Que venham já trazendo abraços
Vistam sorrisos de palhaços
Esqueçam tristezas e cansaços;
Que tragam todos os festejos
E ninguém se esqueça de beijos
Que tragam prendas de alegria
E a festa dure até ser dia.

Carlos Mendes, A festa da vida, 1972.

España (otra vez) al final de la tabla

Eurovisión, el concurso de canciones que ha reconciliado masivamente a un público considerable después de aquel Tallin 2002 con Rosa (sobre todo para los que entonces éramos preadolescentes), vuelve a colocar un año más en el bottom a España, o al menos a TVE.

La humillante posición obtenida por “nuestros representantes” Alfred y Amaia (puesto 23 de 26) ha sido la guinda de casi cuatro horas frente al televisor (también se ha podido ver en el cine) la noche del 12 de mayo. Siendo esta la mayor audiencia en TVE en 10 años gracias al notable impacto de OT, parecía que todo iba a salir al menos no tan mal como el año pasado con Manel Navarro. Pero el mal presagio se iba anunciando ya desde las discrepancias en torno a la desangelada puesta en escena y luego cuando en el orden de actuación, una especie de sorteo que al final no lo es, se “nos colocó” en el puesto 2 de 26 (interpretar tan pronto la actuación y más aún en ese lugar no es buen augurio).

A continuación, en las votaciones del jurado “Spain” apenas aparecía en la lista de puntos que otros países otorgaban, arrinconándose dicha “ficción nación” en la parte baja del marcador. Tal vez, y tas el despliegue promocional (y por lo tanto las expectativas) de Alfred y Amaia, quisimos apagar el televisor antes de asistir al  hundimiento, testigos las redes y su ensañamiento, suscitando así –en el caso de las que fuimos hasta Lisboa– el deseo de volver a casa cuanto antes tras la movilización sin precedentes de eurofans españoles –preparados para la que iba a ser la mayor de las fiestas– a la vecina capital portuguesa.

Y es que inevitablemente, esta ciudad amable a medias, con sus records históricos a nivel turístico, ya no tan barata aunque aún algo más que España, y próxima pese a las pésimas comunicaciones por tierra, quedará como un mal recuerdo, y esa noche, que tanto prometía, totalmente arruinada.

Eurofan español en la grada
© Andres Putting (EUROVISION.TV)

El ensayo como destino (a mitad de precio)

Ya en la víspera de la gran final, el día 11 por la mañana las banderas españolas comenzaban a proliferar no solo en la distinguida zona del Altice Arena, el estadio de este Eurovisión, sino en el centro de la ciudad, por encima de otras como las de Australia (ingente cantidad de australianos que ha cruzado el globo para venir a la sede de este año), Dinamarca (los más simpáticos, a menudo con un gracioso outfit vikingo) o Finlandia (auténticos fans –y además de todas las edades– de Saara Aalto con todo el merchandising que podáis imaginar forrado de su excesiva imaginería). Tres países muy presentes todos estos días de semifinales (desde el 7 ya se gestaba la fiesta) pues ellos sí, se jugaban el pase a la gran final. Y pasaron, estaba claro.

El último ensayo de la gran final que es ese 11 por la tarde (Jury Show, se llama) es prácticamente igual al certamen televisado de la gran final del 12, solo que sin la emoción votaciones aleatorias–. Por otro lado, dado el precio del evento, mucho más económico (la entrada a la final oscila, de media, los 200-300 euros y para el Jury es la mitad), y sobre todo tras lo complicado que ha sido encontrar entrada para la final (en una desangelada cola virtual), ha hecho que esta haya sido una opción más que viable para el público medio español. Público entre el que me encuentro, aunque como seguidor/sufridor del concurso e investigador dentro de la universidad tratando de aportar una reflexión crítica/estética acerca del mismo. Así, llegué a la ciudad el día 8 por la mañana, para no perder detalle de las semifinales y los ensayos así como para asistir un congreso eurovisivo (discreto pese a su gran interés, sobre todo en el ámbito anglosajón) organizado por la Universidade Nova de Lisboa en el Eurocafé.

No obstante, lo más llamativo es el hecho (en principio absurdo) de pagar por asistir a los ensayos de un programa de televisión, lo cual genera una pregunta acerca de qué entendemos por directo, la dudosa validez del festival como concierto ya que la música es en playback, y el lugar desde el que se asiste, puesto que además es un evento diseñado para televisión en el que la posproducción (todas esas animaciones a menudo tan prescindibles como la de Alexander Rybak este año), una vez estás allí, no se ve, por no hablar de los cámaras que constantemente recorren el escenario, a menudo ocultando al propio intérprete. Es como si asistir al directo supusiera ir a perderte el propio festival pese a las pantallas que también retransmiten allí dentro lo que vemos en TV (que no son lo suficientemente grandes). Incluso el sonido es mejor por televisión debido a la tecnología que consigue filtrar todo ruido no deseado, como los abucheos que pudieran producirse.

Artificio, asistencia, representación, nacionalidad, espectáculo… conceptos que han ido orbitando estos días. Ir a Eurovisión no es tanto para “verlo” sino para contagiarse del nada inocuo ritualismo que comporta, de respirar un ambiente único en tanto ficción de verdad que consigue instalarse en lo más hondo de los patriotismos de sus seguidores: l@s eurofans.

Mélovin (Ucrania) “tocando” el piano durante su actuación
© Andres Putting (EUROVISION.TV)

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