El éxito del metaverso y la (Ir)realidad virtual: una cuestión estética                          

El éxito del metaverso y la (Ir)realidad virtual: una cuestión estética                          

 

“Si tuviera dos caras ¿Estaría usando esta?” Supongo que no, Mark. Lo que se espera del pretendido doble del universo o metaverso, que todavía suena más imponente, porque va más allá de, es otra cosa. Y aunque no sabemos muy bien qué estamos esperando, porque Meta no deja de ser un proyecto en fase de desarrollo del que no se tienen aún demasiados datos, lo que sí sabemos es que se nos ha vendido como una revolución y las expectativas son muy altas. Déjame decirte que no existe hoy día mayor error que mantener a jóvenes internautas, que a su vez son público objetivo del proyecto -o sus futuros habitantes- con el hype por las nubes. Y es que a cada nueva imagen publicada que no se ajusta a lo visto en el tráiler que sirve para untar de miel los labios, se corre el riego de que se te condene, también si eres uno de los hombres más ricos del mundo y te apellidas Zuckerberg, al escrache de máximo 280 caracteres, o lo que es peor aún, al meme. Todo este revuelo es por una de las últimas imágenes que el propio Mark Zuckerberg colgó en su perfil de Instagram y que, caricaturizada, ha circulado como la pólvora por las profundidades de internet. Aunque, eso sí, en este caso no ha habido necesidad de agregarle demasiado adorno porque la broma se sustenta por sí sola. La broma -de mal gusto- es la propia imagen original. Pero es que si ese universo virtual que va más allá de, goza de un apartado gráfico que compite con el de videojuegos del siglo pasado, entonces, apaga -las gafas de realidad virtual- y vámonos -o quedémonos donde estamos-.

Se conocen las consecuencias de vender precozmente la piel del oso… pero el qué sucede cuando -con prisa- se presenta todo un universo, con más pena que gloria, aún está por ver. Universo ideado para entrar a vivir en él a partir de un avatar, es decir, a partir de una segunda piel que suple, en palabras del teórico de nuevas tecnologías Wolf

Lieser: “Un viejo sueño de la humanidad como es crearse a uno mismo de nuevo”. Aunque, eso sí, no a cualquier precio -o apariencia-. Si imaginamos el futuro metaverso que, junto a otras famosas vías de interacción social como Whatsapp, Instagram o Facebook, son monopolio de la reciente empresa Meta, preferimos hacerlo a partir de las referencias vistas en películas que giran en torno a la idea de inmersión en mundos virtuales como Ready Player One (2018) o Demonic (2021). Porque las imágenes publicadas hasta la fecha, como en la que figura el avatar de Zuckerberg a modo de selfi -la de la discordia- está a años luz del apartado gráfico de videojuegos que surgen en paralelo o que incluso llevan varios años en el mercado. Unos que gracias a los grandes avances técnicos de softwares 3D con los que se desarrollan, dejaron atrás la apariencia de personajes próximos a monigotes de plastilina y pasaron a imágenes en las que es fácil distinguir los poros de la piel de sus protagonistas, y con ello, cada vez más difícil discernir entre realidad y ficción.

Puede decirse, llegados a este punto, que el éxito o fracaso del esperado metaverso, recae en un problema estético, y que, si se vende una experiencia que suple la de la propia realidad -con el tedio que esto supone- lo que se demanda de pieles y escenarios -como poco- es que se ajusten lo máximo posible a la propia naturaleza. El trampantojo (trompe l’oeil) que sedujo y confundió a aquellos pájaros que en la Historia Natural de Plinio El Viejo descendieron a picotear un racimo de uvas representado sobre un muro contra el que terminaron dándose un golpe de realidad, es justo lo que parece que ahora estamos demandando. Como expresa el autor de Cultura y Simulacro, “vivimos de la seducción”, y precisamente por vivir rodeados de imágenes, puede que lo que busquemos sea una representación fiel a aquella realidad desaparecida, paradójicamente, detrás de estas en el mundo real. Demanda de ilusión, trampa -y cartón- y estar dispuestos a confundirnos y querer hacerlo aun siendo conscientes de la posibilidad de correr la suerte de las aves que chocan con el muro, por el hecho de entrar en ese mundo a través de un dispositivo ocular con el que no ves nada de este otro. Eso es precisamente lo que estamos buscando, porque en la imagen con grado de detalle de tecnologías primitivas no encontramos esa confusión entre realidad-ficción que nos seduzca lo suficiente. 

Si la experiencia de virtualizar y simular las acciones de la propia vida real carece de enjundia, el hecho de hacer espóiler -torpemente- del apartado de la imagen a medida que se desarrolla el proyecto, termina por colmar el vaso. La propia novela Snow Crash (1992), que es donde treinta años atrás figura por primera vez el término Metaverso, dista mucho de lo que finalmente está siendo, por lo que no es de extrañar que su autor, Neal Stephenson, prefiera no saber nada de lo que en Meta suceda, o, en cualquier caso, opte por aferrarse al “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pues por el momento -sin visos de mejora- se trata de una aproximación tan desfasada como cara -muy cara- de lo descrito en un inicio sobre el papel. De la novela de ciencia ficción es la frase: “una idea viral puede ser derrotada como pasó (…) con los pantalones de campana o las camisetas de Bart Simpson.” Y es ahora, cuando, al tiempo que se materializa esa “idea viral”, parece que esta se va desvaneciendo o siendo roída desde dentro. La parte positiva es que el concepto metaverso trasciende Horizons (2022) y su desarrollo futuro no tiene por qué recaer en manos de unos pocos como por el momento está siendo, pues la monopolización de ese doble del universo es de quienes ostentan los derechos de las gafas con las que en él se entra a modo de cruz asada egipcia. Así que cabe esperar -y esperar- la democratización de esta tecnología venidera de la que se espera mucho más de lo hasta ahora mostrado. Y si no más, sí mejor, pues puestos a idear escenarios fantásticos, que lo sean, pero de verdad.

Monotonía, de Shakira y Ozuna

Monotonía, de Shakira y Ozuna

Shakira y Ozuna hace tan solo cinco días sacaron la canción Monotonía, que rápidamente se ha convertido en un hit en las grandes plataformas. A ritmo de bachata se nos cuenta la historia del final de un amor y su consecuente decepción y tristeza, la cual está teniendo un gran éxito entre el público. No creo que sorprenda esta popularidad pero ¿a qué es debido?

Este producto cuenta con dos artistas muy conocidos, especialmente Shakira, quien este año copa noticias por diversos temas y últimamente además por su separación de Gerard Piqué. Esto último es lo que se entiende que se narra en Monotonía.

Entonces ¿se trata de una casualidad? En absoluto, Shakira es junto con Jaume de Laiguana la directora de este vídeo. Es más, aquí se nos muestra a una Shakira aparentemente deprimida que llena la cesta del supermercado con snacks y de pronto se topa con su expareja. El choque es literal porque él le lanza un proyectil con un bazuca que le traspasa el pecho, le deja un tremendo boquete en él y su corazón sale fuera de su cuerpo y a lo largo del vídeo a menudo acaba en el suelo y pisoteado. Se trata de una metáfora llevada a la literalidad.

En este trabajo todo está muy bien pensado y plasmado para que este hit sea internacional y funcione de manera veloz. No solo se trata de una canción de artistas conocidos, sino que es una gran industria la que está detrás de todo ello. Si uno de los artistas además aparece continuamente por su vida personal en las noticias, se convierte en un fácil filón que se puede explotar para aumentar dicho éxito.

Tampoco es casualidad que se haya estrenado pocos días antes de Halloween debido a la estética  dantesca de Shakira durante casi todo el videoclip y que es más que apropiada para esta festividad anglosajona.

Otro de los factores por los que ha tenido tan buena acogida es por la empatía. El gran público por un lado puede sentir afinidad y cierta compasión por la persona que según algunas noticias se puede entender como la que más ha sufrido con esa ruptura y, además, por otro lado los oyentes sienten reflejada parte de su vida con esta canción por historias de desamor que han vivido.

En definitiva se trata de una buena fórmula para conseguir un resultado exitoso al instante. Sin embargo, ¿es un producto igual de bueno?

Una de las características más llamativas son las rimas de toda la letra porque destaca por su simpleza. Es decir, son rimas excesivamente fáciles y un tanto inmaduras debido a esa simpleza que cualquiera podría escribir. Estamos hablando de una artista internacional que tiene grandes letras en sus canciones a lo largo de varias décadas, de ahí que esto sea algo tan significativo. He aquí un par de ejemplos:

No fue culpa tuya ni tampoco mía

fue culpa de la monotonía

nunca dije nada pero me dolía

yo sabía que esto pasaría.

Este amor no muerto pero está delirando ya

de lo que había ya no hay na

te lo digo con sinceridad

tú estás frío como en Navidad

es mejor que esto se acabe ya

no me repita la movie otra vez que esa ya la vi.

Debido a esta simpleza con la que ya comienza la letra, con ese estribillo tan pegadizo que es fácil, sencillo y con una rima sin complicaciones, se consigue que se quede grabado en la mente del oyente. Por tanto es una canción muy pegadiza, así que los oyentes pueden escuchar este producto también mentalmente sin complicaciones. Para reafirmar una escucha real de algo que se está escuchando mentalmente, se tiene la tendencia a ir directamente a una de las plataformas donde está disponible Monotonía. Con esto se consigue que los números de me gusta visualizaciones y escuchas se disparen. De hecho, superará los 44 millones de visualizaciones en YouTube en breve, probablemente cuando este artículo ya esté publicado.

Después de escuchar este trabajo podemos pensar que tal vez se trate de una catarsis para superar un amor o un desamor pero no habría que olvidar que sobre todo es una gran industria la que está detrás y esta no deja nada al azar.

Auge y declive de la identidad de clase obrera

Auge y declive de la identidad de clase obrera

Los olvidados. Ficción de un proletariado reaccionario

Antonio Gómez Villar

Bellaterra Edicions (2022)

256 pgs.

 

Los olvidados. Ficción de un proletariado reaccionario es el último libro de Antonio Gómez Villar publicado por Bellaterra. Una buena forma de exponer sintéticamente su tesis principal puede consistir en un análisis de su título. ¿Quiénes son los olvidados? ¿Cuál es el referente que se esconde bajo este sintagma? Los olvidados serían aquella clase social blanca trabajadora que ha resultado perdedora en el proceso de globalización y que se constituye políticamente en torno al resentimiento contra las diversas identidades sociales minoritarias que han surgido desde la experiencia de mayo del 68. Históricamente protegida y asociada en sindicatos y representada por los partidos socialistas y obreros, mira con rabia que la clase obrera y la preocupación por las condiciones materiales de existencia hayan sido condenadas al ostracismo por los partidos de izquierda, en beneficio de demandas identitarias y simbólicas. Los olvidados serían, por tanto, aquel sujeto político que se estructura en torno a las abandonadas demandas de redistribución de la riqueza y protección social y que se cohesiona frente a las diversidades identidades culturales, raciales y de género como clase obrera. ¿Cuál sería la ficción sociológica? Esta clase constituiría una ficción por dos razones: I. carece de un fundamento sociológico objetivo que dote de contenido a esta categoría analítica y II. carece de fundamento subjetivo, en tanto que los olvidados no tienen consciencia de la clase a la que pertenecen siendo el objetivo político iluminar dicha realidad subyacente. Como señala el propio autor, «es un absoluto sin sentido atribuir el concepto “clase” a un colectivo que carece de conciencia de clase o que no actúa conforme a sus patrones de pensamiento» (pg. 186). El título es capaz de condensar con sagaz ingenio crítico los contenidos y anticipa la potencia del libro a la hora de hacer un análisis exhaustivo y pormenorizado de los conflictos entre diversidad y clase obrera que han articulado uno de los ejes fundamentales de la política contemporánea al menos desde el ascenso de Donald Trump al poder.

 

Desde una perspectiva teórica cercana al marxismo humanista de E. P. Thompson y al populismo de izquierda de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, Antonio Gómez Villar se propone desactivar aquella ficción según la cual la clase obrera se alinearía en contra de algunas de las demandas emancipatorias más potentes de nuestro tiempo, al considerarlas como reivindicaciones propias de una «izquierda woke» o «caviar» que ha alineado sus objetivos ideológicos con las dinámicas culturales del neoliberalismo hasta el punto de mimetizarse con ellas. Este propósito crítico se articula en tres ejes: I. cuestionamiento de la categoría de posmodernidad como categoría ideológica y afirmación de su carácter histórico o descriptivo, II. análisis de la historicidad del concepto político de clase obrera, desde su origen en la sociedad industrial con el marxismo, hasta su disolución en mayo del 68 y crítica del esencialismo con que se reivindica su retorno y III. rehabilitación de las demandas identitarias como proyectos de emancipación. A lo largo del libro y recorriendo estos ejes se tejen otros argumentos fundamentales: que la dicotomía esencialista entre demandas materiales y demandas simbólicas conlleva también la oposición entre clase obrera y luchas por la diversidad, en la medida en que aquellas únicamente defenderían políticas de redistribución y estas solamente políticas de reconocimiento o que la Internacional Reaccionaria incurre en un fetichismo sociológico apelando a la unidad de la clase obrera como si  la mención de dicha clase propiciara y conjurara la asociación de los obreros del mundo, como si la arenga del manifiesto comunista —¡proletarios del mundo, uníos!— hubiera congregado a los trabajadores por la sencilla razón de que los obreros ocupaban una posición objetiva en el sistema de producción. Como el propio autor señala «no existen leyes inmanentes del desarrollo histórico ni causas transcendentes» (pg. 186). Que quienes no detentan la propiedad de los medios de producción constituyeran una clase unida con potencial emancipatorio desde mediados del siglo XIX hasta la década de los 60 no fue producto de su posición objetiva en el sistema de producción capitalista sino «resultado de haber obtenido la capacidad de conquistar una hegemonía política» (pg. 184).  Que a día de hoy no constituyan una clase hegemónica —sino que retornen fantasmal y nostálgicamente al modo de una idealizada identidad perdida— no es índice del fin de la explotación capitalista, ni señal de la utopía de la sociedad sin clases, tampoco es producto de la emergencia de los feminismos, el poscolonialismo y las luchas por la diversidad sexual y de género y su olvido de lo material, sino resultado de que la identidad de clase obrera ya ha sido cooptada por el capitalismo en el proceso que, después de la segunda Guerra Mundial, mejoró sus condiciones de vida pero reordenó su estructura en torno al consumo y el deseo de ascenso social.

 

 Junto con otros libros recientemente como El efecto clase media de Emmanuel Chamorro o El capitalismo de hoy, la incertidumbre de mañana, Los olvidados constituye una contribución fundamental para orientarse en el movedizo campo político del presente y articular un programa emancipatorio que renuncie a ninguna de las luchas y colectivos que han conseguido los últimos avances en derechos de nuestro tiempo. Late en el libro un enigma que quizá el autor deseaba dejar abierto: ¿puede la clase obrera articular los movimientos emancipatorios del presente o es una identidad que ha de ser definitivamente abandonada, no solo por haberse construido en torno a ella la ficción de un proletariado reaccionario, sino también porque ha perdido su potencial hegemónico?

Eurovisión y el conflicto entre Rusia y Ucrania

Eurovisión y el conflicto entre Rusia y Ucrania

La cantante Alina Pash, en el final de su actuación del Natsionalnyi Vidbir 2022.

En el momento en que estas líneas son redactadas, se cumplen tres meses de la invasión de Ucrania por parte del régimen de Putin. El conflicto, como es sabido, está desatando una oleada de violencia inusitada en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, despertando así el recuerdo de las guerras yugoslavas o chechenas, no tan lejanas a nuestra actualidad. Diariamente, desde entonces, asistimos a imágenes cruentas, desoladoras –los calificativos aquí se tornan insuficientes–, que contrastan con el clima esperanzador de un continente que comenzaba, en aquel febrero, a dejar atrás los peores efectos de la pandemia de estos dos últimos años. Una Europa que, justamente había dejado de ser a inicios de dicho mes el epicentro mundial de la enfermedad –y cuya gestión, a menudo definida en términos bélicos, resulta hoy significativa–. Todo un continente que, poco a poco, comenzaba a abrir sus fronteras. Y de fronteras, sí, tratará este recorrido.

Pero remontémonos a aquellas primeras semanas de febrero. Ese mes, lejos de resultar frío o desapacible, ha sido el más caluroso de los últimos años, con una preocupante sequía que nos alarma de una crisis ecológica irreversible. Mientras que a algunos esa inquietante ausencia de lluvia nos trastocaba emocionalmente, otros la han agradecido. Ese “buen tiempo”, evidentemente, ha sido positivo para –en nuestra querida España– atraer el turismo y con él, la fiesta. Una fiesta que, por ejemplo, el público eurofan ya venía encadenando desde el Benidorm Fest del pasado 29 de enero. A ello hemos de sumar el atractivo de sol y playa de la ciudad alicantina, por no hablar de la apelación a la marca-ciudad que la propia RTVE ha explotado con la resurrección de dicho formato. Y es que febrero es un mes muy especial para el colectivo eurofan, porque suele coincidir con muchas preselecciones nacionales para Eurovisión, la mayoría retransmitidas también en línea, Benidorm Fest incluido. De hecho, cada año los primeros días de marzo ya todas las candidaturas del famoso concurso son publicadas, dando inicio así a la apoteósica carrera eurovisiva que culmina en el frenético mes de mayo.

Sin embargo, ese ambiente celebratorio, unido a unas temperaturas bastante “agradables”, contrasta claramente con la escalada de violencia de la que estamos siendo testigos y que cambiará el curso de la historia de Occidente, sumiéndolo en una profunda crisis, al menos, migratoria y económica. De hecho, tan solo unas semanas antes de la declaración de guerra por parte de Putin –el 12 de febrero–, tuvo lugar el Natsionalnyi Vidbir 2022, esto es, el certamen donde se selecciona la canción que representaría a Ucrania en el Festival. Toda una fiesta, aún con la advertencia de fondo por parte de los Estados Unidos sobre el rearme de la Federación. Toda una fiesta, además, a pesar de las polémicas que ensombrecerán esta preselección cada año, especialmente por temas políticos. En este sentido, hay que destacar que desde 2014 tras la invasión de Crimea un requisito para formar parte del concurso es no haber visitado Rusia anteriormente y no estar vinculado a este país a nivel laboral.

Aún así, la relación cultural tan estrecha entre ambos estados, excede la política. Y es aquí donde aparecen los conflictos. Por ejemplo, Maruv, la triunfadora de la edición de 2019, debió pasar su respectiva criba y cumplió, en principio, las reglas. Sin embargo, la conocida cantante sería cuestionada por los contratos que mantenía con Rusia, y llegó a ser preguntada en pleno directo por Jamala, integrante del jurado y vencedora del concurso unos años antes, si Crimea era Ucrania… Algo a lo que respondería con un desconcertante “sí” que parecía a todas luces fuera de lugar. A pesar de todo, y principalmente por negarse a rechazar su agenda de conciertos en Rusia (país donde cosecha importante éxito), la artista acabaría retirándose y aquel año Ucrania no participó en el famoso certamen de canciones.

A pesar de todo, en esta ocasión el clima prometía ser mucho más conciliador. Más aún teniendo en cuenta el enorme éxito de la candidatura nacional del año pasado, erigida como el verdadero dark horse de la edición de Róterdam 2021. La banda tecno-folk Go_A, reelegida como representante tras su selección en 2020 –cuando el festival fue cancelado–, si bien no partía como una clara favorita –al menos, no desde el inicio de la carrera eurovisiva– resultó segunda en el televoto con su hipnótico tema “Shum, rompiendo todos los esquemas. Y lo que es más, tratándose de un tema interpretado, por vez primera para el país, íntegramente en una lengua distinta al inglés. Sin embargo, si bien desde 1999 a 2017 todas las canciones ganadoras excepto una (“Molitva”, por parte de Serbia) fueron interpretadas en el idioma de Shakespeare (y otras dos mayoritariamente, como “Wild Dances” o “1944”), desde 2018, tras la victoria del portugués Salvador Sobral con “Amar pelos dois, cada vez más países optan por enviar al concurso temas interpretados en sus idiomas oficiales, y aludiendo incluso a su cultura local. Algo que era lo habitual en el concurso hasta que desde 1999 cada país es libre de elegir el idioma que considere apropiado. Así las cosas, este año, la mayoría de canciones del Natsionalnyi Vidbir estaban compuestas en ucraniano. De hecho, aunque incluía fragmentos en inglés, la propuesta ganadora, “Tini Zabutykh Predkiv (Sombras de ancestros olvidados)”, fue cantada mayoritariamente en dicho idioma.

La estética de la cantante –y compositora de la canción–, Alina Pash, destacó desde el primer segundo de su actuación. Llevaba una vestimenta de visos étnicos, con un tocado y abalorios muy característicos de su región, Transcarpatia, en la frontera con Rumanía. Además, en ese inicio del tema, sorprendió al entonar el ululeo, un sonido vocal largo, muy agudo y vacilante, asemejado a una suerte de trino que puede sonar incluso jocoso a la par que empoderador, muy popular en países de Europa del Este, Asia o África. Toda una declaración de intenciones. Si bien Jamala ya en 2016 con su tema “1944” cantó –más o menos veladamente– a la deportación de los tártaros de Crimea por parte de Stalin y con un estribillo en el idioma tártaro de dicha región, este “Tini Zabutykh Predkiv” seguía claramente dicha estela. Algunos versos son los siguientes: “Sombras de ancestros olvidados, tuyos y míos, en relatos, corazones y ojos, en nuestra sangre para siempre”, o “recuerda a tus antepasados, pero escribe tu propia historia”.

La polémica estaba servida. No obstante, el clima de amenaza bélica –aún sometida a un cierto escepticismo– de alguna manera terminaría afectando al momento, siendo esta una actuación con más sentido si cabe al respecto. Se respiró –y por eso hemos hablado antes de fiesta– una cierta unión frente a la adversidad en aquella competición –dejando al margen, claro está, las siempre controvertidas votaciones, que también tuvieron su lugar–. En el final de la actuación, la artista acabaría emocionándose mientras se proyectaba de fondo un mapa de Ucrania incluyendo la disputada península. Dicho mapa comprendía un collage formado por fotografías de personas ataviadas con distintos trajes regionales. Una imagen francamente significativa y todo un preludio de un mapa que prácticamente desde entonces cada día contemplaríamos en las noticias.

Sin embargo, la victoria de Alina Pash acabó ensombreciéndose. La artista incumplió las normas al viajar precisamente a Crimea en 2015, pero no desde Ucrania, sino desde territorio ruso, lo cual no solo rompía “las reglas del concurso, sino la propia legislación ucraniana”. Por consiguiente, Pash se retiró “debido a la brutal presión mediática y política”, a pesar de lo reivindicativo de su tema. La televisión local, la UA:PBC, buscaría una alternativa y el grupo Kalush Orchestra, segundo clasificado, les relevaría, noticia que se anunció el 22 de febrero, justo dos días antes del estallido del conflicto. Y, de nuevo, con un tema en ucraniano dedicado, en este caso, a la madre del cantante, con numerosas llamadas al folclore nacional, tanto en la propia estructura de la canción, como en su propuesta visual. Tema que, de hecho, ha abanderado la resistencia ucraniana, por aludir al amor a las propias raíces.

Resulta muy llamativo este viraje en los últimos años en las candidaturas ucranianas, coincidiendo con la escalada del conflicto. Si bien ganaron la competición en 2004 con una canción con fragmentos en ucraniano que en un momento determinado entonaba un “dance until the end, Ukraine”, desde entonces han predominado temas de corte estilístico más a la moda occidental, en inglés, con escasas alusiones a la cultura local. Quizás una posible hipótesis que confirma este reciente cambio del que hablamos sea la necesidad de reafirmar la propia identidad nacional en un momento de crisis y amenaza. “1944” sería un tema polémico, a la par que aplaudido, resultando victorioso en 2016. “Shum”, del exitoso grupo Go_A, apostó por llevar la estructura musical vernácula de la cultura ucraniana al concurso, y en este caso, a nivel lírico, optó por una apología a la naturaleza, a la primavera.

Este giro también ha sido esbozado desde el bando contrario. En el pasado, por lo que respecta a las candidaturas rusas, estas han hecho algún que otro guiño a su identidad. Cuando el festival se celebró en Moscú en 2009 presentaron “Mamo”, en ruso, aunque incluyendo versos en ucraniano, con llamadas a la “madre patria”. También han enviado canciones –curiosamente– de corte pacifista, como en 2013 y 2015, y cuando Eurovisión se celebró en Kiev en 2017 concurrieron con una cantante que incumplía las normas –otra vez, el polémico viaje a Crimea–. El hecho de que la cantante estuviera postrada en una silla de ruedas reforzaba así mismo el oscuro efecto que la final retirada de su candidatura tuvo. Por último, en su actuación el año pasado en Róterdam, nuevamente se decantaría por el ruso para la propuesta “Russian Woman”, alusiones a la matrioshka incluidas.

En cuanto a la presente edición, la televisión rusa ha sido expulsada del festival. Y sobre Ucrania, es preciso destacar algo más revelador que puede tener consecuencias en Turín 2022: los integrantes de Kalush Orchestra, al ser hombres de entre 18 y 66 años, han de permanecer en el país. De hecho, incluso podrían ser llamados a combatir en la guerra, como algunos medios comentaron –algo que, de momento, no se ha producido–. Si bien Jamala ha conseguido escapar con sus hijos a Rumanía, tal y como ha podido verse en sus redes sociales, esta guerra, como podemos comprobar, está teniendo su correlato en el Festival de la canción. Correlato que encuentra en Internet un espacio de enunciación ampliado.

Volviendo al tema de las diferencias culturales, quizás este sea el momento idóneo para visibilizarlas. Cuando finalmente Eurovisión se celebre y Kalush Orchestra concursen en él (de hecho, son favoritos), se reforzará nuevamente esta forma de afirmar la identidad (cultural, nacional, étnica) a través de una competición que se sabe y se quiere amistosa. Y que, en última instancia, es lo que Eurovisión ha venido haciendo a lo largo de toda su historia, especialmente en relación a los países minoritarios o no tan presentes en el concierto internacional. Que el gobierno les de permiso de dejar el país para ir al festival es, sin lugar a dudas, un gesto que revela la importancia de seguir formando parte de este tipo de foros internacionales –incluso en el momento más devastador que puede vivir un país– para hacer oír su voz. Pero esta historia ya es conocida. Algo similar ocurrió con las guerras yugoeslavas, concretamente en 1993, año en que Bosnia y Herzegovina debutó en Eurovisión. Sus representantes, el grupo Fazla, tomaron un avión de madrugada poniendo en peligro sus vidas para finalmente poder cantar en el escenario de Millstreet (Irlanda). Además, su tema, recibido con gran ovación, decía algo así como: “todo el dolor del mundo está en Bosnia esta noche”.

A escasos días de celebrarse el concurso, al menos sabemos que Kalush Orchestra ya han podido realizar sus ensayos en el escenario de Turín. Pero, en cuanto a la guerra, la situación cambia a cada instante, y de hecho –nuevamente– la historia nos revela una muy sombría coincidencia. Justo hace treinta y un años, cuando el festival se celebró en Italia –la última vez que de hecho este país lo organizó–, estuvo a punto de cancelarse. Aquella edición acabaría teniendo lugar de una forma más bien improvisada, y con fuertes medidas de seguridad, a causa de la guerra del golfo. Es más, en un principio la sede sería San Remo, y se cambiaría a última hora por esta razón. Esperemos que la historia en este sentido no sea caprichosa, la paz vuelva a Europa y Eurovisión sea el lugar donde celebrarla. Pues, realmente, nació con ese propósito.

Resumen de la Berlinale 2022

Resumen de la Berlinale 2022

De izquierda a derecha: Carla Simón (Oso de Oro a mejor película), Claire Denis (Oso de plata a mejor dirección), Hong Sang-soo (Oso de plata a Gran Premio del Jurado), Natalia López (Oso de plata a Premio del Jurado) y Ryusuke Hamaguchi (miembro del jurado).

La foto de los grandes premiados de la 72 edición de la Berlinale representa la buena salud del panorama internacional: veteranos como Denis y Hong junto a nuevos talentos como Carla y Natalia. De los ocho Osos (uno de oro y siete de plata) seis fueron a parar a mujeres y dos a hombres. Llegará un día en que ya no se comenten estadísticas de género, pero aún no hemos llegado ahí y sigue siendo noticia. De entre todas las películas del festival un 41% estuvieron dirigidas por mujeres, mientras que un 52% por hombres. El porcentaje restante pertenece a personas no binarias, que son tenidas en cuenta por primera vez por un gran festival. La Berlinale es como siempre la primera en tomar el pulso a la realidad, mientras que en las antípodas – ejemplo de lo polarizado que está el mundo- tenemos a Cannes y sus arcaísmos. El estricto código de vestimenta del festival francés exige que las mujeres porten tacones y vestido de noche en la alfombra roja, mientras que los hombres deben llevar esmoquin y pajarita.

Carla Simón hizo historia con Alcarrás al convertirse en la primera directora española en alzarse con el Oso de Oro. Los escasos precedentes fueron todos hombres, siendo el ultimo el cántabro Mario Camus con La Colmena en 1983. Alcarrás habla de la, por desgracia, imposible coexistencia entre lo viejo y lo nuevo. Y es que los cultivos de melocotones de una familia numerosa de agricultores están en peligro ante la inminente suplantación por paneles solares. Como ya demostró con su ópera prima Verano 1993, la directora barcelonesa tiene un don para hacer de la presencia de niños jugando un aliciente magnético. La clave del éxito de la película radica en la armonía de todos sus elementos, donde guion, montaje y trabajo con los actores (no profesionales) fluyen en sintonía y convierten una historia local en universal, lo que convenció al jurado para otorgarle el Oso de Oro.

Que el segundo mayor galardón, el Gran Premio del Jurado, fuera para Hong Sang-soo deja de ser noticia y sigue siendo noticia. The Novelist´s Film es otra de esas pequeñas películas del inagotable director coreano donde los personajes hablan, se pasean, beben y hacen reír al espectador. Con su habitual y elegante blanco y negro, atendemos aquí a la particularidad de que casi todos los personajes (una novelista, un poeta, una actriz de cine y otra de teatro) se toman una pausa o se replantean abandonar su profesión, ante la falta de motivación y búsqueda de nuevos estímulos. Es el tercer Oso de Plata para Hong en las tres últimas ediciones de la Berlinale, un hito en la historia del festival. El tercer premio fue para la excelente Manto de Gemas (leer critica aquí) de la mexicana Natalia López. Su debut en el largometraje se trata de una revolución a las manidas historias del narcotráfico, pues la directora lo afronta desde lo abstracto y desde una potencia descomunal en el uso del sonido y de la imagen. Ello, unido a una narración desfragmentada y poco convencional, dota a la película de un toque de cine de autor muy personal. Terminando con la foto de portada, el premio a la mejor dirección fue para Claire Denis por su fantástica labor en Both Sides of the Blade (leer reseña aquí) La dirección actoral del trío de protagonistas, en especial de Juliette Binoche y Vincent Lindon, es muestra de una gran intuición y veteranía en una historia que se va oscureciendo a medida que el triángulo amoroso cae en la obsesión y en las pulsiones inherentes al ser humano.

El papel de Laura Basuki en Before, now & then es de una alta sensibilidad y le valió El Oso de Plata a la mejor actuación de reparto. La joven indonesia interpreta a Ino, una mujer de una aura enigmática y llena de amor que ayuda a Nana, la protagonista, a emanciparse y a ser feliz. Si indudable es el mérito de la actriz por una interpretación donde todo emana desde el mundo interior, con muy breves diálogos, también lo es el de la directora de la película. Kamila Andini, en su tercera participación en el festival, cuenta en Before, now & then la historia real de Nana a través de la poesía, el onirismo y la delicadeza.

El Oso de Plata a la mejor actuación principal fue para Meltem Kaptan, una fuerza de la naturaleza. Nacida en Alemania y de raíces turcas, esta profesional del stand up comedy, moderadora y one woman show debuta en la actuación como un torbellino. La película Rabiye Kurnaz vs. George Bush cuenta la historia real de Rabiye, una madre (interpretada por Meltem) que trata de sacar a su hijo de Guantánamo, encarcelado sin pruebas tras los atentados del 11-S. Su magnetismo, humor y vitalidad suponen un descubrimiento para el cine en una película que también se alzó con el premio a mejor guion. La Berlinale es clara y abiertamente un festival de un gran carácter político.

Algunas grandes películas como Un été comme ça o Un año, una noche se fueron de vacío tras la ceremonia de entrega de premios, algo que lógicamente no resta calidad ninguna a dos títulos tan distintos como excepcionales. Por sus marcadas características, a la primera el tiempo la convertirá en película de culto, mientras que la segunda será muy bien acogida por un público amplio.

En la sección Panorama destaco dos películas que retratan realidades universales y actuales. La española Cinco Lobitos está protagonizada por Laia Costa (Victoria) y Susi Sánchez (La Enfermedad del Domingo) y es un veraz retrato familiar en torno a las adversidades de una madre primeriza. Amaia – Laia Costa- vuelve a la casa del pueblo de sus padres buscando ayuda para cuidar de su bebe, ya que su pareja debe ausentarse una temporada por trabajo. La directora debutante Alauda Ruiz consigue una de las películas mejor dialogadas de los últimos años, con conversaciones sinceras en torno a la maternidad, la pareja, la educación y el entorno familiar. Y como apunte, ayuda a normalizar en el cine algo tan natural como dar de pecho (como ya lo hizo Alanis en 2017) sin que la cámara se desvíe o evite mostrar el proceso de manera explícita. Curiosamente, lo mismo ocurre y por partida doble en La Ligne, otra película de esta Berlinale, donde una madre amamanta a la vez a sus gemelos recién nacidos. También se viene normalizando en el cine algo tan común como la menstruación, como vimos hace dos ediciones en varias películas de la sección Generación, centrada en los adolescentes.

Por su parte, la alemana Talking about the weather (Todos hablan sobre el tiempo) cuenta la historia de Clara, profesora y doctoranda en filosofía cercana a los cuarenta, separada, con una hija adolescente y un día a día con el que no da abasto. Desde la misma escena inicial vemos a una mujer decidida y segura, para inmediatamente advertir gestos que indican que no le queda otra que forzar esa seguridad para no colapsar ante la multitud de frentes que tiene abiertos, tanto personales como profesionales. No comulga con la élite intelectual de Berlín con la que se junta ni con la vida del pueblo que dejó tras marcharse a la ciudad, porque allí “todos hablan solo sobre el tiempo o la comida”. El trabajo de contención de la actriz Anne Schäfer es espléndido, donde todo emana desde su mundo interior a través de su semblante y vemos que ha heredado los problemas de comunicación de su madre, como iremos descubriendo. Talking about the weather es un gran debut de Annika Pinske (ayudante de dirección en Toni Erdmann) y es otro más junto a las mencionadas Cinco Lobitos o Manto de Gemas. Estamos atendiendo a una espectacular nueva generación de directoras con potentes primeras o segundas obras. El año pasado lo cerramos con Julia Docurnau ganando con Titane La Palma de Oro en Cannes, Audrey Diwan el León de Oro en Venecia por L´Evenement y Chloe Zhao el Oscar a mejor película con Nomadland. El 2022 empieza con Carla Simón ganando el Oso de Oro con Alcarrás.  Han tenido que pasar 120 años desde la invención del cine para poder atender a este momento histórico.

Y por último Generación, la sección cuyo protagonistas son adolescentes y niños. Resalto la argentina Sublime, debut en el largometraje de Mariano Biasin, donde atendemos a una sincera coming of age donde la cuestión de género está absolutamente normalizada. Porque Manu, que tiene novia, se enamora de su amigo y compañero de banda Felipe y empieza a soñar cada noche con él y a sufrir, porque no sabe como decírselo. Tener sentimientos es normal hijo, habla con él, que estás hecho un saco de angustia, le dice su padre en la cocina. Y así atendemos a la evolución de una historia en la que en ningún momento ni se menciona la homosexualidad. Es una persona joven enamorada de otra. Un ejemplo, otro más, de como el cine refleja con normalidad algo absolutamente común en la sociedad y que forma parte del día a día. Sublime tiene el atractivo añadido de su banda sonora, compuesta por enérgicos pasajes musicales cuando el grupo ensaya o toca en eventos del pueblo. The Quiet Girl cuenta la historia de Cáit, una niña de 9 años de una familia numerosa, deprimida y sin apenas recursos. Sus padres la envían a pasar un verano junto a unos familiares y allí la pequeña experimenta por primera vez una cama seca, mudas de ropa, muestras de cariño y toda una experiencia transformadora. Una película triste y bonita y la primera en la historia del festival en lengua irlandesa, idioma en peligro de extinción y desbancado por el inglés en su propio país. Una lengua llamativa y curiosa – no hay más que atender al título original (An Cailín Ciúin) – que el director Colm Bairéad pone en valor y proclama la importancia de la diversidad lingüística.

La Berlinale tuvo lugar de manera presencial pese a todo tipo de voces contrarias y agoreras. Tuvimos que hacernos tests diarios (incluso teniendo la vacuna de refuerzo), los cines estaban el 50% de su capacidad y se redujo considerablemente la presencia de medios internacionales. Y pese a todo, valió mucho la pena. Y suscribo las palabras del director Denis Côté: Creo que la Berlinale está mandando un mensaje potente a todos los festivales del mundo, y ese mensaje es “dejad ya de cancelar”, ahora los cines están abiertos y la Berlinale está marcando un camino. Con todo lo que hemos vivido, experimentado, aprendido e implementado en estos dos últimos años ya va siendo hora de dirigirnos por ese camino, el de la vuelta – cuidadosa pero firme – a la normalidad. El cine se lo merece.

Berlinale 2022: “Un été comme ça“, de Denis Côté (Sección Oficial)

Berlinale 2022: “Un été comme ça“, de Denis Côté (Sección Oficial)

Soy un hombre y estoy haciendo una película sobre la sexualidad femenina, algo de lo que no se nada, así que me atrevo a decir que no se de lo que estoy hablando. Pero el cine a veces es caminar y explorar en la oscuridad, no sobre tener las respuestas a todo.

A mitad de escritura del guion de Un été comme ça (Ese tipo de verano), el alma libre que es Denis Côté paró de escribir y lo podemos imaginar reclinándose en la silla y alejarse de la pantalla del ordenador. Mujeres hipersexuales conviviendo durante veintiséis días en una mansión. Se dijo que siendo un hombre blanco heterosexual en tiempos del metoo y tratando un tema como este, tenía que ser responsable, delicado y no tener una mirada masculina. Contrató como mano derecha a una terapeuta sexual de la que ya no se separó y empezó a reescribir el guion.

Tres mujeres hipersexuales de veinte, treinta y cuarenta años junto a dos “profesionales”, un trabajador social llamado Sami y una terapeuta de nombre Octavia, quien se dedica a tomar notas (una alemana pelirroja a quien el director conoció de casualidad en una cena). Las únicas reglas son los horarios de las comidas, la prohibición de drogas y un uso del teléfono no mayor a noventa minutos al día. Seguramente sea este el proyecto más arriesgado al que el director canadiense se haya embarcado. La cámara no juzga el comportamiento y los pensamientos que comparten estas tres mujeres sino, mas bien al contrario, se convierte en una especie de documento ficcionalizado en el que se dedica a observar, como lo hacen Sami y Octavia, quienes rara vez intervienen. Como es habitual en el cine de Côté, la historia sucede en un lugar aislado y con un elenco pequeño, esto le ayuda a centrarnos en los personajes de la historia sin distracciones de por medio. La más joven, Geisha, se diría que se autorrealiza al tener sexo con la mayor cantidad de personas posible, no tanto así que tuviera un problema real. Respecto a Léonie, alrededor de los treinta, trata más sobre el trauma, con problemas de incesto y fantasías extremas. Y en cuanto a la mayor, Eugénie, gira en torno a problemas mentales, maníacos y con recurrentes pensamientos intrusivos.

A este “viaje” o “proyecto” se invita cada verano a tres mujeres con diversas condiciones sexuales, es decir, están allí por su propia voluntad. Y así es como todo sucede, cuando quieren compartir algo lo hacen y cuando intentan extralimitarse en algún comportamiento, Sami esta allí para, con delicadeza pero firmeza, derivarlo hacia otro sitio. Porque la primerísima noche de su estancia Geisha pone a prueba a Sami, intentando seducirlo y proponiéndole una felación. El trabajador social rebaja el ambiente con su gesto y su lenguaje corporal y desvía la atención hacia otro tema. No parece claro que Un été comme ça tenga un mensaje o que intente transmitirnos algo en concreto, hablamos de un director cuyo cine radica más en las vibraciones, en las sensaciones, presentando escenarios que devengan en preguntas, las que se haga el espectador. Una película sobre seres humanos donde, en palabras del canadiense, quizás la manera de vivir la intimidad y sexualidad de estas mujeres pueda ser bella. Pese algunos testimonios oscuros que comparten, se diría que se trata de normalizar y aceptar las imperfecciones del ser humano. Queremos que tengáis una estancia agradable, alejada de tentaciones, de la gente que os marginaliza y de situaciones que os provoquen ansiedad. Tratamos de inducir un cambio en vuestras obsesiones, necesitáis encontrar una manera de ser más allá que a través del sexo y brillar distinto, despertar otros tipos de estimulación. Se les comunica a su bienvenida a la mansión.

Côté actúa como lo suele hacer, de una manera distinta pero equiparable, Asghar Farhadi en su cine: pone a sus personajes en determinadas situaciones y luego se dedica a observar cómo se comportan al respecto. Sin presentar buenos o malos, victimas o verdugos, débiles o fuertes. Todos sabemos que la vida rara vez se reduce al blanco y negro. Y a estas mujeres se les otorga un día libre, donde pueden salir, pernoctar fuera y hacer lo que les venga en gana sin tener que dar luego explicaciones. Un día que indudablemente aprovechan. En el caso de Geisha y su “participación“ en un partido de futbol masculino, atendimos a uno de los grandes momentos de la Berlinale.

Un été comme ça es una película que ciertamente desconcierta porque, seguramente, veamos la sexualidad y sus diversas variantes en base a ciertos códigos predefinidos muchos de los cuales ni siquiera tengamos consciencia, yacen a un nivel vegetativo. Decía en rueda de prensa Larissa Corriveau, que interpreta a Léonie, que esta era una película sobre una intimidad que muestra una cierta realidad. La intimidad encierra algo misterioso dentro de nosotros, hermoso, así que creo que es más una película poética que anti-porno. Y de hecho las bellas imágenes del lago junto a la mansión así como diversas escenas de naturaleza vendrían, quizás, a simbolizar esa belleza. Como es obvio, el incesto, los trastornos mentales o los pensamientos extremos intrusivos no son elementos que nadie se atreviera a calificar de bellos. Pero la perspectiva observacional de Un été comme ça trata de evitar caer en la lástima, la victimización o la estigmatización. Sea como fuere, es un cine que explora en la oscuridad con una naturalidad sorprendente que no dejará a nadie indiferente.