Bollywood Bombay Barcelona o la inmigración en primera persona

Bollywood Bombay Barcelona o la inmigración en primera persona

“Nadie abandona su hogar…” –Y cruza la frontera, vagabundea en el aeropuerto, se siente solo, echa de menos, busca trabajo, duerme en una litera, conduce un taxi, vende cerveza, siente el rechazo, sueña– … si su hogar no es como la boca de un tiburón”.

Bollywood Bombay Barcelona narra la historia de tres inmigrantes indios –Rajú (Marc Tarrida), Vikram (Abel Reyes) y Karan (Francesc Marginet)– que por casualidad acaban compartiendo un pequeño piso al llegar a Barcelona. Basada en la historia real de Pawlinder Níjar, que emigró de Punjab a Barcelona pasando por Budapest junto a un grupo de danza Bhangra y que, además, ejerce de coreógrafo en la obra, se teje esta historia que derrocha energía, música y crítica social.

La inmigración es el tema central de esta tragicomedia colorida en la que también se abordan conceptos como el rechazo, la diversidad o el racismo. El miedo a lo desconocido, al “otro”, a esa persona con la que ahora compartimos ciudad pero cuya cultura y experiencia vital desconocemos, le sirve a su director, Juanjo Cuesta-Dueñas, para hablar de la realidad del hecho migratorio. Una propuesta concebida desde la comedia que provoca risas y aplausos entre el público pero también cierta reflexión conjunta. Conforme el espectador va adentrándose en los sueños y el pasado de los tres protagonistas, se produce una especie de confrontación con la realidad del inmigrante pero también con su rol como ciudadano de la sociedad de acogida.

La obra funciona como un espejo en el que se muestran aspectos cotidianos de la vida de Rajú, Vikram y Karan, como son la dificultad a la hora de encontrar empleo, el aprendizaje de un nuevo idioma o la convivencia entre vecinos. Más allá del conflicto que plantea, la obra reluce, por un lado, gracias a la versatilidad de los actores en interpretación y baile y en la naturalidad con la que se dirigen al público, creando un espacio cercano; y por otro, debido a la idoneidad del vestuario elegido, el buen uso del reducido espacio de la sala y el atrezzo, bien integrado en el hilo argumental, casi como un personaje más del relato.

La misma naturalidad que transmiten durante la representación nos la regalan minutos después actores, director y productora (Blanca Pascual) mientras conversamos sobre los inicios de este proyecto. Producida por Líquido Teatro junto a Dúo Fàcil y en colaboración con la Fundación Caja Burgos, Bollywood Bombay Barcelona es ya el segundo trabajo conjunto de estos tres actores formados en el Institut del Teatre. Ante la pregunta de si su propuesta pretende cambiar ciertas actitudes discriminatorias e incluso racistas, confiesan que su intención no es tanto “romper estereotipos” como mostrar la realidad a través de las artes escénicas. Ya en su espectáculo anterior, Y me morí. Cabaret Mexicà tragicòmic per a tres difunts, con el que se estrenaron en el Escenari Joan Brossa en octubre del año pasado, apostaron por tratar otro tema controvertido en la sociedad como es la muerte.

Los tres jóvenes coinciden en la importancia de reflexionar sobre un tema tan candente como es la inmigración, pues de alguna u otra manera, “todos hemos vivido situaciones que pueden ser racistas”, apostillan. Por su parte, Cuesta-Dueñas, que además de director de ambos espectáculos fue también profesor de Tarrida, Reyes y Marginet durante sus años de estudio, ha recalcado la “dedicación” y las horas invertidas en la preparación del proyecto.

 

Bollywood Bombay Barcelona. Del 8 de noviembre al 2 de diciembre de 2018 en Escenari Joan Brossa (Barcelona).

Elisa Pont Tortajada

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.

Gala Salvador Dalí, esa extraña pareja

Gala Salvador Dalí, esa extraña pareja

Pareciera que todo está dicho ya de Gala, aquella maravillosa mujer, de “cuatro ojos grandes agrupados en corazones concéntricos, crueldad, inteligencia, crueldad y juventud”, según testimonio del escritor André Breton, analizado y recogido por la investigadora Estrella de Diego. Eso podría pensarse antes de visitar la exposición Gala Salvador Dalí: una habitación propia en Púbol, hasta el 14 de octubre en el Museo de Arte Nacional de Cataluña (MNAC) y de la que, por cierto, De Diego es su comisaria.

Esta exposición, la segunda monográfica dedicada a una mujer que ofrece el museo en sus 23 años de historia reciente, nos permite acercarnos a la figura de la Gala “creadora”; esa mujer de carácter y fuertes convicciones que influenció a los dos grandes amores de su vida: el poeta francés Paul Éluard y el pintor excéntrico Salvador Dalí. Porque el objetivo de este recorrido por la vida y obra de Gala es claro: ir más allá de la imagen de Gala como mujer-maniquí, conocer a “la Gala que es y no solamente a la que está”.

Uno de los ejemplos más claros de esa “participación activa” de Gala en la producción artística de Dalí fue el Pabellón El sueño de Venus, construido con motivo de la Exposición Universal de Nueva York en 1939. Estrella de Diego deja patente su pasión por la figura de Gala y disemina a lo largo de la muestra la tesis de que la “musa y mujer de Dalí” fue una de las primeras artistas conceptuales, precursora en muchos aspectos que ahora se abordan en el arte contemporáneo. La historia detrás de cada una de las pinturas firmadas como Gala-Salvador Dalí es la prueba tangible de su existencia más que ornamental, al tiempo que abren la puerta al debate sobre la autoría en el arte, muy candente en la actualidad.

Es por ello que el Castillo de Púbol, regalo del artista a su mujer, ha de considerarse como la última gran obra conjunta de la pareja, y no tan sólo como una muestra de amor. De hecho, este refugio al que Dalí sólo podía acceder previa invitación, podría considerarse como el tercer personaje en la vida de ambos artistas, la unión que entre ellos existía materializada en un espacio concreto.

Gala, que nació en Kazan en 1894 bajo el nombre de Elena Diakonova, visitó Cadaqués por primera vez en 1929, acompañando al que era su marido por aquel entonces, el poeta Paul Éluard. Fue allí donde conoció al joven Dalí, que aunque ya apuntaba maneras, todavía era un desconocido en el circuito pictórico europeo. Ese mismo año, la escritora Virgina Woolf publicó su ensayo A Room of One’s Own, una obra en la que se defiende la necesidad de poseer una “habitación propia” para que así una mujer pudiese dedicarse también a la escritura, en igualdad de condiciones, en una época en la que el oficio estaba claramente copado por hombres.

Al recorrer la muestra, sorprende la capacidad creadora de Gala -escritora, poeta, diseñadora- y la escasa predominancia cultural que la historiografía del arte le ha otorgado en los años posteriores a su muerte. Incluso años después de encontrarse sus memorias (2005), que tan pulcramente escribió y editó, se duda de su creatividad, empeño y capacidad decisiva, tanto en su vida personal como en su imagen pública. Podríamos decir que Gala fue también, o ahora se le etiquetaría de esta manera, una performer del mundo del arte, de la farándula si me apuran. “Las pistas que en esta exposición sirven de punto de partida para subvertir la imagen de Gala como musa estaban allí desde siempre, esperando a ser leídas para transformar la narración, como pasa a menudo con las mujeres”, escribe De Diego en uno de los textos introductorios del catálogo. Cuántas otras relecturas del pasado están pendientes todavía.

*Fotografía: Gala, Salvador Dali’s wife and muse. Gudlin Ingvarsdottir. Flickr.

 

Elisa Pont Tortajada

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.

Cómo miramos hoy Mayo del 68

Cómo miramos hoy Mayo del 68

«Entonces, ¿cómo hay que definir el 68? Tuvo muchos componentes: rebelión generacional de jóvenes contra mayores; rebelión política contra el militarismo, el capitalismo y el poder político de Estados Unidos y rebelión cultural en torno a la música rock y el ‘estilo de vida’».

La respuesta de Richard Vinen, catedrático de Historia en el King’s College de Londres y autor de 1968. El año en que el mundo pudo cambiar (Crítica, 2018) de donde extraigo esta cita, resume a grandes rasgos lo que supuso Mayo del 68, no sólo para la sociedad francesa de la época sino también para las generaciones posteriores que hicieron de aquel grito una imagen simbólica y, quizás también, un ejemplo a seguir.

La mayoría de las voces teóricas concuerdan a la hora de hablar de las “versiones” de la revolución de aquel ya lejano 1968. También Vinen es uno de ellos. El autor contrapone el carácter “cultural” frente al “social” de las manifestaciones que llenaron las calles de París de ruido, consignas e ilusiones. Por un lado, la “versión cultural” sería aquella que aglutinaría a los movimientos de liberación de las mujeres y de los homosexuales, el cuestionamiento de las jerarquías o la lucha por una mayor democratización del sistema. Por otro, la “versión social” haría referencia a la lucha obrera, que vivió su máximo esplendor en Mayo del 68 –y no sólo en el país galo– pero que posteriormente se fue apagando hasta darse de bruces en los años 80 con Reagan en Estado Unidos y Thatcher en el Reino Unido. Fue así como empezó a fraguarse el neoliberalismo que hoy tanto nos oprime.

Pese al lugar privilegiado que Mayo del 68 ostenta en nuestro imaginario colectivo –The Dreamers, el film de sexo y política, pero con amor, de Bertolucci es un buen ejemplo– no debe interpretarse éste como un movimiento “transacional” o “global”, según Vinen. De hecho, el contacto entre países occidentales con democracias industrializadas y el resto del mundo “fue a menudo más aparente que real y disminuyó a partir del 68”, sentencia el autor.

Algunos mitos

Tras varias lecturas, lo que es cierto es que Mayo del 68 tuvo tantas facetas simultáneas y ha sido un periodo histórico tan estudiado desde distintos puntos de vista que reducirlo a un único aspecto –social, cultural, sexual, identitario, sistémico– podría acabar desvirtuando la realidad. Por su parte, Sophie Wahnich, directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), considera que el conocimiento “en profundidad” de la historia permite “deconstruir el mito” y revelar el “legado tan complejo” e “impregnado de luchas”. En su artículo Paradojas del legado del Mayo del 68, publicado por el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), habla precisamente de estos mitos, a saber: el movimiento estudiantil libertario, esto es, las luchas específicas de cada colectivo (mujeres, negros, homosexuales, inmigrantes); las huelgas obreras, una de las más importantes junto a las de 1936; y la victoria del “nuevo izquierdismo” como ideología que se enfrentaría al estalinismo y el comunismo de la época.

¿Hubo o no violencia en las protestas del 68? Este sería otro de los mitos dibujados en nuestro imaginario, el de la inexistencia de la violencia física. No obstante, como recoge Wahnich, la dinámica del propio movimiento “se basa en parte en la reacción de la población a la violencia, la que se despliega en Vietnam, y la que se inflige a los jóvenes indignados ante la guerra de Vietnam”.

50 años después

Ahora que se cumplen 50 años de Mayo del 68 es momento de revisitar aquellas calles, los bares donde se reunían los estudiantes, las clases semivacías de los campus, el semblante serio de los políticos, las redacciones de los periódicos… Todo ello lo encontramos en Maig del 68 pels fotògrafs de France-Soir, una exposición coorganizada por el Institut Français (España) y la asociación de fotógrafos CéTàVOIR, en el Palau Robert de Barcelona hasta el próximo 11 de septiembre. Se trata de una selección de fotografías que conforman la exposición, extraídas de entre las 25.000 imágenes que configuran el fondo fotográfico de la Agencia Roger­-Viollet, colaboradora de la muestra.

Además, también puede verse la cinta Voyage au coeur de la classe ouvrière (Un viaje al corazón de la clase obrera), una película inconclusa, rodada en 1968, sobre la vuelta al trabajo después de una huelga en la fábrica de baterías Wonder en Saint-Ouen. Asistimos al diálogo, en blanco y negro, entre una ex trabajadora de la fábrica y uno de los representantes sindicales. Escuchamos palabras, un diálogo entrecortado, algún que otro improperio, pero aquí lo realmente relevante es la imagen. Tanto las huelgas y las ocupaciones de fábricas pertenecen al imaginario colectivo de la sociedad occidental porque siempre hubo un equipo de reporteros presente. Aunque quizás insuficientes, aquellas huelgas generales propiciarían nuevos acuerdos laborales, más justos, y sentaron las bases para un aumento del salario mínimo de hasta el 35%.

Hoy, pese a la distancia que impone el paso del tiempo, todavía vemos ecos de aquellas consignas, gritos de libertad en pos de una sociedad más igualitaria. El auge del feminismo con movimientos como el #MeToo constituye, a mi modo de ver, una extensión de aquella “versión cultural” de Mayo del 68.

 

Fuentes:

 

*Fotografía: Unos estudiantes leyendo el primer número de Action en los jardines adyacentes a la facultad de letras de la universidad de Nanterre (París). Autor: Michel Robinet. Imagen incluida en la exposición del Palau Robert de Barcelona.

 

Elisa Pont Tortajada

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.

‘La Belle et la meute’ o la odisea tras una violación

‘La Belle et la meute’ o la odisea tras una violación

Una no se espera salir del cine, o despegar los ojos de la pantalla, con esta sensación de impotencia y redención al mismo tiempo; de éxito a medias, de injusticia repetitiva y abusiva. Una visiona La Belle et la meute (Túnez-Francia, 2017), de Kaouther Ben Hania, y se pierde en una larga noche que transcurre entre hospitales y comisarias, entre agresiones y gritos. Más tarde una advierte que ésta es la odisea particular de las mujeres violadas.

Basada en la obra Coupable d’avoir été violée (Michel Lafont, 2013) de la escritora tunecina Meriem ben Mohamed, el argumento del film recorre junto a su protagonista, Mariam, los obstáculos burocráticos a los que ha de enfrentarse esta joven tras haber sido violada por tres policías. Un sistema policial y hospitalario kafkiano, tremendamente patriarcal, en el que no hay espacio para la presunción de inocencia, y en el que los derechos de las mujeres se ven pisoteados casi en cada escena. ¿Cómo demostrar tu inocencia si quien ha de defenderte es juez y verdugo al mismo tiempo?

 

Sin duda, uno de los rasgos que más interpela al espectador es la razón por la cual los policías se acercan a Mariam esa fatídica noche: la joven estaba en la playa con Youssef, un chico al que acaba de conocer en una fiesta, y con el que quizás deseaba mantener relaciones sexuales. Este hecho –banal, cotidiano– sigue considerándose inmoral y reprochable en muchas sociedades, un atrevimiento, todo un desafío a las normas de comportamiento asumidas y trasmitidas por la opinión pública. Tanto es así, que la inexistencia de escenas explícitas de sexo, o incluso de erotismo, hace que toda la violencia que padece Mariam sea aún más indignante.

Los ocho capítulos que conforman La Belle et la meute, cada uno de ellos grabados en un plano secuencia, otorga a la película un cierto aire episódico, casi como si se tratase de un relato épico y no semi-autobiográfico. La referencias al relato original de La Belle et la Bête (La bella y la bestia), que tanto éxito cosechó con la adaptación al cine de la factoría Disney, no sólo remiten al título, sino que se diseminan por todo el guion. El plano final de Mariam con el pañuelo anudado al cuello, en forma de capa, que un buen samaritano de la comisaria le regala horas antes, deja incluso entrever su victoria final pero no como una superheroína sino como alguien que, al fin, ha conseguido cierta justicia social.

Proyectada en la sección Un certain Regard del Festival de Cannes de 2017, la película muestra cómo la revolución social tunecina del 2011 no ha cambiado gran cosa, y los derechos y libertades de los ciudadanos siguen siendo papel mojado, más aún en el caso de las mujeres. Un largometraje que, en palabras de Florence Martin, profesora de Estudios francófonos en el Goucher College, anuncia y posteriormente confirma el movimiento #Metoo! (#Ana aydan! en Túnez) desatado tras el caso Weinstein. “La realizadora no solo apunta con su cámara el acoso, sino también el aparato social que protege al violador”, añade en su artículo Sexo, disfraces y verdades en las pantallas recientemente publicado en la revista afkar/ideas.

Es inevitable no entablar lazos con la actualidad, la de España o la de cualquier otro lugar recóndito del planeta; no dejarse llevar por la verborrea incesante que produce tanta injusticia siempre dirigida a esa otra mitad de la población que somos las mujeres. Pero creo que ya basta por hoy, que no es el momento. Al fin y al cabo, quería hablar de cine. Y de igualdad de género.

 

Elisa Pont Tortajada

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.

Guerra de ayer

Guerra de ayer

“Sin que se le pida, la guerra se encarga siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía”.

Confieso que desearía saber si Pequeño país (Salamandra, 2018) está compuesto de sus más íntimos recuerdos, de esa visión adulterada de la infancia que nos persigue hasta el fin de nuestros días. Querría preguntarle a Gaël Faye (Buyumbura, 1982) qué hay de él en la historia de Gabriel, ese niño de madre ruandesa y padre francés que, como él hace años, huyó de la guerra de su Burundi natal con apenas trece años.

Sobre el sufrimiento de dejar atrás a los suyos, sobre la muerte violenta e injustificada que tiñe de rojo cada guerra, sobre la locura de una madre que se sumergió en el infierno para no volver. Éstos son algunos de los temas que Faye nos cuenta, casi en un susurro, como si sumergirse en aquellos años le restase vitalidad a su presente inmediato. ¿Quién se atreve a pasear por el pasado sin billete de vuelta?

Pequeño país ha sido todo un éxito literario en Francia: ha vendido más de 700.000 ejemplares, ha sido galardonado con el Premio Goncourt de los Estudiantes, otorgado por la FNAC y el Ministerio de Educación francés, y ya se ha traducido a una treintena de idiomas, incluido el español. Hablan del rapero medio francés medio africano como de una promesa literaria, y no sólo por su primer libro. Faye desprende sensibilidad en cada una de las estrofas de sus canciones. Y Petit Pays es ejemplo de ello.

 

 

El peso principal de la narración está en la voz infantil de Gabriel, también de su hermana Ana, y sobre todo en la pandilla de amigos que custodian el callejón como si fuese su reino. Será con todos ellos con quien Gabriel experimentará el sabor agridulce de la violencia, del odio y del rencor.

Este libro, testimonio histórico del continente africano, sirve para reflexionar sobre el colonialismo, la migración y el racismo todavía existente a un lado y a otro del Mediterráneo. Un relato desde la experiencia personal sobre la complejidad del ser humano.

 

Elisa Pont Tortajada

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.