¡Izad las velas! ¡Tensad las gavias! ¡Cuidado con el cabrestante! ¡Fijad ese cabo! ¡Elevar la mesana! Viento al corte y…. no, nada de eso se escucha en puerto cuando estamos listos para zarpar. No obstante la emoción es la misma que sentían los bravos exploradores árticos cuando partían en sus expediciones. Sí se escucha cómo se sueltan los largos cabos, “grosor nivel Bilbao” (esto es, como puños) me señala Svein, el jefe de arrastre (que una vez estuvo en la capital del mundo y ahora es un experto en el tema). Uno podría pensar que alguien gritaría “Izad el ancla” pero estos barcos modernos no la usan en puerto (no tiene sentido si te fijan a tierra los cabos como puños). Además, no tiene sentido gritar nada, todo se hace mediante mímica y… radios, ya que el tamaño de la nave, los ruidos de los diferentes motores y la salud vocal de los marineros no compensan elevar la voz. Hay que tener en cuenta también que para el tamaño que tiene, 63 metros de eslora (de largo) por 13 metros de manga (de ancho), la tripulación es bastante reducida, hacen muchas cosas a la vez y en el momento de zarpar cada uno tiene una tarea concreta. Además, el capitán, el segundo de a bordo y el ingeniero jefe, las 3 autoridades del barco, se encuentran el puente, a 12 metros sobre el nivel del mar, protegidos por sendas mamparas. El resto de los 8 tripulantes de guardia, ya que hay 5 de descanso (los turnos duran 6 horas y si toca descansar, se descansa, aún en puerto), tienen sus tareas asignadas y con precisión preparan todo lo necesario.

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Foto 1. Cabos “como puños” sujetan al Helmer Hanssen a puerto. Foto cortesía de Kevin Ochoa, The Artic University of Norway.

Se encienden los motores, se sueltan los cabos y a ralentí el barco se separa del puerto poco a poco del muelle mientras gira su portentosa proa gira hacia las frías aguas (sí, los barcos se “aparcan de cara” por comodidad cuando se puede). Todo vibra y poco a poco los sistemas despiertan y nuevos sonidos pueblan los interiores y se mueven por dentro por los estrechos pasillos. Encontrarse bajo cubierta (entiendas cubierta como las partes al aire libre del barco, no precisamente muy cubiertas en la mayor parte de los casos) significa escuchar una sucesión de sonidos densos, como de monstruo antediluviano (mecánico) despertando de su letargo. Encontrarse en cualquiera de las cubiertas permite observar la tierra alejándose, los objetos reduciendo de tamaño y el sentimiento de nostalgia que hace pensar en cuando se volverá a pisar suelo sólido (que no se mueve y balancea). Acompaña todo este proceso el melodioso concierto de las gaviotas, que desde tiempos inmemoriales han anunciado la llegada y salida de navíos a puerto.

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Las últimas gaviotas. Foto cortesía de Roger Larsen, The Arctic University of Norway

Zarpamos, cortamos las aguas del fiordo de Tromsø (Noruega, Ártico) y ponemos rumbo a latitudes lejanas, hacia océano abierto, el Atlántico por precisión y al Mar de Noruega por concretar. La emoción se palpa en el ambiente, sonrisas veladas, chistes cuajados mientras la tripulación, que lleva un mes sin embarcar (trabajan un mes sí, un mes no mientras las expediciones lo permitan) vuelve a ajustarse cual mecanismo de reloj a sus tareas. Los ingenieros ajustan sus relojes a los ritmos internos de su paciente y sonríen mientras hablan de los nuevos cambios en el motor. Mientras tanto, los marineros, los hombres encargados de realizar los trabajos de a bordo, recorren a su vieja amiga golpeando sus tuberías y paredes a modo de saludo. Jahn, el sobrecargo, fuma tranquilamente un cigarro de marinero (tabaco negro, sin filtro), mientras mira con curiosidad como el biólogo de a bordo, el mismo autor de este texto, ajusta el filtro del suyo. Este hecho, dará lugar a muchos chistes en los próximos días, pero esa historia tiene que esperar.

Pero no alejaremos el foco del biólogo-autor. Las 4 expediciones (un total de 5 meses en el mar) realizadas a bordo del R/V Helmer Hanssen, con la misma tripulación de la que hablamos, me cualifican un poco más arriba que el aprendiz en la categoría mental de los experimentados marineros. No les cuentan las anteriores expediciones en mi lista ya que fueron en mares poco salvajes como el Mediterraneo y El Golfo de Vizcaya. Mares poco duros para estos lobos de mar helado. Mi escalafón, como marinero, sería el de grumete, como mucho ayudante de cubierta. No obstante, la tripulación respeta a los científicos y eso reduce el nivel de bromas dirigidas hacia mí. A demás, cada nueva expedición refuerza la camaradería y mejora su opinión sobre mí llevándoles en esta a darme un simbólico ascenso dentro del esquema social de la nave. Hay un dicho en Noruega que dice que un marinero no es un marinero si no tiene su propio cuchillo. No obstante, este no se puede comprar, tiene que ser entregado por un compañero más experimentado. Y fue en esta expedición cuando yo conseguí mi cuchillo, personal e intransferible (esto es, nadie más lo usará), y el derecho a portarlo en cubierta. No hubo ceremonias, no hubo grandes fastos, sólo el gesto y la sonrisa de Roger, mi jefe e investigador al mando, al poner el cuchillo a mi lado y una piedra de afilar y decirme, “trátalo bien, ahora es tuyo”.

El barco sigue su poderoso rumbo, se desplaza con elegancia y se abre camino dejando la ciudad-isla a través del fiordo apuntando hacia mares salvajes y hacia… la estación de servicio. Ya que al igual que cualquier medio de transporte, ella necesita alimentarse para seguir siendo poderosa. Además de combustible, se aprovecha la parada para recoger agua dulce y alguna que otra provisión de última hora. La parada, que parece algo simple, dura una hora, ya que los dos motores (el principal y el de ayuda) así como el resto de los sistemas trabajarán sin descanso durante las 3 semanas de la expedición y como me dice Ivan en su macarrónico español italianizado “consume cual coche viejo, funciona cual Ferrari antiguo”.

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Tubos de alimento vital Foto cortesia de Kevin Ochoa, The Arctic University of Norway.

Y mientras el barco se carga de su fluido vital, iremos alejando el foco y dejaremos por ahora al Helmer Hanssen y sus tripulantes. ¿Qué pasará en la expedición? ¿Conseguirán salir a mar abierto? Hasta la próxima entrega de: Diario de expediciones pasadas: Cómo se experimenta en el Ártico

Referencias:
Ficha técnica del R/V Helmer Hanssen (via
Arctic University of Norway, Tromsø, Noruega)
Plan Técnico del R/V Helmer Hanssen (via
The Arctic University of Norway, Tromsø, Noruega)


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