Confinamientos voluntarios, vacío, egoísmo y todo lo que saca el miedo.

Confinamientos voluntarios, vacío, egoísmo y todo lo que saca el miedo.

Tenía pendiente hace bastantes días esta novela que ha sacado recientemente Gatopardo y lo cierto es que me ha costado acabarla. No porque no me haya gustado sino porque las circunstancias que estamos viviendo con el confinamiento son duras. Hablando con personas creativas de mi entorno la sensación es compartida, todos tenemos muchas preocupaciones de índole diversa y concentrarse cuesta mucho. Aun así, lo cierto es que es importante mantenerse ocupado e intentar aprovechar el tiempo. Por una cosa u otra, el contenido cultural que consumimos estos días suele hacernos reflexionar sobre la situación excepcional que estamos viviendo. No tengo claro si es por eso por lo que el libro de Alexandra Kleeman me ha hecho pensar en ello, sea como sea, lo cierto es que las reflexiones que la novela evoca son plenamente pertinentes para el momento presente.

Tú también puedes tener un cuerpo como el mío es una novela que podríamos catalogar de distopía, aunque la distopía novelada es tan similar con la realidad que prácticamente parece una descripción dramatizada de la sociedad contemporánea, similar a como funciona la novela Kentukis de Schweblin, de la que ya hablé aquí.

Nos encontramos en una sociedad desquiciada, una sociedad que ha dejado de creer en si misma. A, la protagonista del relato, es un ejemplo de ello, pasa los días mirando anuncios, concursos y programas de televisión y cuando no hace eso espía a sus vecinos. Todo aquello que ocurre en televisión tiene a menudo una intención morbosa o comercial, busca impresionar al espectador y lo consigue de una forma tremendamente fácil, ya que nada de lo que ocurre fuera de la pantalla parece tener ningún tipo de interés. A se siente resignada a encontrar su función en el mundo, todo lo que les ocurre a los demás parece más interesante y se limita a observarlos y obsesionarse con ellos. Suple sus frustraciones con el consumo de productos alimenticios o de belleza o se conforma con el simple deseo de poseerlos ya que prácticamente solo se alimenta a base de naranjas.

A se encuentra socialmente aislada y prácticamente solo tiene contacto con B, su compañera de piso, y con C, su novio. Mantiene una fuerte dependencia emocional con ambos aunque su relación con ellos no se puede catalogar de agradable. Esta dependencia obsesiva parece sin duda fruto del propio vacío, de una inseguridad respecto a sí misma que genera la necesidad casi desesperada, de contar con algún apoyo humano, aunque este se dé por medio del silencio o la incomunicación. Durante toda la novela A piensa mucho en B y en C pero a menudo no dialoga con ellos. Lo mismo le ocurre a su compañera B, que está muy obsesionada con ella y le provoca una intensa inseguridad encontrarse sola en casa sin A, pero cuando está con ella es incapaz de prestar atención a nada de lo que esta le dice. Lo mismo o peor le ocurre con su novio C. La mayor parte del tiempo que están juntos están viendo la televisión y cuando se acuestan siempre lo hacen con películas porno de fondo. En la novela se expone un concepto que me parece muy interesante que es la delgadez del presente. Todo el mundo está siempre haciendo dos o tres cosas a la vez porque el presente por sí mismo no tiene ningún valor, es insuficiente. Encontrarnos solos en el presente y nada más es incluso aterrador y siempre que hacemos algo estamos pensando o haciendo otra cosa a la vez. Eso hace que las experiencias se difuminen casi al instante, se vuelvan borrosas y según la propia A terminamos por añadir capas de realidad a la fantasía y capas de fantasía a la realidad.

Uno no acaba por entender por qué A sigue con C, nunca se hacen caso el uno al otro, no se escuchan, no hablan y cuando lo hacen a menudo se desprecian, se aburren. Sin embargo A se aferra a él, el temor a la soledad es demasiado grande y la alternativa poco prometedora, no hay nada ni nadie mejor ahí fuera. Parece que los personajes se llamen A, B y C porque podrían ser cualquiera, podrían ser intercambiables, todas las vidas son similares y todas buscan parecerse a los demás. Es algo en que la novela parece hacer mucho hincapié, todos se odian a si mismos y a los demás pero aún así buscan parecerse desesperadamente, mimetismo por falta de identidad. Se crea un dilema entre la adaptación o la nada. A su vez, cuando más profunda es la sensación de la nada más se busca encontrar cualquier excusa, por más perversa que sea, para hacer algo diferente, salir de esa espiral de monotonía. Es cuando llega la amoralidad, el sálvese quien pueda, utilizar a los demás bajo la promesa del beneficio propio aunque sea a expensas del desgaste psicológico de los otros. Sin duda esta sensación de vacío nos debe resultar familiar a muchos estos días.

Vivimos acostumbrados a estar activos y cuando se nos pide que paremos durante tanto tiempo pueden salir muchos monstruos. El coronavirus puede ser motivo de divorcios, de violencia o incluso de crímenes como ya ha pasado en China, pero también puede ser creativo y revelador en un sentido radicalmente opuesto. Las crisis sirven también para esto, escuchar al que tenemos al lado, saber con quién y con que podemos contar, investigar quien somos, que queremos ser, repensarnos, comunicarnos. Sin duda Kleeman nos está poniendo frente a un espejo y nos muestra como nos llegamos a conformar con llevar vidas vacías. Yo siempre trato de ser profundamente optimista, el optimismo es lo único que nos puede hacer seguir a delante pese a las adversidades y siempre le doy la vuelta a estos relatos apocalípticos. El mensaje que podemos extraer es que necesitamos más que nunca ser exigentes con nosotros mismos, sacar la fuerza para analizar lo que nos está ocurriendo y encontrar cómo podemos salir de esta espiral de apatía de forma propositiva. 

La novela da un cambio importante a partir del momento en que los vecinos de A y B desaparecen de forma abrupta. El ambiente general empieza a trastornarse, padres de familia empiezan a desaparecer huyendo de sus asfixiantes contextos y las grandes empresas, sectas y religiones de diversa índole parecen interesadas en confundir, frustrar y trastornar a los individuos. Esto también me parece un poderoso mensaje de alerta que la novela nos manda. Nada resulta más fácil para aquellos que mueven los hilos o pretenden moverlos que aprovecharse de una situación en que los individuos ya están de por sí confundidos y no parece que exista una tormenta perfecta mejor que la que estamos viviendo ahora con el coronavirus por bandera. La novela explica de una forma bastante perturbadora cómo poderes invisibles pueden conseguir que los individuos se anulen a sí mismos por voluntad propia y se conviertan en policías unos de otros controlándose y delatándose de la misma manera como ya está sucediendo hoy con los chivatos de balcón y que tiene unas reminiscencias inquisitoriales que para nada son buenos recuerdos.

Efectivamente, como A, B y C nos encontramos perdidos, nos estamos buscando y parece que centremos nuestros esfuerzos en buscar retornar a un pasado más feliz, controlado, idílico. Pero no podemos conformarnos con replicar lo que ya hemos vivido, lo que ya conocemos. Si todo es sustituible acabamos por llegar a un comercio de los efectos en el que todo vale, cualquier persona sirve y la individualidad de cada uno no cuenta, no es relevante. Creo que el momento presente nos pide más. Parece ser que nada va a volver a ser igual y nos toca reinventarnos, conocernos más, conocer a quien tenemos al lado. Parafraseando a Zizek, que por cierto tiene el premio al más rápido en la carrera por sacar tajada económica y mediática a la pandemia, ¡Bienvenidos a tiempos interesantes!

Ansiedad, creatividad y exposición

Ansiedad, creatividad y exposición

Quien haya sufrido de ansiedad conoce el sentimiento de intensa soledad que experimenta después de sufrir un ataque. Primero porque sabe cómo de incomprensible resulta algo así para quien no lo padece. Pero sobre todo porque la sensación de fragilidad que sientes te lleva a menudo a desear el cobijo de los demás y a su vez el miedo al rechazo resulta aún más intenso. Olivia Sudjic en su libro cita a Olivia Laing para hablar de cómo la soledad tiene un íntimo vínculo con la exposición. Una persona solitaria anhela ser aceptada y a su vez se vuelve temerosa de encontrarse expuesta a los demás. Tiende a percibir las interacciones sociales como hostilidad o desprecio.

Sudjic empezó a escribir este breve ensayo titulado «Expuesta» publicado en español por Alpha Decay, en Bruselas. Se había trasladado allí una temporada con el objetivo de escribir su segunda novela pero una vez allí entró en una profunda crisis creativa. Se sentía presionada por lo que se esperaba de ella. Una impostora usurpando una profesión impropia. No se sentía cómoda en ningún lugar y no podía hacer más que dar vueltas improductivas pensando en multitud de cosas asfixiantes. Tenía todos los ingredientes para una buena crisis de ansiedad y se preguntó por qué motivos seguía escribiendo. Por qué seguía obstinada en una tarea tan ambiciosa en un momento tan vulnerable de su vida, cerca de los treinta. Llegados a este punto no pude evitar hacerme la misma pregunta que ella y seguro que cómo yo muchas otras personas.

Muchos no sabemos por qué escribimos. En mi caso empecé de niño, no recuerdo porqué. Solo recuerdo que el momento en el que he tenido más claro que quería ser escritor fue entonces. Alguna razón poco meditada me llevó a escribir. Quería plasmar aquello que imaginaba, aquello que me gustaría vivir, aquello que no me gustaría y , siempre de una manera sumergida, aquello que siento mientras vivo. Desde entonces no he dejado de hacerlo. Y sin embargo el miedo a hacer públicos mis escritos, el miedo a perder el control de lo que escribo, de la lectura que se hace de lo que escribo, es algo que siempre ha estado en mí.

Sudjic describe esa sensación de intimidad y exposición a propósito de la tecnología, otra fuente de esta posición ambivalente. Lo define como esa sensación por la noche cuando las ventanas se transforman en espejos. Podría estar sola o podría haber alguien observando.

Según estudios, las mujeres tienen el doble de posibilidades de padecer ansiedad que los hombres y sin embargo no por ello las mujeres son más frágiles o débiles. Me pareció muy interesante un árticulo de Owen Jones en The Guardian que hablaba sobre que hay más hombres que mujeres que se suicidan. Los hombres somos más propensos a la represión. A hacer ver que todo va bien y a no permitirnos ni un momento de debilidad que hierra nuestra masculinidad, con a menudo terribles consecuencias. No es ese mi caso. Empecé a tener ataques de ansiedad con 16 años y aunque hoy en día es algo que tengo bastante controlado es algo que siempre llevo conmigo.   

Cómo comenta Sudjic, la masculinidad viene siempre asociada a la firmeza, a no tener dudas, a no necesitar cuestionarse nada. Mi vida ha sido un cuestionamiento constante, una autoexploración a menudo desmedida que me ha llevado a la ansiedad y tal vez también a interesarme por la feminidad. Nunca había relacionado ambas cosas, pero tal vez lo estaban.

Según Sudjic la autoexploración es uno de los rasgos definitorios de la feminidad y es vista como peligrosa por la sociedad patriarcal. Los hombres han huido a menudo de ella y han sentido que su masculinidad se veía atacada cuando pensaban demasiado en cómo se sentían y esto es algo que también ha estado en mi cabeza mucho tiempo. Con el tiempo he aprendido a verlo como absurdo. Para mí, toda corriente de pensamiento que defienda encasillar a los hombres en unos comportamientos determinados y a la mujeres en otros debería ser ignorada. Cuando Sudjic dice que los hombres tenemos mucho que aprender de la subjetividad femenina creo que está totalmente en lo cierto. 

Aunque Sudjic a menudo no se dirige a mí, puesto que sus reflexiones entorno a la subjetividad femenina parten de unas vivencias comunes en las mujeres que no son las mías, me ha parecido útil para reconciliarme con la fragilidad y la ansiedad en el acto de escribir. La escritura es también una forma de buscar respuestas, de encontrarse a uno mismo, de buscar la salida al caos. La ansiedad te pone alerta, te hace más consciente de tu entorno. Sudjic considera la ansiedad esencial tanto para vivir cómo para crear. Hay una frase que suele utilizar Erik Urano «Las luces más brillantes vienen de los lugares más oscuros».

Buscamos en la literatura personas similares a nosotras en las que arroparnos. Sentir que lo mismo que nos ocurre a nosotros les ocurre también a personas a las que admiramos y que de ello sacan grandes novelas. Sudjic tiene autoras que siempre la acompañan en momentos de duda como estos, los llama talismanes. Ella tiene a Nelson, Kraus, Cusk, Offill, Lispector y Ferrante. Yo desde ahora tengo, entre otros, a Olivia Sudjic. 

Vitalidad y obsesión, el amor de Delabroy-Allard

Vitalidad y obsesión, el amor de Delabroy-Allard

Pauline Delabroy-Allard fue uno de estos fenómenos que se viralizan antes de ser publicados debido a las polémicas ajenas a su contenido, o no, en las que se ven envueltas. Por su relativa juventud que recordaba a otro fenómeno reciente, el de Sally Rooney, porque su prosa recuerda a muchos a Margarite Duras y es precisamente Les éditions de minuit quien la publica, la misma que publicó a Duras, pero sobretodo porque una profesora de 30 años desconocida hasta la fecha se quedó a las puertas de ganar el prestigioso premio Gouncourt, uno de los mas importantes de Francia, un premio que solo ha premiado a 14 mujeres en mas de 100 años de historia y que casualmente volvía a premiar a un hombre dejando a Delabroy como finalista. En España nos llegó a principios de verano (Lumen) y yo, que a menudo soy muy impaciente, lo había comprado ya en semana santa en una librería francesa de Montpellier, pero como no se demasiado francés leí apenas 20 páginas y no fue hasta este verano que pude disfrutar de la obra completa, ya en castellano. La leí entre trabajos de verano, compromisos familiares y viajes y las circunstancias me han llevado a alargar hasta octubre esta reseña. Así pues, ahora ya sí, voy a hablar de la obra de Pauline Delabroy, quien nos habla a su vez de Sarah.

Voy a hablar de Sarah es una novela romántica en el sentido más becqueriano de la palabra, visceral, sentimental, trágica. Porque el amor a menudo es eso, una corriente que llega de repente y se nos lleva, que nos envuelve, que nos atrapa, que nos empapa, una tormenta. La escritura de Pauline Delabroy es espontanea, descriptiva y a menudo incluso puede parecer frívola. Utiliza frases cortas y muchas veces inconexas pero que son muestras de estas ganas de vivir, de fundirse con su entorno, de dejar que los acontecimientos ocurran y se precipiten, que sigan su curso. La protagonista de esta novela es una joven madre soltera (igual que Pauline) que, aunque está manteniendo una relación con un joven búlgaro (al parecer no demasiado apasionada), conoce a Sarah en una fiesta de fin de año y se ve sorprendida por su vitalidad y frescura, se escriben días después y pronto empieza a pasar cada vez más tiempo con ella hasta descubrir en ella el amor.

Así es como, la madre soltera que hasta entonces obsesionada con la palabra latencia como descripción de su momento vital, descrito en la novela como «el tiempo que media entre dos grandes momentos importantes», se encuentra arrastrada por su relación con Sarah, una relación muy intensa y a menudo conflictiva que se convierte en el centro de su vida y que termina por quitarle el sentido a todo lo demás. Muchos hemos vivido relaciones así, esos días en que nada más importa, en que cualquier otra cosa, familia, estudios, amigos, hobbies, se convierten en un mero trámite entre alejarse de la persona amada y volver a estar con ella. ¿Que ocurre cuando esa sensación no desaparece?¿Cuando se vuelve perpetua?¿Cuando el amor se convierte en miedo a perder a la persona amada?¿a no ser capaz de vivir sin ella?. Esos deseos y esas preocupaciones se vuelven más fuertes dentro nuestro y nos llevan prácticamente a la locura. De eso habla Pauline Delabroy-Allard en su novela y no tendría mucho sentido decir mucho más sobre eso, porque ella lo explica mucho mejor que yo.

Su escritura me cautiva en varios aspectos, por su concreción, porque muchas veces, cuando más parece que no está ocurriendo nada ocurren cosas importantes. Y porque desprende una vitalidad profunda que impregna todos los escenarios y todos los personajes. Una vitalidad que se confunde con enfermedad, con locura. Me recuerda personalmente, quizás porque lo tengo fresco, al Muerte en Venecia de Mann y por supuesto, a una de las mayores inspiraciones de este, Nietzsche. La locura es esa arma de doble filo que nos hace más vitales que los cuerdos, pero por supuesto más propensos a perder el control que estos. Se que esta rentrée viene muy cargada de novedades interesantes, pero si os quedó pendiente y lo que os he contado hasta ahora os parece que pega con vosotros, leedla.

Fiestas que se vuelven desagradables: Hombres vistos por mujeres y mujeres vistas por hombres.

Fiestas que se vuelven desagradables: Hombres vistos por mujeres y mujeres vistas por hombres.

Me da reparo afirmar que me sentí identificado parte de «Había una fiesta» o que entendí o me sentí cercano a cómo se sienten las protagonistas de esta presente novela. Porque por mucho que me interese la literatura femenina, como los que habéis leído otras reseñas mías ya habréis deducido, no soy una mujer y no tengo ni idea de cómo es la experiencia de ser mujer. Lo que si que puedo decir es que siempre trato de preguntar a mis amigas, conocidas y familiares por sus experiencias y trato de estar atento a todo lo que sucede alrededor de ellas por el hecho de ser mujeres. Porque a menudo siento que me acerco más al feminismo cuando trato de acercarme a la idea de qué significa ser mujer en las experiencias particulares de ellas que en las lecturas más abstractas de Butler o Federici (aunque esto último también ayude).

Así que cuando leí que María se sintió intimidada y sola por el hecho de que su amiga Nadia flirteara con un italiano que minutos antes había contribuido a casi asfixiar a su amiga forzándola a beber alcohol a través de un tubo, pregunté a amigas y familiares de edades diversas por experiencias similares. No tardaron en hablarme de fiestas y viajes en los que tenían que soportar a tipos siniestros y babosos a menudo porque una de sus amigas se sentía complacida con que alguno de ellos le riera todas las gracias. Así fue como me di cuenta de como de universal resulta esta corta pero intensa novela.

«Había una Fiesta», habla de un grupo de cuatro amigas, María, Nadia, Jero y Paula, que viajan en el verano de sus dieciocho años a la costa italiana. Un viaje que está condenado a complicarse y que desencadena en una experiencia traumática. La narración no nos habla tanto de la experiencia en si, cosa que agradezco puesto que se estila últimamente un gusto por la morbosidad y los detalles escabrosos que no comparto demasiado, sino de cómo afectan las situaciones que viven sus protagonistas durante el viaje y los diversos incidentes que suceden en él a raíz de la personalidad de cada una de ellas que se va dibujando tanto en el presente novelado como en diversos flashbacks.

Paula y María, que comparten inquietudes artísticas, la primera por la literatura y la segunda por la música, se presentan como más introvertidas y reflexivas, mientras Jero y Nadia son mas terrenales y alocadas. Pero la novela también va de cómo unas influyen a las otras y como no siempre todo es blanco o negro. Son precisamente las reacciones inesperadas, las que se salen del rol en el que parecen estar encasilladas, las que más determinan el desarrollo de los acontecimientos. Por el camino vivimos con ellas un gran número de situaciones que resultan incomodas, no siempre por ser muy graves sino por ser reiteradas y constantes, simplemente por el hecho de ser un grupo de chicas jóvenes que viajan solas, da sole, como les recuerda uno de los impertinentes hombres que las increpan sin motivo alguno. Resultan situaciones frustrantes por las inseguridades que les acaban generando, por lo invisibles que a menudo resultan y se convierten en deseos de que el mundo fuera diferente. No es de extrañar que terminen por mostrarse a la defensiva delante de cualquier acercamiento masculino, tenga las intenciones que tenga y vivan mas tranquilas teniendose solo unas a otras.

Con quien me sentí más cercano es con María, quizás porque la novela le da un peso especial a ella. Tal vez porque mi carácter y el de personas cercanas a mi es parecido al de ella o quizás porque todos en el fondo queremos ser como María y que alguien un día de repente nos diga que tras toda esa inseguridad e introversión existe un fuerte potencial por descubrir y explotar, que llevamos mucho más dentro de lo que mostramos y que nuestra personalidad es mucho mas completa y rica de lo que nosotros mismos habíamos creído en un principio, pese a todas las piedras en el camino. Porque María admira a Jero y Nadia por su ímpetu y naturalidad sin saber que la admiración es recíproca por motivos diferentes.

Finalmente, la novela da un mensaje que no tiene tanto que ver solo con la feminidad y es que con frecuencia se llega a un momento en la vida (a menudo son mas bien momentos) en los que nos damos de bruces con la realidad, con lo que llamamos el mundo adulto, y descubrimos que aunque tratemos de disfrutar del momento y de seguir adelante siempre pese a cualquier problema con la esperanza, aún infantil, de que al final todo va a salir bien no todo siempre termina bien, no todo está siempre bajo nuestro control y la vida no perdona siempre que dejemos cosas para mas tarde. Es una reflexión interesante, aunque nos hagan madurar a base de golpes nos hacen madurar al fin y al cabo. Como dice Marina en su libro, la vida parece detenerse, pero a pesar de todo, sigue adelante.

Leí en una entrevista a Marina donde comentaba que a veces le cuesta acabar de entender porqué hay hombres que leemos su novela y que tiene curiosidad por saber qué sacamos de ella. Esta novela no entraba en mis previsiones de reseñas, pero ha terminado por gustarme más de lo esperado y esa entrevista terminó por picarme. Siempre es bueno ver nuestra actitud desde el otro lado del espejo. Es cierto que a veces tenemos comportamientos inapropiados sin darnos cuenta, comportamientos que tienen poco que ver con una relación entre iguales y mucho que ver con la cosificación de la mujer que tenemos delante, incluso con mujeres a las que aprecio mucho me ocurre a veces y cuando me doy cuenta me siento muy mal por ello y hago todo lo que puedo para no repetirlo. También les ocurre a algunos hombres de la novela, y mientras la lees resulta muy evidente pero cuesta mas juzgarse a uno mismo. Por eso creo que lo mas importante para mi es que nos comuniquemos y nos escuchemos y perdamos el miedo a ser revisados y a revisarnos a nosotros mismos.

 

Sayaka Murata, la existencialista nipona

Sayaka Murata, la existencialista nipona

Confieso que soy un apasionado de la ficción japonesa. Goza de una sensibilidad por la individualidad y los temores y peligros de la sociabilidad que es capaz de hacer que los introvertidos de todas las partes del globo empaticemos con ella. Supongo que era cuestión de tiempo que existiera una Sayaka Murata. Una escritora joven de treinta y nueve años que después de varias novelas de distribución intranacional ha conseguido llevar una fuera de los horizontes del país nipón. Nos ha traído con ella, un personaje extraño. Como si de una versión femenina y orientalizada del Maursault del Extranjero de Camus se tratara, que tiene, como él, vocación de convertirse en universal.

La Dependienta tiene desde luego buenas perspectivas. Ya ha sido traducida a más de 30 lenguas y en España nos llega de la mano de Duomo ediciones, una editorial que de vez en cuando nos trae muestras de buen olfato literario y de Marina Bornas, una ya habitual de las traducciones del país del sol naciente. La novela en cuestión nos habla de Keiko, una joven que vive atrapada, por propia voluntad en un trabajo de aquellos que llegan en principio como temporales y precarios, principalmente para estudiantes, pero que a veces en algunas circunstancias se convierten en permanentes.

Keiko lleva la friolera de dieciocho años trabajando en un Konbini, lo que aquí conocemos como colmado o tienda veinticuatro horas. Desde la época en que estudiaba y necesitaba un trabajo así, una época que no terminó de superar. Keiko, que le supone un gran esfuerzo improvisar ya que le cuesta sentirse natural en situaciones sociales nuevas, encuentra en el trabajo en el Konbini un refugio. El Konbini le ofrece la estabilidad que necesita. Tiene unas normas a seguir, una rutina que siempre se repite y un conjunto de respuestas a cualquier situación que pueda darse dentro de él. Keiko se siente cómoda siguiendo un manual de instrucciones al pie de la letra y la cuesta entender las razones por las que un compañero de trabajo puede querer saltárselas.

A Keiko le cuesta relacionarse. No solo eso sino que le cuesta entender las motivaciones por las que la gente se relaciona, se casa o emprende una carrera laboral determinada. Siempre se ha visto a si misma como un bicho raro y por eso tiene que inventarse excusas para satisfacer a su insaciable entorno. Un entorno que se muestra insistente, que quiere respuestas sobre la vida privada de Keiko y que no duda en interrogarla. Sus compañeros de trabajo, sus antiguas compañeras de universidad, nadie entiende porque sigue sin casarse y sigue trabajando en un Konbini. Y ella solo busca la forma más eficiente para que la dejen tranquila.

La novela nos viene a contar eso. Como de rechazada puede sentirse una persona cuando no sigue los patrones sociales que siguen los demás. Como la sociedad se construye en grupos de adaptados y excluidos entre aquellos que aceptan las reglas sociales del juego y los que no. Una presión social muy presente en Japon y que es especialemente opresiva sobre las mujeres solteras. A partir de cierta edad socialmente no se entiende que una mujer que no haya encontrado marido o un buen trabajo, o preferiblemente ambas cosas.

Como Camus, referente reconocido por la misma Murata, sus textos reflejan lo absurda que a veces resulta la vida social y un cierto tinte de pesimismo en el momento de encontrar alternativas plenamente satisfactorias. Murata nos lo explica desde la voz narrativa de Keiko, que rápido vemos que parece sacada de otro planeta, y que se siente perdida en un mundo que no termina nunca de entender. Una voz narrativa obsesionada con el lugar donde trabaja y profundamente oprimida por la invasión de su intimidad que supone cualquier contacto social. Una voz narrativa que tiene algo de autobiográfico ya que Murata confiesa no poder vivir sin una rutina perfectamente detallada todos los días y también conocer muy de cerca los Konbinis. La autoficción siempre convierte la ficción en algo más interesante.