«Entonces, ¿cómo hay que definir el 68? Tuvo muchos componentes: rebelión generacional de jóvenes contra mayores; rebelión política contra el militarismo, el capitalismo y el poder político de Estados Unidos y rebelión cultural en torno a la música rock y el ‘estilo de vida’».

La respuesta de Richard Vinen, catedrático de Historia en el King’s College de Londres y autor de 1968. El año en que el mundo pudo cambiar (Crítica, 2018) de donde extraigo esta cita, resume a grandes rasgos lo que supuso Mayo del 68, no sólo para la sociedad francesa de la época sino también para las generaciones posteriores que hicieron de aquel grito una imagen simbólica y, quizás también, un ejemplo a seguir.

La mayoría de las voces teóricas concuerdan a la hora de hablar de las “versiones” de la revolución de aquel ya lejano 1968. También Vinen es uno de ellos. El autor contrapone el carácter “cultural” frente al “social” de las manifestaciones que llenaron las calles de París de ruido, consignas e ilusiones. Por un lado, la “versión cultural” sería aquella que aglutinaría a los movimientos de liberación de las mujeres y de los homosexuales, el cuestionamiento de las jerarquías o la lucha por una mayor democratización del sistema. Por otro, la “versión social” haría referencia a la lucha obrera, que vivió su máximo esplendor en Mayo del 68 –y no sólo en el país galo– pero que posteriormente se fue apagando hasta darse de bruces en los años 80 con Reagan en Estado Unidos y Thatcher en el Reino Unido. Fue así como empezó a fraguarse el neoliberalismo que hoy tanto nos oprime.

Pese al lugar privilegiado que Mayo del 68 ostenta en nuestro imaginario colectivo –The Dreamers, el film de sexo y política, pero con amor, de Bertolucci es un buen ejemplo– no debe interpretarse éste como un movimiento “transacional” o “global”, según Vinen. De hecho, el contacto entre países occidentales con democracias industrializadas y el resto del mundo “fue a menudo más aparente que real y disminuyó a partir del 68”, sentencia el autor.

Algunos mitos

Tras varias lecturas, lo que es cierto es que Mayo del 68 tuvo tantas facetas simultáneas y ha sido un periodo histórico tan estudiado desde distintos puntos de vista que reducirlo a un único aspecto –social, cultural, sexual, identitario, sistémico– podría acabar desvirtuando la realidad. Por su parte, Sophie Wahnich, directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), considera que el conocimiento “en profundidad” de la historia permite “deconstruir el mito” y revelar el “legado tan complejo” e “impregnado de luchas”. En su artículo Paradojas del legado del Mayo del 68, publicado por el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), habla precisamente de estos mitos, a saber: el movimiento estudiantil libertario, esto es, las luchas específicas de cada colectivo (mujeres, negros, homosexuales, inmigrantes); las huelgas obreras, una de las más importantes junto a las de 1936; y la victoria del “nuevo izquierdismo” como ideología que se enfrentaría al estalinismo y el comunismo de la época.

¿Hubo o no violencia en las protestas del 68? Este sería otro de los mitos dibujados en nuestro imaginario, el de la inexistencia de la violencia física. No obstante, como recoge Wahnich, la dinámica del propio movimiento “se basa en parte en la reacción de la población a la violencia, la que se despliega en Vietnam, y la que se inflige a los jóvenes indignados ante la guerra de Vietnam”.

50 años después

Ahora que se cumplen 50 años de Mayo del 68 es momento de revisitar aquellas calles, los bares donde se reunían los estudiantes, las clases semivacías de los campus, el semblante serio de los políticos, las redacciones de los periódicos… Todo ello lo encontramos en Maig del 68 pels fotògrafs de France-Soir, una exposición coorganizada por el Institut Français (España) y la asociación de fotógrafos CéTàVOIR, en el Palau Robert de Barcelona hasta el próximo 11 de septiembre. Se trata de una selección de fotografías que conforman la exposición, extraídas de entre las 25.000 imágenes que configuran el fondo fotográfico de la Agencia Roger­-Viollet, colaboradora de la muestra.

Además, también puede verse la cinta Voyage au coeur de la classe ouvrière (Un viaje al corazón de la clase obrera), una película inconclusa, rodada en 1968, sobre la vuelta al trabajo después de una huelga en la fábrica de baterías Wonder en Saint-Ouen. Asistimos al diálogo, en blanco y negro, entre una ex trabajadora de la fábrica y uno de los representantes sindicales. Escuchamos palabras, un diálogo entrecortado, algún que otro improperio, pero aquí lo realmente relevante es la imagen. Tanto las huelgas y las ocupaciones de fábricas pertenecen al imaginario colectivo de la sociedad occidental porque siempre hubo un equipo de reporteros presente. Aunque quizás insuficientes, aquellas huelgas generales propiciarían nuevos acuerdos laborales, más justos, y sentaron las bases para un aumento del salario mínimo de hasta el 35%.

Hoy, pese a la distancia que impone el paso del tiempo, todavía vemos ecos de aquellas consignas, gritos de libertad en pos de una sociedad más igualitaria. El auge del feminismo con movimientos como el #MeToo constituye, a mi modo de ver, una extensión de aquella “versión cultural” de Mayo del 68.

 

Fuentes:

 

*Fotografía: Unos estudiantes leyendo el primer número de Action en los jardines adyacentes a la facultad de letras de la universidad de Nanterre (París). Autor: Michel Robinet. Imagen incluida en la exposición del Palau Robert de Barcelona.

 

Elisa Pont Tortajada

Periodista. Inquieta. Amante de las letras y de la cultura en general. Pensar es la maravilla de esta vida.

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