Filosofía y consuelo de la música: entrevista a Ramón Andrés

Filosofía y consuelo de la música: entrevista a Ramón Andrés

El pasado mes de septiembre llegó a las librerías Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés. Conversé con el autor a propósito de algunas de las inquietudes que me suscitó la lectura de su último trabajo:

Usted sabe lo que es interpretar como músico una partitura. En su último libro, y en otros trabajos anteriores, interpreta textos filosóficos consagrados a pensar la música. ¿Qué similitudes y qué diferencias destacaría a propósito de ambas prácticas exegéticas?

—El de la filosofía y el de la música son dos lenguajes que a menudo se trenzan, todavía hoy. Ambos tienen en común que abren un espacio en nosotros, me refiero al pensamiento que indaga y crea, a la necesidad de preguntar y hacerlo en otra dimensión del tiempo. Platón había intuido algo así, y en cierto modo, en tanto que lenguajes «escogidos», estuvo convencido de su capacidad para crear parámetros éticos, inalcanzables a través de otras ciencias u otras artes.

Las diferencias son ciertamente claras. Mientras que el lenguaje filosófico tiene un grado de abstracción determinado, en la música ese grado es mucho más amplio, por no decir ilimitado, y más desde que la electrónica y la informática han entrado en juego. Yo diría que la filosofía es el puente más sólido para mediar entre la palabra y el lenguaje comunes y la música. 

¿En qué se distingue para usted la teoría de la música con respecto a la filosofía de la música? En su obra argumenta que ha habido periodos históricos en los que la primera ha experimentado un gran desarrollo mientras que la segunda no ha dado ningún fruto relevante. ¿Considera que esta correlación entre teoría y filosofía es indicativa de la altura intelectual de una época?

—La teoría de la música y la filosofía de la música son dos terrenos muy definidos, muy acotados, por lo tanto yo no buscaría una distinción, dada la claridad de los términos. Es cierto que históricamente no han ido a la par, pero habría que decir que se han pasado el testigo en más de una ocasión, por así decir. Lo notable es que, a medida que han avanzado los siglos, el interés de la filosofía por la música ha aumentado. Son tantos los filósofos contemporáneos que han escrito y escriben sobre música que resulta muy significativo. Y eso se debe, seguramente, a que ambos lenguajes son los más libres y versátiles para formular cosas nuevas en nuestra mente. Con respecto a lo último que pregunta, por supuesto: el vínculo entre filosofía y música dice mucho de «la altura [e inquietud] intelectual de una época».

Si me permite la paráfrasis, ¿cuáles son, a su juicio, las utilidades y los inconvenientes de la historia de la filosofía de la música para el presente de la filosofía de la música?

—No veo inconvenientes, sino sólo utilidad. Siempre hay que pensar y escribir desde el conocimiento de lo anterior, de lo pasado, para generar con solvencia ideas nuevas. La filosofía contemporánea debe ser lo suficientemente hábil para no sentirse lastrada por lo ya dicho, y ser libre sabiendo que ella misma es, en el fondo, un fruto de la memoria.

La confección de Filosofía y consuelo de la música ha atravesado paisajes muy distintos: dibuja un amplio arco que comienza en Barcelona y concluye en el Valle de Baztán. ¿Qué sonidos, incluida la música, ha escuchado durante semejante travesía?¿Diría que éstos han afectado a la composición de su obra? De ser el caso, ¿cómo?

—Lamentablemente vivía en una ciudad que, en muchos aspectos, está yendo a la deriva. Cada vez más hostil al ciudadano, cada vez más ruidosa, invivible en muchos aspectos, incluso el económico. Los jóvenes tienen que abandonarla a causa del abuso de los alquileres. Hay mucha delincuencia, además. El paro la desborda. Todo esto crea un «ruido de fondo mental» que acaba aturdiendo. Con eso quiero decir que no sólo llegan a la mente unos sonidos físicos, reales, porque la ansiedad y la inquietud tienen también su música silenciosa y corrosiva para la mente. He regresado a los paisajes de mi infancia y adolescencia, y no deja de ser significativo que ahora esté trabajando un libro sobre Josquin Desprez, autor de una música transparente, de sonido muy puro, creadora de amplios espacios. Ahora oigo milanos y petirrojos, se oye el río desde mi casa, el viento corre distinto, los bosques suenan…

Usted testifica y piensa el vínculo entre filosofía y música desde la Antigüedad hasta la Ilustración, una periodización que justifica en la nota final de su libro. ¿Qué criterios ha seguido para incluir en su estudio a las figuras a partir de las cuales testifica y piensa dicho vínculo?

—Sencillamente he ido a buscar a los pensadores que en el pasado aportaron mayor contenido a la música y al hecho musical. He tenido que hacer una selección, a veces severa, ya que fueron muchos los que escribieron sobre lo que ahora nos concierne. Una de las dificultades ha sido el paso por la escolástica, de la que, en general, salieron ideas muy afines y por eso mismo difíciles de diferenciar. En un libro como el mío, que en el fondo es divulgativo, ahondar en un asunto como el mencionado llenaría de tedio al lector que sólo desea informarse sobre el tema que presenta una obra como la que se acaba de publicar.

La longitud de sus oraciones es notablemente desigual, y lo mismo sucede con la extensión de sus párrafos y del espaciado que constituye los intersticios entre éstos. Su discurso, por otra parte, incorpora puntualmente diversos tipos de imágenes, como fotografías, pinturas, dibujos o pentagramas. ¿Tiene algún significado para usted el contraste entre el desorden (si «desorden» es el término apropiado) que evidencian estos rasgos estilísticos y el impulso sistemático que implica su cometido de ofrecer una revisión cronológica, acotada y minuciosa del vínculo entre filosofía y música?

—Cada vez más procuro efectuar cambios rítmicos de lectura, generar pausas, combinar un párrafo extenso con unas líneas de carácter aforístico, por ejemplo. Lo vengo haciendo en los últimos libros, también en la poesía. El lector no es tan sacrificado, por así decir, como lo era antes, necesita estímulos constantes, algo casi imposible de conseguir en un libro que te está hablando de música y filosofía. Nos estamos volviendo cada vez más fragmentarios, tal como lo demuestra el arte. Así que este «desorden» es premeditado. No escribo para musicólogos, entre otras cosas porque yo no lo soy. Tan sólo soy un lector y un buscador, nada más.

Su libro también se encuentra intermitentemente veteado por una serie de apartados que rotula «Consuelo de la música». Si establecemos un paralelismo entre estos fragmentos y el lenguaje musical, acaso cabría hablar de silencios o cadencias. ¿Cómo ha decidido la ubicación de estos pasajes?

—Estos «consuelos» casi siempre están al final de un capítulo y están, casi en todos los casos, siguiendo una línea cronológica. Es un modo de mostrar al lector que en todo tiempo, aparte de lo estrictamente filosófico, ha habido cabida para el consuelo, ya se exprese en una miniatura de la Edad Media o en un cuadro del Barroco.

Filosofía y consuelo de la música incluye asimismo numerosas citas de poemas. Cuando éstos han sido creados en lenguas extranjeras, no siempre proporciona su versión original. ¿Este modo de proceder obedece a alguna razón en particular?

—Sí, quizá habría que haberlo mencionado en una nota. En general es así porque son traducciones mías. Me pareció un exceso de presencia mía, sinceramente.

Afirma que su estudio seguramente defraudará al especialista. ¿Le gustaría que no fuese así?¿Por qué?

—Lo acabo de comentar, más o menos. Seguramente el especialista en Boecio, en Hugo de San Víctor o en Marsilio Ficino, por poner unos casos, echará de menos una mayor profundidad y más extensión en el que es su campo de estudio. Esto es inviable en un libro que trata simplemente de informar y de abrir caminos, su cometido es otro. Piense que sobre Dante y la música se podrían escribir cientos de páginas, y esto en casi todos los casos.

A modo de coda: ¿qué filosofía de la música escrita en nuestro siglo o en las postrimerías del s. XX le interesa?

—Más que libros concretos son autores los que me han interesado. Dilthey, Bloch, Jankélévitch, Severino, Cacciari, Sloterdijk, entre muchos otros, como Zambrano, han escrito páginas de gran interés. Lo que no quería ―ni lo pretendía― era escribir, pongamos por caso, una obra que pudiera tener el sello de Adorno, que, a juicio de algunos, es un tanto «gris» y difícil de leer para quien no está muy versado en la materia. No es una crítica, en absoluto. Pero hoy las obras tienen otro tipo de lector, y eso no significa que la profundidad sea inferior. La mirada es distinta. Tenemos otra manera de leer, de escuchar música, de contemplar un cuadro o una instalación, una película.

 

 

Para los periodistas de siempre

Para los periodistas de siempre

Este texto es resultado de un consenso. Tampoco yo estoy a favor de la ética de los resultados, como dice Martín Caparrós en el libro dialogado que es El viejo periodismo (2020), editado por la Revista 5W. De lo contrario no estaría escribiendo estas palabras, tomándome con relativa importancia la tarea no siempre sencilla de ordenar las ideas, para luego volcarlas de la forma más legible y atractiva posible.

Aquí, sin quererlo, ya aludí al estilo, a la labor del escritor – o escribidor, como dice Agus Morales, el otro protagonista de la conversación–, y además utilizando la primera persona del singular, tan temida por unos y tan auspiciada por otros en el mundo del periodismo.

Y es que esta colección de diálogos celebra su quinto aniversario en un 2020 en el que como sociedad caminamos al borde del abismo; un año en el que no hace falta viajar hasta el fin del mundo para toparse con suicidas, y en el que una lectura consigue paliar tantos y tantos abrazos prohibidos. 

Para quienes no conozcan la revista, ésta se estructura en base a los 5 principios fundamentales del reporterismo, las 5W: Who, what, when, where, why [Quién, qué, cuándo, dónde, por qué]. También bajo esta premisa se articulan sus libros-diálogo que consiguen reunir a dos personajes afines y expertos en algún tema concreto, durante varios días, en una misma habitación de hotel, con el objetivo de compartir experiencias, opiniones y de teorizar acerca de, por ejemplo, qué carajo pasa con el oficio periodístico.

El libro ‘El viejo periodismo’, editado por Revista 5W

Who

Caparrós presenta a Morales. Morales presenta a Caparrós. Se nota que se conocen bien, se aprecian, se respetan.

El primero recuerda su libro Larga distancia (1992), aquellas crónicas de sus viajes por algunos de los países que conformaban la Latinoamérica de entonces y, primero se indigna al pensar que, quizás, le habían robado su título para una revista, pero luego recapacita, y se cerciora que aquello es una especie de homenaje a posteriori.

El segundo aprovecha la figura del escritor argentino para reivindicar que la literatura y el periodismo son una “carrera de fondo” en la que el esfuerzo es el motor principal. También deja al descubierto sus ínfulas de éxito cuando confiesa que ojalá Caparrós ganase el Nobel de Literatura en un futuro y así poder reeditar su libro No somos refugiados (Círculo de tiza, 2017), del que Caparros, a su vez, dice: “No somos refugiados trata con solvencia, sensibilidad, inteligencia, uno de los dos o tres grandes temas –intratables– de estos tiempos: las migraciones, sus historias, sus razones y sinrazones y desastres, sus hallazgos”.

La verdad es que se merece el Nobel y Morales una reedición con su prólogo de altura.

What

En esta sección Caparrós nos describe qué es el periodismo Gillette, por qué lo detesta y le aburre tanto. Según el escritor, lo que este tipo de periodismo persigue, y muchas veces consigue, es “mejorar un poquito los errores y excesos del sistema para que el sistema pueda seguir funcionando”. Una lección – de honestidad, de lucidez – que no amedrenta a Morales, más joven y, en apariencia, menos abatido.

Él, Morales, le replica aludiendo a la reputación del periodismo anglosajón, que tuvo “mucha influencia en mi forma de pensar”. Las discrepancias cesan cuando sale a colación el término, en palabras de Caparrós, de fuck-checking, esa fiebre por la comprobación exhaustiva y milimétrica de la información publicada. ¿No estaremos volviendo todos un poco locos con tanta verificación? Si el periodista investiga, el editor revisa y el medio responde por su equipo, ¿por qué tanto embrollo? ¿O es que acaso ya no existe equipo de periodistas, editores con solvencia, medios que respondan? Silencio. 

También a lo largo de estas páginas se habla sobre el “clima de excelencia técnica bajísima” en el que vivimos; sobre las formas diversas de hacer periodismo, que no deja de ser siempre, una y otra vez, resultado de una misma premisa: “averiguar, pensar y contar”; sobre el (sin)sentido de la pandemia de coronavirus en nuestras vidas, también en la de aquellos que ya no están; y, sobre todo, se reflexiona en torno a la figura de un hipotético lector o lectora, la “inmensa minoría” como la llamaba Juan Ramón Jiménez, referente para Morales. 

“El error contemporáneo, en muchos casos, es pretender que el consumo de periodismo sí sea masivo. Entonces, para conseguirlo, se desvirtúa todo lo demás”, sentencia Caparrós. Los modelos de negocio, a examen.

El periodismo Gillette intenta mejorar un «poquito los errores y excesos del sistema para que el sistema pueda seguir funcionando», argumenta Caparrós.

When y Where

Buenos Aires, Madrid, París, Pakistán… Son muchas las ciudades y los países que conforman el mapa vivencial de ambos periodistas. Pero, quizás, de todos ellos, sea el continente africano el que más les une. Caparrós ha retratado el hambre y la miseria de sus gentes; Morales, las enfermedades contagiosas y otra gran epidemia, la del Ebola.

En estos dos capítulos abordan la no menos controvertida labor de la acción humanitaria. “El cinismo a veces nos devora. Yo creo en el valor absoluto de la vida: si no salvas a esa gente, va a morir. No hay vuelta atrás. Y por eso creo en el modelo de emergencias”, argumenta Morales. Por su parte, Caparrós cree que la responsabilidad, pero sobre todo la solución, va más allá de la actuación de las ONG sobre el terreno. Saben de lo que hablan pues ambos han trabajado de la mano de Médicos Sin Fronteras (MSF) por medio planeta y han sobrevivido a la “pornografía de la miseria”.  

Tanto Caparrós como Morales coinciden en que el mundo comenzó a resquebrajarse a partir del 11-S, bajo la atenta y conspiranoica mirada de Occidente, que vive siempre con el anhelo del protagonizar los logros y desastres de la humanidad, y que se agravó con la muerte de Bin Laden y la desestabilización de la región de Oriente Medio y Norte de África. Vivimos continuamente en “mundos en ebullición”, recordando a otro argentino venerado, Jorge Luis Borges.

Why

Para los seguidores de Caparrós, reconforta leer su opinión acerca de la posición de la crónica como género periodístico: “[en una situación] marginal en el sentido de que no se convierta en una formula consagrada. Que esté siempre mirándose desde fuera, extrañada, criticándose, recreándose. Que, más allá de su capacidad de comunicación, sea además un objeto estético que merezca la pena”. Pero, sin caer, como más adelante advierte, en un tipo de “estetización inane” de las que no pueden escapar ciertas crónicas.

“El cinismo a veces nos devora. Yo creo en el valor absoluto de la vida: si no salvas a esa gente, va a morir. No hay vuelta atrás. Y por eso creo en el modelo de emergencias», asegura Morales.

Como decía al principio, este es un libro-diálogo que habla del oficio periodístico, por eso en él abundan las referencias y agradecimientos a quienes ejercieron de maestros, aun sin saberlo, de entre quienes destaca el poeta Juan Gelman. Quizás a esta reseña le falta visión crítica y le sobra adulación, pero, a fin de cuentas, en ningún momento prometí lo contrario.

 

 

 

¿Dónde están aquellos maravillosos griegos? Que yo los vea

¿Dónde están aquellos maravillosos griegos? Que yo los vea

Título: Dioses contra microbios. Los griegos y la Covid-19

Autor: Alejandro Gándara

Editorial Ariel (2020)

221 páginas

 

El último libro de Alejandro Gándara que publica la editorial Ariel pretende ser una actualización de la filosofía antigua a la situación de crisis desatada por la pandemia de coronavirus. Mediante un juego metafórico con la noción de contagio, el autor postula que no solo vivimos en una pandemia porque el virus se transmita comunitariamente, sino que estamos también contagiados de modelos de pensamiento dominantes enfermos e incapaces para sobrevivir a una crisis. La filosofía antigua constituye aquel bastión al que el autor retorna y desde el cual resiste las embestidas del pensamiento dominante.

En una mezcla libérrima de autobiografía, ensayo y diario, el autor desgrana sus ocurrencias sobre la metamorfosis que está experimentando una sociedad -en el tiempo de la redacción del texto, todavía confinada- por la emergencia de un nuevo virus. El género en el que se podría inscribir el texto de Alejandro Gándara es aquel en el que Marco Aurelio escribió sus Meditaciones, los hypomnemata, un conjunto de reflexiones que uno escribe para sí mismo, como un recordatorio, una clarificación o una actualización de verdades que se ponen en práctica ante nuevas situaciones vitales. Los hypomnemata son, por tanto, soportes escritos de recuerdos que condensan máximas de actuación y a los que se retorna en situaciones vitales novedosas o especialmente traumáticas.

En la antigüedad clásica los hypomnemata podían ser también enviados como cartas, transcendiendo así su carácter privado para que las máximas y reflexiones allí contenidas se reactivaran al ponerse a disposición de otro. El riesgo que aquí se corre es el del anacronismo por cuanto dicha correspondencia se realizaba entre familiares o miembros de una misma escuela de pensamiento que compartían un conjunto de presuposiciones, no solo morales sino también cósmicas, sobre el mundo. El contexto actual, tanto el del mercado del libro como el de las presuposiciones morales sobre el mundo, no es el mismo y lo que en la antigüedad clásica era una forma de cuidado de sí y de los otros puede ser leído, en la situación presente, como el intento de reanimación de aquel mundo que ya fue, como una carta sin destinatario.

El primero de los capítulos titulado «Metamorfosis, zona cero» creo que es uno de los más logrados del libro en tanto que es aquel que consigue exponer algunas de las problemáticas surgidas a raíz de la pandemia desde la perspectiva de la cosmovisión griega clásica sin caer en una enojada añoranza de la sociedad que aquella cosmovisión tramaba. La emergencia de un virus zoonótico que ha transformado radicalmente el orden mundial y que ha propiciado la muerte de miles de personas se presenta en el tapiz de la concepción griega clásica sobre los dioses como personificaciones metamórficas de las fuerzas prepotentes de la naturaleza. Así, si, por una parte, la mitología clásica servía como un procedimiento de ordenación simbólica de las amenazantes fuerzas de la naturaleza, también constituía una afirmación de su inasible carácter metamórfico. El autor, retomando una de las máximas más recurrentes de la Estoa, nos invitaba a aceptar la naturaleza metamórfica de la naturaleza condensada en esta máxima de las Meditaciones de Marco Aurelio: El tiempo es un río y una corriente impetuosa de acontecimientos. Apenas se deja ver cada cosa, es arrastrada; se presenta otra, y esta también va a ser arrastrada.

 Si algo ha revelado la pandemia de coronavirus es el límite de nuestros conocimientos, lo que, a su vez, ha puesto de manifiesto la impotencia humana para anticipar, controlar y domesticar los fenómenos de la naturaleza. La magnitud del acontecimiento, sin embargo, no trae consigo una justificación de su acaecimiento y es precisamente su carácter neutral y absolutamente indiferente para con las empresas y los empeños humanos el acicate de racionalizaciones teológicas; véase, por ejemplo, aquella que recurre al tropo de la venganza de la naturaleza para, en un antropomorfismo mitológico, interpretar moralmente la aparición de este virus como una reacción airada y violenta de la madre tierra contra la especie que más populosamente la puebla. Considérese aquella otra que postula la existencia de un gran secreto geopolítico para señalar, como responsables de la creación y expansión del virus, a una élite que, clandestinamente, planificaría el destino de las sociedades occidentales.

A esta necesidad de dar una explicación simbólica de la pandemia trata de responder el segundo capítulo del texto «Las palabras y los virus» postulando, creo yo, una dicotomía artificiosa y manida entre los números y las letras: la fría y dominadora cuantificación del mundo se opondría a su delicada y sensible simbolización lingüística. La dicotomía está transida de una melancólica añoranza por un mundo anterior a los descubrimientos de la ciencia natural moderna que consideraban el mundo como un libro de geometría. Compartiendo aquel diagnóstico según el cual la pandemia de coronavirus requiere de formas de justificación simbólica que la doten de sentido y aceptando, incluso, que la imaginación narrativa puede jugar un papel fundamental en dicho trabajo de simbolización, tanto para explicar como para orientar la acción, no me parece que dicha defensa de las formas de imaginación simbólica, de la palabra, en los términos de Gándara, tenga que estar reñida con el conocimiento científico del mundo.

Todo el capítulo segundo del libro constituye una crítica del acercamiento cuantitativo a los efectos y consecuencias de la pandemia y recuerda lejanamente a las críticas de Heidegger al espíritu de la técnica y el olvido del ser. La tesis general del capítulo es la oposición entre la cuantificación del mundo como un procedimiento de control y dominio político, presente en la multiplicidad de estadísticas sobre contagios, muertos, aumento del paro, ocupación hospitalaria, número de PCRs realizadas, etc. Y la comprensión griega clásica según la cual «el universo, la naturaleza, llevaba en sí el número» (112). Desde esta perspectiva, la razón cuantitativa y numérica no vendría sino a opacar las formas simbólicas, sensibles y delicadas, en la representación de la pandemia, imponiendo una ideología de la administración burocrática que «fagocita el nombre. Un nombre metido en un número vuelve transparente a la persona, pero no se trata de sentimientos ni de la guerra ingenua y romántica contra la cifra. Es que la persona, en un medio donde el nombre es sustituido o desvalorizado, se va sintiendo número» (122)

Si bien es cierto que la pandemia ha puesto de manifiesto la magnitud de nuestro desconocimiento y ha desatado un ansia de justificación simbólica que dé sentido a su emergencia azarosa, no creo que estos procedimientos de imaginación simbólica estén siendo opacados o defenestrados por la fuerza matematizadora que, en su avasallador dominio, desustancia al ser humano. La oposición resulta manida y artificiosa y adolece de una nostalgia por aquel tiempo primitivo de la oralidad salvaje donde el número estaba al servicio de la articulación rítmica de los versos y servía para fortalecer la memorización de los contenidos en ellos transmitidos y movilizaba todo el sensorio corporal en una fiesta colectiva donde se tramaba el sentido de la comunidad. Uno de los epígrafes del segundo capítulo se titulada Cuando el número era el ritmo. Las distintas ciencias puestas al servicio del conocimiento y el control de la pandemia no creo que sean una forma de olvido del ser sino, más bien, un modo de autoafirmación humana que ejerce una resistencia frente al poder arbitrario de la naturaleza. La oposición que vehicula este capítulo creo que adolece de los vicios que lastran el desarrollo de los siguientes: la nostalgia por las sociedades integradas de la Antigüedad clásica y la cosmovisión que aseguraba dicha integración se postulan como ideales para nuestro mundo sin que se tenga en cuenta todo lo que, desde entonces, hemos perdido, pero sin valorar pertinentemente aquello que hemos logrado.

                 

El consentimiento, límites y monstruos del amor.

El consentimiento, límites y monstruos del amor.

Desde niño, siempre he intentado observar y analizar al género masculino. Nació como una incipiente curiosidad infantil por mis referentes adultos y terminó por convertirse en una forma de tratar de entenderme a mi mismo. Desgraciadamente, creo que es mucho más fácil encontrar patrones de conducta entre hombres que entre mujeres, somos generalmente más simples. Es por eso por lo que pronto me aburrí de mi propio colectivo aunque no por eso dejé de fijarme en él, siempre temeroso de reproducir sus características más nocivas, lugares en los que no he podido evitar encontrarme muchas veces.

Para mí, El consentimiento de Vanessa Springora, pese a ser una novela autobiográfica donde la propia Springora es la clara protagonista y en la que su propio testimonio tiene mucho peso y trascendencia, es en esencia una novela sobre los peligros más grandes de la masculinidad que todos los hombres tenemos incrustados a través de la herencia social.

Los hombres solemos ser caprichosos y obsesivos, y solemos llevar estas obsesiones hasta extremos totalmente descabellados e infantiles. Nos creemos capaces de llegar al éxito económico a través de absurdas ideas de negocios irrealizables, creemos que todos, sobre todo las mujeres, están a cargo de nuestros cuidados y creemos que la posesión de la belleza y el placer propio están por encima de todo lo demás.

Leonardo DiCaprio es el claro ejemplo de un sistema masculino que rechaza la madurez femenina, todas sus parejas son menores de veinticinco años, por mucho que él envejezca, su edad límite para las relaciones siempre es veinticinco como refleja este gráfico. A su vez, esta inmadurez permanente, habitual en los hombres, es potenciada por la sociedad y unos referentes maternos que por su propia herencia tienden a sobreproteger. Es por ello por lo que a menudo somos más egocéntricos y aprendemos a cuidar de los demás más tarde, y es probable que por eso no resultemos atractivos a mujeres de nuestra edad. Me imagino hace tres años, con la edad que tiene actualmente mi pareja y me veo incapaz de tener mucha de la madurez que tiene ella.

Son comunes entonces parejas con diferencia de edad y en las que el hombre siempre es mayor. Las vemos a menudo en nuestro entorno y hay algunas que incluso se vuelven mediáticas, pero la situación es especialmente grave cuando estamos hablando de hombres plenamente adultos con menores de edad, menores incluso de la edad legal para mantener relaciones. Es entonces cuando esto adquiere un carácter totalmente perverso, casi patológico.

Vanessa tenía trece años cuando conoció a Gabriel Matzneff y catorce cuando empezó a tener relaciones sexuales con él, Gabriel tenía cuarenta y ocho. Como el nombre del libro indica, esta relación fue consentida y duró dos años, pero el texto gira precisamente entorno a si el consentimiento a estas edades es suficiente y nos muestra de manera muy cruda lo reprochable que fue que su entorno cercano, su familia y sus amigos, apenas advirtiera a la joven Vanessa que aquella relación desigual podría llegar a destrozarle la vida.

Gabriel Matzneff, que hoy tiene ochenta y cuatro años, era por aquel entonces un escritor bastante respetado que no se escondía de reflejar en sus libros sus habituales relaciones con menores y que fue el claro beneficiado de un contexto histórico permisivo con ese tipo de relaciones.

En los años setenta se escribieron varias cartas que se publicaron en conocidos diarios franceses firmadas por intelectuales de prestigio donde se pedía la despenalización de las relaciones de adultos con menores (y cuando hablo de menores, me refiero a menores de 15). Entre ellos firmaron intelectuales de izquierdas de la talla de Jean Paul Sartre, Guilles Deleuze, Louis Althusser, Jacques Derrida e incluso Simone de Beauvoir. Solo algunos pocos como Michel Foucault y Marguerite Duras se negaron a firmarla.

Cuenta Springora que no fue hasta años más tarde que se descubrió que esas cartas estaban escritas por Matzneff. El progresismo de la época desatendía los derechos de los adolescentes bajo una supuesta necesidad de libertad sexual y de rechazo a la represión. No deja de ser paradójico que el rey de la denuncia a la represión sexual, Foucault, se negara a firmar dicha carta.

Por supuesto, la mejor manera de entender lo traumática que puede ser una experiencia así, y el motivo por el que el libro de Springora se ha convertido en un fenómeno mediático en Francia, es el testimonio de la víctima, en este caso la propia autora.

Vanessa Springora vivía únicamente con su madre cuando conoció a Matzneff. Lo poco que oímos de su padre en el relato es que con frecuencia era violento con su mujer y hacía poco o nulo caso a su hija. Su madre se separó de él y a partir de entonces se convirtió en un padre ausente al que apenas vio durante años. La influencia de su madre, editora, le hizo apasionarse por los libros muy temprano. Cuando conoció a Matzneff se quedó atrapada a él porque conocerle fue encontrar el referente masculino amable que nunca tuvo. Con él compartía la pasión por los libros y se sintió valorada y amada por primera vez. La novela es también una reflexión acerca de la doble vara de medir que existe aún y que es especialmente significativa en Francia con los intelectuales y los artistas. A un artista se le perdona todo, el testimonio de Emil Cioran hacia el final del libro es desgarrador: «G. es un artista […] Usted lo ama y debe aceptar su personalidad. G. nunca cambiará». La vida del artista es entendida como extraordinaria y a menudo no se rige por la moralidad.

Poco a poco Springora descubre que Matzneff no tiene relaciones con mayores de edad y que es incapaz de tener una relación exclusiva. Su obsesión con el sexo con menores es absolutamente desmesurada. Aunque Matzneff se siente un adolescente permanente, sin duda no por ello deja de ser consciente de su posición de poder y de su experiencia y manipula a sus víctimas sin contemplaciones para que crean que lo que están viviendo es una excepcional e incontrolable historia de amor.

Por el camino, Springora descubre que todo aquel amor que tanto ansiaba y creía haber encontrado no era más que una constante demanda de sexo, mentiras continuas para ocultar traiciones y abandonos, y una nula preocupación por sus sentimientos e inquietudes. Ese duro descubrimiento llevará a Springora a la total falta de autoestima y de ilusión por la vida, al aislamiento de la mayoría de sus conocidos (incluso de su madre), a sentirse cómplice de un maníaco delincuente y a la total incapacidad de volver a confiar en nadie durante años.

Es un relato que por momentos se vuelve muy duro de leer y aunque al principio me generó mucho interés (me leí más de la mitad en un día cuando no suelo ser un lector tan voraz) necesité parar de leerlo unas horas porque sentía que me estaba afectando personalmente, que apelaba a la magnificación de un conjunto de actitudes que no me resultan tan ajenas como me gustaría. La complicidad, plasmada en el libro, de algunos hombres que admiran a Matzneff, que sueñan con hacer lo mismo que él y que no dudan en hacérselo saber a ella es repugnante.

Sin duda, en el relato vemos plasmado lo peor de la masculinidad que a menudo tiene mucho de inseguridad y necesidad de ser el centro de atención, sentimientos que rápido se convierten en violencia. Matzneff es un hombre que no se conforma con conseguir el amor incondicional de una niña a quien en realidad no ama ni con ser el filtro absoluto por el que ella descubre la sexualidad. Busca anular su poder de decisión y sus ambiciones, convertirla prácticamente en un juguete y cuando la pierde no respeta su derecho a la intimidad por simple vanidad y orgullo, y la convierte en la protagonista de muchos de sus libros, llevándola al foco mediático una y otra vez, tergiversándola. Springora, cansada de sentirse perseguida por esa historia que preferiría haber no vivido y de que le negaran durante años el derecho a pasar página, decidió escribirla.

Acaso usted también. Sobre  Los divinos, de Laura Restrepo

Acaso usted también. Sobre  Los divinos, de Laura Restrepo

Me convierto en cómplice del autor y co-autores del crimen si leo la última novela de Laura Restrepo “Los divinos” (Alfaguara, 2018) – basada en hechos reales – y me quedo tranquila de brazos cruzados esperando “al día en que todos los hombres, a la par con las mujeres, se manifiesten en las calles contra el feminicidio», como reza la dedicatoria de esta última novela publicada por la escritora colombiana. Me convierto en cómplice porque, como el narrador de la historia, Hobbit, formo parte del universo cultural al que él recurre una y otra vez en su tejido narrativo para ilustrar sus reflexiones, para orientarse en el maremagnum de dudas, para ubicarse en un mundo en el que ESE crimen hace tambalearse y perder cualquier referencia a SER humano.

El hecho desencadenante de esta obra es el secuestro, violación, tortura y asesinato de una menor a manos de un hombre de 38 años, ocurrido en diciembre de 2016 en Bogotá, y la reacción de miles y miles de personas que salieron a la calle movidas por la mayor indignación imaginable en un país azotado por una violencia ya extrema y más que desbordada. Pero estos acontecimientos ocupan un espacio muy reducido en la novela sin ser en absoluto anecdóticos, más bien se presentan encumbrados culturalmente. En efecto, el corazón de la novela es el capítulo 4 y está dedicado a la Niña, que la imaginación de la voz narradora convierte en Ninfa (Ramón Andrés, p. 185), dulce niña pálida (José Asunción Silva, p. 233 y p. 299) y Ofelia (Shakespeare, p. 233).

El texto está formado por seis capítulos cuyos epígrafes llevan el nombre de los protagonistas y co-autores- de la desgracia: 1 Muñeco, 2 El Duque, 3 Tarabeo, 5 El Píldora y 6 Hobbit. Cinco amigos de poco más de 30 años que se autodenominan de forma jocosa Tutti frutti y se sienten sagradamente unidos en la logia de los Tuttis. El relato, engarzado con monólogos, diálogos, fragmentos de documentos reales y numerosas citas en cursiva, está escrito desde la perspectiva de Hobbit (Yo, Hobbit. El traductor, el intérprete. Yo, Hobbo. El filtro, el infiltrado), en un dinámico presente continuo que abarca cuatro meses, seguramente el mismo tiempo vertiginoso que la autora necesitó para expresarse.

Desde su posición marginal, pues forma parte del grupo de íntimos, pero es un allegado a la casta, Hobbit pasa revista no solo a los tres hombres más poderosos del grupo – por su nivel social, económico y de actitud narcisista arrebatadora de voluntades ajenas –, sino también vemos desde la primera página cómo late una tensión entre él mismo y el asesino, que todavía no lo es: Hombre de loco apetito, la pérdida del gusto lleva al Muñeco a buscar pasiones cada vez más sápidas. Que luego no se diga que no lo sabíamos (p. 12). Hobbit-Job vive bajo presión porque está viendo sin ver lo que su amigo hace: Aunque no lo vea puedo verlo en este instante (p. 10) siendo consciente de que su casi hermano (p. 11)  está superando límites.

La novela se abre con un telefonazo de Muñeco -alias Kent, Kento, Mi-lindo, Dolly-boy, Chucky- a Hobbit -alias Hobbo, Bitto, Bobbi, Job-, que azota el silencio y descanso nocturno del amigo. Entonces este se desata a contar, nos acerca a través de la palabra vulgar, soez, transparente, al ambiente en el que está ovillado el protagonista: Qué plaga, este Muñeco. Qué manera de joder… Que haga lo que le dé la gana … Puta la gracia que me hace. Jodido Muñeco … Qué vaina con el Muñeco. Qué mierda rastreará a estas horas. Mientras que, a través de la palabra fina, culta, docta, ilustrada, va desvelando el entramado en el que se cuaja el crimen. Porque el narrador es una persona culta que trae a colación dichos y reflexiones de personajes que al menos una lectora, un lector, atentos, van reconociendo: Este segundo nivel discursivo nos abarca, ya que usa referencias culturales que nos atañen, nos configuran, definen y describen nuestra tradición letrada y artística.

Este es el coro trans-textual, nuestro universo de referencia:

César Vallejo, Diane Arbus, Evangelio de Marcos, Evangelio de Mateo, Fernando Vallejo, Francesco De Gregori, Georges Didi-Huberman, Giorgio Agamben, Giovanni Battista Piranesi, Guido Ceronetti, J.L. Borges, Job, Luis Eduardo Aute, Marcel Schwob, Michel Tournier, Oscar Wilde, Osvaldo Soriano, Ovidio, Patrick Süskind, Roberto Fernández Retamar, Valentine Penrose, W. G. Sebald, Francesco De Gregori.

¿Qué significa esta abundancia de referencias culturales que abarcan la filosofía, la fotografía, la arquitectura, la literatura, la música, el cine? La novela está salpicada de cultura occidental, que somos todos. Todos los que estamos del lado de acá, espectadores de un infierno. De ahí que sea inevitable preguntar qué parte de responsabilidad nos corresponde asumir al leer, -antes, durante, después- esta novela.

La inocencia de la Niña trasciende y es aquella de todos los niños -incluidos los niños soldados, los MENA, los huérfanos de nuestras guerras. Su inocencia toca el gramo de verdad que todos llevamos dentro bien escondido. La voz del narrador es pues la del mediador entre actores y público lector, pero forma parte tanto de unos como de otros. Está implicado en ambos bandos y nos vincula, lo queramos o no. Rinde pleitesía a sus amigos a la vez que se distancia introduciéndose en nuestros mundos literarios, lector precoz, hobbit y ratón de biblioteca. Su función en la novela parece que consiste en rescatar hechos premonitorios, episodios agoreros. Es decir, se debate entre querer saber o intuir que va a pasar algo grave con su amigo y la angustia de no haber sabido a tiempo lo que sólo supimos demasiado tarde.

A la vez, Hobbit somos quienes leemos pues con él al leer, pensamos, reflexionamos, nos enfadamos, reconocemos, nos escondemos; aunque solo sea él quien se arrepiente, él es quien se abre al público lector. Es el personaje más a-social y sin embargo el que está más cerca de usted y de mí. Pongamos un ejemplo: Hobbit es capaz de equiparar Le Carceri d´Invenzione, de  Giovanni Battista Piranesi (p. 324) con la prisión real impuesta en la ficción, donde finalmente está internado el asesino. Ese tipo de cotejos los hemos hecho en más de una ocasión, si no con Piranesi quizás sí con Escher. ¿Acaso usted también?

A lo largo del texto de la novela se plantea el narrador en qué medida son ellos, sus más cercanos, responsables de no pararle los pies al futuro asesino en la escalada desbocada de agresiones. El texto de ficción está  sazonado de avisos que funcionan como premonición no tomada en cuenta. Hobbit transmite como mediador la verdad del co-hecho. Recorre el texto sembrando un hilo de Ariadna indagando con preguntas retóricas la parte de responsabilidad de los co-autores, los íntimos amigos. Se cuestiona el saber, el intuir, el prever.

Todos sabemos lo que ocurrió por los medios de comunicación y la novela está salpicada por textos extraidos de la realidad (carta del preso, retazos de la sentencia). Tanto quienes leen la novela como el narrador estamos al tanto de los sucesos. Sí, la ristra de preguntas o afirmaciones sobre si lo sabían o no pertenecen a la retórica de la construcción ficcional. Pero al mismo tiempo sirven para crear inquietud en quien lee, para recordar que en principio se sabe.

Salvando las distancias de tipología criminal, nos está ocurriendo algo semejante – a nivel de re-conocimiento – con el cambio climático, la escasez o privatización de los recursos acuíferos del planeta, la desertización y catástrofes consecuentes, etc. No es una crónica de ninguna muerte anunciada, es la evidencia del caldo de cultivo que pone en bandeja el crimen.

Por eso la novela está dedicada no a una persona sino a un día concreto: “Al día en que todos los hombres, a la par con las mujeres, se manifiesten en las calles contra el feminicidio». Por eso, afirmo: Si no quieren implicarse en el contexto que conduce a la realización del crimen y convertirse en cómplices, dejen de leer esta extraordinaria novela, o bien, salgan de sus casillas. Tomen partido. Todos somos Hobbit, al menos, todos los que nos hemos alimentado de la cultura occidental y nos vanagloriamos de conocer a Shakespeare, Ovidio y Ramón Andrés.

 

Debe de ser un gentío fabuloso

Debe de ser un gentío fabuloso

 

Título: El eclipse de la fraternidad

Autor: Antoni Domènech

Akal (2019)

600 págs.

 

Debe de ser un gentío fabuloso, una especie de totalidad. Lo nunca visto. La totalidad se nos escapa siempre. Pero allí, aquella mañana, aquel 14 de julio, hay hombres, mujeres, obreros, pequeños comerciantes, artesanos, incluso burgueses, estudiantes, pobres. 

14 de Julio, Éric Vuillard

 

Fue hace poco menos de un año que empecé a leer El eclipse de la fraternidad de Antoni Domènech. Lo iba a reseñar en esta revista y me lo habían enviado desde Akal unos días antes. Iba camino de Murcia, en autobús, cuando leí el meticuloso análisis conceptual y metafórico que Domènech realiza de la idea de fraternidad. Recuerdo ese pasaje vivamente y el momento de la primera lectura. Según Domènech, la metáfora de la fraternidad procede del ámbito doméstico familiar y su significación únicamente puede entenderse con precisión si se analiza en relación con el origen etimológico de la palabra familia. Familia viene del latín famuli, es decir, los siervos, los esclavos. Durante el Antiguo Régimen la familia era la unidad de base de la vida social, pero, en ella, no solo se contaban los individuos ligados por un lazo de parentesco, sino que, bajo su dominio, también se inscribían el conjunto de individuos que, para asegurar su subsistencia, dependían de un pater familias. La noción de familia no solo comprendía las relaciones de dependencia derivadas del parentesco sino, también, todas aquellas situaciones de sumisión con respecto a un señor feudal.

 

El famoso dictum kantiano según el cual la Ilustración constituía el acceso a la mayoría de edad ha de entenderse en el contexto de una sociedad cuya unidad de base era la familia, una familia extendida en las que las tutelas y dependencias transcendían el parentesco. La mayoría de edad suponía la liberación de las tutelas feudales que definían la situación vital del grueso de la población humilde. En este ámbito de las metáforas familiares, la emancipación de las múltiples tutelas paternas que definían la situación de la población que trabajaba por sus manos en el Antiguo Régimen era comprendida como un hermanamiento. Habiéndose liberado de la dominación tutelar de los señores feudales, la plebe podía hermanarse no solo con aquellos que, bajo la dominación de un mismo patriarca, compartían un mismo espacio de vida, sino que podían hermanarse también con aquellos otros que, en un protectorado señorial distinto, en otro feudo, sufrían la vigilancia de otro padre. Rota la segmentación vertical de la sociedad en distintas jurisdicciones feudales, podían las clases domésticas reconocerse como hermanas y reconocer un único progenitor: la nación, la patria (¡otra metáfora de la vida familiar!), exclama Domènech. El fundamento político de esta metáfora conceptual propia del ámbito familiar podría resumirse así: la fraternidad suponía la aspiración a la plena incorporación a la vida civil del conjunto del demos, la universalización de los derechos civiles al conjunto de la sociedad.

 

Una vez hube vuelto de Murcia, me robaron la mochila y, con ella, el libro de Doménech. Sin embargo, me resultó tan potente el análisis metafórico-normativo de la máxima de la fraternidad que, tiempo después, compré el libro para terminar de leerlo. El análisis sobre la fraternidad apenas ocupa las primeras páginas del libro que inicia, poco más adelante, un recorrido histórico y normativo que nos lleva desde Aristóteles a la Segunda República española pasando, con detenimiento, por el derecho romano, la Revolución francesa y la consolidación del código civil napoleónico durante la primera parte del siglo XIX. Son precisamente la combinación elegante y rigurosa del análisis político normativo, de raigambre analítica, y la relación histórica minuciosa, que delimita con muchísima precisión las transformaciones de la composición del demos por fuerzas económicas expropiatorias, las características más sobresalientes y más brillantes de la obra de Domènech. Realizar, en el contexto de una reseña, una síntesis del panorama histórico que cubre El eclipse de la fraternidad es, sin lugar a duda, una esperanza vana por lo que me limitaré a espigar tres conceptos principales que Domènech analiza diacrónicamente.

 

El primero de ellos es la libertad que se estudia como un concepto disposicional según el cual libre es aquel que puede materializar sus planes vitales sin interferencia arbitraria. Para la construcción normativa del concepto de libertad, Domènech recurre muy significativamente al ius civilis romano en el que la persona jurídica presentaba tres notas características. La persona jurídica era absoluta por cuanto no dependía de los vínculos con otros individuos, era indivisible, en la medida en que no se podía desgajar de ella ningún componente y era inalienable, es decir, imposibilitaba la entrega voluntaria o la sumisión deseada. La persona jurídica, tal y como quedó definida en el derecho romano, clausuraba, por ejemplo, los contratos voluntarios de esclavitud, la modificación de la nacionalidad o el comercio con el voto. En la Roma republicana, el problema de la persona jurídica libre nunca estuvo desligado de las bases materiales e institucionales que posibilitaban su materialización efectiva, es decir, el problema de la libertad nunca estuvo desligado de la propiedad de unos bienes materiales que la habilitaran. Únicamente los propietarios de bienes materiales e inmuebles eran personas jurídicamente libres, a diferencia de esclavos y desposeídos. La centralidad que Domènech otorga a la Revolución Francesa descansa en la radicalidad de la propuesta política de personajes como Robespierre que, sin desligar el problema de la libertad jurídica de las bases materiales, pretendieron la universalización de la libertad al conjunto de la sociedad. La república no implica necesariamente la universalización de la libertad republicana. Fue el impulso democrático de la Revolución Francesa el que reivindicó esta universalización.

 

El segundo de los conceptos a los que Doménech dedica una atención capital es el concepto de propiedad, intrínsecamente vinculado a la personalidad jurídica libre. Según Domènech, la república ha de ser la propietaria de los recursos de la nación y, por tanto, la responsable de la asignación de la propiedad privada de los recursos, siempre y cuando esta propiedad se rija por relaciones fiduciarias. En un régimen republicano, la propiedad está subordinada al interés común y la República ha de tener la potestad de remodelar la propiedad de los recursos básicos con el fin de asegurar la libertad republicana, es decir, con el fin de habilitar las condiciones materiales que permitan al conjunto de la población vivir sin la necesidad de depender de otros.  

 

En la cuestión de la propiedad la idea de las relaciones fiduciarias era ya fundamental, pero resulta imprescindible en la definición de la forma de gobierno del republicanismo democrático. El problema de las relaciones fiduciarias se da en el contexto de relaciones en las que la información y los intereses son asimétricos entre el principal y el agente, de modo que dicha relación no se puede regir por un contrato civil habitual. Domènech ilustra el concepto con el ejemplo platónico del médico, a quien recurrimos en busca del diagnóstico y la cura de una enfermedad sin que nosotros, pacientes, gocemos de los conocimientos necesarios para enjuiciar la certeza o la corrección de su recomendación y receta. Este tipo de relaciones se establecen siempre entre un principal, que tiene un interés en que se realice una acción para la que, sin embargo, no está capacitado y un agente, responsable de la realización de la acción deseada por el principal pero que, a diferencia de este, no tiene ningún interés concreto en su éxito. Más allá de las particularidades jurídicas que codifican este tipo de relaciones asimétricas, lo que me interesa aquí es que Domènech concibe la autoridad política republicana como una relación fiduciaria según la cual el pueblo sería el principal que encarga a los representantes políticos el gobierno de la República. De tal forma, los representantes políticos han de estar siempre sometidos al control de los ciudadanos de la República y su representatividad está siempre condicionada al cumplimiento del fideicomiso. Para Domènech esta forma de entender la autoridad política es el factor central de la democracia.

 

El desglose que haya podido hacer aquí de las tesis principales de El eclipse de la fraternidad no hace justicia a la metáfora del título, pues el ocaso del que habla únicamente puede percibirse en el desarrollo histórico de la noción a lo largo de la historia del siglo XIX y del siglo XX. No obstante, dar cuenta del componente normativo que subyace a los posicionamientos de Domènech puede servir para constatar su plena vigencia y animar así al resurgimiento de su estrella.