Eurovisión y el conflicto entre Rusia y Ucrania

Eurovisión y el conflicto entre Rusia y Ucrania

La cantante Alina Pash, en el final de su actuación del Natsionalnyi Vidbir 2022.

En el momento en que estas líneas son redactadas, se cumplen tres meses de la invasión de Ucrania por parte del régimen de Putin. El conflicto, como es sabido, está desatando una oleada de violencia inusitada en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, despertando así el recuerdo de las guerras yugoslavas o chechenas, no tan lejanas a nuestra actualidad. Diariamente, desde entonces, asistimos a imágenes cruentas, desoladoras –los calificativos aquí se tornan insuficientes–, que contrastan con el clima esperanzador de un continente que comenzaba, en aquel febrero, a dejar atrás los peores efectos de la pandemia de estos dos últimos años. Una Europa que, justamente había dejado de ser a inicios de dicho mes el epicentro mundial de la enfermedad –y cuya gestión, a menudo definida en términos bélicos, resulta hoy significativa–. Todo un continente que, poco a poco, comenzaba a abrir sus fronteras. Y de fronteras, sí, tratará este recorrido.

Pero remontémonos a aquellas primeras semanas de febrero. Ese mes, lejos de resultar frío o desapacible, ha sido el más caluroso de los últimos años, con una preocupante sequía que nos alarma de una crisis ecológica irreversible. Mientras que a algunos esa inquietante ausencia de lluvia nos trastocaba emocionalmente, otros la han agradecido. Ese “buen tiempo”, evidentemente, ha sido positivo para –en nuestra querida España– atraer el turismo y con él, la fiesta. Una fiesta que, por ejemplo, el público eurofan ya venía encadenando desde el Benidorm Fest del pasado 29 de enero. A ello hemos de sumar el atractivo de sol y playa de la ciudad alicantina, por no hablar de la apelación a la marca-ciudad que la propia RTVE ha explotado con la resurrección de dicho formato. Y es que febrero es un mes muy especial para el colectivo eurofan, porque suele coincidir con muchas preselecciones nacionales para Eurovisión, la mayoría retransmitidas también en línea, Benidorm Fest incluido. De hecho, cada año los primeros días de marzo ya todas las candidaturas del famoso concurso son publicadas, dando inicio así a la apoteósica carrera eurovisiva que culmina en el frenético mes de mayo.

Sin embargo, ese ambiente celebratorio, unido a unas temperaturas bastante “agradables”, contrasta claramente con la escalada de violencia de la que estamos siendo testigos y que cambiará el curso de la historia de Occidente, sumiéndolo en una profunda crisis, al menos, migratoria y económica. De hecho, tan solo unas semanas antes de la declaración de guerra por parte de Putin –el 12 de febrero–, tuvo lugar el Natsionalnyi Vidbir 2022, esto es, el certamen donde se selecciona la canción que representaría a Ucrania en el Festival. Toda una fiesta, aún con la advertencia de fondo por parte de los Estados Unidos sobre el rearme de la Federación. Toda una fiesta, además, a pesar de las polémicas que ensombrecerán esta preselección cada año, especialmente por temas políticos. En este sentido, hay que destacar que desde 2014 tras la invasión de Crimea un requisito para formar parte del concurso es no haber visitado Rusia anteriormente y no estar vinculado a este país a nivel laboral.

Aún así, la relación cultural tan estrecha entre ambos estados, excede la política. Y es aquí donde aparecen los conflictos. Por ejemplo, Maruv, la triunfadora de la edición de 2019, debió pasar su respectiva criba y cumplió, en principio, las reglas. Sin embargo, la conocida cantante sería cuestionada por los contratos que mantenía con Rusia, y llegó a ser preguntada en pleno directo por Jamala, integrante del jurado y vencedora del concurso unos años antes, si Crimea era Ucrania… Algo a lo que respondería con un desconcertante “sí” que parecía a todas luces fuera de lugar. A pesar de todo, y principalmente por negarse a rechazar su agenda de conciertos en Rusia (país donde cosecha importante éxito), la artista acabaría retirándose y aquel año Ucrania no participó en el famoso certamen de canciones.

A pesar de todo, en esta ocasión el clima prometía ser mucho más conciliador. Más aún teniendo en cuenta el enorme éxito de la candidatura nacional del año pasado, erigida como el verdadero dark horse de la edición de Róterdam 2021. La banda tecno-folk Go_A, reelegida como representante tras su selección en 2020 –cuando el festival fue cancelado–, si bien no partía como una clara favorita –al menos, no desde el inicio de la carrera eurovisiva– resultó segunda en el televoto con su hipnótico tema “Shum, rompiendo todos los esquemas. Y lo que es más, tratándose de un tema interpretado, por vez primera para el país, íntegramente en una lengua distinta al inglés. Sin embargo, si bien desde 1999 a 2017 todas las canciones ganadoras excepto una (“Molitva”, por parte de Serbia) fueron interpretadas en el idioma de Shakespeare (y otras dos mayoritariamente, como “Wild Dances” o “1944”), desde 2018, tras la victoria del portugués Salvador Sobral con “Amar pelos dois, cada vez más países optan por enviar al concurso temas interpretados en sus idiomas oficiales, y aludiendo incluso a su cultura local. Algo que era lo habitual en el concurso hasta que desde 1999 cada país es libre de elegir el idioma que considere apropiado. Así las cosas, este año, la mayoría de canciones del Natsionalnyi Vidbir estaban compuestas en ucraniano. De hecho, aunque incluía fragmentos en inglés, la propuesta ganadora, “Tini Zabutykh Predkiv (Sombras de ancestros olvidados)”, fue cantada mayoritariamente en dicho idioma.

La estética de la cantante –y compositora de la canción–, Alina Pash, destacó desde el primer segundo de su actuación. Llevaba una vestimenta de visos étnicos, con un tocado y abalorios muy característicos de su región, Transcarpatia, en la frontera con Rumanía. Además, en ese inicio del tema, sorprendió al entonar el ululeo, un sonido vocal largo, muy agudo y vacilante, asemejado a una suerte de trino que puede sonar incluso jocoso a la par que empoderador, muy popular en países de Europa del Este, Asia o África. Toda una declaración de intenciones. Si bien Jamala ya en 2016 con su tema “1944” cantó –más o menos veladamente– a la deportación de los tártaros de Crimea por parte de Stalin y con un estribillo en el idioma tártaro de dicha región, este “Tini Zabutykh Predkiv” seguía claramente dicha estela. Algunos versos son los siguientes: “Sombras de ancestros olvidados, tuyos y míos, en relatos, corazones y ojos, en nuestra sangre para siempre”, o “recuerda a tus antepasados, pero escribe tu propia historia”.

La polémica estaba servida. No obstante, el clima de amenaza bélica –aún sometida a un cierto escepticismo– de alguna manera terminaría afectando al momento, siendo esta una actuación con más sentido si cabe al respecto. Se respiró –y por eso hemos hablado antes de fiesta– una cierta unión frente a la adversidad en aquella competición –dejando al margen, claro está, las siempre controvertidas votaciones, que también tuvieron su lugar–. En el final de la actuación, la artista acabaría emocionándose mientras se proyectaba de fondo un mapa de Ucrania incluyendo la disputada península. Dicho mapa comprendía un collage formado por fotografías de personas ataviadas con distintos trajes regionales. Una imagen francamente significativa y todo un preludio de un mapa que prácticamente desde entonces cada día contemplaríamos en las noticias.

Sin embargo, la victoria de Alina Pash acabó ensombreciéndose. La artista incumplió las normas al viajar precisamente a Crimea en 2015, pero no desde Ucrania, sino desde territorio ruso, lo cual no solo rompía “las reglas del concurso, sino la propia legislación ucraniana”. Por consiguiente, Pash se retiró “debido a la brutal presión mediática y política”, a pesar de lo reivindicativo de su tema. La televisión local, la UA:PBC, buscaría una alternativa y el grupo Kalush Orchestra, segundo clasificado, les relevaría, noticia que se anunció el 22 de febrero, justo dos días antes del estallido del conflicto. Y, de nuevo, con un tema en ucraniano dedicado, en este caso, a la madre del cantante, con numerosas llamadas al folclore nacional, tanto en la propia estructura de la canción, como en su propuesta visual. Tema que, de hecho, ha abanderado la resistencia ucraniana, por aludir al amor a las propias raíces.

Resulta muy llamativo este viraje en los últimos años en las candidaturas ucranianas, coincidiendo con la escalada del conflicto. Si bien ganaron la competición en 2004 con una canción con fragmentos en ucraniano que en un momento determinado entonaba un “dance until the end, Ukraine”, desde entonces han predominado temas de corte estilístico más a la moda occidental, en inglés, con escasas alusiones a la cultura local. Quizás una posible hipótesis que confirma este reciente cambio del que hablamos sea la necesidad de reafirmar la propia identidad nacional en un momento de crisis y amenaza. “1944” sería un tema polémico, a la par que aplaudido, resultando victorioso en 2016. “Shum”, del exitoso grupo Go_A, apostó por llevar la estructura musical vernácula de la cultura ucraniana al concurso, y en este caso, a nivel lírico, optó por una apología a la naturaleza, a la primavera.

Este giro también ha sido esbozado desde el bando contrario. En el pasado, por lo que respecta a las candidaturas rusas, estas han hecho algún que otro guiño a su identidad. Cuando el festival se celebró en Moscú en 2009 presentaron “Mamo”, en ruso, aunque incluyendo versos en ucraniano, con llamadas a la “madre patria”. También han enviado canciones –curiosamente– de corte pacifista, como en 2013 y 2015, y cuando Eurovisión se celebró en Kiev en 2017 concurrieron con una cantante que incumplía las normas –otra vez, el polémico viaje a Crimea–. El hecho de que la cantante estuviera postrada en una silla de ruedas reforzaba así mismo el oscuro efecto que la final retirada de su candidatura tuvo. Por último, en su actuación el año pasado en Róterdam, nuevamente se decantaría por el ruso para la propuesta “Russian Woman”, alusiones a la matrioshka incluidas.

En cuanto a la presente edición, la televisión rusa ha sido expulsada del festival. Y sobre Ucrania, es preciso destacar algo más revelador que puede tener consecuencias en Turín 2022: los integrantes de Kalush Orchestra, al ser hombres de entre 18 y 66 años, han de permanecer en el país. De hecho, incluso podrían ser llamados a combatir en la guerra, como algunos medios comentaron –algo que, de momento, no se ha producido–. Si bien Jamala ha conseguido escapar con sus hijos a Rumanía, tal y como ha podido verse en sus redes sociales, esta guerra, como podemos comprobar, está teniendo su correlato en el Festival de la canción. Correlato que encuentra en Internet un espacio de enunciación ampliado.

Volviendo al tema de las diferencias culturales, quizás este sea el momento idóneo para visibilizarlas. Cuando finalmente Eurovisión se celebre y Kalush Orchestra concursen en él (de hecho, son favoritos), se reforzará nuevamente esta forma de afirmar la identidad (cultural, nacional, étnica) a través de una competición que se sabe y se quiere amistosa. Y que, en última instancia, es lo que Eurovisión ha venido haciendo a lo largo de toda su historia, especialmente en relación a los países minoritarios o no tan presentes en el concierto internacional. Que el gobierno les de permiso de dejar el país para ir al festival es, sin lugar a dudas, un gesto que revela la importancia de seguir formando parte de este tipo de foros internacionales –incluso en el momento más devastador que puede vivir un país– para hacer oír su voz. Pero esta historia ya es conocida. Algo similar ocurrió con las guerras yugoeslavas, concretamente en 1993, año en que Bosnia y Herzegovina debutó en Eurovisión. Sus representantes, el grupo Fazla, tomaron un avión de madrugada poniendo en peligro sus vidas para finalmente poder cantar en el escenario de Millstreet (Irlanda). Además, su tema, recibido con gran ovación, decía algo así como: “todo el dolor del mundo está en Bosnia esta noche”.

A escasos días de celebrarse el concurso, al menos sabemos que Kalush Orchestra ya han podido realizar sus ensayos en el escenario de Turín. Pero, en cuanto a la guerra, la situación cambia a cada instante, y de hecho –nuevamente– la historia nos revela una muy sombría coincidencia. Justo hace treinta y un años, cuando el festival se celebró en Italia –la última vez que de hecho este país lo organizó–, estuvo a punto de cancelarse. Aquella edición acabaría teniendo lugar de una forma más bien improvisada, y con fuertes medidas de seguridad, a causa de la guerra del golfo. Es más, en un principio la sede sería San Remo, y se cambiaría a última hora por esta razón. Esperemos que la historia en este sentido no sea caprichosa, la paz vuelva a Europa y Eurovisión sea el lugar donde celebrarla. Pues, realmente, nació con ese propósito.

El “nacimiento de una nueva era” en el Festival de Eurovisión

El “nacimiento de una nueva era” en el Festival de Eurovisión

Primer ensayo de la banda Go_A, representantes de Ucrania en Eurovisión 2021, 9 de mayo de 2021. Fotografía: © EBU / THOMAS HANSES

Un 0 inasumible

“El odio prevalecerá” fue la polémica canción con la que la autodenominada “banda de BSDM industrial” Hatari representó a Islandia en Eurovisión 2019. Su estética apocalíptica, tanto en el tema como en la puesta en escena, tras la pandemia global que sobrevendría unos meses después, adquiere hoy una lectura terriblemente profética. La sentencia “Europa se derrumbará” en una de sus estrofas acabó cumpliéndose (de una forma no precisamente muy metafórica), revelando así cómo las distopías pueden llegar a ser algo más que mera ciencia ficción. Eurovisión, por tanto, deviene así un reflejo de la situación política de su tiempo a través de las tecnologías de la imagen en movimiento y la cultura del espectáculo.

La cancelación del Festival en 2020 a causa de la pandemia fue insólita. Más aún cuando tan solo unos días antes se había completado el número de candidaturas electas para uno de los trofeos más reñidos que se recuerdan. Así, uno de los principales investigadores de los Eurovision Studies, Dean Vuletic, destacó el “extraño lugar” en que quedarían las candidaturas de aquel 2020 en la historia del longevo concurso. Un festival que en sus 64 años de vida había conseguido celebrarse ininterrumpidamente, superando desde conflictos políticos en las sedes organizadoras hasta gestiones negligentes del más diverso calado.

Este parón replanteó de este modo el propio formato del concurso, dejando a todas las canciones de aquel año sin sus ansiados puntos, en un 0 inasumible. Por ello, la mayoría de países concursantes decidió regresar al concurso en 2021 con los mismos artistas de esta malograda edición. Así, estos disfrutarían de una suerte de reválida (aprovechando, por otro lado, un año más de promoción). Manteniendo unas estrictas medidas de seguridad, el Festival ha podido celebrarse de forma presencial (aunque no exento de contagios, como en el de la delegación islandesa). En esta “segunda oportunidad” se sitúan algunas de las candidaturas más destacadas de este año.

Volveremos a las discotecas, pero bailaremos solos

Si bien no hubo un ganador oficial de Eurovisión 2020, la mayoría de apuestas y rankings daban como triunfadores al maduro conjunto lituano The Roop, con la canción On fire. Se trataba de una composición up-tempo de base electrónica que comenzaba expresando afirmaciones tan elementales como “soy un humano, no una piedra, puedo desviarme e ir a donde quiera”, o “la temperatura está subiendo, siento que estoy a tope”. Juzguen ustedes mismos…

El baile, de simple e incluso absurdo era tan exportable (en fin, memificable) que contagió a un público ansioso de la llegada de la primavera con una canción efectivamente fogosa, a lo que contribuyó una estética andrógina muy apropiada para el velo carnavalesco (que no por ello menos reivindicativo) del Festival. Este tema luminoso en nada presagiaba el oscuro Discoteque que presentan para este 2021 (eso sí, aunque vestidos de un radiante amarillo inaceptable para supersticiosos).

Repiten fórmula, pero desde unos versos más monótonos y unos arreglos más indies, incluyendo, de manera enigmática, unos susurros en determinado momento de la canción que más bien parecen sonidos ASMR. Además, la canción es un homenaje a esos lugares de ocio tan resentidos por la pandemia como son las discotecas, de ahí su insistencia en “bailar solo”. Por cierto, a pesar de los tacones que porta, el cantante consigue moverse con una soltura impecable en su autoasumido aislamiento, en un número tan minimalista como sofisticado.

Adolescentes en mayúsculas y desajustes emocionales

Así, en mayúsculas, a lo firma adolescente grandilocuente, se daba a conocer VICTORIA, una muchacha a la que comparaban a Billie Eilish con un tema, Tears are getting sober, que daba a entender que no había conciliado bien bebida y melancolía. Pero este tema se emparentaba al de otra lolita del pasado 2020, ROXEN (también en letras capitales) por parte de Rumanía, con su Alcohol You, un juego de palabras (“I will call you”) que quería decir “te llamaré”, a lo que sumaba el tan preocupante: “cuando esté borracha”.

Aparte de su aparente simplicidad, sorprende la profundidad tanto del primer tema, que recitaba con dolor: “con el tiempo mi herida se hará cicatriz (in time my wound will be a scar)”, como del que ha presentado para este 2021: Growing up is getting old (Crecer es hacerse mayor). Sorprende esta obsesión por el “getting”, por el hacerse, por el paso del tiempo, en una joven de solo 23 años. Por otro lado, si ROXEN el año pasado tomaba el teléfono de forma apresurada, en esa edición el título de la canción se llama Amnesia (a lo “ya no me acuerdo, y si no me acuerdo no pasó”, de Thalía) y en una coreografía donde un grupo de bailarines la persigue pese a sus intentos desesperados de zafarse. La sincronización a la que asistimos es hipnótica.

Pero quedémonos con el intenso momento en que la primera canta “Estoy devastada por el doliente sistema nervioso (I’m torn by nervous system’s aching)”, toda una oda a este año en blanco que nos ha envejecido al igual que ha puesto de relieve cuestiones en referencia al encierro, al paso del tiempo y a la salud mental. En los ensayos, como vemos, un hilo de arena cae del techo (simulando un reloj de arena, obviamente) al son de un metrónomo, y una especie de losa emergente parece el solar al que VICTORIA desea aferrarse como si temiera pisar directamente un escenario tan costoso. Además, se trata de un tema que, más allá de “urbanizarse” para atrapar a la juventud (a saber, la griega), encuentra en su corte clásico una delicia para los oídos de los más veteranos seguidores del concurso.

Por cierto (y esta ya es otra historia), VICTORIA ha actuado, al igual que el siguiente participante, en el documental de Rocío Carrasco

Un dramático accidente helvético y un improvisado estilo urbano

Y sí, del estilo urbano no nos escaparemos. Una de las mayores sorpresas del pasado año fue la de Gjon’s Tears, joven suizo de padres albanokosovares que con el también melódico Repondez-moi (Respóndeme) pretendía colocar en el podio de Eurovisión por primera vez en más de 30 años un tema en francés (la última fue Cèline Dion, también por Suiza… ¡y por tan solo un punto!). Si el tono aciago de la melodía no parecía suficiente, la letra nos lo aclaraba: “¿Por qué la muerte viene después de la vida? (Pourquoi la mort vient après la vie?)”.

Las expectativas con este tema, de sublimes matices y sobrenaturales agudos, estaba tan alta que nada haría presagiar que el posterior Tout l’univers rompería todos los moldes (de hecho, tal como comenta en ruedas de prensa, la canción va de una explosión). La propuesta está entre las favoritas de este año, y el videoclip muestra un paisaje montañoso (suponemos alpino) donde ha tenido lugar un accidente de tráfico, aludiendo a una pérdida inconmensurable: “¿Como curaremos nuestros corazones estallados? (Comment soigner nos coeurs qui éclatent?)”, entona. Que haya sido la sintonía del documental Rocío. Contar la verdad para seguir viva aumenta las dosis de dramatismo.

No obstante, tras los ensayos generales el hype se ha desinflado al mostrarnos una puesta en escena donde el pequeño Gjon baila e incluso se balancea como un rapero quizás para acercarse al estilo -de eso que se viene a llamar- “urbano” pero enturbiando una apuesta que en sí sola podía haber dado grandes resultados. Construcción, destrucción… si de eso va el tema y, siguiendo la caída en picado en las apuestas, veremos cómo es el descalabro. De momento ha pasado a la final gracias a una actuación complejísima a nivel escenográfico y de un nivel vocal e interpretativo irreprochable.

Ella, discreta

Hemos tardado en mencionar a Destiny, la representante de Malta (que ya ganó el Festival en la versión Junior), a propósito. Si ya el año pasado con All of my love despuntó aunque sin llegar a ensombrecer a las grandes favoritas, en este año ha copado el número uno en la mayoría de apuestas durante todo el periplo eurovisivo hasta que llegaron también los ensayos (de momento se estanca en el tres).

Con Je me casse nos brinda una serie de ingredientes que los eurofans siempre reclaman y que atañen al tema tan posmodernista de la différence: una canción pegadiza que va de aceptarse a una misma, en este caso cantada no por una diva canónica, sino por una figura femenina con curvas, exótica (maltesa-nigeriana), empoderada, de voz “negra” (o racializada) que en algunas partes tiende más al funky que al pop, y con gestos que contienen eso que se viene a denominar popularmente como flow (no sabemos hasta qué punto impostados por los productores que la dirigen). En la semifinal lo ha hecho bien, pero el videoclip prometía demasiado a nivel visual.

Destiny, no obstante, tan solo tiene 18 años, con lo que el mérito de haber soportado la presión de ser favorita todo este tiempo ya es encomiable. Por último, en un momento del tema, escrito en inglés, aunque de título y estribillo (si se le puede llamar así) en francés se confiesa: “Perdón por mi francés (Excuse my french”). Este no es un tema baladí, sino que nos conecta con el siguiente punto, muy a tener en cuenta para los seguidores y estudiosos de las dimensiones estéticas de la historia del concurso.

La Chanson se empodera

Es muy curioso como este año hay un regreso, una vuelta a lo francófono en tiempos post-Brexit. Si este es el año cero de Eurovisión, es posible intuir que de alguna manera podría “recomenzar” con una victoria en francés tanto de Suiza como hemos visto como de Malta (aunque solo fuera por su estribillo) y, más probable aún, de Francia. De hecho, los tres temas han ocupado el podio en las apuestas durante todos estos meses. Si tanto Francia como Suiza son los clásicos fundadores del concurso en 1956 (el primero con 5 triunfos, el segundo con 2), hay que recordar cómo Malta (que debutó en 1971) ha sido otro de los países con más éxito, especialmente de 1991 a 2005 (14 años en los que estuvo siempre en el top 10 menos en 3 ocasiones, alcanzando 2 segundos puestos y 2 terceros).

Algunos favoritos del año pasado se han desinflado: artistas que en 2020 aportaban una propuesta convincente en este 2021 parece que no han superado la terrible prueba de la comparación (pensemos en Efendi, por Azerbaiyán), pero por el contrario, países como Francia han sorprendido, en este caso renovando su candidatura y optando por una dramática solista que, por cierto, también se ha dejado caer donde Rociíto… Barbara Pravi, con su tema Voilà parece querer aportar una nota clásica al certamen (a lo Patricia Kaas) en un momento de crisis europeísta con la pandemia y el divorcio con el Reino Unido. Que este país haya ganado Eurovision Junior en 2020 es también un aliciente que contribuye a este “giro”, y quizás, puede, acabe aportando algo de variedad (aunque solo sea idiomática) a un concurso que en sus dos últimas décadas ha abusado del “estilo internacional” impuesto por el inglés.

PD: Algunas sorpresas regionales

El año pasado califiqué la candidatura ucraniana como “una propuesta que parece sacada de un encuentro de bailes regionales, que no ha intentado traducir su estribillo”. En este año no solo reafirmo estas palabras, sino que las remarco con neones (los mismos que emplean en su actuación). La banda Go_A, que de hecho fue a promocionar su canción a Chernóbil, nos brinda un letra en ucraniano que habla presumiblemente sobre la llegada de la primavera (reseñada en el verde plumaje que viste la hierática cantante). Una “llegada” que termina más bien en una fiesta “etno-tecno” (como ella mismo mantuvo en una de las entrevistas con cara de mayúsculo entusiasmo), e incluso en una auténtica “rave” post-apocalíptica en la nieve.

En este sentido, las candidaturas de Países Bajos y Rusia han querido adherirse al club de aquellos que aún siguen viendo el Festival como una muestra de las idiosincrasias de cada país, aunque el primero haciendo una llamada decolonial con Birth of a New Age (su videoclip es memorable) donde el cantante de origen surinamés entona un apoteósico estribillo en Sranan Tongo. Los segundos, liderados por la cantante Manizha (procedente de Tayikistán), apelan a la matrioshka con una apuesta, Russian Woman, en ruso e inglés, visibilizando la lucha feminista.

Por otro lado, la candidatura danesa también nos ofrece una vuelta a los orígenes del concurso, con un tema íntegramente interpretado en danés (no lo hacían desde 1997) de presumibles resonancias ochenteras, y los italianos que, en lugar de la típica clásica balada de San Remo nos presentan un tema glam rock que, por cierto, tras los ensayos se ha colocado como favorito…

Estéticas del fracaso, sin más: una “operación triunfo” histórica

Estéticas del fracaso, sin más: una “operación triunfo” histórica

Maialen, con su traje de Chica Sobresalto. Video still del canal de OT en YouTube.

“[…] podemos reconocer el fracaso como una forma de negarse a aceptar las formas de poder dominantes y la disciplina, y como una forma de crítica. Como práctica, el fracaso reconoce que las alternativas ya están integradas en el sistema dominante, y que el poder nunca es total o coherente; de hecho, el fracaso puede explotar lo impredecible de la ideología y sus cualidades indeterminadas”.

Jack Haberstam, El arte queer del fracaso, 2011

 

Tras un mes ya de la gran final del OT en el que Nia se proclamó absoluta ganadora, estamos en condiciones de hacer un balance reposado sobre la edición menos vista de la historia del sempiterno concurso televisivo. Pese a ser la más larga a causa del parón obligado del Coronavirus y gozar de gran popularidad en Internet (principalmente el canal 24 horas de YouTube) así como la acertadísima publicación de los singles de los concursantes durante el desarrollo mismo del programa (con millones de reproducciones), sus índices de audiencia en TV han sido incluso peores que los de la abandonada (por parte de los productores) edición de 2003 y el intento fallido del caótico OT 2011

Como fan de aquella fantasía de Generación OT Juntos o el disco de Vivimos la selección y, en fin, espectador de toda la historia del concurso lo cual permite un análisis comparativo, considero que esta generación, no obstante, ha sido una de las que más historias entretenidas ha reportado (véase aquel despistado “nos hemos enrollado todos” que Samantha susurró al oído de Nia) más allá de lo estrictamente musical. Pero no porque las actuaciones hayan sido malas, de hecho tenían un gran nivel desde el inicio. Nivel que no daba lugar a la discriminación de aquellos que, entre los que me cuento, no tenemos una formación musical que nos permita distinguir cuánto se ha desafinado, sino que ante un panorama de corrección ejecutiva generalizada, solo nos parece todo bien y nos queda guiarnos por sutiles diferencias (o por cómo nos caigan los concursantes) para emitir un juicio sobre quien podría ser el mejor. Pues al final ese es nuestro télos en cuestiones de telerrealidad.

Momento en que Samantha repara: “Somos seis chicos y seis chicas, y nos hemos enrollado todos”. Video still del canal 24 horas de OT en YouTube.

Y ese ha sido el principal problema. Partimos con una gala 0 en la que el jurado comentó que esta era la “madre de todas las ediciones”. Semejante osadía no obstante tenía parte de razón con números tan completos como los de Eva, la propia Nia, y Anajú (con una faceta suya, más flamenca, que apenas han querido explotar los profesores posteriormente). Lejos queda ya aquella pipiola Aitana que olvidó parte de la letra de la canción en su puesta de largo… y qué decir del “me he equivocao, olé”, de Rosa de España…

Tras la sorpresa inicial –y aquí miro subrepticiamente a Flavio, ya fichado en el OT Fest del verano–, poco más nos hemos removido con los chicos durante las galas, al presenciar poca tensión, pocos retos o desajustes a nivel vocal al menos destacables (sin llegar al extremo de Esther Aranda) que nos permitieran atinar una progresión. Pero lo peor han sido unas valoraciones por parte del jurado que adolecían de un halago paternalista… tanto que nos tentaba a apagar (o mejor aún, tirar) el televisor ya rondando la una de la madrugada. Por mucho que podamos reprocharle a Risto (que podemos y debemos), sus valoraciones en OT 2006 (especialmente estas) fueron acertadísimas, críticas, rigurosas: el único que trataba de mostrar a los concursantes la crudeza del mercado discográfico antes de caer en su propio embrujo (aunque él dice que simplemente ha “actualizado sus sueños”).

Por otro lado, es destacable esa falta de tensión y pique pues al final se trata de un concurso: parecía como si no hubiera un premio de 100.000 euros esperándoles al final. Solo los salseos como los de Eli o Jesús al principio contaminaron las primeras semanas de la academia y consiguieron mantenernos atentos a Twitter, más para mal que para bien, pues llevaron el concurso a lo peor de aquellas trifulcas del casi olvidable OT 2008. Y recalco el “casi” por Virginia, pues Pablo López, por muy bien que componga y por mucho que lo admiremos ahora, revisando sus actuaciones, lejos quedan de la intensidad interpretativa que hoy le caracteriza en una corrección simplemente academicista (además del hecho de entretenerse más de la cuenta en aquellas trifulcas).

A esta relajación que parecía contaminarse a los concursantes con su “yo ya he ganado” como mantra cada vez que los despedían, por lo menos la invitada Lola Índigo, sincera y ambiciosa, cuando Roberto Leal le preguntó: “¿Tú soñabas con esto?”, respondió: “Yo sí”. Pero el escaso brío de los concursantes además se ha opacado en una realización en directo o muy pobre o por el contrario saturada de elementos que nos entorpecían llegar a la mirada de los concursantes. Si durante toda la semana el emotivista Iván Labanda trataba de arrancar las vísceras de los chicos que se veían perfectamente en los pases de micros, en las galas –con todos los visuales, las luces, los props y el cuerpo de baile así como la falta de primeros planos– la magia se diluía perdiéndonos los rostros de los concursantes. Menos mal aquella cámara que nos mostró a la mejor Anajú sobre la cama, si no aquel número habría perdido toda la intimidad requerida. Porque es ahí, en la interpretación donde realmente está la clave y donde ha habido el mayor de los avances.

Ya que hablamos de relajación, nada como la actuación en la cama de Anajú, una de las más memorables del concurso. Video still del canal de OT en YouTube.

Ni tras la lección aprendida por parte de Natalia Jiménez luego de la magistral sustituta Ruth Lorenzo la tensión volvería a las nominaciones. Pese a todo, al menos Natalia nos ha proporcionado alguien sobre quien depositar alguna emoción en este concurso… ira, aversión e incluso cariño, lo cual tratándose de espectáculo es más que significativo y valorable… pues la severidad que tanto distinguía a la Nina directora de OT 2001 y 2002 se ha desplomado en unos halagos desmesurados –casi rozando el couching, aunque ya apuntaba maneras– que por mucha afectación se quedan en palabras vagas. Las batallitas de Portu o Javier Llano poco más han hecho sino motivarnos a ir al baño o volver a Twitter. Desde luego, el jurado rotativo de años anteriores, para aportar algo de dinamismo a la gala, incluso aquella aparición totalmente aleatoria del incomprendido y encantador Alejandro Parreño, resultaba más dinámica. Pero la pregunta de todo fanOTico sigue siendo la misma: ¿Dónde estás que no estás aquí, Ruth Lorenzo? Vuelve, como sea.

El clima de extrema relajación se ha visto también en la academia, sobre todo en los pases de micro. Si bien la frescura de Noemí Galera es un rasgo a alabar, en este caso su actitud ha rozado demasiado el colegueo y esto parecía, más que una academia, unas “colonias” (como tan acertadamente una vez la fabulosa Coco Comín dijo en una de las valoraciones del 2006). Es por ello que las pocas veces en que les ha echado la bronca a los chicos las visitas al canal de Youtube han emergido, pues eso es lo que esperamos: algo de emoción (que procede de movere, mover). Se trata de imagen en movimiento, y de que algo pase, que algo se mueva en nosotros. Y con OT estamos muy hartos de todo, queremos transportarnos, queremos soñar.

Para colmo, las visitas de cantantes de más bien ya poco fuelle (manque me pese en el alma, incluso La Oreja de Van Gogh) tanto a la academia como a la gala nos han provocado alguna que otra cabezadita (como las de la tierna Anne Lukin). Eso sí, si por algo ha hecho historia este OT ha sido por llevar a la estupenda sor Lucía Caram a la academia: la primera monja en visitar el concurso (desatando muchas lágrimas). Por otro lado, de las predecibles bromas del chat con el tan afectado Ricky Merino (¿qué es eso de “chatines”?) ni me detendré, pues hasta nos lleva a extrañar aquellos primeros chats en OT 2001 Y OT 2002 donde pasaba de todo, desde terapias de grupo a stripteases (y a veces incluso aparecía la psicóloga).

Anne Lukin en una de las clases. Video still del canal 24 horas de OT en YouTube.

Esta ha sido una de las finales más variadas y equilibradas. No obstante, sorprende el enorme fandom de última hora hacia Nia (su actuación fue buena, pero no mucho más que la de Flavio, especialmente cuando volvió a interpretar Calma), victoriosa con una clara diferencia en votos al resto de sus contrincantes. Nia, alguien que aparentemente no tenía mucho a su favor en un concurso como este, donde suele gustar más bien el joven espontáneo y gracioso, incluso bromista como David Bisbal y aquellas imitaciones de Chiquito (las de Naím no eran para tanto), Joan Tena (que merece mucho la pena ser recordado), la ingenuidad de Jorge González y por supuesto aquello del “sapoconcho” de Roi. Otro perfil destacable es el del concursante novato en esto de los escenarios pero que se supera a pasos de gigante, como ejemplos paradigmáticos son Bustamante y Soraya, pero también la infatigable Idaira, y Aitana o Ana Guerra si tenemos en cuenta el nivel de aquella gala 0. O el concursante tímido, incluso “freak” o no normativo, pero carismático, que se lleva al público de calle por su fragilidad (fórmula de éxito que se sabe cada vez más en este tipo de formatos, pues inspira humanidad), como Rosa, Manuel Carrasco, Sergio Rivero, Virginia, –dejadme que incluya a Mario Jefferson porque lo merece–, Amaia, Alfred, Famous.

A pesar de no radicar en ninguna de esas categorías, y quedar relegada a una Chenoa o una Miriam de la vida (una perfeccionista), ha conseguido llevarse el ansiado puesto. Y eso que el galardón de Favorito semanal ya no estuvo tan monopolizado como en las primeras ediciones, lo que daba cierto juego a la hora de pensar en la victoria. Indiscutiblemente Nia es una cantante de ejecución eficaz, ganas y poderío, pero que poca vulnerabilidad o magia ha expresado en el escenario, haciendo perfectamente todo lo que se le ha pedido. Sin salir de ahí, como si cantar fuera un encargo. Pero un artista debe ser algo más, ya lo decía Longino, quien prefería la “grandeza con errores” a la “pulcra mediocridad”: “¿No merece la pena preguntarse en general qué es preferible, en poesía como en prosa, si la grandeza con errores, o la mediocridad en la ejecución, pero pulcra en su conjunto y sin fallos?”

Los temblores de Hugo cantando La leyenda del tiempo, obra basada en el poema de Lorca Así que pasen cinco años, son destacables en este sentido. La cuestión del «tiempo» (algo tan apremiado en TV, por otro lado) era el concepto de la canción, así como el fabuloso descubrimiento de su inexistencia. En la clase de Labanda Hugo quedó fascinado con la lección del profesor, que le definió el tiempo como unidad de medida y por tanto una invención: “me ha cambiado la vida ese hombre”, dirá. La clase, que parecía más bien una tertulia metafísica –además, sorprendentemente el concursante no conocía a Lorca– toma un curso de lo más terrenal cuando Labanda pregunta: “A ti te hablan de una columna y ¿adónde se te va la cabeza?”. Hugo responde: “Al parking del Mercadona”.

La afectada, temblorosa y rompedora actuación de Hugo. Video still del canal de OT en YouTube.

También destacamos otros momentos torpes, azarosos, espontáneos como el patinazo de Eva  en el Twist Again a pesar de sus zapatillas, y vestida con el traje de su abuelo (así como el estilo que ha ido forjando gala tras gala), las caras titubeantes de Flavio (y sus movimientos de tanto en tanto patosos, como en Shotgun) o las asfixias de una Anajú enredada en la coreografía de Tusa. Aunque nunca han llegado a tener errores graves, todo ello aportaba un punto de frescura, incluso estilo, a actuaciones que te “pellizcan” el alma (otro tropo muy de jurado de OT, véase Portu o Manuel Martos) y te llevan con ellos. Como lo hizo Bisbal cantando en inglés aquel “Ifsisbet”. Nia, sin embargo, en el escenario parece sobrehumana. No una de nosotras. Es una diosa. Pero una diosa que se nos parece (o quieren que se parezca) a otra. Casi siempre la visten como Beyoncé. Y lo peor, ¿qué estilo le espera?

Otro punto esencial de esta edición ha sido que produjeran sus singles durante el concurso, favoreciendo así la composición, las canciones, que es de lo que están hechos los artistas y el mayor reproche a todos los OT anteriores… En este sentido, tristemente a Nia le han endosado un estilo musical que “parece” venirle de serie (digo parece porque han querido asociar su color de piel a un sospechoso esencialismo) pero que recae en clichés tan esperables como los de “8 maravillas”. En su letra dice “Chacho, viaja, vive, compara esto con el Caribe”, se refiere al “mojo picón”, la “sabrosura” y por supuesto desenfunda un “que ríííco”. El tema aspirará a formar parte de la campaña turística de las Islas Canarias, pero si queremos a esta artista, sabemos que realmente merece mucho más (más que aquel Cantabria que cantó Bustamante o Las calles de Granada de Rosa). Si pensábamos que el estilo Kike Santander era solo cosa de Bulería, bulería, Oye el boom y las latinadas de los 2003-2004… pues bien, está de regreso.

Los temas de Flavio, Eva, Samantha o Anajú quedan, sin embargo, muy a la altura de ellos. Pero sobre todo el de Maialen, que además lo sabe bien: o te pones un nombre artístico singular y memorable, véase Chenoa, Lola Índigo, Nena Daconte, o todo tu proyecto quedará en generalidades (tristemente la potencia de “Miriam Rodríguez” no es la misma que “Malú”, cuando la primera nada tiene que envidiarle). Muy bien, Chica Sobresalto. Adoramos además tu traje de súper heroína, y eso era a lo que Risto se refería cuando hablaba de “producto”, en su acepción más positiva. Otros concursantes parecen perderse en la precipitación de intentar aprovechar el hype que a nivel mediático queda de este concurso. Y probablemente no sea culpa de ellos.

No obstante, pese a su poca promesa inicial, pase lo que pase Rafa con su Díselo a la vida, y Javy con su Qué sabrá Neruda han sido ya los grandes triunfadores de OT 2020. Aunque más el segundo que el primero. Esto nos lleva a pensar porqué esta reivindicativa balada que aun conserva lo mejor de finales de los 90 y los primeros 00 y con casi 4 M de reproducciones en YouTube aún no ha llegado, por lo menos, a la lista de los 40… Inexplicable. Mención aparte requiere el más extraño himno grupal compuesto por los alumnos. Sal de mi tiene una letra muy sofisticada pero no apropiada para el tono optimista y apresurado que este tipo de canciones han tenido y requerido. Y una composición incluso demasiado buena para OT.

Nia es la cantante más experimentada de esta edición, y la mayor de todos, aunque tampoco gran cosa: 26 años. Esta probablemente es otra de las claves de este relativo fracaso. Si bien es cierto que la juventud del 2001 es radicalmente distinta a la de hoy (además los vestían como señores y señoras cuando solo tenían 20 años, acordaos de esos vestidos-rebeca de Rosa…), creemos que ampliar el rango de edad de los concursantes ampliaría a su vez su público en una realidad laboral muy distinta a la de hace dos décadas… Si bien en las ediciones celebradas en Tele 5 había concursantes que rondaban o superaban los 30, el target de este programa se ha reducido casi a la adolescencia, cuando antes este concurso era visto por personas de todas las edades.

Y diría incluso más, personas de todos los signos, pensemos en las pancartas de los alcaldes del PP alabando a Nuria Fergó y Bustamante. Y es que el aplaudido sesgo feminista de los últimos OT puede haber alejado a un público más conservador, así como la polémica acerca de la tauromaquia despertada por Maialen y replicada por Estrella Morente. Otro punto a destacar es que si bien en las primeras ediciones la palabra “mariquita” era frecuente y se daba por sentado una heterosexualidad obligatoria en los chicos (lo que contribuía una tajante división de género), en la final de esta última edición, por ejemplo, los exconcursantes acudieron con una pulsera de la bandera LGTBI+. En cuanto a los sesgos políticos o ideológicos, son siempre inevitables (Carlos Lozano tenía sus perlitas, también: “Cuidado con Rosa cuando vea el comedor, porque si quiere perder peso…”). Pero está claro que el programa no es muy popular en las derechas.

En 2002 los alcaldes del PP de San Vicente de la Barquera (Bustamante) y Nerja (Nuria Fergó), haciendo campaña de los concursantes tras la nominación. Video still de la Gala 13 OT 2001.

Otro de los posibles fallos del formato está relacionado con el tema de lo amateur. La narrativa Bustamante o Soraya, ajenos al ámbito laboral musical (uno cantando en el andamio, la otra desde la ducha), construida semanalmente desde aquellos banquillos del plató, nos hacía dirigirnos a sus actuaciones con muchas expectativas, o al menos, cierto morbo. Su superación semana a semana así como su procedencia rural nos hacía soñar con que tú o yo, que jamás hemos tenido oportunidad de recibir clases de canto, ni vivimos en una capital con posibilidades, con esfuerzo y tesón podemos llegar a lo más alto (entiéndanme, a llenar estadios, vender discos, ser querido por el público). Cuando la mayoría ya lo hacen muy bien desde el principio poco más nos podemos identificar con ellos.

A pesar del ingente esfuerzo de Roberto Leal, en esta histórica edición de Operación Triunfo ha faltado tensión y magia en las galas, rigor en los jurados, ganas de superarse y quedarse en la academia incluso… (a veces el mal perder nos representa, y Anne Lukin, es fabuloso que así te mostraras en aquel chat: jamás debiste salir tan pronto). Apenas hemos visto fallar a los concursantes, las realizaciones han sido muy poco atractivas y más que acercarnos a los cantantes, nos los han alejado entre tanta tramoya (de hecho, curiosamente una de las galas más vistas ha sido la celebrada en la academia, el #OTYoMeQuedoEnCasa). Pero, y esto es esencial, la organización ha conseguido dar salida a los 16 concursantes, puede que solo con un aislado single, pero al menos ha sido la “operación triunfo” más coherente con su propósito inicial, con la industria musical, seleccionando a artistas con personalidad que han dado a conocer.

A la forja de este estilo ha contribuido la selección de los temas para las galas. A pesar del despropósito de las puestas en escena, se han puesto sobre la mesa, en prime time, temas procedentes del indie, desde La Bien Querida a Vetusta Morla o La Casa Azul, a incluso el trap con C. Tangana (a pesar de aquel sonado desplante). O, más fuerte aún para los puristas, se ha cantado a Extremoduro, Camarón o María Jiménez. Jamás en su historia este concurso había apostado por tal diversidad y de ella se han hecho eco los concursantes (recordemos que en los primeros OT Chayanne, Ricky Martin, Luis Miguel, Whitney Houston y hasta Diego Torres se repitieron una y otra vez en las galas).

El formato quedará agotado (está claro que va a necesitar un descanso), pero han ganado ellos, los concursantes. Y eso a la larga, será lo mejor. Para lo más mainstream este OT es un fracaso. Y bendito fracaso. De hecho, el concepto clave de “cruzar la pasarela” en tanto tránsito a un “espacio otro” (mejor), un espacio simbólico de aprobación, que quedó irremediablemente marcado por su recorrido en silla de ruedas por parte de la inestimable Samantha. Todo un icono de esta edición. Como en su single canta: «Yo, la verdad, es que sin más». Esa es la actitud.

El mejor de los momentos. Samantha cruza la pasarela en una silla de ruedas customizada. A la semana siguiente ya se recuperaría de su lesión. Fotografía: José Irún.

Que la poca audiencia de este OT no haya impedido su cancelación pese –incluso- al Coronavirus, lo hace doblemente fracaso, fracaso de las lógicas de marketing (porque lo de OT 2011 fue un desplante a la organización, una auténtica faena). Lo hace más queer, más digno y auténtico incluso, menos vendido. Nos hemos sorprendido menos pero nos llevamos unos tenaces cantantes y compositores (por fin han salido beneficiados todos ellos), así como el diamante en bruto multimedial como es Samantha, que a la vuelta del confinamiento dijo en pleno directo que echaba de menos a Fernando Simón… Sin titubeos. Para concluir, como escribe el teórico Jack Haberstam, el fracaso es posible de ser entendido “como una forma de crítica”, crítica, en este caso, a las lógicas televisivas actuales. Y en la cadena pública. Por todo ello, larga vida a OT.

 

Lo que La Oreja de Van Gogh “nos contó” hace diez años sobre pandemia y nacionalidad

Lo que La Oreja de Van Gogh “nos contó” hace diez años sobre pandemia y nacionalidad

No, este guiño al “nos contó” no hace referencia a aquel disco emblemático del pop español de los 2000. Y sí, Lo que te conté mientras te hacías la dormida fue el más memorable de los retos a la longitud adecuada en títulos de discos comerciales (después del clásico Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, de El último de la fila, claro).

Pero este guiño, que puede leerse más bien como una profecía, nos lleva al inicio de otra gran crisis. 2008 fue el año en que Leire Martínez se estrenó como la nueva vocalista de la aclamada banda donostiarra con un prudente pero significativo “último” vals. Y es que aquel “primer” single estaba trufado de referencias ambiguas al nuevo comienzo sin Amaia con un “siempre serás bienvenido a este lugar” en el estribillo y un videoclip donde la cantante vagaba taciturna por la calle hasta encontrar un anuncio de “se busca cantante”. Pero en aquel disco, A las cinco en el Astoria, había otro gran tema digno de ser rescatado hoy.

Se trataba de Europa VII, una canción de un elenco de madurez lírica solvente y arreglos sofisticados: probablemente su álbum más “comprometido” tanto política como musicalmente, con composiciones como Jueves o Cumplir un año menos. El tema relata una historia desoladora aunque tamizada de una melodía suave y envolvente que hoy, en plena pandemia global, parece cobrar especial significación (Y sí, estamos al tanto de que el nuevo single del grupo se titula esperadamente Abrázame).

Para empezar, eso de Europa VII no resulta muy aclaratorio. Si bien la canción es una crítica al desarrollismo occidental (por tanto, aceptamos lo de “Europa”) ¿por qué “VII”? Bien, analicemos la letra, que arranca así: “Comienza la desconexión, se acaba el aire y la energía, no queda nadie en el control, la nave flota a la deriva”. Como vemos, esta primera frase dibuja un paisaje nada halagüeño, y aunque distopía y belicismo no son conceptos nuevos en el grupo, aquí parecen decididos a ir al centro del asunto. No hay “deriva” que en el pop nos lleve a buen puerto.

El entorno que parecen esbozar contiene astronautas y naves espaciales (como vemos en el videoclip), y un cierto momento de iluminación personal: “repaso ciencia y religión”, así como de nostalgia: “allí vivía yo”. Ah, Europa VII es el nombre de la nave espacial… lo cual quiere sonarnos a rarezas de Mecano como Viaje espacial o, por qué no, El fin del mundo. Este panorama parece asemejarse a la situación apocalíptica que vivimos hoy (especialmente las imágenes de equipos de protección tan comparables a los trajes espaciales) y a la oportunidad a la reflexión que esta, no obstante, incita: “muerta de miedo en un rincón, pienso en mi civilización (…) allí vivía yo”, añade.

Si las estrofas junto a unos arreglos que insertan sonidos del código morse y de radio nos van llevando en un medio tiempo que va en crescendo; el estribillo, esperablemente más rápido y efectista, aunque no tan pegadizo como de costumbre, guarda un claro mensaje político: “me quito la bandera de mi traje espacial”. Este gesto tan decisivo no nos parece muy alejado de la realidad: nos lleva a esas mascarillas bordadas con la bandera de España que ciertos dirigentes políticos portan y ahora son tan populares, recubriéndose el protegerse de tintes patrios y heroicos. Leire concluye: “y escribo en el reverso que soy de la humanidad”.

Si ya en Geografía el grupo lanzó en 2003 un alegato al multiculturalismo en pleno debate sobre la guerra de Irak y la inmigración masiva a España, aquí advertimos una crítica al nacionalismo ante una situación de catástrofe. Catástrofe como la que estamos viviendo ahora y a la que los partidos políticos aluden con ingeniosos alegatos como “anticuerpos españoles” o caceroladas “abanderadas” desoyendo el confinamiento, así como gobiernos independentistas que parecen no colaboran en el cómputo de decesos de la pandemia.

Si en un hilo de Twitter encontramos un profundo análisis de aquel “Lo que te conté…” en clave marxista, en Europa VII ahora nos topamos con un aspecto profético que resulta sobrecogedor: “Y yo escucho esta retransmisión para que suene en el futuro y sirva de lección”. Recalquemos: “sirva de lección”. Además, hablan de “gotitas” que violan la gravedad, de “sufrir la colisión”, y muchas referencias que sin duda, escuchadas desde la experiencia del COVID-19 no son pasteladas (como tanto se le ha reprochado al grupo) pues aluden a una cuestión delicada en nuestro tiempo: el contacto corporal.

Por último, y como el inteligentísimo letrista Xabi San Martín hace siempre con sus temas (cerrándolos con un broche de oro muy cercano al lenguaje publicitario), en el último estribillo modifica ligeramente la letra: “La frágil existencia milagrosa y casual, la vida más pequeña vale mil veces más que la nación más grande que se invente jamás”. Palabras que podían ser aplicadas a las noticas, más centradas hoy en crispaciones políticas y en el dilema de terrazas y playas que en el número de muertos diarios (pues aunque afortunadamente ha descendido mucho, siguen muriendo personas).

En estos momentos de reflexión, ya que se están revisando los ideales estoicos sobremanera, tal vez sería congruente hacernos eco del mensaje de La Oreja de Van Gogh (y de paso redescubrir un disco rico en significados) para seguir la lección cosmopolita de los primeros estoicos griegos y romanos para entender “nuestra radical interdependencia”, como dice la filósofa Mónica Cavallé, puesto que, a fin de cuentas, “el hombre no está para servir a la política sino la política para servir al hombre”.

Del espectáculo en tiempos de pandemia: la cancelación de Eurovisión 2020

Del espectáculo en tiempos de pandemia: la cancelación de Eurovisión 2020

Dima Krasilov, bailarín del conjunto Little Big (Rusia 2020). © EUROVISION.TV

 

El poeta José Miguel Ullán, comentarista de Eurovisión 1983, profería lo siguiente al inicio de la gala que culminaría con los célebres 0 puntos de Remedios Amaya: “Por favor, procuren ustedes tomárselo con parecida tranquilidad, sin dramatismos ni ataques al corazón. Es un festival más, (…) una cita con la música europea de consumo (…). Entre ese espectáculo y su mirada, usted es libre de apasionarse, permanecer indiferente, bostezar o soñar”.

Hoy, casi cuarenta años después nos hacemos eco de sus palabras en una retransmisión insólita del Festival para tratar de dialogar con lo que Eurovisión es en estos momentos y a la vez coincidiendo con su histórica cancelación en este 2020 debido a la crisis del Coronavirus. Conocidas son las turbulencias de un concurso que ha estado en riesgo de ser cancelado en múltiples ocasiones debido a desacuerdos en su organización o conflictos entre los países que debían acogerlo. Esto no hace más que demostrar el cariz político del concurso en tanto reflejo de la sociedad y de los deseos de la sociedad de su momento (en este caso, en el ámbito europeo). En este sentido, es un deseo que se construye simbólicamente de manera continuada: hemos de recordar que el proyecto Eurovisión no se vive solo una semana al año, sino durante todo el año a través de las preselecciones nacionales, las apuestas, los salseos, las pre-parties y promociones, los ensayos y finalmente las galas televisadas.

Por tanto, el inminente cierre al Festival en una de las sedes más amables, primaverales y asequibles de Europa, Róterdam, ha dejado desprovistas a 41 canciones que llevaban meses gestándose (puesto que van incorporando revamp conforme son testadas frente al público, lo cual rompe cierta ingenuidad) y que el mismo día 12 de marzo eran reveladas en su totalidad. Tan solo seis días más tarde se indicaría que ya no concursarían más. Eurodrama. La desangelada posición en la que ahora quedan estas canciones las coloca en un lugar insólito en la historia del certamen, ininterrumpido en sus (hasta ahora) 64 años, afirma el historiador Dean Vuletic. Por ello, no nos gustaría dejar de aportar una impresión acerca de las propuestas de este año retornando al espíritu crítico, irónico y rocambolesco de Ullán quien pronunciaba acerca de los intérpretes de los años en que fue comentarista lindezas como “la emprende con una canción que tiene la equívoca virtud de parecer que ya la hemos escuchado”, o “son tres mozalbetes rubiales con caparazón de saltamontes, inmóviles pestañas y sonrisa ecológica. Su habilidad suprema, cruzar las piernas” (sí, se refería a los pizpiretos Herreys).

Eso sí, sin compartir su tono misógino por mucho que suscribamos la primera parte de este comentario: “Silencio y tanta gente [título de la canción portuguesa de 1984] define a la perfección el drama de temas como este en un concurso donde predomina el ruido. Para colmo, la canción está servida de manera fúnebre por una mujer de su casa, sacada de sus casillas y visiblemente deseosa de esconderse bajo el piano”. Tono reprobable y del que comentaristas célebres como José María Íñigo e incluso José Luis Uribarri han pecado, este último en la edición de 2008 (min. 01:30:18, entre muchos otros momentos). Aclarado esto, y en línea con todos los festivales paralelos para rendir tributo a las canciones que se están celebrando en estas semanas, no debemos librar a todas estas propuestas de su merecido comentario, que es al final por lo que Eurovisión merece la pena y lo que le da razón de ser: la generación de narrativas alrededor del despliegue de la imagen en movimiento en el marco espectacular de la cultura televisiva de consumo.

Una vez lanzada semejante diatriba, podríamos comenzar con Rusia, favoritos, como siempre. Europa precisa de un antagonista para dar sentido a un certamen que trata efectivamente de construir una cierta idea de Europeidad (al menos en sus inicios) a través del audiovisual y los hitos técnicos del momento. Rusia es a menudo interpretado como un enemigo astuto a batir, por lo de que las exrepúblicas soviéticas le votan, porque suele publicar su propuesta eurovisiva casi al final de plazo (haciéndose desear), además de evidentemente sus políticas gubernamentales anti-LGBTQ+ y los paradójicos mensajes a menudo pacíficos de sus canciones. Este año concursaban con un conjunto, Little Big, que según ellos mismos, eran una propuesta estética que parodia de los estereotipos rusos a partir de una música rave de referencias eclécticas. El resultado una canción que, sorprendentemente, lleva un título en castellano, “Uno” y parece una especie de instrucciones cantadas de Zumba para aprender a bailar, aunque con moralina de por medio: pues se tienta al espectador a reírse de la figura del bailarín obeso que copa todo el protagonismo de la escena, además de este tema “apropiarse culturalmente” de “otros ritmos” como el chachachá y adoptar una estética muy setentera (la de los vecinos del Oeste en tiempos de la URSS), con pantalones de campana y camisas de cuello de pico… Juzguen ustedes mismos.

El Este iba fuerte. No contentos con la paradoja de un grupo que se hace llamar Pequeño Grande (pensemos en las comunes denominaciones grandilocuentes de Madre Rusia, el Gigante con Pies de Barro, o el Oso como símbolo nacional), Lituania también nos tienta a otro dilema identitario. Si aún teníamos dudas con el ser en sí y el ser para sí sartreano, “Soy un humano, no una piedra” sentencia el cantante de The Roop al inicio de su tema. Incapaces de llegar a una buena posición desde su debut, este año partían como favoritos. Captar, capta la atención del espectador además de hacer gala de un baile en el que parece hacernos muecas pero no, no se trata de una tomadura de pelo: el ritmo de la canción es tan easy going que entra al primer segundo y pese a ser radiofórmula incorpora una melodía electrónica no tan común por, siguiendo a Ullán, estos “pagos”. A una estética que pone de relieve un debate sobre la masculinidad en gestos y vestimenta le sumamos el estribillo: “El calor está incrementando, creo que estoy a tope (on fire)”. Probablemente nada resuma mejor este tiempo que nos ha tocado vivir que una oda al calentamiento.

Pasemos ahora a Ucrania ya, por favor. Es la primera vez en su historia que este país interpreta su canción enteramente en ucraniano. Una críptica banda de folk, Go_A (que no nos regala sonrisas forzadas así como así como suelen hacer los conjuntos folclóricos en el Festival para hacerlo más fácil) de vocalista impasible e hierática que cualquier eurofan tendría como objetivo llevar a su fiesta para adorarla e incluso sacarla a bailar para ver si es real. En honor a la verdad, seguimos asombrados con su reacción tras ganar la final nacional, definición de entereza y estoicismo que no pasotismo como el de Salvador Sobral. Hartos de Shady ladies, Anti-crisis girls y demás divas afectadas que no hacen más que reforzar unos estereotipos de género heterocentrados poco halagüeños, encontramos aquí una propuesta que parece sacada de un encuentro de bailes regionales, que no ha intentado traducir su estribillo. Y que, todo sea dicho, resulta complicada de tararear: precisamente por eso nos parece que está aportando una autenticidad e independencia a costa de no pasar a la final (evidentemente no ha sido de los gustos del gran público).

Aunque lo queramos, no podemos irnos del este. Por Letonia tenemos a la todopoderosa Samanta Tina, otra diva que a lo Shady lady hace gala con orgullo de una feminidad exultante y que comete la osadía de hablar de liberación femenina rodeada de un grupo de bailarinas que también siguen todos los chichés del deseo masculino blanco y heterosexual. Ellas proféticas, con mamparas y guantes en su vestuario ¡además nos disparan fru-frú! (real) y aportan una propuesta electrónica, con un estribillo instrumental sobreproducido que nos recuerda aquello del tecktonik e incluso el dubstep. No obstante, acaba derivando en una de las propuestas más coherentes en tanto a que la estética está concienzudamente definida y planteada (no se han puesto lo primero que han visto). En este sentido es de justicia destacar a Efendi, la abanderada por Azerbaiyán, que en un tema autooriental titulado Cleopatra (sacrilegio a Dana International) con mantra budista incluido es capaz de juntar a Marc Anthony y Marco Antonio en una misma letra donde a lo Rosalía entona para el estribillo un trapero “tra” (pero de Cleopla“tra”). Era otra de las grandes favoritas, y además con un guiño a la libertad sexual insólito en su geografía: “Cleopatra was a queen like me (…) Straight or gay or in between, In between, yeah, in between”.

Rumanía y Bulgaria. Parecen hermanas. Además ambos nombres se escriben con mayúsculas tal vez para destacar entre los motores de búsqueda. Son dos jovencitas (ROXEN, por Rumanía y VICTORIA, por Bulgaria) con sendas alusiones al alcohol en la letra de sus canciones, sí… La primera con el irreverente juego de palabras Alcohol you (I will call you) a lo que sigue “when I am drunk” (te llamaré cuando esté borracha) y la segunda que habla de Tears getting sober (lágrimas que se vuelven sobrias) y una herida que aunque “le duele” dice que es “dulce” y “con el tiempo se convertirá en cicatriz”. Pese a lo truculento del mensaje de ambas estamos ante dos intérpretes muy capaces, con temas apenas prefabricados y sin abalorios sino más bien minimalistas y van al centro de lo que se supone que es este concurso (la canción en sí) y que sin duda iban a colmar el top 10, adoradas por el público juvenil que ahora se derrite con Billie Eilish y encuentra que no hay que volverse una SUPERG!RL para molar… (esa es la canción “teen” griega que apenas nos limitaremos a nombrar en tanto intento de helenizar a Britney Spears, ahora es la canción la que se escribe en mayúsculas). Pero por favor, sigan juzgando por ustedes mismos.

Es el momento de acudir al otro gran “bloque” (si es que seguirse refiriendo a los países en bloques no es adherirse a cierto lugar común para los que impugnan el certamen), el de los nórdicos. Siguiendo la estela de la brillante propuesta artística del año pasado que realizó Islandia, burlando la “censura” con el proyecto Hatari, este país ahora nos enviaba una banda indie llamada Daði og Gagnamagnið (a la que han estilizado como Dadi para que sea más traducible e incluso risible) que parodian a la diva de ventilador (cliché eurovisivo) con sentimentalismo en un determinado momento de la canción (el minuto 02:00) y tocan instrumentos de mentira (otro cliché eurovisivo) y ataviados en una estética vaporwave, todo con unas notas muy funky que hacen las delicias incluso de los eurofans más capillitas (Nos sigue sorprendiendo como una banda tan aparentemente “alternativa” ha encandilado a fans de divas helénicas virtuosas y Biebers de Petrogrado, al fin y al cabo la mayoría de los fans del Festival). Esto nos sorprende y nos gusta, porque de hecho este concurso sigue teniendo genuinidad y actualidad por apuestas tan sofisticadas como esta: reírse de uno mismo haciéndolo con clase es toda una virtud.

En cuanto al resto del bloque nórdico, poco más que declarar. Las coristas del año pasado de Suecia este año han pasado a ser las cantantes principales –The Mamas– con una canción genérica de superación personal, la noruega Ulrikke con la típica balada dramática de diosa afectada pero que nos lo dice honestamente: “solo quiero tu atención”, los daneses con una apuesta tan machacona como improvisada (porque eso de elegir un cantante hombre y una cantante mujer y hacerlos cantar como si fueran un matrimonio consolidado no es nada nuevo) que parecen suplicarnos pasar a la final conscientes de que ese sería su techo y un señor por Finlandia, Aksel que, pese a resultar muy válido, ha sido el elegido en una tormentosa final nacional en la que iba a ganar Erika Vikman y no sabemos qué pudo ir mal. Bueno sí, su tema Cicciolina era una apuesta polémica que rozaba un tema tabú (el porno), y enteramente en finés (ya apenas se saborean canciones en idiomas distintos al inglés en un festival post-Brexit) que tenía todo cuanto deseamos: un vestido rosa chillón, un trono para ella sola y dos osos custodiándola (además de fuego a su alrededor). Pero ganó una canción de probador de tienda de ropa, y no pasa nada.

Culminando, nuestro recorrido hemos que recalar en la isla de Chipre con Sandro, un chico fit que es coherente con su cuerpo. Running, se llama la canción. Parece que estaban haciendo precisamente eso: corriendo porque no llegaban al plazo los chipriotas para escoger representante de entre los reservas de la discográfica y se quedaron con este señor que al menos en su nombre da el pego (pero es alemán). Poco que destacar en una canción hecha a destiempo. Y para destiempo, o incluso contratiempos, Francia. En el videoclip del tema este galán de anuncio de colonias aparecía encaramado a la torre Eiffel para parecer que la canción sonaba más francesa que inglesa, ya que gran parte de ella la interpretaba en inglés y esta sí, “tiene la equívoca virtud de parecer que ya la hemos escuchado”, citando de nuevo a Ullán. Como se ha comentado anteriormente con el tema de los revamp, luego recularon y la afrancesaron para no incomodar mucho al ministro de cultura (aquí hasta la RAE se encaramó con Barei). No nos podemos olvidar de nuestro estimado Blas Cantó, uno de los cantantes del momento en España del que hubiéramos esperado alguna propuesta menos “internacional” en la que sus posibilidades vocales no quedaran supeditadas ante el deseo de agradar a las masas, o peor aún al “uni-universo”.

En conclusión, nos quedamos con un año lleno de propuestas escénicas trufadas de rasgos identitarios (o incluso postidentitarios) que nos dan que pensar acerca de cómo estas naciones desean construir/negociar su imagen en la arena internacional que es Eurovisión. Nos quedaremos con las ganas a medias. Dada la cancelación y el hecho de que no se van a poder reciclar estas canciones para la edición de 2021 (que tendrá lugar “de nuevo” en Róterdam) muchas de las televisiones participantes han decidido “llevar” a estos mismos representantes a la edición del año que viene (entre ellos la RTVE). Así, cerramos este 2020 no tanto con un adiós sino con un Hasta la vista, baby, tomando evidentemente las palabras de Schwarzenegger en Terminator 2, y como decía otra de las canciones de este 2020, Serbia, en su estribillo (e incluso otras dos canciones más de Eurovisión, en 2003 Ucrania, y en 2008 Bielorrusia).