El amor en tiempos del corona: canciones para un crisis

El amor en tiempos del corona: canciones para un crisis

El realismo mágico, del cual García Márquez es uno de sus máximos exponentes, juguetea con nuestras cabecitas y nos intenta mostrar lo irreal como algo cotidiano o común. ¿Puede alguien confirmarme, pues, que no estamos viviendo en una novela de García Márquez en este momento? Y lo que es más importante: ¿Cómo construimos defensa ante semejante ataque a la cordura? 

La tercera ley de Newton estable que por toda acción hay una reacción en sentido opuesto y de la misma magnitud. Mi temor estos días es que la reacción puede tener, de hecho, dos direcciones: unirnos como seres humanos, o separarnos aún más. La guerra en la que estamos sumergidos tiene como campo de batalla y soldados no sólo a nuestros hospitales y a nuestro personal sanitario, tan necesitado de algo más que aplausos. Esta guerra la ganamos también cada uno de nosotros en nuestras propias mentes, y nuestro deber cívico es mantenerlas lo más despiertas y activas que podamos. Por esto, creo que más que nunca necesitamos el amor y la música, inevitablemente unidos.

Venga, vale. Llámenme tonto, cursi, idealista, romántico, o sean españolitos casposos con cero inteligencia emocional que necesitan usar la sexualidad como insulto y llámenme gay. Les escupiré a la cara que “gay” significa literalmente “feliz”, así que todos “gay-up”: ¡sonrían carajo! Tengo las armas afiladas en esta guerra contra el virus, y como tantos otros sigo al pie de la letra la canción del Dúo Dinámico y “Resistiré” porque “soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. Mi himno personal, mi canción para soltar las lágrimas de rabia, ha sido “Time Fate Love” (Tiempo Destino Amor) del legendario Luca Prodán (líder de la banda de post-funk Sumo):

«A girl called time took a long long trip and never, never came back.

A boy called fate made up his mind. 

And I did it when it was too late.

But a girl called love flew to me from the air around.


She filtered in, to my skin. She didn’t make a sound.

And every time I breath I hear her sounds.

And every time I look or see I feel her presence strong and near.»

“Una chica llamada tiempo hizo un largo viaje y nunca regresó.

Un chico llamado destino tomó una decisión. 

Pero yo lo hice cuando fue demasiado tarde.

Pero una chica llamada amor voló hacia mi desde el aire alrededor.

Se infiltró bajo mi piel. No hizo ni un ruido.

Y cada vez que respiro escucho sus sonidos.

Ya cada vez que la mire siento su presencia cercana y fuerte.”

Para llorar, vamos. Pero no todo es sentimentalismo y amor, también tenemos que pedir cuentas a muchos jefes de estado que parece solo quieren prologar esta situación. Propongo ir encargando más de un “ataúd para un jefe de estado”. El hidalgo nigeriano del afrobeat Fela Kuty nos impregna en su canción “coffin for a head of state” de una fuerza impresionante ante los poderos fácticos. Después de que el gobierno literalmente tirara a su madre por la ventana, el respondió con música. Y una música con la que es imposible no moverse. Fela predica la resistencia a través de la música y el baile. Tomemos nota, resistamos bailando.

“Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver”, así que “a las barricadas” mentales y a unirnos todos contra el maldito virus (versión de un brigadero internacional, aparentemente). Como dice la Billos Caracas Boys “sigan bailando” lo que más les guste, “bolero o disco, o cumbia o salsa, merengue, o rock n’ roll”. 

Salud y falta de corona para tod@s.

¿Por qué morimos antes?

¿Por qué morimos antes?

Buena pregunta, ¿no? Me refiero a los hombres, la esperanza de vida de los cuales es siempre inferior a la de las mujeres, sin importar el país que consideremos. En algunos casos la diferencia es anecdótica, como en Baréin (80 a 79) o en el Pakistán (67 a 66). Ahora bien, también hay casos donde la diferencia es muy notable: en Letonia una mujer vive de media diez años más que un hombre (80 a 70) y en Armenia, 7 (78 a 71). En situaciones intermedias encontramos estados tan variados como España (86 a 80), Libia (75 a 69), EE.UU. (81 a 76), Ecuador (79 a 74), Singapur (85 a 81), Cuba (81 a 77)…

Así pues, parece que podemos establecer con bastante tranquilidad un hecho: los hombres morimos antes. ¿Cómo puede ser? Dada la aparente universalidad del fenómeno, es tentador recurrir a explicaciones biológicas: debe de ser por alguna hormona que tenemos nosotros que ellas no tienen, o al revés. O porque la próstata da más problemas que el útero. O por lo que sea, la cuestión es que es un hecho natural que los hombres morimos antes y, por lo tanto, poca cosa se puede hacer. Simplemente, es así.

Aun así, ¿y si el fenómeno fuese universal sin ser natural? ¿Y si fuera social? No es ninguna majadería, esto. Es muy conocido que el nivel socioeconómico es un factor de riesgo de nuestra salud: los más pobres mueren antes que los ricos. Es un hecho universal y social: nos costaría entender que alguien intentara dar una respuesta a esto en base a genes, hormonas u otros sustratos físicos. No hay un gen de la pobreza con una muerte prematura programada, sencillamente, el hecho de ser pobre lleva asociado toda una serie de elementos (peor alimentación, peor acceso a la sanidad, precariedad, estrés…) que te hacen morir antes. En el caso que nos ocupa, no se trata de afirmar que la biología no tiene ningún papel, que quizá sí, sino de poner el foco en otra cuestión: ¿es posible que el hecho de socializarnos como hombres nos lleve a morir antes?

Y todo apunta en la misma dirección. Parece que las mujeres siguen estilos de vida más saludables que los hombres. Determinadas conductas de riesgo están más presentes en el género masculino, como fumar, conducir sin el cinturón de seguridad o directamente bebido (“¿y quién te ha dicho a ti que quiero que conduzcas pormí?”, nos decía un entrañable ex presidente amante del buen vino).

Acabamos de descubrir que el género es otro factor de riesgo para la salud: si eres hombre estás en el bando perdedor (paradojas del patriarcado). Ahora bien, igual que la pobreza se cura tomando los medios de producción, la masculinidad hegemónica también puede ser analizada y deconstruida. ¡Manos a la obra!

Al parecer, muchas de las maneras que los hombres tienen para demostrar que son hombres son más bien poco saludables: resistirse a ir al médico, porque ir al médico quiere decir reconocer una debilidad, y esto no puede ser; conducir temerariamente, cosa que muestra como controlo mi coche y a mí mismo, porque el “yo controlo” en el fondo va de dominación, que es una cosa muy masculina; saltar un barranco con monopatín como Bart Simpson en un famoso episodio, porque así muestro que nada me da miedo y soy muy valiente; no ponerse protección solar, porque esto de las cremas para la piel es cosa de mujeres, etc. Y después pasa lo que pasa: en los EE.UU. la tasa de muertes por cáncer de piel es el doble entre los hombres que entre las mujeres. No morimos antes por ser hombres (sexo biológico), sino por querer serlo (género).

Así pues, parece que ser hombre implica tener que demostrar que se es un “tipo duro”. Ahora bien, esto se puede demostrar de muchas maneras diferentes: desde practicar escalada hasta meterse en bandas callejeras. Optar por unas opciones u otras dependerá fundamentalmente del nivel económico y entorno social de la persona en cuestión. Los grupos de hombres más marginalizados, que no pueden construir su masculinidad en base a, por ejemplo, tener un buen trabajo, optarán por actividades más arriesgadas. Incluso entre hombres que pensaríamos que no se dejarían influir por estas cuestiones de “machos”, por el hecho de representar masculinidades no hegemónicas, también encontramos conductas de riesgo para reafirmar su masculinidad. Nos referimos, por ejemplo, a gays que se negaban a usar protección contra el sida porque ellos eran muy hombres. Datos recogidos en los años 90 en los EE.UU. indican que los hombres no heterosexuales y los afroamericanos tenían ideas más tradicionales sobre la masculinidad que los otros. En particular, los jóvenes sin trabajo tenían ideas más conservadoras que los adultos ya incorporados al mundo laboral. De alguna manera, todos estos grupos tienden a compensar su marginación o masculinidad no hegemónica con una hipermasculinidad más destructiva.

Riqueza, fuerza física y drogadicción: un tipo duro canónico.

 

Hemos comentado hace un momento que tener un buen trabajo puede ser un recurso para construir nuestra masculinidad que nos hace prescindir otros mecanismos más peligrosos. Ahora bien, si esto es así, no es solo porque el trabajo nos proporciona un salario que nos hace sentir muy bien como proveedores de riqueza a la familia: hay trabajos que también son propios de tipos duros. Y en ellos no escapamos del riesgo. Bomberos, mineros, pescadores, trabajadores de la construcción… Los sectores más masculinizados son también los más peligrosos, con las consiguientes elevadas tasas de mortalidad en el puesto de trabajo.

Ya vemos que nos están apareciendo un montón de factores no biológicos que explican la menor esperanza de vida de los hombres. Hay que huir de los reduccionismos que tienden a naturalizarlo todo: “de acuerdo, sí, todo esto que dices es cierto, pero es así porque los hombres, con la testosterona, somos más violentos, nos gusta el riesgo…”. Esto no hay testosterona que lo explique. Ni supuestos (me atrevería a decir descartados) cerebros masculinos que nos hacen ser de determinadas maneras. Hombres de diferentes grupos sociales construyen sus masculinidades de diferentes formas. Una explicación puramente naturalista siempre quedará coja.

Para acabar, me gustaría destacar que la idea del hombre como fuerte y la mujer como “sexo débil” nos la ha jugado también a los hombres. Nos ha hecho no prestar atención a nuestra salud. Y que no nos la presten. Se ha documentado que los hombres somos despachados más rápidamente de la consulta del médico, o que se nos informa muy poco de cómo hacernos exámenes testiculares, en comparación con la normalidad con que se explica a las mujeres como hacerse exámenes de las mamas. También se nos diagnostican menos depresiones, a pesar de que nos suicidamos más. Todo el rato juega el doble factor: mi machismo me hace no ir al médico porque soy un hombretón; el machismo del médico hará que este no me vea deprimido porque, al fin y al cabo, soy un hombretón.

Es interesante comentar algunos indicadores médicos que han legitimado con “datos objetivos” esta construcción de la mujer como sexo más enfermizo: la utilización de índices como el tiempo de reposo en cama o el uso de atención médica han tendido a patologizara la mujer. No obstante, estos índices más bien explican cómo hombres y mujeres afrontan una enfermedad, y no si están más o menos enfermos. Si partimos del hombre como medida de todas las cosas, es natural concluir que las mujeres son más débiles porque necesitan más tiempo de descanso y van más al médico. Ahora bien, puesto que sabemos que las mujeres viven más (curioso sexo débil, aquel más longevo), quizá las podemos tomar a ellas como referentes de salud. Entonces podríamos concluir que los hombres no descansamos lo suficiente y vamos demasiado poco al médico, motivos que ciertamente ayudan a entender por qué morimos antes. De hecho, en muchos hogares es la mujer la que concierta citas con el médico cuando considera que su marido debe ir. Y quizás estaría bien que empezáramos a cuidarnos a nosotros mismos. Tomemos nota: descansemos y pidamos ayuda cuando la necesitemos. Porque ya se sabe que hombre precavido vale por dos.

 

Este artículo es una traducción al castellano del original publicado en la Revista Maig (en catalán).

Bibliografía

Courtenay, Will H. (2000). “Constructions of masculinity and their influence on men’s well-being: a theory of gender and health”. Social Science & Medicine, 50: 1385-1401.

Criado, Miguel Á. (2015). “No hay un cerebro masculino y otro femenino”. El País. https://elpais.com/elpais/2015/11/30/ciencia/1448904392_009014.html

Global Health Observatory data repository: Life expectancy and Healthy life expectancy. Data by country. http://apps.who.int/gho/data/view.main.SDG2016LEXv?lang=en

Lo que La Oreja de Van Gogh “nos contó” hace diez años sobre pandemia y nacionalidad

Lo que La Oreja de Van Gogh “nos contó” hace diez años sobre pandemia y nacionalidad

No, este guiño al “nos contó” no hace referencia a aquel disco emblemático del pop español de los 2000. Y sí, Lo que te conté mientras te hacías la dormida fue el más memorable de los retos a la longitud adecuada en títulos de discos comerciales (después del clásico Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, de El último de la fila, claro).

Pero este guiño, que puede leerse más bien como una profecía, nos lleva al inicio de otra gran crisis. 2008 fue el año en que Leire Martínez se estrenó como la nueva vocalista de la aclamada banda donostiarra con un prudente pero significativo “último” vals. Y es que aquel “primer” single estaba trufado de referencias ambiguas al nuevo comienzo sin Amaia con un “siempre serás bienvenido a este lugar” en el estribillo y un videoclip donde la cantante vagaba taciturna por la calle hasta encontrar un anuncio de “se busca cantante”. Pero en aquel disco, A las cinco en el Astoria, había otro gran tema digno de ser rescatado hoy.

Se trataba de Europa VII, una canción de un elenco de madurez lírica solvente y arreglos sofisticados: probablemente su álbum más “comprometido” tanto política como musicalmente, con composiciones como Jueves o Cumplir un año menos. El tema relata una historia desoladora aunque tamizada de una melodía suave y envolvente que hoy, en plena pandemia global, parece cobrar especial significación (Y sí, estamos al tanto de que el nuevo single del grupo se titula esperadamente Abrázame).

Para empezar, eso de Europa VII no resulta muy aclaratorio. Si bien la canción es una crítica al desarrollismo occidental (por tanto, aceptamos lo de “Europa”) ¿por qué “VII”? Bien, analicemos la letra, que arranca así: “Comienza la desconexión, se acaba el aire y la energía, no queda nadie en el control, la nave flota a la deriva”. Como vemos, esta primera frase dibuja un paisaje nada halagüeño, y aunque distopía y belicismo no son conceptos nuevos en el grupo, aquí parecen decididos a ir al centro del asunto. No hay “deriva” que en el pop nos lleve a buen puerto.

El entorno que parecen esbozar contiene astronautas y naves espaciales (como vemos en el videoclip), y un cierto momento de iluminación personal: “repaso ciencia y religión”, así como de nostalgia: “allí vivía yo”. Ah, Europa VII es el nombre de la nave espacial… lo cual quiere sonarnos a rarezas de Mecano como Viaje espacial o, por qué no, El fin del mundo. Este panorama parece asemejarse a la situación apocalíptica que vivimos hoy (especialmente las imágenes de equipos de protección tan comparables a los trajes espaciales) y a la oportunidad a la reflexión que esta, no obstante, incita: “muerta de miedo en un rincón, pienso en mi civilización (…) allí vivía yo”, añade.

Si las estrofas junto a unos arreglos que insertan sonidos del código morse y de radio nos van llevando en un medio tiempo que va en crescendo; el estribillo, esperablemente más rápido y efectista, aunque no tan pegadizo como de costumbre, guarda un claro mensaje político: “me quito la bandera de mi traje espacial”. Este gesto tan decisivo no nos parece muy alejado de la realidad: nos lleva a esas mascarillas bordadas con la bandera de España que ciertos dirigentes políticos portan y ahora son tan populares, recubriéndose el protegerse de tintes patrios y heroicos. Leire concluye: “y escribo en el reverso que soy de la humanidad”.

Si ya en Geografía el grupo lanzó en 2003 un alegato al multiculturalismo en pleno debate sobre la guerra de Irak y la inmigración masiva a España, aquí advertimos una crítica al nacionalismo ante una situación de catástrofe. Catástrofe como la que estamos viviendo ahora y a la que los partidos políticos aluden con ingeniosos alegatos como “anticuerpos españoles” o caceroladas “abanderadas” desoyendo el confinamiento, así como gobiernos independentistas que parecen no colaboran en el cómputo de decesos de la pandemia.

Si en un hilo de Twitter encontramos un profundo análisis de aquel “Lo que te conté…” en clave marxista, en Europa VII ahora nos topamos con un aspecto profético que resulta sobrecogedor: “Y yo escucho esta retransmisión para que suene en el futuro y sirva de lección”. Recalquemos: “sirva de lección”. Además, hablan de “gotitas” que violan la gravedad, de “sufrir la colisión”, y muchas referencias que sin duda, escuchadas desde la experiencia del COVID-19 no son pasteladas (como tanto se le ha reprochado al grupo) pues aluden a una cuestión delicada en nuestro tiempo: el contacto corporal.

Por último, y como el inteligentísimo letrista Xabi San Martín hace siempre con sus temas (cerrándolos con un broche de oro muy cercano al lenguaje publicitario), en el último estribillo modifica ligeramente la letra: “La frágil existencia milagrosa y casual, la vida más pequeña vale mil veces más que la nación más grande que se invente jamás”. Palabras que podían ser aplicadas a las noticas, más centradas hoy en crispaciones políticas y en el dilema de terrazas y playas que en el número de muertos diarios (pues aunque afortunadamente ha descendido mucho, siguen muriendo personas).

En estos momentos de reflexión, ya que se están revisando los ideales estoicos sobremanera, tal vez sería congruente hacernos eco del mensaje de La Oreja de Van Gogh (y de paso redescubrir un disco rico en significados) para seguir la lección cosmopolita de los primeros estoicos griegos y romanos para entender “nuestra radical interdependencia”, como dice la filósofa Mónica Cavallé, puesto que, a fin de cuentas, “el hombre no está para servir a la política sino la política para servir al hombre”.

Requiem a ritmo de ABBA

Requiem a ritmo de ABBA

Imagen de RTVE

El pasado miércoles día 3 de junio, los concursantes de Operación Triunfo -obedeciendo, supongo, a las directrices del programa- terminaron su actuación grupal arrodillándose en señal de respeto y homenaje al joven afroamericano asesinado en EEUU por un agente de policía. El programa hizo, según he podido leer, una excepción al informar a los cantantes de un suceso “del exterior”, como se le suele llamar en los reality shows a la vida real. Desde que el suceso ocurriera el 25 de mayo en Mineápolis (Minesota), las revueltas se han extendido a lo largo y ancho del país y las reivindicaciones se han ampliado a las diversas redes sociales en forma de hashtag, eslogan o imagen. Uno de los gestos extendidos por diversas vías ha sido el de arrodillarse con la cabeza gacha en señal de protesta frente a este hecho atroz y como símbolo de respeto hacia la víctima. Los concursantes -o, quizás, habría que decir el concurso- se unen así al movimiento antirracista que se viene sucediendo los últimos días. Sin pretender juzgar el hecho en sí, teniendo en cuenta que el objeto de la reivindicación es absolutamente respetable, creo, sin embargo, pertinente realizar una reflexión en torno a la escenificación y al uso que se ha hecho de esta reivindicación en este programa emitido, cuestión no baladí, en la televisión pública.

No soy seguidora de Operación Triunfo. Mi desconocimiento de las personas que forman parte de este engranaje audiovisual hace que las imágenes de la mencionada actuación se hayan revelado ante mí sin ninguna información previa sobre el concurso. Soy una persona, pues, del exterior, que no ha tenido ningún contacto con nada de lo que haya ocurrido ahí dentro. Por eso, la visualización del vídeo que me llega sin quererlo -como llega otra tanta información no solicitada hoy día- me deja realmente desconcertada. El tendencioso titular me hace morder el anzuelo: “Los pelos de punta. El aplaudido homenaje de ‘OT2020’ a George Floyd”. Sin embargo, asisto perpleja a una actuación mediocre de un tema de ABBA sobre un amor posesivo en el que los jóvenes concursantes realizan una aprendida y encorsetada coreografía, sobreactuando la gesticulación vocal (levantando la cabeza, frunciendo el ceño y cerrando los ojos) y cada uno de los intérpretes potenciando su peculiar timbre de voz en un intento de mostrarse diferente al otro -ser auténtico lo llaman-. Al final, eso sí, se arrodillan. Cuando termino de verlo no puedo evitar volver a hacerlo. No soy capaz de asimilar tanta información. Ni tanto despropósito.

Por un lado, el homenaje es inexistente. Añadir un gesto a la actuación, como un pegote, no es hacer un homenaje. Pasar de la sonrisa forzada en la interpretación de un tema disco y bailable a un gesto de supuesta introspección y respeto hacia una persona asesinada y llamarlo homenaje es, por decirlo suavemente, una absoluta banalización del movimiento. Supongo que el tsunami virtual nos arrastra a veces a considerar que el activismo de pantalla tiene algún tipo de impacto social. Cuando las redes se llenan de hashtags antirracistas, uno puede sentirse obligado a hacer visible su postura ante la causa del momento, no vaya a ser que el resto piense que no la apoya. Sin embargo, la profundidad y seriedad que la causa pueda tener, lejos de verse reforzada, se banaliza cuando compartes la foto de tu desayuno justo después de cambiar tu foto de perfil y ponerla en negro junto con un #blacklivesmatter. Y eso es exactamente lo que la actuación de OT hace: banalizar el gesto final al incluirlo por exigencias del guion y sin ningún tipo de conexión con la canción que previamente había sonado. Para eso, mejor no haber hecho nada.

Por otro lado, este homenaje se ha llevado a cabo mientras en las televisiones se ha incluido un crespón negro como símbolo del luto nacional de diez días decretado por el Gobierno el pasado 27 de mayo. Resulta cuando menos paradójico que un programa de la televisión pública rompa la burbuja en la que viven los concursantes del programa para incluir un homenaje a George Floyd y no realice ningún gesto hacia las decenas de miles de personas muertas en España durante estos tres meses. Y, para que no se me malinterprete, no quiero decir que el homenaje a Floyd no tenga que tener espacio en TVE (siempre que, por supuesto, se hubiera hecho con respeto, y no con esa actuación bizarra), ni siquiera considero que se tenga que abusar del dramatismo y la sensiblería en estas circunstancias, pero, ya que se ha dejado en evidencia que la norma es quebrantable, quizá habría sido adecuado romperla para homenajear (también), con previsión y respeto, a los miles de fallecidos que el crespón de la esquinita de la pantalla nos pretende recordar. Supongo que habrán pensado que necesitamos entretenernos, que nos protegen de algún tipo de dolor. Porque, en realidad, ese pequeño gesto oportunista del miércoles no mira al exterior, sino que, simplemente, se mira el ombligo. 

Una cuestión de clase

Una cuestión de clase

Podría comenzar este artículo citando a Pierre Bourdieu y su ya clásico libro “La distinción. Criterios y bases sociales del gusto”, escrito en 1979 y que realiza un acercamiento desde la sociología y la psicología social a los conceptos del gusto cultural y las interacciones sociales que se general alrededor de este objeto de estudio. Sin embargo, sería ésta una manera de establecer entre quien esto escribe y quien sea que lo lea, precisamente, una distancia y de remarcar esa distinción del otro de la que habla Bourdieu. La cita hablaría más de mí, por el mero hecho de haberla elegido, que de la idea que quiero desarrollar. De hecho, resulta verdaderamente complicado citar a otro sin establecer esa diferencia, sin incluirse en un grupo social determinado por ese gusto o capital cultural. La paradoja, pues, resulta inevitable si una quiere arrancar el artículo con una referencia a lo que ha dicho o escrito otro. Pero, asumiendo esta inevitabilidad, prefiero (perdóname Bourdieu) utilizar una cita de Groucho Marx para resumir la idea que iré desarrollando más adelante: nunca pertenecería a un club que me admitiera como socio.

Citar a Marx sigue hablando de mí, no tanto por la mención en sí, sino porque al citarlo decido dejar de aludir a otros. La referencia me une a quien también pueda conocerla y, de esta manera, proyecto una imagen de mí misma que no es más que la que yo decido proyectar. No dice demasiado sobre mí, pero es suficiente para que el lector se haga una idea de mi bagaje y mi consumo cultural. Pero esto no es más que una ilusión, porque, en realidad, no sé de dónde sale la cita, no he visto más que una película de los hermanos Marx y me sé la frase de habérsela oído a alguna otra persona, ya que forma parte de lo que llamamos el imaginario común. Así, la imagen de mí misma que pretendo mostrar no dice nada sobre mí. Podría haber escogido una frase de algún gag de Los Morancos, ya que he consumido más sketches de estos últimos que de los anteriores. Sin embargo, habría quien, nada más leer la referencia a este dúo de cómicos, dejaría el artículo de lado, por la simpleza que se le presupone a quien tiene semejantes gustos.

Esto es, precisamente, lo que ha sucedido los últimos días con la plataforma de cine online Filmin que se caracteriza por incluir en su catálogo cine de autor y cine independiente, aunque también tiene disponibles títulos de lo que hemos venido en llamar cine comercial. Filmin se distingue de otras plataformas similares en que pone a disposición de sus usuarios películas y documentales que no se encuentran en otras más relacionadas con el entretenimiento. La plataforma, pues, establece una distinción entre sus clientes y los del resto de las plataformas. Hacerte socio de Filmin en vez de Netflix, por ejemplo, dice, por tanto, “algo” sobre ti, aunque la cuota mensual sea similar y nadie más que tú sepa qué es lo que consumes y cómo lo consumes.

Pero parece que Filmin ha ofendido a sus usuarios incluyendo en su catálogo la saga de Torrente. Resulta ahora que, volviendo a Groucho, hay personas que ya no quieren formar parte del club en el que nadie les puso pegas ni les pidió referencias curriculares para entrar. La ofensa parece ser, entonces, no tanto que la plataforma ofrezca la posibilidad de ver estas películas (que es a lo que se dedica), sino en compartir espacio, aunque sea éste simbólico y virtual, con algo que huela a lo que supongo que los ofendidos llamarán “baja cultura”. Con la sola inclusión de la saga, Filmin ha conseguido que algunas personas se den baja como usuarios porque ya ni eso les queda para distinguirse del vulgo y no quieren seguir perteneciendo a un club que les admitió como socios.

Supongo que el pecado de Torrente es haber sido la película más taquillera del cine español hasta que fue destronada, creo, por Ocho apellidos vascos y, si lo ve tanta gente, tiene que ser malo. Claro, no sirve con que a uno le guste lo que le dé la gana, sino que es necesario (¿dónde estaría, si no, la distinción?) que a uno le guste lo que les gusta sólo a unos pocos. La paradoja está, sin embargo, en el democrático acceso a la cultura que facilita internet (y ocho euros al mes) y que pone a nuestro alcance miles y miles de películas. Y así seguimos, parece ser que encantados de mantener ese halo de elitismo pequeñoburgués de la distinción entre alta y baja cultura, en vez de permitir que cada cual consuma como quiera la ingente cantidad de material cultural y de entretenimiento que tenemos a nuestro alcance. Resulta, sin embargo, paradójico que, en este maremágnum, haya quien pretenda distinguirse del otro por el hecho de ver una u otra película desde el sofá Ikea de su casa. Y, por terminar con una referencia cinematográfica, “música para ahogarse. Ahora sé que estoy en primera clase”, decía el personaje de Leonardo di Caprio en Titanic. Por cierto, ¿se puede ver en Filmin?

Del espectáculo en tiempos de pandemia: la cancelación de Eurovisión 2020

Del espectáculo en tiempos de pandemia: la cancelación de Eurovisión 2020

Dima Krasilov, bailarín del conjunto Little Big (Rusia 2020). © EUROVISION.TV

 

El poeta José Miguel Ullán, comentarista de Eurovisión 1983, profería lo siguiente al inicio de la gala que culminaría con los célebres 0 puntos de Remedios Amaya: “Por favor, procuren ustedes tomárselo con parecida tranquilidad, sin dramatismos ni ataques al corazón. Es un festival más, (…) una cita con la música europea de consumo (…). Entre ese espectáculo y su mirada, usted es libre de apasionarse, permanecer indiferente, bostezar o soñar”.

Hoy, casi cuarenta años después nos hacemos eco de sus palabras en una retransmisión insólita del Festival para tratar de dialogar con lo que Eurovisión es en estos momentos y a la vez coincidiendo con su histórica cancelación en este 2020 debido a la crisis del Coronavirus. Conocidas son las turbulencias de un concurso que ha estado en riesgo de ser cancelado en múltiples ocasiones debido a desacuerdos en su organización o conflictos entre los países que debían acogerlo. Esto no hace más que demostrar el cariz político del concurso en tanto reflejo de la sociedad y de los deseos de la sociedad de su momento (en este caso, en el ámbito europeo). En este sentido, es un deseo que se construye simbólicamente de manera continuada: hemos de recordar que el proyecto Eurovisión no se vive solo una semana al año, sino durante todo el año a través de las preselecciones nacionales, las apuestas, los salseos, las pre-parties y promociones, los ensayos y finalmente las galas televisadas.

Por tanto, el inminente cierre al Festival en una de las sedes más amables, primaverales y asequibles de Europa, Róterdam, ha dejado desprovistas a 41 canciones que llevaban meses gestándose (puesto que van incorporando revamp conforme son testadas frente al público, lo cual rompe cierta ingenuidad) y que el mismo día 12 de marzo eran reveladas en su totalidad. Tan solo seis días más tarde se indicaría que ya no concursarían más. Eurodrama. La desangelada posición en la que ahora quedan estas canciones las coloca en un lugar insólito en la historia del certamen, ininterrumpido en sus (hasta ahora) 64 años, afirma el historiador Dean Vuletic. Por ello, no nos gustaría dejar de aportar una impresión acerca de las propuestas de este año retornando al espíritu crítico, irónico y rocambolesco de Ullán quien pronunciaba acerca de los intérpretes de los años en que fue comentarista lindezas como “la emprende con una canción que tiene la equívoca virtud de parecer que ya la hemos escuchado”, o “son tres mozalbetes rubiales con caparazón de saltamontes, inmóviles pestañas y sonrisa ecológica. Su habilidad suprema, cruzar las piernas” (sí, se refería a los pizpiretos Herreys).

Eso sí, sin compartir su tono misógino por mucho que suscribamos la primera parte de este comentario: “Silencio y tanta gente [título de la canción portuguesa de 1984] define a la perfección el drama de temas como este en un concurso donde predomina el ruido. Para colmo, la canción está servida de manera fúnebre por una mujer de su casa, sacada de sus casillas y visiblemente deseosa de esconderse bajo el piano”. Tono reprobable y del que comentaristas célebres como José María Íñigo e incluso José Luis Uribarri han pecado, este último en la edición de 2008 (min. 01:30:18, entre muchos otros momentos). Aclarado esto, y en línea con todos los festivales paralelos para rendir tributo a las canciones que se están celebrando en estas semanas, no debemos librar a todas estas propuestas de su merecido comentario, que es al final por lo que Eurovisión merece la pena y lo que le da razón de ser: la generación de narrativas alrededor del despliegue de la imagen en movimiento en el marco espectacular de la cultura televisiva de consumo.

Una vez lanzada semejante diatriba, podríamos comenzar con Rusia, favoritos, como siempre. Europa precisa de un antagonista para dar sentido a un certamen que trata efectivamente de construir una cierta idea de Europeidad (al menos en sus inicios) a través del audiovisual y los hitos técnicos del momento. Rusia es a menudo interpretado como un enemigo astuto a batir, por lo de que las exrepúblicas soviéticas le votan, porque suele publicar su propuesta eurovisiva casi al final de plazo (haciéndose desear), además de evidentemente sus políticas gubernamentales anti-LGBTQ+ y los paradójicos mensajes a menudo pacíficos de sus canciones. Este año concursaban con un conjunto, Little Big, que según ellos mismos, eran una propuesta estética que parodia de los estereotipos rusos a partir de una música rave de referencias eclécticas. El resultado una canción que, sorprendentemente, lleva un título en castellano, “Uno” y parece una especie de instrucciones cantadas de Zumba para aprender a bailar, aunque con moralina de por medio: pues se tienta al espectador a reírse de la figura del bailarín obeso que copa todo el protagonismo de la escena, además de este tema “apropiarse culturalmente” de “otros ritmos” como el chachachá y adoptar una estética muy setentera (la de los vecinos del Oeste en tiempos de la URSS), con pantalones de campana y camisas de cuello de pico… Juzguen ustedes mismos.

El Este iba fuerte. No contentos con la paradoja de un grupo que se hace llamar Pequeño Grande (pensemos en las comunes denominaciones grandilocuentes de Madre Rusia, el Gigante con Pies de Barro, o el Oso como símbolo nacional), Lituania también nos tienta a otro dilema identitario. Si aún teníamos dudas con el ser en sí y el ser para sí sartreano, “Soy un humano, no una piedra” sentencia el cantante de The Roop al inicio de su tema. Incapaces de llegar a una buena posición desde su debut, este año partían como favoritos. Captar, capta la atención del espectador además de hacer gala de un baile en el que parece hacernos muecas pero no, no se trata de una tomadura de pelo: el ritmo de la canción es tan easy going que entra al primer segundo y pese a ser radiofórmula incorpora una melodía electrónica no tan común por, siguiendo a Ullán, estos “pagos”. A una estética que pone de relieve un debate sobre la masculinidad en gestos y vestimenta le sumamos el estribillo: “El calor está incrementando, creo que estoy a tope (on fire)”. Probablemente nada resuma mejor este tiempo que nos ha tocado vivir que una oda al calentamiento.

Pasemos ahora a Ucrania ya, por favor. Es la primera vez en su historia que este país interpreta su canción enteramente en ucraniano. Una críptica banda de folk, Go_A (que no nos regala sonrisas forzadas así como así como suelen hacer los conjuntos folclóricos en el Festival para hacerlo más fácil) de vocalista impasible e hierática que cualquier eurofan tendría como objetivo llevar a su fiesta para adorarla e incluso sacarla a bailar para ver si es real. En honor a la verdad, seguimos asombrados con su reacción tras ganar la final nacional, definición de entereza y estoicismo que no pasotismo como el de Salvador Sobral. Hartos de Shady ladies, Anti-crisis girls y demás divas afectadas que no hacen más que reforzar unos estereotipos de género heterocentrados poco halagüeños, encontramos aquí una propuesta que parece sacada de un encuentro de bailes regionales, que no ha intentado traducir su estribillo. Y que, todo sea dicho, resulta complicada de tararear: precisamente por eso nos parece que está aportando una autenticidad e independencia a costa de no pasar a la final (evidentemente no ha sido de los gustos del gran público).

Aunque lo queramos, no podemos irnos del este. Por Letonia tenemos a la todopoderosa Samanta Tina, otra diva que a lo Shady lady hace gala con orgullo de una feminidad exultante y que comete la osadía de hablar de liberación femenina rodeada de un grupo de bailarinas que también siguen todos los chichés del deseo masculino blanco y heterosexual. Ellas proféticas, con mamparas y guantes en su vestuario ¡además nos disparan fru-frú! (real) y aportan una propuesta electrónica, con un estribillo instrumental sobreproducido que nos recuerda aquello del tecktonik e incluso el dubstep. No obstante, acaba derivando en una de las propuestas más coherentes en tanto a que la estética está concienzudamente definida y planteada (no se han puesto lo primero que han visto). En este sentido es de justicia destacar a Efendi, la abanderada por Azerbaiyán, que en un tema autooriental titulado Cleopatra (sacrilegio a Dana International) con mantra budista incluido es capaz de juntar a Marc Anthony y Marco Antonio en una misma letra donde a lo Rosalía entona para el estribillo un trapero “tra” (pero de Cleopla“tra”). Era otra de las grandes favoritas, y además con un guiño a la libertad sexual insólito en su geografía: “Cleopatra was a queen like me (…) Straight or gay or in between, In between, yeah, in between”.

Rumanía y Bulgaria. Parecen hermanas. Además ambos nombres se escriben con mayúsculas tal vez para destacar entre los motores de búsqueda. Son dos jovencitas (ROXEN, por Rumanía y VICTORIA, por Bulgaria) con sendas alusiones al alcohol en la letra de sus canciones, sí… La primera con el irreverente juego de palabras Alcohol you (I will call you) a lo que sigue “when I am drunk” (te llamaré cuando esté borracha) y la segunda que habla de Tears getting sober (lágrimas que se vuelven sobrias) y una herida que aunque “le duele” dice que es “dulce” y “con el tiempo se convertirá en cicatriz”. Pese a lo truculento del mensaje de ambas estamos ante dos intérpretes muy capaces, con temas apenas prefabricados y sin abalorios sino más bien minimalistas y van al centro de lo que se supone que es este concurso (la canción en sí) y que sin duda iban a colmar el top 10, adoradas por el público juvenil que ahora se derrite con Billie Eilish y encuentra que no hay que volverse una SUPERG!RL para molar… (esa es la canción “teen” griega que apenas nos limitaremos a nombrar en tanto intento de helenizar a Britney Spears, ahora es la canción la que se escribe en mayúsculas). Pero por favor, sigan juzgando por ustedes mismos.

Es el momento de acudir al otro gran “bloque” (si es que seguirse refiriendo a los países en bloques no es adherirse a cierto lugar común para los que impugnan el certamen), el de los nórdicos. Siguiendo la estela de la brillante propuesta artística del año pasado que realizó Islandia, burlando la “censura” con el proyecto Hatari, este país ahora nos enviaba una banda indie llamada Daði og Gagnamagnið (a la que han estilizado como Dadi para que sea más traducible e incluso risible) que parodian a la diva de ventilador (cliché eurovisivo) con sentimentalismo en un determinado momento de la canción (el minuto 02:00) y tocan instrumentos de mentira (otro cliché eurovisivo) y ataviados en una estética vaporwave, todo con unas notas muy funky que hacen las delicias incluso de los eurofans más capillitas (Nos sigue sorprendiendo como una banda tan aparentemente “alternativa” ha encandilado a fans de divas helénicas virtuosas y Biebers de Petrogrado, al fin y al cabo la mayoría de los fans del Festival). Esto nos sorprende y nos gusta, porque de hecho este concurso sigue teniendo genuinidad y actualidad por apuestas tan sofisticadas como esta: reírse de uno mismo haciéndolo con clase es toda una virtud.

En cuanto al resto del bloque nórdico, poco más que declarar. Las coristas del año pasado de Suecia este año han pasado a ser las cantantes principales –The Mamas– con una canción genérica de superación personal, la noruega Ulrikke con la típica balada dramática de diosa afectada pero que nos lo dice honestamente: “solo quiero tu atención”, los daneses con una apuesta tan machacona como improvisada (porque eso de elegir un cantante hombre y una cantante mujer y hacerlos cantar como si fueran un matrimonio consolidado no es nada nuevo) que parecen suplicarnos pasar a la final conscientes de que ese sería su techo y un señor por Finlandia, Aksel que, pese a resultar muy válido, ha sido el elegido en una tormentosa final nacional en la que iba a ganar Erika Vikman y no sabemos qué pudo ir mal. Bueno sí, su tema Cicciolina era una apuesta polémica que rozaba un tema tabú (el porno), y enteramente en finés (ya apenas se saborean canciones en idiomas distintos al inglés en un festival post-Brexit) que tenía todo cuanto deseamos: un vestido rosa chillón, un trono para ella sola y dos osos custodiándola (además de fuego a su alrededor). Pero ganó una canción de probador de tienda de ropa, y no pasa nada.

Culminando, nuestro recorrido hemos que recalar en la isla de Chipre con Sandro, un chico fit que es coherente con su cuerpo. Running, se llama la canción. Parece que estaban haciendo precisamente eso: corriendo porque no llegaban al plazo los chipriotas para escoger representante de entre los reservas de la discográfica y se quedaron con este señor que al menos en su nombre da el pego (pero es alemán). Poco que destacar en una canción hecha a destiempo. Y para destiempo, o incluso contratiempos, Francia. En el videoclip del tema este galán de anuncio de colonias aparecía encaramado a la torre Eiffel para parecer que la canción sonaba más francesa que inglesa, ya que gran parte de ella la interpretaba en inglés y esta sí, “tiene la equívoca virtud de parecer que ya la hemos escuchado”, citando de nuevo a Ullán. Como se ha comentado anteriormente con el tema de los revamp, luego recularon y la afrancesaron para no incomodar mucho al ministro de cultura (aquí hasta la RAE se encaramó con Barei). No nos podemos olvidar de nuestro estimado Blas Cantó, uno de los cantantes del momento en España del que hubiéramos esperado alguna propuesta menos “internacional” en la que sus posibilidades vocales no quedaran supeditadas ante el deseo de agradar a las masas, o peor aún al “uni-universo”.

En conclusión, nos quedamos con un año lleno de propuestas escénicas trufadas de rasgos identitarios (o incluso postidentitarios) que nos dan que pensar acerca de cómo estas naciones desean construir/negociar su imagen en la arena internacional que es Eurovisión. Nos quedaremos con las ganas a medias. Dada la cancelación y el hecho de que no se van a poder reciclar estas canciones para la edición de 2021 (que tendrá lugar “de nuevo” en Róterdam) muchas de las televisiones participantes han decidido “llevar” a estos mismos representantes a la edición del año que viene (entre ellos la RTVE). Así, cerramos este 2020 no tanto con un adiós sino con un Hasta la vista, baby, tomando evidentemente las palabras de Schwarzenegger en Terminator 2, y como decía otra de las canciones de este 2020, Serbia, en su estribillo (e incluso otras dos canciones más de Eurovisión, en 2003 Ucrania, y en 2008 Bielorrusia).