Paso por delante del escaparate de una librería de una ciudad que no es la mía. Me detengo a ojear los libros expuestos y uno retiene mi atención. En la portada, debajo del nombre del autor, está escrita una sola palabra: cultura. El título, pienso, no deja lugar a dudas. Terry Eagleton nos quiere hablar de eso que ya sabemos qué es. Entro y le digo al librero que estoy interesada en el libro. El hombre, un profesional de los que es difícil encontrar a día de hoy, me dice que es buenísimo, que me va a encantar y que vuelva a contarle lo que me parece cuando lo lea. Tengo un viaje pendiente a Logroño, aunque puede que sea él mismo quien encuentre este artículo en la inmensidad de internet y me lo ahorre.

Al salir de la librería me siento en una cafetería cercana con esa bonita sensación de tener en mis manos un libro nuevo y con unas ganas casi infantiles de empezar a leerlo. Es entonces cuando se me quedan los ojos clavados en esa palabra tan familiar que viene impresa en la portada. Y me ocurre lo mismo que cuando me miro un rato largo las manos, que dejo de sentirlas como propias y ya no sé lo que son ni a quién pertenecen. Cultura. Cultura. Cultura. Paso de la certeza de conocer de antemano lo que iba a leer, a no tener ni idea de lo que me voy a encontrar en sus páginas.

Terry Eagleton (Salford, Inglaterra, 1943) pretende en este libro, no tanto elaborar una teoría de la cultura, sino, tal como deja patente en los primeros párrafos, acotar de alguna manera su significado o intentar comprender a qué nos referimos cuando empleamos esta trillada palabra. Me reconforta, ya que es precisamente lo que necesito en ese estado de zozobra en el que me ha sumido la sola lectura del título. Y la manera más efectiva de saber qué es la cultura en esta época en la que casi todo se considera tal, es determinar qué no es. Por eso, Eagleton, tras explicar de una manera admirablemente sencilla las diferentes acepciones del término, establece una dicotomía entre el término cultura y civilización, relacionando la civilización con ciertas cuestiones materiales que resuelven una necesidad, es decir, con un sentido de utilidad, y la cultura con su dimensión espiritual o simbólica. Sin embargo, ambos conceptos conviven en una misma realidad y, no sólo eso, sino que sus significados son contingentes, cuestiones que se encuentran en constante intercambio sin perder la esencia de lo que son.

La cultura, entendida como la creación intelectual de una sociedad determinada, necesita, por un lado, de los medios de producción físicos de la civilización. Un escritor necesita papel, tinta y toda una serie de materiales físicos concretos para poder plasmar su obra y distribuirla. Sin embargo, la imprenta, por poner un ejemplo, no es parte de la cultura, sino de la civilización, aunque, en cierta manera, la una no pueda existir plenamente sin la otra. De otro lado, sería un error reducir el concepto de cultura a la producción intelectual de un territorio. En él se incluye también el concepto de red de significados simbólicos construidos alrededor de los objetos materiales fruto del desarrollo de la civilización. La existencia, por ejemplo, de semáforos responde a una necesidad de la civilización de ordenar el tráfico y evitar accidentes. Por lo tanto, el semáforo no es algo cultural. Pero el significado de parar atribuido al color rojo sí lo es.

A partir de este punto, Eagleton, fiel a su particular ideología marxista, realiza un recorrido histórico del concepto de cultura a través de las ideas de diferentes autores como Gottfried Herder, Edmund Burke, T. S. Eliot y Oscar Wilde, entre otros, al objeto de repensarlo en sus diferentes dimensiones como la lucha de clases -cultura alta y baja-, el conflicto identitario – nacionalismo y colonialismo- o el conflicto religioso: Irlanda del Norte. Pero, antes de iniciar este viaje, el autor se detiene a hacer una crítica mordaz al posmodernismo, que rechaza todo hecho y valora únicamente las interpretaciones. Los prejuicios posmodernos, como él los llama, se desarrollan en un terreno en el que algunas cuestiones como la diversidad o la integración se asumen como buenas per se, cayendo en una especie de argumentación ad populum, es decir, dando por buenas todas las características culturales sin entrar en valoraciones para no imponer la moral propia sobre la ajena. Para Eagleton, la defensa radical del relativismo cultural representa, además de una nueva forma de fundamentalismo, una postura entre la ingenuidad y la ilusión. El buenismo construido alrededor de estos conceptos integradores tendría consecuencias nefastas, tanto que Eagleton llega a afirmar que “no hay nada elitista o jerárquico en sostener que unas opiniones son mejores o más ciertas que otras”, ya que “sólo un racista puede creer que sea correcto violar o asesinar en Borneo pero no en Brighton”.

Sería en este punto en el que el concepto de cultura se extendería de tal modo que lo abarcaría prácticamente todo. Y esto, unido a la idea de un relativismo radical que rechaza el juicio de valor, conllevaría a una especie de estetización de ese “todo cultural” que forma parte, a su vez, de un todo aún más grande que es la industria y el capitalismo. Para Eagleton se ha perdido esa tensión entre cultura e industria que resulta necesaria para que la primera pueda desenvolverse de manera independiente y crítica respecto de la segunda. Así como en siglos pasados la cultura, en su dimensión de producción intelectual, estaba tan alejada de la civilización como para permitir una verdadera tensión que facilitara la crítica a esos mismos medios industriales que la hacían posible, a día de hoy, el capitalismo ha absorbido de tal modo esa inmaterialidad de la cultura que ha acabado convirtiéndola en un medio más de producción industrial. Este hecho conlleva una ruptura en la jerarquía espiritual entre alta y baja cultura gracias a la llamada cultura de masas, que, en opinión de Eagleton, no es algo que haya que lamentar. Pero, lejos de lo que cabría haber esperado, esta democratización de la cultura no ha conducido a la abolición de las desigualdades sociales, aunque sí a una especie de totum revolutum en el que el relativismo absoluto ha traído consigo una falsa igualdad cultural.

Ese proceso de estetización del capitalismo no supone, sin embargo, la asunción por parte del sistema de los valores inmateriales de la cultura, cosa que, en cierta manera, habría podido tener su parte positiva, sino la pérdida total de su valor, que se ha reducido a mera mercancía de consumo. Son pocos los utópicos que a día de hoy creen en el valor de la cultura como crítica de la civilización, consecuencia, en parte, de la visión posmoderna de la cultura reducida al concepto de “forma de vida”. Y en ese todo que lleva el nombre de cultura es más difícil reconocer que las tensiones actuales no son tanto culturales como materiales. Nos encontramos, pues, ante la paradoja de que el concepto de cultura se ha hinchado a la vez que reducido a su dimensión material. Y esa zozobra que yo sentí al verme frente al título de este libro no ha hecho más que aumentar.

Ainara (Orduña, 1983) es licenciada en flauta travesera (Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene, 2007) y en Historia y Ciencias de la Música (Universidad de La Rioja, 2015), Máster en Musicología Aplicada (Universidad de La Rioja, 2016) y doctoranda en Humanidades por la Universidad de La Rioja. Compagina su actividad profesional como intérprete, formando parte de diferentes formaciones dedicadas tanto a la música clásica como a la experimental, con la investigación y la docencia.
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