casi) autodestrucción de una pieza no es algo nuevo, ni significa la muerte de la pieza, ni significa que Banksy haya, por fin, dado una puñalada a la rueda del mercado del arte. La idea de que Banksy ha burlado al sistema es más una ilusión que un hecho: a pesar de que la pieza ya no exista como tal, su transmutación a un montón de pedazos sigue conformándola como una pieza valiosa. Vamos a explicar cómo funciona el sistema para entender el por qué.

En las casas de subastas inglesas (como Christie’s o Sotheby’s) suele haber una cifra de salida para la pieza, que establece el mismo vendedor. Esa cifra es confidencial y se establece entre la casa de subastas y el vendedor. En la subasta, la puja para la obra empieza a la baja y aumenta en función de los postores, quienes van aumentando la oferta; el vendedor no puede participar en ella para evitar una inflación del precio. Cuando la puja se para, el precio de la venta se salda a golpe de martillo (en el caso de la pieza de Banksy, algo más de un millón de euros). El martillo marca, pues, el precio final de la obra, que solo se vende si el “precio de martillo” excede el precio de la reserva inicial: éste fue el caso de “Girl With a Balloon”. Para los curiosos: si el precio que el martillo ha marcado no es igual o superior al de la reserva, la obra no se adjudica.

Generalmente, las únicas sorpresas que suelen ocurrir en las casas de subastas son los desorbitados precios por los que se venden las obras. La venta de piezas como el “Orange Dog” de Jeff Koons, vendido en Christie’s el año 2013 por 58,405,000$, o el “Salvator Mundi” de Leonardo Da Vinci, vendido también en Christie’s en 2017 por la escalofriante suma de 450 millones de dólares, evidencian cómo la obra es un producto que no necesariamente se basa en términos de “calidad” (un término muy relativo que se determina más bien por la posición del artista en el cúmulo de intereses y poderes que existen en el mundo del arte), sino que es una mercancía compleja. Digo compleja porque la pieza, al ser única, no es intercambiable por otras: es un bien que llamamos “fungible”. La economía del arte se apoya precisamente en esta singularidad del objeto, sumada a un capital cultural y simbólico (por ejemplo, el prestigio, la clase o una apariencia social). Esta lógica permite que, en términos económicos, se pueda traducir el arte, algo con un valor abstracto, en dinero (o una inversión). En toda la cadena de valorización, las casas de subastas son las que validan este último paso, porque establecen el valor “máximo” de la obra y transfieren el bien fungible en liquidez. También dan, de paso, prestigio y visibilidad tanto al artista (y a su obra) como a los demás implicados.

Sabiendo esto, pensar que Banksy ha burlado al sistema es bastante naif. Para empezar, la obra de Banksy ya ha alcanzado un valor que se ajusta, como todas las obras que pasan por subasta, a las dinámicas del mercado. “Girl With a Balloon” era una versión pocket de una obra que ya tenía un precio de reserva y que, además, era conocida anteriormente. Ahora, la pieza, aunque medio triturada, sigue siendo una pieza única con un nuevo valor único añadido: la performance. Según declaraciones del co-fundador de My Art Broker, Joey Syer, en The Evening Standard, “Girl With a Balloon” es una obra icónica que ya había incrementado su precio en más del 20% en los últimos años, y el resultado de la subasta “dará, también gracias a la atención mediática de su acción, un retorno de más del 50% de su valor, posiblemente de más de 2 millones de libras”. Por otro lado, Sotheby’s ha lanzado una declaración posterior en la que se declara que el “incidente inesperado se ha convertido instantáneamente en folklore en el mundo del arte” y marca “la primera vez en la historia de la subasta que una obra de arte se tritura a sí misma después del golpe de martillo”. La sorpresa de la subasta de “Girl With a Balloon” no fue tanto que la obra de Banksy se vendiera por más de un millón de libras, un precio bastante habitual para las obras del artista, sino que se transformara en una “obra + performance” tras su venta.

Es tentador pensar que Banksy, un artista cuyos manifiestos anti-establishment han marcado su ascensión en la escala de valor del arte, ha dado otro golpe de gracia al sistema, como ya intentó hacer en el célebre documental Exit Through The Gift Shop. Nada más lejos de la realidad: le guste a Banksy o no, el establishment del que se burla ha absorbido enteramente al artista y a su obra, y la acción que tuvo lugar en Sotheby’s ha resultado ser más bien un divertimento para la élite que la manipula. Lo que podemos sacar de ahí es otro tipo de debate, que gira en torno del retorno mercantil de su trayectoria. Su ascensión a las cumbres del mercado evidencia los choques y luchas entre artistas e intermediarios, y la compleja interdependencia entre quienes defienden la integridad artística y el valor moral y quienes lo monetizan. También evidencia hasta qué punto el mismo Banksy ha sido una pieza clave en su comercialización: en un contexto de celebridades como el actual, su estatus es prácticamente el de una marca o negocio, que contrasta la fantasía del público con la realidad del sistema.   

En 2007, la pieza “Morons” (“Idiotas”) de Banksy se vendió en Sotheby’s por 16.250 libras. La pieza reproduce una subasta donde se vende un cuadro con la inscripción “I can’t believe you morons actually buy this shit” (“No puedo creer que vosotros, idiotas, compréis esta mierda”). Hechos como éste son la contradicción de la contradicción. En realidad, el interés de Banksy no recae en su obra, sino en cómo su obra opera de maravilla en el sistema que tanto desprecia. Roland Barthes nos sugería que nosotros, la audiencia, deberíamos separar al artista de la interpretación que hacemos de su arte; pero hacerlo dentro de un sistema que lo engulle todo sigue siendo un reto, sobre todo en casos en que esto, quieras o no, acaba definiendo tu calidad.  

Fuente: Banksyeditions.com