“El círculo” (The circle), es la última película que protagonizan Tom Hanks y Emma Watson. Este largometraje es la adaptación de la novela homónima de James Ponsoldt. En ella, se observa cómo un producto tecnológico evoluciona hasta convertirse en una herramienta imprescindible en el día a día de millones de personas. Una herramienta que vislumbra la creación de una nueva forma de orden mundial. Todas nuestras relaciones, gustos, trabajos… son almacenados y procesados ahí. Es decir, todo lo que vivimos queda registrado en “El círculo”. Esto, seguramente, no nos sonará muy extraño…

A mi parecer, siendo honesto, no nos hallamos ante una gran película. Quizá peque de ser demasiado burda, directa y obvia. Un mensaje tan masticado habla mal de la opinión que se tiene de los potenciales espectadores. Pues, al fin y al cabo, a nadie se le escapa que Google o Facebook pululan en el ambiente del film. No obstante, aunque sólo sea por la realidad que nos rodea y completa esta distopía, se hace interesante analizar algunas cuestiones que surgen en este film.

El tema más obvio y manido que surge durante la película es el problema relativo a la privacidad. En un mundo en el cual todos tus datos son recopilados, almacenados, optimizados, gestionados y retransmitidos por y para diversos fines, la ventana de la privacidad se va estrechando cada vez más, hasta cerrarse por completo. Es éste, obviamente, un tema importante. Pero, sin embargo, según mi parecer: secundario. Secundario si atendemos a que éste es un problema derivado de otros más fundamentales. La pregunta sobre la privacidad, en todo caso, es, ¿Por qué estaríamos dispuestos a perderla?

Emma Watson, en un fotograma de ‘El círculo’.

 

Según lo veo, el eje fundamental sobre el que se sostiene este film es la noción de una comunidad identitaria. Y en el término “identitaria” está la clave.

A menudo, hoy en día, podemos concebir el concepto de comunidad como un conjunto de individuos que operan en un marco común (societario, habitualmente) en virtud de unos intereses también comunes. En este contexto, no obstante, la voluntad e interés del individuo no desaparece porque, en todo caso, la comunidad es sólo un instrumento para mejorar a cada uno.

Pero también se puede concebir el concepto de comunidad como un corpus único. Esto es: un ente con una voluntad propia y autónoma, que va más allá del interés de unos individuos que, al congregarse en ella, pierden esa misma característica de individuación. Estas comunidades, que suscitarán muchos recuerdos históricos en los lectores, se fundamentan en un concepto fuerte de Identidad. El problema de la Identidad, por supuesto, es todo lo que amenaza con quedar al margen. La Identidad no tolera la Diferencia.

“El círculo” es una película especialmente buena para observar como el avance de una comunidad identitaria tiene un potencial destructivo inmenso para todo aquél que no acepte esta nueva identidad. Porque nadie puede quedar ajeno al “círculo”. Esta identidad, si no lo es todo, debería serlo. Y es ahora cuando hallamos respuesta a la pregunta: ¿Por qué estaríamos dispuestos a perder la privacidad? Simple: porque en una identidad única, no caben los secretos, no cabe el margen ni la diferencia. La privacidad es sinónimo de imperfección porque implica falta de conocimiento (comunitario). Y ninguna “falta” es tolerable, cuando se aspira a que nada sea imposible.

En definitiva,  para quién se haya acostumbrado a ver distopías como las que se plantean en  la serie británica Black Mirror, El círculo le sabrá a poco. Nos hallamos ante una película un tanto ramplona y demasiado evidente pero que, curiosamente, puede suscitar preguntas y reflexiones interesantes en la medida en que la confrontemos con nuestra realidad de hoy. Y hacer eso es, desgraciadamente, inevitable. Lo que asusta, tal vez, es observar como en nuestra realidad no se atisba apenas la Diferencia. Y esto es, tal vez, precisamente porque la realidad no es tan evidente como esta ficción. Para nuestra desgracia.

 

Alex Mesa
Doctorando del Departamento de Filosofía de la UAB. Investigo “acerca del rastro del humor en la tradición occidental”. Te respondo: a menudo no hace ni pizca de gracia.
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