Un beso en medio de la catástrofe. Sobre la novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano.

Un beso en medio de la catástrofe. Sobre la novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano.

(Foto sacada de: http://www.puntoycoma.pe/bohemia/resena-un-mundo-huerfano-de-giuseppe-caputo/)

Un beso ácido es el beso que se da como un consuelo, una felicidad infinita en medio del abismo de lo terrible. Como ir a un parque de diversiones con la barriga vacía, como encontrarse sumergido en el tumulto de la fiesta sintiendo al mismo tiempo la soledad innegable, esa fiesta que se da en medio de la cruel intemperie; ese es el tema principal de la primera novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano. Pocas veces recibe un primer libro de un escritor hasta ahora desconocido tanta atención por parte de los medios, y esto con justa razón.

La novela es una tragedia entre dos fuerzas muy claras y muy distintas, tal vez las más distintas: la luz y la oscuridad, el bien y el mal, el amor y el odio, la felicidad y la desgracia, la vida y la muerte. Como una vuelta al principio de los afectos (Dios creando la luz entre la oscuridad absoluta), la novela revela los espacios grises, las fusiones y los saltos histéricos entre la luz y la oscuridad de ese individuo novelesco lanzado al mundo como un títere de fuerzas superiores, un huérfano absoluto. La misma forma de la novela (fragmentos que saltan de un lado a otro) trata de ensartar una narración entre realidades totalmente antagónicas, fiel reflejo de la ácida situación colombiana. Es decir, de esa Colombia al filo del abismo, sosteniéndose como una fiesta en medio de una balacera.

Los nombres caricaturescos de la novela (Peligroso, Los Tres Peluquines, Ramón-Ramona, entre otros) son máscaras que esconden lo que parece ser una crónica muy personal del autor, pero que en su plasticidad innegable permanece en el más claro terreno de lo ficticio. La novela narra la vida miserable de un hijo y su padre, de las acrobacias de los dos personajes para mantenerse a flote en una sociedad que los ha arrinconado en las tinieblas. Trata del amor y la tristeza de unas existencias al filo del hambre, de la podredumbre extrema. Así mismo se trata de los laberintos de la sexualidad del hijo, una sexualidad ahogada en la insensibilidad del espacio virtual, una sexualidad bañada de violencia y de anestesia, una sexualidad con carencia de comunión, la sexualidad de los solitarios.

Las descripciones homoeróticas podrían ser consideradas como las primeras desde hace muchos años en las que la narración no tiene pelos en la lengua, se aleja de la mojigatería ya clásica al momento de abordar estos temas, no le teme a la verdad, es decir, finalmente una narración no homofóbica.

Por otro lado la violencia colombiana no se escapa esta vez tampoco de jugar un papel importante en la novela. Las terroríficas descripciones de una matanza paramilitar (por sus claras motivaciones homofóbicas y su característica sevicia) vienen a converger con las imágenes sexuales. El empalado se vuelve el penetrado, la violencia se infiltra en la cotidianidad, hasta en la sexualidad. Entonces la religión aparece como puente, ese momento en el que la trascendencia, el sexo, la violencia y el sacrificio comulgan. La novela de Caputo conecta de forma extraordinaria distintísimos ámbitos en un contexto ficticio, una ciudad utópica y desagradable en la que parece reflejarse una Colombia sumida en la tristeza profunda, un mundo absolutamente huérfano.

Al final está el epitafio, la dedicatoria que abre nuevos caminos interpretativos, un vínculo parásito con la realidad que hace de la novela una mucho más enigmática de lo que de por sí es. La lectura de la novela es electrizante, su belleza es extraña, en suma se trata de una gran novela queer colombiana.

 

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja como asistente investigativo en la Universidad de Salzburgo. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.
Walt Whitman y el descubrimiento de Life and Adventures of Jack Engle

Walt Whitman y el descubrimiento de Life and Adventures of Jack Engle

Walt Whitman (1819-1892) es probablemente el poeta estadounidense más reconocido y uno de los nombres más consagrados de la literatura de ese país. Su obra emblemática, Leaves of Grass (Hojas de Hierba), ha quedado ya inevitablemente integrada en el catálogo de los imprescindibles de la literatura universal debido a su originalidad y a los elementos novedosos que, en su época, introdujo para la poesía (v.g. el verso libre).

A pesar del indudable mérito literario de Whitman, su nombre va ligado en algunos círculos, no tanto a su obra poética sino a la polémica que rodea a su figura. El poeta, nacido en Long Island, exalta abiertamente en su obra los placeres sensuales y el amor físico; esto, unido a su supuesto homosexualismo, ha dado pie a todo tipo de conjeturas e historias en torno a su vida y sus posibles amantes.

Lo cierto es que para todo aquél al que ni su nombre, ni su obra, ni su figura polémica le resulten familiares, puede que caigan en la cuenta de quién es este poeta si citamos los versos más famosos de su obra: “¡Oh, Capitán, mi Capitán!”. Éstos son los versos con los que comienza la elegía que Whitman dedicó a Abraham Lincoln y que se hicieron popularmente conocidos gracias a la película El club de los poetas muertos. La archiconocida escena final de esta película muestra cómo los alumnos, encabezados por Todd Anderson (Ethan Hawke), rinden homenaje al recién expulsado profesor Keating (Robin Williams), declamando estos versos de Whitman.

Ahora bien, aunque es cierto, como decía más arriba, que la obra más emblemática de Walt Whitman es Leaves of Grass (en la que está contenida, por cierto, la elegía a Lincoln), la obra de la que me voy a ocupar aquí es otra muy diferente.

Zachary Turpin, un estudiante de doctorado de la Universidad de Houston dedicado a investigar el legado de Walt Whitman, ha descubierto recientemente una nueva novela que el escritor publicó en 1852 de forma anónima en el periódico Sunday Dispatch. La novela, titulada Life and Adventures of Jack Engle: An Auto-Biography, está publicada en el reciente número 34 de Walt Whitman Quarterly Review, en una doble edición de la revista dedicada al descubrimiento de esta obra. El especial recoge también el minucioso estudio introductorio que escribe Turpin, autor del hallazgo, sobre Whitman, sobre Life and Adventures of Jack Engle y sobre la importancia de esta novela para su posterior obra poética.

Turpin detalla en su artículo cómo Whitman, antes de la publicación de Leaves of Grass en 1856, fue un exitoso escritor de ficción. Vinculado a trabajos de imprenta y en periódicos desde muy temprana edad, Whitman vivió sus mejores años como escritor de ficción en la década de 1840. En aquellos años publicó más de veinte cuentos en revistas de alto prestigio nacional como American Review o Democratic Review. Los cuentos, no muy originales y de una dudosa calidad literaria, tuvieron gran éxito entre el público de la época, éxito que le llevó a la redacción de su primera novela, Franklin Evans, or The Inebriate. De esta novela se vendieron aproximadamente veinte mil copias, cifra muy alta para la época; sin embargo, y a pesar de ello, Whitman renegó posteriormente de su obra de ficción porque consideraba, no sin cierta razón, que carecía de calidad literaria y la condenó casi al olvido cuando decidió consagrar su trabajo enteramente a la poesía, la cual rehacía una y otra vez, de forma un tanto obsesiva, con el ánimo de perfeccionarla hasta el límite (así pasó con Leaves of Grass, obra de la que Whitman publicó en vida nueve ediciones diferentes, pues hasta su muerte siempre la estuvo revisando, corrigiendo y aumentando).

Es en el contexto de esta primera época en la que Whitman se dedicó a escribir relatos de ficción en el que aparece Life and Adventures of Jack Engle, la novela por entregas que Whitman publicó de forma anónima en Sunday Dispatch. La novela, que ya ha sido catalogada de dikensiana, recoge para Turpin, además de la evidente influencia de Dickens, el estilo sentimentalista de las novelas estadounidenses de la época (como las de Fanny Fern, Maria Susanna Cummins o Lydia Sigourney).

Life and Adventures of Jack Engle no tuvo ni remotamente el mismo éxito que diez años antes tuvo la historia de Franklin Evans. Esto pudo deberse principalmente a dos motivos: el anonimato de la publicación y la poca publicidad que el propio Sunday Dispatch hizo de la novela. Como resultado del escaso éxito, o en paralelo a ello, Whitman condenó al olvido esta novela que nunca se volvió a publicar y de la que él apenas dio noticia de haber escrito. Pero ahora, 146 años después, Turpin saca a la luz esta obra que ya empieza a ser considerada por los estudiosos de Whitman como el posible mejor relato de ficción del escritor.

Como quiera que sea, la edición electrónica de esta novela de aventuras que publica Walt Whitman Quarterly Review (y que es de libre acceso) nos da ahora a nosotros la oportunidad de leer la obra para poder comentar próximamente, ya no la noticia del descubrimiento, sino la historia del joven Jack Engle propiamente dicha.

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
Nadando contracorriente con El libro de los peces de William Gould, de Richard Flanagan

Nadando contracorriente con El libro de los peces de William Gould, de Richard Flanagan

La tercera novela de Richard Flanagan vuelve a ser una novedad editorial en español (febrero de 2017) aunque se publicó en 2001 en inglés. Tiene un curioso título: El libro de los peces de Wiliam Gould. Un libro en doce peces. Así pues, me dispuse a leer una nueva novela y me encontré con una lectura difícil, en ocasiones densa, y les explico por qué.

Esta obra está ambientada en Tasmania (Australia) -tierra natal de Flanagan– en el siglo XIX con algunos pasajes en Inglaterra, ya que esta fue la capital de un vasto imperio por aquel entonces. Sin embargo, no esperen adentrarse en las fantásticas aventuras de exploradores y aventureros o de artistas que nos descubren la idílica vida en aquella época. Nada más lejos. Estamos ante un texto duro por los personajes que aparecen y por los temas que trata.

Al principio conocemos a un joven pícaro que se dedica a estafar a los turistas. Su vida se ve alterada cuando encuentra un libro peculiar escrito por un tal William Buelow Gould, quien utilizó dibujos de peces y textos en diferentes colores al derecho y al revés en todos los recovecos de esas páginas. Este pillo consideró que había hallado un gran tesoro pero los historiadores echaron por tierra todas sus esperanzas porque en los archivos históricos no había constancia de las locuras que en el libro aparecían narradas. Tampoco ayudó que los protagonistas del acuoso texto sean antihéroes: delicuentes que hicieron todo lo posible por sobrevivir en un mundo en el que estaban condenados en todos los sentidos posibles. A través de las desventuras de Billy Gould, conocemos la cruda realidad de estos hombres que ayudaron a tejer la historia que no nos suelen narrar: la lucha encarnizada de los aborígenes australianos por conservar su libertad y su tierra, las represiones tan brutales que sufrieron a nivel individual y colectivo (en el libro se les suele denominar «negros» por su color de piel y también «salvajes»), las torturas y los castigos de los condenados que llegaban a esa zona carcelaria de Australia: la temida Isla de Sara.

Cuando Billy Gould comienza su narración, no cabe duda de que estamos frente a un personaje completamente demente y el texto es el que hubiese escrito un loco. Un pasaje agobiante. Me recordó los delirios de don Quijote pero, sin embargo, nuestro presidiario no tiene nada de noble ni en su estatus social ni en su alma: es otro falsificador (interesante la unión de ambos personajes a través del libro encontrado y su “profesión”), borracho, mujeriego, traidor, mentiroso, un egoísta que solo piensa en cómo sobrevivir al precio que sea. Él nos cuenta cómo comenzó a escribir su libro en su celda de mar (esto es, que se inundaba con la subida de la marea) con cualquier elemento que encontrara a modo de tinta, como su propia sangre, excrementos,… En ese vaivén de oleadas de locura, entiende la relación humana como una necesidad y ve un ideal de esto en las palizas que le propinan los carceleros y que en cierta manera ansía para tener ese contacto que le sirve como salvavidas para no nadar aún más en la deriva de su enajenación.

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En cuanto a los peces, son a la vez un motivo de redención y encuentro de la paz de nuestros timadores, así como causa y consecuencia de obsesión por cómo son estos seres, cómo plasmarlos en el papel y por lo que cada uno de ellos representa. Además, en cada capítulo destinado a un pez conocemos un pasaje de la cruenta vida de este recluso y su relación con otro personaje que es tanto o más rastrero que él, ya sea un convicto o un malhechor con una posición de poder que le permite aplicar su ley. Estos últimos también están asociados a los avances de la ciencia y la tecnología -a costa de los aborígenes y los presidiarios- y su afán por desarrollar las empresas en las que se embarcan -por disparatadas que estas sean- son un medio para obtener más poder. Esto está estrechamente relacionado con la acuciante pérdida de la cordura de estos otros hombres respetables para la sociedad.

La gran sorpresa de Billy Gould (que podría hacernos reflexionar) llega cuando descubre qué es lo que en realidad va a pasar a la posteridad a través de aquellos archivos que no constataban todo el sufrimiento vivido por los presos:

En aquella historia universal todo lo que él había visto y conocido, todo lo que había presenciado y sufrido, estaba perdido y carecía de significado, igual que un sueño que se desvanece al despertar. Si la libertad solo existía en el espacio de la memoria, (…) entonces él y todos los que él conocía estaban condenados al encarcelamiento eterno.

El Libro de los peces de William Gould es un mar embravecido en el que al principio cuesta mantenerse a flote en la cordura narrativa a la que solemos estar acostumbrados. Richard Flanagan a veces nos lleva a remansos en la orilla para de nuevo, a través de una gran ironía y una magistral forma de trabajar con los adjetivos, adentrarnos en las profundidades de las oscuras intenciones humanas de la mano de un personaje poseedor de una lúcida locura.

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler, 2002), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid, 2003), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2010), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos, 2012) y es doctoranda en Historia en la Universidad de La Rioja.
Suturas detectivescas. Sobre “Cementerios de neón”, la nueva novela de Andrés Felipe Solano.

Suturas detectivescas. Sobre “Cementerios de neón”, la nueva novela de Andrés Felipe Solano.

(Foto sacada de: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/andres-felipe-solano-los-vivos-son-falsos-muertos-articulo-679077)

 

Se estaban alejando a gran velocidad, como dos cuerpos celestes que se repelen.

Andrés Felipe Solano

Cementerios de neón

 

Pocos recuerdan que Colombia fue el único país latinoamericano en participar en la guerra entre las dos Coreas. Mucho menos se recuerda a los caídos colombianos en esa guerra violenta, algunos ni saben dónde están esos cementerios sobre los que se erigieron entonces dos naciones antagónicas y sobre los que hoy se levanta también la Colombia del posconflicto: entre Asia y Latinoamérica está ese locus común de la Guerra Fría, la guerra entre una izquierda y una derecha, una guerra que sigue intacta como una tumba incandescente. Nuestra propia tragedia ya estaba implícita entonces en una trinchera asiática. El escritor colombiano Andrés Felipe Solano, cuya primera novela ya ha sido discutida aquí en Cultural Resuena, ha sacado un nuevo thriller novelesco que se instaura entre estas dos naciones al parecer totalmente ajenas la una a la otra. Cementerios de neón es una novela a caballo entre Colombia y Corea del Sur, una novela policiaca que persigue lo que pareciera ser un secreto del espionaje anticomunista, pero que termina siendo una incursión al interior de sus propios personajes, esos seres opacos y escurridizos.

La novela relata la investigación de Salgado, un hombre tan miserable y perdedor como Boris Manrique —personaje de la primera novela de Solano, Sálvame, Joe Louis, tras las huellas de lo que pareciera ser el Otro, pero que no es más que él mismo. Ayuda a su tío, El Capitán, a buscar a Vladimir, un alter ego suyo que esconde un secreto con visos oficiales cuya naturaleza es más íntima de lo que se piensa. La persecución de un fugitivo que no es más que el reflejo del detective recuerda la prosa del mejor Bolaño o el mejor Piglia y se instaura en la tradición más clásica de la novela, es decir, en esa que ve el género novelesco como el retrato del individuo atrapado en su propio laberinto de soledad. Cementerios de neón no es solamente una apasionante novela policiaca, es un hermoso y poético viaje a un capítulo olvidado de la historia colombiana en el que se revela la esencia de los acontecimientos recientes. Por otro lado, la novela parece responder a impulsos vitales del mismo escritor, la necesidad de una sutura muy personal entre las dos naciones que han sido su hogar.

El estilo de Solano es simple sin dejar de ser poético, es chistoso sin ser liviano. La laboriosidad del lenguaje es innegable, corre riesgos zafándose de vez en cuando en un humor frívolo pero exitoso. La prosa de Solano tiene fuerza, es densa y electrizante.

En medio de velos y cortinas que van revelando historias ocultas, al final todo parece converger en un tema común: la novela de Solano es la historia oculta de un amor prohibido. Detrás de todo está una historia latente que aparece solamente representada, sugerida, viniendo constantemente como un recuerdo opaco. La novela es opaca y clara a la vez, da pistas para una lectura en movimiento constante, una lectura detectivesca que parece devolvernos una y otra vez a lo explícito, a la vida misma y los reflejos de un trasfondo que tal vez solamente es el vacío mismo. Es por eso que la novela se alinea con su primera predecesora, Sálvame, Joe Louis, donde el instinto detectivesco, el del lector, se ve siempre limitado por la inmediatez de la vida: detrás de todas esas historias está ese abismo, la soledad insondable, y todas ellas no son más que la vida misma hecha escritura.

Solano ha demostrado con su nueva novela que la promesa de grandeza literaria de sus libros anteriores será cumplida. La novela muy seguramente no pasará desapercibida en los próximos años y augura una producción literaria que exige ser seguida detenidamente.

 

 

Egresado de filosofía y literatura comparada de la Universität Wien (Austria), actualmente trabaja como asistente investigativo en la Universidad de Salzburgo. Traduce del alemán al español y viceversa. Apasionado por el cine, la literatura, la filosofía, la política y las artes en general.
La cata de Roald Dahl

La cata de Roald Dahl

La cata es una relato corto de Roald Dahl (1916-1990). En sí no es una novedad editorial porque esta obra se publicó por primera vez en la revista Ladies Home Journal en 1945 y años más tarde, en 1951, en The New Yorker. No obstante, su originalidad reside en el formato en el que se volvió a publicar y del que hablaremos más adelante.

Por su parte, Roald Dahl es autor de obras como Relatos de lo inesperado o de otras tal vez más conocidas porque también fueron llevadas al cine como Matilda, dirigida por Danny DeVito en 1996, o James y el melocotón gigante y su dirección corrió a cargo de Henry Selick también en 1996. Otro famoso texto que tuvo igualmente su versión cinematográfica es Charlie y la fábrica de chocolate cuya primera adaptación fue realizada por el director Mel Stuart y protagonizada por Gene Wilder en 1964 pero la versión probablemente más conocida de esta obra es la interpretada por Johnny Depp desde la visión de Tim Burton en 2005. El hecho de que sea un autor cuyos libros hayan sido adaptados al séptimo arte en principio para el público infantil, nos hace ver que se trata de alguien con una gran imaginación y una especie de halo mágico para ello. Sin embargo, si nos quedáramos con ese aspecto de su trabajo, meramente vislumbraríamos la superficie del mensaje que aparece en algunos de sus relatos.

En este caso nos vamos a centrar en La cata. Esta obra ilustrada parece estar más destinada al público adulto por su temática: una cata de vinos que tiene lugar en el elegante hogar londinense de Mike Schofield. Se trata de un corredor de bolsa cuya familia invita a una suculenta cena esa noche al narrador de la historia, a su mujer y a un personaje bastante peculiar llamado Richard Pratt, un famoso gastrónomo, con quien el señor Schofield tiene una rivalidad elegantemente velada en cuanto a quién es el más entendido en estos suculentos caldos. Durante su aparente cordial comida van apareciendo casi todos los pecados capitales: la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria y la gula. Todas estas flaquezas son acaparadas por los principales personajes masculinos encarnados por el anfitrión y su invitado principal. En cambio, los personajes femeninos a duras penas tienen voz y mucho menos voto -sobre todo la hija del anfitrión que pasa a ser objeto de una subasta- porque dependen del cabeza de familia. Aquí hay que destacar que este texto fue escrito en 1951 y algunos de estos pasajes nos plasman parte de la realidad de aquella época. En cambio, hay un personaje femenino que trabaja en esa vivienda y por eso tiene un papel terciario pero, sin embargo, le da un giro inesperado y cómico al desenlace.

Esta nueva versión de La cata tiene el añadido de contar con las fantásticas ilustraciones de Iban Barrenetxea, quien plasma casi como si fuesen fotografías el exterior y el interior de este distinguido hogar con unos detalles estéticos que caracterizan determinados barrios de Londres. Ya en el interior de esta casa lo que predomina es una elegante sobriedad en la que destaca la simetría en todos sus elementos, incluso en la disposición de los personajes en la mesa teniendo en cuenta su grado de parentesco y sus características. Además, Barrenetxea prestó especial atención a los detalles que Roald Dahl menciona en su relato en cuanto a la disposición de los distintos elementos en la mesa como los detalles que en ella aparecen. Por ejemplo, las flores amarillas que, junto con el gato negro, configuran una serie de símbolos con mensajes contradictorios. Por un lado, tenemos la alegría y la energía de una tonalidad tan vívida a la que también se le asigna el significado de inteligencia y sabiduría, ya que estas cualidades son las que presumen poseer nuestros antagonistas. Por otro lado, la presencia de un animal de ese color se asoció en la antigüedad a la buena suerte aunque en determinadas épocas se le vinculó con aspectos bastante negativos pero en la época victoriana pasó a considerarse una alegoría de buena suerte para los novios recién casados porque significaba que tendrían prosperidad en su matrimonio. Por lo que este es un símbolo ambivalente cuya presencia tiene especial sentido en este relato, sobre todo relacionado con el singular Richard Pratt, con quien llega a mimetizarse en su peculiar cata de uno de los vinos.

Con esta temática y los diversos significados que contiene la obra, podríamos (re)plantearnos lo siguiente: ¿se trata de un relato solo para adultos? Podríamos afirmar que no porque en realidad se trata de un texto para todos los públicos que tiene un sentido del humor que hace que, acompañado de unas estupendas ilustraciones, esta se convierta en una deliciosa lectura.

Irene (Valladolid) tiene el Grado Superior de Piano (Conservatorio Padre Antonio Soler, 2002), es diplomada en Magisterio Musical (Universidad Complutense de Madrid, 2003), licenciada en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2010), Máster en Creación e Interpretación Musical (Universidad Rey Juan Carlos, 2012) y es doctoranda en Historia en la Universidad de La Rioja.
50 años con Mario… y con Miguel en la BNE

50 años con Mario… y con Miguel en la BNE

Fotografía con copyright de F. Heras tomada de aquí

Miguel Delibes es una de las plumas más destacadas del siglo XX español y, quizá, el gran icono literario de las tierras vallisoletanas. No se puede negar que el novelista legó importantes obras a la literatura: con El camino (1950) recorrimos la Cantabria rural junto a Daniel El Mochuelo, descubriendo el valor de la amistad y el fin de la infancia con las primeras experiencias relativas a la muerte; Quico, El príncipe destronado (1973), nos enseñó a entender los sentimientos de un niño en la vida cotidiana de una familia española de la posguerra; en El hereje (1998), Cipriano Salcedo nos hizo revivir el Valladolid de principios del siglo XVI bajo el reinado de Carlos V y en el contexto de la Reforma Protestante.

Las novelas de Delibes le merecieron casi todos los premios importantes de la literatura española, desde el Premio Nadal y el Premio Nacional de Narrativa (que ganó en dos ocasiones), hasta el Premio Miguel de Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Le faltó, para algunos inconformes, el Premio Nobel.

Con Nobel o sin él, su calidad literaria es ejemplar y, por ello, la Biblioteca Nacional de España rinde ahora homenaje a este autor y a una de sus novelas más emblemáticas, Cinco horas con Mario (1966). Del 7 de febrero al 2 de mayo de este año se podrá visitar en la sede de la BNE una exposición dedicada a dicha novela como parte de las actividades programadas desde el año pasado por el 50° aniversario de su publicación. Cinco horas son las que pasó con Mario Carmen Sotillo, su mujer, la noche de su velatorio, y cincuenta años son los que ha pasado ya Mario en la cumbre de la literatura española.

Las noticias de la efeméride y de la exposición me hacen recordar la novela, la historia de Mario, las palaras de Carmen y, por supuesto, a Lola. Porque Carmen Sotillo es y será siempre para el público español aficionado a la obra de Delibes, Lola Herrera. Nuestra querida Lola ha pasado con Mario más horas que nadie, podría ser que más horas incluso que el propio Miguel Delibes. Lola lleva interpretando el papel de Carmen desde hace más de treinta y cinco años (aunque no sea una misma puesta ininterrumpida, pocos actores en el mundo han interpretado en tantas ocasiones y durante tantos años a un mismo personaje).

Recuerdo haber visto en el teatro Cinco horas con Mario (y con Lola) hace ya varios años y recuerdo cómo Carmen, mi Carmen Sotillo, la que recreé en mi imaginación al leer la novela, tuvo un antes y un después, después de Lola. Al leer la novela Carmen me cayó mal; era para mí una mujer egoísta y frívola que reprochaba a Mario sus respetables principios (hay interpretaciones para todos los gustos sobre las virtudes –o no– de Mario y el descuido –o no– con el que se ocupaba de su vida marital); pero después de su reencarnación en Lola, después de ponerle voz y rostro, Carmen tomó otro cariz, uno más humano, más comprensible, menos reprobable. Resultó que Carmen, con todos sus defectos, era de carne y hueso, era humana, sentía, y aunque yo no compartía su visión de la vida, ya no podía censurarla sin más.

Cinco horas con Mario es una crítica social a la burguesía española de los años 60, pero más allá de esta importante y aguda crítica, la obra representa la necesidad de la reflexión personal, de una reflexión que parece que Carmen no podría haber hecho con Mario en vida. Sólo como consecuencia de la muerte de su marido, llega para Carmen el momento de enfrentarse a una necesaria meditación, visceral y de reproche al comienzo, y algo más cabal y autocrítica conforme pasan las horas.

El monólogo (monodiálogo en términos unamunianos) reflexivo en el que se enfrasca Carmen le es necesario para percatarse de los errores de la visión que sostiene sobre su matrimonio, su familia y su vida. Ese diálogo con uno mismo, esa reflexión, es la que necesitaba hacer también la sociedad burguesa española de la época y es la que necesitamos, más aún, hoy nosotros, nuestra sociedad: una reflexión seria y franca (a ser posible sin esperar a tener el cadáver de un ser querido ante nosotros) sobre nuestras aspiraciones, expectativas, frustraciones y valores, para devolverle a cada uno de estos aspectos la dimensión que le corresponde.

Por lo pronto (y en lo que nos animamos a la reflexión) queda abierta la exposición para ir a pasar, si no cinco horas, al menos sí un rato con Mario y con Delibes.

Licenciada en cosas pero sobre todo amante de la pizza. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos.