Hombres fatales. Metamorfosis del deseo masculino en la literatura y el cine

Elisande Julibert

Editorial Acantilado (2022)

162 pgs.

 

E si las mujeres amar quisieren los ombres, vean quién aman, qué

provecho se les seguirá de los amar, qué virtudes, qué viçio para amar

tiene los ombres (204).

Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera o Corbacho

 

No son pocas las virtudes del último ensayo de Elisande Julibert Hombres fatales. Metamorfosis del deseo masculino en la literatura y el cine y quizá una de las más sobresalientes sea la aguda selección de obras literarias y cinematográficas en las que se recrea el mito que es objeto de estudio en el libro: los hombres fatales. Sin embargo, su virtud más señalada quizá sea su elegante y persuasiva capacidad para trabar una argumentación teórica a partir de reconstrucciones interpretativas de las obras tratadas, de modo que la tesis del libro, que en una exposición abstracta podría resultar prosaica, queda encarnada en las ingeniosas exégesis de obras como Lolita de Vladimir Navokob, Ese oscuro del deseo de Luis Buñuel o Bouvard y Pécuchet.

La tesis principal del libro —que el motivo de la mujer fatal no es una descripción de un tipo de mujer cuyas dotes para la seducción tienen un designio funesto sino la proyección de un deseo masculino enajenado e incontrolable— va adquiriendo cuerpo y matices en el curso mismo de la interpretación de las obras concretas y va tornándose más persuasiva y convincente a medida que se comprende con más profundidad el modo en que se ha elaborado históricamente este mito. La obra avanza desde las representaciones románticas de la mujer fatal en Carmen hasta representaciones cinematográficas más cercanas a nuestro tiempo como Ese oscuro del deseo o Con faldas y a lo loco pero el criterio de ordenación de las obras no se rige por el encorsetado marco filológico de la sucesión cronológica, sino que tiene como principio rector el grado de distanciamiento de las obras con respecto a las representaciones más ortodoxas de la mujer fatal. En este sentido, de la Carmen “picaresca, indócil y taimada, que pertenece a una comunidad proscrita, condenada a menudo a la marginalidad” (pg. 57) y que acaba provocando la perdición de don José y su conversión en criminal, pasamos a la Conchita de Buñuel que empieza a delatar “la irrenunciable subjetividad de lo que ve el protagonista” (pg. 63) dejando así entrever que lo que de enajenante y condenatorio pudiera tener el objeto quizá no sea más que una proyección de la subjetividad masculina.

Dedica también Elisande Julibert un capítulo a la obra de Proust, así como otro a realizar una interpretación atípica y audaz de Vértigo, la obra de Alfred Hitchcock. Los dos últimos capítulos están consagrados, respectivamente, a la Lolita de Nabokov, que, en la lectura de la autora, constituye una paródica sátira de un maníaco que con un lenguaje sofisticado, pomposo y engolado, un lenguaje de “poeta frustrado” (pg. 116),  trata de imponer la fantasía de que una colegiala de apenas 13 años es niña un poco perversa y a Bouvard y Pécuchet, la obra póstuma de Gustave Flaubert, que le sirve a la autora para trabar una reflexión sobre el carácter insaciable del deseo —que no ha de reducirse burdamente al deseo sexual— y sobre la terapéutica costumbre de dejarlo vagar por distintos objetos —como la voraz curiosidad de Bouvard y Pecuchet vaga por distintos objetos de estudio—. En este punto, quizá merezca la pena citar un pasaje especialmente luminoso:

“A veces, sin embargo, la conversión de la persona deseada en la solución de las propias insatisfacciones no es un estado transitorio, sino que constituye la estructura misma del vínculo. Entonces, la persona amada queda fatídicamente convertida en una simple cosa y jamás abandona su condición de objeto mágico, es decir, de fetiche o de ídolo; pero como irremediablemente defraudará las expectativas puestas en ella, el enamorado atribuirá tradicionalmente al objeto de su deseo la responsabilidad del sufrimiento” (pg. 143)

En este último capítulo es donde Elisande Julibert vincula más estrechamente el motivo de la mujer fatal con nuestras representaciones sobre el amor romántico como un proceso de enajenación y extravío, que, en sus variantes más radicales, termina desencadenando “una particular forma de locura que consiste precisamente en la alienación del objeto de deseo” (pg. 143).

La introducción y el epílogo son géneros propedéuticos,nuestro horizonte de expectativas nos hace admisible que estos textos ubicados al principio y al final del cuerpo de una obra tengan un carácter más teórico, en tanto que servirían para presentar la propuesta metodológica del ensayo, los criterios de sucesión de los capítulos o, sencillamente, una síntesis del tema a tratar; el epílogo es convencionalmente destinado a hacer una recolección de las ideas principales tratadas o a culminar el curso de argumentación seguida en el libro. En el caso de Hombres fatales el criterio que guía la reflexión a lo largo del ensayo se mantiene incólume tanto en la introducción como en el epílogo: todas las reflexiones emanan del análisis de obras artísticas, así en el prólogo las representaciones pictóricas de Susana y los viejos y en epílogo a la interpretación de Con faldas y a lo loco, y esta disciplina en el apego a la interpretación de obras concretas hace del libro un interesantísimo ensayo bifronte: por una parte, nos ofrece nuevas lecturas de obras canónicas en la tradición y, por otra, desvela cómo bajo la lectura ortodoxa de esas mismas obras se hallaba el objeto del libro: la mirada y el deseo masculinos. El libro de Elisande Julibert no ha recibido quizá la atención que mereciera pues consigue conectar con temas candentes de nuestra actualidad deshaciendo la significación del mito de la mujer fatal y mostrándolo en su más desnuda impostura, desde una atención minuciosa, delicada y corrosiva hacia nuestra tradición cultural y con una prosa precisa y transparente que elude cualquier jerga académica. 

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