«Nikolai Rimski-Kórsakov fue uno de los grandes compositores para la escena lírica, incluso si nadie fuera de Rusia quiere creerlo. […] Es, tal vez, el compositor más infravalorado de todos los tiempos.»

Así empieza Richard Taruskin su ensayo The Case for Rimsky-Korsakov del año 1992. Han pasado casi tres décadas y estas palabras siguen siendo válidas: las óperas de Rimski-Kórsakov mantienen una relativa popularidad en Rusia, pero fuera de ese país son una auténtica rareza. En España tuvimos recientemente la suerte de poder disfrutar de dos de ellas, con gran éxito de público y crítica: La Leyenda de la ciudad invisible de Kitezh (Liceu, 2014) y El Gallo de Oro (Teatro Real, 2017), esta última en una producción estrenada en Bruselas. De hecho, la ópera de La Monnaie lleva unas temporadas sorprendiendo con joyas del repertorio eslavo. En 2015 fue la trilogía de óperas de un acto de Rachmaninov, en 2017 El Gallo de Oro, y ahora El Cuento del Zar Saltán, de Rimski-Kórsakov, en una espléndida versión coproducida con el Teatro Real de Madrid que esperamos poder ver pronto en España.

Con El cuento del Zar Saltán (1900) Rimski inicia una breve etapa neonacionalista que culminará con la que será su gran obra maestra y penúltima ópera: La Leyenda de la ciudad invisible de Kitezh (1905). En esta etapa busca inspiración en el folclore y los cuentos populares rusos para crear obras muy personales, con un lenguaje musical inspirado y de gran sofisticación con el que logró, sin necesidad de imitarla, absorber la esencia de la música tradicional rusa (algo que más tarde lograría también su alumno Stravinski, usando no pocas técnicas aprendidas de su maestro). Citando de nuevo a Taruskin: «El problema [de las óperas de Rimski] ha sido siempre la cantidad de subtexto requerida para una comprensión plena. […] Su obra es el sueño del semiólogo y la pesadilla del crítico». El gran acierto de La Monnaie ha sido confiar la nueva producción del Zar Saltán al polémico Dmitri Tcherniakov, sin duda el director de escena actual más capaz para sumergirse en ese subtexto y cuya increíble sensibilidad le ha permitido transformar las maravillas de un cuento fantástico en algo todavía más bello y mágico.

El original de Pushkin mezcla elementos de cuentos existentes con contribuciones propias, y sigue la típica estructura de los relatos fantásticos:

El zar escoge a Militrisa, la menor de tres hermanas para casarse con ella. La deja embarazada, pero debe partir a la guerra antes del nacimiento de su hijo. Las hermanas y una vieja parienta, llenas de envidia, interceptan las cartas del zar para hacerle creer que su esposa ha dado a luz a un monstruo, y cambian su prudente respuesta por una orden falsa: la zarina y su hijo deberán ser arrojados al mar, dentro de un tonel. El pueblo obedece y ambos se encuentran encerrados y a merced de las olas, pero el pequeño crece de forma prodigiosamente rápida y logra liberarlos. Encuentran refugio en una isla y el joven héroe salva a un cisne mágico de las garras de un brujo en forma de halcón. En deuda con él, el cisne obrará distintos prodigios para ayudarle: primero hace aparecer una espléndida ciudad (Ledenets) de la cual el joven es proclamado soberano bajo el nombre de Príncipe Gvidón. Después convierte al príncipe en un mosquito, para que pueda viajar hasta el reino de Saltan y ver a su padre. El viaje se repite dos veces más, primero en forma de mosca y luego de abejorro. En cada viaje el príncipe escucha el relato de un prodigio y, a la vuelta, el cisne mágico le confirma que es real y lo trae a su reino. El primer prodigio es una ardilla que canta y roe nueces de oro del interior de las cuales extrae esmeraldas. El segundo, un grupo de 33 guerreros que cada noche salen del mar para proteger el reino. El último, una princesa de belleza sin igual que resulta ser el propio cisne, con la que Gvidón se casa. Impresionado por las historias que le llegan a través de mercaderes, Saltan viaja al reino de Gvidón y allí se reencuentra con su esposa y su hijo.

Para el libreto de la ópera, Vladimir Belski introdujo diversas modificaciones además de añadir numerosas canciones de carácter popular: los viajes de Gvidón se reducen de tres a uno (descrito musicalmente en el popular interludio sinfónico conocido como «el vuelo del abejorro», en español normalmente mal traducido por moscardón), la zarina Militrisa gana protagonismo y sus hermanas son presentadas como malvadas desde el principio, en una escena que recuerda a la Cenicienta. Parte del subtexto al que nos referíamos se encuentra en la reinterpretación de la tradición popular que estos cambios y contribuciones originales suponen, sobretodo en lo que respecta a la transformación de la princesa-cisne y a la ciudad ideal de Ledenets (precursora conceptual y musical de Kitezh). A pesar de la desbordante imaginación de Pushkin y de la belleza de sus versos, sin este subtexto la trama se convierte en una sucesión de prodigios más bien banal, con unos valores subyacentes bastante caducos. En este punto entra en acción el genio de Tcherniakov, que transforma radicalmente la historia manteniendo, sin embargo, el ambiente de cuento de hadas: Gvidón es un chico autista al que le encantan los cuentos y en la mente del cual realidad y ficción se confunden fácilmente.

Gvidón (Bogdan Volkov) con sus juguetes: una ardilla, un ejercito de soldaditos de plomo y una princesa-cisne, que en su imaginación se convertirán en las tres maravillas que aparecen en el cuento de Pushkin. © Forster.

Lograr que una reinterpretación tan drástica concuerde con el texto y la música no es nada fácil, y es en lo que suelen fracasar la mayoría de puestas en escena. Tcherniakov sale victorioso gracias a un planteamiento que encaja con la irracionalidad de los cuentos y con la música multivalente de Rimski-Kórsakov. Realidad y ficción coexisten en el escenario a tres niveles: Gvidón y su madre se mueven, con ropa contemporanea, por una estrecha franja del proscenio. Las historias que cuenta Militrisa a su hijo cobran vida a su alrededor, con personajes ataviados con bellisimos vestidos, obra de Elena Zaytseva, que parecen salidos directamente de las páginas ilustradas del cuento. Por último, el grueso del escenario -el espacio que queda detrás del telón- está reservado para aquello que sucede solo en la imaginación de Gvidón. La idea es compleja, pero Tcherniakov no deja cabos sueltos y las soluciones siempre son respetuosas con el resultado musical.

 

De izquierda a derecha: la vieja Babarija (Carole Wilson), la hermana mediana (Stine Marie Fischer), Militrisa (Svetlana Aksenova) y la hermana mayor (Bernarda Bobro). Para los personajes imaginarios que representan la historia que Militrisa cuenta a Gvidón,  Elena Zaytseva ha diseñado unos vestidos que evocan las ilustraciones de los cuentos tradicionales . © Forster.

Al inicio de la ópera, Militrisa decide que ha llegado la hora de explicar a Gvidón como su padre les abandonó y, para que el chico pueda entenderlo, se lo explica como un cuento en el que su padre es un zar que ordena que les lancen al mar dentro del tonel.

El chico reacciona al relato sublimándolo en su imaginación, y en el segundo acto se erige como protector de su madre. Le cuenta como rompe el tonel, salva al cisne, descubre la ciudad y es proclamado zar. Mientras la madre le escucha, los distintos sucesos se nos muestran con bellas animaciones de Gleb Filshtinsky, que son proyectadas sobre el ingenioso decorado diseñado por el propio Tcherniakov: una cavidad en la que aparecen los distintos personajes imaginarios con los que interactua Gvidón y que puede convertirse, gracias a las proyecciones, en distintos lugares fantásticos.

En el tercer acto el deseo de conocer a su padre le lleva a imaginar el viaje, en forma de abejorro, a la corte de Saltan (ver imagen de cabecera). Sus juguetes (un cascanueces en forma de ardilla, un ejercito de soldaditos de plomo y una princesa-cisne muñeca) se convierten en su imaginación en prodigios para impresionar a su padre. Ficción y realidad se mezclan de nuevo durante la transformación del cisne en princesa, uno de los momentos más bellos de la partitura. Justo cuando la transformación empieza en la imaginación del chico, su madre aparece en escena y le presenta una hermosa joven -su nueva cuidadora- que el chico toma por la princesa. Si perdonamos las discrepancias entre texto y escena en el dúo de amor que sigue -en realidad las únicas discrepancias relevantes en toda la función-,  no podemos más que admirar la sensibilidad de Tcherniakov, ya que la música de Kórsakov -más tierna que pasional- parece mucho más adecuada al encuentro entre un ilusionado chico autista y su cuidadora que a una tópica escena de amor a primera vista.

Para complacer a su hijo, en el cuarto acto Militrisa le organiza un encuentro con su padre, pero para suavizar el impacto lo escenifican como una continuación del cuento: acompañado de una corte ficticia -formada por familiares y amigos- el padre se presenta como Zar Saltan, llegado a la ciudad para contemplar las tres maravillas del reino de Gvidón. Siguiendo la historia, Saltan finge reconocer a su esposa perdida y por tanto también a su hijo. El cuento -y la ópera- acaba en final feliz, pero Tcherniakov sabe perfectamente que por mucho que intentemos convertir la realidad en un cuento de hadas, la vida sigue siendo una lucha continua. El alboroto que genera la celebración simulada del reencuentro altera al chico y la obra termina bruscamente con Militrisa y la cuidadora/princesa intentando tranquilizarlo ante la incomprensión de los demás.

Gvidón (Bogdan Volkov, en el proscenio) imagina que el Cisne mágico (Olga Kulchinska, en el interior del escenario) le convierte en abejorro. © Forster.

El resultado final es coherente y, sobretodo, conmovedor. Lo fue, también, gracias al talentoso reparto que La Monnaie reunió para esta compleja ópera, con intérpretes consolidados y alguna sorpresa. A pesar de dar nombre a la ópera, el Zar Saltán tiene un papel más bien breve. Y es una lástima porque escuchar la extraordinaria voz del bajo Ante Jerkunica es un gran placer. Supo dotar de nobleza al zar imaginario y, en el último acto, encarnó a un padre complejo y ambiguo -como corresponde a un personaje real-, con una mezcla de incomodidad, ternura y, tal vez, culpabilidad o remordimiento.

Svetlana Aksenova ya dejó un recuerdo imborrable como Frevronia en el Liceu y ahora con Militrisa ha vuelto a dejar una interpretación de absoluta referencia. Su voz es ideal para el repertorio eslavo, con un bello y rico timbre de gran proyección, que empasta perfectamente con la suntuosa orquestación de Rimski. Una voz con mucha personalidad, lo que va muy bien con la Militrisa decidida e independiente que presenta Tcherniakov. Aksenova es, además, una excelente actriz y su fraseo es tan expresivo al cantar como al hablar, como ya demuestra en el prólogo hablado que encabeza esta producción, en el que cuenta la situación de su hijo.

La soprano Olga Kulchinska dio el saltó a la escena internacional tras ganar el Concurso Viñas en Barcelona en 2015. Tan solo cuatro años después, su interpretación de la princesa-cisne reveló una madurez técnica y artística más que notable. En sus intervenciones como cisne maravilló con unas frases etéreas, con agudos precisos, emisión sólida y con una casi ausencia de vibrado que realzaba el carácter fantástico de la aparición. Su dúo con Gvidón fue de una gran delicadeza y su actuación como cuidadora muy convincente.

El tenor Bogdan Volkov entró en el programa para jóvenes intérpretes del Bolshoi al mismo tiempo que Kulchinska, donde compartieron escenario, y ambos fueron premiados en el concurso Operalia de 2016. Sin embargo su carrera internacional se ha demorado algo más, siendo Gvidón su segunda papel importante en una producción europea. Volkov aprovechó la oportunidad para sorprender con una interpretación vocal y escénicamente impactante. Su voz, fresca y clara, se movía por todos los registros sin ninguna tensión y transmitía a la perfección el entusiasmo y la ilusión del chico mientras se encontraba inmerso en sus imaginarias aventuras. Los movimientos -postura, miradas, movimientos repetitivos- estaban muy trabajados y simulaban con gran naturalidad las características propias del espectro autista. Se entendió muy bien con Aksenova: la relación madre-hijo era el hilo conductor de la propuesta -de hecho, lo único real que vemos hasta el último acto-, y ambos consiguieron que esa conexión siempre estuviera presente para el espectador, incluso cuando no cantaban.

Magníficas y maléficas la soprano Bernarda Bobro y la mezzosoprano Stine Marie Fischer como hermanas, y la contralto Carole Wilson como la vieja Babarija. Especialmente impactante resulto la voz de Wilson y su siniestra intervención en la nana del primer acto. Notables Vasily Gorshkov como viejo y Nicky Spence como mensajero. Alexander Vassiliev y Alexander Kravets completaron el reparto como marineros.

La Princesa/Cuidadora (Olga Kulchinska) acude al auxilio de Gvidón (Bodan Volkov), abrumado por la multitud que a su alrededor simula la celebración del reencuentro con su padre (Ante Jerkunica, a la izquierda con traje azul). © Forster.

El Cuento del Zar Saltán cuenta con numerosas partes corales y varios interludios sinfónicos de gran riqueza. El coro cantó con un sonido compacto y contundente, mientras que la orquesta hizo justicia a la fama de experto orquestador de Rimski-Korsakov con una impecable interpretación, intensa y llena de color, tanto por parte de las diversas secciones (espectacular la profundidad de las cuerdas en la entrada del intermedio del acto segundo) como de los diversos solistas. La inspirada dirección de Alain Altinoglu (quien, por cierto, en el tercer acto apareció en el foso disfrazado de abejorro, con antenas y todo) se movió cómodamente por la diversidad de estilos que conviven en la partitura, desde las fanfarrias caricaturescas de los metales hasta los pasajes octatónicos que Rimski asociaba a lo fantástico, pasando por las reminiscencias de Scheherezade que encontramos en el segundo interludio o los destellos de fuego wagneriano en las maderas que, junto con un característico bajo en pizzicato, acompañan la aparición de la ciudad de Ledenets (y algunos años más tarde se convertirán en el sonido de la Kitezh transfigurada).

El próximo mes de septiembre la ópera estará disponible en streaming en la web de la Monnaie, no se la pierdan, es realmente una experiencia inolvidable.

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