Por su carácter colectivo, el canto coral es el vehículo ideal para la música con inclinación espiritual, como demostró el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana en el concierto titulado Espiritualidad coral en el siglo XX: De Mompou a Britten. La cuidada elección de las obras recorría diversas nociones de espiritualidad: en Mompou y Britten encontramos textos de origen religioso (aunque como veremos luego, se trata de una visión muy particular de la religión, por lo menos en el caso de Benjamin Britten), mientras que Ralph Vaughan Williams y Veljo Tormis dan voz a la espiritualidad secular del pueblo, con textos populares el primero y una selección de textos con gran carga simbólica de Fernando Pessoa el segundo. La propuesta era original y arriesgada, y, precisamente por ello, junto con la excelente calidad de la interpretación, el breve concierto de domingo por la mañana en la sala pequeña del Palau se convirtió en una de las experiencias más estimulantes de toda la temporada. Es una lástima que la sala estuviera tan vacía y que (seguramente a consecuencia de ello) la respuesta del público fuera más bien tímida. Tanto la propuesta como el resultado merecían una sala llena y una recepción entusiasta. A continuación intentaremos explicar el porqué.

Mireia Barrera dirigió al Cor de Cambra del Palau de la Música en este programa.

El concierto empezó con las Dos ‘cantigas’ del rei Alfonso X y el Cantar del alma de Mompou, que sirvieron para demostrar la calidad del Coro, que lució una gran cohesión en el sonido. El coro contó con la participación de lujo del sensacional organista Juan de la Rubia. La segunda parte empezó con las Cinco canciones tradicionales inglesas de Vaughan Williams. A pesar de desentonar un poco en la temática del concierto, las canciones destacaron por la belleza de sus melodías y la originalidad de los arreglos del compositor, especialmente la segunda canción, The spring time of the year, en la que los cantantes ejecutan complicadas harmonías a boca cerrada, o la divertida Wassail. Pero lo más interesante, con diferencia, fueron las imponentes obras que clausuraban ambas partes. Esto (aparte del descanso del coro) justificaba la inclusión de una pausa en un concierto relativamente corto, ya que ambas obras necesitan cierto tiempo para considerarlas en perspectiva antes de escuchar más música -este es el problema de un arte que se desarrolla en el tiempo, uno no puede entender toda la obra hasta que esta ha acabado-. Empecemos por la obra que cerró la primera parte.

Las campanas como símbolo de espiritualidad

El compositor estonio Veljo Tormis. Foto: Raphaël Gianelli Meriano.

 

Estoy profundamente agradecido al Cor de Cambra por haberme descubierto la obra de Veljo Tormis, que por cierto falleció el pasado enero. Tornikell minu Külast (El campanario de mi pueblo) es una breve pero intensa obra, para coro, narrador y campanas, cuyo texto (cantado en estonio) es un canto a la libertad de los pueblos construido a partir de fragmentos del poeta portugués Fernando Pessoa. Aquí, los conceptos libertad y pueblo hay que entenderlos en un sentido amplio, no solo relacionados con la idea política de independencia -tan significativa tanto para estonios como para catalanes- sino sobretodo en referencia a la identidad cultural. Tal como explicó Mireia Barrera en su introducción, en la simbología de la obra el pueblo representa aquello pequeño, sagrado, privado de libertad bajo la amenaza de la ciudad, mientras que el campanario representa el espíritu humano, que perdura más allá de los conflictos. Evidentemente seria un error simplista entender la oposición pueblo/ciudad como una defensa de lo antiguo o de lo rural frente a la modernidad de las ciudades. Se trata más bien de dos tipos opuestos de perspectiva: “Porqué mi pueblo es grande como cualquier país. Porqué soy tan alto como lo que alcanzo a ver… y no simplemente tan alto como soy. La vida en las ciudades es más pequeña que aquí, en mi pueblo…Los grandes edificios obstruyen la vista en las ciudades. Nos hacen pequeños porque solo podemos captar lo que nuestros ojos nos pueden mostrar y nos hacen pobres porqué ver es la única cosa que nos hace ricos”. Es fácil reconocer en estas palabras del narrador la impotencia de una pequeña nación que en 1978 lucha por su identidad contra un gigante como la Unión Soviética.

Estructuralmente la obra integra de forma muy efectiva la presencia del narrador dentro de la partitura, envolviéndolo con cantos del coro. Aquí merece una mención el actor Jacob Valltramunt, que hizo una labor estupenda recitando el texto con claridad, naturalidad y sentido dramático. Las campanas (a cargo de Robert Armengol) y los obstinados del coro crearon una atmósfera única para las melodías ancestrales usadas por Tormis. Como ya contamos en relación a la música del también estonio Arvo Pärt, el sonido de campanas juega un papel de icono auditivo en la liturgia ortodoxa: son el único instrumento utilizado y representan la expresión de júbilo y triunfo de la Iglesia de Dios. Es natural que Tormis se sintiera atraído por la simbología del texto y por la posibilidad de usar un sonido con una connotación tan profunda para él y su público. Si la vista no me engañó, lo que parecían ser micrófonos sugieren que el concierte podría retransmitirse por radio en un futuro. Si así fuera, actualizaríamos la página con el enlace para que disfruten de la magnífica versión. Mientras tanto, la obra se puede escuchar en este podcast de la radio de Estonia (del minuto 9:28 al 23:30), se lo recomiendo.

La espiritualidad mundana de Britten

Benjamin Britten en la reconstruida catedral de Coventry.

Después de la impresión causada por la obra de Veljo, y con las canciones de Vaughan Williams para reponernos, nos esperaba la cantata Rejoice in the Lamb, para coro, solistas y órgano. Britten la escribió como encargo en ocasión del cincuenta aniversario de la consagración de la iglesia de St Matthew, en Northampton. Pero igual que sucedería años más tarde con su famoso War Requiem -escrito para la reconsagración de la catedral de Coventry-, la elección del texto es muy significativa y acorde con su particular espiritualidad. Conviene recordar las palabras del propio Britten ante el tribunal en el que se registró como objetor de conciencia: ‘No creo en la Divinidad de Cristo, pero pienso que sus enseñanzas son profundas y su ejemplo debería seguirse‘. Entonces no es casualidad que en el texto, una adaptación del poema Jubilate Agno de Christopher Smart, no se encuentren referencias a hechos de divinos. Su alabanza es indirecta, a través de las criaturas de la creación y sus virtudes: la belleza de los movimientos del gato Jeoffry, la valentía del ratón, la poesía de las flores y, finalmente, los instrumentos y su música.

La partitura es positiva y festiva -a excepción de un inquietante fragmento en el que cita musicalmente a su amigo Dmitri Shostakóvich-, con el característico tratamiento vocal del compositor que consiste en una dicción natural y directa. El ejemplo más claro es la segunda parte de la introducción: después del andante misterioso inicial encontramos súbitamente un fragmento marcado con brio y forte, en compás asimétrico de siete tiempos que permite reproducir la prosodia natural de la frase Let Nimrod, the mighty hunter. Esta frase solemne de dos compases alterna con otra en compás simétrico de seis tiempos, en planísimo y con notas muy breves, lo que incrementa la velocidad del texto, creando un divertido contraste. Muchos coros fracasan ante tal complejidad y acaban ofreciendo una versión deshinchada y lenta, casi contemplativa, totalmente opuesta a las intenciones de Britten (en youtube hay multitude de ejemplos). No fue el caso del Cor de Cambra del Palau, cuyo excelente nivel le permite hacer frente a los constantes cambios de compás y adoptar la dicción adecuada para cada frase, sea cual sea la velocidad. Con los aspectos técnicos garantizados, Mireia Barrera consiguió una versión ideal, con gran vitalidad, fuertes contrastes y sutileza en la prosodia, asistida con igual energía por un inspirado Juan de la Rubia desde el órgano. Las intervenciones de los solistas redondearon una interpretación de referencia: Irene Mas alabó las gracias del minino Jeoffrey con una voz preciosa y un sugerente fraseo; Mariona Llobera nos contó sobre los ratones con una impactante voz de alto; el tenor Aniol Botines nos habló de las flores con un timbre menos interesante que el de sus compañeros, pero con igual musicalidad; y, por último, el bajo German de la Riva exhibió un amplio y sólido registro en la difícil parte que le reserva Britten sobre las letras del alfabeto.

 


Domingo 28 de mayo de 2017. Petit Palau, Barcelona.

Espiritualidad coral en el siglo XX: de Mompou a Britten
Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana
Robert Armengol, percusión.
Jacob Valltramunt, narrador.
Juan de la Rubia, organista.
Mireia Barrera, directora.

Frederic Mompou
Dos cantigas del rey Alfonso X  el Sabio
“Santa Maria strela do dia”
    “Ben sap’a que pod’e val”
Cantar del alma
Araceli Esquerra, soprano

Veljo Tormis
Tornikell minu Külast (El campanario de mi pueblo)
Maria Genís e Irene Mas, sopranos

Ralph Vaughan Williams
Five english folk songs

Benjamin Britten
Rejoice in the Lamb
Irene Mas, soprano
Mariona Llobera, contralto
Aniol Botines, tenor
German de la Riva, bajo

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