Dije al almendro: «Hermano, háblame de Dios».
Y el almendro floreció.”
-Nikos Kazantzakis*, en “Informe al greco”.

El controvertido autor heleno de la afamada novela Zorbas el griego (adaptada al cine por Michael Cacoyannis en 1964) transmite su experiencia existencial-espiritual en su testamento literario, Informe al Greco. Veterano de vivir, embarrado de emociones y sucio de realidades, este soldado nos deja en su autobiografía más de una lección que el hombre de ciencias, lamentablemente muchas veces alejado de la estética, debería apreciar.

El génesis curioso (curiogénesis) del investigador está fuera de duda. Sin curiosidad no hay pregunta, y sin pregunta no hay más preguntas. Esto establece lo que conocemos como investigación, sin la cual no hay progreso. La necesaria ausencia de respuestas cerradas puede ser expuesta en otra ocasión. El científico se convierte en una especie de super-hombre, alejado de la realidad pero fundamental para el desarrollo y bienestar de ella.

Hay, sin embargo, otra facultad (desde el punto de vista de un servidor), que debería ser inherente al hombre de ciencias. Dado el importante rol del investigador, es natural (y necesario) que éste crezca en confianza acorde a su desarrollo profesional. La confianza puede llevar, no obstante, a un cierto sentimiento de superioridad con respecto al mundo externo a la caverna platónica del ideal investigador. Kazantzakis nos ofrece una vía de escape, un artificio previo (quizás paralelo) a la curiosidad: la humildad.

El credo del curioso nace de la humildad. Así, los dioses primigenios son los que hacen al hombre pequeño: las estrellas, las montañas, la lluvia, los animales y plantas. Al intentar acercase a éstos, nace la astrofísica (cimentada en la astrología), la geografía, la climatología, la biología. Previo a ser curioso, el hombre empequeñece. La búsqueda espiritual se convierte así en una búsqueda de conocimiento. Ambas estarán para siempre indudablemente ligadas. La abstracción de la realidad deífica a la curiosidad. El almendro alecciona al hombre con su simple presencia; también lo hacen las abejas y las rocas, y también los excrementos del burro que ha pastado a su sombra.

En su búsqueda personal de lo espiritual, Kazantzakis nos ofrece una religión alternativa. Una en la cual el mundo de las ideas y el del placer mundano no están desligados, sino que ambos se complementan y hacen completo al hombre. Lucifer, ven a mí y preséntame al arcángel San Gabriel. Sé que son buenos hermanos. El pecado se convierte en salvación, el camino recto se establece como equivocado. ¿Cómo escalar una montaña siguiendo un camino recto?

De la misma manera, el científico necesita equivocarse. El hombre que siempre está en lo correcto se hace grande y mirará desde arriba, el hombre equivocado será el que vea las cosas desde abajo. Ambos contribuyen al progreso. Sin embargo, es el segundo el que tiene la perspectiva para cambiar la base de las cosas, no limitándose a poner bloques sobre bloques, sino removiendo los cimientos y haciendo temblar las cimas. El humilde se convierte así en el correcto científico. El super-hombre necesita ser hombre: defectuoso, equivocado, confuso, pasional, frustrado. Y amante de las pequeñas cosas.

Al fin y al cabo, no podremos entender (ni cambiar) el mundo sin apreciar la belleza de la flor del almendro.

*En la más que recomendable adaptación al castellano de Carmen Vilela Gallego** encontramos el nombre de autor escrito como Nicos Casandsakis. Probablemente cuestión de fonética, ya que el apellido tal y como aparece en el título del presente artículo resulta bastante impronunciable.

** Informe al Greco, Nicos Casandsakis, Edición al castellano de Carmen Vilela Gallego. Kazantzakis Publications, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, SA), 2014.

Foto de portada (almendro): Isaac Hernadez Afonso

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Doctorando en Físico-Química por las Universidad de Utrecht y la Universidad Técnica de Eindhoven (Países Bajos)

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