Juan de la Rubia inauguró el ciclo de órgano del Palau de la Música con un concierto en el que combinó hábilmente una gran variedad de estilos, desde el barroco hasta la música contemporánea. No podía faltar Bach, del que interpretó nada más empezar la Tocata y fuga en Fa mayor, BWV 540, y más tarde también el Trio super «Herr Jesu Christ, dich zu uns wend», BWV 655, demostrando con ellas su absoluto dominio del instrumento y su sensibilidad musical. El bloque barroco inicial lo completó con una obra de Gaspard Corrette, «Cromhorne en taille», de su Misa de quinto tono.

Además de por sus cualidades técnicas, de la Rubia destaca por su talento para la improvisación, una práctica de gran relevancia en la tradición organista y que estuvo representada por dos de las obras del programa. La primera, la Improvisación sobre «Victimae Paschali», es una improvisación grabada por Charles Tournemire en 1930 y posteriormente transcrita por Maurice Duruflé, de gran energía e inventiva. La segunda fue una improvisación del propio de la Rubia: un magnífico y atrevido ejercicio de virtuosismo sonoro y fantasía, construido más que en melodías, en el contraste de los diferentes timbres y registros del órgano del Palau. Entre ambas improvisaciones escuchamos Mad Rush, de Philip Glass, un ejemplo perfecto del estilo hipnótico del compositor neoyorquino, que se basa en la interacción de dos capas con notas del mismo acorde pero distinta velocidad. Puede que después de obras como la tocata y fuga inicial o las dos improvisaciones, Mad Rush no parezca tan difícil, pero las apariencias suelen engañar. De la Rubia escogió un tempo pausado, lo que, junto a una inspirada elección de los registros del órgano, realzó el efecto de la pieza. La perfecta regularidad de su pulsación, lejos de resultar monótona (el propio Glass opta por un rubato expresivo en la mano derecha, como se puede apreciar en Youtube), realzaba el choque entre las corcheas de la mano izquierda y los tresillos de la derecha, y la gran energía con la que atacó las interrupciones de la sección arpegiada generó una gran sorpresa.

La última demostración de virtuosismo de de la Rubia consistió en convertir al órgano del Palau en una auténtica orquesta sinfónica, con su transcripción del cuarto movimiento de la Sinfonía número 1 en do menor, op.68 de Brahms. Con una sabia elección de los registros y con las posibilidades que ofrecen los teclados y los pedales del órgano, de la Rubia logró recrear no solo la trama melódica y contrapuntística de la partitura original, también consiguió reproducir el impacto sonoro de una orquesta entera. Un verdadero tour de force como colofón a un estupendo recital.

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