“Orlando” de Guy Cassiers

“Orlando” de Guy Cassiers

La XXXIV edición del Festival de Otoño a Primavera trae al teatro Canal “Orlando” de Guy Cassiers, adaptación teatral de la novela homónima de Virginia Woolf. El festival continúa trayendo a España composiciones teatrales de primera línea en el panorama dramático internacional. Guy Cassiers, uno de los directores con más renombre a nivel europeo y mundial en cuanto a innovación y teatro experimental, nos trae desde Bélgica esta propuesta, interpretada en holandés con traducciones a cargo del gobierno de Flandes.

La pieza se construye a partir de la obra “Orlando”, de Virginia Woolf, publicada en 1928, y narra la biografía de la vida de un joven aristócrata Inglés y sus peripecias a lo largo de 4 siglos de historia, desde la época isabelina hasta el presente (el año de publicación de la obra). En esta novela la autora trata temas controvertidos para la época como la homosexualidad, la transexualidad y la situación de la mujer, e inspira parte de su relato en la vida de su amiga y amante Vita Sackville-West.

Guy Cassiers y Katelijne Damen, única actriz de la obra que hace las veces de narradora y biógrafa, ponen en escena esta inusual propuesta que funde fondo y suelo en un todo, como si de un mismo libro se tratara.

Los distintos parajes del texto de Woolf son ilustrados a través de proyecciones en una pantalla al fondo del escenario, que recoge imágenes grabadas de unos paneles móviles situados sobre el suelo. Sin duda una de las imagines más espectaculares es lo que parece la bóveda interior de la catedral de Constantinopla, y que contextualiza el pasaje del libro en el que Orlando ejerce como embajador del rey en la capital del antiguo Imperio Turco.

Katelijne Damen ofrece a los “lectores” la posibilidad de avanzar con ella en la narración, moviéndose por el escenario como si fuese las mismas palabras de un libro, saltando de página en página.  A pesar de ser una obra en versión original, la actriz es capaz de que el público empatice con ella. Para ello se vale de su voz, cuerpo y ritmo, y ayudada por la música de fondo que le acompaña consigue dar énfasis y trasladar sensaciones al público, al que incluso consigue hacer reír hasta en un par de ocasiones.

Un momento de la obra. Fuente: Teatros del Canal

Un momento de la obra. Fuente: Teatros del Canal

No obstante, y pese a la brillante ejecución de escenografía y texto (fiel al original), esta propuesta no es un producto para el gran público, tanto económica como culturalmente, pudiendo ser considerado en ambos sentidos teatro de élite. Además, pese a su estética elegante habría que cuestionarse hasta qué punto una obra que se apoya en la indisolubilidad entre texto e imagen es adecuada para un público que no domina la lengua utilizada. La dificultad de leer y seguir a la vez lo que pasa en el escenario hace que perderse sea fácil, lo que añade dificultad a que una obra de carácter experimental pueda enamorar al público medio.

La obra se va del Teatro Canal y no parece probable que se vuelva a representar en un futuro próximo, no obstante es recomendable para quienes quieran experimentar con nuevos modos de hacer teatro. Sin embargo, aquellos que busquen algo más accesible en términos de entretenimiento o para quienes la sustancia juega un papel más relevante que la forma se pueden ver defraudados por esta propuesta, ya que, y ese sea quizá sea el único pero de la representación, en cuanto a contenido no aporta nada nuevo.

Thomas Bernhard y el retorno de lo reprimido: DAVANT LA JUBILACIÓ (Teatre Lliure de Gràcia)

Thomas Bernhard y el retorno de lo reprimido: DAVANT LA JUBILACIÓ (Teatre Lliure de Gràcia)

Un servidor temía que la temporada teatral actual del Teatre Lliure , uno de los referentes imprescindibles del teatro barcelonés contemporáneo, no fuera tan excitante y estimulante como la de otros años. No obstante, al echar una ojeada a la programación y ver dos nombres imprescindibles del teatro del siglo XX fue un bálsamo reparador de cualquier miedo. Krystian Luppa, uno de los grandes directores actuales, al cargo de un montaje al catalán (con un intérprete del polonés al catalán incluido para los ensayos) de una pieza dramática del no menos descomunal Thomas Bernhard. La conclusión rápida y precipitada que inferí fue que tenía todos los números para ser un espectáculo digno de presenciar. Inferencia que, afortunadamente, se ha visto más que confirmada.

Aviso para posibles confusiones que pueda sugerir este título: no se trata en absoluto de alguien que afronta una jubilación tras años de trabajo dedicados a alguna profesión más o menos amada. La jubilación opera como mera ocasión para confrontarnos con aquello sucio y oscuro que se esconde detrás de la cotidianidad, aquellas pulsiones agresivas y mortíferas que, si se las acoge sin mayor miramiento, pueden engendrar los monstruos más horripilantes, tal y como lo aseverara Hannah Arendt en su crónica del juicio contra el general de las SS Adolf Eichmann. En efecto, con una escenografía que introduce al espectador en una escena cotidiana donde tres hermanos se disponen a conmemorar una celebración (nada menos que el aniversario de Himmler), Krystian Luppa ofrece una labor de orfebrería teatral que se apoya en tres espléndidas interpretaciones de Marta AngelatPep Cruz Mercè Arànega, tres actores con trayectorias más que consolidadas y con un talento trabajado incansablemente. De hecho, la dirección de Luppa nos recuerda que una de las piezas más importantes para hacer funcionar la magia teatral es el manejo preciso del ritmo y de los tempos. La sensación de pesadumbre que impregna gran parte del primer acto es de una precisión casi enfermiza, dominado por las cuchilladas que se propinan dos hermanas enclaustradas en un caserón donde el tiempo se quedó pegado a un trauma que, a día de hoy, retorna sin cesar: el nazismo, su caída y esos restos que se propagaron a través de diversos pólipos que han sobrevivido al paso del tiempo.

Con la irrupción de Pep Cruz en el segundo acto – después de una breve pausa de 15 minutos que podría haberse suprimido y reducir las dos pausas a un total de media hora -, la caja de Pandora que se anunciaba en el primer acto en los rencores, decepciones y fijaciones enfermizas de las dos hermanas se abre del todo. Entonces la escena se transforma en una mueca grotesca donde el espectador fácilmente experimenta un asco irremediable ante esos personajes. Cruz está espléndido como juez a punto de jubilarse tras haber sido en su juventud cómplice de esa matanza tecnificada que fue la Shoah. Cada una de sus frases, maravillosamente escritas por la mordaz pluma de Bernhard, nos confrontan con la violencia que no cesa de repetirse en nuestros días, señalando cómo el totalitarismo no precisa de grandes aspavientos para triunfar, tal y como el perverso personaje de Mercè Arànega se lo sugiere con crudeza a su inválida hermana, una fantástica Marta Angelat que sabe aprovechar al máximo el silencio y contención de su personaje.

No obstante, lo mejor de este montaje, que por momentos deviene obsceno en exceso al confrontar el ojo del espectador con aquello reprimido que uno desearía que dejara de retornar sin cesar, es el malestar generado entre el público, testimonio de aquella oscuridad para la cual no hay una vela que la difumine, como ya nos advirtió Sigmund Freud en El malestar en la cultura (1930). Lo que nos pertoca es responsabilizarnos para que algo cambie y no siga repitiéndose como puro automatismo, a no ser que prefiramos asumir el rol de testigo inválido – aguda metáfora para el personaje de Angelat – que, pese a deplorar lo que ve, no se mueve de su sitio. Un montaje incómodo, provocador y necesario, más si cabe tras la toma de posesión de Donald Trump, auténtico síntoma de nuestro presente.

Ddoctorando en Filosofía y formado también en el psicoanálisis lacaniano. Me acompaña desde mi más temprana edad una auténtica pasión y admiración por el teatro. De hecho, he realizado cursos de interpretación textual en escuelas teatrales, siendo a la par miembro activo en grupos de teatro amateur y universitario. El hecho teatral es, para mí, uno de los acontecimientos artísticos más maravillosos.
La Ilustradora de Sueños: música colorida para todos los públicos

La Ilustradora de Sueños: música colorida para todos los públicos

No es habitual para los espectadores tener la oportunidad de seguir un proyecto más allá de sus representaciones y sus giras. Quizá lleguemos a tener la suerte de poder intercambiar nuestras impresiones con alguno de los intérpretes tras la función. Sea como sea, no suele ser habitual poder formar parte del proceso que culmina con la representación de la obra.

Y, aun así, hay veces cuando somos sorprendidos por la suerte. Eso me pasó a mí: tuve la ocasión de poder ver lo que no se ve, poder estar en los ensayos previos a la función, ver la relación entre los intérpretes y entender más de cerca el trabajo de dirección.

Esa oportunidad me ha permitido tomar conciencia del esfuerzo necesario para montar un espectáculo es uno de los primeros detalles muy fácilmente ignorados por nuestra parte, en tanto que espectadores. Estamos demasiado acostumbrados a una sociedad del impacto, dónde solo valoramos el resultado final por encima de todo el resto. Haber sido testigo de algunos ensayos me ha abierto una nueva mirada al proceso artístico.

Pero antes debo poneros en antecedentes. La Ilustradora de Sueños es una propuesta que combina un concierto musical con un cuento infantil ilustrado e interpretado. Una propuesta excepcionalmente interesante, sobre todo para un público más familiar, porque las dos fuerzas de la propuesta (la música de Henry Cowell y las aventuras de Lena) están trenzadas entre con muy buen gusto y con mucha habilidad. Tanto es así que uno no sabe si se encuentra frente a un concierto de música camuflado en un cuento infantil o viceversa.

Personalmente, al principio, tenía algunas dudas sobre el formato de la obra. La música tiene un papel casi exclusivo en la primera parte, mientras que al final comparte protagonismo con el cuento de Lena. Mis reservas con este planteamiento se esfumaron cuando vi la reacción del público. Los niños quedaban atrapados por la fuerza conjunta de las ilustraciones, la música y la actuación.

 

Inicio de La Ilustradora de Sueños. Foto: La Lira de Siete Cuerdas.

Inicio de la Ilustradora de Sueños. Foto: La Lira de Siete Cuerdas.

 

Para ser justo, debo decir que existen dentro de la obra distintos elementos usados para conciliar la música con el cuento. El más interesante es la participación de los músicos en distintos momentos del cuento. Sin quitar protagonismo a Lena o al narrador, nos recuerdan su presencia en la obra, su esfuerzo en hacer más completa la experiencia de la obra. Los músicos no están escondidos en un foso, fuera de la vista de los espectadores. Todos los elementos de la composición son importantes, y estas incursiones de los músicos hacen que no los olvidemos.

Esta participación de los músicos en la obra (más allá de su interpretación musical) hizo más divertidos los ensayos. Hubo un momento excepcional cuando el director artístico les pidió que caminaran “como una persona normal. No sé si las integrantes del proyecto pensaran lo mismo, pero deduzco por sus risas que así fue. El buen humor existente en el equipo hace que el resultado llevado a los escenarios sea atractivo para el público, pues se vislumbra en el escenario esa positiva actitud.

Lena (María Alonso) en acción. Foto: La Lira de Siete Cuerdas.

Lena (María Alonso) en acción. Foto: La Lira de Siete Cuerdas.

 

También el público reconoció el trabajo hecho. La función en el LABoral Centro de Arte y Creación Industrial superó con creces las expectativas de asistencia. Tal fue así que, para sorpresa de los músicos, el público les quitó sus sillas para aumentar el número de localidades para los asistentes. Además de una asistencia excelente, los comentarios del público al acabar la función también reconocían positivamente el proyecto.

Y aún ha recibido más reconocimientos. La Ilustradora de Sueños ha sido seleccionada de entre cerca de 700 propuestas para la Feria Europea de Artes Escénicas para Niños y Niñas (FETEN). Profesionalmente les abre la oportunidad de que su trabajo sea expuesto en uno de los principales aparadores para este tipo de creaciones. Cuando en febrero se celebre la feria, sabremos hasta qué punto mi entusiasmo y el del público de Gijón será compartido por el del público del resto de España.

Tras agradecer la oportunidad de compartir con ellas un tiempo precioso y poder ver todo su trabajo, desde el ensayo hasta la función, espero que tengan esa suerte y La Ilustradora de Sueños pinte de alegría tantas salas de España como sea posible.

 


Ficha técnica

Dirección
Patricia Vázquez
Guión
Sonia Marrón
Ilustraciones
Patricia Vázquez
Arpa
Helena Garreta
Violonchelo
Oboe
Sonia Marrón
Flauta
Patricia Vázquez
Actriz
María Alonso
Actor
Didier Otaola
Producción

 

(Tarragona 1987). Licenciado en Ciencias Políticas (Universitat Autònoma de Barcelona, 2010) y máster en Investigación en Ciencias Políticas (Universitat Pompeu Fabra, 2012). Ha publicado artículos de investigación en diversos temas. Es miembro y redactor de la revista de actualidad política Finestra d’Oportunitat. Interesado en las relaciones entre videojuegos y política (naturalmente, entre otras cosas).
LA TREVA: La maestría de un equipo artístico en estado de gracia

LA TREVA: La maestría de un equipo artístico en estado de gracia

La treva, de Donald Margulies.

Sala La Villarroel. Espectáculo en catalán.

Dirección: Julio Manrique

Un suceso traumático como un conflicto de guerra cubierto por una fotógrafa y su pareja, periodista y crítico cultural, puede convertirse en la ocasión para dar lugar a un montaje con una doble vertiente: cómo ante un hecho traumático no hay dos sujetos que respondan del mismo modo, así como la emergencia de otra verdad traumática: la imposibilidad de seguir sosteniendo una relación con aquél que parecía tan cercano, tan íntimo, es decir, el partenaire. A mi entender, ésta es la doble vertiente dramatúrgica que sostiene este espectáculo dirigido por Julio Manrique, protagonizado por Clara Segura y David Selvas, secundados por Ramon Madaula y Mima Riera.

El espacio escénico, circunscrito a los recovecos más íntimos de un apartamento de Nueva York, zambulle al espectador de lleno en los días venideros al despertar del coma de Sarah, personaje principal magistralmente interpretado por Clara Segura. Personaje que oscila entre un férreo compromiso por dar a conocer la barbarie y miseria que asolan grandes poblaciones del planeta Tierra, así como su duda frente a qué tipo de relación elabora con aquellos fotografiados por su objetivo. ¿Son sus fotografías algo más que un fetiche comercializable? Ésa es la duda que la corroe por dentro, oscilando entre sentirse profundamente hipócrita al retomar su trabajo tras su convalecencia, a la par que corrobora que es incapaz de llevar una existencia alejada del contacto de aquellos que han sido invisibilizados.

Al regresar a casa después de haber estado al borde de la muerte debido a un atentado terrorista en Irak, se desvela una verdad incómoda que hará trizas la confortable cotidianidad, una auténtica tregua ante el magma sentimental y social que se gesta a lo largo de esta hora y media de grandioso espectáculo. Esa verdad remite a que se enamoró del intérprete que la acompañó en su desafortunado periplo por zonas en guerra, quien falleció debido a la explosión que la situó a ella al borde de la vida y la muerte. Los matices afectivos que David Selvas proporciona a James, quien al final del montaje transita entre ser el marido y exmarido de Sarah, elaboran una de las mejores y más logradas interpretaciones del actor catalán, quien sostiene un duelo interpretativo con Segura digno de ser recordado a lo largo de esta temporada actual y de las que estén por venir. Los miedos, las inseguridades y comprobar que, pese a amar a la pareja, uno nunca puede saber qué es lo que piensa y siente el otro, auténtico escollo con el que cada unión tiene que librar en su día a día, generan un clímax interpretativo sobrecogedor cuando Sarah le confiesa a James su amor por su acompañante fallecido.

No obstante, la función se apoya también en Ramon Madaula y Mima Riera, quienes interpretan con suma solvencia y convicción a Richard, editor del trabajo fotográfico de Sarah, y a Mandy, nueva “conquista” de quien, a su vez, fue un antiguo romance de Sarah. Los momentos tragicómicos del rencuentro de las dos parejas tras el regreso de Sarah a Nueva York tras la tragedia iraquí dan testimonio de la indudable habilidad en la dirección de Julio Manrique, auténtico artesano en el manejo de los intérpretes, dando al mismo tiempo una organicidad a toda la función gracias a transiciones sonoras y lumínicas capaces de introducirse en aquello más íntimo de los personajes para dar cuenta de lo más singular de la condición humana: las contradicciones.

Es muy probable que estemos ante uno de los mejores montajes de esta temporada, tanto a nivel escénico como interpretativo, mostrando cómo el regreso a casa es una tregua ante la verdad que, tarde o temprano, tenemos que ser capaces de enfrentar para con nosotros y con aquellos que nos rodean. Una auténtica joya que no deben dejar pasar.

Ddoctorando en Filosofía y formado también en el psicoanálisis lacaniano. Me acompaña desde mi más temprana edad una auténtica pasión y admiración por el teatro. De hecho, he realizado cursos de interpretación textual en escuelas teatrales, siendo a la par miembro activo en grupos de teatro amateur y universitario. El hecho teatral es, para mí, uno de los acontecimientos artísticos más maravillosos.
El filósofo declara. Una decepción de corte naturalista

El filósofo declara. Una decepción de corte naturalista

El filósofo declara, de Juan Villoro.

Teatre Romea. Dirección: Antonio Castro.

Los vínculos entre la filosofía y el teatro no son en absoluto actuales, sino que sus encuentros fechan de sumamente antiguo. No obstante, en esta tragicomedia escrita por Juan Villoro de lo que se trata es de desmontar el aura intelectualista que, a menudo, recubre la figura del filósofo, aquél cuyas cruzadas en pos del conocimiento y de la intelección de los primeros principios parecen dotarlo de un aura mayestática. Si bien el texto puede resultar una más o menos oportuna tragicomedia para desmontar semejante estereotipo, el montaje dirigido por Antonio Castro adolece de todos los manierismos y limitaciones escénicas del encorsetamiento naturalista.

Partiendo de una escenografía carente de cualquier elemento poético, la cual termina por tener un mero rol espacial para delimitar las estancias donde ocurre la acción – salón y cocina -, la obra presenta al personaje del profesor, interpretado por Mario Gas, acompañado de Clara, su esposa, encarnada por la actriz Rosa Renom. Huelga decir que estos primeros momentos para urdir el plan con el cual supuestamente vengarse del olvido al cual se ha visto condenado el profesor por la academia parecían prometer una comedia ácida y mordaz acerca de los vicios universitarios actuales. Lamentablemente, la promesa se queda en sólo un mero anhelo. Las carencias se hallan principalmente en el ritmo que preside la obra, falto de la complicidad y rapidez afectiva que requiere la comedia para desplegar su magia, máxime cuando la puesta en escena se mueve entre lo tragicómico  y el vodevil.

Todo lo que sigue a esta primera escena, donde Mario Gas y Rosa Renom no terminan de funcionar como pareja, habiendo unas alusiones textuales a la supuesta sensualidad de la esposa que en modo alguno se reflejan en la actuación de Renom, termina por ser un montaje que deja morir por inanición un texto que, pese a no ser brillante, ofrecía muchísimo más. Los demás actores sucumben al sopor del montaje, instalado en una repetición de convencionalismos donde prima el naturalismo por encima de cualquier otro lenguaje teatral – y eso que ha llovido desde el naturalismo -. Ricardo Moya, quien encarna un Pato Bermúdez carente de gracia; Meritxell Calvo, una sobrina estereotipa del profesor, y un Jordi Andújar falto de vis cómica para el papel que debería haber dado muchísimo más juego con el profesor al ser la fantasía del idiota creado expresamente por su mujer, no hacen nada más que testificar una dirección simplista y errática, ausente de todo músculo escénico. El texto y los actores parecen dos realidades separadas, hallándose las interpretaciones en un “hacer ver” constante que deja de lado cualquier verdad escénica, es decir, la verosimilitud dramática, la cual en modo alguno tiene que reducirse a una simple copia de conductas humanas.

Sinceramente, quien quiera reírse con algunos gags en torno a dos señores que se reencuentran para dirimir disputas viriles disfrazadas de intelectualismo, quizás pase casi dos horas algo simpáticas; quien busque una comedia mordaz y bien tejida, no espere nada de este montaje. Una auténtica decepción.

Ddoctorando en Filosofía y formado también en el psicoanálisis lacaniano. Me acompaña desde mi más temprana edad una auténtica pasión y admiración por el teatro. De hecho, he realizado cursos de interpretación textual en escuelas teatrales, siendo a la par miembro activo en grupos de teatro amateur y universitario. El hecho teatral es, para mí, uno de los acontecimientos artísticos más maravillosos.
Hablar con los pies: María Pagés en el Mercat de les flors

Hablar con los pies: María Pagés en el Mercat de les flors

¿María Pagés baila? Plantada, como cualquier otro ser humano, sobre la tierra que pisamos, difiere de nosotros en que el suelo donde sus pies van dibujando preguntas y respuestas no es sólo la base indispensable para que el movimiento no se rompa a cada avance o retroceso. Con María Pagés, el suelo adquiere un misterioso poder de levitación, como si a la tierra le fuera imposible desprenderse de la tierra y diluirse en los aires siguiendo los caminos que sus brazos señalan. Que en María Pagés habita el genio del baile, todos lo sabemos y lo proclamamos. Pero hay algo más en esta mujer: ella baila y, bailando, mueve todo lo que la rodea. Ni el aire ni la tierra son iguales después de que María Pagés haya bailado.

José Saramago

El escenario a oscuras. Un foco, desde arriba, se prende. María Pagés, bellísima, elegantísima, baila sin música. No hace falta: su propuesta es ver si somos capaces de oírla con los ojos. La música dentro del gesto, el gesto dentro de un cuerpo. Solo, crudo. Así comienza Óyeme con los ojos, el nuevo proyecto de María Pagés, que se presentaba ayer en el Mercat de les Flors (y que se podrá ver hasta el 6 de noviembre).

En el escenario van a pareciendo poco a poco los personajes que bailan junto a María Pagés. Con su desplazamiento por el escenario, su relación con el baile de Pagés, al principio bajo la estructura de músicos-bailaora, poco a poco se van difuminando para que lo que más importante sea el discurso de fondo, donde se une el baile y el cante de poemas de San Juan de la Cruz, El Arbi El Harti. , RymiJosé Agustín Goytisolo, Ibn Arabi, Tagore , Benedetti, de la propia Pagés o de Sor Inés de la Cruz, que da título al proyecto. La música, una columna fundamental, es de Rubén Levaniegos (que además estaba allí con su guitarra), David Moñiz (con el violín) y Sergio Menem (al chelo). Además, vimos a Ana Ramón y Juan de Mairena  en el cante y a José Barrios con el acompañamiento y las palmas. Especialmente con la voz de Juan de Mairena pude experimentar ese complejo mundo del flamenco en el que incluso las vivencias que se nombran como felices se cantan como si ese instante de felicidad (por ejemplo, en el poema de Rumi “Somos pura felicidad/Tú y yo sentados en la baranda/Somos pura felicidad./ Siempre que la belleza mira, enciende el amor su fuego/en nuestro aliento) ya se palpase efímero. Es decir, cómo se canta con la dureza del que se sabe ya perdido.

Vemos como Pagés se expone, nos cuenta cosas muy profundas y muy difíciles de decir si no es con el baile o con la poesía. De pronto, es posible pensar con los pies, con las manos y con la palabra no cosificada. A veces, la palabra se imponía al baile, y era más fuerte que él. No porque el baile sea insuficiente, sino porque el diálogo entre dos fuerzas no siempre se conduce satisfactoriamente. A veces  (casi siempre) sucedía al revés, porque la armonía entre poesía y baile parecía naturalmente entrelazada y sólo capaz de decirse sin decir nada, sino con todo el cuerpo. En cualquier caso, el viaje a su intimidad, a su interior, que nos propone Pagés, nos hace participar al público con la timidez de aquella primera confesión en una amistad reciente, donde nunca se sabe si es el momento de traspasar el umbral de lo cordial cotidiano a las heridas de la vida. Pagés habla de y a sí misma, baila, recita e incluso actúa en un entremés cómico. El cual, por cierto, aún necesito comprender, pues parece un injerto que rompe con todo lo construido anteriormente, donde se jugaba con luces tenues, cenitales, claroscuros, coreografías desnudas con la sencillez y la complejidad de un baile que baila la banda sonoro-poética de su vida, dañada pero amándola pese a todo. El entremés nos hacía tocar la tierra de nuevo, salir de la cueva secreta en la que nos había invitado Pagés a entrar y pertenecer a un grupo selecto al que se nos revelaría algo importante y difícilmente transmisible (algo a lo que me enfrento en estas líneas), y volver al calor, a la prisa, a la contingencia diaria, esa que precisamente ha dejado de convencernos (y también a la luz absoluta). No sé si eso daña todo el espectáculo, porque de pronto lo quiebra. De pronto sale, por las rendijas del entremés, Rajoy y la pereza que da la política de este país (especialmente ayer, que le nombraban ayer después de un año, con un PSOE roto y alternativas políticas que aún tienen que hacerse cargo de la herencia ideológica). No,aquello era una salida brusca al mundo, no. Quería quedarme con ese otro que nos había preparado Pagés, que culminó en el bellísimo número final, donde las telas del vestido cobraban vida y hacían que tiempo y espacio fuesen, de forma mágica, lo mismo. Me hubiese gustado algo más de riesgo, algo menos del regusto del para todos los públicos. Parece que en ese último paso hacia la intrincada intimidad que nos expone se queda sólo en una mirilla. Quiero abrir la puerta, quiero ver una Pagés menos escurridiza con su propio mundo, aunque me hago cargo de la complejidad de lo que pido. No cambiaría, sin embargo, ninguno de sus pasos, del regalo de coreografías que vimos ayer. Ojalá sus pies escribiesen de nuevo la historia del mundo.

 

 

Licenciada en cosas pero sobre todo amante de la pizza. Viajo, leo y escucho todo lo que me pasa por las manos y los oídos.