Como no sucumbir al sueño en el teatro

Como no sucumbir al sueño en el teatro

Portada de la obra “Gerard Richter, une pièce pour le théâtre”, del artista Mårten Spångberg

Aquel jueves de mayo amenazaba lluvia, como muchas otras tardes en esta ciudad. Era, por tanto, el día idóneo para acudir al teatro de la rue de Laeken, cuya sala principal acoge desde la edición 2006-2007 el Kunstenfestivaldesarts, el festival internacional dedicado a la creación contemporánea que llena salas y espacios de Bruselas. Con las entradas ya en la mano, releí el título de la obra elegida, un tanto al azar: Gerhard Richter, une pièce pour le théâtre, del artista sueco Mårten Spångberg. Mi acompañante se encogió de hombros también ante el desconocimiento del “chico malo” de la danza contemporánea, como lo definieron en un artículo de The Guardian en julio de 2003. Con algo de retraso, se apagaron las luces y el espectáculo comenzó.

Y siguió comenzando trascurrida más de una hora, pues la sensación de permanecer siempre en el punto inicial de la obra hizo que el público no tardase en toser repentinamente, retorcerse en la butaca hasta acabar por escabullirse de aquel tormento, dejando la sala medio vacía. Me incluyo en el grupo de espectadores aturdidos y aburridos que salieron de allí sin comprender qué estaba sucediendo, sin apenas escuchar el discurso monótono de los bailarines, que movían sus cuerpos en secuencias repetitivas de pasos, de un ir y venir de ninguna lado a cualquier otra parte. Ignoro si quienes aguantaron heroicamente la segunda mitad de la obra lo hicieron por respeto o por ignorancia. O por ambas.

De regreso a casa, algo contrariada y desilusionada, pensé en el libro que esperaba en mi escritorio desde hacía algunas semanas. Aquella noche comencé La civilización del espectáculo, el ensayo del escritor peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010. Quizás esperaba encontrar una respuesta a la pregunta que da título a este artículo o más bien una explicación a por qué, de unos años a esta parte, hemos dejado de reconocer el arte. “La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestro días a punto de desaparecer”, sentencia Vargas Llosa a lo largo de un escrito que destila melancolía y también derrota. La banalización de las artes -y en concreto de la literatura-, el desprestigio del periodismo y la frivolidad de la vida política han desfigurado la noción de cultura que hasta nuestros días nos servía de faro, auspiciando así la mediocridad y convirtiendo cada expresión artística en mero entretenimiento.

Según el autor, quien parte de la obra Notes Towards the Definition of Culture, publicada en 1948 por T.S. Eliot y de la posterior reinterpretación que elaboró George Steiner en 1971, son muchos los aspectos que han conducido a nuestra sociedad a esta deploración de la cultura: desde la laicicidad del Estado de Derecho que ha separado la religión de la vida cotidiana de los ciudadanos hasta la casi desaparición de la figura del intelectual propia del siglo XX, pasando por la distorsiones políticas y los juegos de poder, así como la sexualidad y la pérdida del erotismo. La relatividad se impone como eje vertebrador de las experiencias humanas y, por tanto, artísticas.

En una sociedad hiperconectada y acelerada como lo es la nuestra, la perdurabilidad de las obras de arte acaba por difuminarse, aspirando a la obtención de un producto cultural, capaz de aplacar momentáneamente las ansías del saber. Un libro que se olvidará y que se leyó sin demasiado esfuerzo, un retrato que ya no se sabe a quién perteneció, una interpretación despojada de sentido y virtuosismo. Quizás hasta un artículo repleto de dudas y sin solución.

 

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.
Una comedia transgénero: “Sueño” de Andrés Lima

Una comedia transgénero: “Sueño” de Andrés Lima

El mejor teatro suele surgir de la experimentación, nunca de la certeza; el mejor teatro es el que formula preguntas honestas, no el que reparte respuestas pretenciosas; el primero sorprende, agita, incomoda, perdura; el segundo arenga, incendia, señala y sienta cátedra tratando de epatar al personal. En este texto vamos a reflexionar sobre una obra del primer tipo; queda a disposición del lector poner ejemplos (la cartelera madrileña está repleta de ellos) del segundo.

El teatro de la Ciudad, que en 2016 mereció el Premio Max a la Mejor Producción Privada de Artes Escénicas, es un proyecto de creación e investigación teatral que comenzó en 2015 con la unión de Andrés Lima, Alfredo Sanzol y Miguel del Arco. El primer año abordaron la tragedia grecolatina y como consecuencia presentaron versiones de Medea, Edipo Rey y Antígona, respectivamente. Esta vez, sin Miguel del Arco, han apostado por la otra cara de la moneda, por la otra máscara del teatro: la comedia, con sendos montajes inspirados en la obra se Shakespeare: La ternura de Alfredo Sanzol y Sueño de Andrés Lima. Ambas se podrán ver en el Teatro de la Abadía: la primera hasta el 4 de junio (aunque ya han colgado el cartel de localidades agotadas) y la segunda hasta el próximo 18 de junio. “Sueño” es el resultado de un intenso trabajo de investigación en torno a la comedia a partir o a través de Sueño de una noche de verano. Para ello ha coordinado sesiones de debate y experimentación con expertos indiscutibles en la materia como el historiador y sociólogo Jose María Perceval, Millán Salcedo y Carlos Areces, Albert Boadella, Tortell Poltrona (payaso Augusto) y el Gran Wyoming. Con ellos reflexionó sobre la composición de la comedia tomando como punto de partida la fórmula de Woody Allen (en su maravillosa película Delitos y Faltas) “Tragedia + Tiempo = Comedia”.

Con estas premisas y compañeros de viaje, Lima ha indagado sobre las relaciones entre la comedia y la locura de amor (que aborda tanto el amor como la locura), comedia y estupidez (con la figura preeminente del simple, el bufón, el tonto, el payaso augusto, etc.) y comedia y muerte, a partir de un acontecimiento íntimo: la muerte de su padre. En su espléndido ensayo sobre el humor Risa redentora Peter Berger hace una breve distinción sobre las diversas relaciones que se establecen entre el humor y la tragedia, que puede sernos útil para reflexionar sobre “Sueño”:

“El llamado humor negro desafía lo trágico, como sugiere gráficamente su sinónimo en inglés “gallows humor” (humor del patíbulo). Luego tenemos el humor grotesco, que subsume lo trágico en un universo absurdo, como en la danse macabre de finales de la Edad Media. La tragicomedia no excluye lo trágico, no lo desafía, no lo subsume, sino que lo deja momentáneamente en suspenso, por decirlo así.”

Lima nos propone un “espectáculo transgénero”, como él mismo lo define, que no encaja en ninguna de estas definiciones y a la vez participa de todas ellas. La distancia creada por el tiempo ha permitido a Lima desafiar a la tragedia y llevarla hacia lo grotesco y lo tragicómico, con un espectáculo emocionante, divertido, honesto, estremecedor en ocasiones, cruel, profundo y ligero a un tiempo. El padre, representado por un magnífico Chema Adeva, en sus últimos meses de vida viaja de la decadencia al deseo de vivir, desde la locura de amor a la demencia senil. De la mano de “la loca” (extraordinaria Laura Galán, alumna predilecta de Lima), el padre recuerda y bebe, adentrándose en una fábula entre la memoria y la imaginación, donde conviven los personajes de Shakespeare, Demetrio y Elena, y las huellas de sus amores pasados. Estos sueños avivan su deseo y su nostalgia, pero acaban cuando desaparece el efecto del alcohol, devolviéndolo a la sórdida realidad de un hospital.

El montaje tiene algo de espejo roto, de memoria fragmentaria, hilvanando retales, que casi nos permite entrar en el proceso de reconstrucción que lleva a cabo Lima, tanto a nivel escénico como a nivel personal. Es un híbrido en el que el sueño de Shakespeare se pone al servicio del de Lima, no al revés; las escenas, los recuerdos, se suceden y se trenzan deteniéndose en instantes valiosos por su misterio o por su patetismo (sin duda, el viaje a Gijón es uno de los grandes aciertos de la obra). Se aprecia el experimento escénico, desarrollado con la voluntad de primar la búsqueda más que el resultado: el trabajo de muchos ensayos, de improvisación sobre la escena y de riesgos asumidos, y las huellas de las distintas aproximaciones al texto, cuadro a cuadro, con cariño, imaginación e inteligencia. Las actrices, Nathalie Poza, Ainhoa Santamaría y María Vázquez, realizan un trabajo formidable y muy complicado, saltando de un personaje a otro con sentido del ritmo y naturalidad. Destacaría también el sencillo pero eficaz diseño escénico, con el biombo chino y las sillas de jardín, con la luz, como un personaje más, que parece representar la mirada de Lima sobre sus recuerdos y ensoñaciones.

Además, desde media hora antes de la función, en los jardines de la Abadía, podemos encontrar un espectáculo a la carta, improvisado e imprevisible, que transita también por estos derroteros: los Aperitivos shakesperianos. El actor Jesús Barranco interpreta a “un ser indefinido, ni hombre ni mujer, mitad Puck mitad Calibán” que ofrece once piezas a elección del espectador, basadas en el Manifiesto contrasexual de Paul B. Preciado, con dirección de Dan Jemmett. Perfecto para calentar motores y expandir los límites (que no debieran existir) de la comedia. ¡No se la pierdan!

Yo por fin crecí y pude salir del huerto…
Chévoj y la abulia contemporánea. IVÁNOV. Dirigido por Àlex Rigola. Teatre Lliure de Montjuïc-Espectáculo en catalán

Chévoj y la abulia contemporánea. IVÁNOV. Dirigido por Àlex Rigola. Teatre Lliure de Montjuïc-Espectáculo en catalán

Chéjov puede resultar un autor sumamente aburrido y tedioso si, como a veces ocurre, la tarea dramatúrgica de la puesta en escena pretende elaborar un espectáculo naturalista de corte convencional, pretendiendo levantar un montaje de uno de los dramaturgos que supuso un giro irreversible para el teatro contemporáneo. En el teatro chejoviano ya no hay lugar para las tramas clásicas divididas en tres actos, con una unidad temporal aristotélica, sino que el espectador y/o lector se enfrenta a una falsa simplicidad poblada por voces cuyas motivaciones devienen opacas, sin personajes estereotipados que sean fácilmente captables. En otras palabras, las obras chejovianas, mucho más cómicas – no sin ciertos amargos sinsabores – de lo que comúnmente se cree, el individuo se ha desplomado ante su incapacidad de estar a la altura de sus propias circunstancias.

Partiendo de esta aclaración, el ecléctico montaje hilvanado por Àlex Rigola, quien realizó una espléndida labor como renovador artístico del Teatre Lliure del 2003 al 2011, nos mete de lleno en la tesitura chejoviana. De hecho, es de agradecer volver a presenciar el músculo teatral de Rigola tras sus erráticas puestas en escena de tragedias shakespearianas, sumamente hostiles para un creador cuyo leitmotiv reside en el espacio escénico, la distribución espacial, la hibridez artística y la concepción de cada montaje como espectáculo innovador. En este sentido, para quien nunca haya presenciado la puesta en escena de una pieza del maestro Anton Chéjov, este montaje es una delicia. Ubicando a los espectadores en dos gradas para poder presenciar la desidia de unos personajes que han adoptado el nombre de los actores, zambulléndonos de lleno en las vidas de seres incapaces de asumir sus responsabilidades tras el disfraz del narcisismo de la culpa. En este ámbito, el trabajo actoral de Joan Carreras, actor fetiche de Àlex Rigola, es espléndido. Meláncolico y apático, es incapaz de asumir la verdad – tema chejoviano por excelencia – que le suelta en su lenta y penosa agonía la actriz Sara Espígul: ha preferido dejarse arrastrar por los ideales de la codicia y la acumulación de riquezas a enfrentarse al reto de preguntarse qué desea realmente.

Los espectadores se hallarán con un trabajo exquisito del espacio escénico, cohabitando en él durante poco menos de hora y media música en vivo, grabación audiovisual y la recreación de la vida como un ir y venir apático, con entes espectrales que se pasean ante los espectadores fingiendo ser honestos, cuando, en realidad, su vida psíquica está plagada de boicots, chantajes y otras “maravillas” humanas. Para resaltarlo, el trabajo dramatúrgico es sobresaliente, modulando el texto para mostrar que Chéjov es hoy rabiosamente actual para aquellos que se llenan las palabras de buenas intenciones y autocomplacencias, incapaces de ver más allá de su ombligo.

No obstante,alguna pega sí que hay. Una que se repite en todos los montajes de Rigola: una exigua e irregular dirección actoral. Joan Carreras, actor descomunalmente preparado, es capaz de afrontar el reto de ponerse en las manos de un director poco interesado en trabajar matices interpretativos, lo cual se observa en la atmósfera desangelada que caracteriza el trabajo del resto de actores, a excepción de momentos en estado de gracia de Espígul y Pep Cruz. El resto intenta sobreponerse como puede, aunque con poca fortuna.

Resumiendo: no se pierdan una de las mejores puestas en escena de una pieza de Chévoj de los últimos años, para celebrar el retorno de un creador contemporáneo imprescindible, a pesar de que trabajar con los actores no sea su fuerte.

Ddoctorando en Filosofía y formado también en el psicoanálisis lacaniano. Me acompaña desde mi más temprana edad una auténtica pasión y admiración por el teatro. De hecho, he realizado cursos de interpretación textual en escuelas teatrales, siendo a la par miembro activo en grupos de teatro amateur y universitario. El hecho teatral es, para mí, uno de los acontecimientos artísticos más maravillosos.
Escarbando en nuestros sentimientos: Otelo de Shakespeare en La Puerta Estrecha

Escarbando en nuestros sentimientos: Otelo de Shakespeare en La Puerta Estrecha

La Puerta Estrecha no es una sala convencional, pero no por ello sus representaciones son menos teatro. Resistiendo en el en el corazón de Lavapiés, en la calle Amparo, y alejada de cualquier tipo de pretensión elitista, es uno de esos lugares que nos recuerdan que el teatro es algo más que un mero espectáculo de entretenimiento y Lavapiés algo más que un barrio de moda.

Siempre que he entrado en la Puerta Estrecha he tenido la impresión de que me iba a encontrar con alguna propuesta sugerente. No me equivocaba cuando recientemente asistí a la representación “Otelo” a cargo de Actoral Lab, adaptación de la obra que hace Paco Montes, y que dirigen él mismo y  Lucas Smint. Otelo se fusiona muy bien con la Puerta Estrecha. Quizá porqué ella vive por y para el teatro. Quizá porque un clásico no puede encontrar un lugar mejor para alojarse que donde la temporalidad se rompe para conectar lo que sucede entre sus muros, el teatro, y lo que ocurre fuera, el mundo.

La obra de Paco Montes mantiene el planteamiento e hilo conductor de la original, que, como es habitual en las tragedias de Shakespeare, escarba en lo profundo de nuestros sentimientos. En este caso son los celos, pero sobre todo la envidia y la codicia, los que acaban por corromper el alma de las personas, en concreto la del protagonista, Otelo. Lo innovador de esta pieza es que se sitúa en nuestros días para hacer una crítica de la sociedad en la que vivimos. Lo bueno es que lo hace con éxito. La propuesta se sostiene y funciona, corroborando que las pasiones que nos mueven son atemporales, y que Shakespeare era un gran conocedor de las debilidades humanas.

Desde el inicio queda claro que lo que busca la representación es provocar al espectador, mostrando una verdad cruda y “desnuda”. Vivimos en una sociedad hipócrita que es capaz de sacar lo peor de nosotros e incluso llegar a destruirnos. Poniendo en escena la visceralidad de sentimientos tóxicos, como la ambición y la envidia, nos muestra los daños colaterales de la violencia existente en el mundo en el que vivimos: la guerra y sus consecuencias, la violencia machista y la degradación del ser humano en general.

Otelo

Aunque es Otelo el protagonista, el eje central de la acción es la ambición sin límites de Yago (literalmente el eje del mal), ya que esta será su impulso para avanzar sin escrúpulos en busca de aquello que codicia. Es de hecho Yago quien se encarga de portar la moraleja final de la obra: quienes llegan a lo más a alto son los que tienen menos escrúpulos, y a la vez los que configuran el mundo en el que vivimos. Mientras tanto “nosotros” nos resignamos a ser devorados por él como perros a merced de la condescendencia de nuestros amos. Siempre mirando hacia otro lado para convertirnos en cómplices de una verdad que no nos gusta.

La representación elimina todo tipo de artificio innecesario para darle el protagonismo a las pasiones y los conflictos de los personajes, que son las que deben destacar. Así evita desviar al espectador del mensaje que pretenden transmitir y tan solo se echa mano de material audiovisual como medio para conseguir articularlo.

En resumen, lo mejor de la obra es que trasciende al tiempo y al espacio, mostrando ese mundo que quieren que veamos. Estamos ante una interpretación muy personal del Otelo de Shakespeare que sirve como teatro político o de denuncia, y que los directores usan para contarnos su verdad. Una verdad que sentenciará la representación para quienes no estén de acuerdo ella.

Modelos Animales en Cuarta Pared

Modelos Animales en Cuarta Pared

La Sala Cuarta Pared estrenó el pasado 23 de Febrero la obra Modelos Animales, del director Pablo Iglesias Simón. Una representación basada en un texto de Aixa de la Cruz y protagonizada por Nieve de Medina, actriz tanto teatral como cinematográfica que cuenta entre su filmografía con películas como “El bola” o lo “Los lunes al sol” (por la que fue nominada al Goya a la mejor actriz revelación).

La obra que tenemos delante se articula sobre un texto sobresaliente, inteligente y mordaz, y es sostenida por la interpretación magistral de una actriz que se da vida a ella misma, Nieve de Medina. Entre el tono cómico y el trágico, y en ocasiones con tintes shakesperianos, vemos como una  mujer de 50 años asiste resignada al fin de su carrera como actriz, como mujer y como persona. Nieve se está transformando en otra cosa y ya nunca será la misma. Se enfrenta a un mundo que la margina y la fuerza a reinventarse, en una edad que ya es de por sí complicada para una mujer. Y es ante la obligación de seguir adelante como se embarca en una aventura nada propia de la cincuentena: viajar a Quebec para trabajar de dramaturga. Nieve creará un texto para la joven Carla, y a través de esta actriz novel irá observándose en su pasado y presente para sentar los cimientos de su futuro. Su hija Nora, el director de la obra, y un gato que rescató del contenedor tres años atrás cierran el cuadro de personajes que dan vida al universo de la protagonista.

Los fuertes de la propuesta, un gran texto y la actuación de Nieve (única actriz sobre el escenario), se completan con proyecciones y otros elementos visuales y auditivos para mostrarnos una representación muy metafórica cargada de sensaciones contradictorias.

Se trata de una obra muy emotiva, en la que la actriz nos tiende la mano para asistir a su forzado viaje experimental. Ella es capaz de transmitirnos  esa desorientación que cualquiera que se haya enfrentado a un cambio vital importante conoce, sobre todo si esa evolución ha sido inevitablemente forzosa. La contradicción de los sentimientos de la protagonista se palpa sobre el escenario y aparece esa duda que es transitar entre dos aguas y no saber dónde vamos a acabar. Porque como en todo rito de paso ¿acaso está asegurado que al otro lado encontraremos una versión mejorada de nosotros mismos? Es cierto que el tiempo y la experiencia nos hacen sabios, pero es ese mismo tiempo el que, como a la actriz, muchas veces nos roba lo que nos hace felices: nos niega una vida que era nuestra y nos gustaba. Es entonces cuando hay que luchar y sobreponerse a ello o caer al vacío.

Otro de los temas insertados en la trama es la soledad, en ocasiones inexorablemente ligada al cambio. La protagonista transita incomprendida y sola a través de un oscuro agujero. Y es que el cambio puede relegarnos a situaciones de aislamiento y soledad, ya que hay caminos por los que nadie puede o quiere acompañarnos.

Al final Nieve se embarca en un viaje que sorprende, y nos deja con una pregunta ¿es la protagonista quien ha decidido su propio destino o se ha visto forzada a llegar hasta donde ha llegado? En la obra la realidad y la metáfora se mezclarán alimentando la duda a este respecto. Todo esto hace que durante los 80 minutos de representación nuestros sentimientos oscilen constantemente, entre la simpatía, la lástima y en ocasiones el miedo o el desagrado.

Modelos animales habla de muchos cambios, el personal, el físico y el profesional  de la protagonista, y sirve también para mostrar la realidad de las actrices, que, despojadas de su brillo juvenil, son apartadas porque “ya no valen”. La propuesta, alejándose de la literalidad, no nos ofrece un argumento masticado y nos obliga a hacer nuestra propia interpretación de lo que vemos en el escenario.

“Orlando” de Guy Cassiers

“Orlando” de Guy Cassiers

La XXXIV edición del Festival de Otoño a Primavera trae al teatro Canal “Orlando” de Guy Cassiers, adaptación teatral de la novela homónima de Virginia Woolf. El festival continúa trayendo a España composiciones teatrales de primera línea en el panorama dramático internacional. Guy Cassiers, uno de los directores con más renombre a nivel europeo y mundial en cuanto a innovación y teatro experimental, nos trae desde Bélgica esta propuesta, interpretada en holandés con traducciones a cargo del gobierno de Flandes.

La pieza se construye a partir de la obra “Orlando”, de Virginia Woolf, publicada en 1928, y narra la biografía de la vida de un joven aristócrata Inglés y sus peripecias a lo largo de 4 siglos de historia, desde la época isabelina hasta el presente (el año de publicación de la obra). En esta novela la autora trata temas controvertidos para la época como la homosexualidad, la transexualidad y la situación de la mujer, e inspira parte de su relato en la vida de su amiga y amante Vita Sackville-West.

Guy Cassiers y Katelijne Damen, única actriz de la obra que hace las veces de narradora y biógrafa, ponen en escena esta inusual propuesta que funde fondo y suelo en un todo, como si de un mismo libro se tratara.

Los distintos parajes del texto de Woolf son ilustrados a través de proyecciones en una pantalla al fondo del escenario, que recoge imágenes grabadas de unos paneles móviles situados sobre el suelo. Sin duda una de las imagines más espectaculares es lo que parece la bóveda interior de la catedral de Constantinopla, y que contextualiza el pasaje del libro en el que Orlando ejerce como embajador del rey en la capital del antiguo Imperio Turco.

Katelijne Damen ofrece a los “lectores” la posibilidad de avanzar con ella en la narración, moviéndose por el escenario como si fuese las mismas palabras de un libro, saltando de página en página.  A pesar de ser una obra en versión original, la actriz es capaz de que el público empatice con ella. Para ello se vale de su voz, cuerpo y ritmo, y ayudada por la música de fondo que le acompaña consigue dar énfasis y trasladar sensaciones al público, al que incluso consigue hacer reír hasta en un par de ocasiones.

Un momento de la obra. Fuente: Teatros del Canal

Un momento de la obra. Fuente: Teatros del Canal

No obstante, y pese a la brillante ejecución de escenografía y texto (fiel al original), esta propuesta no es un producto para el gran público, tanto económica como culturalmente, pudiendo ser considerado en ambos sentidos teatro de élite. Además, pese a su estética elegante habría que cuestionarse hasta qué punto una obra que se apoya en la indisolubilidad entre texto e imagen es adecuada para un público que no domina la lengua utilizada. La dificultad de leer y seguir a la vez lo que pasa en el escenario hace que perderse sea fácil, lo que añade dificultad a que una obra de carácter experimental pueda enamorar al público medio.

La obra se va del Teatro Canal y no parece probable que se vuelva a representar en un futuro próximo, no obstante es recomendable para quienes quieran experimentar con nuevos modos de hacer teatro. Sin embargo, aquellos que busquen algo más accesible en términos de entretenimiento o para quienes la sustancia juega un papel más relevante que la forma se pueden ver defraudados por esta propuesta, ya que, y ese sea quizá sea el único pero de la representación, en cuanto a contenido no aporta nada nuevo.