Desde su aparición en pantalla allá en el año 1962, El ángel exterminador ha provocado reacciones muy variadas y críticas de la más diversa índole. La película está considerada, eso sí, una de las mejores del cine mexicano, un imprescindible de Buñuel y una de esas cintas internacionales que ningún cinéfilo que se precie se debe perder. En su momento ganó el premio de la Sociedad de Escritores del Cine en Cannes y el Premio Fipresci de la crítica internacional. Pero, como digo, existen opiniones muy diversas acerca de esta extraña y original cinta.

En primer lugar, es importante recordar algunos datos. Luis Buñuel es uno de los cineastas españoles más reconocidos a nivel internacional. Aragonés de nacimiento, se interesó por el cine desde muy joven. Después de su primera película, El perro andaluz de 1929, dirigió más de treinta películas a lo largo de su carrera cinematográfica. En España fue parte de la Residencia de Estudiantes, donde conoció y forjó una estrecha amistad con Salvador Dalí y Federico García Lorca; en París formó parte del grupo surrealista, integrado por artistas como André Breton, Max Ernst o Tristan Tzara, entre otros; también trabajó para varias productoras de Hollywood, y en la década de los 40, tras haber abandonado España durante la Guerra Civil, llegó finalmente a México, país en el que rodó la mayor parte de sus películas (entre ellas El ángel exterminador y Los olvidados, una de las mejores películas de la historia del cine, hecho que avala el que haya sido incluida por la UNESCO, junto a otras contadas películas, en el Patrimonio Cinematográfico de la Humanidad).

Pero la película de la que me ocupo hoy no es Los olvidados, sino El ángel exterminador. Esta película, filmada en 1962, fue producida por Gustavo Alatriste y contó entre sus actores principales con Silvia Pinal (protagonista también de la emblemática Viridiana), Enrique Rambal y Claudio Brook. Aunque el film fue en general bien recibido por la crítica, la extraña historia de estos personajes despertó reacciones diversas.

La historia comienza cuando un grupo de personas de la alta sociedad mexicana se reúne en la casa de una de ellas tras salir de una función teatral. Una primera consideración que es interesante tomar en cuenta es que al inicio de la película la llegada de estas personas a la mansión de la calle Providencia contrasta con la salida, prácticamente huida, del personal de servicio. Los cocineros y sirvientes se van apresurados porque “saben” que deben salir de la casa cuanto antes, “saben” que algo está pasando; y más allá de la incógnita de qué es lo que pasa en la casa (incógnita que no se resuelve en la película), es importante hacer notar el conocimiento de la situación por parte de un grupo de personas frente al desconocimiento o la ignorancia de otro. No creo que sea casual que quienes “conocen” el problema de la mansión de Providencia sean las personas más humildes y sencillas, frente a la acomodada burguesía que, pese a sus recursos, ignoran muchas cosas (aún hoy día es importante conocer y revalorizar lo que se suele llamar “sabiduría popular”, cada vez más desdeñada pero con un valor real inconmensurable).

El misterio se manifiesta cuando el grupo reunido se percata de que no pueden salir de la sala en la está teniendo lugar la reunión. ¿El motivo? Como ya decía, el motivo queda totalmente desconocido a lo largo de la película, pero la atención de la historia no se centra en el misterioso acontecimiento que imposibilita a todos los invitados salir de la mansión (o entrar a cualquiera de fuera), sino en las reacciones que un acontecimiento como éste provoca en los diferentes personajes. Y ahí es donde comienzan las múltiples interpretaciones y críticas.

Las diferentes actitudes que van adoptando cada uno de los personajes, incoherentes, surrealistas y sin sentido para algunos, son el puro reflejo de la condición humana para otros. El misterioso encierro deja a este grupo de personas, con el paso de las horas y los días, sin víveres. La comida y la bebida escasean, la falta de higiene se hace presente y la desesperación aumenta conforme transcurre el tiempo. La reacción de los personajes ante la situación pone a prueba los finos modales de la clase alta que a lo largo de la película va desprendiéndose del artificioso comportamiento social para dejar paso a las supersticiones, las pasiones, la desconfianza de todos y hacia todos, la competencia, los miedos y, sobre todo, a la incapacidad del grupo para organizarse y lograr una solución para poder salir de la casa.

De este modo, Buñuel explora en lo más hondo de la condición humana cuando existen condiciones extremas, y la incógnita que plantea en su película no es la del motivo por el que los personajes no pueden salir de la casa, sino la de por qué, aún en condiciones adversas, estas personas no son capaces de comunicarse, de ponerse de acuerdo y de priorizar la necesidad de encontrar una solución frente a los sentimientos y pasiones generados por la situación.

Cabría preguntarse aquí por lo que hubiera ocurrido si las personas encerradas no hubieran sido gente de la clase alta sino personas más humildes; si se hubieran quedado encerrados, en una situación similar, los sirvientes y cocineros. ¿Habrían encontrado una solución? ¿Se habría degenerado su comportamiento en pocos días al mismo nivel? ¿La respuesta a situaciones límite nos iguala a todos independientemente de nuestra condición social o éste es un factor decisivo en nuestro modo de afrontar problemas? ¿La falta de recursos económicos nos aporta otro tipo de recursos más “humanos”?

Tampoco estoy muy segura de hasta qué punto este tipo de cuestiones estaban presentes en la mente de Buñuel a la hora de rodar la película. Quizá, en parte, la historia no es más que un pretexto para explorar el curioso lenguaje cinematográfico de la repetición, que es, sin duda, la característica técnica más importante de esta película. Hay más de veinte escenas repetidas (eso sí, no con total exactitud)  a lo largo de la película; y es una repetición, la repetición de una misma postura de todos los personajes al compás de una misma melodía, lo que finalmente posibilita que este grupo pueda salir de nuevo de la mansión.

Como quiera que sea, El ángel exterminador, más de medio siglo después de su estreno sigue dando qué hablar y qué reflexionar. Al respecto, el compositor inglés Thomas Adès acaba de presentar hace pocos días su nueva ópera, The Exterminating Angel, basada en la película de Buñuel. No os perdáis mañana el artículo de mi compañero Elio Ronco al respecto de este estreno.

Camino Aparicio
Doctora en Filosofía especializada en la obra de Miguel de Unamuno y escritora vocacional. Publica principalmente relatos de ficción.
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