La música de las fronteras de Andorra: Vera Martínez y la ONCA

La música de las fronteras de Andorra: Vera Martínez y la ONCA

El concierto en el Petit Palau que el pasado jueves 21 de marzo nos presentaron la Orquesta Nacional Clàssica d’Andorra (ONCA) y Vera Martínez (primer violín del Cuarteto Casals) como concertino-directora invitada tenía un formato algo distinto al que estamos acostumbrados. Documentado con archivos e imágenes del Principado de Andorra a través de un proyector y la voz de un narrador, Gerard Claret –fundador y concertino-director de la ONCA, así como hermano del también conocido chelista Lluís Claret-, la orquesta mostró una visión de Andorra como país neutral en la primera mitad del siglo XX con obras de distintos estilos.

Encabezada por un fragmento del Manual Digest muy bien declamado por el narrador, que hablaba de los árboles y el caudal de un río, la primera obra interpretada fue la Serenata para cuerdas op 20 de Elgar, que reflejaba una sensación de paz y serenidad bucólica utilizando melodías delicadas y agradables, y se identificaba con la imagen que tenemos de Andorra como país neutral. La imagen proyectada de los agricultores de 1932 llamada «L’hora del batre» reafirmaba esta idea.

El tema de la segunda pieza fueron los refugiados y en pantalla apareció un fragmento de un artículo de la prensa francesa que hablaba del tema, escrito por la periodista Isabelle Sandy en 1939. La obra elegida para empatizar con la causa, esta vez fue el Langsamer Satz en mi bemol mayor de Anton Webern, de una armonía mucho más densa y romántica que la obra anterior, y que transmitía emociones como la melancolía, ansiedad o el desasosiego. En la interpretación de la obra no sólo las melodías en modo menor y las largas progresiones en crescendo y reflejaban todo esto, sino que incluso los pizzicato del acompañamiento estaban imbuidos por la atmósfera. Los trémolos impetuosos y los legatos vibrantes de todo el arco también contribuyeron a perpetuar el carácter.

Continuando con el orden de menor a mayor tensión, la tercera obra que tocaron fue el conocido cuarteto de cuerda de Shostakovich número 8 en do menor, interpretado a gran escala con la formación de camerata y dedicado en su tiempo por el mismo compositor a «Las víctimas de la guerra y el fascismo». La temática de la tercera parte del concierto fueron «Els passadors», personas que residían en las fronteras y se encargaban de pasar los refugiados de guerra desde un país al otro.

Se podía visualizar y empatizar fácilmente con todas aquellas personas que habían practicado este oficio – y el gran peligro que habían sufrido en el proceso- por el relato que nos mostraron a través de las imágenes y la ambientación de la orquesta con la música de Shostakovich: una fotografía mostraba una bandera nazi en la frontera mientras que la música, disonante y en tensión, repetía una y otra vez la firma del compositor –re, mib, do, si– como si de una sentencia amenazante de muerte se tratara y forzara a las víctimas de la guerra a emprender una aterradora huída por la supervivencia.

La interpretación de Vera Martínez y de la ONCA fue muy notable, especialmente incentivada por el gran liderazgo de la solista. Las entradas, realizadas con gran elocuencia, acompañaban e indicaban el carácter de las frases y se podía percibir una gran sincronía y entendimiento entre todos los músicos. En los momentos de más tensión utilizaba algunos recursos como el vibrato estrecho y presión en el arco -al estilo mesa di voce- o también con el arco muy lento a la punta podía obtener un sonido limpio, contínuo e intenso, como por ejemplo hizo en el tránsito del tercer al cuarto movimiento. El segundo movimiento, con su particular tema juguetón de una sátira oscura, lo expresó con una articulación saltada y muy precisa, utilizando poquísima cantidad de arco en el centro. La solista de violonchelo desempeñó también un gran papel como intérprete en sus diálogos con la orquesta.

Ray Chen y Xian Zhang se adentran en el mundo de la ficción

Ray Chen y Xian Zhang se adentran en el mundo de la ficción

A un día de la gala de los Oscars de este año, el 23 de febrero tuvimos el placer de disfrutar en la sala 1 de L’Auditori de un concierto ambientado en las bandas sonoras, puesto que dos de los compositores programados fueron premiados en su dia con una estatuilla. La OBC, dirigida por la reconocida directora Xian Zhang, interpretó en la primera parte del concierto la Internet Symphony núm. 1 de Tan Dun y el concierto de violín de E. W. Korngold, protagonizado por el violinista Ray Chen, y en la segunda parte la suite sinfónica Shéhérazade, de Rimski-Kórsakov.

La obra de Tan Dun, compuesta para que pudiera ser retransmitida y colgada en Youtube –y por lo tanto de poca extensión si la comparamos con una sinfonía clásica-, nos recuerda al mundo de las bandas sonoras, por ser una obra efectista, con gran cantidad de contrastes, y donde se utiliza mucho la percusión, algunas técnicas de instrumentos como los pizzicatos de la cuerda y glissandi de los vientos con y sin sordina, así como trémolos en el arpa etc. Un instrumento que llamó mucho la atención y a primera vista se podría indentificar erróneamente como percusión oriental serían los frenos de disco, colgados como si fueran un gong entre la percusión, y que introducen una sonoridad particular al conjunto, igual que lo hacen el sonido de las llantas y en general efectos acústicos relacionados con automóviles, que ambientan la obra en la sociedad contemporánea. La OBC supo interpretarla de manera muy resolutiva y dinámica, funcionando muy bien como pieza introductoria del concierto.

Inmediatamente después llegó el turno del Concierto de violín de Korngold con la entrada de Ray Chen al escenario, violinista internacional de gran acogida mediática -también en plataformas como Youtube o Instagramhaciendo su segunda aparición en el Auditori (la primera en 2017 con la Serenade de Bernstein, artículo aquí), y quien con su habitual energía, simpatía y gran presencia en el escenario, cautivó al público desde el primer momento.

La imagen de Ray Chen en el Auditori, comentada con gran sentido del humor por el solista, se ha convertido en un meme que se ha expandido rápidamente por las redes sociales incluso al día de hoy, dando lugar a imágenes muy creativas.

Comentario del violinista: «Al principio estaba feliz de haberme convertido en un meme. Ahora no estoy seguro. Pero yeah, como mínimo impresionado». Más adelante incluso explica cómo editar la fotografía original.

El Concierto de violín de Korngold, de gran delicadeza y lirismo, reutiliza temas de las bandas sonoras del mismo compositor como Juárez y El príncipe y el mendigo, que nos remite al sonido de las primeras películas de Hollywood románticas y de acción, con pasajes muy melódicos de la cuerda tocando al unísono en los temas románticos y pasajes brillantes con una escritura tipo fanfarria en los temas de acción. Ray Chen optó por iniciar el tema de Another Dawn en el primer movimiento con un sonido y vibrato muy amplios (tal vez para imitar la sonoridad del violinista que estrenó el concierto en el año 1947 -Jascha Heifetz-, para proyectar mejor en la sala -relativamente seca-, o ya bien por preferencia de estilo), sonido que reguló gradualmente en los siguientes movimentos. El violinista sobresalió por su gran control del arco y de los matices. En tan sólo cuestión de momentos, y de una forma muy pulcra, pasaba de tocar con una gran densidad sonora, peso y velocidad de arco a cambiar una sonoridad muy sutil en pianissimo con un arco ligero y poquísima cantidad de arco, contribuyendo a una interpretación con una gran cantidad de registros y sensaciones. El tercer movimiento destacó especialmente por la gran soltura e ímpetu con que tocó los pasajes virtuosos a toda velocidad y la sensación que transmitía al público de estar disfrutando a cada momento.

Después de unos entusiastas aplausos del público, interpretó de bis su «capricho preferido» de Paganini, el número 21 y una especie de fantasía para violín solo con el tema de Waltzing Matilda, el himno no oficial de Australia, de donde es originario el intérprete, y que según él lo interpreta en todos los auditorios donde toca para llevarse un trocito de su tierra natal consigo. Ambos bises fueron ejecutados con una gran destreza y sensiblidad. Un momento muy memorable del Waltzing Matilda, fue cuando salió el tema australiano tocado sólo con harmónicos después de la melodía del Dies Irae. En ese instante, tanta era la emoción contenida en la interpretación y la transparencia e ingenuidad de la melodía, que no se oyó ni un sonido de parte del público; todo el mundo contuvo la respiración para no perderse ni un detalle. Esta última pieza, arreglada para cuarteto de cuerda, la podemos escuchar en su disco The Golden Age con arreglos de Kreisler y Heifetz y en su canal de Youtube. Recomiendo mucho su escucha.

La directora Xian Zhang, por su parte, realizó un trabajo excepcional -exhaustivo y detallista- con la orquesta. La OBC, seguramente en parte motivada por su liderazgo, presentó muy buenos resultados; el sonido de las secciones fue unánime y con carácter, y los solos de los diferentes instrumentistas de una gran calidad. En cada una de sus intervenciones despertaban interés, sin que se hiciera pesada su escucha en ningún momento. En Shéhérazade el concertino –Vlad Stanculeasa- se distinguió en sus solos, con una interpretación muy elegante, cuidada y expresiva, que encajaba muy bien con las sonoridades de la orquesta.

Después del resultado del concierto, espero que tanto la directora como Ray Chen sean invitados de nuevo y vuelvan pronto a L’Auditori o a otra sala de conciertos de Barcelona para que podamos disfrutarlos una vez más.

Los «Espejos sonoros» del Cuarteto Quiroga

Los «Espejos sonoros» del Cuarteto Quiroga

El Cuarteto Quiroga presentó el pasado día 12 en el Palau de la Música de Barcelona un repertorio muy singular y muy contrastante de compositores de épocas distintas, Haydn, Arriaga, Bartók y Ginastera, cada uno con un estilo diferente pero todos con intención común: reflejar los ritmos y el espíritu de la música popular.

Desde la primera nota del concierto, el Cuarteto destacó por su gran equilibrio entre todas las voces, mostrando una sonoridad única enriquecida por la textura de la formación. Las respiraciones entre las frases y cambios de tempo eran tan naturales y estaban tan integradas en cada músico, que no hacía falta ningún contacto visual entre los músicos para comunicarse. Ejemplos de este sentimiento colectivo lo tuvimos en el Andante del cuarteto de Joseph Haydn núm. 1 en Do Mayor, donde al sonido inicial del chelo se le fueron añadiendo todas las voces de forma progresiva, como si de una continuación del sonido se tratara, sin que nada pudiera perturbar la frase, ni siquiera el registro particular de los propios intérpretes. Al mismo tiempo los contrastes de matices y el vibrato contenido encajaban perfectamente con el estilo -vivo y diáfano- del movimiento. El carácter ternario del Minuet se reflejó en su articulación corta y el peso en el talón del arco al inicio del compás y en sus momentos dinámicos y expresivos fácilmente bailables. En el Finale-Vivace se oían claramente percutir los dedos de la mano izquierda del primer violín en sus semicorcheras volátiles, ligeras y con gran velocidad de arco en un momento fugado, y por el contrario el sonido rústico y pesado de la danza popular vienesa del mismo movimiento se dejaba entrever por todo el cuarteto con gran énfasis en los acentos y articulaciones.

Con la introducción del quarteto de Béla Bartok núm. 2 se produjo un cambio bastante radical de estilo, donde tuvimos un vibrato más intenso, momentos sul tasto con glissandos y sordina tan sutiles que los integrantes apenas tocaban con un par de cerdas (o pelos) del arco en el Moderato; contrastes bruscos, spicattos y pizzicatos «Bartok» en el Allegro molto capriccioso; y sonoridades disonantes a dos violines que se intercambiaban con su contrapartida en el registro grave -de la viola y el chelo- en largos crescendos en el LentoTodo esto sin perder la conexión interna del cuarteto en ningún momento.

En la segunda parte interpretaron el Cuarteto núm. 1 en Re menor de Juan Crisóstomo de Arriaga, compositor geográficamente más cercano que los dos anteriores, del País Vasco, que con un estilo bastante cercano al de Mozart y Haydn con la incorporación de elementos del folclore de su tierra. El cuarteto optó, sin embargo, por una interpretación romántica de este repertorio. Destacable fue la melodía en tiempo ternario del útimo movimiento por su sencillez y elocuencia.

El útimo cuarteto, interpretado con una entrada muy enérgica, presión del arco, y vibrato amplísimo, casi distorsionado en cuerda sol del violín primero -que bien podría parecernos al sonido de una guitarra eléctrica- fue muy diferente al resto del concierto. En el Cuarteto núm. 1 op 20 del compositor argentino Alberto Ginastera, el más contemporáneo de los cuatro, encontramos una gran variedad de efectos; momentos «sul ponticello», glissandos de notas reales y  de armónicos, bariolajes minimalistas, pizzicatos de mano izquierda, patrones rítmicos de dos contra tres, escalas modales y momentos de armónicos o sonoridades disonantes de notas largas que bien nos podrían recordar de momentos a la música de Shostakovich como por ejemplo en el destacable tercer movimiento Calmo e poético.

Para complementar el concierto, y en la misma sintonía de canciones popularon tocaron de encore un arreglo para cuarteto de una canción tradicional gallega, que amenizó la velada con un espíritu alegremente festivo.

Un paseo con la Tonhalle Orquesta entre poleas

Un paseo con la Tonhalle Orquesta entre poleas

La antigua fábrica de engranajes Maag convertida en un edificio de salas de conciertos, tiene un singular encanto. Los arquitectos de la firma Spillmann Eschle Architekten se aseguraron cuando la adaptaron que se siguiera percibiendo su significado inicial, su funcionalidad industrial. Una polea enorme en la sala de espera, el guardaropa con percheros de hierro y el horario de los trenes, y las estancias grises con carteles colgados por cables son algunos de los ejemplos que hacen de la Maag Halle de Zürich un edificio con un aire moderno y distendido, abierto para todos los públicos y con un concepto nuevo que dista mucho del aire elitista típico de las salas de concierto. El auditorio, contrastante con el resto, es una gran caja hecha de madera de abeto barnizado donde se le han colocado asientos y un escenario, y es la sede provisional de la Tonhalle-Orchestre Zürich en el proceso de renovación del Tonhalle y el Kongresshaus Zurich.

En este mismo espacio se celebró el pasado sábado 15 de diciembre un concierto con la Tonhalle-Orchestre Zurich y su Artist in Residence, la violinista internacional Janine Jansen.

El primer sonido del concierto, procedente de la overtura de la ópera rusa de Michail Glinka «Ruslan und Ljundmila», presentó a la orquesta con una acústica llena y vibrante. La orquesta demostró desde el principio una interpretación activa, vital, en que cada uno de los músicos al borde de la silla, se sumergía en las obras y en el sonido de ensemble en general, revelando una gran conexión su el director, Daniel Blendulf, y culminando en una interpretación muy entusiasta de la Sinfonía número 5 de S. Prokofiev. La violinista Janine Jansen, hizo su aparición en la segunda obra, el concierto para violín y orquesta del compositor sueco Anders Eliasson titulado «Un camino solitario», una obra llena de elementos diversos y texturas cambiantes, en estado permanente de transición, que según Mischa Greuli -quien dio un pequeño speech de introducción a la pieza-, refleja nuestro estado de ánimo en la vida y la conclusión de que en el tránsito de nuestra existencia al final siempre nos sentimos solitarios. Janine Jansen, sugirió este estado espiritual con la interpretación de un sonido redondo, mullido, preparando los ataques del arco con ayuda de un vibrato amplio, y de esta manera desdibujando los contornos de las partes o secciones de la obra y creando un estado de confusión e incertidumbre interior en que el viajero se encuentra.

Tjeknavorian en el Petit Palau

Tjeknavorian en el Petit Palau

El ciclo «Rising Stars» de ECHO, la European Concert Hall Organisation, en la cual están englobados el Auditori y Palau, tiene como objetivo que jóvenes artistas de gran nivel puedan mostrar su talento en algunas de las salas de concierto más importantes de Europa. Este año en el Petit Palau hemos tenido tres conciertos del ciclo: la actuación del Quartor van Kuijk, el concierto de percusión de Christoph Sietzen y por último, el recital del pasado jueves 17 de mayo de Emmanuel Tjeknavorian de violín solo.

El violinista desmostró desde el principio del concierto, en las cuerdas dobles de la «Aurora», sonata nº 5 en Sol Mayor de E. Ysaÿe, un gran nivel técnico y precisión en la afinación, proporcionado por unos cambios de posición limpios y cuidado en el sonido de la mano derecha. Tocó asimismo la «Danza Rústica» (el segundo movimiento de la sonata) de manera desenvuelta, remarcando mucho el estilo folklórico de la danza, con sus notas picadas, acentos y saltos.

Sin embargo, en la segunda pieza, la «Ciaccona» de la Segunda Partita en Re bemol de J.S.Bach, ya fuera porque es una obra habitual y casi obligada en el repertorio de violín y quizás la hubiera interpretado muchas veces, nos transmitió una versión un poco superficial, plana en matices y con un sonido algo uniforme, tal vez propiciado por el abuso de vibrato dentro de un estilo que no lo requiere, el barroco. Aquí también entraría en juego la técnica rusa y cómo se aplica la misma manera de tocar a todas las obras, independientemente del estilo, creando versiones en que se prioriza la técnica a la obra y su contenido. Por otra parte se podría decir que se echaba en falta un trabajo de indagación en la dirección e introspección de las voces, un análisis profundo, y en el plano sonoro, proyección y profundidad en los bajos, desde donde se podría ampliar la resonancia y harmónicos del violín, también teniendo una visión vertical, desde la sucesión de acordes estructurales de la obra etc. En el «Tempo di Ciaccona» de la Sonata de violín de Béla Bartók, la interpretación de Tjeknovarian fue en un registro más externo, es decir, de una gran intensidad y volumen de sonido, que si bien hubiera funcionado si se hubieran alternado y contrastado con otro tipo de registros, más delicados e íntimos, al estar en el mismo plano resultaba un poco repetitivo .

Quedaba demostrado, sin embargo, que esta falta de trascendencia en las interpretaciones no se debió a una limitación técnica, ya que en la obra de Ysaÿe el trabajo fue muy distinto, más completo, igual que lo fue en la obra más contemporánea del programa, la Suite des Alps op.36, de Christoph Erenfellner. Esta pieza, dedicada a Tjeknavorian y de gran virtuosismo, se ejecutó de manera grácil y simpática y obtuvo una gran acogida en el público. En la obra se podían distinguir auditivamente cánticos pastorales y ritmos de valses y polcas vieneses, mientras que en el violín utilizaba multitud de recursos del instrumento, glissandos, melodías hechas con armónicos, trémolos sul ponticello, pizzicatos de mano izquierda, ricochet (arco saltado), bariolaje (alternancia rápida de cuerdas) y cambios de sonoridades como resultado de variar el punto de contacto del arco con las cuerdas al igual que la distacia entre el arco, el batidor y el puente. Pasaba de momentos líricos contemplativos, parecidos a la sonoridad inicial de la «Aurora» a otros mucho más disonantes o atonales, con muchos «efectos» y sensaciones producidas por el violín, como por ejemplo golpeando la caja del intrumento a modo percusivo. Otros simplemente fueron pasajes de figuraciones rápidas a gran velocidad, como pudo ser el último movimiento.

La obra con más reclamo fue la última del programa, una obra que no se suele interpretar mucho por su gran complejidad, pero cuando se hace suele tocarse de bis. Se trata del Tema y variación sobre la canción irlandesa «The last rose of summer». Esta obra de gran delicadeza  y compuesta en el periodo romántico por Heinrich W. Ernst fue interpretada de manera algo acelerada e irreflexiva, de manera que poco se distinguía de un estudio técnico.

A modo conclusivo, diríamos que el mensaje que nos transmitió el violinista, incluso demostrando con creces un gran dominio técnico y actitud en el escenario, salvo algunos momentos concretos, fue el de exhibición, ya fuera por la elección de un repertorio puramente virtuoso o la interpretación de este como si sólo tuviera el fin de resaltar al intérprete sin profundizar en la obra y su estilo. Tristemente, ese mensaje, posiblemente válido para algunas competiciones, es muy pobre en un concierto y menos para alguien tan joven y en periodo de aprendizaje y nos da una visión muy parcial de la música tanto a nosotros como al solista. Es por eso que quizás la elección de un repertorio menos pretencioso hubiera sido más acertado tanto para indagar más en la musicalidad y contenido de las interpretaciones como para el crecimiento personal del solista.