En el susodicho espectáculo, Drag Sethlas se disfrazaba de monja, aparecía crucificado… Determinados colectivos religiosos (y no sólo cristianos), han manifestado su repulsa a esta gala y han tachado lo ocurrido en ella de blasfemia. Incluso, desde plataformas no-religiosas se ha tildado lo ocurrido de, cuanto menos, carecer de buen gusto.
Los defensores de la perfomance consideran que la libertad de expresión les ampara y que, además, el carnaval es propicio para este tipo de situaciones. El carnaval es una fiesta de transgresión.
Lo cierto es que, sin ánimo de pretender ser políticamente correcto, en este caso hay una parte de razón en cada esquina.
Nelson Rodriguez Moreno, Drag Sethlas, atendiendo a la prensa. EFE/Elvira Urquijo
De una parte, es bien cierto que la recreación llevada a cabo puede ser considerada blasfemia. La religión cristiana es fideísta y la fe se fundamenta en una convicción. La caricaturización, sea con los fines que sea, de una escena religiosa supone un cierto quebranto en la credibilidad de una fe. Aunque quién caricaturice pueda no ser creyente, esto no lo exime, desde la perspectiva religiosa, de tomar con seriedad (y la palabra no es aquí baladí) aquello que, stricto sensu, es serio. Por ende, es perfectamente comprensible el enfado que suscitó esta representación en determinadas comunidades de creyentes.
Por otra parte, el carnaval ha sido, tradicionalmente, una excepción a la regla. El carnaval significaba una válvula de escape: al igual que otras festividades europeas extintas como la Fiesta de los locos, representaba la instauración de un mundo al revés. Según dicho mundo, el poderoso obedecía al débil y viceversa. En este contexto, la blasfemia religiosa era una constante. Sin embargo, cabe recalcar que toda blasfemia entraba dentro del tiempo de una festividad PERMITIDA. En sociedades oscurantistas como lo eran, por ejemplo, las del medievo-tardío en Europa, el carnaval permitía sacar a relucir una vis cómica y profundamente transgresora de la vida que les permitía soportar el resto de año de observancia a unas reglas muy estrictas. Es decir, el carnaval significaba una algarabía que merecía la pena.
Pieter Brueghel- De strijd tussen Carnaval en Vasten (1559)
Si atendemos a lo escrito, se podría pensar que no cabe duda: Drag Sethlas y sus defensores tienen razón. An fin y al cabo: ¡era carnaval!
No obstante, tengo una noticia que dar: el carnaval ya no existe. Debe observarse que he escrito sobre esta fiesta en pasado. Es cierto: en infinidad de rincones del mundo se celebra cada año durante unos días una festividad denominada carnaval. Sin embargo, el espíritu de éste, hoy en día, dista mucho de su potencial transgresor original. Aún quedan recovecos de este origen en celebraciones como las Chirigotas de Cádiz, por ejemplo. En ellas se ofrece una visión cómica de diferentes asuntos de la «seria» actualidad. No obstante, el contenido principal del carnaval se puede resumir, actualmente, en ser una gran fiesta de disfraces. Y si no, ¿qué pregunta le haces cada año a tus amigos cuando llega carnaval? Casi con toda seguridad: si se va a disfrazar o no y, en caso afirmativo, en qué consistirá su disfraz.
En el carnaval de antaño también había disfraces. Pero esos disfraces eran un mero reflejo estético de una intención mucho más profunda: la inversión de su mundo. En cambio, en general, los disfraces de hoy en día no tienden a ir más allá del goce estético de «cambiar de look».
Por ello, cuando alguien se acoge a la significación original del carnaval, como hizo Drag Sethlas, para transgredir el orden de la religión, es vilipendiado. Porque hoy ya no es el tiempo del carnaval.
¿Qué razones explican este cambio histórico? Obviamente, escribir sobre ello daría para mucho más que un artículo de magazine. No siendo tema fácil, es posible aventurar que este cambio en el fenómeno guarda relación con algún cambio en las sociedades occidentales. En concreto, con el hecho de que muchas de las reglas existentes hoy en día son más «líquidas» que antaño (utilizando la terminología de Zygmunt Bauman). En las democracias occidentales de hoy, ninguna regla guarda una observancia tan estricta como antaño. Esto que, en principio, debe ser considerado como un rasgo positivo, tiene un oscuro reverso. La difuminación de la regla ha impedido observar, también, cuando se produce una transgresión. Y lo que es más importante: ha impedido comprender la importancia social que esta transgresión puede llegar a tener.
Más allá de las razones que expliquen el porqué hoy no entendemos el significado del carnaval, lo cierto es que hoy cualquier ambiente cultural se está tornando irrespirable. Cabe recordar, según lo que he expuesto, incluso las sociedades feudales toleraban la blasfemia puntualmente. Y eso no quita que siguiera siendo blasfemia en el marco de reglas religioso. Simplemente: la presión social debía evadirse por algún lado.
Quisiera terminar este artículo abogando por la modestia. Según lo veo, la modestia intelectual se opone a la corrección política actual. Cada vez con más frecuencia, cuando se analiza una cuestión, se quiere ir mucho más allá de las evidencias. La única intención de este artículo es tratar de comprender porque se ha armado tal revuelo con Drag Sethlas. Creo que esto sólo se puede llegar a ver si se entiende que el carnaval ya no existe. Y pienso que esto es una pena: nadie nos avisó. Tal vez, este espacio pueda significar el germen de una reflexión más concienzuda sobre las ventajas e inconvenientes de una sociedad «líquida».
El pasado fin de semana saltó la noticia de que Donald Trump había rechazado asistir a la tradicional cena de periodistas que tiene a bien organizar la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca desde los años 20 del pasado siglo. Por esta cita han pasado casi todos los presidentes de los Estados Unidos desde entonces. La última ausencia, excusable, fue la de Ronald Reagan en 1981.
El motivo principal que me mueve a escribir este post es la propuesta que algunos corresponsales habrían lanzado tras el desplante: llamar a Alec Baldwin. Desde hace algún tiempo, es bien conocida la imitación que el actor norteamericano hace del presidente Trump. De hecho, algún medio de comunicación ha tenido serios problemas a la hora de discernir quién es quién. En esta idea de sustitución, por tanto, hay algo más que un mero comentario jocoso. Está la intención real de llevar el juego de la imitación hasta sus últimas consecuencias: la suplantación.
Pero, ¿es, o puede ser, la imitación de Baldwin una herramienta subversiva? ¿O es, más bien, una válvula de escape? Es decir, ¿representa realmente este tipo de ejercicios un desafío? O, tal vez, ¿el «desfogue» de dicha válvula de escape no hace sino fortalecer la regla/código que se viola? En el fondo se trata de observar si hay una verdadera crítica que pueda «socavar algo» o si, simplemente, como no se puede cambiar (por el momento) el hecho de que ese hombre esté donde está, se intenta que al menos pueda resultar vulnerable por unos instantes.
No puede decirse que el enfado de Trump, hasta ahora, pueda deberse al peligro que su imitación representa. El ejercicio de Baldwin parece, por resumirlo, un intersticio en la realidad: una válvula de escape. Como tal, su potencial subversivo dista de ser tal. Si acaso, es plausible pensar que que se relaciona con una falta de comprensión de la importancia que tiene la transgresión cómica para estabilizar las sociedades. Y, sobre todo, de un ego desmesurado e inquebrantable.
Sin embargo, la potencia de insertar al Trump de Baldwin en la cena de Corresponsales es un giro que debe valorarse. Esta sustitución puede ser importante en la medida en la que puede significar la colisión entre el mundo al revés que representa la caricatura, y el mundo «real» que representa la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca (curiosamente, es posible plantear que la razón sobre la que subyace la negación de Trump a participar en dicha cena, es la que de ese mundo de los periodistas «no es real», pues el mantra es: «Fake news»).
Hacer explícito este choque de trenes entre una forma de entender la realidad y una forma de entender lo cómico, podría derivar en una crítica mucho más potente que la que se ha hecho hasta ahora: evidenciando las penurias de Donald Trump. Todo dependerá no únicamente de la asistencia o no de Baldwin a esta cena sino de la intención última de éste: ¿entretener a los asistentes o hacer que el presidente se arrepienta de su ausencia?
Foto sacada de: http://www.exponiert.berlin/expb11-juedisches-museum-berlinjuna/
¿Qué tiene de judío un robot? ¿Qué papel juega hoy en día la cábala en nuestra forma de ver el mundo? ¿Qué hay en común entre poesía, inteligencia artificial y religión? Estas preguntas están en el centro de la extraordinaria exposición del Jüdisches Museum de Berlín que lleva el lacónico título de „Golem“. La exposición no pretende solamente mostrar la historia de un tópico literario importante, más bien trata de llegar hasta el fondo de un imaginario, y sí, de una metáfora en el sentido de Blumenberg que nos revela una pregunta esencial del ser humano, una pregunta en torno a un misterio insondable: la creación de la vida. La figura del Golem, ese monstruo cabalístico que se levanta por medio de la magia del lenguaje para proteger una comunidad judía, o bien a veces para destruirla, es una figura que no se agota en el ámbito de la mística judía y que viene a echar raíces en muchísimos otros ámbitos. Ese es el propósito de la exposición del museo judío de Berlín, cartografiar la red de influencias de esta metáfora singular, desde Meyrink hasta Borges, desde Loew hasta Los Simpsons, desde Wegener y Scholem hasta Trump y el iPhone.
El Jüdisches Museum de Berlín siempre se ha caracterizado por su esfuerzo en abrir espacios de pensamiento; sus exposiciones no se limitan a informar, más bien postulan y proponen, exponen y abren espacios para nuevas formas de pensar, para nuevas hipótesis sobre la historia y sobre la sociedad. El museo logra mostrar por medio de sus exposiciones interactivas cómo el judaísmo con toda su complejidad y profundidad, sigue estando en el centro de nuestro pensamiento occidental y cómo sus influencias en la cotidianidad europea no se agotan en el recuerdo del holocausto sino que van más allá, o bien están más cerca de lo que creíamos. El museo pierde su forma estática y se vuelve carne, cotidianidad, presencia constante en el mundo. El museo revela cómo ciertas formas del pensamiento judío poco conocidas están implícitas en nuestra cotidianidad, siguen allí latentes y revelando así una poética judía que sigue creando nuevas formas, una poética que sigue en emergencia. Por medio de la contraposición de la cultura popular europea (y sobre todo la cristiana) con la ‘otra’ cultura judía, se logra abrir un espacio de investigación contrastiva y comparativa en la que el espectador mismo crea los lazos y logra sondear el Otro en nosotros mismos. El judaísmo logra por medio de estas exposiciones retomar el puesto que tenía antes de la segunda guerra mundial, ese puesto siempre existente y esencial en nuestra cultura cristiana. La exposición del Golem es un muy buen ejemplo de esto, es decir, de cómo un objeto de estudio académico y meramente religioso viene a exponerse con su gran bagaje cultural y su presencia innegable en el día a día de la sociedad de occidente.
Para nadie es un secreto que la idea de la “inteligencia artificial” ha minado nuestro imaginario popular desde hace siglos. Podríamos pensar en la película de Steven Spielberg A. I. Artificial Intelligence (2001), que representó en la pantalla grande de Hollywood un idea que anticipaba la película de Spike Jones Her (2014) o bien el dispositivo de Apple Siri. Esta idea tiene sin embargo precursores que se encuentran mucho más atrás en la historia de lo que muchos creerían: bastaría nombrar a Frankenstein (1818) de Mary Shelley o bien Le avventure di Pinocchio (1881) de Carlo Collodi o L’Ève future (1886) de Auguste Viliers de L’Isle-Adam. Sin embargo la idea profunda detrás de la inteligencia artificial, es decir aquella referencia a la artesanía o creación de la vida (la cual viene a encontrar también un actualización de alto impacto en el desciframiento del genoma humano) contiene en su interior a la figura del Golem, una figura que juega un papel cultural importantísimo en la tradición de la mística judía y sobre todo en sus rituales. El mostrar el origen específico de esta figura es casi imposible (podríamos encontrarlo en el Rabbi Juddah Loew o en escritores como Gustav Meyrink o en los estudios cabalísticos de Gershom Scholem), ya que éste está implícito en el imaginario de toda nuestra cultura europea. Es por eso que el Museo Judío de Berlín trata de cartografiar el completo mapa cultural que revela la complejidad de esta metáfora que responde a una pregunta esencial del ser humano: ¿podemos crear la vida como creamos un artefacto? ¿Podemos imitar a Dios en su creación? ¿Es la creación de Dios una artesanía de tierra, como se podría encontrar el Popol Vuh? ¿Es Dios un relojero (a propósito de William Paley) o bien un escultor? ¿Si creamos vida se revelará en contra de nosotros? ¿Qué ética nos permite crear vida y qué estatus social tendría ésta? El ser humano no se ha agotado de darle forma a esta imagen que responde a un misterio que nos seguirá agujereando el cerebro hasta el fin de nuestros días. Es una imagen que remite a un problema ontológico y antropológico, cuyas repercusiones culturales y políticas son innegables. He allí el gran mérito y actualidad de esta exposición que podrá ser visitada hasta el 29 de enero en Berlín.
«Queriéndolo, es cierto, uno puede también empeñarse en encontrar un orden en las estrellas, en las galaxias, un orden en las ventanas iluminadas de los rascacielos vacíos donde el personal de limpieza entre las nueve y la medianoche encera las oficinas».
Tiempo cero, de Italo Calvino.
Suena el despertador. Son las siete y cuarto de la mañana. Enciendo la luz. Gasto energía. Todavía somnolienta me dejo llevar por mis pasos torpes hasta el baño. Me ducho con agua caliente, hace frío. Gasto energía. Me tomo un café con leche. Gasto más energía: en calentar, en producir, en consumir. Bajo en ascensor. Más energía. Cojo el coche porque hoy llueve, y gasto más energía. En el trabajo la tecnología, la calefacción, la producción masiva, los ordenadores, el móvil, los desplazamientos… Y así un día tras otro, una persona tras otra, hasta sumar más de 7 mil millones en este planeta. ¿Qué hacer ante el desafío que supone nuestra propia supervivencia?
La interrelación directa entre la calidad de vida, el uso de la energía y la inversión económica es una verdad aplastante. No sólo lo dice el Catedrático del Departamento de Ecología de la Universitat de Barcelona (UB), Narcís Prat, sino que cualquier ciudadano mínimamente interesado por el hoy, que es ya mañana, se percata de esta correspondencia. Así lo expuso el pasado martes el profesor Prat en el Palau Macaya de Barcelona, en una conferencia un tanto desesperanzadora sobre el futuro posible de nuestro mundo. La contaminación que producen las 24 megaciudades que actualmente concentran a más de 100.000 habitantes es el mayor de nuestros retos, así como el gasto descontrolado de energía y recursos naturales, como ahora el agua.
Ante una situación alarmante como es la de nuestro presente, en el que alrededor de 900 millones de personas viven sin agua potable, por aportar un dato más, el debate en torno a un «futuro habitable» parece perderse en consideraciones únicamente consumistas. Por ejemplo, poco o nada se ha hablado de la reducción de los niveles de contaminación por emisiones de CO2 que experimentará Madrid ahora que su alcaldesa, Manuela Carmena, ha decidido restringir el tráfico en el centro de la ciudad en las fechas navideñas. La mayoría de medios de comunicación, tanto en televisión como en prensa, han presentado la noticia desde el punto de vista comercial, con opiniones más bien contrarias o directamente despreocupadas ante esta medida impulsada por el gobierno de la capital.
Y es que la manera en la que se presenta la información −matizo, el uso que se hace de ella−, tiene un papel decisivo en la configuración de un debate público apenas existente en la sociedad española. Estamos viviendo, como sociedad global, un momento crucial en la especie humana, pues los expertos hablan ya de un punto «de no retorno» a las condiciones medioambientales en las que surgió la vida humana, como argumentan Anthony D. Barnosky y Elizabeth A. Hadly en su obra Tipping point for the planet Earth: how close are we to the Edge? (MacMillan, 2015). Y ante esta evidencia aplastante, gobiernos, empresas, instituciones y organismos internacionales parecen querer mirar hacia otro lado. Se celebran cumbres, como la de París, se firman tratados, se hacen fotos, pero poco más.
Precisamente de una entrevista a los dos autores citados anteriormente, nace el documental Demain (2015), dirigido por Mélanie Laurent y Cyril Dion. Una película que pretende ir más allá de la mera exposición de datos y cifras, y muestra un verdadero abanico de posibilidades para cambiar el modelo de vida actual. Un viaje alrededor del mundo, desde Estados Unidos, Copenhague, Francia o la India, para mostrar proyectos pioneros en la reformulación de la agricultura, la economía, la educación y la democracia.También la ciudad en la que vivo –Barcelona es un lugar de ida y vuelta− se están realizando proyectos interesantes, como las Superilles, que tienen como eje vertebrador la sostenibilidad, esto es, la conjunción entre el medio ambiente y el desarrollo social y económico de una ciudad. Y como Barcelona, muchos otros lugares podrían añadirse a esta lista.
No hay soluciones inminente. No esperemos tampoco un milagro.
Esta historia comienza frente al mar. Un día de agosto excesivamente caliente en el que la arena de la playa se te pega a la piel, sudada y enrojecida, algo resbaladiza a causa de la crema solar; un día de esos en los que la brisa marina apenas consigue aliviar tu desaliento y la gravedad del tiempo te aplasta. Fue ese día irreconocible de agosto en el que me topé por primera vez con los «versos nómadas» de Raúl Parra.
Recuerdo que los leí tumbada en la arena, retozándome, extrañamente aislada pese al barullo de turistas que parloteaban a mi alrededor, en esa playa tan concurrida que es La Barceloneta. Sostuve en mis manos un ejemplar de Fatou, el poemario autoeditado por Raúl Parra e ilustrado por Marc Aguilar sobre su experiencia en África. Un libro «parido de un largo viaje» en el que se muestra aquel continente vasto e inabarcable desde la experiencia poética de alguien que busca la belleza a cada paso.
Y desde aquel día hasta el pasado jueves en La Cara B, un local del barrio barcelonés de Gràcia, en el que de nuevo me volví a encontrar con Raúl, esta vez frente a frente, para escuchar, junto al cantautor madrileño Santy Pérez, unos versos de no tanto amor. También aquella noche había cierto barullo entre el público, algunos expectantes, la mayoría conocidos o amigos de los artistas, y otros tantos enfrascados en conversaciones aderezadas con cerveza de barril. Los primeros aplausos vinieron cuando Raúl y Santy cogieron el micrófono, tan nerviosos, para confesar su gratitud ante los allí presentes. Aquel recital, más parecido a una tertulia entre amigos, mostró la faceta desertora del propio Raúl, quien confesó no volver a leer sus propios poemas.
Fue una noche de versos cantados con voz vigorosa: «mi patria es tu olor sobre mi alfombra después de habernos amado»; y también de versos contagiosos: «nadie con tanta fuerza para amontonar aquí a mi vera tantos destrozos de la Felicidad». Era escuchar el canto de quienes ansían tanto escribir como vivir.
«Barcelona es un beso de los tuyos y un deseo de los míos», escribió un día estando en África. Saber a qué mujer se dirige será la primera de las preguntas de nuestro café pendiente. Mientras tanto:
«A veces me pongo en tu piel y, créeme, eres tan aire,
tan magia y tan sin truco,
tan fina arena y tan agosto,
tan tostada y tan su miel,
tan erizo y tan abrazo».
Raúl Parra y Santy Pérez durante el recital «Versos nómadas, canciones desnudas» en Barcelona. Fuente propia.