Podría comenzar este artículo citando a Pierre Bourdieu y su ya clásico libro “La distinción. Criterios y bases sociales del gusto”, escrito en 1979 y que realiza un acercamiento desde la sociología y la psicología social a los conceptos del gusto cultural y las interacciones sociales que se general alrededor de este objeto de estudio. Sin embargo, sería ésta una manera de establecer entre quien esto escribe y quien sea que lo lea, precisamente, una distancia y de remarcar esa distinción del otro de la que habla Bourdieu. La cita hablaría más de mí, por el mero hecho de haberla elegido, que de la idea que quiero desarrollar. De hecho, resulta verdaderamente complicado citar a otro sin establecer esa diferencia, sin incluirse en un grupo social determinado por ese gusto o capital cultural. La paradoja, pues, resulta inevitable si una quiere arrancar el artículo con una referencia a lo que ha dicho o escrito otro. Pero, asumiendo esta inevitabilidad, prefiero (perdóname Bourdieu) utilizar una cita de Groucho Marx para resumir la idea que iré desarrollando más adelante: nunca pertenecería a un club que me admitiera como socio.

Citar a Marx sigue hablando de mí, no tanto por la mención en sí, sino porque al citarlo decido dejar de aludir a otros. La referencia me une a quien también pueda conocerla y, de esta manera, proyecto una imagen de mí misma que no es más que la que yo decido proyectar. No dice demasiado sobre mí, pero es suficiente para que el lector se haga una idea de mi bagaje y mi consumo cultural. Pero esto no es más que una ilusión, porque, en realidad, no sé de dónde sale la cita, no he visto más que una película de los hermanos Marx y me sé la frase de habérsela oído a alguna otra persona, ya que forma parte de lo que llamamos el imaginario común. Así, la imagen de mí misma que pretendo mostrar no dice nada sobre mí. Podría haber escogido una frase de algún gag de Los Morancos, ya que he consumido más sketches de estos últimos que de los anteriores. Sin embargo, habría quien, nada más leer la referencia a este dúo de cómicos, dejaría el artículo de lado, por la simpleza que se le presupone a quien tiene semejantes gustos.

Esto es, precisamente, lo que ha sucedido los últimos días con la plataforma de cine online Filmin que se caracteriza por incluir en su catálogo cine de autor y cine independiente, aunque también tiene disponibles títulos de lo que hemos venido en llamar cine comercial. Filmin se distingue de otras plataformas similares en que pone a disposición de sus usuarios películas y documentales que no se encuentran en otras más relacionadas con el entretenimiento. La plataforma, pues, establece una distinción entre sus clientes y los del resto de las plataformas. Hacerte socio de Filmin en vez de Netflix, por ejemplo, dice, por tanto, “algo” sobre ti, aunque la cuota mensual sea similar y nadie más que tú sepa qué es lo que consumes y cómo lo consumes.

Pero parece que Filmin ha ofendido a sus usuarios incluyendo en su catálogo la saga de Torrente. Resulta ahora que, volviendo a Groucho, hay personas que ya no quieren formar parte del club en el que nadie les puso pegas ni les pidió referencias curriculares para entrar. La ofensa parece ser, entonces, no tanto que la plataforma ofrezca la posibilidad de ver estas películas (que es a lo que se dedica), sino en compartir espacio, aunque sea éste simbólico y virtual, con algo que huela a lo que supongo que los ofendidos llamarán “baja cultura”. Con la sola inclusión de la saga, Filmin ha conseguido que algunas personas se den baja como usuarios porque ya ni eso les queda para distinguirse del vulgo y no quieren seguir perteneciendo a un club que les admitió como socios.

Supongo que el pecado de Torrente es haber sido la película más taquillera del cine español hasta que fue destronada, creo, por Ocho apellidos vascos y, si lo ve tanta gente, tiene que ser malo. Claro, no sirve con que a uno le guste lo que le dé la gana, sino que es necesario (¿dónde estaría, si no, la distinción?) que a uno le guste lo que les gusta sólo a unos pocos. La paradoja está, sin embargo, en el democrático acceso a la cultura que facilita internet (y ocho euros al mes) y que pone a nuestro alcance miles y miles de películas. Y así seguimos, parece ser que encantados de mantener ese halo de elitismo pequeñoburgués de la distinción entre alta y baja cultura, en vez de permitir que cada cual consuma como quiera la ingente cantidad de material cultural y de entretenimiento que tenemos a nuestro alcance. Resulta, sin embargo, paradójico que, en este maremágnum, haya quien pretenda distinguirse del otro por el hecho de ver una u otra película desde el sofá Ikea de su casa. Y, por terminar con una referencia cinematográfica, “música para ahogarse. Ahora sé que estoy en primera clase”, decía el personaje de Leonardo di Caprio en Titanic. Por cierto, ¿se puede ver en Filmin?

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