Verano 2017

Verano 2017

Los veranos de la infancia eran felices, escuché decir desde la cocina mientas abría otra botella de vino. Faltaba poco para la cena. Ahora que aquí también es verano, aunque el sol se deje ver más bien poco, todos solemos recurrir a aquellos meses eternos y calurosos en los que el tiempo se difuminaba hasta perder consistencia y tus mayores preocupaciones distaban mucho de serlo. Ahora que trabajamos en un país que no es el nuestro, echando de menos lugares, cosas, gente, como escribió Leila Guerriero, recordamos aquellos veranos sumidos en la nostalgia de lo que sabemos no volverá.

Los veranos de la infancia suelen ser felices. Pensé cuando se apagaron las luces de la sala, casi vacía, del Cinéma Les Galeries. Al menos, el verano de 1993 no fue especialmente feliz para Frida, la protagonista de Estiu 1993, el primer largometraje de la cineasta Carla Simón. Con apenas seis años, la pequeña Frida –alter-ego de la directora catalana–, se queda huérfana: su madre muere víctima del SIDA, enfermedad que posiblemente también se llevó a un padre conflictivo y ausente. Desconcertada, con el dolor de la pérdida adentro, Frida se ve obligada a abandonar Barcelona y a mudarse al campo con sus tíos (interpretados por Bruna Cusí y David Verdaguer) y su prima pequeña, Anna (la bonita Paula Robles). Las primeras imágenes de la película muestran a una niña reservada, enfadada con el mundo, que no derrama ni una lágrima al subirse al coche y despedirse de sus amigos, su barrio, su casa. El silencio se interpone entre Frida y todo lo demás. Ahora que su mamá ya no está, poco importa lo que suceda a su alrededor.

Algunas escenas son clave para entender el sentido último del relato: Frida maquillándose y fumando recostada en una tumbona, Frida imitando a su madre, siempre indispuesta para jugar con ella. O la manera indirecta en la que se nos hace ver la posibilidad de que Frida también esté enferma. El rojo vivo de la sangre en las rodillas de la niña cuando se cae en el parque sugiere desconocimiento, temor, también prejuicios hacia una situación dolorosa para toda la familia. Los abuelos que la consienten, quizás porque se sienten culpables de los sucedido; los tíos que ahora son responsables de ella, que la integran como si fuese su propia hija, en un proceso de adaptación receloso y complejo para ambos. La relación entre las primas, ahora hermanas, centra la trama del film, pasando de la desconfianza e incluso de la violencia a cierta armonía fraternal. Los días calurosos en esa casa de campo, entre juegos y riñas, entre lechugas que son coles, y un lago y gallinas y música noventera. Durante la proyección se escucharon algunas risas: el público se veía reflejado en la moda y la música de otra época.

Los ojos de Frida. Los primeros planos de Frida. La película es ella, por suerte. La atmosfera que se crea a su alrededor es lo suficientemente potente para que el espectador comprenda su historia, su dolor canalizado en rabietas y discusiones. Hasta que al fin consigue explotar. Llora, llora Frida.

 

 

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.
La eternidad en una fotografía

La eternidad en una fotografía

Le dije, cariño ponte esta falda y salgamos al jardín. Cogí la cámara de fotos y puse música. Mi hija empezó a bailar de manera tan natural que tuve que empezar a fotografiarla. Y éste es el resultado. Bonito, ¿verdad?

Iratxe Álvarez nació en Valencia pero podría decirse que su casa está en distintas ciudades. Ahora reside junto a su marido y sus tres hijos en Bélgica. Y es allí, rodeada de naturaleza, donde ha comenzado su último proyecto fotográfico: Little Islands Photography. El pasado 16 de junio se expusieron algunas de sus obras más recientes en la muestra conjunta As we see it, mezcla de pintura, grabado y fotografía, que reunió el trabajo de Astrid Van Drie y Vieta Bons.

«En mis fotografías siempre busco captar la fuerza de las miradas, la eternidad y el poder de ese instante preciso», responde a modo de carta de presentación para aquellos que le preguntan sobre su estilo fotográfico. La maternidad y su experiencia como monitora en Amamanta -un grupo de apoyo a la lactancia materna- explican su fascinación por la fotografía infantil. La facilidad con que los niños se pierden en sus propios juegos, en sus fantasías, alejándose así de esa realidad que no les conviene para luego trasmitir al espectador la maravilla de esas emociones. Así define Álvarez su trabajo. «No hay nada como descubrir el mundo a través de los ojos de un niño», confiesa.

Tras un año de aventura por Australia, que plasmó fotográficamente aquí para deleite de sus seguidores, la estabilidad ha vuelto de nuevo a su día a día, que dedica en gran parte a proyectos como el Lens op de Mens, el Festival Internacional de Fotografía de Overpelt. «Fue casi una casualidad que presentase tres de mis fotografías de la serie Explorers a este concurso», comenta el día de la entrega de premios. Pese a no haber sido galardonada, Álvarez está contenta de su participación ya que considera que es «imprescindible» ir abriéndose un hueco entre los fotógrafos de la zona, «sobre todo para que te conozcan y conozcan tu trabajo», añade. Hasta el próximo 31 de agosto, pueden visitarse las más de 500 fotografías expuestas por las calles de Overpelt, una apuesta municipal para acercar la fotografía y el arte al gran público.

«Mis hijos son mi gran inspiración pero también ellos crecerán y acabarán por irse», comenta de regreso a su casa, que es provisional, en el mejor sentido de la palabra. «Volver a Australia sería maravilloso», reconoce. Hasta entonces, seguirá fotografiando la inocencia de los niños que le rodean, como si a través del objetivo de su cámara pudiese captar todo aquello que Peter Pan se negaba a abandonar al llegar a la edad adulta.

 

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Una invitación a dejar de esperar

Una invitación a dejar de esperar

Hace algunos meses escribí en estas mismas páginas, un artículo sobre el documental Demain (2015), dirigido y producido por la francesa Mélanie Laurent y su marido, el también cineasta Cyril Dion. Ahora, desde otra ciudad que nada se le asemeja a Barcelona, vuelvo sobre mis propias divagaciones para hablaros sobre el film, Qu’est-ce qu’on attend? (2016), de la francesa Marie-Monique Robin.

Desde principios de este mes, el documental puede verse en la mayoría de cines de Bruselas, incluida la sala independiente Vendôme, donde tuvo lugar la Avant-Première y en la que Robin se mostró más bien resuelta ante un público hastiado por el calor. A qué esperamos, preguntó como si la respuesta fuese obvia y, al mismo tiempo, ninguno supiese qué contestar. Así es como el documental interpela al espectador, tan sólo mostrando un modo de vida posible, una realidad que de hecho ya existe: la cerca de los 2200 habitantes de Ungersheim, un pequeño pueblo situado en la región francesa de Alsacia.

Ungersheim es una localidad denominada «en transición», esto es, en proceso de abandonar los recursos fósiles como el petróleo para reducir así la huella ecológica. Por ejemplo, con terrenos adquiridos por el ayuntamiento que ahora son huertos ecológicos y de reinserción social; con cooperativas y comedores que abastecen a varias localidades aumentando la empleabilidad local y el autoabastecimiento; con construcciones que respetan el medioambiente y en las que trabajan los propios vecinos, algunos ya jubilados; con una moneda local, los radis; y con jornadas de concienciación en la escuela, a la que los niños, por cierto, llegan cada día en coche de caballos. Éstas son algunas de las imágenes que se muestran en el documental cuyo protagonismo absoluto lo tienen sus vecinos y, en especial, su alcalde y promotor del proyecto, Jean-Claude Mensch.

El documental ha de entenderse como una carta de presentación, también como una invitación a unirse a este «movimiento» que aglutina ya a 460 localidades en todo el mundo. No obstante, se echa en falta una perspectiva crítica por parte de la periodista, quien se limita a filmar –en muchas ocasiones sin previo guión– el día a día de unos vecinos orgullosos con su nuevo estilo de vida. Pero, ¿cómo trasladar estas prácticas a otras localidades? ¿Es posible llevar a cabo estas medidas en grandes ciudades? Fueron preguntas como éstas las que llevaron a Marc de la Ménardière y Nathanael Coste a su particular aventura, a recorrer el mundo en busca de respuestas, a producir a su vuelta a Francia la película Enquête de Sens (2016).

Que en los últimos años el debate sobre el medioambiente y el cambio climático ha ido desplazándose de ciertos sectores afines al ecologismo hasta convertirse en tema de agenda de partidos políticos es un hecho esperanzador. Ahora bien, la Cumbre de París de 2015 fue un fracaso pese a que los medios la catalogaran como el gran «acuerdo histórico» sobre el medioambiente, lo cual explica también por qué el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ahora parece querer salirse del grupo. Y es que ya no se trata tanto de buscar posibles soluciones a los problemas actuales –entre otros motivos porque algunos de los cambios experimentados por el planeta ya no tienen marcha atrás– sino de interrogarse acerca de por qué no los ponemos en práctica. De la importancia de la cohesión social y de los movimientos colectivos, pero también de la necesidad de un cambio de paradigma en el que los valores de sostenibilidad primen más allá del rendimiento económico, versan todas estas producciones cinematográficas. De lo que vendrá en un futuro si no aprendemos de nuestro presente.

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.
Como no sucumbir al sueño en el teatro

Como no sucumbir al sueño en el teatro

Portada de la obra “Gerard Richter, une pièce pour le théâtre”, del artista Mårten Spångberg

Aquel jueves de mayo amenazaba lluvia, como muchas otras tardes en esta ciudad. Era, por tanto, el día idóneo para acudir al teatro de la rue de Laeken, cuya sala principal acoge desde la edición 2006-2007 el Kunstenfestivaldesarts, el festival internacional dedicado a la creación contemporánea que llena salas y espacios de Bruselas. Con las entradas ya en la mano, releí el título de la obra elegida, un tanto al azar: Gerhard Richter, une pièce pour le théâtre, del artista sueco Mårten Spångberg. Mi acompañante se encogió de hombros también ante el desconocimiento del “chico malo” de la danza contemporánea, como lo definieron en un artículo de The Guardian en julio de 2003. Con algo de retraso, se apagaron las luces y el espectáculo comenzó.

Y siguió comenzando trascurrida más de una hora, pues la sensación de permanecer siempre en el punto inicial de la obra hizo que el público no tardase en toser repentinamente, retorcerse en la butaca hasta acabar por escabullirse de aquel tormento, dejando la sala medio vacía. Me incluyo en el grupo de espectadores aturdidos y aburridos que salieron de allí sin comprender qué estaba sucediendo, sin apenas escuchar el discurso monótono de los bailarines, que movían sus cuerpos en secuencias repetitivas de pasos, de un ir y venir de ninguna lado a cualquier otra parte. Ignoro si quienes aguantaron heroicamente la segunda mitad de la obra lo hicieron por respeto o por ignorancia. O por ambas.

De regreso a casa, algo contrariada y desilusionada, pensé en el libro que esperaba en mi escritorio desde hacía algunas semanas. Aquella noche comencé La civilización del espectáculo, el ensayo del escritor peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010. Quizás esperaba encontrar una respuesta a la pregunta que da título a este artículo o más bien una explicación a por qué, de unos años a esta parte, hemos dejado de reconocer el arte. “La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestro días a punto de desaparecer”, sentencia Vargas Llosa a lo largo de un escrito que destila melancolía y también derrota. La banalización de las artes -y en concreto de la literatura-, el desprestigio del periodismo y la frivolidad de la vida política han desfigurado la noción de cultura que hasta nuestros días nos servía de faro, auspiciando así la mediocridad y convirtiendo cada expresión artística en mero entretenimiento.

Según el autor, quien parte de la obra Notes Towards the Definition of Culture, publicada en 1948 por T.S. Eliot y de la posterior reinterpretación que elaboró George Steiner en 1971, son muchos los aspectos que han conducido a nuestra sociedad a esta deploración de la cultura: desde la laicicidad del Estado de Derecho que ha separado la religión de la vida cotidiana de los ciudadanos hasta la casi desaparición de la figura del intelectual propia del siglo XX, pasando por la distorsiones políticas y los juegos de poder, así como la sexualidad y la pérdida del erotismo. La relatividad se impone como eje vertebrador de las experiencias humanas y, por tanto, artísticas.

En una sociedad hiperconectada y acelerada como lo es la nuestra, la perdurabilidad de las obras de arte acaba por difuminarse, aspirando a la obtención de un producto cultural, capaz de aplacar momentáneamente las ansías del saber. Un libro que se olvidará y que se leyó sin demasiado esfuerzo, un retrato que ya no se sabe a quién perteneció, una interpretación despojada de sentido y virtuosismo. Quizás hasta un artículo repleto de dudas y sin solución.

 

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Miradas de mujer

Miradas de mujer

Uno no puede llegar a imaginarse cómo se sentirán estas mujeres. Pasado ya un tiempo, diez años. Qué sintieron la primera vez que una cámara fotográfica les miró de cerca, enfocándole sus rostros compungidos por el miedo, a veces también por la tristeza, otras simplemente acobardadas de tanta lucha. Somos incapaces de experimentar ese dolor, esa angustia de quien es violada por un guerrillero y acto seguido repudiada por su familia; o para quien la vida se termina el día en que sus hijos y su marido desaparecen, sin dejar rastro, y una les llora porque no puede hacer ya más nada. Las injusticias de la guerra que siempre recaen en los más débiles, en los inocentes, en aquellos que se dan de bruces con el horror.

Y la miseria y el hambre y niñas mutiladas y mujeres olvidadas. Sobre once historias como éstas trata la exposición Eleven Women Facing War, una muestra del trabajo minucioso y documental del fotógrafo Nick Danzinger, y que desde el pasado 8 de marzo –qué apropiado, cuánta corrección– puede visitarse en el Parlamentarium, en Bruselas. Con el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (ICRC, son sus siglas en inglés), Danzinger recorrió países como Sierra Leona, Afganistán y Colombia, donde conoció las historias de estas once mujeres: Nasrin, Zakiya, Mah-Bibi, Efrat, Olja, Dzidza, Qualam, Amanda,Sarah, Shihnaz, Mariatu. Diez años más tarde, volvió para rencontrarse con ellas y acercarnos así un poco más esta realidad incomprensible a la que me refería unas cuantas líneas más arriba. A estas alturas, preguntarse por qué resulta un ejercicio demasiado pobre.

Y junto a las 32 fotografías que componen la muestra, Danzinger también incluye los videos que filmó durante su primer encuentro, en el 2001. Cuando te paras a escucharlas, te percatas de que sus voces suenan trémulas, un tanto desconfiadas, como si supiesen de antemano que relatar su intimidad no les hará salir de allí, ni paliar su dolor, ni si quiera evitar otros crímenes como el suyo. Pero aún así se esfuerzan por hacernos partícipes de su sufrimiento, aunque nosotros no vayamos a entender (casi) nada.

A continuación, los 11 vídeos recopilador por el Canadian War Museum.

Elisa Pont

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.