Resulta llamativo cómo, en una sociedad en la que se lucha cada día por las libertades individuales y colectivas, se dan, también cada día, episodios de indignación que nacen de la más mínima cosa y que terminan desembocando, en muchos de los casos, en la censura. Sin embargo, puede que lo segundo esté relacionado con lo primero, ya que quizá todo provenga de la mala comprensión de lo que es la libertad individual, la libertad de expresión y nuestros derechos ante las libertades de los otros. Hay veces que no hay más que darle la vuelta a la sartén y cambiar los agentes que intervienen en el asunto para darse cuenta de que nos estamos convirtiendo en lo que más detestamos.

Estoy hablando, cómo no, de la polémica que ha surgido a raíz del último anuncio de Mahou, que cuenta una historia real -aunque si fuera ficticia tampoco cambiaría mucho el asunto- en la que un grupo de rock toca cada año en un pueblo de diecinueve habitantes llamado Pejanda, en Cantabria, a cambio de 6000 botellines de cerveza porque el ayuntamiento no tiene dinero para pagarles. El grupo de músicos y el ayuntamiento han llegado, pues, a un acuerdo simbólico libremente. Como los músicos estamos muy cansados de que nos paguen mal, o no nos paguen, o nos paguen en cerveza, nos hemos indignado y en pocas horas ya estaba rulando por las redes sociales el enlace de change.org en el que se podía firmar para exigir la retirada del anuncio. Cosa que, en un tiempo récor, ya se había conseguido.

El colectivo de músicos -al que, por cierto, pertenezco- ha sido víctima durante los últimos tiempos de ciertas situaciones de indignación surgidas, sobre todo, de sentimientos de ofensa que han terminado en censura. Me refiero aquí a los casos como, por ejemplo, el del rapero Valtónyc, que, por su canción sobre el Rey Juan Carlos, ha sido condenado a tres años de cárcel por la Audiencia Nacional; al grupo Soziedad Alkoholika, que fue acusado de enaltecimiento al terrorismo por algunas de sus letras; o a los trece raperos de La Insurgencia, acusados de lo mismo en 2016; o el famoso tema de los titiriteros, sólo por citar algunos. Estemos o no de acuerdo con lo que estos artistas dicen en sus letras o en sus obras, coincidiremos en que la libertad de poder decirlas está por encima de nuestra posición concreta ante el tema, y nuestra libertad de criticar o apoyar públicamente a estos artistas es también -o debería ser- incuestionable. La libertad de expresión es, precisamente, aceptar el derecho del otro -no sólo el de una misma- a decir lo que quiera, ofensas incluidas. El buen gusto o la zafiedad con la que se diga es otra cosa. Pero, en principio, basta con que yo no los escuche para que no me molesten. ¿O vamos a censurar también el reguetón porque no nos gusta su mensaje?

En las redes sociales sabemos mucho de libertad de expresión, pero sabemos lo mismo de censura. El spot publicitario de Mahou, que yo sepa, no vulnera los Derechos Humanos, ni hay delito en nada de lo que dice. Simplemente, cuenta una historia. Real, según dicen. Lo que ha ocurrido, sin embargo, y como suele ocurrir con casi todo hoy en día, es que un colectivo se ha ofendido por el mensaje que envía. Hasta tal punto ha llegado la ofensa, que la marca comercial -no olvidemos que no se trata de un ente público- ha sucumbido a la protesta y ha rectificado retirando el anuncio. Una rectificación, por otra parte, que tendrá más que ver con las cifras de venta que con un arrepentimiento sincero, no seamos ingenuos. Pero este punto al que se ha llegado, más que fruto de la sensatez y el buen hacer, me parece que es el triunfo del delirio colectivo y de la censura de lo políticamente correcto.

En el anuncio no se denigra la profesión del músico, sino que se cuenta una historia, precisamente, por lo excepcional que hay en ella. Podemos poner el grito en el cielo, podemos dejar de comprar Mahou, podemos desahogarnos en las redes sociales si queremos, pero exigir la retirada del anuncio es, cuando menos, exagerado. Sobre todo, porque no hay músico que yo conozca que no haya tocado alguna vez gratis o a cambio de comida y de bebida, por la razón que sea. Por una causa solidaria, por una amistad, porque le da la gana. Seamos serios y, si queremos que nuestras condiciones laborales cambien, invirtamos nuestras fuerzas en la dirección adecuada. Pero convertirnos en adalides de la censura cuando algo no nos gusta me parece deshacer un camino que puede llevar a una situación algo peligrosa. La libertad es esto, señoras y señores, y pretender que el mundo en el que vivimos sea el reflejo de nuestro pensamiento individual nos lleva, bien a una sociedad polarizada en la que el blanco y el negro ocupan el espacio de los grises, o bien a un mundo en el que se imponga el pensamiento único. Porque no sé cuál es la diferencia entre exigir la retirada de este anuncio por ofensas al colectivo de músicos o exigir que las mujeres se tapen las rodillas por no ofender a un grupo de puritanos.

La solución es mucho más sencilla y reside en ejercer nuestra propia libertad y nuestro sentido de la responsabilidad para no tocar a cambio de cerveza si no queremos, para no consumir esa marca de cerveza, para apagar la televisión o para provocar un debate fructífero sobre el asunto. Pero utilizar la libertad individual para coartar la de otro, siempre me parecerá una mala idea. Sobre todo cuando hay aún tanto camino que recorrer en lo que a libertades individuales y colectivas se refiere. Porque estoy segura de que este artículo ofenderá a mucha gente, pero espero que nadie exija que lo retiren.

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.
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