En el meridiano del festival ‘Opera Forward’, el Muziektheater de Amsterdam ofrece en estreno mundial la nueva ópera de Kaija Saariaho, Only the Sound remains, en una coproducción de las óperas de Amsterdam, Hélsinki, Madrid, París y Toronto.

La obra se estructura en dos partes: Tsunemasa y Hagoromo, ambas inspiradas en el drama japonés nhô. Esta inspiración (o más bien re-interpretación) llega por triple partida: argumento, escenificación y música. Estos tres elementos se sobreponen para dar pie a la creación y desarrollo de una idea que subyace a lo largo de las dos historias desde el comienzo: la música como elemento creador y disruptor a la vez.

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Foto: Ruth Walz.

El argumento es el elemento que más fácilmente se identifica con el teatro nhô, pues se basa en dos obras clásicas. La primera historia empieza con los rezos del monje budista Gyokei al espíritu de Tsunemasa, antiguo favorito del emperador, intérprete de un renombrado laúd y guerrero caído en batalla. Atraído por los cánticos de Gyokei, Tsunemasa hace acto de presencia y lleva al monje al paroxismo, con actos más apropiados para una cabina del barrio rojo que para un teatro. Los recuerdos de la batalla que pone fin a la vida de Tsunemasa se interponen en la ‘posesión’ del guerrero-músico, que se desvanece en las sombras, quedando solo el sonido de su canción. La segunda historia cuenta cómo un pescador encuentra la capa de una Tennin, especie de hada de los bosques o ángel, que quiere llevarse de recuerdo, pese a los ruegos de la Tennin, que no podrá volver al cielo sin ella. Al final, el hada consigue que el pescador le devuelva la capa a cambio de bailar para él una danza celestial, a través de la cual se va elevando poco a poco hasta desvanecerse, quedando solo el sonido de su canción. (Fácil ver aquí el significado del título, ¿verdad? Al menos uno de los dos que he podido encontrar hasta ahora.)

El segundo elemento de inspiración japonesa es también fácilmente reconocible. El teatro nhô se representa en un escenario abierto y el sentido de la obra y de cada personaje se transmite más por sus movimientos acompasados que por lo que dicen. Así, vemos desde el principio un escenario vacío con un telón de fondo gris-translúcido que permitirá crear una serie de juegos de sombras y luces que bailan al son de las coreografías lentas de Gyokei y de la Tennin. Ninguno de los actores lleva máscara – como los intérpretes de nhô –, pero las caras hieráticas y los juegos de luces producen el mismo efecto que las facciones marcadas de las máscaras nhô.

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Foto: Ruth Walz.

Si en estos dos primeros componentes, la participación de Saariaho es apreciable solo a través de la influencia que haya podido ejercer en el director de escena Peter Sellars, con quien ya trabajara en L’amour de loin, y de la escenógrafa Julie Mehretu, el tercer y último componente, la música, es enteramente suyo, o, más bien, suya es la interpretación de la canción del teatro nhô, al que algunos críticos apodan como ‘ópera japonesa’. La canción nhô incluye una variación tonal limitada, con pasajes largos y repetitivos que varían muy levemente, y contiene numerosos espacios blancos, que se consideran tan o más importantes que el resto. La melodía no es, desde luego, el centro de la canción nhô. Tradicionalmente, estaba interpretada por un coro (utai) y cuatro músicos (hayashi): una flauta y tres percusionistas (timbales). Saariaho toma el esquema de la canción nhô como punto de partida, y desarrolla su propia melodía atonal, en la que los protagonistas son la flauta y el kantele (instrumento tradicional finlandés de cuerda pulsada), acompañados por un cuarteto de cuerda y coro que da réplica a los tonos creados por éstos, y un percusionista encargado de abrir y cerrar las escenas, y de enfatizar los espacios blancos. El otro protagonista es la música electrónica que hiciera famosa a Saariaho, diseñada aquí por Christophe Lebreton, y que nos sumerge de pleno en la obra reverberando los tonos del grupo instrumental. Tal cual estuviéramos en el mismo cerro en el que Tsunemasa posee a Goykei.

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Foto: Ruth Walz.

Los protagonistas vocales (Davone Tines, barítono, en el papel de Gyokei y del pescador, y Philippe Jaroussky, contratenor, en el de Tsunemasa y voz de la Tennin, interpretada por Nora Kimball-Mentzos) hacen una interpretación correcta, pero sin ningún lucimiento (acaso Jaroussky en alguno de los lamentos de Tsunamis), aunque tampoco es el propósito de la obra.

La conclusión general es que, desde un punto de vista holístico, la obra es original, sin que ninguno de sus elementos por separado lo sea, quizá con la excepción de la música de Saariaho, quien ha sabido interpretar la canción nhô con un grupo instrumental diferente del clásico y creando una policromía tonal que, especialmente en Hagaromo, se acerca a lo que podría verse como melodía, sin acabar de desarrollarla del todo, y que queda por lo tanto más cerca del sonido, y aquí es donde veo el segundo significado del título y de la obra en general: ‘the Sound’.