La Puerta Estrecha no es una sala convencional, pero no por ello sus representaciones son menos teatro. Resistiendo en el en el corazón de Lavapiés, en la calle Amparo, y alejada de cualquier tipo de pretensión elitista, es uno de esos lugares que nos recuerdan que el teatro es algo más que un mero espectáculo de entretenimiento y Lavapiés algo más que un barrio de moda.

Siempre que he entrado en la Puerta Estrecha he tenido la impresión de que me iba a encontrar con alguna propuesta sugerente. No me equivocaba cuando recientemente asistí a la representación “Otelo” a cargo de Actoral Lab, adaptación de la obra que hace Paco Montes, y que dirigen él mismo y  Lucas Smint. Otelo se fusiona muy bien con la Puerta Estrecha. Quizá porqué ella vive por y para el teatro. Quizá porque un clásico no puede encontrar un lugar mejor para alojarse que donde la temporalidad se rompe para conectar lo que sucede entre sus muros, el teatro, y lo que ocurre fuera, el mundo.

La obra de Paco Montes mantiene el planteamiento e hilo conductor de la original, que, como es habitual en las tragedias de Shakespeare, escarba en lo profundo de nuestros sentimientos. En este caso son los celos, pero sobre todo la envidia y la codicia, los que acaban por corromper el alma de las personas, en concreto la del protagonista, Otelo. Lo innovador de esta pieza es que se sitúa en nuestros días para hacer una crítica de la sociedad en la que vivimos. Lo bueno es que lo hace con éxito. La propuesta se sostiene y funciona, corroborando que las pasiones que nos mueven son atemporales, y que Shakespeare era un gran conocedor de las debilidades humanas.

Desde el inicio queda claro que lo que busca la representación es provocar al espectador, mostrando una verdad cruda y “desnuda”. Vivimos en una sociedad hipócrita que es capaz de sacar lo peor de nosotros e incluso llegar a destruirnos. Poniendo en escena la visceralidad de sentimientos tóxicos, como la ambición y la envidia, nos muestra los daños colaterales de la violencia existente en el mundo en el que vivimos: la guerra y sus consecuencias, la violencia machista y la degradación del ser humano en general.

Otelo

Aunque es Otelo el protagonista, el eje central de la acción es la ambición sin límites de Yago (literalmente el eje del mal), ya que esta será su impulso para avanzar sin escrúpulos en busca de aquello que codicia. Es de hecho Yago quien se encarga de portar la moraleja final de la obra: quienes llegan a lo más a alto son los que tienen menos escrúpulos, y a la vez los que configuran el mundo en el que vivimos. Mientras tanto “nosotros” nos resignamos a ser devorados por él como perros a merced de la condescendencia de nuestros amos. Siempre mirando hacia otro lado para convertirnos en cómplices de una verdad que no nos gusta.

La representación elimina todo tipo de artificio innecesario para darle el protagonismo a las pasiones y los conflictos de los personajes, que son las que deben destacar. Así evita desviar al espectador del mensaje que pretenden transmitir y tan solo se echa mano de material audiovisual como medio para conseguir articularlo.

En resumen, lo mejor de la obra es que trasciende al tiempo y al espacio, mostrando ese mundo que quieren que veamos. Estamos ante una interpretación muy personal del Otelo de Shakespeare que sirve como teatro político o de denuncia, y que los directores usan para contarnos su verdad. Una verdad que sentenciará la representación para quienes no estén de acuerdo ella.

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